Albert estaba preocupado. O quizá lo que le ocurría no era más que puro nerviosismo. Había ido a Francia a hacer un trabajo, un gran trabajo, y esa noche estaría todo en juego... salvo que estaba teniendo problemas para mantener la concentración, y sabía por experiencia lo crucial que eso podría resultar para el éxito. Cuando se había ofrecido a llevar a Candy consigo —lo cual, si lo pensaba con honradez, había sido una rotunda estupidez que era mejor pasar por alto— no había considerado que podría ocurrir tal cosa. Todos los trabajos que había hecho con anterioridad habían sido ejecutados sin complicaciones gracias a que los había planeado una y otra vez meticulosamente. Las mujeres eran solo meras distracciones para que lo ayudaran, si lo necesitaba, en la ejecución definitiva.
Pero por primera vez, que él pudiera recordar, una mujer ocupaba más espacio en su mente que el asunto que se llevaba entre manos, y, sintiéndose irritado consigo mismo, se dio cuenta de que esto solo podía echar a perder un esfuerzo de inconmensurable coste para la seguridad nacional de Francia e Inglaterra. Así de importante era. Ya había cometido su primer error al anteponer su insólita preocupación por Candy a las esmeraldas. Los que le pagaban por sus servicios no se sentirían muy complacidos si llegaran a saberlo, y era sorprendente que no hubiera caído en la cuenta hasta esa noche.
Recorrieron la corta distancia hasta la finca del conde prácticamente en silencio. Albert miraba por la ventanilla del coche con expresión ausente, consciente de la inquietud de Candy, que se removía de excitación en los cojines, con el hermoso vestido hinchándosele sobre las piernas y los pies mientras se alisaba la falda, cuando no estaba frotándose las manos o dándose leves toquecitos con el abanico en el regazo. Albert no necesitaba mirarla para tener plena conciencia de su presencia. Tanto le afectaba.
Ella lo confundía más cada día, algo que a Albert le resultaba totalmente perturbador. Perturbador para su mente racional, y aún más embarazosamente perturbador para su ego. También eran crecientes sus sospechas acerca de ella, y no estaba seguro de la razón. A lo largo de su experiencia, se había encontrado o con mujeres descaradas y comunicativas, o con virtuosas y dulces, pero siempre predecibles. No era así con Candy. A medida que pasaban los días en su presencia, descubría que cada vez tenía más de calculadora e insincera, más de astuta, y más de la actriz que ella proclamaba ser. Era de una astucia incomparable, aunque en realidad no había hecho nada que aparentemente justificara semejantes sentimientos en él. Por su parte, era más intuición que información. Parecía que ella fuera la que mandara, solo eso, y Albert era incapaz de mostrar una absoluta indiferencia ante la vaga idea de que lo estaba utilizando. Eso le ponía muy furioso.
Su ira había ido en aumento desde el encuentro de ambos en la playa, e iba dirigida mayormente hacía sí mismo por bajar la guardia. De repente, se sintió como todas las mujeres de las que se había aprovechado levemente a lo largo de los años, mujeres que se habían enamorado de él porque las había seducido con su buen humor y sus atenciones, así como por la entrega mostrada hacia sus necesidades, tanto inocentes como íntimas. No había obtenido nada de Candy hacía cuatro días, y había sido lo más sincero con ella acerca de sus sentimientos , y sin embargo, ella, de una manera muy peculiar, lo había desdeñado. Tal y como lo veía al pensar en ello en ese momento, la reacción física de Candy hacia él había sido abrumadora. Aunque racionalmente, no parecía estar interesada, y cuanto más se esforzaba él, más indiferencia mostraba ella a sus esfuerzos.
Pero, a medida que pasaban los días, había una cosa que le iba quedando cada vez más clara. Dejando a un lado sus sospechas acerca de las motivaciones de Candy, no era más que una dama inglesa encantadora y preciosa, aunque astuta. Pero, fuera lo que fuese lo que ella le ocultara, fuera cual fuese la razón que tuviera para haber ido a Francia, no podía ser complicado.
En consecuencia, sobre esta base Albert había tomado la siguiente y muy racional decisión: en ese viaje cuando ella deseara hacerlo, él estaría para ella, ella disfrutaría tanto como él, y se casaría con ella en cuanto llegaran a Inglaterra, lo cual, tuvo que admitir ya, era una unión que deseaba casi exclusivamente. Hacía solo unos días había jurado no casarse con ella ni con nadie que no lo quisiera como individuo, pero las recientes acciones de Candy le habían hecho cambiar de idea. ¿Y qué era el matrimonio, en resumidas cuentas? Solo un contrato entre familias para legitimar a los herederos, en realidad. Tarde o temprano tendría que escoger a alguien, y la idea de poseer a Candy dentro y fuera de la cama le hizo sonreír en la oscuridad. Todas las ideas de Candy de permanecer ajena a los sentimientos de Albert le fallarían al final, porque él la poseería sexualmente, y ella le pertenecería durante el resto de sus vidas. Candy aduciría que no lo quería o que su padre jamás consentiría en la boda. Entonces él le recordaría con calma que era la hija de un barón, que el amor era irrelevante, y que él era rico, soltero y el hijo de un conde admirado por toda la sociedad. Su padre consentiría de mil amores, y ella no tendría más remedio que aceptarlo. Albert disfrutaría de ese momento a no tardar mucho. Estaba decidido, Candy sería su esposa para siempre, solo suya , solo tenía que convecerla que la amaba.
Pero primero tenía que terminar un trabajo.
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Llegaron a la casa de la costa del conde con un crepúsculo que se demoraba, pero la finca ya estaba iluminada de manera espectacular, tanto por fuera como por dentro. La casa, de dos plantas, estaba construida en piedra gris pulida labrada para formar delicados arcos y pronunciados salientes de estilos contrapuestos. Se erigía a escasa distancia del borde de los acantilados, y estaba rodeada por un jardín grande e inmaculado con diferentes árboles, arbustos y flores. Para llegar a la puerta principal los invitados a la fiesta tenían que atravesarlo siguiendo un sinuoso sendero de ladrillo, y Albert percibió de inmediato el acre y penetrante olor a madreselva y rosas que flotaba en el tranquilo aire nocturno, y los insectos voladores que zumbaban en círculo alrededor de las linternas de pie que flaqueaban el camino.
