Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece, los personajes son de la maravillosa Stephenie Mayer. Solo me divierto con ellos junto a mi imaginación. La trama es mía.

Summary: Nueve años han pasado desde la última vez que Isabella sintió la felicidad en primera persona. Desde ese momento, su vida gira en una absoluta oscuridad; siendo presa de las decisiones de los demás. ¿Podrá la reaparición de alguien importante brindarle la fuerza que necesita para que, por primera vez, luche por su felicidad?

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¿Qué es la felicidad?

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Capítulo Beteado por IsabellMcEwan (Betas FFRT)

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Capítulo 9: Pastel de chocolate

"Todo lo que el hombre siente profundamente o imagina claramente queda impreso en el subconsciente y se manifiesta en los menores detalles".

Florence Scovel

BPOV

Seguí mirando el incrédulo rostro de Bree. Ya habían pasado tres días desde que había dicho el «no», y ella aún seguía sin poder creérselo.

—En serio, esto me supera —rió fuertemente—. Hubiera dado cualquier cosa por ver el rostro de él. Fue muy inteligente por tu parte decírselo justo ahí.

—En realidad, fue idea de Tyler. —Bree abrió grandes los ojos—. Yo también me sorprendí por ello.

—¡Woah! Esto es genial —soltó una carcajada—. Al fin se comportó como un humano.

—No lo culpo, Bree. Tú sabes lo difícil que es Emmett y lo autoritario.

—Lo sé, y… aún no entiendo como haces para soportarlo por tanto tiempo; yo en tu lugar no podría dejar que me trate como a un objeto… y… —se tapó la boca con las manos—. Lo siento.

Negué con la cabeza e hice una mueca. ¿De qué tenía que disculparse? Todo lo que había dicho no era nada más que la verdad.

—No lo sientas, todo lo que dijiste es cierto. —Suspiré—. He tardado mucho en dar una negativa, ¿no?

—Nunca es tarde —Bree sonrió suavemente—. Eso tiene muy rico aroma, ¿Qué es?

Revolví distraídamente el recipiente de chocolate, esperando que su cocción esté a punto.

—Un pastel de chocolate, solo espero no haberle perdido la mano. Antes, eran mi especialidad. Mi hermano los ama.

—Con ese aroma, difícilmente alguien no llegue a amarlo. Se me hace agua en la boca, hasta juraría que puedo saborearlo —rodé los ojos.

Desde esta mañana, una idea rondaba mi cabeza y decidí ponerla en práctica. Hacía muchísimos años que no utilizaba la cocina, y ahora eso iba a cambiar. Estaba cocinando un delicioso —esperaba— pastel de chocolate, justo como le gustaba a mi hermano. No me había comportado muy bien con él y se lo llevaría como ofrenda de paz y disculpas por nuestra discusión.

—Solo espero que hagas más que un pastel, estoy segura que podría terminarme uno yo sola.

—No sabía que te gustaban tanto los pasteles —dije apagando la hornalla.

—¡Oh, sí! Son mi perdición. Además, estoy en épocas de exámenes y el azúcar en el cuerpo es muy bueno para estudiar con más energías.

—No sé si tu razonamiento sea muy lógico, pero siempre algo con azúcar hace levantar el ánimo —me encogí de hombros y coloqué la torta en la mesada, para comenzar a esparcir el chocolate en ella.

Meticulosamente decoré primero uno y luego el otro. Asentí satisfecha con el resultado, al menos tenía mejor pinta de lo que me esperaba y, por suerte, el bizcochuelo no se había bajado y estaba perfectamente esponjoso y húmedo.

—¿Qué te parece? —pregunté, señalando los pasteles.

—Que tendrías que ponerte una casa de postres, eso se ve jodidamente exquisito. —Juntó sus palmas y dio dos aplausos.

—Ojalá de gusto esté bien, ¿quieres comer ahora?

—Eso no se pregunta —volvió a reír y tuve muchísimas ganas de responder su risa, pero solo sentí una opresión en el pecho.

Aparté uno de los pasteles y lo envolví en una cajita, ese sería el que le llevaría a mi hermano. El otro, lo coloqué en una fuente y lo corté en ocho porciones. Puse a calentar el agua para el café y saqué tres tazas del mueble.

—¿Me esperas un momento?

—Por supuesto, mientras voy poniendo la mesa y vigilo los cafés —respondió Bree.

Asentí agradecida y me marché rumbo a mi destino. Al llegar, golpeé la puerta tres veces y esperé a que me abriera la puerta. Su figura enorme traspasó dicha puerta y sus ojos negros me miraban curiosos.

—¿Ocurre algo, señora? —preguntó sereno.

—Nada Tyler, no te preocupes. —Suspiré—. Solo venia a agradecerte, por lo que hiciste por mí, estoy segura que sin tus palabras estaríamos en New York.

—Ya le dije que no tiene que agradecerme nada.

—Si tengo qué —lo interrumpí—. Me has demostrado que no eres como él, que en realidad tú te preocupas por mí y sé que no vas a traicionarme. Con lo que hiciste, te has puesto la soga al cuello y no sabes todo lo que lo valoro.

—Ya le dije que en usted veo reflejada a mi hija, y jamás dejaría que alguien la hiciese sufrir. Jamás me lo perdonaría.

—No sabía que tenías una hija —hablé suavemente.

—La tengo —sonrió fugazmente—. Se llama Judith y tiene casi once años.

