Buenos días! Tengo un hueco para subir un capítulo largo de viernes!

Espero que os guste!

Salu2!

Gracias por leer y comentar!


Capítulo 10. Nuestro hijo

Una extraña calma había vuelto a dormitar en la ciudad. Habían pasado dos semanas desde que Emma había viajado y regresado de las tinieblas y desde entonces no había habido ninguna noticia de Gold y sus secuaces. Algo que preocupaba a todos y así lo mostraban. Menos Mary Margaret, que se sentía muy esperanzada, pues Emma no había vuelto a comportarse tan bruscamente con ellos, aunque era cierto que estaba guardando las distancias, ella confiaba profundamente en que pronto pudiera perdonarlos.

Aquella mañana había sido citada en casa de Regina. Caminaba por la calle junto a su hija que parecía perdida en sus pensamientos.

- ¿Estás segura que todo va bien?

- Hay algo que debes saber.

Fue todo lo que la salvadora logró pronunciar. Estaba tan nerviosa que si no hubiera sido porque iba acompañada por Mary se hubiese perdido por el camino a la casa de la alcaldesa. Había preferido ir caminando, así podría darle el aire y conseguir algo más de tiempo para encontrar las palabras necesarias.


Cuando llegaron delante de la puerta blanca no hizo falta que ninguna de las dos llamase al timbre. La puerta se abrió inmediatamente mostrando al otro lado a una impecable Regina que sin embargo lucía ojeras en su rostro. Emma la observó mientras dos ojos color chocolate se clavaban en ella. Sabía lo que aquello quería decir, aunque ella no tenía la culpa, pensó para sí.

Mary Margaret paseó la mirada alternativamente entre ambas. Carraspeó antes de hablar.

- ¿Alguna va a invitarme a pasar?

- Lo siento. – Regina tragó saliva y se apartó para dejar pasar a su antigua enemiga – Ponte cómoda. – Dijo cuándo la puerta de la entrada estuvo cerrada.

Regina tomó asiento en frente de ella y su hija se sentó a su lado. Ambas estaban visiblemente nerviosas, aunque a la que más se le notaba era a Emma, que había vuelto a poner su característico modo off, que últimamente se había vuelto muy habitual.

La morena carraspeó para sacarla de su letargo. Debía ser ella la que hablase en primer lugar. Al menos debía intentarlo.

- Oh...lo siento. – Dijo la rubia.

Su madre le lanzó una mirada a modo de reprimenda. Sin embargo, no dijo nada, esperó pacientemente hasta que una de las dos empezó a hablar. Fue Emma la que lo hizo. Justo como había esperado. Pensó Mary.

- Ma...mamá. – La había llamado mamá, aquello no presagiaba nada bueno. Volvió a pensar Mary Margaret. – Regina y yo teníamos...tendríamos...tenemos algo que contarte. – La morena del pelo corto frunció el ceño y cruzó las manos por delante de sus rodillas.

- Te escucho. – Dijo muy resuelta, algo que dejó pillada a Emma que miró de inmediato a Regina.

La morena la animó con la mirada. Más bien la incitó amenazadoramente a seguir hablando. Ella volvió la mirada hacia su madre y sacó todo el valor que había estado intentando reunir horas antes.

- Eh...verás...yo...ella...sí...- parecía más pensar para sí que para las otras dos – Regina está embarazada. – Dijo, finalmente, señalándola con un dedo. Exactamente igual que un niño pequeño, pensó Regina poniendo los ojos en blanco al mismo tiempo.

Mary Margaret no pareció inmutarse.

- Eso ya lo sabía. – La alcaldesa frunció el ceño.

- ¿Cómo...? – Preguntó afectada.

- Cómo no darse cuenta, Regina. Mírate. Constantemente llevas ojeras, visitas a menudo al médico y tu barriga ha crecido bastante en los dos últimos meses, y la verdad, no creo que Emma te esté pegando la costumbre de inflarte a hamburguesas.

La rubia soltó una risita. Cuatro ojos se posaron en ella. Mary Margaret sonrío sorprendida, no ocultó su sonrisa mientras giraba su cara incrédula.

- Increíble. – Dijo pensativa - Cuando estaba embarazada yo también tenía antojos raros. – Dijo la morena más bajita para mitigar aquella revelación que para Regina debía suponer un mundo.

Aunque la alcaldesa no dijo nada sus mejillas se tornaron de un color rosáceo. Volvió a mirar a Emma, incitándola a continuar. La rubia se quedó paralizada, realmente no sabía cómo decir aquello. Regina suspiró exasperada, y entonces supo que tendría que ser ella, la que le diera a Mary Margaret la noticia del año.

- Mary Margaret – comenzó solemne. La morena más bajita la atendió con apremio. – lo que Emma intenta decirte es que estoy embarazada...

- Sí...- Mary Margaret no entendía nada.

Tampoco es que Regina estuviera siendo muy elocuente. Pero ninguna se percató de ese pequeño detalle. Estaban demasiado absortas en sus respectivos pensamientos.

- De ella... – pronunció al final, con cierta dificultad.

Los ojos de la salvadora y los de la reina se posaron sobre los de Snow, que no había apartado la vista de Regina pero que la miraba con los ojos desorbitados y la boca ligeramente abierta. La rubia mostraba su misma pose esperando impaciente a que dijera algo.

