Esta historia NO me pertence, es propiedad de Julie Anne Long. Los personajes que aparecen en este fic son propiedad de Naoko Takeuchi.


Capítulo IX

Seiya estaba disfrutando de la sensación que le producía el aire fresco; a esa hora todavía había algo de humedad y de frescura en el aire, por suerte. Y el caballo que había alquilado era un animal espléndido que recorría el camino con rapidez en grandes trancos suaves. Alquilar un caballo reducía el tiempo del viaje a Little Swathing en Kent a la mitad y, además, después del incidente no tenía muchas ganas de volver a subirse a un coche-correo.

Algún día tendría su propio carruaje. Ya sabía exactamente el que quería y los caballos que le engancharía. Nada de tordos que estuvieran en consonancia con el típico tiempo de Inglaterra, como hacían muchos; él prefería algo con un poco de personalidad. Cuatro bayos, tal vez, o cuatro castrados negros con estrellas blancas en los ojos o con las dos patas delanteras calzadas de blanco. Incluso había ido al mercado de caballos de Tattersall para planificar y soñar despierto.

Podría comprarse los caballos y el carruaje si quisiera, e incluso tenía sitio para ellos, puesto que había unas antiguas caballerizas detrás del White Lily, pero Seiya era muy selectivo con sus gastos. Hacía tiempo que había decidido que ese gasto en particular podía esperar y que sus recorridos por Londres podía hacerlos en coches o caballos alquilados o en los carruajes que le enviaban los amigos. Necesitaba el capital para otras cosas: pagar a sus empleados, por ejemplo. O construir barcos piratas. O contratar a bellas francesas en un impulso.

Se le escapó una media sonrisa al pensarlo, pero la repentina imagen de los ojos azules y las mejillas arreboladas hizo que se le tensaran los músculos del estómago de una forma que lo sorprendió. Ese pensamiento le produjo un placer difícil de describir que lo distraía, porque llevaba consigo una sensación diferente a la que solían producirle los recuerdos de las mujeres bonitas. La había observado la noche anterior, sonriendo, agachándose y contoneándose a la vez que las otras chicas y, aunque no pudo encontrar ningún fallo en su actuación, no podía apartar los ojos de ella. Parecía fuera de lugar e inimaginablemente en su sitio a la vez.

Qué raro que dos cosas tan dramáticamente nuevas hubieran entrado en su vida el mismo día. Ambas lo habían apartado a su manera del camino que tenía en mente, dejándolo, por primera vez en años, con la sensación de pisar terreno inseguro. Aunque las dos eran, tal vez, temporales.

Cuando al fin vio la casita, apartó el recuerdo de Serena Chapeau. Ató el caballo, abrió la puertecilla blanca y subió los escalones de piedra que lo llevaban a su segunda cosa nueva del día.

Había decidido que iría, por lo menos una vez, y que cuanto antes lo hiciera, mejor. Para comprobar si era cierto.

La señora May le abrió la puerta. Seiya le hizo una reverencia algo tensa, ella lo imitó rápida y casi dolorosamente y le dijo unas palabras forzadas pero educadas de bienvenida. Seiya imaginó que los libros de etiqueta no incluían normas para ocasiones como aquélla, así que decidió comportarse con una educación tranquila por el momento.

El señor May se mantuvo inmóvil, preparado por si al infame señor Kou se le ocurría hacer algo indigno. Seiya lo vio por el rabillo del ojo y después lo oyó moviéndose por otra parte de la casa, haciendo ruido a propósito, cogiendo cosas y dejándolas de nuevo sólo para llamar la atención sobre su presencia.

Sólo con mucha persuasión había logrado ganarse el acceso a la casita. Le habían cerrado la puerta en las narices más de una vez. El señor May lo había amenazado sin muchas energías con un mosquete, pero Seiya se había mantenido firme. Además, había visto la edad que tenía el arma y probablemente serviría más como bastón que como arma de fuego, o quizá provocaría más daño en el tirador que en el blanco.

Pero Seiya había vuelto con el sombrero en la mano (literalmente) y con regalos (rosas, dulces y una vez, en un ataque de inspiración, un jamón).

Y había suplicado.

Y lo cierto era que nadie podía resistirse al encanto de Seiya Kou, lo que explicaba la carta que había recibido el día anterior. Cierto era que la guapa hija de los May, Galaxia, ni siquiera se había propuesto resistirse; había desarrollado en su vida un cierto gusto por la aventura y ya había conocido a un par de hombres antes de acabar debajo de Seiya. Finalmente huyó de casa con otro hombre distinto. Seiya se había olvidado completamente de Galaxia hasta que llegó la carta, unas semanas atrás.

—Es tuyo. No hay más que verlo. El pelo lo delata.

«Ah, las aventuras amorosas…», pensó Seiya en retrospectiva.

Pero cuando leyó la carta se quedó helado. La sangre abandonó sus manos y se concentró en su cara, provocándole mucho calor. Estuvo tentado de simplemente hacer una bola con ella y seguir sin más con su negocio de construir su picante imperio.

De hecho, sí que llegó a arrugarla, apretujándola en su puño. Pero la carta, maldita fuera, latía allí como si lo que tuviera apretado en la mano fuera un corazón.

Así que la estiró de nuevo y se quedó mirándola furioso. Pero la ira no iba dirigida a nada en especial: ¿estaba enfadado consigo mismo, con Galaxia o con el destino por poner en su camino algo que no tenía nada que ver con los planes que había podido hacer gracias a su persistencia, su trabajo, los peligros que había corrido y su misma inteligencia?

Galaxia había dejado al niño (Jamie lo había llamado) con sus padres, que ya habían dado por perdida a su hija mucho tiempo antes. Los padres eran mucho más respetables y conservadores que la hija, aunque vivían en la pobreza en una pequeña casita en Kent con sus otros hijos.

Seiya consideró el asunto y, quizá por compromiso, envió una carta educada y formal pidiendo ver al niño.

Se lo negaron con frialdad: «Dada su profesión, creemos que es mejor para el niño que no lo conozca», eso decía la carta de respuesta que le enviaron los May.

Por ello, el hecho de ver a Jamie se había convertido en un reto personal para Seiya Kou.

Y, hasta la fecha, cualquier reto que Seiya se había propuesto lo había logrado.

La señora May llevó al niño al salón de la mano. Se llamaba James y aún no había cumplido los dos años, según le habían dicho a Seiya. Su cabello era una sedosa lámina de negro y sus ojos de bebé ya empezaban a tornarse azules.

«Ojos de mar», lo habría llamado la abuela Kou si viviera para conocer a su nieto.

Seiya no pudo respirar por un segundo. Podía verlo: el niño se parecía a él. Era igual que él, pero más pequeñito. Aunque crecería hasta convertirse en una «persona de verdad» que se parecería mucho a él.

