Tratando de crecer

Seifer

"Píntalo de negro"

-Seifer… ¡Seifer!- se escuchó del otro lado del tubo del teléfono y despertó de su ensoñación.

-¿Qué?- contestó de mal modo, sintiéndose un poco desencajado. Tras un silencio predecible, suspiró. –Lo siento. Me abstraje por alguna razón, ¿qué decías, Viento?-

-Pregunté por qué no vas a Deling; estoy trabajando los fines de semana en algunos clubes nocturnos, ¿sabes?, quizás podríamos encontrar algo para ti también…- la preocupación era palpable en su voz.

-Sabes que no puedo ir a Galbadia, Fuu: toda la ciudad me vio el rostro en aquel estúpido desfile, me reconocerían y…- pero fue interrumpido por su amiga.

-Escucha, ya van más de cuatro meses, ¿cuánto tiempo más vas a estar así, Seifer?- sólo recibió silencio. –Vas a decirme que es la misma cantaleta de siempre, pero no puedes seguir escapando, tienes que hallar un lugar donde estar, amigo.-

-Fuu, si es por el dinero…-

-¡No! Escucha, no me molesta mandarte dinero, me cago en los guiles y lo sabes; es por ti, porque este no es el Seifer Almasy que conocí, el que se llevaba al mundo por delante y le importaba un cuerno lo que los demás…- se escuchó un golpe contundente en el auricular, como si alguien hubiera golpeado el tubo metálico del otro lado de la línea contra algo duro.

-¡Claro que no lo soy, maldita sea, Viento!- exclamó el rubio a la bocina metálica levemente rayada que apretaba en su puño derecho. –Soy un maldito paria, un parásito de la sociedad porque tomé decisiones estúpidas y fui controlado como un zombi descerebrado.- agregó con un tono más discreto, procurando pasar desapercibido, y agregó de un tirón. –Escucha, debo irme ahora, te llamaré luego. Cuídate.- y cortó con la mano libre antes que su amiga pudiera decir nada. Aun sosteniendo la bocina del teléfono en su otro puño, se quedó mirando fijamente hacia abajo por un momento, luego la dejó ir y soltó un suspiro.

Tomó el pequeño bolso que guardaba sus limitadas posesiones (que ascendían a dos mudas, Hyperion y algo de dinero) y comenzó a caminar por las callejuelas internas de una ciudad de una creciente ciudad de Dollet.

Era fácil convertirse en una sombra en una urbe tan poblada como Dollet, especialmente entonces que eran tiempos de cambio y revolución. El rubio aprovecho la llamada 'fiebre industrial' que se estaba dando para conseguir un empleo en una factoría; era mal pago y las condiciones laborales no eran las mejores, pero le pagaba un techo y comida, y no le habían pedido más que un nombre para contratarlo.

-Ya casi termina el receso.- pensó al ver el reloj de la estación, y apretó el paso.

Mientras andaba, se acomodó su –ahora- largo cabello y se caló hasta el límite un gorro negro. Esta era la principal medida que tomaba para ocultar su cicatriz; la otra era fruncir el entrecejo, lo cual cumplía doble función: intimidaba a quien lo mirara y hacía que atribuyeran la delgada marca a una línea de expresión más que a una cicatriz.

-Eh, Ysam,- dijo un hombre de mediana edad de apariencia tosca pero bonachona, y Seifer se dio vuelta al oírlo. –los muchachos y yo iremos a un bar esta noche a ver el juego, ¿te unes?- ante la duda del rubio, el sujeto agregó. –Vamos, muchacho, que has trabajado horas extra toda la semana, ven a tomarte una buena pinta con nosotros.- el pequeño grupo de obreros hizo vítores y comentarios de insistencia, propio de los hombres jóvenes. El antiguo Caballero de la Bruja no podía negarse. –¡Genial! Iremos al terminar la jornada, señoritas, y podrán ver por qué los Dragones Rojos son el mejor equipo.- exclamó, comentario que recibió asentimientos y protestas por igual, según el fanatismo de cada empleado.

