Capítulo 10.
Un juramento, una piedra y una mano negra.
Las gotas repiqueaban contra los cristales de la ventana del salon, resonando más de lo que habían hecho unos minutos antes cuando Snape aún no había recibido la visita que acababa de abandonar su casa dirección a las calles de ladrillo de los suburbios de la ciudad. Aunque siendo sincero, Snape no hubiese podido decir si el sonido era más intenso porque estaba lloviendo con más fuerza o porque era más consciente que en mucho tiempo de lo cerca que podía estar su muerte.
Tampoco hubiera sido capaz de decir si esa era la razón de que le pareciese que el fuego ardía con más intensidad, o si era que Colagusano se había excedido echando madera a la chimenea, o si simplemente era que la llama había sido suficiente para vencer al frío y la humedad que trataban de colarse por cualquier rendija.
Aún estaba absorto en pensamientos por el estilo cuando Colagusano irrumpió en la sala. Evidentemente estaba molesto por el hecho de que Snape le hubiese ordenado dejarles durante la conversación, pero no estaba dispuesto a dejar que alguien como él se enterase de lo que tenían que hablar. Haciendo un esfuerzo por no demostrarle que lo despreciaba más aún de lo que el propio Pettigrew hubiese creído, Snape empleó unas pocas palabras para despacharlo.
-Voy a tener que adelantar mi regreso a la escuela un par de días. De hecho, voy a tener que regresar hoy mismo, así que no tiene mucho sentido que permanezcas aquí. Deberías acudir al Senor Tenebroso para que pueda asignarte otra misión.
La cara de Pettigrew, deformada al extremo de parecer la rata por la que se había hecho pasar durante tantos años, dejó escapar una expresión que daba entender que él estaba tan satisfecho por acabar con la situación como el propio Severus. Al fin y al cabo, pensó, probablemente había esperado que ahora que todo el mundo mágico sabía del regreso de Voldemort se le asignase una misión algo más importante. Debía haber quedado bastante decepcionado al enterarse de que se iba a encargar de servirle a él.
Sin mediar más palabra, Snape se dirigió escaleras arriba hacia su cuarto, el que quedaba justo encima de la sala en la que acababa de estar charlando con una de las personas más buscadas del momento. Sobre la cama, ya preparada, esperaba su maleta con las pocas pertenencias que tendría que llevarse a Hogwarts. Hacía días que la había preparado, concretamente en cuanto Lord Voldemort le había confiado sus planes para castigar a Lucius por sus múltiples fracasos. Snape confiaba en que el momento de partir con seguridad hubiese llegado antes que una situación como la que acababa de vivir, pero evidentemente no había llegado lo suficientemente deprisa. Al estirar el brazo para agarrar el asa de su equipaje, Snape se dio cuenta de que aún llevaba la manga del brazo izquierdo subida, dejando entrever el cuerpo de la serpiente de aquel tatuaje que había cambiado para siempre su vida, esa que había sido testigo de como acababa de hacer un juramento inquebrantable. Con un gesto airado, ajustó sus ropas y echó un último vistazo a sus pocas pertenencias antes de iniciar el descenso hacia el piso de abajo.
Al llegar al recibidor se encontró a Pettigrew ya preparado, con una bolsa de viaje que si Snape no recordaba mal había pertenecido a Bertha Jorkins antes de que Pettigrew la matase varios años atrás. Era evidente que el propio Colagusano había optado por la misma estrategia que Snape, dejarlo todo listo para tardar lo mínimo posible una vez llegado el momento. Viendo su mano de plata y su aspecto de rata, Severus Snape no pudo sino dudar una vez más de cómo James Potter podía haber elegido tan sumamente mal al guardián de los secretos. Por mucho que odiase a Sirius Black, y que se alegrase en parte por su muerte, Snape no dudaba que de haber sido el elegido por los Potter, éstos aún seguirían con vida.
-Despues de ti.
En verdad, Snape se sentía aliviado de que Colagusano hubiese tenido tantas ganas como él de acabar con la convivencia lo antes posible, no le hubiese hecho mucha gracia irse dejándolo a sus anchas por su casa. Colagusano salió del edificio y, sin pararse a decir nada, desapareció. Snape salió detrás, cerró la entrada con un fermaportus y durante un momento pensó en coger el autobús noctámbulo. Sin embargo, no eran tiempos seguros ni para los mortífagos, por lo que al final se decantó por emplear la aparición y unos instantes después se encontraba rodeado de las casas pequeñas y acogedoras de las calles de Hogsmeade.