Candy se detuvo muy cerca de él cuando Albert entregó su invitación al lacayo. Acto seguido, él le colocó una mano en la espalda y la condujo al interior del vestíbulo.
El interior tenía una distribución típica, y Albert lo había estudiado bien. La planta baja constaba de un salón diurno que se abría justo a la derecha, seguido de una sala de música y otras estancias diferentes destinadas a la actividad social, todas las cuales conducían a la cocina; y por último, la zona destinada al servicio con la escalera que conducía a la segunda planta, situada en la parte posterior de la casa. A la izquierda estaba el espléndido salón de baile, donde pasarían la mayor parte de la noche, tras el cual se abría, por este orden, el salón de las damas, la sala de fumadores y el comedor. Al frente, imponente, se alzaba la amplia escalinata de roble negro que conducía a la segunda planta: los dormitorios de la familia a la derecha y varias habitaciones de invitados a la izquierda, seguidas de la biblioteca familiar y, para finalizar, el estudio del conde, situado al final del pasillo.
Detrás de la sexta puerta de la izquierda, en la esquina sud-occidental, con una vista grandiosa del sol de poniente y el pintoresco mar Mediterráneo, aguardaban las esmeraldas. Estaban metidas en una caja fuerte de más o menos fácil acceso oculta encima de la repisa de la chimenea, tras un pequeño óleo románticamente frívolo de Fragonard.
La noche estaba empezando, y Albert se relajó al pensar en el plan, que por supuesto era muy bueno. Eso era lo que hacía, y lo hacía mejor que nadie, y en solo unas horas las inestimables esmeraldas que una vez pertenecieron a la emperatriz de Austria volverían a suelo británico, adónde pertenecían. Aparte de esto, Candy no iba a tardar mucho en llevarse la mayor sorpresa de su vida. Sí, en efecto, iba a ser una noche inolvidable.
Cogiéndola del codo, la condujo hacia el salón de baile sin perder detalle del ambiente y carácter de los demás invitados mientras los seguía en la fila de presentación. La mirada de Candy se movía ya como una flecha de un hombre al siguiente, calculando, estimando la edad, el porte, el tipo y las similitudes de cada uno con el aspecto que los rumores atribuían al Caballero Negro. Albert observó a Candy, sintiéndose poderoso y travieso y con una extraña sensación de placer ante la frustración que la aguardaba.
Instantes después, mientras se acercaban al conde y la que era su esposa desde hacía tres años, Albert se inclinó hacia ella y rompió el silencio.
—Aquí vamos, mi querida esposa —le susurró al oído. Sintió que se ponía tensa, aunque no estuvo seguro de si se debía a las implicaciones de sus palabras o a la conciencia de que empezaba la farsa. De manera espontánea, le frotó el codo con el pulgar para tranquilizarla.
—Monsieur et madame Andley —anunció el hombre situado a la derecha del conde—. El inglés —masculló el sujeto en el último momento, aunque omitió deliberadamente añadir: «que compra propiedades», que habría sido una indelicadeza durante una presentación, pero que, sin duda, quedó sobreentendido por todas las partes.
—Monsieur Andley —tronó el conde con un marcado acento británico—. Qué alegría que se una a nosotros en la fiesta de mi hija Annie-Elisa. Confío en que podamos hablar largo y tendido de sus viajes y de su estancia en nuestro país. Madame DuMais lo tiene en la más alta estima.
Albert reparó enseguida en el aspecto del conde. El hombre, que tenía una complexión gruesa, aunque no completamente obesa, era abierto de mente y abusaba de los placeres de la vida, aunque probablemente agradaría al bello sexo al no carecer de atractivos para su edad. Sin duda que, con independencia de sus encantos físicos, así lo encontrarían las mujeres, si es que aquella gran mansión era indicativa de su riqueza. Esa noche iba vestido con un frac perfectamente cortado de una delicada tela azul oscuro, sobre un chaleco de seda azul y blanco, pantalones oscuros y un fular negro sobre un cuello de pico. Absolutamente adecuado para la ocasión, si bien que conservador, aunque sus vínculos políticos así lo indicaban.
Albert sonrió e hizo una reverencia casi imperceptible, aunque sus ojos, encantadoramente relucientes, no perdieron de vista los del francés ni un instante.
—Comte d'Arlés, gracias por su amable invitación. Me encantaría tener tiempo esta noche para hablar.
—Con mucho gusto —replicó el aludido de inmediato. Y volviéndose, añadió con orgullo—: Mi esposa, la condesa de Arlés.
La mirada de Albert se movió hacia la izquierda del caballero, donde su esposa, Elisa, una mujer delgadísima con un color de piel anormalmente naranja, esperaba, en una posición poco natural, ataviada con un vestido de tafetán rosa claro cubierto de lazos blancos que contribuía a que aparentara más de los veintiséis años que tenía. Era una mujer guapa, aunque poco femenina, y su pelo rojizo, en ese momento amontonado en lo alto de la cabeza, ofrecía un aspecto desvaído a causa de las muchas horas de sol; lo que, sin duda, explicaba también las profundas arrugas que mostraba ya su rostro. Tenía unos ojos castaños e implacablemente perspicaces, aunque no muy inteligentes y fiables, que en ese momento clavó en Albert, y unos labios que formaban una línea rosa.
Con su sonrisa más encantadora, Albert le cogió ligeramente los dedos enguantados y se los llevó a los labios.
—Encantado, señora.
—Monsieur Andley —dijo ella ceremoniosamente.
El conde ya había desviado la mirada hacia Candy con evidente satisfacción, y Albert aprovechó la ocasión.
—Permítame que les presente a mi esposa.
—Querida señora —la saludó el conde empalagosamente mientras sus ojos le recorrían el cuello y el busto casi de manera indecente—. Encantadora criatura. Su marido es un hombre muy afortunado, si se me permite decirlo. Bienvenida a Francia y a mi hogar.
El hombre no solo tenía amantes ocasionales, sino que era un coqueto descarado, percibió Albert, algo que obviamente no provocaba el entusiasmo de su esposa, si había que hacer caso de la firmeza de aquellos labios siempre intolerantes cuando dirigió a Candy una dura mirada de valoración. Albert observó con aire divertido cómo Candy también se daba cuenta y reaparecía de forma deslumbrante.