- Eso no es posible. – fue un hilo de voz lo que salió finalmente de sus labios. Frunció el ceño y miró a su hija. En ese momento supo que ninguna de las dos estaba gastándole una broma de mal gusto. – Pero...Emma...

- Eh...- la rubia seguía en su mundo. Su cara de miedo sería un recuerdo para los anales de la reina si ella misma no tuviese la misma cara de inquietud. Intentó disimularlo para poder explicarse.

- Sé que es difícil de creer pero...ha pasado.

- Pero... ¿cómo? – Mary no lograba entender.

Regina alzó las dos cejas y suspiró pesadamente. Tendría que explicárselo todo. Típico de los Charminsgs, pensó.

- Ya sabes cómo van estas cosas. – Entonó en tono diplomático. – Ha ocurrido lo mismo pero...entre nosotras. – Mary Margaret abrió un poco más la boca.

- Pero...eso no es posible...- soltó una risita nerviosa. Dio por perdida a su hija así que se concentró en la alcaldesa – Regina...sois dos mujeres.

- Lo sé. Yo tampoco podía creerlo cuando recibí la noticia. Y Emma...- dijo mirando a la rubia y volviéndola a mirar para asegurarse – bueno, ya ves en qué estado se encuentra. – Pronunció con sorna.

Hubo un silencio que pareció alargarse por minutos.

- Entiendo. – Comenzó Mary Margaret intentando relajarse para comprender. Parecía serena a pesar de su confusión. – Estas queriendo decirme que vosotras dos...eh...vosotras dos...

Regina asintió confirmándoselo.

- Oh...- Mary se llevó la mano que había utilizado para señalarlas a su boca.

- No estamos juntas, si eso es lo que te preocupa. – Intervino Regina para aclarar mejor la situación. – Pero estoy embarazada. – La morena más bajita asintió con la cabeza.

- Sigo sin entender cómo...

- Magia. – Dijo Emma entusiasmada. Parecía orgullosa de sus palabras por fin pronunciadas. Regina puso los ojos en blanco. Mary Margaret observó a su hija y después se dirigió de nuevo a la alcaldesa esperando una explicación.

- ¿Magia? – Regina se encogió de hombros.

- No sé cómo ha podido ocurrir. Naturalmente es imposible pero...la realidad es que estoy embarazada y el bebé es de Emma. – La morena más bajita se quedó pensativa.

- Estás segura de que el bebé no es de Robin. – Pronunció instantes después.

- El bebé es mío. – Intervino Emma visiblemente ofendida.

Regina no se inmuto, pero experimentó una profunda sonrisa interior. Ya conocía aquella fijación de la rubia por aclarar que el bebé era suyo y no de Robin. Aunque no se veía capaz de reconocerlo algún día, le encantaba ver cómo Emma se ponía celosa. Porque era lo que hacía, se ponía celosa cada vez que alguien pensaba que el bebé era de Robin.

- Pero tú y Robin...- Mary Margaret no se rindió a lo más lógico. Las mejillas de Regina se volvieron del color de sus labios. Aquel tema la incomodó. Miró a Emma quién no tardó en reaccionar.

¡Mary Margaret! ...- gritó ofuscada reprendiéndola con la mirada.

- Lo siento Emma...solo...me resulta...difícil de creer.

- Pues créelo, es la verdad. – Regina asintió para corroborarlo tragando saliva y alegrándose de que Emma hubiera intervenido. En realidad, no sabía por qué se había sentido tan incómoda, pero lo había hecho.

Se hizo el silencio durante unos instantes más. Mary Margaret parecía cavilar sobre sus opciones. Regina esperaba que pusiera el grito en el cielo en cualquier momento. Emma seguía en su mundo esperando a que su madre dijera algo más.

- Bien. – Las futuras madres se sobresaltaron imperceptiblemente al mismo tiempo cuando escucharon la voz de Mary Margaret. Parecía calmada. Alternó la mirada entre una y otra y finalmente la detuvo sobre su propia hija esbozando una amplia sonrisa antes de decidirse a abrazarla. – Estoy feliz por vosotras. – Se levantó y abrazó, para sorpresa de ambas, a Regina del mismo modo. Incluso a esta última...que se había quedado tan pasmada como Emma minutos antes...le dio un apretoncito en los hombros antes de bajar la mirada hasta su abdomen. – Ya no necesitarás ocultar esto. – Dijo tocándola suavemente. Su sonrisa no había desaparecido.

Realmente su vientre había crecido bastante en aquellos dos últimos meses. El embarazo era visible. Ese fue el motivo por el que decidieron contarlo, al menos, a Mary Margaret.

- ¿Y ya está? – Logró pronunciar Emma a su espalda.

- ¿Qué esperabas? – Preguntó su madre.

- No sé...ella era tu archienemiga hasta hace dos días...

- ¡Emma! – Regina y Mary Margaret alzaron su voz al mismo tiempo.

- Lo...siento. – Emma se encogió de hombros. – No me refería a eso solo que...

- Creo que lo hemos entendido, cariño. – Intervino Mary para sacarla del embrollo en el que se estaba metiendo.

Regina estaba demasiado conmovida por la reacción de Mary Margaret como para reparar en las impertinencias de Emma. Sus ojos se habían vuelto vidriosos. La morena más bajita volvió a mirarla y le sonrío tiernamente al ver su reacción.

