Chicos, Rose ha muerto… nah, macana, es decir, ¿Quién estaría escribiendo? ¿Un fantasma?... Pfff, ni todos los fantasmas del mundo podrían igualar a esta diosa… Ahre; "No pecaras de vanidad" o algo así… Sí, estoy de buen humor (un poco), aunque aún tengo la urgente necesidad de salir corriendo de casa… Ya que… bueno… esta nunca fue una chica muy hogareña. ¿Vieron esa muchacha dulce, tierna, de mejillas sonrojadas y tímida mirada? Sí, esa, la que sabe cocinar, la que es compañera, amada por las suegras, y ante todo, guarda la compostura y jamás ha levantado la voz para decir algún juramento... Bueno, esa es mi amiga. Yo estoy a su izquierda xDDD

Sí, hoy todo en mi mente está revuelto...

Hablando desde un punto de vista completamente femenino (sí, chicos, tengo eso), libre del cualquier pizca de influencia masculina, por más mínima que sea; Un corte de cabello hace milagros…

Cuando el corazón está lastimado, se vuelve vulnerable y la mente logra dominarle. Por eso, el corazón roto es el más fácil de engañar, ilusionar… de hacerle creer que está sanando, cuando en realidad, ya casi no queda nada de él.


El engaño de un corazón lastimado

—Venga, Tigresa, no actúes como vieja —Reprocha Yao, sosteniendo entre sus manos un kimono azul— Este es precioso y seguro te queda bien. Anda, póntelo.

—No he usado eso en… ¡Nunca! No pienso usarlo ahora.

Yao, sentado en la cama de Tigresa, exhala el aire de sus pulmones con exasperación, dejando caer las orejas con resignación. Luego de tres meses de convivir con ellos, yao había conseguido finalmente que Tigresa se decidiera a pasar su ropa de la mochila al armario y mientras le ayudaba, había encontrado entre sus cosas aquel precioso kimono azul. Era sencillo, los bordes eran blancos y el obi de un azul más oscuro, y sobre todo, el leopardo estaba convencido de que se le vería muy bien a Tigresa. Claro, que la felina prefería usar su ropa de siempre.

Tigresa ni siquiera está segura de cómo había ido a parar eso a la mochila. Entre todo el caos, no se había fijado qué sacaba de su armario. Por unos segundos, aquel pensamiento acarrea a su mente el recuerdo de las palabras del panda. Se reprende por recordar eso en un momento como ese.

Está feliz ahí.

Aquello es pasado y el pasado es historia.

Protegida de la vista de Yao por un biombo, que ella misma ha colocado en una de las esquinas del cuarto, se quita la toalla y la deja caer al suelo, tomando luego las vendas que cuelgan de una de las tres paredes flexibles. Sabe que, sentado en la cama, el leopardo puede ver a través del fino papel su silueta y seguramente adivinar cada una de sus acciones, pero no le presta mucha atención, pues también sabe que Yao no la miraría ni por casualidad.

La única diferencia en su atuendo es el color de su chaleco. En vez de rojo, se ha colocado uno de color celeste, con bordados en plateado. Sale de detrás del biombo y Yao le elogia con una ancha sonrisa.

—Bueno… —Finge pensarlo— Te ves decente.

—Tonto.

De un manotazo, Tigresa le arrebata el kimono al leopardo y se dirige al armario, aventándolo dentro sin ningún cuidado. No es una prenda que planee usar algún día, no es de su estilo.

—¿Qué te ha hecho el pobre atuendo para ser víctima de tal trato?

—Agh… Te lo regalo, lo odio.

—No gracias… —Ríe Yao— No me va la ropa de mujer.

Las mejillas de Tigresa se sonrojan, no quiso decir eso, pero sus labios sonríen al notar que Yao no se ha tomado a mal el comentario. Cierra el armario se dirige a la cama, cayendo en esta de espaldas junto al leopardo. Coloca las manos tras la nuca, a modo de almohada, con la mirada fija en el techo.

—¿Shuo no iba a venir con nosotros? —Pregunta, para cambiar de tema.