—Soy yo la que está encantada, señor —contestó Candy con una sonrisa de cortesía, mientras se agachaba en una discreta reverencia—. A mi esposo y a mí nos honra y nos alegra participar de esta ocasión festiva.
—¿De verdad, madame? —La sonrisa del conde se intensificó, todavía sin soltarle la mano a Candy—. Tal vez podamos compartir uno o dos bailes más tarde, ¿no le parece? —Lanzó una repentina mirada hacia Albert, como si se acabara de acordar de que estaba allí—. Con su permiso, por supuesto, monsieur Andley.
Ni lo sueñes-pensó Albert
Sin embargo Albert se limitó a afirmar con la cabeza una vez.
—Y de su encantadora esposa, ¿no?
Esperó a que Henri o Elisa hablaran, pero fue Candy la que tomó la iniciativa con una aguda observación de lo que se tenía que decir en ese momento.
—Y qué casa más hermosa tiene, madame Lemire. Tiene un gusto exquisito.
—Gracias —respondió Elisa con tirantez.
Candy prosiguió, echando una mirada hacia el vestíbulo y el salón de baile.
—Está maravillosamente decorado, aunque lo supe en cuanto atravesé su jardín, tan lozano y bien atendido.
Elisa le dedicó una sonrisa crispada.
—¿Su casa de Inglaterra es demasiado pequeña para tener un jardín, madame Andley?
Aquello fue un insulto directo lanzado sin ninguna inteligencia ni sutileza, y Albert se preguntó si era producto de los meros celos o de su desprecio hacia lo inglés en su conjunto.
Candy salió del paso abriendo ostensiblemente los ojos con aire inocente.
—Bueno, en Inglaterra tenemos unos jardines preciosos, por supuesto, pero sin los dulces aromas que hacen florecer el sol, el calor diario y la brisa del mar. Y puedo añadir que su permanente exposición al sol le ha conferido a su piel un brillo de lo más saludable, madame Lemire, y no como nosotros, que estamos pálidos por su falta.
Candy se tocó la mejilla, y sus ojos se entrecerraron con una mirada maliciosa cuando se inclinó hacia la francesa, fingiendo que le susurraba como si fueran viejas amigas que estuvieran hablando de sus amados esposos en presencia de estos.
—Puede que algún día logre convencer a mi querido Albert de que compre una casa en la costa, o tal vez pueda convencerlo usted esta noche con sus encantos. ¡Cómo debe de disfrutar de esto!, y estoy segura de que lo seguirá haciendo durante muchos, muchos años. ¡Cómo la envidio!
Candy estuvo perfecta y encantadora, y Albert tuvo que reprimir una carcajada.
Elisa parpadeó rápidamente, no muy segura de si había sido halagada por una mujer hermosa o era víctima del engaño de una más astuta que ella.
—Somos muy felices aquí —afirmó la francesa cada vez más segura de sí misma—. Esta noche estamos muy ocupados, pero quizá pueda visitarnos a lo largo de la semana para así ver durante el día la casa y el jardín, madame Andley.
Aquello era un rechazo manifiesto, y Candy respondió en consecuencia.
—Eso sería fantástico, y estaré encantada. —Se volvió hacia Albert y le cogió del brazo—. Pero ahora, vamos, querido. Estamos entorpeciendo la fila.
—Sí, claro —convino Albert, despidiéndose de sus anfitriones con un saludo de cabeza.
Desde allí siguieron la fila, presentándose con desenfado a los parientes y demás notables de la localidad. A Albert, le pareció interesante, aunque no inesperado, encontrarse con varios miembros de la vieja nobleza de lugares tan alejados como Anjou o Bretaña —cuyos familias tenían orígenes que se remontaban a mucho antes de los días prerrevolucionarios y cuyas vinculaciones políticas eran análogas a las del conde— en un baile de celebración del decimoctavo cumpleaños de la hija de este. Se estaban cociendo muchas cosas entre bastidores que, si sir Archivald estaba en lo cierto, no hacían sino anticipar otra revolución, y en ese momento Albert tuvo el convencimiento de que aquella fiesta era la pantalla de una planificación estratégica. Los involucrados estaban listos para vender las esmeraldas. El triunfo de unas mentes arrogantes que tendría una vida muy corta. Estaba seguro de ello.
Por fin, entraron tranquilamente en el salón de baile propiamente dicho, lleno ya de gente que bailaba y charlaba entre música y carcajadas. En apariencia, una fiesta hogareña como cualquier otra.
Albert condujo a Candy en silencio a través de la multitud hasta una de las mesas del refrigerio y le entregó una copa de champán.
—Ha estado maravillosa —le dijo en tono elogioso.
Ella lo observó con atención y dio un sorbo a su bebida.
—El conde es astuto y atractivo a su manera, pero ella es una grosera y siente unos celos innecesarios de su marido. Es una simple que carece de tacto.
Albert sonrió con cinismo, advirtiendo el tono rosáceo de las mejillas de Candy y la irritación que brillaba en sus ojos.
—Muy observadora, pero quizá sí que tenga razones para estar celosa —sugirió él—. Usted eclipsa su belleza de pies a cabeza, y ella lo sabe.
Candy soltó un resoplido, haciendo caso omiso de su cumplido mientras empezaba a buscar entre la multitud alguna cara que se pareciera a la del ladrón. Eso instigó irracionalmente la soberbia de Albert.
—Y como la mayor parte de los miembros de la nobleza —añadió él—, tiene amantes, y estoy seguro de que ella lo sabe. Probablemente, tenga una en la actualidad. Puede que más de una.
Albert no tenía ni idea de qué le movió a decir aquello, solo le pareció que era el comentario perfecto para atraer su atención. Y también funcionó, porque ella volvió a mirarlo rápidamente a la cara con las cejas levantadas en un ligero ceño de desaprobación.
—Tal vez le pueda resultar sorprendente, Albert, pero no todos los caballeros de buena cuna tienen aventuras adúlteras. Sin duda son muchos los que lo consideran un derecho inherente a su clase y se aprovechan de su riqueza y oportunidades, alardeando de sus amantes para que todos los admiren. —Hizo una larga inspiración y levantó la barbilla con tozudez—. Pero hay otros, y da igual que sean escasos en número, que son unos hombres fantásticos que poseen un profundo criterio moral y un autocontrol inflexible, y que aman lo suficiente a sus esposas y familias para mantenerse fieles.
