ADVERTENCIA: Quisiera comenzar éste capítulo con una advertencia especial. Las relaciones entre Kagome - Sesshomaru - El Tercero en Discordia, el triángulo amoroso, son basadas en una situación real. El motivo por el que les digo esto es porque de esa forma van a ver la historia con otros ojos y también para evitar malentendidos. En todo caso, si algo no les gusta, no duden en avisarme y ya veré como hago para solucionarlo. Nuevamente les pido paciencia con la relación KagxSesshx¿?, es una relación muy real y yo simplemente la adapté a mi historia. Gracias por su comprensión.
Y he vuelto. Después de una larga ausencia, por fin saqué energías para escribir este capítulo. Realmente había planeado abandonar por completo FanFiction y desaparecerme de la faz de la tierra. Me casé hace algunos meses y ahora me estoy divorciando. Mi vida es un desastre de proporciones espaciales y no sé que hacer. Pero ayer me senté frente al computador y me obligué a escribir para sacar de adentro todo lo que me pasa, por eso es que este capítulo es bastante dramático. Espero que les guste y disculpas por demorarme tanto en publicar la continuación. Ya sabe, si tienen alguna duda, me dejan un review.
Inuyasha y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi
EL TESTAMENTO
-10-
—¿Tienes lo que te pedí?
El hombre le entregó un sobre celosamente sellado. Sin ceremonias, Kagura lo abrió y comenzó a leer con avidez los documentos. Con cada hoja que pasaba, la desilusión en su rostro se iba haciendo más notoria. Había contratado un investigador para que averiguase los más oscuros secretos de Kagome y no había encontrado nada. Los documentos en su poder contenían información de conocimiento público y uno le servía para nada.
—¿Esto es todo? —estaba haciendo un monumental esfuerzo para no levantar la voz.
—No hay nada más, señorita, toda la información personal fuera de la que se ha hecho pública no existe.
Ya había escuchado eso antes. Akira. Ese abogado miserable había cifrado toda la información acerca de esa mujer. Ya intentó una vez franquear la seguridad del disco duro en la computadora del abogado y había sido inútil. Soltó un amargado suspiro y con la misma amargura le entregó un cheque al investigador.
—Si encuentro algo más, le avisaré —aseguró antes de marcharse.
Una vez sola sacó el móvil y llamó a Naraku.
—Chantajearla no va a servir de nada, nunca vamos a conseguir la información que necesitamos —en silenció atrajo la atención de un mesero—. Estoy en El Ensueño, ven.
"¿Te reuniste con un investigador privado en el restaurante más público de toda la ciudad? ¿Es que perdiste la cabeza, Kagura? Ven a mi oficina, almorzaremos aquí y ya deja de exponerte ante los reporteros."
—Aguafiestas —despachó al mesero y se encaminó a la salida—. Recuérdame de nuevo porque es que te hago caso.
"Porque soy tu hermano mayor y me debes respeto. Te espero."
La línea quedó muerta.
Con el ceño fruncido echó a andar calle abajo, cojeando a causa de la férula. Odiaba a Kikyo más que a nadie en el mundo y ese odio se había intensificado después de que le rompiera el tobillo. Maldita mujer. Estaba muerta y aun así seguía controlando a todos a través de su inútil marioneta. Higurashi Kagome era una amenaza, aún no sabía que tan peligrosa, pero no por eso dejaba de serlo. Tenía que encontrar una forma de sacarla del camino, nada muy descabellado, pero definitivo.
—Bienvenida, Kagura-san.
Tan absorta había estado en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que ya estaba en la oficina de Naraku. Pasó de largo a la asistente y atravesó la puerta al final del pasillo. Allí estaba su hermano, sentado frente a su computador, ajeno al mundo. Cuando los veían por la calle, los confundían con una pareja de enamorados, no se parecían en nada, salvo, tal vez, en la palidez de su piel y el color de su cabello.