El niño se quedó allí de pie mirando a Seiya con puro asombro y sin pestañear, como si Seiya no fuera otra cosa que un oso bailarín o unos fuegos artificiales. Era halagador y desconcertante al mismo tiempo, aunque Seiya imaginó que cualquier cosa nueva que entrara en el mundo de Jamie sería recibida con la misma mirada.

La señora May le soltó la manita al niño y se sentó en un sofá que formaba pareja con otro igual, ambos gastados y tan hundidos por los años de uso como si escondieran la curva de una sonrisa.

«El juez presidiendo la sesión», pensó Seiya con mordaz diversión.

Él se quedó de pie con el sombrero en la mano. No podía hacerle una reverencia al niño, ni estrecharle la mano. Era… diminuto. Todo en él era pequeñísimo: las manitas y los piececitos, las minúsculas orejas y la delicada y redonda cabeza.

Finalmente, Seiya se sentó algo tenso en un sillón. Cualquiera diría que había ido a pedir la mano de alguien.

¿Qué demonios hacía la gente con un bebé? ¿Y por qué había ido allí? Parecía que los May lo tenían todo bajo control y, por los ruidos procedentes del resto de la casa, habían conseguido mantener al resto de sus hijos vivos y alimentados.

Jamie se acercó a gatas hacia Seiya, incapaz de resistirse a la novedad.

Había una pelota de trapo cubierta de cuero junto a los pies de Seiya, un juguete. Seiya se agachó y la empujó para que fuera rodando hasta el niño.

—¡Peota! —chilló el niño entusiasmado. Se lanzó a cogerla con sus manitas regordetas como estrellas de mar. Cuando consiguió agarrarla, una sonrisa dividió su cara en dos, como si la felicidad le abriera una ventana en el rostro.

Jamie volvió a gatas hasta donde estaba Seiya y le tendió la pelota.

Él dudó un segundo, pero finalmente la cogió.

—Gracias, hombrecito.

Jamie aplaudió, feliz de haberle dado un regalo.

—¡Peota! —reiteró con un aullido ensordecedor. Seiya se esforzó por no hacer una mueca ante ese sonido que le había perforado el tímpano y evitó el impulso de aplicarse un dedo en la oreja para comprobar que todo estaba en su sitio.

—Sí. Y es una pelota muy bonita —le dijo Seiya. Conocía el lenguaje de los bebés, pero no estaba dispuesto a ponerse a practicarlo. Tampoco estaba convencido de que los niños quisieran oír a los adultos hablándolo. Admiró el regalo que acababa de darle durante un momento, para placer de un Jamie de ojos muy abiertos, y después volvió a tirar la pelota por la habitación para que Jamie saliera corriendo tras ella.

Dos pasos, tres y… ¡Oh, no! Chof. Se cayó.

Pero Jamie no se echó a llorar, sino que pareció sorprendido, como si no esperara que las piernas lo fueran a traicionar, y seguidamente puso las manos en el suelo para recuperar el equilibrio, subió el trasero y se puso de pie de nuevo para continuar con su persecución.

«Eso lo ha heredado de mí. Esa determinación obstinada», pensó Seiya.

La sola idea de que alguien tuviera algo de él, mucho más todo un ser humano, aunque fuera uno pequeño, le sorprendió tanto que lo dejó sin aliento de nuevo.

Siguió observando al niño. «Mi hijo», se dijo para sus adentros, comprobando cómo se sentía ante esas palabras. «Mi hijo.» Sonaba raro. Dos palabras muy cortas pero inmensas en sus implicaciones, como una enorme montaña que no te deja ver nada más.

Y era todavía más desconcertante ver que un leve toque de compasión suavizaba su fría y severa guardia habitual.

Al darse cuenta de eso se puso de nuevo en pie.

—Gracias, señora May. Creo que ya es hora de que me vaya.

Le hizo otra reverencia y salió como alma que lleva el diablo, dejándolos allí a los dos, antes siquiera de que la señora May tuviera tiempo de levantarse del sofá.

Después de un desayuno con un pan delicioso y té caliente en la cocina con Luna y la señora Pool, Luna llevó a Serena por unas escaleras hasta desembocar en una bonita sala de estar. Los muebles, gastados pero de marcado buen gusto, eran de todos los tonos imaginables de crema y azul, y la estancia tenía alfombras de calidad y pesadas cortinas. Incluso había un pequeño hogar, apagado ahora, pues el tiempo era cálido; una ventana que miraba al Este dejaba que entrara gran cantidad de luz solar. Serena había abandonado su atuendo de viuda y en vez de eso llevaba un vestido de muselina de corte elegante y sutiles rayitas de un color sauce suave. Una estrecha banda de encaje bordeaba el escote.

Vio que los ojos de Luna se abrían un poco cuando se fijó en el vestido. Sin duda podía imaginar lo que había costado, pero prudentemente no dijo nada, se limitó a acomodar a Serena en un sillón enfrente de ella y le pasó una cesta llena de retales de franela negra.

—Sombreros pirata —dijo con aire práctico mientras elaboraba uno, que terminó con una floritura, para mostrarle a Serena la apariencia que debían tener—. Después haremos las fajas, los pantalones y unas camisas astutamente cortas. También los vestidos para las ninfas marinas. Aunque menos mal que éstas no van a llevar más que togas. ¡Cómo le agradezco eso al señor Kou! Siempre está teniendo ideas, una tras otra, y quiere que todo se haga al momento. Los trajes, las canciones, los decorados (los decorados son cosa de El General), y quiere que todo esté listo para los ensayos en un abrir y cerrar de ojos. Y el señor Kou siempre está pendiente de todo. No es que me esté quejando —añadió apresuradamente—. Me gusta poder ayudar. Y también tenemos que arreglar todos tus trajes, porque son demasiado grandes para ti.

—¿Pantalones? —preguntó Serena casi en un susurro—. ¿Habrá pantalones? —Incluso en París, que las mujeres llevaran pantalones era escandaloso.

—Haremos que parezcan faldas —dijo Luna con despreocupación—, pero los coseremos por la mitad para que se pueda meter una pierna por un lado y la otra por el otro, así que serán realmente pantalones. El señor Kou tiene las ideas muy claras —reiteró con admiración—. Y después escribiremos una canción.

—¿«Escribiremos»? —repitió Serena.

—El señor Kou y yo —explicó Luna mientras cosía casi sin mirar un sombrero pirata.

Serena se quedó mirando sorprendida a Luna, que podría pasar por esposa de un párroco, con sus mejillas redondas y sus ojos tranquilos.

Luna levantó la vista, notó el examen asombrado al que la estaba sometiendo Serena y sonrió dulcemente.

—Oh, a mi marido no le importa. Conoce a Seiya desde hace muchos años. Por él conseguí mi empleo. Primero sólo cosía, pero pronto descubrió mis dotes musicales.

Volvió a agachar la cabeza para concentrarse en la costura, luego, miró de reojo a Serena y dijo con un susurro humilde, como si le estuviera confiando un secreto:

—¿No es difícil, ¿sabe? Sólo hay que rimar cosas con lanza o cabalgar. Es… no sé… Me viene simplemente. Es un don.