Albert se llevó la copa a los labios, sintiendo curiosidad acerca de cómo y dónde ella había conseguido tal información, pero negándose a preguntar porque eso era precisamente lo que ella quería. Así que, en su lugar, y bajando la voz, respondió con sinceridad:
—Realmente es una apasionada del tema, ¿no es así, mi vida?
A Candy le ardieron las mejillas con una tonalidad de rosa más intensa, pero se limitó a mirarlo fijamente sin apasionamiento, desoyendo la coletilla amorosa de Albert ya fuera por elección, ya porque estaba que echaba chispas. Él confió en que fuera esto último.
—Tal vez sea algo de lo que debería tomar nota, Albert —le advirtió con cierta sorna—. Qué positivamente trágico sería para mí enterarme de que su futura esposa le atravesaba el corazón con la imponente espada del conde, como consecuencia de su falta de contención. Conociendo su particular reputación, le sugiero que reconsidere la compra. —La conjetura hizo que Candy sonriera abiertamente—. Aunque ahora que lo pienso, si la mujer con la que se case resulta ser celosa y combativa, tendrá una amplia variedad de armas donde escoger entre las que ya cuelgan de la pared de su estudio. Yo en su lugar las vendería todas.
Albert sintió el impulso de atraerla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin sentido, de abrazarla con fuerza y disfrutar de la sensación de sus senos contra su pecho, de recorrerle el pelo con los dedos y que se fueran al diablo todos los presentes. Sin embargo, se contuvo dándole otro largo trago al champán sin que su mirada titubeara ni un instante.
—Me complace oír cuánto se preocupa por mi bienestar, Candy. Pero considerando lo mucho que aprecio mi vida, además de mi amplia y valiosísima colección de armas, creo que preferiría renunciar a perseguir a las damas. En especial —añadió en un susurro, inclinándose hacia ella solo para que pudiera oírle—, si me caso con alguna tan atractiva y desafiante como usted, princesa.
Candy lo miró de hito en hito con una alarma moderada en sus grandes ojos, mientras consideraba una unión permanente e inapelable entre ambos, quizá por primera vez.
—Aunque, por otro lado, tampoco eso debería preocuparme —prosiguió, levantando la palma de la mano libre para acercársela a la barbilla y acariciarle el mentón con el pulgar—. Me tendría tan agotado en el lecho conyugal que nunca contaría con la energía suficiente para ir a buscar a cualquier otro sitio un placer que, de todos modos, tal vez no se podría comparar con el que obtendría de usted.
Ella ya lo miraba boquiabierta, absolutamente asombrada y sin palabras. Nada le producía mayor placer a Albert que provocar a Candy White hasta enmudecerla de indignación, de modo que sonrió de oreja a oreja sabiendo que ella también entendía eso, y que reconocerlo la enfurecía.
Antes de que Candy pudiera contraatacar con una respuesta, él le quitó la copa de champán de la mano, la dejó junto a la suya vacía en una mesa auxiliar y la agarró del brazo.
—Estoy viendo a Madeleine. Ha llegado el momento de las presentaciones.
A Candy solían encantarle las fiestas, fueran del tipo que fuesen. Durante su infancia había alcanzado a ver aquel fascinante encanto, hasta que en 1842 llegó la temporada de su presentación y se le permitió por fin asistir a una. Aquello ocurrió en el verano del baile de disfraces en el que había conocido a Albert Andley.
Hacía mucho tiempo que se moría de vergüenza cada vez que recordaba aquel baile. Y aquel primer beso. ¡Y hasta qué punto aquel pequeño acontecimiento había puesto su vida patas arriba!
Esa noche, él era su acompañante. Atractivo, sofisticado y suave como la seda, la dejaba estupefacta por su habilidad para embelesar, coaccionar y mentir sin problemas y a la perfección. A Candy le ardieron las mejillas al oír el insinuante comentario de Albert, pero, a pesar de intentarlo, no fue capaz de discurrir una respuesta adecuada a algo tan presuntuoso. Y ridículo. Así que se limitó a mantener la boca cerrada, manteniéndose a su lado.
Él la condujo con rapidez hacia el límite de la pista de baile, donde un grupo de damas charlaban animadamente ;entonces, los ojos de Candy se posaron en Madeleine DuMais. Reconoció de inmediato a la despampanante mujer, alta, elegante, con el pelo castaño dividido en dos y recogido bien alto en la coronilla para desde ahí caer en cascada por el cuello en suaves rizos. Llevaba puesto un brillante y moderno vestido de satén de un llamativo morado azulado, con unos capullos de rosas de intenso amarillo en el corpiño y en el borde de la falda, y todo acentuado con unos volantes de encaje negro que le cubrían el pronunciado escote en pico, lo que resaltaba la exuberancia del pecho y la estrechez de la cintura. En una mano sostenía un abanico dorado y negro medió abierto; un chal completamente negro y largo le caía sobre la otra cadera. Hablaba con las mujeres que tenía al lado con fluidez y gracia, y destacaba por encima de ellas. Era la clase de mujer que Candy veía capaz de cautivar a un país entero, de las del tipo que son recordadas a través de los tiempos, porque los hombres enamorados de ella soñarían con matar para poseerla y escribirían poesías e historias de batallas por defender el honor de la dama. Así de hermosa era.
Albert se acercó a su lado, y Madeleine se volvió con el placer brillando en su cara y llenando sus atrevidos ojos azules cuando lo reconoció.
—Monsieur Andley, cuánto me complace que haya podido asistir a esta velada —dijo la mujer con una sonrisa resplandeciente, mirándolo fijamente sin disimulo y apartándose de las demás damas, que siguieron con su conversación sin reparar en ello.
Albert le cogió los largos dedos entre los suyos, hizo una reverencia y los besó.
—Madame DuMais, verla es siempre un placer. —Se dio la vuelta—. Me gustaría presentarle a mi esposa,Candy.
De pie muy erguida al lado de Albert, apretando el abanico entre su puño, Candy se sintió repentinamente fea y pequeña, y aquel instante de incomodidad que tardó la francesa en posar por fin su mirada sobre ella se le antojó que se dilataba horas.
