"¡Valor, hermano! No desfallezcas.
Aunque tu senda sea oscura como la noche,
hay una estrella que guía al humilde.
Confía en Dios y haz el Bien."
Anónimo
10 – Valor, hermano
Watson
Campos verdes, salpicados de flores amarillas. Aquí y allá, extrañas mariposas revoloteaban de flor en flor, y el rítmico zumbido de los saltamontes daba testimonio de la existencia de las pequeñas criaturas que se ocultaban entre las hierbas altas.
—¡Vamos, John, sé que puedes correr más rápido! —reía el quinceañero de cabellos de color arena flotando al viento del verano mientras lanzaba su burlón desafío al niño de diez años que lo perseguía.
El muchachito frunció el ceño y aceleró, sin saber que el adolescente aminoraba el paso para dejar que lo alcanzara y lo adelantara después. Pero la euforia en la carita del pequeño era compensación más que suficiente para perder intencionadamente la carrera.
—¡Ja! ¡Te estás volviendo lento con la edad, Andrew! —jadeó el muchacho, sin aliento a causa del esfuerzo, mientras ambos se dejaban caer sobre la hierba bajo un roble de amplias ramas.
—Hmf —replicó el otro, extendiendo una mano para revolver el pelo del más joven.
El muchacho la apartó con un manotazo juguetón, dando lugar a una pantomima de pelea.
Diez minutos después, los dos chicos estaban cómodamente sentados bajo el árbol, cansados pero felices pese al esfuerzo.
—Cuéntame una historia, Andrew —suplicó el pequeño.
—¿Una historia? ¿Sobre qué?
—Sobre piratas o algo así —dijo el chico, con los ojos brillantes de anticipación.
Así que el chico mayor apoyó la espalda contra el tronco y comenzó a tejer una historia de traición y amor, buenos y malos, ambición y heroísmo, haciendo que ambos cayeran bajo el hechizo de un auténtico cuentacuentos hasta tal punto que John pudo escuchar realmente el trueno retumbando en la oscuridad sobre el agitado mar abierto y ver los relámpagos y la lluvia cayendo sobre la cubierta de los bien pertrechados galeones españoles.
Ante un trueno particularmente ensordecedor que sacudió el barco entero…
Me senté de golpe, respirando agitadamente y mirando confuso a mi alrededor. Entonces, el agudo dolor que traspasó mi cuerpo y la visión de las mantas enredadas entre mis piernas me devolvieron violentamente a la realidad, y comprendí que me encontraba en la sala de estar de nuestro apartamento de Baker Street.
El trueno que había oído había tenido lugar fuera del apartamento, al igual que el relámpago y la lluvia torrencial: una tormenta eléctrica a última hora de la tarde.
Todo había sido un sueño.
Un sueño cruel y absurdo, inducido por las drogas.
Andrew había muerto hacía ya casi un año, y no volvería.
Nunca.
Me quedé sentado un momento, intentando normalizar mi acelerada respiración, y miré a mi alrededor. Sherlock Holmes se había ido: su abrigo y su gorra no estaban en la percha del vestíbulo. Se había dejado la puerta abierta.
Estaba solo.
El hecho de que mi amigo estuviera fuera, probablemente intentando ayudarme a encontrar pistas, no contribuyó a disipar la intensa soledad que me abrumaba, y me recosté sobre los almohadones, luchando por contener las lágrimas por segunda vez en aquel día.
Pero un momento después me reprendí severamente, obligándome a recobrar un mínimo de compostura. Holmes me necesitaría sereno cuando regresara. Había dormido durante… veamos… unas tres horas. Seguramente ya estaría de camino hacia aquí.
Sabía que el pobre hombre no había tenido ni idea de cómo ayudarme, y no deseaba causarle más malestar. Necesitaba un medio para liberar parte de aquellas emociones antes de su regreso.
Mi inquieta mirada cayó sobre mi escritorio. Por supuesto. Me levanté con cautela, reparando en que aún temblaba bastante, y me acerqué a él con cuidado, sujetándome a la repisa de la chimenea cuando mis doloridas costillas protestaron por el ejercicio.