Seiya se sintió aliviado al volver al White Lily, a su despacho, a los planes que había hecho para sí mismo. Dominaba todo lo que se organizaba desde esa habitación: los espectáculos y las contrataciones o despidos de los empleados. Sabía cómo hablar con un hombre con un garfio en vez de una mano, con una mujer bonita, con un rico inversor o con un hombre que lo amenazaba con dispararle al amanecer. Pero no tenía ni la menor idea de qué hacer con una versión en miniatura de sí mismo.

Le escribiría a la señora May para agradecerle su tiempo, le mandaría dinero trimestralmente hasta que el niño fuera adulto y se olvidaría de sus obligaciones en cuanto a esa situación en particular. Seguro que no era nada inusual; más de un hombre se habría encontrado en circunstancias similares.

Más tranquilo después de haber encontrado una solución tan conveniente, Seiya se volvió hacia su pila de correspondencia con gran satisfacción. La señora Pool, que había anticipado su llegada, le había dejado una bandeja con un té fuerte que claramente acababa de preparar, a juzgar por el calor y el aroma que desprendía. Se sirvió una taza mientras examinaba el correo y encontró maravillosas noticias: el vizconde Howath estaba encantado de invertir en El Emporio del Caballero.

Y con esa confirmación se completaba su grupo de inversores. Todos estaban en el proyecto.

Se acomodó en su silla y tomó un sorbo de té, saboreándolo como si se tratara del verdadero sabor de la victoria. El calor dulce y la enormidad de su triunfo lo colmaron y le hicieron olvidar momentáneamente todas sus otras preocupaciones. Experimentó un momento de sobrecogimiento: Seiya Kou, antes un chiquillo callejero, pronto iba a ser el propietario de uno de los edificios más grandes de Londres y los hombres más ricos de esa ciudad acudirían en manada a su negocio en busca de entretenimiento.

Seiya se permitió dejar volar la imaginación un momento y ver su sueño acabado; cuando el edificio estuviera renovado y lleno de diversiones, cada planta sería una fantasía de escapada y placer.

Y un segundo después volvió a dominar sus sueños para volcarse en las necesidades del presente, que incluían la creación de una canción para las piratas y una visita a El General, que sin duda estaba en su taller supervisando rabioso la frenética construcción de un barco pirata y una gran ostra para que Venus surgiera de ella, sin dejar de soltar juramentos y de machacar cosas con un martillo.

Seiya pensó que a él también le vendría bien dar unos martillazos y soltar algún que otro juramento. Decidió que iría primero a ver a El General y después a Luna.

El montoncito de sombreros pirata creció con rapidez. Luna no era rigurosa con el trabajo con la aguja, solamente necesitaba que Serena fuera rápida. Después se pusieron con los pantalones, cortando a partir de las medidas de cada chica, que se renovaban cada vez que se creaba un nuevo espectáculo.

El trabajo era relajante: Luna no hablaba mucho y Serena se sentía arrullada por la agradable luz del sol que entraba por la ventana y el ritmo de la aguja que entraba y salía de la tela. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había hecho algo tan vulgar y, eso le resultaba refrescante. Seguramente parecerían la esposa y la hija de un párroco, si se obviaba el hecho de que estaban cosiendo sombreros piratas y pantalones.

—¡Luna! Esperaba encontrarte…

Serena y Luna levantaron la vista de repente al oír la voz. Seiya Kou dejó la frase a medias al ver a Serena acomodada en un sillón frente a Luna con una cesta de costura recatadamente en su regazo. Pareció divertido durante un segundo y miró a Serena a los ojos para que ella pudiera verlo, como si sospechara que esa versión de ella, la versión tranquila vestida de muselina y cosiendo modestamente, era tan ajena a ella como el disfraz de hada que daba golpecitos en los traseros.

Se recuperó de la sorpresa, pero permaneció en el umbral.

—Oh, veo que le ha dado a la señorita Chapeau algo puntiagudo, Luna. Me quedaré aquí, señorita Chapeau, con una distancia suficiente entre nosotros, por si sus pasiones se alteran y se siente tentada de perforarme con la aguja.

—Si continúa manteniéndose a una… distancia suficiente… señor Kou, yo no tendré ninguna queja —respondió Serena, aunque sospechaba que ninguna distancia que se mantuviera con ese hombre podría ser suficiente.

Su respuesta lo hizo reír y acto seguido entró en la habitación. Ese día llevaba pantalones de color beige y unas botas de caña alta que acentuaban sus largas piernas. Las botas brillaban tanto que la luz rebotaba en ellas mientras caminaba. La chaqueta era de lana de calidad de color caoba. Tenía el pelo negro y azulado despeinado y algunas ondas sueltas le caían sobre la frente, como si el viento se las hubiera colocado allí artísticamente. El chaleco también era beige y tenía rayas de color crema. Los botones eran, por lo que parecía, de algún metal brillante. No sería oro, ¿verdad?

Se acercó al lugar donde estaban sentadas las dos mujeres y se detuvo cuando vio el montón creciente de sombreros pirata. Los miró durante un momento, luego sacó uno de la pila y lo manipuló con cuidado, casi con delicadeza, con la expresión abstraída.

De repente volvió a dejarlo y caminó hacia el pianoforte.

—Hablando de pasiones alteradas, Luna… —Seiya pulsó tres o cuatro teclas al azar—. Necesitamos una nueva canción para la función pirata y la necesitamos cuanto antes, claro. Estaba pensando… Algo que tenga que ver con… ¿espadas? —Lo estaba preguntando en serio—. Parece lo más obvio.

Luna se volvió enérgica de repente. Dejó los sombreros a medio hacer en la silla, como pequeñas manchas de franela negra, y se apresuró a ir hasta donde estaba Seiya para sentarse al pianoforte.

—Creo que tengo la melodía, señor Kou. —Unió los dedos, los estiró y los colocó sobre las teclas para tocar una música enérgica que parecía una canción marinera.

—Mi marido fue marinero —explicó por encima del hombro hacia Serena—. En cuanto oí hablar de piratas, pensé para mí que esto era lo más apropiado.

Tocó unos cuantos acordes de la melodía mientras Seiya escuchaba atento.

—Sí, creo que eso estará bien. Ahora tenemos que componer una canción que todos los hombres que vengan al teatro tengan ganas de cantar a voz en grito cuando salgan y se vayan por ahí a emborracharse. ¿Tal vez algo que tenga que ver con «clavar la espada»? —sugirió Seiya frotándose la barbilla pensativo.

Josephine ladeó la cabeza.

—¿Y qué tal esto?

Muchacho, tu espada aquí tienes que clavar

y debes clavar con fuerza el espadín

Ella se interrumpió y miró a Seiya en busca de aprobación.

—Bien, está bien —murmuró—. Es un comienzo. —Echó la cabeza hacia atrás y miró al techo buscando el siguiente verso—. ¿Paladín? ¿Espadachín?