- Es increíble. – suspiró sin borrar la sonrisa de sus labios – aun así hay mucho que averiguar. – La alcaldesa asintió, agradecida. - ¿Fue por eso por lo que trajiste de nuevo a Rumpelstiltskin?

- Sí.

- ¿Y qué dijo él?

- Que nunca antes había sentido una magia tan poderosa. – Mary Margaret frunció las cejas pensativa.

- ¿Te has hecho ya alguna ecografía?

- No. – Respondió Regina. – Justo esta tarde tengo la primera. Con todo lo de Emma y demás...no es que hayan sido unos días muy tranquilos precisamente. – Intentó justificarse.

- ¿De cuánto estás?

- Dos meses y medio.

- ¿Diez semanas?

- Sí.

- Dios Regina...- la reprendió la morena más bajita. - ¿Y todavía no te has hecho la primera ecografía? – Preguntó incrédula. La morena se encogió de hombros mirando para otro lado. Mary Margaret suspiró. – Tú salud y la de ese bebé ahora son lo primero. Espero que Emma al menos se esté portando cómo es debido. – Dijo ahora reprendiendo con la mirada a su hija.

- No puedo quejarme demasiado, sí. – Espetó Regina con mofa en la mirada.

- Hey. – Soltó Emma. – No me he apartado de ti ni un minuto...- la alcaldesa enarcó una ceja...- siempre que me los has permitido, al menos. – Emma se amedrantó.

Regina esbozó una ligera sonrisa. Sus ojos cristalinos amenazaban con desbordarse. Las hormonas le jugaban malas pasadas constantemente. Definitivamente si alguien le hubiera contado aquello no hubiera sido capaz de creerlo nunca.


- Llegas tarde. – Regina parecía enfadada.

Mary Margaret me ha estado dando la charla durante todo el día. Piensa que no estoy preparada para ser madre. – Dijo la salvadora entrando en la mansión. – Se ha olvidado del pequeño detalle de que ya lo soy. – Remarcó todas sus palabras.

Regina sonrío divertida. Últimamente lo hacía mucho, pensó Emma, quién también sonrío resignada metiendo sus manos en sus bolsillos traseros.

- Se lo ha tomado muy bien. – Reflexionó Regina aún sorprendida por la actitud de Snow.

- Sí. – Corroboró la rubia. – Incluso está entusiasmada. – Dijo pesadamente. Regina sonrío aún más. Definitivamente increíble, pensó para sus adentros. – Me ha dicho que la llamemos cuando terminemos. – Obviamente ella no pensaba hacerlo.

La morena asintió cogiendo sus cosas.

- Si es que llegamos a tiempo. – Su tono autoritario volvió mientras abría la puerta y miraba inquisitorialmente a Emma quien entendió perfectamente que debía darse prisa en seguirla.

Definitivamente iba a volverse loca. Pensó mientras subía al coche de Regina y ésta se ponía en marcha hacia el hospital.


Whale se había extrañado sobremanera al verlas juntas. Ambas estaban sentadas en frente de él visiblemente nerviosas.

- ¿Hay algo que deba saber? – Se atrevió a pronunciar, al fin, mirando a la alcaldesa. Ésta carraspeó antes de hablar.

- El bebé que estoy esperando no es de Robin, es de Emma. – No podía negar lo evidente, así que decidió soltarlo de una vez.

Emma abrió bien los ojos. No esperaba aquel movimiento de la morena. Ni siquiera habían hablado de ello. Aunque no se quejó. Nadie se alegraba más de que todo el mundo supiera que ese bebé era suyo y no de Robin. Estaba harta de que todos hablaran del ladrón. La desesperaba. Miró a Whale con una sonrisa nerviosa.

El doctor se había quedado igual de pasmado que el resto al enterarse de la noticia.

- Eso es...científicamente imposible, Regina. – Soltó nervioso sin entender.

- Lo sé. No es ciencia Whale, es magia. – Dijo Regina. Whale se retrepó en su silla y se llevó las manos hasta sus labios. Sus ojos zigzagueaban.

- ¿Estáis seguras? – Preguntó de nuevo.

- Absolutamente. – Pronunció la morena con decisión. Hubo unos minutos de silencio.

- Eso es...extraordinario...cómo ha ocurrido. – El doctor se mostró entusiasta. Sabía que la magia podía ser impredecible...incluso hasta el punto de volver a crear vida humana, como había comprobado en sus propias carnes.

- Aún no hemos encontrado una explicación lógica- El tono de Regina, sin embargo, fue lineal. No tenía la menor intención de darle más explicaciones de las necesarias.

- ¿Hay algún modo de comprobarlo? – Soltó de repente Emma. Regina se giró y clavó sus ojos color chocolate sobre los de ella, visiblemente molesta por aquella pregunta.

- Bueno...desde luego. – Whale no pareció inmutarse y continúo entusiasta. – Podemos hacer una prueba de ADN, así saldríamos de dudas.

- No hay ninguna duda. – Aclaró Regina. - ¿Podemos hacer la ecografía de una vez, por favor? – sentenció la alcaldesa.

- Sí, por supuesto. – El doctor carraspeó antes de darse prisa en levantarse de su silla.

Ninguna de las dos dijo nada cuando él se marchó. Regina estaba realmente molesta, ¿cómo se le había ocurrido a Emma pensar algo así? La rubia, por su parte, sabía que Regina se había enfadado, y teniendo en cuenta cómo era su mal humor últimamente, una buena le esperaba cuando volviesen a su casa.