Una vez sentado, cogí mi pluma y un diario en blanco y me dispuse a escribir... y entonces reparé en que mi muñeca derecha estaba sujeta por aquel maldito cabestrillo.
Intenté, con gran frustración, utilizar mi mano izquierda para el mismo fin, pero acabé lanzando la pluma sobre el escritorio, absolutamente avergonzado de mi impotencia. La intensa frustración que sentía hizo que las lágrimas ardieran detrás de mis ojos una vez más. Me hundí en la silla, cubriéndome la frente con el brazo, intentando serenarme.
Entonces escuché un golpe bastante tímido en la puerta abierta del vestíbulo.
Me volví, parpadeando rápidamente para aclararme la vista, y vi la figura de Mycroft Holmes llenando completamente el umbral.
—No, no, no, doctor, por favor, no intente levantarse —dijo en cuanto comencé a incorporarme—. ¿Puedo pasar?
—Sí, por supuesto, Mycroft —respondí, profundamente avergonzado por el modo en que temblaba mi voz.
Y, por supuesto, tal cosa no pasó desapercibida para el sagaz observador. Tras colgar de la percha su sombrero y su abrigo mojado, entró en la estancia y se acercó al escritorio.
No dijo nada, tan sólo me observó con aquellos ojos grises desconcertantemente agudos antes de tomar asiento junto a mí en la butaca de Holmes. ¿Habría presenciado mi infantil arrebato de hacía un momento?
—Así que mi hermano le ha contado sus conclusiones, ¿eh, doctor? —inquirió Mycroft al fin con voz queda.
—Sí —respondí—. Antes de irse, hace unas horas.
—¿Lo ha dejado solo? —En los ojos de Mycroft relampagueó una indignación fraternal que envolvió con un bucle de calidez mi helado corazón.
—No, no, Mycroft. Me inyectó un calmante y se quedó conmigo hasta que me dormí —me apresuré a explicar, con una pequeña sonrisa en los labios ante la reacción del hombre.
—Bueno… Sherlock puede ser irritantemente obtuso cuando se trata de asuntos emocionales —murmuró, acomodándose nuevamente en la silla mientras me miraba—. Le frustra no ser capaz de escribir en su estado, ¿eh, doctor? —dijo, paseando la mirada de la página salpicada de tinta a mi cabestrillo.
Lancé un suspiro. No se les podía ocultar nada a ninguno de los dos hermanos, y eso en ocasiones resultaba monótono.
—Me siento extremadamente frustrado, Mycroft —dijo con voz queda, mirando con irritación el diario abierto.
—Humm.
Miré perplejo al hombre sentado ante mí. Su amplio entrecejo estaba fruncido. Entonces me devolvió la mirada.
—Bien, doctor, ya que es incapaz de escribir sus memorias, quizá esté interesado en comentarlas con alguien dispuesto a escuchar.
Me quedé mirándolo. A Mycroft Holmes no le gustaban las conversaciones inútiles. Era, por naturaleza, aún más impaciente que Holmes. Pero ahí estaba, ofreciéndose a escuchar a un hombre consternado y afligido.
Debió leer mis pensamientos, porque añadió:
—Doctor, sencillamente, no es saludable guardarse todo eso dentro. No quiero que… que acabe igual que mi hermano tras la muerte de nuestros padres.
Su voz fue casi un susurro al acabar la frase, y me dejó sorprendido. Pero antes de que pudiera preguntarle, se apresuró a continuar, como si le avergonzara haber dicho aquello.
—Estoy dispuesto a escucharle, doctor, si es que simplemente le apetece divagar sobre algo. Quizá, mientras hablamos, podríamos preparar un cabestrillo menos constrictivo para ese brazo. Así, al menos, tendría un poco más de movilidad, ¿eh?
Lancé un suspiro. Sabía que era mejor no hacer preguntas a los Holmes. Aquella sola frase sería posiblemente la única explicación que obtendría jamás respecto a la reticencia de mi queridísimo amigo a hablar de su familia.
La amable oferta de Mycroft me sorprendió infinitamente, y creí que lo que había dicho era exactamente lo que pretendía decir.