—¿Comodín? —sugirió Luna, arrugando la nariz para indicar lo que pensaba de su propia inspiración—. ¿Retintín? ¿Pequeñín?

—Botín —murmuró Serena entre dientes.

Luna y Seiya volvieron la cabeza a la vez. Se produjo un momento de tenso silencio.

—¿Qué es lo que ha dicho, señorita Chapeau? —le preguntó Seiya educadamente.

Ya conocía a ese hombre lo suficiente para notar la alegría reprimida en su voz.

«Oh, no», pensó Serena sin levantar la cabeza y atravesando la tela con la aguja para acabar clavándosela en un dedo, lo que hizo que tuviera que morderse el labio para no chillar de dolor.

—Vamos, querida, compártelo con nosotros —la animó Luna con un tonillo maternal.

Serena carraspeó para aclararse la garganta.

—Botín —dijo algo más alto esta vez.

Seiya la miró intensamente a los ojos. Era tremendamente revitalizante coquetear de una forma tan sutil con ese hombre. Ahora podía sentir el calor en la cara. Deslizó su mirada hacia el hogar, como si estuviera tentada de culpar al fuego del calor que la inundaba, pero en aquel agujero todo estaba apagado.

—Por favor, díganos ahora cómo utilizaría la palabra «botín» en la canción. —Seiya se lo pidió con los ojos muy abiertos y llenos de inocencia. Entonces levantó una mano y dijo—: Tengo una idea. Luna, comience a tocar la canción, por favor. La señorita Serena Chapeau completará el verso cuando sea el momento.

—Yo… —comenzó a protestar Serena.

Pero Luna ya había empezado a tocar, sus manos grandes y hábiles saltaban sobre las teclas para arrancarles la música.

—Vamos, querida —la exhortó animosa—. ¡Díganoslo!

Y Josephine cantó:

Muchacho, tu espada aquí tienes que clavar

y debes clavar con fuerza el espadín

Y miró por encima del hombro hacia Serena, enarcando las cejas para darle ánimos, sin que sus manos dejaran de brincar sobre el teclado para seguir tocando varios acordes de la canción.

Serena miró de reojo a Seiya. Los ojos de él casi habían desaparecido en un gesto de diversión.

¡Dios! Luna parecía tan entusiasta y esperanzada, mirándola por encima del hombro con las cejas levantadas, que Serena sintió que no podía decepcionarla.

Así que cerró los ojos, apretó los párpados y cantó resignada:

Para traerme, traerme mi preciado botín

Eso era lo que se le había pasado por la cabeza, Dios mío.

Luna se detuvo abruptamente.

Seiya se le quedó mirando sin habla.

Serena se obligó a devolverles la mirada con aparente inocencia.

—¿Mi preciado botín? —repitió finalmente Seiya con una voz que carecía de toda inflexión.

Serena asintió.

Él no sonreía. Pero toda su cara parecía excesivamente imbuida de un regocijo impuro y triunfante. Era como si la risa no fuera suficiente para hacerle justicia a su contribución a la canción.

—Ummmm —murmuró mientras caminaba arriba y abajo delante del hogar—. Muchacho, tu espada aquí tienes que clavar y debes clavar con fuerza el espadín… —recitó las palabras con la gravedad propia de un «ser o no ser»—. Para traerme, traerme… —giró bruscamente y dejó escapar casi en un ronroneo— mi preciado botín.

Sospechaba que sus mejillas ardientes invalidaban la frialdad de su mirada, con la que pretendía fingir que no le afectaba nada de eso.

¿De dónde habían salido esas palabras? Parecía como si hubieran salido de la nada.

—Debo confesar que creo que es brillante —dijo sacudiendo la cabeza—. Lo es. Y creo que esa brillantez me ha inspirado el resto. Luna, si la toca de nuevo, podemos cantarla a dúo.

Así que Luna tocó y ambos cantaron:

Muchacho, tu espada aquí tienes que clavar,

y debes clavar con fuerza el espadín

para traerme, traerme mi preciado botín,

aunque más de una vez lo tengas que intentar

Y Luna y Seiya completaron la canción entonando el último verso con las voces fundidas con gran habilidad:

¡Por favor no dejes tu espada de clavar!

—Bueno —dijo Seiya resueltamente cuando terminaron—. Podemos hacer que las chicas hagan como que se desmayan en la parte del «botín» y que junten las manos como rogando en el «por favor». Y en lo de «clavar la espada», bueno…, pues que claven la espada. —Sonrió—. Bien, señoras, otro duro día de trabajo aquí en el White Lily. Le enseñaré la canción a Kakyuu y les pediré a ella y a El General que vengan a verla, Luna, para aprendérsela. Y no lo olvide: también necesitamos una canción o dos para Venus. Piense en las posibilidades que nos da la palabra «perla». Creo que se ha ganado la manutención del día, señorita Chapeau.

Con un movimiento rápido que Serena ya comenzaba a identificar en él, miró la hora en su reloj y giró para dirigirse hacia la puerta. De repente se paró como si una mano invisible lo hubiera tirado de la chaqueta y volvió adonde Serena estaba sentada. Su alto cuerpo bloqueaba la luz del sol que llegaba desde la ventana.

Ella levantó la vista para mirarlo y sintió de nuevo esa inconveniente y familiar falta de aliento, esa aguda consciencia de él que siempre sentía cuando lo tenía cerca.

Pero él no la miraba, sino que había cogido uno de los sombreros de pirata que ya estaban acabados y giraba el curioso objeto en sus manos, mirándolo desde todos los ángulos con una expresión reflexiva e ilegible.

Volvió a dejarlo en la silla, lenta y pensativamente esta vez.

—¿Creen que podrían…? —comenzó, pero se interrumpió para volverse hacia Luna. Entonces continuó con un aire más decidido—. ¿Cree que podría hacer un sombrero de pirata pequeño? —Extendió las manos y las alejó del cuerpo, las estudio y ajustó el espacio que había entre ellas hasta indicar el tamaño de un melón pequeño—. ¿De este tamaño aproximadamente? ¿Para mañana?

Luna quedó un poco desconcertada.

—Claro, señor Kou.

—Gracias —dijo, y se volteó para irse—. La veré en el teatro dentro de una hora, señorita Chapeau. El General y yo tenemos que hacer un anuncio. Después del ensayo, venga a verme. Tal vez podamos discutir entonces su botín.

Su sonrisa apareció un segundo, después se inclinó en una bonita reverencia con una floritura y desapareció.

Había siete bellas mujeres reunidas sobre el escenario para escuchar el anuncio especial del señor Kou, cinco jóvenes y lozanas, una igual de joven pero delgada y otra a la que la lozanía se le había escapado ya varias primaveras atrás, dejando sólo una rosa bastante marchita con cara ajada, cabello teñido con henna y unas posaderas que muchos ingleses insistían en que los visitantes de Londres debían contemplar con deferencia y sobrecogimiento, igual que si fuera la Torre de Londres o Whitehall, ya que consideraban que el trasero de Kakyuu Jones era un tesoro nacional.