Instantes después una enfermera las llamó y ambas pasaron a la sala de ecografías donde Whale las esperaba sonriente. Cuando la chica se marchó, Regina posó sus ojos sobre él.

- Supongo que no hace falta que diga que esto debe permanecer en secreto. – Whale alzó las cejas.

- Desde luego. – Regina frunció el ceño, no estaba segura de poder confiar en él. – Te lo aseguro, Regina, jamás jugaría con la vida de un bebé.

La morena caviló sobre sus opciones. Teniendo en cuenta el comportamiento de Whale y la manera en la que la había tratado desde que le había dicho que estaba embarazada, no tenía motivos para no creer en aquellas palabras. Ella asintió satisfecha.

- Bien, súbete en la camilla, por favor.

Regina soltó sus cosas y obedeció al doctor. Emma se quedó en el fondo de la habitación, sin atreverse a moverse. No sabía por qué motivo, pero de repente, se sentía una intrusa en aquella sala. La morena, por su parte, estaba demasiado nerviosa como para percatarse de aquel pequeño detalle.

- Relajaos. – Dijo el médico para romper el hielo. – Todo irá bien. – Alternó la mirada entre una y otra con media sonrisa. – Emma puedes acercarte más.

La rubia miró a Regina quien a su vez la miró como reparando en su presencia. Fue la morena quien le indicó con la mirada que podía hacerlo, no sin antes tragar saliva. Su boca se había quedado seca. Emma avanzó bastantes pasos hasta ponerse justo al lado de la alcaldesa. Desde allí, podía ver perfectamente la pantalla del ecógrafo. Whale le sonrío para tranquilizarla. Ella hizo lo propio pero su sonrisa denotaba nerviosismo.

El doctor levantó con cuidado la camisa de la alcaldesa y procedió a verter un líquido viscoso y transparente sobre su abdomen.

- Esto esta frío. – Le advirtió antes de hacerlo.

La morena se removió cuando lo sintió sobre su piel. Whale tenía razón, estaba realmente frío.

- Bien. – Comenzó él con tono profesional. – Teniendo en cuenta que estamos en la décima semana de embarazo... – alternó su mirada entre ambas. – hoy podremos ver perfectamente al bebé. Aun no su sexo, sin embargo, sus brazos, sus piernas, incluso sus dedos deberían estar formados. Así que preparaos, vais a ver por primera vez a vuestro hijo. – Terminó con una sonrisa.

El corazón de ambas dio un vuelco por separado. Incluso el bebé pareció removerse dentro de Regina, aunque eso era imposible porque aún era muy pequeño. Todos miraron a la pantalla mientras Whale posaba el aparato de ultrasonido por el bajo vientre de la alcaldesa.

- Allá vamos. – Dijo.

Y en la pantalla apareció una imagen que ninguna pudo identificar como un bebé. Él, sin embargo, sonrío.

- Increíble. – Ambas lo miraron expectantes. Ninguna podía ver nada. – Veis esto de aquí. – El dibujó un círculo sobre el centro de la pantalla. Apretó más sobre el abdomen de Regina para centrar la imagen. – Este de aquí, es vuestro hijo.

Regina soltó un suspiro mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Emma por su parte, abrió bien los suyos y su cara se tornó del color de las paredes.

- ¿Es un bebé normal? – Era lo que más había preocupado a Regina. Principal motivo por el que había estado retrasando aquel momento. Tenía miedo de que algo fuese mal.

- Totalmente. – Confirmó el doctor. Dos lágrimas cayeron por sus mejillas. El continuó. – Ves esto de aquí. – Ella asintió. – Estas son sus manos. Sus dedos. Sus piernas...estos son sus ojos. – Whale señaló en la pantalla todo lo que fue describiendo. – Esto de aquí es su sexo...pero...aún no puedo distinguir qué es. – Dijo fijándose con más esfuerzo en la pantalla.

Él las miró a ambas y les sonrío amablemente. La salvadora no sabía dónde meterse. Por meter algo en algún lado metió sus manos en sus bolsillos traseros con los puños bien apretados. Se sentía terriblemente embriagada. Regina, por su parte, no ocultaba ni su sonrisa ni sus lágrimas.

- La placenta está perfectamente desarrollada. – Continuó Whale observando la pantalla. Asintió con la cabeza. – Bien, ahora voy a medir el feto.

Ambas asintieron obnubiladas.

Al cabo de unos minutos trabajando con aquel aparato, el doctor habló de nuevo.

- Tres con cincuenta y siete centímetros. – Susurró sonriendo. – Todo está estupendamente. Tu embarazo se desarrolla de forma normal, aunque será mejor asegurarse de que todo continúa correctamente haciendo una ecografía cada mes. – Continúo mientras limpiaba aquel líquido del abdomen de la reina.


Ninguna de las dos dijo nada en el camino de vuelta a la mansión. Ambas parecían estar demasiado absortas y perdidas en sus propios pensamientos y emociones. Había sido una sensación increíble. Regina jamás pensó en poder experimentar nada igual.

Y en cuanto a Emma...bueno ella estaba...confusa y emocionada al mismo tiempo, se sentía completamente embriagada y apenas podía reaccionar.