Casi había empezado a andar hacia los terrenos de la escuela cuando una sombra se paró delante suya, cubriéndole casi por completo.
-Profesor Snape.
-Hagrid.
-Es una casualidad que le encuentre por aquí, justo me dirigía a la botica a por unas plantas para el Profesor Dumbledore. Pero creo que es algo que podrá manejar mejor que yo.
La curiosidad se apoderó de Snape, que trató de no sonar ansioso cuando preguntó.
-¿Y qué es lo que hace que el Profesor Dumbledore necesite esas plantas?
-Su mano negra. –Hagrid se calló al instante, para justo a continuación entrecerrar los ojos y murmurar. –No sé si debí decir eso.
-¿Y si no lo hubieras dicho como se supone que iba a saber que necesitaba?
Una mano negra. "Horrocruxes", le había dicho Dumbledore. Pues en caso de que fuese cierto, y de que eso fuese lo que le había dejado la mano de esa manera, Dumbledore debía estar bajo los efectos de una maldición terrible.
-Puedes irte, yo mismo me encargaré de conseguir las cosas.
Sin darle tiempo al guardabosques a responder, Snape dio media vuelta y se dirigió a las tiendas que tenía que recorrer. Sabía que tenía prácticamente de todo en su armario de pociones, pero había varias cosas que era mejor asegurarse tener a mano una vez empezase la cocción de la poción que iba a preparar. En cuanto tuvo todo listo, Snape salió hacia el castillo.
En ningún momento fue realmente consciente de haber estado andando tan rápido, pero cuando llegó a la altura de los cerdos alados y se detuvo a esperar que la puerta se abriese para él, se percató de que le faltaba el resuello.
No mucho después, mientras la poción aún burbujeaba en el caldero y el aire de la sala de pociones era una mezcla de vapor, olor a acre y humedad, Snape ya subía las escaleras dirección a la gárgola de la puerta del despacho de Dumbledore. Estaba pensando que aún no sabía si el director ya habría cambiado la contraseña cuando el propio Dumbledore asomó y lo miró con un deje de sorpresa. Al ver el frasco de líquido negro que llevaba en su mano, se apartó para que Snape subiese primero. Al cerrar la puerta, fue el propio Dumbledore el que inició la conversación.
-No tendrás que preparar muchas de éstas si todo sale como lo he preparado, querido Severus. Esta noche iré a ver a Horace para convencerle de que te sustituya. Así podrás dedicarte por fin a Defensa Contra las Artes Oscuras como tú siempre quisiste.
Snape dejó la copa sobre la mesa antes de hablar, mientras veía como Dumbledore se sentaba en su silla.
-Así que lo ha encontrado.
-Sí, sólo necesitaré la ayuda adecuada y todo listo.
-Y ha encontrado otro horrocrux.
Dumbledore bajó la vista hasta sus dedos ennegrecidos.
-Sí, así es. Me temo que es uno de los dos que sé que existen y exactamente cómo son, aunque dudo mucho que no haya más.
-¿Y cómo ha podido pasar que le haya afectado así? Esos dedos, es difícil de entender que la maldición golpee en esa zona.
Dumbledore sacó lentamente un objeto del cajón de su mesa y se lo mostró a Snape. Era un pequeño anillo con una piedra negra.
-Eso tal vez haya sido culpa mía, Severus.
-¿Se puso un anillo que sabía que era un horrocrux?
Dumbledore guardó el anillo de nuevo en su cajón antes de cerrar el camino por el que se estaba desviando la conversación.
-Sí, aunque mis motivos, como de costumbre, sean un tanto complicados de explicar. Snape se agachó para examinar la mano.
-Bébase esto. Contendrá la maldición, durante un tiempo, aunque acabará extendiéndose Albus.
-¿Cuánto me queda?
-Tal vez, un año.
Snape se levantó para irse pero Dumbledore no quería dar por terminada la conversación.
-No me ignores Severus. Ambos sabemos que Lord Voldemort ha ordenado a Draco que me asesine. Pero si fracasa, es de esperar que el Señor Tenebroso acuda a ti. Tú debes ser quien me mate. Es la única manera. Sólo entonces podrá el Señor Tenebroso confiar en ti completamente.
Snape ya ni miraba a Dumbledore a la cara.
-Llegará el momento en que Harry Potter deba saber algo.
Cuando Snape llegó a la sala de pociones de nuevo, y se apoyó sobre su mesa para respirar, una parte de la conversación seguía repitiéndose en su cabeza.
-Una parte de Voldemort vive en él.
-Así que, llegado el momento, el chico debe morir.
-Sí. Sí. Debe morir.