Kakyuu estaba de pie varios centímetros por delante de las demás, como si fuera consciente del contraste que ofrecía o como si no quisiera estropear su estatus de reina respirando el mismo aire que las demás chicas.

—Miren a La Reina. No le gusta tener que codearse con nosotras —murmuró Haruka.

—No importa, porque el pecho ya le llega por los codos y a mí no me gustaría «codearme» con esa parte de su anatomía —apuntilló Rei.

Una explosión de risas siguió al comentario. Las mejillas de Kakyuu se pusieron de un color vivo y encendido, pero no giró la cabeza ni se movió un milímetro.

—Chicas, gracias a sus muchos admiradores que no saben mantener la boca cerrada —dijo Seiya provocador, lo que causó más risitas—, seguro que han oído hablar del nuevo espectáculo que he planeado. Será un tour de force, una función llena de belleza y sensualidad… —Le imprimía a cada sílaba la atención concienzuda y cariñosa de un amante, lo que hizo que se le aflojaran las rodillas a más de una de las mujeres que estaban sobre el escenario—. Y requerirá de una chica especial, justo la correcta, para conseguir que sea un éxito. Lo hemos llamado… —Seiya se interrumpió.

—Venus —dijeron todas las chicas con un suspiro.

Todas las chicas excepto Kakyuu, que permaneció en silencio y sombría como una nube de tormenta.

—Eso es. Y El General y yo estaremos observándolas durante los próximos días para decidir cuál será la que se ocupe de personificar a Venus.

Al oír eso, El General giró la cabeza, cogió a Seiya del brazo y tiró de él hacia atrás hasta que estuvieron a suficiente distancia del escenario para que las chicas no pudieran oírlos.

—¿Estás loco, Kou? —le dijo en voz baja y furiosa—. Se van a poner imposibles si creen que están compitiendo unas con otras. Creí que ya habíamos decidido que Rei sería Venus.

—O…, se esforzarán, se comportarán perfectamente, actuarán muy bien en el escenario y tendremos hordas para venir a verlas todas las noches de esta semana, llenaremos hasta los topes y entonces desvelaremos quién será nuestra Venus, cosa que decidiremos tú y yo juntos.

El General miró a Seiya, que esperó pacientemente.

—O…, un poco de las dos —concedió El General lenta y reticentemente viendo la potencial brillantez de la táctica.

Seiya sonrió. Hubo una pausa.

—Rei probablemente —dijo con brío. El hombre de negocios que había en Seiya hizo que dijera eso en voz baja; el soñador que también albergaba en su interior veía a una Venus completamente diferente elevándose desde los mares. Una delgada y grácil, con hermosos ojos azules y una varita rota en la mano, desafiando al público.

—Rei probablemente —accedió al fin El General con la misma energía y también en voz baja.

Esa decisión se basaba más en el tamaño y en la cantidad de ramos que le enviaban que en ninguna otra cosa. Ellos eran hombres prácticos y aquello era cuestión de dinero, no de estética. En ese momento, a la mayoría de los hombres les gustaría ver a Rei, escasamente vestida, saliendo de una concha. No tenía la potencia vocal de Kakyuu, pero su voz era clara y su interpretación de las letras era más que convincente. Era descarada, tenía una retaguardia bastante bonita y un generoso escote. Aunque era una Venus de los barrios bajos.

Mientras, la Venus de París estaba allí arriba sintiéndose incómoda en medio de una fila de bailarinas exuberantes y orgullosas que miraban fijamente a Seiya. Volvía a parecer extrañamente fuera de lugar vestida con el disfraz de damisela (que también iba a necesitar muchos arreglos). Era algo así como una verdadera princesa disfrazada de princesa.

Seiya le dio a El General un golpecito en la espalda.

—¡Buena suerte! Porque les vas a dar alfanjes, ¿no? —dijo casi inocentemente.

—¿Alfanjes? —repitió El General lentamente—. ¡Brillante! Claro, Seiya. Haré que los muchachos se pongan a fabricarlos hoy mismo.

—Espera a oír lo que he pensado que pueden hacer con los alfanjes y las manos mientras cantan…

El General sonrió.

—Creo que puedo hacerme una imagen clara.

—Y tenemos una canción nueva increíble. Habla de espadas, por supuesto.

Seiya sonrió.

—Y ahora me voy. He quedado con un hombre para hablar de la construcción. Todos se han unido al negocio, General. Tendremos El Emporio del Caballero la primavera próxima. Volveré antes de que se acabe el ensayo.

Cuando el señor Kou terminó el anuncio y se fue, El General las mandó a todas a acabar de vestirse de damiselas, lo que implicaba añadir al vestido unos gorros puntiagudos y unas capas que caían en sutiles pliegues y estaban cuajadas de piedrecitas que brillaban y lanzaban destellos con la luz. Esas capas estaban pensadas para que las agitaran provocativamente.

Serena ya había podido comprobar que todo se hacía provocativamente en el White Lily.

Un grupo de muchachos (que parecían estar allí siempre) llevaron al escenario un enorme castillo de madera con torreones y un puente levadizo que parecía poder abrirse y cerrarse. A Serena se le pasó por la cabeza que Seiya Kou tenía bastantes empleados y todos en buena forma.

El castillo parecía muy pesado; los muchachos tenían la cara roja y cargaban todo el peso de su cuerpo contra él. Las chicas vestidas de damiselas fueron llenando el escenario, Serena entre ellas, con su cuerpo casi hundido dentro del vestido y la capa. Se miró apenada; iba a tener que arreglar ese traje también.

—¡Kakyuu! —aulló El General en dirección a la parte de atrás del teatro—. ¡Trae tu enorme trasero aquí o te voy a…!

Se oyó un crujido que no presagiaba nada bueno y todo el mundo se volteó.

Los muchachos estaban bajando lentamente el puente levadizo del castillo, que de repente cayó contra el suelo del escenario creando una nube de polvo. Las chicas tosieron y agitaron las manos en el aire.

Y allí estaba Kakyuu, a la entrada del castillo. Hizo una pose apoyando ambos brazos en el umbral por encima de su cabeza, con el pecho proyectado hacia adelante y largos mechones rojizos cayéndole sobre los hombros; esperó así hasta que todos los ojos de la sala estuvieron posados en ella. El General observó en un silencio furioso cómo recorría el puente levadizo contoneándose. Su mirada fue bajando hasta quedar a la altura de las caderas de Kakyuu, y allí se quedó, como si éstas fueran el péndulo de un hipnotizador.

No se podía negar que Kakyuu Jones sabía cómo hacer una entrada inolvidable. Serena sospechaba que eso era lo que ella pretendía, aunque no sabía por qué.

Llegó al final de la pasarela y se detuvo.