—Llegaste rápido —comentó Naraku sin desviar su atención de la pantalla—. ¿Te siguió alguien?
—No lo creo, igual no me importa —se acomodó en una silla y se cruzó de brazos—. ¿Qué se supone que voy a hacer con esto? —Lanzó sobre la mesa el anillo de compromiso que había comprado con el permiso de Sesshomaru—. No me sirve de nada.
Naraku soltó una risita.
—Si lo hubieras hecho público cuando te lo recomendé, te habrías evitado todo este lío. Eso te pasa por no hacerme caso.
—No vine para que me des un sermón, necesito una idea, tengo que hacer algo para separarlos definitivamente.
—¿Qué tan dispuesta estás a ensuciarte las manos? —dejó de teclear y encaró a su hermana—. Olvídate de atacar desde las sombras, si quieres a Sesshomaru de regreso, ve y tómalo.
—¿Estás loco? Sesshomaru me mata.
—Entonces no lo involucres, ve y cuéntale todo a Kagome, dile quien eres y dile lo mucho que estás trabajando por mantener tu relación con Sesshomaru —se pasó una mano por el rostro—. Hazle sentir como una víctima, envenénala, dile la verdad y ella se encargará del resto. Terminará su relación con Sesshomaru u el vendrá corriendo hacia ti porque no le va a quedar otra opción, tú te vas a encargar de eso. Eso sí, pídele a Kagome que te mantenga fuera del asunto, de esa forma Sesshomaru no desconfiará de ti.
—¿Y qué pasa con la sutileza?
—No te va a servir de nada, así que hazme caso por una vez en tu vida —le pasó el teléfono—. Llama al hotel y pide una cita con ella. Todavía faltan algunas horas para el desfile, tal vez consigas una cita.
—¿Quieres que hable con ella hoy?
—Llama, Kagura.
Con manos temblorosas, marcó el número del hotel y esperó a que la recepcionista le contestara.
—Buenas tardes, quisiera agendar una cita con Higurashi Kagome.
Un escalofrío le recorrió la espalda y de forma instintiva miró el cielo a través de la ventana. Todo estaba despejado y aun así hacía un frío tremendo. Negando levemente con la cabeza regresó su atención a los documentos que tenía en frente. Unos instantes después sonó su teléfono.
"Higurashi-san, disculpe la interrupción, pero ¿tiene tiempo en su agenda de hoy? Tengo a una señorita esperando en la otra línea, dice que es urgente."
—¿Te dijo su nombre?
"Kagura. ¿Qué debería hacer?"
—Pásame la llamada.
Se escuchó un ligero clic en la línea.
—Buenas tardes, habla Higurashi Kagome. ¿Con quién tengo el gusto?
"Kagura, dejémoslo ahí. Necesito hablar contigo, ahora mismo si es posible. Créeme cuando te digo que no te conviene negarme esa cita."
—¿Eres una reportera?
"Mucho mejor que eso, te lo prometo. ¿A qué hora nos vemos?"
Otro escalofrío le recorrió la espalda y una horrible sensación se instaló en la boca de su estómago.
—En una hora. Anúnciate en recepción, te traerán a mi oficina. ¿Estás segura de que no quieres decirme tu apellido?
"Nos vemos en una hora, Kagome."
Y la llamada se cortó. Para ese punto estaba temblando sin razón. Presa de un miedo que no entendía, abandonó su oficina en busca de Sango, pero no la encontró por ningún lado. Kaede y Akira tampoco estaban. Con el corazón latiéndole en la garganta, regresó a su oficina y se sentó en una de las butacas. ¿Quién demonios era esa mujer y de qué quería hablar con ella? No se le ocurría nada y aquello le producía una desazón insoportable. Miles de ideas le daban vuelta en la cabeza, a cada cual más imposible que la anterior. Había perdido la noción del tiempo y vino a darse cuenta cuando de la hora que era cuando llamaron a su puerta. Rápidamente ocupó su puesto tras el escritorio y trató de escudarse tras un rostro inexpresivo.