—Madame Andley. Al fin nos presentan —dijo, dirigiéndose a ella con un marcado acento inglés—. Su marido me ha hablado tan bien de usted que ya siento como si la conociera, aunque a fuerza de ser sincera —añadió, y miró a Candy de arriba abajo—, se mostró un tanto parco en los elogios, como por otro lado les suele ocurrir a los maridos. ¡Es usted preciosa! —Madeleine lanzó una mirada a Albert, sacudiendo la cabeza con fingida indignación—. Mi difunto marido era exactamente igual. Un pobre hombre que me describía ante los demás como «alta y de cabellos oscuros». Nada más. Es una pena que nos esforcemos tanto con nuestro aspecto (trajes y perfumes caros y años practicando los mejores modales), para que nadie se fije realmente en nosotras, salvo las demás mujeres.
Candy sonrió abiertamente, y la mujer le gustó de inmediato sin saber realmente por qué. Recuperada la confianza en sí misma, se relajó.
—En efecto, madame DuMais, la entiendo perfectamente. Vestidos de todos los colores y hechuras para cada celebración se alinean en mi guardarropa, y sin embargo, mi querido Albert no duda en describirme ante usted como «bajita y un poco pálida, aunque de buena familia». —Candy dio unos golpecitos con el abanico contra la palma de su mano libre—. Es tan propio de los ingleses, tan propio de los hombres...
Albert parecía divertido, con las manos entrelazadas a la espalda y la boca torcida en una media sonrisa.
—Supongo que olvidé mencionar lo más valioso de tu belleza, querida —contestó, continuando con la conversación, aunque mirándola fijamente a los ojos—. Unas curvas deliciosas, el pelo del color de una puesta de sol, ojos como brillantes esmeraldas y una sonrisa capaz de iluminar una habitación. —Frunció la boca y el entrecejo—. Pero, como es natural, le digo a todo el mundo que eres de buena familia. ¿Por qué otra razón se casaría uno?
Candy enrojeció antes la contundencia de la afirmación y la descarada contemplación de la que era objeto, pero sus ojos centellearon de placer cuando respondió de manera dramática:
—Bueno, dejando a un lado la buena cuna, yo me casé contigo por el dinero, Albert.
El aludido hizo una pronunciada reverencia, y Madeleine echó la cabeza hacia atrás riendo con discreción.
—¡Dios mío!, cuanta sinceridad hay entre ustedes dos. Y mi querida Candy... ¿Puedo llamarla Candy? Y usted llámeme Madeleine. Me casé con mi difunto marido por la misma razón, y puedo afirmar que he podido disfrutar cada minuto desde su muerte.
Candy ahogó una risita mientras observaba a Albert, que pareció cautivado por la conversación.
—Tomaré eso como un buen consejo, Madeleine—observó Candy con alegría— Tal vez llegue a ser igual de afortunada.
—Espero que sí. —Sonriendo, Madeleine la cogió por el brazo—. Bueno, estoy segura de que a su marido le encantaría darse una vuelta por la sala de fumadores o hacer lo que quiera que hagan los hombres en las reuniones como esta. —Miró a Albert —. Si no le importa, monsieur Andley, me llevaré a su esposa y la presentaré a una o dos amigas. Estoy segura de que ambas tenemos muchas cosas de las que hablar.
—No lo dudo —contestó él con sequedad—. Pero, por favor, no le haga cambiar de idea acerca de lo mucho que me adora.
Madeleine le dedicó una sonrisa sarcástica de oreja a oreja.
—Eso es imposible de conseguir, estoy segura.
Candy dio unos pasos, inquieta, y por primera vez alcanzó a ver, en realidad fue una impresión, algo más entre Madeleine y Albert. Nada insinuante, ni siquiera algo que sugiriese intimidad, sino una especia de... complicidad. Como si supieran un secreto que ella ignorase.
—¿Y bien …Candy ?
La aludida se deshizo del incómodo pensamiento sacudiendo la cabeza y volvió a mirar a Albert a la cara.
Este entrecerró los párpados cuando la miró a los ojos.
—Bailaremos más tarde.
Fue una afirmación sencilla e inocua, y sin embargo, la mirada de Albert, intensa y llena de significado, como si fueran las únicas personas de la sala, la inquietó.
Candy asintió con la cabeza de manera casi imperceptible. Entonces, Madeleine tiró de ella asiéndola por el codo, y Albert giró sobre sus talones y desapareció entre la multitud.
Durante veinte minutos la francesa la presentó a varios conocidos, la mayoría de los cuales aceptaron su presencia allí con indiferencia, cuando no con frialdad. Candy se mostró todo lo gentil y atenta que le permitieron las circunstancias, reflejando con el rostro y sus modales una atención natural por todo lo que le rodeaba, aunque por dentro la aprensión la reconcomía. Quería seguir a Albert, no intercambiar cumplidos con la élite francesa. Quería observarlo desde las sombras cuando se encontrara con el Caballero Negro, ver al legendario sujeto por primera vez sin que se diera cuenta. Saber que el ladrón podría estar ya en el baile, que podría haber hablado ya con Albert, que incluso podría ser que supiera ya de su presencia casi la ponía fuera de sí.
—¿Por qué no hablamos un rato? —sugirió Madeleine, conduciéndola hacia un grupo de sillones de respaldo recto, vacíos en su mayoría, situados en el otro extremo del salón de baile.
—Sí, me gustaría —respondió Candy con aire ausente, echando un vistazo a la multitud, porque el tiempo parecía arrastrarse mientras su inquietud aumentaba de manera incesante.
Tras sentarse con gracia bajo un gran retrato lleno de encanto de un niño arrodillado en un radiante jardín de rosas, y tras tomarse el tiempo necesario para alisarse la falda a fin de evitar las arrugas y que se enredaran los dobladillos, Madeleine le preguntó directamente:
—¿Qué le trae a Francia, Candy?
La pregunta la pilló por sorpresa, obligándola a concentrar de nuevo su atención en la mujer que tenía a su lado, en lugar de en cuanto caballero de pelo oscuro que caía en su campo visual y que coincidía con la vaga descripción del Caballero Negro.
—¿Disculpe?
