Palabras: 1,076.
Advertencia: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K Rowling y compañía.
Retada por Kaoru Black a escribir un escena familiar entre Narcissa, Lucius y Draco.
dragón
[familia malfoy]
Draco juega con Dobby en los jardines interiores. Narcissa los observa en silencio, recostada en una silla repleta de cojines mientras intenta concentrarse en la lectura, pero sin mucho éxito. Su hijo la saluda efusivamente cuando se da cuenta de su presencia, Narcissa le sonríe a modo de respuesta.
—Mira, mami.
—Es precioso, mi amor.
Draco asiente de acuerdo, y sigue dibujando en los grandes pergaminos que Lucius compró expresamente para él. Tiene las manos manchadas de diferentes colores, si la vista no le falla, incluso su rostro es víctima de los lápices. Dobby está a su lado, a veces limpiando con su magia el desastre que su hijo pudiera hacer y otras, entregándole los lápices que requiriese.
Dobby chasquea los dedos. La hoja que Draco está pintando con tanto ahínco, brilla unos segundos.
—Gracias, Dobby —canturrea feliz.
Narcissa arruga la nariz al darse cuenta de que su hijo está encima del dibujo, ensuciando los pantalones nuevos.
—Lo que el amito Draco necesite.
—Dragón —llama Narcissa minutos después, Draco alza la cabecita ligeramente curioso—. Ven un momento.
—Pero mami… —hace un puchero, Dobby se sujeta una de las orejas, esperando la orden de Narcissa.
—Dragón —le advierte, porque sabe lo que su hijo hará, se pondrá a llorar para salirse con la suya—. ¿Por qué no me enseñas tus dibujos?
El rostro de Draco se ilumina cuál lucero de Navidad, asiente de forma exagerada, y recoge los pergaminos como puede, fallando al ser muchos. Narcissa sonríe divertida, y le hace un gesto a Dobby para que lo haga él.
Draco corre hasta sus faldas, Narcissa lo toma en brazos. Draco se acurruca unos segundos, casi olvidando el motivo por el que estaba tan animado minutos antes, y suspira feliz. Narcissa realiza un hechizo de limpieza no verbal.
—Hace cosquillas —Narcissa le da un beso en la mejilla, Draco se remueve—. Soy un niño grande, mami. No besos.
—¿De verdad? —pasa los dedos por el cabello de su hijo, acomodándolo—. ¿No más muestras de cariño? ¿Ni abrazos ni nada?
Draco frunce el ceño.
—Bueno, no. No lo sé.
Narcissa se apiada de él. Draco se pasa el día intentando imitar a Lucius, como si ser como su padre fuese su meta en la vida. Es gracioso, a veces. Pero Narcissa no quiere que su hijo pierda su infancia simplemente por cumplir con unas expectativas que nadie ha puesto en él. Su dragón es un niño, y así seguirá siendo.
Draco se limpia una mancha inexistente de la mejilla.
—Dobby, trae los dibujos.
—¡Sí! ¡Con cuidado, Dobby! —le advierte el niño. Dobby se muerde el labio pero cumple con la orden—. Mira, esos somos nosotros, mami.
Los dibujos, esas formas tan extrañas con las que su hijo se ha pasado horas entretenido, vuelan alrededor de ambos. Draco se pasa un buen rato explicando qué es cada uno, desde algo tan simple como un paisaje hasta la familia completa, incluyendo al pobre elfo. Draco se abraza al cuello de su madre, al terminar.
—¿Tienes sueño, dragón?
Draco niega, pero acaba bostezando.
—Quiero esperar a papi.
—Papi tardará en volver, ven anda.
—No.
Pero al final cede. Narcissa le da la cena, lo baña y lo acuesta. Draco no tarda mucho en conciliar el sueño, aunque procura mantenerse a su lado un rato más, para asegurarse de que realmente está durmiendo. Las protecciones le advierten, media hora después, que alguien ha entrado en la casa.
—Buenas noches, dragón.
Draco se remueve pero no se despierta. Narcissa lanza una serie de hechizos, y se dirige hasta la planta baja.
—Cissy, estás despierta.
Narcissa llega al lado de su marido, y le da un casto beso en los labios. Lucius parece agotado, Narcissa duda que sea por pasar todo el día en el Ministerio, pero se ahorra el comentario mordaz que quiere lanzarle porque sabe cuál será la respuesta que su marido le de, y está cansada de ellas.
—¿Y Draco?
—Durmiendo, ¿quieres ver sus obras de arte?
Lucius suelta una risita, y toma la mano que Narcissa le ofrece.
—¿Sabes lo que me ha dicho hoy en la cena? —le pasa uno de los pergaminos, acaricia el dibujo—. Quiere ser pintor.
—Y uno de los mejores, por lo que puedo ver —bromea—. Iré a darle un beso de buenas noches.
Narcissa asiente.
—Lucius.
—Dime.
—¿Dónde has estado? —se vuelve al no recibir respuesta—. ¿En el mundo muggle, otra vez?
—Solo es pura diversión, cariño.
No le cree pero lo deja estar. Es una tontería preocuparse por algo que no irá a mayores, o eso espera. Comprueba el dibujo que ha estado Lucius mirando con tanta atención, y sonríe. No sabe si Draco seguirá dibujando cuando sea mayor, pero espera que nunca olvide lo que significa la familia. Su hijo tiene un corazón enorme, piensa mientras repasa con los dedos los tres monigotes que ha dibujado con líneas amarillas.
Mira las escaleras, suspira.
Llega al ala donde están las habitaciones de Draco, pone los ojos en blanco cuando escucha los primeros cuchicheos.
—Dragón, ¿qué haces despierto?
Draco pega un salto en la cama, y se cubre con las sábanas. Lucius está tumbado a su lado, sonriente, y le deja un sitio a Narcissa para que se acueste con ellos. Es tarde, Draco necesita dormir, pero aun así se desprende de los zapatos y se sienta en la cama, al lado de su pequeño.
—Mañana no habrá quien lo levante —busca el cuerpecito de su hijo para quitarle la sábana de la cabeza—. Dragón, estabas durmiendo.
—Pero papi va a leerme un cuento.
—No, papi está cansado y va ir a dormir también.
Draco dibuja un puchero.
—Cissy, solo serán unos minutos —le da uno de los peluches del suelo a su hijo, antes de convocar uno de los libritos de la estantería—. Después cerrará los ojos.
—Sí, lo prometo.
Narcissa acepta a regañadientes. Draco no tarda mucho en dormirse de nuevo, pero Lucius sigue leyendo, como si terminar el cuento fuese trascendental. Narcissa lo deja hacer, incluso cierra los ojos y se relaja, porque son esos pocos momentos, cada vez más escasos, cuando se acuerda por qué se enamoró de Lucius en primer lugar; por qué sigue creyendo en la promesa que le hizo casi seis años atrás.
Siente que Lucius acaricia su mejilla, pero está tan agotada, tan echa polvo, que no se da cuenta que Lucius se está marchando de la habitación.
—Os quiero.
No siempre se cumplen las promesas.