Al antiguo Caballero no le encantaba la idea de fraternizar demasiado con, bueno, nadie, pero temía levantar sospechas sobre los motivos detrás de su secretismo, de no participar en algo tan normal como era compartir una cerveza con los compañeros de trabajo.

-Además de eso,- pensaba el joven mientras trabajaba, secando un poco de sudor de su mejilla con la contrapalma de su diestra. –hace demasiado que no refresco mi garganta con una buena cerveza fría.-

Algunas horas después, un grupo de diez hombres de diversas edades se encontraba reunido en un bar local, mirando el partido de blitzball en el que se enfrentaban los Dragones Rojos y los Gigantes de Hierro.

-Mira a ése desgraciado, ¡vuelve a sembrar patatas a Winhill, Oliver!- gritó uno de los compañeros de Seifer al televisor, recibiendo algunas carcajadas por parte de sus congéneres.

Una vez concluido el encuentro, con cinco tantos para los Dragones Rojos contra tres de los Gigantes de Hierro, Seifer y el hombre que extendió la invitación hablaban, siendo los últimos del grupo que quedaban en el bar.

-Estoy que no quepo en mí, muchacho.- afirmó el cuarentón, tomando otro trago de su vaso de cerveza. -Si los Dragones Rojos siguen así, quizás este año sea el año.-

A Seifer le importaba muy poco lo que decía el tipo, pero le agradaba poder hablar un rato con alguien, bajar la guardia incluso, aunque fuera algo temporal.

-¿Estás casado, Ysam?- preguntó de repente su compañero, antes de meterse un puñado de maníes en la boca.

El rubio lo miró y negó con la cabeza, puesto que estaba comiendo en ése momento. El cuarentón asomó su mano izquierda y le mostró un fino anillo dorado.

-Veinticinco años el próximo mes.- sonrió. –Es tan difícil como dicen, ¡incluso más!, pero vale la pena al final del día, ¿sabes? Personalmente creo que todo hombre debería conseguirse una buena mujer.-

-¿Por qué demonios me está contando esto? Genial, batallitas, estás felizmente casado, me importa un comino.- pensaba Seifer, mientras su compañero seguía embalado en su historia, que ya iba por el tercero de sus hijos y la segunda hipoteca que lograron pagar tras mucho esfuerzo. Volvió su vista hacia su interlocutor cuando notó que había dejado de hablar.

-Ysam, muchacho, no hay que ser un genio para saber que ocultas algo.- Seifer pudo sentir el nudo en su estómago formarse en un segundo. –No voy a preguntar de más, aunque supongo por dónde va la cosa, pero velo de esta manera: si yo, que no soy un tipo muy sagaz, ya estoy haciendo suposiciones, te recomiendo que no esperes mucho más antes de seguir tu camino, ¿soy claro?-

El rubio tomó un trago de su pinta como quien no quiere la cosa, aunque viéndose expuesto a ser descubierto, de buen grado hubiera salido corriendo de ése lugar.

El hombre se levantó pesadamente de su taburete y le dedicó una débil sonrisa antes de hablar.

-No te preocupes por mí, muchacho, no tengo intención de crear problemas para nadie. Voy a casa ahora, nos veremos mañana..., Ysam.- se despidió, colocando treinta guiles sobre la barra, suma más que suficiente para cubrir las consumiciones de ambos.

Algunos minutos después, Seifer pagó la cuenta al barman y se retiró en silencio. Caminó pensativo por las calles internas, como siempre hacía, para sortear los tumultos y a la gente en general; era mejor evitar cualquier oportunidad de ser descubierto, por mínima que esta pudiera parecer.

-Carajo.- murmuró para sí, una vez solo en la habitación que alquilaba en una pensión.

Iba y venía inquieto por el pequeño cuarto, tomándose el rostro entre las manos y, tras prácticamente arrancarse el gorro negro, mesándose el cabello con nerviosismo. Tenía un nudo en el estómago y estaba ansioso, pero su mente estaba clara y tan rápida como siempre.

Levantó la tabla del piso donde ocultaba sus ahorros y contó poco menos de dos mil guiles. En una semana sería día de pago, entonces tendría lo suficiente para un boleto de tren...

-Pero… ¿a dónde?- se preguntó en silencio.