—Adelante.
La mujer que entró en su oficina era hermosa, alta y esbelta, de cortó cabello negro y ojos vino. Ni siquiera la férula en su pie opacaba su belleza. Se sostuvieron la mirada en silencio. Finalmente Kagura tomó asiento.
—Definitivamente eres igual a ella.
—¿Conociste a mi hermana?
—Puede decirse que sí —le dedicó una inocente sonrisa—. Nunca cruzamos una palabra, pero nos conocíamos. Todo gracias a Sesshomaru.
—¿Lo conoces?
Kagura hizo un esfuerzo por no soltar una risita. En apariencia eran idénticas pero en personalidad eran mundos diferentes.
—Soy la relacionista pública de su compañía… —soltó un dramático suspiro—. Escucha, mi intención no es hacerte daño, pero hay algo que debes saber y ya que Sesshomaru no tiene los pantalones para hacerlo, he decidido venir a dar la cara.
La temperatura en la oficina descendió de golpe.
—¿Qué quieres decir?
—Sesshomaru y yo estamos comprometidos —le mostró el anillo y puso su mejor cara de sufrimiento—. Comenzamos a salir después de la muerte de Kikyo y sé que ha pasado muy poco tiempo pero aun así nos comprometimos. Desde que tu llegaste se ha alejado de mí y ha entablado alguna clase de… relación, contigo —se le quebró la voz y escondió el rostro entre las manos—. Yo sé que esto no es tu culpa, tú eres tan inocente como yo, y aunque lo que Sesshomaru ha hecho no tiene nombre, te pido que te alejes de él. Lo amo y no quisiera perderlo.
Un pesado silencio se hizo en la estancia.
Kagome había escuchado todo con una mezcla entre asco y furia. Podía sentir las mejillas mojadas y solo entonces se dio cuenta de que estaba llorando. No podía creerlo. Era imposible. Sesshomaru nunca haría algo así y de todas formas allí estaba Kagura, una mujer inocente que llevaba un anillo de compromiso. ¿Qué mierda estaba pasando? Un sollozó desesperado se escapó de su garganta.
—Lo siento mucho —dijo Kagura, poniéndose de pie—. No quería que te enterases de esta manera, pero no se me ocurrió ninguna otra forma de hacértelo saber. Y Kagome, por favor, no le digas a Sesshomaru que yo te lo conté, no quiero más problemas.
Asintió mecánicamente. Kagura le dedicó una última mirada, llena de falsa lástima, y se marchó. Cuando la puerta se cerró, Kagome se quebró. Lo que comenzaron como sollozos pronto mutó a gritos. Le dolía el pecho. Le habían roto el corazón de la peor forma posible. Enterrándose las uñas en los brazos, rodó hasta el suelo y dejó todo salir. No sabía que tan alto estaba gritando y tampoco le importaba. Tenía que exteriorizar ese dolor que se la comía por dentro o moriría. Todavía no podía creerlo. No podía.
—¡Kagome!
Escuchó varias voces gritar su nombre y en un instante Sango y Akira se habían materializado en la oficina. La encontraron en el suelo, llorando a mares. Sin hacer preguntas, Sango la ayudó a incorporarse mientras Akira le llevaba un vaso del primer licor que pudo encontrar, pero Kagome lo rechazó de un manotazo.
—Kagome… ¿Qué pasó?
Esas palabras la alteraron más y antes de darse cuenta de lo que hacía, gritaba a todo lo que daban sus pulmones, todavía aferrada a los brazos de Sango.
—¡Te odio Sesshomaru Taisho! ¡Te odio!
—Esto ya está listo, Taisho-san, por favor baje al vestíbulo —su estilista comenzó a guardar sus pertenencias.