Habían quedado de ir los tres al pueblo, donde el resto de los alumnos del templo les esperarían para cenar. Tigresa ya tenía un leve presentimiento de que terminaría volviendo ella sola a la casa.

—No, que va —Yao se encoge de hombros— Shuo viene cuando quiere. Lo más seguro es que nos alcance más tarde.

—Y… ¿No te molesta?

—No, para nada.

—Ah.

Se queda pensativa unos segundos. En los tres meses que lleva allí, nunca vio a Shuo y Yao siquiera dirigirse una mirada de descontento. No son muy demostrativos, pero siempre se les ve contentos con el otro y si hay algún desacuerdo, no tardan nada en arreglarlo. Parecen nunca discutir. Yao va al pueblo cuando quiere, Shuo llega a la casa cuando quiere, ninguno tiene algún acuerdo al respecto y parecen estar cómodos así.

Yao parece darse cuenta de aquello y una tierna sonrisa le curva los labios. Se recuesta en la cama, de lado, apoyándose en su codo.

—Es cuestión con confianza, Tigresa —Habla con voz suave— Shuo confía en mí y yo confío en él. Si algo es importante, lo diremos, sino… bueno, ya veremos.

—Lo haces parecer tan… fácil.

—El truco está en conocer al otro. Sabes, nunca me contaste qué fue mal con aquel panda… emmm, disculpa, ¿Cómo se llamaba?

—Po… —La sonrisa de Tigresa es inevitable— Supongo que muchas diferencias.

—Shuo y yo somos muy diferentes.

—Hum.

—Las diferencias deberían de acercarlos más, no separarlos.

Tal como sucede cada vez que piensa en Po, el corazón de Tigresa se acelera. El estómago se le retuerce con aquel cosquilleo propio de la mujer enamorada y un nudo le atraviesa la garganta.

—No entenderías.

—Porque no me lo has contado todo.

—No… —Tigresa arruga el entrecejo— Po no era como creí y me equivoqué.

Silencio.

Yao no responde. Cree firmemente que nadie mejor que uno mismo para entender sus propios problemas. No intentará entenderla, porque no ha vivido lo que ella, y tampoco le pedirá que se lo explique, porque no es quien para eso.

Sonríe y se levanta de la cama, estirando una mano para ayudar a Tigresa a colocarse de pie.

—Vamos yendo —Le insta— Los chicos nos deben de estar esperando en el restaurante.

—¿Las gemelas también van?

—Sip.

—Oh.

IIIIIIIIIIII

Mía y Xia les están esperando en la mesa de aquel restaurante al aire libre, ambas con idénticos kimonos rosas con florecillas bordadas. De no ser por el color de sus ojos, nadie podría distinguirlas; mientras que los ojos de Mía son de un suave color miel, los de Xia son de un fuerte y eléctrico color azul.

No solo están ellas; Hikari, Li, Bo y Yuan también están ahí. Tigresa no puede evitar agachar un poco las orejas, apenada por la mirada de todos, especialmente de los tres hombres, mientras que Yao saluda con una ancha y jovial sonrisa a todos. Hikari prácticamente salta de su asiento, levantando la mano en el aire para saludar Tigresa e indicarle que le ha guardado un lugar, mientras que el leopardo toma asiento junto a Li, enfrascándose ambos en una interesante conversación sobre… ¿Agricultura?

El lugar es pequeño y se encuentran algo apretujados en aquella mesa redonda, que seguramente es para menos de ocho personas… ¡Y todavía no ha llegado Shuo! Sin embargo, entre las risas y conversaciones, ninguno toma en cuenta el asunto del espacio.

Es más, a Xia no parece molestarle demasiado estar tan pegada a Li.

Tigresa observa a su alrededor con cierta inquietud. Le incomoda un poco que Shuo no llegue aún, pues se siente un tanto extraña, una intrusa en un grupo al cual no pertenece. Al menos, Yao y Hikari intentan entretenerla, incluyéndola en la conversación. Sin embargo, hay algo en el ambiente que le llama la atención. A simple vista, solo son un grupo de amigos cenando juntos, riendo de anécdotas y compartiendo el rato, pero visto desde otro punto… Allí hay de todo, menos camarería.