Madeleine abrió el abanico y empezó a agitar ligeramente el aire ante su rostro.
—Le preguntaba qué le trae por Francia, puesto que conozco perfectamente su relación con Albert.
El primer pensamiento de Candy fue que no se había dado cuenta de que su falso marido y aquella mujer se llamaran por el nombre. Pero seguro que lo harían. En realidad parecían ser más que meros conocidos y, después de todo, habían pasado algún tiempo a solas en la casa de la mujer hablando de sus acuerdos comerciales, lo cual, en conjunto, seguía pareciéndole sospechoso.
Candy se enderezó un poco en el asiento, con las manos debidamente colocadas sobre el regazo, enfadada porque el comentario debería haberla molestado.
— Albert aceptó presentarme a un amigo.
Madeleine levantó las cejas.
—¿Enserio?
El sencillo comentario implicaba incredulidad, o como poco suspicacia. El ambiente empezaba a estar desagradablemente caldeado por el creciente número de personas que llenaban el salón de baile, y Candy también levantó su abanico abierto, agitándolo sin cesar delante de ella. —¿Puedo ser franca con usted, Madeleine? —preguntó Candy tras un momento de silencio.
La francesa respiró hondo y se recostó con cuidado sobre uno de los mullidos brazos aterciopelados del sillón, mirándola con aire calculador. —Espero que lo sea. Por favor, créame si le digo que también puedo ser su amiga, Candy.
De nuevo, una simple afirmación que no decía mucho, y sin embargo, Candy percibió la honestidad de la mujer y su propia necesidad de confiarse. Se movió en el asiento, inclinándose para acercarse y, bajando la voz, dijo:
—¿Ha oído hablar del ladrón inglés conocido como el Caballero Negro?
El único signo evidente de que Madeleine hubiera hecho caso de sus palabras fue una inapreciable pausa en el movimiento del abanico. Luego, murmuró:
—Sí.
Candy se armó de valor.
—Creo que está aquí, en Marsella, y que Albert lo conoce personalmente. Le he pagado para que nos presente.
Un vibrante estallido de carcajadas partió de un pequeño grupo de damas a la izquierda de ambas. Sin embargo, la concentración de Madeleine permaneció petrificada sobre Candy, y solo un parpadeo de regocijo y perplejidad de lo más leve alteró sus facciones.
—Me pregunto cómo piensa llevar a cabo esa presentación —dijo Madeleine con mucha lentitud.
Candy consideró que era bastante raro decir algo así, cuando lo que esperaba ella eran preguntas.
—No... no estoy segura —tartamudeó, irguiéndose—. Se supone que tiene que estar esta noche en el baile.
En ese momento la francesa parecía embelesada, dejó caer el abanico en su regazo y se incorporó en el asiento.
—¿De verdad? ¿Y por qué razón, según usted?
Esa idea solo se le había ocurrido a Candy una vez antes de ese momento, en la calurosa habitación del hotel del muelle, e incluso entonces, Albert no había estado muy comunicativo en lo concerniente al motivo que le suponía al ladrón para que asistiera a aquella fiesta en concreto. Ella había dado por sentado que estaba relacionado con la espada que Albert pretendía comprar, pero en ese momento eso se le antojó descabellado. El Caballero Negro era un experto de la intriga y el engaño que trabajaba por el bien de los gobiernos y de los desfavorecidos. ¿Para qué querría una espada? ¿Y cómo podría robarla delante de quinientas personas y largarse delante de las astutas y observadoras narices del conde? No podría, no lo haría, y entonces Candy sintió que su confianza remitía a medida que crecía su confusión. Si el ladrón aparecía, sería por otro motivo, por algo que ella no había considerado todavía.
—No puedo imaginarme que asistiera a un baile en honor de la hija del conde de Arlés porque sea amigo o conocido de la familia —terminó aceptando Candy—. Eso parece demasiado increíble. La lógica sugiere entonces que estaría aquí por negocios, más exactamente para robar algo. Y si hace un viaje tan largo hasta el sur de Francia para robar, el objeto de su interés ha de ser de gran valor. —Suspiró y sacudió la cabeza—. Pero esto es solo una mera suposición por mi parte. La
verdad es que no lo sé.
Madeleine no pareció advertir la perplejidad de Candy. De hecho, todo su semblante brillaba con una fascinación moderada.
—Lo único que se me ocurre que sea lo bastante pequeño para que un ladrón pueda robarlo en un baile sería... bueno... los documentos que el conde podría guardar en algún lugar de su casa o, más probablemente, las valiosas joyas de alguna dama. Algo que se pueda esconder en un bolsillo... tal vez un broche de diamantes o quizá un anillo de rubíes.
Candy frunció el entrecejo.
—Pero ¿por qué venir hasta Francia para robar un broche? Eso lo puede hacer en Gran Bretaña.
Madeleine frunció sus exuberantes labios rojos y arrugó la frente al considerar prudentemente:
—A menos que ese broche concreto tenga un valor incalculable de otro tipo.
Sin pretender parecer terriblemente ignorante, Candy preguntó:
—¿Y qué valor podrían tener unas joyas más allá del que tengan en el comercio?
La francesa empezó a abanicarse de nuevo.
—Bueno, imagine por ejemplo que pudieran canjearse por importantes documentos que tal vez fueran de utilidad para el gobierno británico.
—Canjear un broche francés robado por unos documentos franceses... —pensó en voz alta.
—O tal vez el Caballero Negro esté aquí para apoderarse de unas joyas que hubieran sido robadas inicialmente a un británico —propuso en su lugar Madeleine.
Candy reflexionó sobre aquello y tuvo que aceptar que era lo que más sentido tenía de todo, dada la afición del sujeto a devolver los objetos que robaba.
Con los ojos chispeantes, Madeleine se inclinó de nuevo para acercarse mucho.
—Todo buen ladrón ha de tener una razón que anime sus actos —concluyó en un susurro—. Y el Caballero Negro especialmente es conocido por robar objetos solo por el dinero. Si Albert espera que esté aquí esta noche, creo que el Caballero Negro estará observando a las damas que lleven joyas de gran valor. Ya verá, si al final está acabará resultando una noche llena de incidentes y diversión.