Sesshomaru se puso de pie y se echó un vistazo en el espejo. Llevaba el cabello suelto, su maravilloso color plateado haciendo contraste con el traje negro que llevaba puesto. Esperó a que la muchacha abandonase la estancia para sacar su móvil y llamar a Kagome por décima vez en el día. Había intentado comunicarse con ella de todas las formas posibles y no aparecía por ningún lado. Incluso había llamado a su oficina y su asistente le comunicó que estaba en una reunión y que no podía atenderle. Estaba comenzando a volverse loco. Quería verla con unas ansias impresionantes.
—Sesshomaru-san, lo necesitan abajo —un botones se materializó en la estancia—. El evento comenzará en diez minutos.
Agradeció al botones y lo siguió hasta el vestíbulo. El lugar ya estaba lleno de gente y reporteros; ubicó en medio de la multitud a Sango y a Kaede y a los demás jueces, que esperaban la señal de los camarógrafos para entrar en el salón. Con el corazón acelerado bajó las escaleras y se unió a los demás jueces. ¿Dónde estaba Kagome? Intentó llamarla nuevamente pero se conectó inmediatamente al buzón de mensajes. Y entonces sintió la atención de los presentes concentrarse en alguna y presa de la curiosidad, miró también. Dejó de respirar un instante. Higurashi Kikyo bajaba por las escaleras embozada en un sugestivo vestido blanco y los labios pintados de carmín conjurando una cruel sonrisa. Le tomó unos momentos darse cuenta de que era Kagome quien se acercaba y no Kikyo.
—Cierra la boca —le soltó, juguetona—. Estás pálido, Sesshomaru, parece que hubieses visto un fantasma.
—Lo siento —hizo un esfuerzo para recuperar la compostura—. Te he llamado todo el día.
—He estado ocupada —repuso con dulzura—. Ya hablaremos después del desfile —y se ubicó delante de los demás jueces—. Ya podemos comenzar —añadió, dirigiéndose a las cámaras.
El desfile y la fiesta pasaron volando. Un instante estaba calificando los diseños y el siguiente estaba bailando con una de las juezas en el salón. La noche estaba pasando a saltos de gigante y no podía concentrarse en absolutamente nada. Sentía que algo andaba mal, podía verlo en todo lado, pero por encima de todo podía verlo en los ojos de Kagome. Habían charlado cinco minutos después del desfile y entonces habían aparecido reporteros y demás y se la llevaron a otro lado para hacerle preguntas. No la había visto desde entonces y la ansiedad estaba a punto de matarlo.
Finalmente consiguió escaparse de todo el bullicio y salió un momento del hotel. Las calles estaban repletas y desde allí podía escuchar la música y el eco de las voces de todos quienes estaban en el salón. Por primera vez en algún tiempo, sacó un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. Le dio unas cuantas caladas y lo tiró al suelo. Algo estaba mal. Entonces, su móvil vibró. Un mensaje de Kagome.
"Nos vemos en mi oficina."
Tanto misterio lo estaba matando. Nervioso, entró nuevamente al hotel y tomó uno de los ascensores. El piso de oficinas estaba a oscuras, salvo por un débil resplandor que emanaba del recodo del pasillo. Nunca antes había sentido esa clase de miedo al caminar hacia esa oficina. Se detuvo frente a la puerta y la vio sentada tras el escritorio con el rostro impasible. Se parecía tanto a Kikyo que dolía verla. Respiró profundo y entró. En el instante que sus miradas se conectaron, sus miedos se confirmaron.
—Siéntate —la dulzura se había ido, reemplazada por una crueldad que no le conocía—. ¿Cuándo ibas a decírmelo? —la voz parecía a punto de quebrársele.
—¿De qué estás hablando?
La pelinegra soltó una risita despectiva, pero de inmediato comenzó a llorar en silencio.
—Pensé que realmente te importaba… —hablaba en voz baja, más para ella que para él—… me mentiste, me usaste y yo como una tonta te creí. Te creí porque te amo y yo pensaba que tú me amabas también —rodeó el escritorio y se sentó junto a él, aferrándole las manos con fuerza excesiva—. ¿Por qué no me dijiste que estabas comprometido? ¿Cómo pudiste hacerme esto?