Cuando ella estuvo embarazada de Henry su mundo se tambaleaba y estaba destrozada psicológicamente. En ningún momento sintió emoción o entusiasmo por su bebé. Solo dolor. Un dolor que tuvo que pasar sola. Sin embargo, en aquellos momentos...en aquellos momentos sentía algo tan cercano a la plena felicidad que tenía miedo de que todo fuese un sueño. Se moría de miedo, en realidad.

Regina aparcó el coche delante de su puerta y ambas lo abandonaron. La morena se encaminó de inmediato hacia la puerta de la mansión. La rubia la siguió reticente. Continuaba nerviosa.

Durante las últimas dos semanas, sus visitas a aquella casa se habían reanudado, como tiempo atrás. Sin embargo, la alcaldesa parecía evasiva a pasar demasiado tiempo con ella, y casi siempre le pedía amablemente que se marchara alegando que era tarde. Ese día ya era muy tarde, sin embargo, como la morena no le había dicho nada, Emma se decidió a seguirla.

Regina cerró la puerta después de haber dejado pasar a Emma. Ambas se miraron sin decir nada. La morena no tardó en hablar.

- ¿Un examen de ADN, en serio? – Estaba igual de nerviosa que Emma, aunque intentara controlarlo con todas sus fuerzas, y no se le ocurrió nada mejor que hacer que desahogarse con su acompañante. Eso le resulto más fácil que decir cualquier otra cosa de las que se le venían pasando por la cabeza desde que habían salido del hospital.

- Lo siento...pensé... – La rubia se encogió.

- Acaso no has comprobado ya que el bebé es tuyo.

Emma sabía a lo que se refería. Desde aquel incidente en el que ella se había vuelto oscura había comenzado a experimentar una conexión con el bebé que Regina no podía sentir. Al menos no igual que ella, porque lo que la morena si podía sentir, era que cuando la rubia estaba cerca su cuerpo se relajaba y sus náuseas desaparecían para volver a aparecer cuando ella se marchaba. De hecho, en la última semana solo le había permitido pasar más tiempo con ella para alargar aquellos momentos en los que podía descansar del malestar general.

- Hace casi dos semanas que no puedo sentirlo.

- ¿Cómo? – La morena se preocupó.

- No...no me refiero a que no pueda sentirlo...- la rubia se apresuró a corregirse al ver su preocupación – me refiero a que...bueno...no has vuelto a dejarme...tocarlo.

Regina enarcó una ceja y relajó sus fracciones.

- No vuelvas a asustarme así. – La reprendió avanzando hasta el salón. Ella la siguió. Cuando entró la vio lanzando una bola de fuego hasta la chimenea. Debía estar de mal humor, porque normalmente era una tarea que hacía de forma manual. – No quiero interrumpir nuestra conversación. – Se justificó la alcaldesa sentándose en el sofá. Suspiró cuando lo hizo, por fin podía relajarse. Tener a Emma allí acompañaba a ello por los motivos que ya conocían. Emma lo sabía y por eso se sentó en el sofá de al lado, intentando no hacerlo muy lejos de ella.

- Whale ha dicho que todo marcha bien. No hay motivo para preocuparse. – dijo dejando asomar una sonrisita tímida a sus labios. No sabía cómo mostrarse con Regina. Últimamente la tenía totalmente confundida.

- Aun así no quiero correr riesgos. Te recuerdo que no es un embarazo muy común.

- Estoy de acuerdo. – hizo una pausa antes de atreverse a continuar - ¿entonces?

- ¿Entonces qué? – Preguntó Regina sin saber a lo que podía referirse. Su tono era el de casi siempre, frío, lineal y un tanto irónico. La rubia tragó saliva antes de hablar.

- Me dejarías...tocarte. – Regina alzó las cejas sorprendida por la petición de Emma.

Se había negado a sí misma que el momento que experimentaron juntas semanas atrás la había descolocado bastante. Pero lo cierto era que así había sido. Y desde entonces, había preferido mantener la distancia entre ellas, por motivos obvios. No quería confusiones. Ni para ella ni para Emma.

Sin embargo...después de aquella tarde...bueno...para ser francos después de aquella tarde se había sentido bastante mal con respecto a la participación de Emma en todo aquello. Era cierto que la dejaba acompañarla a menudo, pero solo si ella se lo permitía. Desde el altercado con la Emma oscura la Emma normal se había mostrado bastante tímida a la hora de acercarse a ella, incluso prudente. Ya no era tan espontánea o impulsiva como siempre. Al menos cuando estaban a solas. Como si tuviera miedo a que ella pudiera malinterpretar sus intenciones. Y lo cierto era que ella tampoco había ayudado mucho, más bien se había aprovechado de aquella situación.

La rubia le había demostrado que quería estar a su lado incondicionalmente. Y no le había exigido nada. Al contrario, había satisfecho todas sus demandas. Llevaba varios días dándole vueltas a toda aquella situación que la tenía tan confusa. Y cuanto más vueltas le daba al asunto, más confundida se sentía.

No podía negar, sin embargo y para su fastidio, que la presencia de la rubia la reconfortaba, y en los últimos días, en especial durante la última noche que había sido realmente mala, la había echado de menos cuando se había marchado de su lado. Siempre porque ella se lo pedía. No podía olvidar aquel detalle. Había estado pensando sobre la posibilidad de que, tal vez si se lo pedía, también la rubia accedería a quedarse un poco más con ella. Incluso había estado dándole vueltas a una idea loca. Aunque aquello era demasiado. Movió la cabeza de un lado a otro y volvió a centrarse en la rubia que la miraba esperando una contestación.