Mía parece hasta intimidada por su hermana. Xia no hace más que escupir venenosos comentarios. Li y Bo se disputan alguna mujer que Tigresa no conocer como si de un premio se tratase, mientras que Yuan parece ajeno a todo y todos, hablando únicamente para calmar los aires cuando los inocentes comentarios de Hikari parecen sacar de quicio a alguien. El ambiente incomoda un poco a Tigresa, demasiado acostumbrad a la sana amistad de los chicos en el Palacio de Jade.

Observa a todos lados, esperando ver aparecer a Shuo. Nada.

—Eu… ¿Qué sucede? —Le llama la atención Hikari.

Tigresa se muerde el labio, nerviosa.

—Pensé que Shuo iba a llegar más antes.

—Debe estar con Bao, ya sabes… es el consentido —Comenta Yao, con cierto desagrado— Llegará en breve.

—Preferiría irme… No sé, no encajo aquí.

—Pff… —Hikari le resta importancia con un ademán de su mano— ¡Pamplinas! Tú encajas donde sea, nena… —De repente, se gira hacia uno de los camareros— ¡Eu, guapo! Un vaso de sake aquí, ¿Si?

—¡Hikari! —Reprende Xia— No estamos en un cabaret.

—¡Pff!... Con esas papacitos...—Ríe y dirige una pícara mirada hacia Mia— ¿Qué me dices, bonita? ¿Te consigo un novio?... Ya sabes, uno de esos que conoces hoy y mañana ya no ves…

—Hikari, no lorepetiré dos veces… Suficiente —Interviene Yuan.

Las mejillas de Mía están tan rojas como dos faroles y el pelaje blanco no ayuda a cubrirlo.

—¡Ufa! Pero que amargados.

La panda rojo se encoge en sus hombros, enganchando los fideos del plato entre los palillos y llevándoselos a la boca, sin dejar de mascullar algo sobre la opresión de los mayores. Aunque eso no evita que le dirija unas pícaras miradas al conejo que le alcanza el vaso de sake. De inmediato, todos saben que Hikari no les acompañará de vuelta al templo aquella noche, pero que va, ya los tiene acostumbrados y a ninguno le interesa lo suficiente las actividades de la niña como para prohibírselo.

Tigresa observa con desaprobación aquella actitud. Tan joven que es… Sin embargo, se lleva un dumpling a la boca y opta por callar. Hikari será distraída e incluso un tanto atolondrada, pero quienes la conocen bien, saben que es lo suficientemente racional como para no cometer una locura. Además, sabe defenderse sola.

Es en ese momento, que un pequeño choque en su pierna le llama la atención. Cuando levanta la mirada, Yuan le está observando. El leopardo le dirige una pequeña y discreta sonrisa, a la cual Tigresa corresponde con una ceja arqueada.

Todos están demasiado ocupados en sus propios asuntos como para percatarse del asentimiento que Yuan hace hacia la salida del lugar. Tigresa, como respuesta, niega con la cabeza, volviendo la mirada hacia Hikari y Yao, que conversan animadamente sobre… ¿Kimonos? Bueno, el leopardo más que nada escucha, mientras que la panda rojo parlotea uno de sus usuales monólogos tan típicos de ella.

Yuan no es alguien acostumbrado a recibir negativas de parte de nadie. Lo quiere, lo tiene. Le cuesta tan solo un asentimiento de cabeza que Bo, sentado junto a Tigresa, le cambie de lugar. La felina ignora la presencia del leopardo a su lado, hasta que el brazo de este cae despreocupadamente sobre el respaldo de su silla e intencionalmente, rosa la yema de los dedos en su brazo desnudo.

—¿Por qué tan esquiva, maestra Tigresa? —Pregunta él, con voz serena— Solo pretendo una amena conversación con tan talentosa maestra de Kung Fu.