El mundo se le vino encima. Clavó la mirada en la mujer a su lado, reducida a un mar de lágrimas. Kagura. Eso tenía si nombre escrito por todo lado. Tenía que hacer algo, pero pasaban los segundos y no encontraba las palabras adecuadas para arreglar la situación. Pero sabía que no era por falta de elocuencia, ni falta de palabras, no tenía excusas. Y ella lo sabía.
—Kagome… —trató de acariciarle el rostro, pero la muchacha se echó para atrás—. Escúchame, por favor.
—¡No tengo nada que escuchar! Nada de lo que me digas va a solucionarlo, nunca voy a perdonarte —algo cambió en su mirada, su voz se hizo más firme, irguió la espalda y cuadró los hombros—. Te odio, Sesshomaru y vas a pagar por lo que me hiciste —susurró, amenazadora.
Aquellas palabras, la amenaza de Kikyo.
—Lárgate de aquí y no vuelvas, desaparece de mi vida, de mi compañía, de todo lado; no quiero volver a verte. Prometo no armas un escándalo y desmentiré que alguna vez tuvimos una relación. Ve y cásate con esa mujer y déjame en paz.
Estaba petrificado en la silla, incapaz de moverse. Nada de eso podía estar pasando. Acababa de perder a la mujer que amaba por un maldito error.
—¡Lárgate! —le gritaron entonces—. ¡Lárgate de aquí, maldita sea!
Estaba ya en los ascensores y aun así la escuchó una última vez, esa maldición que lo perseguía día y noche.
—¡Pagarás por lo que me hiciste!
Inuyasha estiró el cuello y echó un vistazo alrededor del salón. No la veía por ningún lado. ¿Dónde demonios se había metido esa niña? Procurando que nadie lo viese, escapó de la estancia, rumbo a los ascensores. Había estado dos veces en la oficina de Kikyo, algunos años atrás, pero todavía recordaba el camino. Al llegar al piso de oficinas se sintió algo intimidado por la oscuridad. Ni bien dio la vuelta en el pasillo la vio; la puerta de su oficina estaba abierta y ella, recogida en su silla, bebía de una botella.
—¿Qué estás haciendo?
La muchacha ni se inmutó, simplemente le dedicó una mirada vacía y bebió otro trago de su botella. Ya se la estaba acabando. Inuyasha se arrodilló a su lado y le puso una mano en el hombro.
—¿Por qué lloras?
No se había dado cuenta. Se limpió todo rastro de las lágrimas y se acomodó mejor en su silla.
—Lo odio, Inuyasha, como nunca había odiado a nadie —arrastraba las palabras a causa del alcohol. Realmente le sorprendía que siguiera consciente—. Me hizo tanto daño… Tú no eres como él, ¿verdad?
No entendía nada. ¿Qué estaba pasando allí? Trató de quitarle la botella, pero ella se negaba a soltarla.
—¿De quién hablas? —le tocó preguntar, en vista de que aquello no iba a ningún lado—. ¿A quién odias?
—Sesshomaru —el nombre brotó de sus labios como una maldición—. Tenías razón, toda la razón… me engañó y yo como una idiota caí en su juego —soltó una risita despectiva—. Está comprometido, Inuyasha, el imbécil de tu hermano está comprometido. Kagura, se llama, que es la relacionista pública de la compañía; estuvo aquí, ella me lo dijo, me mostró el anillo.
Eso tenía que ser mentira.
—¿Estás segura, Kagome?