—Le estaré eternamente agradecido por ambas cosas —dije al fin, esbozando una sonrisa.
Al verla, los rasgos del corpulento caballero también se relajaron. Rápidamente, cogió mi maletín del aparador y me ayudó a sentarme en el sofá.
Mientras me ayudaba a confeccionar un cabestrillo más flojo para aquella condenada muñeca torcida, me animó con toda delicadeza a dejar salir algunos de los recuerdos que giraban sin parar en mi atribulada consciencia.
Lentamente al principio, y luego más deprisa, a medida que mi rechazo a desnudar mi alma ante alguien que no fuera Holmes se desvanecía, le conté a Mycroft muchas de las cosas que Andrew y yo habíamos hecho de niños durante las vacaciones familiares en Escocia, y lo que mientras tanto había ocurrido en casa, en el norte.
Le hablé de la muerte de mi madre cuando yo era muy pequeño, y de la de mi hermano, y de mi posterior acercamiento a mi padre. De la muerte de mi padre mientras yo estudiaba en la Facultad de Medicina, y del progresivo distanciamiento de Andrew en la universidad a la que asistía.
—Bien, doctor —dijo el mayor de los Holmes, colocando gentilmente mi muñeca vendada en el nuevo cabestrillo y atándomelo al hombro—, ¿se siente capaz de contarme más cosas sobre su hermano? ¿Algún detalle que pueda ayudarnos a descubrir quién lo mató?
Mycroft hizo que volviera a recostarme en el sofá y luego acercó una silla para sentarse a mi lado. Cerré los ojos un momento, reparando en que ya no sentía mis emociones fuera de control. En realidad, sentía una extraña paz.
Dejé escapar el aire, abrí los ojos y miré a Mycroft Holmes, que aguardaba mi respuesta con una paciencia de lo más inusual.
—Gracias, Mycroft —dije con voz queda y absoluta sinceridad.
—Ha sido un placer, doctor. Bien...— Me miró, expectante.
—Andrew abandonó la universidad cuando empezó a frecuentar malas compañías y se aficionó a beber y a jugar con asiduidad. Nuestro padre se negó a seguir pagando sus facturas, así que se vio obligado a dejar los estudios.
—¿Qué hizo entonces, doctor? ¿Y qué edad tenía usted en esa época?
—Acababa de inscribirme en la Universidad de Londres —respondí— cuando me enteré de que había cogido el poco dinero que nuestro padre estaba dispuesto a darle y se había ido del país con algunos amigos para abrirse camino en Escocia.
—Tengo entendido que su familia tiene raíces escocesas.
—Sí, así es. Aunque en realidad nunca lo he investigado.
—Yo sí, doctor. Cuando Sherlock vuelva, le diré lo que he descubierto. Pero continúe, por favor. Después de que su hermano dejara el país, ¿volvió a tener noticias suyas?
Fruncí el ceño, acosado nuevamente por la culpa.
—No —susurré—. Nuestro padre murió no mucho después y le vi en el funeral. Recibió la mayor parte del patrimonio familiar, pero al poco tiempo lo vendió sin el menor remordimiento para pagar a sus acreedores.
El rostro de Mycroft se ensombreció en señal de simpatía.
—Y lo poco que recibí yo de la herencia fue lo justo para pagarme mis estudios en la Facultad. No fue suficiente para abrir una consulta. Así que me alisté —le expliqué, un tanto contrito, haciendo un gesto hacia mi hombro herido.
—Entonces, ¿no supo nada más de Andrew hasta después de su funeral?
—Le escribí una o dos veces, pero me devolvían las cartas sin abrir. Cambiaba de dirección a menudo, evidentemente, y nadie parecía saber dónde estaba. En el ejército tenía otros asuntos de los que ocuparme, y me temo que mi hermano quedó relegado a un último plano —confesé, avergonzado de mi propia insensibilidad.
—¿Y a su regreso a Londres? Aún estaba bastante enfermo. Sin duda, averiguar el paradero de su hermano era lo último que tenía en mente —dijo Mycroft, comprensivo.