Tigresa se muerde el labio, ante la burlona mirada de Hikari, antes de voltear y encarar al leopardo. Su postura es recta y se semblante inexpresivo, no se ve afectada por la cercanía del felino.

—Verás… Yuan, ¿Cierto? —Finge no saberlo, con voz impersonal— Sinceramente, por lo visto, no creo que las… charlas amenas sean el fuerte de alguno de ustedes, con todo respeto.

—¿Y por las palabras de esos inútiles me metes a mí también al saco?

—Tú manera de referirte hacia tus compañeros deja mucho que desear… Yuan.

La sonrisa de Yuan se levanta hacia un lado, volviéndose torcida y hasta socarrona en cierto punto.

Tigresa no se priva de dirigirle una rápida mirada, imperceptible para el mismo Yuan. Debe admitir que es atractivo. Todo en él, su seguridad y aquella firmeza en sus ojos, parecen hechos para atraer a las féminas. Y ella es una mujer, claro que le gusta, no es tan cara dura como para negárselo a sí misma, pero tampoco está loca como para dejar que eso le afecte.

Será atractivo… Pero es una pésima persona y se le nota, ni siquiera se molesta en disimularlo.

—¿Te han dicho que eres un poco arisca?

Yuan acaricia la mejilla de la felina con sus nudillos, delineando su mentón hasta la barbilla, y Tigresa ladea el rostro para apartarlo, enderezándose en la silla.

—Muchas veces —Contesta, con una maliciosa sonrisa— Es un don.

—Es una pena… —Murmura él, como quien no quiere la cosa— Una mujer tan preciosa y tan arisca a la vez.

—¿Y tú así ligas?

—Y tan pícara.

Yuan sonríe.

Parece satisfecho con lo que ve, con lo que escucha, satisfecho con la felina. Es lo que esperaba, tal vez más. Sus ojos no se apartan de los brillantes rubíes en los de Tigresa… Y ella no puede evitar responder al gesto con una de sus discretas y ladinas sonrisillas, de aquellas que prometen algo que no va a ser entregado tan fácilmente; un desafío muy claro para aquel leopardo.

Tigresa se reprende mentalmente por estar coqueteando con aquel sujeto, pero no se plantea dejarlo. Es divertido. Resulta interesante ver los ojos de aquel macho brillar ante la expectación de conseguir algo con aquel esmero por llamar su atención. A su alrededor las conversaciones siguen su curso, todos están demasiados ensimismados como para notar como una de las manos de Yuan se posa en la rodilla derecha de la tigresa, quien no hace nada por apartarle, sino que reposa despreocupadamente un brazo en el respaldo de la silla, ladeando el cuerpo y cruzando las piernas una por encima de la otra.

Se siente segura, atractiva, interesante. Se siente mujer.

Yuan resulta ser hábil con las palabras, sabe camuflar las preguntas personales, haciéndolas parecer simples preguntas curiosas de rutina, sabe esconder las insinuaciones y usar los dobles sentidos a su favor… Tigresa también y no tarda en notar aquella pequeña artimaña, contestando siempre con la mínima información posible. No habla de ninguno de sus amigos, menciona a un hombre, pero no su nombre ni la profundidad de su relación, menciona una ruptura, pero su sonrisa y el brillo en sus ojos no dan muestra alguna de un corazón herido.

No menciona al corazón herido.

Po es tema tabú, su pequeño secreto, nadie más que Shuo (y por ende Yao) pueden saber de él. Ni siquiera se lo ha contado a Hikari, aunque esta ya tienes sus sospechas.

—Usted, maestra, es una mujer muy… valiosa —Su sonrisa es torcida, su mirada segura y a Tigresa le causa cierta contrariedad la manera de pronunciar aquel adjetivo —No me imagino como el Palacio de Jade la ha dejado ir tan fácilmente.

Tigresa ríe ante tales palabras, ocultando tras la tonta sonrisa la indignación que le producen. ¿Qué es ella? ¿Un objeto?