Candy desvió la mirada hacia los invitados una vez más, observando a las damas, que alternaban vestidas con sus mejores galas, a los caballeros, que charlaban ociosamente alrededor de las mesas del bufé, a las parejas, que se reían, susurraban y bailaban un precioso vals vienés, interpretado con pericia por una orquesta de veinte instrumentos. Casi todas las mujeres que podía ver llevaban diamantes o zafiros o algo igual de valioso, exhibidos para la general admiración. El objetivo podía ser cualquiera de ellas, lo que demostraba que la conjetura de Madeleine era correcta.
—¿Puedo preguntarle cómo es que ha venido hasta Marsella para conocerlo?
Candy volvió a mirar a los ojos a Madeleine como una exhalación.
La francesa sonrió con perspicacia, apartándose un oscuro rizo de la sien con un elegante movimiento del dorso de la mano.
—Es una decisión un tanto osada, ¿no le parece?
Por primera vez esa noche Candy consideró la posibilidad de mentir. Sus motivaciones eran muy personales, incluso vergonzosas, y confiar en cualquiera podría ser realmente arriesgado, por muchas y complejas razones. Tampoco podía admitir ante cualquiera que de tanto en tanto se dejaba llevar por deslumbrantes ensoñaciones en las que se veía entre los brazos del Ladrón de Europa. Aquello era solo una bobada, aunque probablemente creíble, dada la habitual naturaleza romántica de las damas solteras de su edad. Sin embargo, por más que estuviera disfrutando de la compañía de aquella mujer, y aunque tenía que decir algo, su deber era divulgar lo menos que pudiera.
Con aire ausente se tocó el camafeo que llevaba al cuello, frotándolo entre los dedos.
—Estoy muy interesada en él profesionalmente. Necesito que me ayude a encontrar algo de la mayor importancia y... de carácter personal.
Madeleine se la quedó mirando con atención durante varios silenciosos segundos.
—Oh, entiendo...
La inquietud hizo presa de nuevo en Candy, que empezó a sentir un desagradable calor. No era por ahí por donde quería que discurriera la conversación, y confió en que Madeleine no fuera tan descortés como para escarbar más en sus pensamientos y proyectos privados. Decidió no permitírselo, cambiando el tema de conversación ella misma.
—Así que, dígame, ¿cómo arregló lo de la compra de la valiosa espada del conde de Arlés para Albert, y doy por sentado que es valiosa?
La expresión de Madeleine no experimentó ningún cambio. Estudió largo rato a Candy sin ningún recato, con una expresión neutral, pero con unos ojos vigorosamente alertas. Entonces, se apartó el chal del brazo con cuidado y lo dejó colgando en su regazo.
—Sí, es muy valiosa —reconoció—, lo cual, creo, es la única razón de que Albert haya hecho un viaje tan largo desde su país para adquirirla. Me llegaron rumores de su interés en la transacción porque mi difunto esposo era comerciante y conocía a varios hombres relevantes de la zona de París. El conde vive allí durante parte del año. Pero no le pregunté a Albert los motivos que tenía para comprarla, y la verdad es que ignoro los detalles. Me limité a concertar la cita.
Candy sonrió.
—Parece un poco ridículo, pero para ser justos, el hombre tiene la afición de coleccionar armas, tanto modernas como antiguas.
Madeleine volvió a estudiarla con actitud crítica.
—Supuse que debía de coleccionarlas.
Candy sintió que el calor le ascendía por las mejillas, y decidió que lo mejor era aclarar las cosas.
—Claro que yo solo he estado en su casa una vez, en su estudio, pero tenía una pared cubierta de espadas y pistolas y otras municiones diversas. Imagino que deben de valer una pequeña fortuna.
Madeleine se ablandó y la honró con una sonrisa cómplice.
—¿En serio? Aunque supongo que el coleccionismo es una diversión habitual en un caballero, ¿no es así?
Candy cerró el abanico y se lo colocó en el regazo.
—Sin duda lo es para él —admitió, y un atisbo de regocijo tiñó el tono de su voz—. Y es una colección de envergadura, por la que, según sé, siente un gran orgullo. Sencillamente, encontraría más impresionante que un caballero tan agudo y apasionado como Albert invirtiera mejor su tiempo en causas más valiosas o notables, tal vez gestionando asuntos de gobierno o problemas sociales. Antes al contrario, parece pasar gran parte de su vida persiguiendo frívolos objetivos de disfrute personal, viajando por el mundo cuando le viene en gana y gastando su dinero en tesoros insignificantes. —Sacudió la cabeza—. Demasiado tiempo... jugando.
Con cierta sorpresa, se le ocurrió entonces que jamás había pensado en él con tanto detalle anteriormente, considerando las virtudes de su personalidad sin ningún conocimiento de las circunstancias infantiles que pudieran haberlo moldeado y que lo habían convertido en el hombre que era ahora. Y acababa de describir casi al detalle al tipo de hombre poco convencional, del que le había hablado a Albert en el barco, con el que quería casarse; un hombre sin ataduras con la rígida sociedad y sus opresivas convenciones, pero libre y aventurero y lleno de deseos de experimentar la alegría y la excitación de la vida. No sin irritación, también se dio cuenta de que él habría reparado en su metedura de pata en su momento.
—Le gusta, ¿no es cierto? —le preguntó Madeleine en voz baja, con una mirada intensa, llena de intuición.
—Sí, me gusta —admitió Candy con un suspiro, desplomándose un poco en su corsé—. Es encantador y muy considerado, como estoy segura de que ya sabe. Pero nuestra relación es estrictamente la de unos amigos ocasionales. Nada más.
—Por supuesto —admitió Madeleine como convenía al caso, dejando caer ligeramente la barbilla.
La voz de Candy se tensó cuando añadió:
—Todas las mujeres parecen darse cuenta de su atractiva personalidad. Ellas lo adoran, y él lo sabe. Eso le sienta de maravilla, lo cual no es una de sus mejores cualidades. Pero, como es natural, eso no es asunto mío.
Madeleine se rió interiormente, estudiándola durante uno o dos segundos con la cabeza inclinada. Luego, alargó la mano hacia la de Candy y se la apretó con dulzura.
—Yo no lo juzgaría con tanta severidad, Candy. Ese hombre es más profundo y tiene más devociones que las que usted probablemente perciba.