—¡Me ha dado una moneda por hacerlo! —chilló uno de los muchachos como explicación, incapaz de decidir si le daba más miedo Kakyuu o El General.

El General miró a Kakyuu de arriba abajo con una mirada inescrutable que ya no brillaba. Ella se la devolvió, algo desafiante pero claramente encantada consigo misma. El resto de las chicas observaba en un silencio resentido, tal vez sabiendo que ellas sólo podían soñar con hacer una entrada así de majestuosa.

Al fin, El General carraspeó.

—Luna, por favor… Serena, igual que ayer, simplemente sigue a las demás. Eres lista; lo aprenderás rápido.

De nuevo esa ironía, como si algo que solo él sabía divirtiera mucho a El General.

Luna entrelazó los dedos, los estiró y los apoyó en el teclado del pianoforte. Empezó a sonar una melodía con tintes medievales.

Kakyuu se puso a cantar de forma lastimera con esa voz potente que nunca conseguiría arrullar a los ángeles del cielo:

Oh, caballero, las damiselas en apuros le queremos pedir

que venga a liberarnos de este sinvivir

y que se acerque para su lanza blandir

o nosotras no podremos conseguir

nunca de aquí salir

Las chicas comenzaron a mecerse, se llevaron las manos a la frente, unieron los brazos y… Oh, que Dios la ayudara… Se agacharon y sacudieron los traseros en el aire.

Otra vez. Serena, suspirando para sus adentros, las siguió.

—¡Más arriba, Serena! ¡Y por favor, deja de poner los ojos en blanco!

Lo que provocó, naturalmente, que Serena pusiera precisamente los ojos en blanco.

Después de ensayar esa canción una media docena de veces, cuando ya estaban de nuevo erguidas y mirando a la audiencia, Serena vio que Seiya Kou estaba al principio del pasillo con sus ojos brillantes fijos en ella y con un bastón en la mano con el que marcaba el ritmo sin darse cuenta. Su expresión era mucho más que ausente, cosa bastante extraña, y tenía el ceño levemente fruncido, como si ella fuera un acertijo que estuviera a punto de descifrar.

Ya había vuelto del negocio que había salido a hacer.

Serena se sintió inmensa y absurdamente contenta al ver que había vuelto y que claramente la estaba mirando a ella.

Cuando sus ojos se encontraron, el leve ceño se convirtió en una sonrisa de reconocimiento y un destello pícaro apareció en sus ojos, como provocado por la misma luz del día. En un acto reflejo, las comisuras de los labios de Serena se dispararon hacia arriba y algo en su interior se elevó.

—¡Ay! —El dolor la inundó cuando alguien le pisó un pie con todas sus fuerzas y a punto estuvo de arrancarle la zapatilla. Serena se tambaleó un poco y se torció una rodilla. Se enderezó con bastante rapidez igual que las demás chicas y siguió bailando y sonriendo a pesar del dolor; estaba acostumbrada a sobreponerse al dolor sin dejar de bailar y de sonreír.

Ahora tanto El General como Seiya Kou tenían el ceño fruncido y dirigido hacia ella. Seiya estaba sorprendido y El General algo enfadado.

—Oh, vaya, lo siento mucho… —murmuró Rei. Su sonrisa siguió en su sitio, con la cara mirando hacia adelante, pero cuando Serena la miró de reojo pudo ver que sus ojos brillaban, satisfechos y duros como el cristal.

Seiya le había dicho que fuera a la biblioteca a buscarlo para que le diera su «botín». Ella sabía muy bien dónde estaba ese lugar porque lo había visto allí la noche anterior, mientras lo espiaba.

Se quedó de pie en el umbral. Seiya Kou no la miraba; estaba rebuscando entre las cosas que tenía en el escritorio, apartando unas a un lado y otras a otro, obviamente intentaba localizar algo. Tenía una sonrisa en los labios, como si todo ese desastre le resultara inmensamente gratificante.

De repente se quedó quieto y su rostro se oscureció y se puso tenso. En un movimiento rapidísimo levantó una mano y presionó con fuerza el pulgar de la otra contra la palma de la primera, a la vez que daba un respingo breve y áspero.

El estómago de Serena se contrajo involuntariamente por compasión; reconocía el dolor en cuanto lo veía.

Él levantó la vista y la miró al fin. Su expresión cambió al instante y se llenó de luz.

—Una vieja herida —le explicó con profusión de gestos, levantando la mano y extendiéndola para que la viera. Ella vio las blancas cicatrices, tirantes entre el pulgar y el índice—. De vez en cuando me envía un recordatorio de que está ahí a través de los nervios. ¿Ha venido a buscar su botín, señorita Chapeau?

Ella se quedó helada. Era la manera en que pronunciaba la palabra… Por la forma en que la decía parecía tener dimensiones. Se notaban varios niveles de insinuación y todos ellos implicaban que él tenía décadas de experiencia en el arte de proporcionarle «botines» a las mujeres. No sonreía, pero le temblaban las comisuras de la boca, a punto de reír si ella le daba alguna razón.

Seiya Kou la superaba sin esfuerzo en el juego del coqueteo, tuvo que admitir. Ella se sentía obligada a mantener una cierta cantidad de decoro, pero él parecía indiferente a eso y prácticamente no tenía vergüenza. Aunque por suerte parecía estar utilizando esa indiferencia y falta de vergüenza de una forma juiciosa.

—He venido porque usted me lo pidió. ¿Es que he ganado más dinero por contribuir con un pequeño verso a su producción? —No pudo resistirse a imprimirle a la pregunta un poco de ironía.

El humor desapareció de sus ojos.

—Veo —dijo con tanta ironía como ella— que le parece que a nuestras modestas producciones les falta algo de sentido artístico, pero me veo en la obligación de decirle, señorita Chapeau, que hay una gran libertad en no sentirse encorsetado por la respetabilidad.

—Supongo que usted lo sabrá bien, señor Kou.

Su comentario pretendía ser una broma, aunque una un poco malintencionada.

Él se tensó durante un segundo. Su expresión era difícil de leer y ella llegó a preguntarse si lo habría ofendido, aunque no entendiera por qué.

De repente abrió una pequeña arqueta de madera, metió la mano dentro y sacó un montoncito de monedas que colocó en la esquina del escritorio: su sueldo. Un signo silencioso, aunque harto elocuente, de la recompensa que tenía vivir al margen de la respetabilidad.

Serena las cogió y le tendió una moneda.

—Por el alojamiento y la comida.

Él no la cogió.

—Por el verso de la canción.

Ambos intercambiaron breves sonrisas y la tensión se relajó un poco.

—Dígame, ¿aspira usted a la respetabilidad, señorita Chapeu? —preguntó como sin darse cuenta.

Pero ella reconoció inmediatamente lo que era: un golpe bajo cubierto de seda. No pudo resistirse a responderle ofendida.

—Yo no aspiro a la respetabilidad, señor Kou.