- Supongo que sí. – Dijo al fin. La rubia saltó sobre su asiento.

- ¿En serio? – la cara se le había iluminado.

- En serio. – Regina sonrío al verla así.

Lo cierto era que comenzaba a adorar aquella faceta de la salvadora. No se dio cuenta de sus pensamientos pero cada vez eran más evidentes sus nuevas afinidades para con ella. Sin saberlo, estaban creando un vínculo mucho más profundo del que ambas pudiesen haber imaginado jamás para ellas dos.

Emma se levantó con cuidado y se acercó a ella sin dejar de sonreír. Su corazón se había acelerado y su respiración se había vuelto entrecortada. Así pudo descubrirlo Regina cuando la rubia se sentó a su lado.

- Respira. – Susurró con cierto tono de mofa. Aunque no podía negar que estaba enternecida.

La salvadora la miró con ojos zigzagueantes. Como un niño delante de su caramelo preferido. A pesar de haber utilizado aquel tono frío, el corazón de Regina también había comenzado a latir con fuerza ante las sensaciones que provocaban en ella las reacciones de la rubia y su proximidad tan cercana. Pudo ver como Emma tragó saliva tras escucharla. Ella hizo lo mismo y no pudo evitar esbozar una sonrisa que intentó contener sin éxito. Definitivamente, las hormonas estaban afectando a su autocontrol.

La rubia esperó a tener una señal por parte de Regina para poder tocarla. Ella se percató de aquel detalle. Estaba actuando igual que lo hacía últimamente. Pensó Regina. Entonces, para sorpresa de la rubia comenzó a sacar su camisa de su falda y la elevó hasta la altura de sus pechos.

Efectivamente, su abdomen estaba mucho más abultado que la última vez que Emma pudo verlo. Su corazón se aceleró aún más. Ninguna decía nada. Al ver que la rubia no se atrevía a tocarla, la morena cogió su mano, como la última vez, y la guio hasta posarla delicadamente sobre su vientre. Cerró los ojos cuando sintió el calor de la mano de Emma sobre su piel.

Era una sensación realmente embriagadora. Era increíble cómo sus sensaciones podían variar tanto de un instante a otro. En aquellos momentos. Con la mano de la salvadora sobre su abdomen, se sentía absolutamente reconfortada. No se paró a pensar en cómo aquello podía ser posible. Aquel día, después de tantas emociones, simplemente se dedicó a disfrutar de aquella sensación que tanto la agradaba. En aquellos momentos no quería pensar más, solo quería abandonarse ante aquellos sentimientos tan apaciguadores.

La rubia paseó la palma de su mano por toda la zona. Con cuidado. Procurándole amables caricias sobre su vientre. Sabía perfectamente que Regina se sentía mejor cuando ella estaba cerca. Y quería que así fuera. Mientras estaba concentrada en su tarea, miles de sensaciones invadiendo su cuerpo, no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas hasta que una se escapó.

Regina se inquietó al sentir la gota en su barriga. Abrió los ojos que había cerrado momentos antes para mirar a la rubia que se había apresurado a secarla.

- Emma... – la agarró por la barbilla para que alzara la cara hacia ella. - ¿Qué te ocurre? – Se alarmó. Eran contadas las veces en las que la salvadora había derramado alguna lágrima, y ella lo sabía. La rubia se retiró de su contacto e intentó secarse rápidamente las lágrimas de su cara con sus manos.

- Nada es solo que...demasiadas emociones en un solo día. – La morena creyó comprenderla, porque a ella le pasaba justo lo mismo. Y por un momento se sintió identificada con ella. – Últimamente, en realidad. – Se corrigió la salvadora con una sonrisilla que pretendía quitarle hierro al asunto. La morena esbozó una sonrisa cómplice antes de decidirse a hablar.

- Creo que ambas necesitamos descansar. – Dijo sin pensar.

- Sí, por supuesto. Estoy de acuerdo. – La rubia se recompuso rápidamente y se levantó de su lado. Regina frunció el ceño extrañada.

- Emma...- apenas le dio tiempo a reaccionar. No había sido consciente de lo que había dicho y de lo que aquellas palabras podían significar para Emma.

- Ya me marcho. Ha sido...bonito. – Logró pronunciar la rubia atropelladamente señalando su abdomen.

Ella bajó su camisa y se levantó para estar a la misma altura que Emma. No se había explicado bien o ella lo había entendido todo mal, como de costumbre. Aunque quizás la culpa fuese suya. Pensó Regina. Tragó saliva antes de pronunciar palabra pues su boca se había quedado seca al ver cómo Emma estaba decidida a marcharse.

- Tal vez...- no sabía cómo decir aquello –... bueno quizás podrías... – su nerviosismo nublaba su mente – quedarte esta noche... – los ojos de la salvadora se abrieron de par en par – si quieres. – Terminó Regina más nerviosa de lo que le hubiese gustado mostrarse. Los segundos en los que Emma guardó silencio se le hicieron eternos.

- ¿Aquí? – La morena asintió. - ¿En tu casa?