—No soy joya de nadie, ni tampoco presa de una cárcel —Afirma, alzando el mentón— Soy libre de hacer mi vida y eso es lo que he venido hacer.

—Sí, comprendo, pero… ¿Cambiar su hogar por otro templo? —Yuan arruga el entrecejo, fingiendo cierta desaprobación— ¿Eso no sería traición para con los suyos?

—Siempre estaré a disposición de mi padre y compañeros, no los he traicionado en ningún momento.

Tigresa voltea hacia la mesa, tomando los palillos y enrollando en ellos un poco de fideos.

Yuan la observa con mirada escudriñadora, como quien intenta descifrar un acertijo, antes de sonreír. Ella dice más de lo que cree, es mucho más expresiva y fácil de leer de lo que parece, cuanto más intenta ocultar de él, más le revela.

—Pero usted si fue traicionada.

El corazón dela felina se acelera ante la mención de tal palabra. Necesita tomar un trago del vaso de agua para calmarse y mantener el semblante tan sereno como hasta ese momento.

—No sé a qué se refiere —Responde.

De repente, todo el lugar parece haber quedado en silencio. Las conversaciones ajenas no son más que distantes murmullos, que quedan complemente apartados de aquella burbuja que se ha formado alrededor de ambos felinos. El semblante de Tigresa será sereno, pero sus ojos brillan inquietos, haciendo alarde de aquellas llamas de los que han sido dotados. Yuan sonríe, una sonrisa triunfal y satisfecha, su mano se desliza suavemente por el muslo de la felina, atravesando la tela del pantalón con tan delicado tacto, y su rostro está a centímetros del de ella. Tan cerca… Pero no se atreve a avanzar, no se atreve siquiera a robarle un casto beso.

Es una mujer lastimada… La voz de Hikari le recuerda.

La especialidad de Yuan son las mujeres. Sabe todo de ellas, sabe cómo manejarlas, conoce sus puntos débiles, sabe exactamente en qué momento actuar sobre ellas. Pero Tigresa es diferente. Sabe que él le gusta, lo ha notado, pero también ha notado que no es una hembra a la cual pueda robarle un beso y salir impune de ello. No, ella no se quedara quiera, no se dejará hacer por él.

Sonríe. Le gusta eso; el desafío implícito en cada uno de sus gestos, como si le retara a avanzar, al mismo tiempo que le advierte de las consecuencias de ello. Le gusta ver a una mujer jugar con él.

—Hay dos cosas que los ojos no pueden ocultar, maestra —Habla, con voz baja— El rencor y el dolor.

—Vaya noticia.

—No se haga la distraída, con todo respeto. Usted está tan enojada como dolida… y eso solo sucede con una sola cosa.

—¿Y con qué?... Si es que pretende decírmelo.

—Con la traición de aquellos a quienes más queremos.

Cuando la mano de Yuan abandona la pierna de Tigresa, esta siente la corriente helada subir por su columna, estremeciéndola. Él se vuelve hacia la mesa, con el rostro tan tranquilo como si hubieran estado charlando del clima, pero ella… el estómago no deja de retorcérselo. De repente, ya no tiene hambre.

IIIIIIIIII

—Lo siento, lo siento, lo siento… —Shuo ríe nerviosamente— Es que Bao me ha entretenido más tiempo del previsto y… bueno, ya saben… ¿Ya dije lo siento?

Acaban de llegar a casa. Luego de varias horas en aquel lugar, Yao y Tigresa decidieron que Shuo ya no iba a aparecer por allí… ¡Cuánta razón! En cuanto llegaron a la casa, encontraron al tigre esperándoles en la salita de la entrada, bastante angustiado, aunque con signos de estar muy cansado. Saludó a Tigresa con un beso en la frente y a su pareja con beso en los labios que de casto no tuvo nada e hizo arder las mejillas de la chica, antes de deshacerse en excusas y disculpas. Ninguno de los dos le reprochó nada, aunque Tigresa bromeó alegando que la había dejado a merced de las garras de Yuan.