—Oh, ya veo. Usted ya es respetable. —Se estaba riendo de ella para sus adentros—. Fueron los caprichos del destino los que la trajeron hasta este antro de iniquidad. Pero ahora me pregunto: ¿cómo es que una mujer respetable sabe de cierto tipo de «botines»?

—Se puede ser respetable y saber de…, ciertas cosas, señor Kou. —Se dio cuenta de lo absurdas que eran sus palabras en el mismo momento de pronunciarlas.

—¿Ah, sí? —preguntó con aire de inocencia—. Supongo que eso será cierto si quien lo dice es francés… Aunque sigo sin creer que alguien respetable pudiera soltar esa palabra con tanta convicción…

—Yo no…

—Y dado que «respetable» —continuó como si ella no hubiera dicho nada— suele significar lo mismo que «casada» y no creo usted lo esté ni lo haya estado nunca, no me queda más que concluir que el espadín de alguien le ha estado trayendo (o alguna vez en el pasado le trajo) ese botín del que hablaba. ¿Quién fue el que le entregó ese botín, señorita Chapeau? ¿Es que ha dejado a un amante en Francia?

Lo brusco de la pregunta le dejó la mente en blanco y se quedó inmóvil por un momento, incapaz de reaccionar. Toda la utilización juiciosa de su indiferencia y de su falta de vergüenza acababa de volar por los aires.

Al fin consiguió mostrar un ceño de desaprobación, aunque no dijo nada.

Pero eso sólo lo hizo sonreír lentamente, lo que le dejó claro a ella que el señor Kou acababa de ganar ese asalto.

Serena miró la habitación que la rodeaba mientras intentaba recuperar la compostura. Supuso que tal vez en algún momento se había utilizado como biblioteca o sala de estar cuando el teatro era una mansión (según le había dicho Luna), porque había estanterías incorporadas a una pared. Había libros en ellas, lo que la sorprendió un poco, dado que Seiya Kou no parecía un intelectual, ni siquiera el tipo de hombre al que le gustaba leer, aunque sí que era cierto que hablaba muy bien. Además, todos los libros parecían muy gastados.

Al acercarse para inspeccionarlos mejor vio que no eran del tipo que se suelen lucir orgullosamente en las bibliotecas: tomos de filosofía y ese tipo de cosas, nuevos e inmaculados, que solamente están allí con el fin de impresionar a los visitantes. Éstos eran en su mayor parte novelas. Robinson Crusoe, la última novela de aventuras para hombres, era una de ellas. Asimismo había novelas de terror, que reconoció rápidamente porque ella también las había leído y disfrutado secretamente, incluso más de una en inglés. Y también una recopilación de los mitos griegos: un libro enorme; estaba prácticamente segura, dada la temática de los murales del teatro, de que estaba ilustrado con extravagancia. Se imaginó que el sentido del drama, la fantasía y el humor de Kou se verían excitados por ellos.

Pero lo que más le llamó la atención fue algo que había metido entre los libros: un pequeño caballito de madera, un juguete. Tenía la crin y la cola hirsutas, y ruedecitas bajo las patas. Se preguntó si habría pertenecido a Seiya cuando era pequeño y por qué demonios tendría una cosa como ésa en su despacho del White Lily.

Entonces recordó la acusación del hombre que le había gritado: «En la tienda que vende juguetes de madera en Bond Street».

Pero Seiya había negado haber estado en ese lugar.

Levantó la vista y sus ojos se encontraron. Él había estado observando su examen del despacho. Desconcertada momentáneamente, bajó la vista. Entonces vio extendido sobre el escritorio, un hermoso dibujo de un edificio grandioso.

—Planos —explicó—. Para otro teatro.

—Es inmenso —Lo era. El edificio era realmente majestuoso y extenso. Hileras de grandes ventanales lo cruzaban y una entrada flanqueada por columnas se abría para recibir a la gente.

—Va a ser condenadamente genial —dijo con convicción, como si se tratara ya de un hecho consumado—. Una planta para los entretenimientos, otra para la cena, otra para… —Dejó la frase a medias, tal vez porque lo estaba imaginando todo mientras lo recitaba. Entonces levantó la vista para mirarla—. Necesitaremos mucho capital para hacerlo realidad, pero El Emporio del Caballero estará listo para la próxima primavera. Encargué el dibujo hace tiempo y ahora estoy trabajando en los planos. —Oyó el orgullo y la seguridad en su voz mientras removía los papeles que había sobre la mesa—. Se parecerá mucho al White Lily, aunque mucho más grande.

—Pero… ¿por qué este tipo de cosas, señor Kou? —Hizo un gesto con la mano que abarcaba el teatro que la rodeaba—. ¿Por qué el White Lily?

Él pareció sorprendido de la pregunta y fingió considerarla detenidamente con la cabeza echada hacia atrás y mirando al techo.

—Por el sexo —dijo de repente, como si la respuesta se le acabara de ocurrir.

La palabra, latiendo con sus consonantes sibilantes y sonoras, tan chillona como la flor que colgaba sobre la entrada del White Lily, se quedó en el aire durante el tiempo suficiente para que ambos se imaginaran explícitamente lo que esa palabra significaba para ambos.

El tiempo suficiente para que Serena se sintiera algo mareada.

—Muy dramático, señor Kou, pero la palabra no va a darme más información ni resultarme menos alarmante si la deja mucho tiempo en el aire. Será mejor que se explique. —Se dio cuenta de que su voz sonaba algo crispada y esperó que él no lo hubiera notado.

Él echó atrás la cabeza y soltó una carcajada, encantado.

—Está bien. Es fácil, señorita Chapeau. Yo comencé mi vida con nada, pero quería mucho más que eso. Sabía un poco sobre teatro y mucho sobre hombres y mujeres, ya que me había encontrado con especímenes de muchos tipos a lo largo de mi vida. Seguí el impulso de mi talento y mi experiencia y aquí estoy. ¿Y qué hay de malo en ello?

—Es… —Sacudió la mano en el aire. «Atroz.» «Vergonzoso.» «Demasiado explícito», pensó.

—Divertido —completó él con una sonrisa—. Y lucrativo. Todo el mundo lo pasa bien.

—¿Incluida Rei? —dijo tal vez con demasiada rapidez y amargura.

La sonrisa desapareció al oírla decir eso. Él la estudió durante un momento, inspiró profundamente, después se sentó en su silla y se acomodó sin dejar de examinarla, como si estuviera decidiendo si explicarle o no algo a un niño.

—¿Sabe lo que estaría haciendo Rei si yo no la hubiera contratado? —preguntó al fin.

Serena permaneció en silencio mientras lo pensaba; no le costaba mucho imaginarlo.

—¿Cree que sería una maravillosa gobernanta? ¿O una espléndida fregona? ¿Piensa que su vida sería mejor? ¿Quiere saber dónde vivía antes de entrar en el teatro, lo que hacía?

—Ya veo por dónde va, señor Kou. Es usted un verdadero samaritano.

Él soltó entre dientes una risa sin una pizca de humor.