- Evidentemente, señorita Swan. – Dijo Regina con mofa. Incluso en aquella tesitura conseguía acabar con su paciencia.

Señorita Swan Emma no recordaba la última vez que Regina la había llamado de aquella manera...sin embargo, ahora parecía música celestial para sus oídos. No recordaba que aquellas dos palabras sonasen tan bien cuando eran pronunciadas por los labios de la alcaldesa. La sonrisa de la salvadora se volvió boba. Regina abrió bien los ojos para recordarle que aún le debía una respuesta, aunque ella ya creía saber cuál sería.

- Sí. – Dijo sin siquiera pensárselo dos veces. – Quiero decir...claro que sí...si eso es lo que tú quieres...- Pronunció con cautela intentando ocultar su entusiasmo. Pero a la alcaldesa no se le escapaba ni un solo gesto que saliese de Emma. Había aprendido a leerla como un libro abierto. Tanto como la rubia a ella.

- Es lo que deseo, sí. – Al verla así, decidió aprovecharse un poco de ella. Le parecía divertida y enternecedora, por mucho que se empeñase en negarlo, aquella faceta de la salvadora.

La voz de Regina la puso nerviosa sin saber por qué. Tragó saliva y la miró a los ojos. Brillaban divertidos e incluso juraría que podía ver un destello de malicia en ellos. Respiró para coger aire imperceptiblemente y de repente cayó en la cuenta de que iba a pasar la noche con Regina, allí, en su mansión, juntas y solas. De repente su mente se nubló. Nunca habían pasado la noche juntas. Sus rodillas flojearon y sus piernas se doblaron.

Al verla tan nerviosa, Regina se sintió fuerte. Ella también lo había estado. Pero saber que era capaz de provocar aquellas sensaciones en la salvadora, aquella a la que nunca había visto empequeñecerse delante de ella, la hacía sentirse poderosa. Y le gustaba.

- No tengo nada que ponerme para dormir. – Aunque a veces...ahora que lo pensaba...la rubia seguía consiguiendo exasperarla con sus tonterías. Aquello, de hecho, era algo que conseguía muy a menudo. Sobre todo cuando se juntaba con su hijo Henry. Regina enarcó ambas cejas, incrédula.

- Puedo prestarte algo, no te preocupes por eso.

Emma asintió. Seguía estando nerviosa.

- ¿Dó...dónde voy a dormir? – Se apresuró a preguntar por fin.

- ¿Dónde te gustaría dormir? – La voz de Regina sonó juguetona. Se sentía en pleno apogeo. Seguramente, debería haber achacado parte de aquella sensación de vigorosidad a las hormonas.

El corazón de Emma se saltó un latido y pareció quedarse paralizada. Regina le sonrío de nuevo con malicia. No se habían apartado la una del frente de la otra.

- Tal vez podrías pensártelo mientras me pongo cómoda y te presto algo para que hagas lo mismo. – Le dijo la morena expresivamente antes de moverse y avanzar hacia las escaleras que conducían a la parte de arriba de la mansión.

Emma se giró para mirarla con la boca entreabierta. Y cuando consiguió reaccionar, tragó saliva y la siguió sin demora.

Entró tímidamente en el cuarto de la morena. No era la primera vez que lo hacía, pero en aquella ocasión todo se veía diferente. Regina ya se había quitado sus tacones y su chaqueta y había dejado un pijama sobre su cama. Cuando la vio entrar. Lo cogió y se lo acercó ella misma.

- Gracias. – Pronunció Emma con voz ronca. Se aclaró la garganta cuando se escuchó a sí misma.

Regina se giró de nuevo para contener su sonrisa. Por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender le gustaba provocar aquello que ella sabía que provocaba en la salvadora. Entró en el baño y entrecerró la puerta. Tardo apenas unos minutos en cambiarse de ropa.

Cuando salió, Emma también había hecho lo mismo. Para su sorpresa, solamente se había puesto la parte de abajo del pijama. Arriba solo llevaba su característica camiseta de tirantes blancos.

- Prefiero dormir así, si no te importa. – Se explicó la rubia.

- No veo por qué habría de hacerlo. – Dijo ella mientras apartaba sus sábanas y se introducía en su cama bajo la atenta mirada de Emma. Permanecía en silencio, pero al ver que la salvadora seguía sin atreverse a hablar se decidió a hacerlo ella misma. - ¿Te has decidido ya? – Preguntó con marcada perversidad.

- Supongo que la habitación de invitados está justo al lado...- Comenzó Emma con timidez. Ella asintió y la rubia se sintió ligeramente decepcionada por tener que apartarse tan pronto de su vista.

- ¿No vas a darle las buenas noches a nuestro hijo? – Oyó la voz ronca de la morena a su espalda cuando se disponía a salir de la habitación.

Sus ojos se abrieron por la sorpresa y su corazón reanudó un bombeó desesperado por llevar oxígeno a todas las zonas de su cuerpo. Nuestro hijo Esas palabras penetraron en su cuerpo bañándolo de infinita calidez. Se giró con una sonrisa tímida en el rostro. Regina la correspondió al verla y se corrió hacia el lado izquierdo para que Emma pudiera sentarse a su lado.

Cuando lo hizo, la rubia parecía haber recobrado sus energías. Despacio, para sorpresa de Regina y a diferencia de lo que había hecho en ocasiones anteriores, Emma llevó su mano hasta su abdomen. La miró a los ojos pidiendo permiso para tocarla. La morena se lo concedió con la mirada.