Candy se preguntó durante un instante cómo era posible que la francesa supiera eso. Sin embargo, antes de que pudiera hacer ningún comentario, el rostro de Madeleine se tornó inexpresivo, mientras su mirada se dirigía hacia un grupo de damas que se acercaban tranquilamente en su dirección.
—Vaya, querida. Madame Vachon y la pesada de su hija Hélène. —Suspiró, agarró el abanico y el chal, y se levantó con elegancia—. Hélène no sabe hacerotra cosa que hablar del colorido de París y de cómo se casó con alguien de condición social superior a todas nosotras, un financiero, creo que de sangre noble, fallecido de forma inesperada durante la luna de miel, y que le dejó una fortuna. Supongo que debo abordarlas primero y saludarlas.
Candy aprovechó la oportunidad que Madeleine le brindaba, levantándose también y agitando de nuevo su abanico abierto en un intento de mantener alejada la inquietud de su voz.
—Creo que daré un pequeño paseo, entonces. Quizá me dé una vuelta por el vestíbulo, donde el ambiente no está tan cargado.
—Buena idea —convino Madeleine—. Y tal vez sea el momento de que busque a Albert. La hija del conde bajará de un momento a otro. —Madeleine avanzó un paso, se detuvo y volvió a darse la vuelta—. No permanezca ciega a sus admirables cualidades como hombre, Candy —la reprendió en voz baja—. Todo lo que desea lo tiene aquí, al alcance de la mano, aunque puede que su mayor deseo no esté metido en el paquete que escogería abrir en primer lugar.
La atrevida afirmación confundió a Candy, dejándola, cosa rara en ella, perpleja y sin respuesta. Una vez más, tuvo la sensación de que la señora DuMais sabía algo que ella ignoraba, de que aquella y Albert guardaban un secreto tras otro de personas y acontecimientos de más profundo significado. Pero era un pensamiento perturbador tan vago que no podía hacer nada al respecto, y menos que nada traducirlo a palabras.
Madeleine volvió a sonreír como si le leyera la mente.
—Recuerde, puede confiar en mí siempre, sobre lo que sea. Búsqueme luego, y hablaremos más. —Diciendo esto, se sujetó la falda de su hermoso vestido, giró sobre sus talones con suavidad y se alejó.
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Albert tardó casi quince minutos en sortear los grupos de personas, llegar al vestíbulo y subir las escaleras. Por supuesto, si alguien le preguntara, diría que estaba buscando a su esposa o que había oído que el conde tenía una colección de arte privada excepcional en su estudio y que creía que varios conocidos habían mencionado que subirían a verla de un momento a otro. Cuando fuera informado acto seguido de que estaba en un error, haría hincapié en sus escasos conocimientos de francés, y que tal vez no había entendido bien. Si lo pillaban, su encanto lo haría salir del apuro.
Pero no lo pillaron, y nadie lo vio una vez se escabulló del vestíbulo y subió la escalera, y en realidad hablaba francés bastante mejor de lo que cualquiera habría imaginado jamás. Era un maestro en su oficio, pero lo que lo convertía en fabuloso era que nunca se mostraba pomposo. Era lo bastante humilde —o bastante inteligente quizá fuera una definición más exacta— para darse cuenta de que no podía permitirse el lujo de la arrogancia bajo ninguna circunstancia. Cada vez que abandonaba su tierra para hacer un trabajo, preveía las diferentes maneras de que pudieran desenmascararlo, de que alguien se enterara de sus intenciones y descubriera su identidad. Sabía que sin prudencia y sin una mente en estado de alerta, lista para adoptar un cambio de acción inmediato en todo momento, podría acabar en la cárcel o, aún más probablemente, muerto. Ninguna de las dos eran alternativas que le gustara contemplar.
Recorrió el pasillo en silencio. La iluminación era escasa, aunque no insólita para una casa particular a esas horas de la noche.
Los zapatos de Albert hacían un ruido sordo sobre la mullida alfombra oscura, pero el jolgorio que ascendía del salón de baile amortiguaba cualquier eco que sus grandes zancadas pudieran hacer. Annie-Elisaysus doncellas estaban en la misma planta, aunque en el otro extremo de la casa, preparándose para una aparición que tardaría menos de veinte minutos en producirse, pero la mayor preocupación de Albert era la de darse de bruces con algún criado. Albert tenía el suficiente sentido común y los consideraba una amenaza tan considerable como el propio Henri Lemire.
Tenía que darse prisa. Estaba empezando a sentir un ansia casi antinatural de estar de vuelta en el salón al lado de Candy. Si no volvía pronto, esta empezaría a sospechar, y confiaba en que Madeleine pudiera mantenerla entretenida solo hasta que la naturaleza maliciosa de Candy tomara el mando y se planteara salir en su busca.
Por fin llegó a la puerta del estudio. Se detuvo y, con la oreja apretada contra el panel, se dispuso a escuchar cualquier sonido procedente del otro lado. Nada.
Colocó la mano en el pomo, lo giró hasta que se produjo un chasquido y abrió la puerta.
La habitación estaba a oscuras. El resplandor de la luna que se colaba a través de las ventanas apenas iluminaba la estancia, pero encender una lámpara era demasiado arriesgado. Tendría que hacerlo sin luz, decidió, y cerró la puerta tras él.
Conocía bien la distribución. La mesa a la derecha, dos sillas colocadas enfrente, la chimenea apagada en la pared oeste, la caja fuerte encima de la repisa. Esperó solo unos segundos para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, y sin demora empezó a atravesar a tientas la habitación, el oído atento y despierta la mente, no fuera a ser que tuviera que improvisar una mentira.
Finalmente, se paró delante de la caja fuerte, con el Fragonard ya fuera de su posición colgante en la pared. Alargó la mano y tocó el frío metal. La caja fuerte estaba abierta y vacía. Annie-Elisa llevaría las esmeraldas esa noche, tal y como los rumores habían pronosticado.
Se metió los dedos con agilidad en el bolsillo del pecho y sacó una pequeña bolsa de terciopelo. A continuación, la introdujo cuidadosamente en el interior de la caja, de manera que quedara a la vista y fuera descubierta fácilmente.
Sonrió abiertamente en la oscuridad.
Sus planes estaban empezando a realizarse.
CONTINUARÁ...
Un abrazo en la distancia,
Lizvet