—¡Claro que lo estoy! —saltó de la silla con botella en mano y se encaminó a la ventana. Con la experiencia adquirida de la costumbre, encontró el pequeño pestillo y abrió el cristal. El helado viento de la noche le dio de lleno en el rostro, aclarándole los pensamientos—. No puedo creer que se comprometiese con otra mujer después de la muerte de mi hermana y encima de todo meterse conmigo cuando ya iba a casarse con otra —le dio un largo trago a la botella y se la quedó mirando largo rato—. Es la primera vez en mucho tiempo que bebo tanto, ya me había olvidado de lo rico que es el vodka… ¿Qué voy a hacer ahora?
Inuyasha la abrazó por la espalda. Finalmente había sucedido. No le sorprendía que Sesshomaru cometiese la locura de comprometerse a la apresurada, pero de allí a engañar a dos mujeres a la vez había un abismo de proporciones gigantescas. Por algún motivo una rabia enfermiza comenzó a hervirle en la sangre y un sentimiento de dominio sobre la mujer entre sus brazos le cerró el pecho. ¿A quién quería engañar? Kagome lo traía de cabeza.
—Vamos a casa, has bebido demasiado —le quitó la botella y la dejó en el escritorio—. Tienes que descansar.
—No quiero ir a la mansión, no quiero —arrastraba las palabras cada vez más, realmente estaba borracha—. Déjame aquí, por favor.
—¿Kagome? —Sango estaba en la puerta, acompañada de Miroku—. ¿Qué está sucediendo aquí?
—Eso pasa —Inuyasha señaló la botella vacía—. Se la tomó ella sola. ¿Sabías que Sesshomaru está comprometido?
—Me enteré esta tarde —entró y cerró la puerta—. ¿Por qué estás tú aquí?
—No importa —abrazó a Kagome con más fuerza—. Ayúdame a convencerla de que me deje llevarla a casa.
—Suéltame —se zafó del agarre de Inuyasha y dio un tentativo paso hacia adelante—. Voy a quedarme aquí, es mi hotel, ¿cierto? Una de las habitaciones debe ser mía.
Sango se acercó a su amiga y la aferró de los hombros.
—¿Estás segura de que quieres quedarte sola?
—Me da igual.
Estaba decidido.
—Yo me quedaré con ella —le susurró Inuyasha a Sango después de instalar a Kagome en una de las habitaciones presidenciales—. Me preocupa dejarla sola en ese estado.
—Supongo que está bien —le entregó la llave de la habitación—. Tiene ropa en su oficina y aquí va a encontrar todo lo que necesita. Gracias, Inuyasha.
—No hay de qué.
—Aquí tienes también su móvil y el buscador, que no te sorprenda si alguien la llama a las cuatro de la mañana, siempre pasa —le dio los aparatos—. Si quieres puedo conseguirte la habitación contigua.
—No es necesario, no planeo dormir tampoco, ya es la costumbre —se pasó una mano por el rostro—. Además mi turno en el hospital comienza a las seis de la mañana, no falta mucho.
Sango se encogió de hombros.
—Si necesitas algo, me llamas al móvil de Miroku.
Se despidieron e Inuyasha entró en la habitación. Kagome estaba metida bajo las cobijas, durmiendo en ropa interior. Lastimosamente no habían conseguido los pijamas de cortesía que ofrecían a los inquilinos del hotel. Algo nervioso, se sentó en la butaca diagonal a la cama y la miró dormir durante largo rato. Debían haber pasado más de dos horas y sin darse cuenta él también se había quedado dormido, cuando escuchó el móvil de Kagome comenzar a sonar. Por acto reflejo contestó la llamada.
—¿Hola?
"¿Con quién hablo? ¿Puedes pasarme con Kagome?"
Acento italiano pero perfecto dominio del japonés. Ese tenía que ser Andrea —no se acordaba del apellido—, el tipo al que había visto en las noticias.
—Estás hablando con Inuyasha, el médico privado de Kagome. Ella está durmiendo en este momento. ¿Quieres dejarle algún mensaje?
"Dile que nos vemos mañana en su oficina."
La llamada se cortó.
Nos vemos en el siguiente...!