Ahí estaba esa sensación que tanto la embriagaba. Esa sensación que tanto la reconfortaba. Siempre que la rubia la tocaba lo sentía de manera automática. Al ver la expresión de calidez en el rostro de Regina, Emma se atrevió a ir más lejos y comenzó a desabrochar su pijama hasta la altura de su diafragma bajo la atenta mirada de Regina que se había agrandado.

Cuando terminó. Al ver cómo Regina no se lo había impedido. Llevó su mano de inmediato de vuelta al lugar en donde encajaba tan bien. La acarició con ternura durante unos instantes. Al cabo de un momento, como guiada por una fuerza sobre humana, Emma comenzó a inclinarse hacia Regina.

La morena pudo sentir la respiración de la rubia sobre su vientre, algo que le provocó escalofríos. Sin embargo no la detuvo. Al ver que no lo hacía, la rubia posó su cara, finalmente, sobre el abdomen de la alcaldesa. Paseó sus mejillas por su piel tersa y suave. Tal y como había imaginado que sería en infinidad de ocasiones.

Se atrevió a dar un paso más y giró su cabeza lentamente. Ahora fueron sus labios los que pasearon por el vientre desnudo de Regina, que creyó que podría morir de placer tan solo con aquellas inocentes y cariñosas caricias. Cuando sus terminaciones nerviosas enviaron corrientes eléctricas a su entrepierna apretó sus muslos y tragó saliva. Aquello estaba llegando demasiado lejos.

- Emma...- Llamó su atención. Su voz sonó ronca. No pudo evitarlo.

La rubia sonrío sin que la viera. Ella había sentido exactamente lo mismo. Y se alegró de que la parase, porque pensó que no podría hacerlo si ella no se lo impedía. Dejó un pequeño beso al lado de su ombligo antes de volver a incorporarse un poco.

- Buenas noches. – Susurró en su vientre. Regina se estremeció aún más al escucharla. Pensó que se volvería loca de un momento a otro. Miles de sensaciones chocaban en su interior.

Sus miradas se encontraron cuando Emma se incorporó por completo a su lado. En sus ojos se podía leer la misma emoción. Aquel momento había sido mágico, así lo habían sentido ambas.

Fue Emma la primera que esbozó una pequeña sonrisa para intentar romper la tensión que se había creado en el ambiente. Regina llevó sus manos hasta su abdomen y lo acarició allí donde Emma lo había besado antes de proceder a abrochar sus botones. Se concentró en esa tarea durante un momento.

- No sé cómo lidiar con todo esto, Emma. – Confesó con sinceridad la morena, para sorpresa de la rubia.

- Yo tampoco. – Optó por ser sincera también, al fin y al cabo era lo que sentía.

La morena soltó el aire que estaba guardando por la nariz mientras arqueaba la comisura de sus labios hacia arriba y fruncía el ceño. Aquel gesto mostraba comprensión y gratitud. Emma lo conocía bien.

- Aprenderemos a hacerlo, no voy a rendirme. – Continúo la rubia con una nueva valentía creciendo en su interior. Regina enarcó las cejas, no sabía exactamente en qué sentido iban aquellas palabras. Aunque barajaba varias opciones, no sabía cuál la ponía más nerviosa. Emma sonrío satisfecha al leer su rostro y se animó a continuar. – Sabes perfectamente lo que siento por ti.

El corazón de la morena dejó de latir por unos instantes. Aquello realmente no se lo esperaba. Su juego se había vuelto por completo en contra suya. La situación se le había escapado de las manos y ahora no era ella quién la controlaba. Algo comenzó a removerse en su interior.

- Si te refieres al bebé no...- intentó salir del paso pero no lo consiguió.

- No me refiero a eso. – Emma volvía a comportarse como Emma. Sin miedo y con decisión. La morena tragó saliva.

- Emma... – pronunció Regina lentamente.

- Déjame dormir contigo esta noche.

- ¿Cómo?

- Me gustaría que me dejases dormir contigo esta noche. – Definitivamente su juego se había vuelto totalmente en contra suya, pensó. Al ver la reacción de su acompañante Emma se apresuró a explicarse. No quería asustarla. – No pretendo hacer nada...solo...me gustaría que me dejases dormir contigo.

Regina no supo qué decir. Se había quedado petrificada. Al cabo de unos instantes de silencio, finalmente tragó saliva y habló no sin cierta dificultad.

- Está bien. – aceptó para alegría de Emma. No sabía que fuerzas sobrenaturales la habían llevado a decir eso. – pero solo por esta noche. – Sancionó para advertirla de que era ella la que seguía teniendo el control de la situación.

Cuando Emma asintió la alcaldesa se hizo a un lado para que la rubia pudiera meterse bajo las sábanas. Definitivamente aquella iba a ser una noche muy larga. Demasiado. Pensó Regina al cabo de un rato ya con la luz apagada, el corazón desbocado y los ojos fijos en la ventana del fondo.


¿Qué os ha parecido? Me encantaría leer vuestras opiniones!

Y no os preocupéis por el asunto de los villanos...lo iremos viendo...todo tiene una explicación...aunque quizás tengamos que avanzar hasta casi el final para entender ciertas cosas...de todas formas no será muy larga la espera...creo...

Happy weekend!