—No. Pero contrato a personas que a mucha gente ni se le ocurriría contratar, gente que no tiene ninguna oportunidad de trabajar en cualquier otra cosa. Gente con la que me he cruzado en la vida. No es simple caridad, señorita Chapeau. Normalmente me devuelven el favor ampliamente en forma de lealtad y compromiso. Aunque hay veces… Contraté a un viejo amigo para que vigilara la puerta del camerino y parece que Rei ha pagado por mi error —dijo jugueteando con su pluma entre los dedos distraídamente.

Estaba luchando por camuflar la tensión de su voz. El hecho en sí, la admisión de su culpa y el daño que eso le había producido a Rei, le habían costado mucho, observó Serena.

Estuvo tentada de pedirle disculpas por el comentario. Pero entonces él se removió y miró el trabajo que tenía sobre el escritorio.

—Quizá lo entendería, señorita Chapeau, si no hubiera estado mimada toda su vida.

Una estocada deliberada dirigida al corazón de su temperamento explosivo. Ella saltó inmediatamente.

—A mí nunca…

—¿Qué? —Levantó la vista rápidamente. Tenía una breve sonrisa triunfante en la cara.

Se dio cuenta de que se lo estaba poniendo demasiado fácil, pero todo lo que sentía y pensaba parecía amplificado y a flor de piel cuando estaba cerca de él, como si quisiera salir corriendo para ir a su encuentro.

Entonces sería más sensato no estar cerca de él, supuso.

—No, claro, usted ya sabe algo sobre lo que es trabajar —continuó—. Me dijo que sería capaz de enseñarme un par de cosas sobre eso. Puede que encuentre que soy un alumno aplicado. —Otra sonrisa pícara.

—Sí, sé bastante sobre trabajo y un poco sobre no tener nada, señor Kou —dijo en voz baja—. Y yo también pretendo no volver a no tener nada nunca más. He trabajado toda mi vida para asegurarme de ello.

—Así que es usted una mujer ambiciosa, señorita Chapeau…

—¿No lo son todas las mujeres hasta cierto punto? ¿La vida no nos exige eso? —Creyó oír un toque de amargura en su voz.

Él guardó silencio.

Después bajó la vista y pasó la mano suavemente sobre el dibujo del grandioso edificio, alisándolo pensativo y con aire posesivo.

—Lo que le pasó a Rei… Lo que pasó, no volverá a ocurrir. Siempre aprendo de mis errores —dijo de repente mirándola. Fijamente. Casi como si intentara persuadirla de la sinceridad de sus palabras—. Se puede decir incluso que el White Lily surgió de un error. —Sonrió breve y tranquilamente y extendió la mano de la cicatriz, como si eso sirviera ya de explicación suficiente—. Tenía diez años e intentaba robar un queso. El vendedor no iba a permitírmelo y vino hacia mí con un cuchillo; los chicos como yo siempre estaban pululando cerca de su puesto como pequeñas alimañas. Intenté escapar, pero me alcanzó —dijo Seiya casi alegremente—. La herida se infectó y estuve a punto de morir, pero un boticario se apiadó de mí. Se aseguró de que me pusiera bien y, como conocía a alguien en una taberna del puerto que necesitaba ayuda, consiguió que me dieran trabajo. Ese trabajo me llevó a otro en un teatro y… —Se detuvo, con los ojos iluminados por la diversión—. Siempre he sido un hombre con suerte, supongo. Sobre todo en lo que respecta a mis amigos.

¿«Con suerte»? La cabeza de Serena se llenó de imágenes; los pulmones se le cerraron al pensar en un hombre corpulento lanzándose hacia un chiquillo, cuchillo en mano. Vio también a Seiya Kou, pequeño, aterrorizado, herido, hambriento y enfermo, casi moribundo. Parecía imposible. Parecía… que nunca hubiera tenido miedo.

Ahora comprendía que la calma que sentía que irradiaba de él se la había ganado a base de saber que podía sobrevivir a lo peor que la vida podía darle.

Serena frunció un poco el ceño.

—Pero sus padres…

—Estaban muertos. Nunca conocí a mi padre.

Su sonrisa se volvió algo cínica al ver su expresión.

—Oh, hay miles de chicos como yo, señorita Chapeau. Yo tuve suerte. Tan fácil como eso.

No sabía qué decir. Quería decir: «Dudo que haya miles de chicos como usted. Es imposible imaginar ni siquiera otro igual».

—Yo tampoco llegué a conocer a mis padres —se encontró diciendo.

La cara de él cambió a algo parecido a la sorpresa, pero no estaba segura de si era por la naturaleza de la confesión o por el hecho de que hubiera llegado a confesarlo. La estudió como si estuviera añadiendo esa información al juicio que ya se había hecho de ella en su mente.

Serena creyó entender algo entonces: el White Lily era lo que Seiya Kou pensaba que había construido para distanciarse de su antigua vida, de la misma forma que el ballet era lo que la había alejado a ella de lo ordinario y vulgar.

Tal vez se parecían más de lo que se diferenciaban. Esa idea le pareció extrañamente perturbadora.

—¿Era suyo, de cuando era niño? —dijo señalando el caballito que había en la estantería cuando el silencio se tomó algo más íntimo, menos familiar para ella. Y por ello tal vez más peligroso.

Él miró el juguete.

—Es mío, ahora —Una respuesta que no era una respuesta. Ah, el inescrutable señor Kou—. Siempre quise uno cuando era pequeño.

Era difícil saber si lo decía en serio o no; parecía pura palabrería.

—Yo siempre quise… una boite á musique —dijo titubeando, casi como si hablara sola. Ahora lo recordaba: la nostalgia llegó y el anhelo volvió a despertarse.

—¿Una caja de música? —tradujo él. Parecía curioso, casi alentador.

Ella se quedó callada e irguió la espalda para alejar el recuerdo y el momento. Cuando era pequeña apenas tenían dinero para lo necesario, dado que Ikuko no ganaba mucho. Nunca hubo suficiente para algo tan frívolo como una caja de música.

Seiya Kou sacó el reloj, quizá inevitablemente.

—Tengo que salir a ver a un constructor, señorita Chapeau. Le he dado su sueldo hoy, ya que su empleo es sólo temporal. A las otras chicas les pago semanalmente. Si tiene intención de quedarse, ajustaré la cantidad al final de la semana. Aunque tal vez sea mejor que vayamos viendo cómo van las cosas…, día a día.

—Día a día será mejor…, si eso le viene bien —se encontró diciendo.

—A mí me viene bien —accedió él. Y consiguió que esas palabras sonaran como una promesa.

El calor se le subió a la cara a Serena, así que hizo una breve reverencia y salió del despacho abruptamente. Llevaba su sueldo por levantar el trasero sujeto con fuerza en la palma de la mano.


Bueno niñas me disculpo por no haver actualizado en mucho tiempo..pero he estado un poco ocupadita..aqui les dejo el capitulo 9 espero que les guste :)