A los tres les hace gracia el comentario y Yao no se abstiene de hacer una inocente broma a costas del físico de aquel leopardo, ganándose una mirada de reproche y un puchero a modo de protesta por parte de Shuo. Nada más tierno que ver al tigre celoso, aunque sea bromeando.

Yao ofrece a preparar té, para compartir un momento los tres, pero Tigresa decide pasar de la oferta, alegando estar muy cansada. Es mentira, ni siquiera tiene sueño, pero en ese momento necesita estar un rato a solas y supone que la pareja, que no se ha visto en todo el día, también desea algo de intimidad, por lo que decide irse directo a su habitación.

Cerrar la puerta del cuarto y verse sola por primera vez en todo el día le supone un leve alivio. Su mente comienza a vagar en todo aquello que ha reprimido durante todo el día y por vez primera en meses, no se toma las molestias de desviar tales pensamientos.

Po…

El Palacio de Jade…

Po…

Las discusiones…

Víbora…

Shifu…

Más discusiones, las palabras hirientes, las miradas de recelo, los besos forzados y las caricias que, a pesar de disfrutar tanto, jamás pidieron permiso para avanzar. Ahora, a sus pensamientos, se le suma el rostro de Yuan y aquellas palabras, tan casuales pero tan llenas de intención a la vez. Aquel leopardo no tiene pinta de ser alguien que dice las cosas solo porque sí. Si ha dicho por algo es.

Ya desnuda, únicamente con las bragas, se deja caer en la cama y toma una de las almohadas, abrazándola firmemente contra su pecho. Últimamente ha adquirido la costumbre de abrazar las almohadas para dormir. Mira al techo como si este le fuera a dar alguna respuesta a las tantas interrogaciones de su atormentada mente.

Escucha los murmullos de la conversación de Yao y Shuo en la cocina, sin llegar a entender qué dicen, aunque a juzgar por las risas, no quiere saberlo.

Desde afuera, llega el suave silbar el viento y el susurro de las hojas de los árboles acariciándose entre sí. Silencio. Eso es lo que sobra en aquella habitación.

Ahora que quiere pensar, que le apetece recordar minuto a minuto como es que ha llegado hasta ahí, no puede. El silencio es tal en el cuarto, que hasta el más pequeño murmullo le distrae; escucha las sillas ser arrastradas en la cocina, los pasos de Shuo y Yao por el pasillo y la puerta de su cuarto abrirse y luego volver a cerrarse de un azote. Risas, murmullos y uno que otro beso que provoca en Tigresa una leve mueca. No de asco, sino más bien de incomodidad.

¡No!... No ahora, por favor.

A sabiendas de lo inevitable, se levanta de la cama y camina hasta el armario, sacando una yukata roja del interior. Se la coloca, ajustando el cinturón para cerrarla, y sujetándola a la altura del pecho. No tiene idea por qué, pues nadie la va a ver, pero le pone algo incómoda pensar que pueda quedar algo sin cubrir. Se acerca a la ventana junto a su cama y abre las celosías, saltando a través de esta, con especial cuidado de no arruinar las flores que Yao con tanto esmero ha plantado en el pequeño jardín.

Por suerte, cae de pie justo unos centímetros más adelante. No se quiere imaginar de la que se armaría de haber aplastado alguna de sus preciadas plantas.

Un bosque de bambú rodea el patio. La noche es bastante fresca y no hay luna, las estrellas son las únicas motitas de luz en el oscuro firmamento y el viento es ligero, rápido, logrando doblegar alguno de los tallos más altos. Tigresa se aleja un poco de la casa, escuchando sus propios pasos como un murmullo sobre el césped e ingresando al bosque. Aferra la yukata a su pecho e inhala una gran bocanada de aire fresco, llenando los pulmones, exhalándolo lentamente luego.

Camina hasta hallar una roca alta, en medio de un redondeado claro, y se sienta sobre esta, cruzando las piernas en posición de loto… Por primera vez en tres meses, Tigresa decide meditar.

Continuará…


Apa…están calientes las cosas… JAJAJAJA