Asentí, sin decir lo que sentía. Tragué saliva con esfuerzo y proseguí.
—Entonces, no mucho después, conocí a su hermano. Y en la nueva vida que comencé…—Me interrumpí, mordiéndome el labio.
—En esa nueva vida Sherlock ocupó el lugar de su hermano, y usted pensó que tendría tiempo de sobra para localizar a Andrew algún día —respondió Mycroft en mi lugar con suavidad.
Asentí de nuevo, en silencio, al comprender que las deducciones de aquel hombre eran absolutamente correctas. En aquellos siete años, Holmes había pasado a ser la persona más importante del mundo para mí, y no mi desdichado hermano, al que había estado tan unido cuando éramos jóvenes. ¿Eso era malo?
—No, doctor, es perfectamente normal —dijo Mycroft, inclinándose hacia mí para apoyar su gran mano en mi brazo. Una vez más había percibido lo que yo estaba pensando.
Miré al hombre con expresión afligida.
—Doctor, quiero decirle algo —prosiguió Mycroft, jugueteando nerviosamente con su enorme pañuelo.
Aguardé a que continuara.
—Mi hermano, doctor, se convirtió en un joven muy cínico y taciturno tras la muerte de nuestros padres en un accidente marítimo en 1878. Me preocupaba mucho por Sherlock, pero yo también tenía una nueva vida y estaba ocupado con asuntos gubernamentales, y Sherlock ni quería mi ayuda ni me la había pedido. Al final, su paradero y lo que estaba haciendo con su vida fueron saliendo gradualmente de mi mente. Cada día me surgían asuntos importantes que atender.
Me quedé mirando al hombre. ¿Me estaba diciendo que sus propios sentimientos eran similares a los míos?
—Y —prosiguió, con una expresión de arrepentimiento en su rostro— me alegré de todo corazón al saber que al fin, en 1881, había encontrado a un hombre capaz de inspirarle la confianza necesaria para derribar las barreras que había construido a su alrededor. Usted, doctor, ha cambiado a mi hermano. Ya no es el hombre que era antes de conocerle.
Me quedé pasmado ante tal revelación, y el sentimiento de aflicción y desesperación que había estado consumiéndome se disipó lentamente ante las palabras del mayor de los Holmes.
—Usted, y sólo usted, doctor, ha hecho que Sherlock dejara de ser la criatura espantosamente macabra que era hace diez años —dijo Mycroft, jugueteando de nuevo con aquel ostentoso pañuelo—. Y por eso, estaré siempre en deuda con usted.
—Gracias —susurré.
—Y, doctor, por favor, deje de flagelarse por la culpa que siente por la muerte de su hermano —siguió el hombre, aliviado en cierto modo ahora que los asuntos personales ya habían sido discutidos—, porque yo sentía lo mismo respecto a Sherlock cuando me vi tan absorbido por los asuntos del gobierno que dejé de seguir su pista. Es algo normal cuando se llega a la mayoría de edad y uno busca su propio camino en el mundo.
Lancé un suspiro. Las sabias palabras de aquel hombre me inundaron como una ola de puro alivio. Ya no me sentía tan culpable por no haber hecho nada en lo concerniente a la muerte de Andrew.
—Mycroft —dije, sintiendo una repentina timidez en presencia de este hombre que me había ayudado tanto—. Yo… Bueno, muchas gracias.
Su amplio rostro se arrugó al esbozar una sonrisa.
—¿Cómo se encuentra ahora, doctor?
—Mucho mejor, gracias —dije—. De verdad…
Mis palabras se vieron interrumpidas por la tempestuosa llegada del menor de los Holmes. Había irrumpido en la habitación, quitándose el abrigo empapado y arrojándolo descuidadamente al suelo.
Pero no fue eso lo que nos impactó a su hermano y a mí, sino el hecho de que sostuviera en una mano los restos de un bastón partido en dos y que luciera una herida sangrante en la mano derecha y un verdugón furiosamente rojo en un lado de la cara.
Se había visto involucrado de algún modo en una violenta pelea.
O había sido víctima de un intento de asesinato. O lo uno o lo otro.