—Jamás la he visto.

—La veo una vez a la semana, no tengo una buena relación con la madre, pero por ella tratamos de ser civilizados.

—Me encantaría conocerla algún día. —Tyler asintió—. También quería agradecerte por dejarme salir anoche. —Dije luego de unos momentos en silencio.

Tyler me miró fijamente, hasta que suspiró y dijo—: Puede salir cuando quiera, al fin y al cabo ahora es mi jefe —guiñó un ojo.

Parpadeé sorprendida.

—¿Q-Qué? —pregunté tartamudeando.

—Si bien el señor me dijo que le avisara todo tipo de movimiento suyo, sé que podemos hacer alguna excepción.

—¿T-Tú crees? —volví a preguntar, perpleja.

—Claro, eso sí… no le sacaré la vista de encima por las dudas —su rostro se volvió serio—; pero, usted me avisa donde quiere ir e iremos.

Mi corazón comenzó a latir fuertemente, ¿podría salir a donde quisiese, luego de nueve años viviendo en una jaula?

—¿D-De v-verdad? —tartamudeé, aún no podía creer que estaba escuchando.

—Sí, señora. —Volvió a decir—. Al menos haremos este acuerdo, hasta que el señor vuelva. Nadie tiene que enterarse.

—Gracias —dije, sin ser capaz de pronunciar alguna otra palabra.

Tyler negó con la cabeza quitándole importancia.

—He hecho un pastel de chocolate… ¿quieres compartirlo con nosotras? —pregunté unos momentos después.

—Aceptaré una porción, pero lo comeré en mi habitación —su rostro se volvió serio e irguió la postura.

—De acuerdo, ya mismo te la alcanzo.

Antes de que me contradijera, me di la media vuelta y caminé hacia la cocina.

Tyler, trabajaba como mi guardaespaldas desde el mismo día que me casé. Siempre había guardado las apariencias y se mantuvo distante para conmigo. Era mi sombra, siempre había sido de ese modo. Pero, en esta última semana, algo lo había hecho cambiar. Me alegraba que eso haya sucedido, confiaba en él… ¿Quién no lo haría después de lo que hizo por mí?; me había abierto los ojos para que me diera cuenta y rechace, por primera vez, una decisión impuesta. Siquiera Tanya lo había logrado.

Quizás por fin, podría tener algunos días de libertad.

Al llegar a la cocina, yo misma preparé una bandeja con dos porciones de pastel y un café y se lo llevé a mi gorila numero uno; rodé los ojos al recordar ese apodo.

Anoche, el mundo volvió a conspirarse para que Edward y yo volviéramos a dar en el mismo lugar y a la misma hora. Verlo había sido una sorpresa, aún más sabiendo que el camino al hospital quedaba para otra dirección. Aunque rechazaba cualquier idea de que él hubiera venido expresamente hasta aquí. Habíamos vuelto a hablar y me seguía sorprendiendo que no me repugne y aún tenga ganas de charlar junto a mí. Sus ojos jamás me habían mentido y sé que ahora tampoco lo hacía… él no me odiaba, aunque debería hacerlo.

—Podría haberlo buscado yo, señora. Igualmente, muchas gracias.

Le entregué la bandeja a Tyler y murmuré—. No fue nada, ojalá te guste.

Volví hacia la cocina y compartimos un grato momento con Bree. Luego de unos minutos… o quizás horas, miré el reloj y marcaban las cinco de la tarde. En media hora tendría que salir hacia el parque y eso me tenia ansiosa… aunque también temía que Edward se diera cuenta de la equivocación que estaba haciendo al querer encontrarse conmigo.

—El reloj sigue en el mismo sitio —comentó Bree, limpiándose la boca con una servilleta.

—Lo sé, es solo que… —sacudí la cabeza—. Nada.

Bree rió y yo mordí otro pedazo de pastel. Era increíble la relación estrecha que había logrado hacer junto a ella. Era una de las pocas amigas que consideraba, aunque en el último tiempo, me animaría a decir que era la única que tenía.

Ambas nos sobresaltamos cuando escuchamos la puerta abrirse con furia. Mi corazón se aceleró, ¿habría vuelto…?

—¡Isabella! —gritó una voz femenina, y respiré profundamente.

Llevé mi vista a Bree y ella tenía una mueca de confusión y susto. Le hice señas con las manos y me levanté de mi silla para irme hacia la sala.

—Podrías ser un poco menos silenciosa —dije sarcásticamente llegando a la sala.

—Eres una estúpida —siseó entre dientes, matándome con la mirada. — ¿Cómo puedes ser tan idiota para declinar el viaje a New York?

—Ah, eso —dije indiferentemente. Hoy me sentía con más fuerza que a comparación de otras muchas discusiones que tuve con Renée.

—¿Te das una idea de lo importante que era para tu carrera? ¿Del orgullo y felicidad que le hubieras dado a tu padre por ser partícipe en este caso importante?

—Ya le había dicho a Char… —me corregí—A… papá, que aún no estaba preparada para ocuparme de esto.

—¿Cuándo reaccionarás? —Renée estaba cabreada, demasiado cabreada—. ¿Sabes que Rosalie Hale viajó en tu lugar?

Ah, eso era nuevo.

—No lo sabía —dije, sinceramente.

—Ahora ella triunfará en esto y siquiera es una Swan o McCarty. —Paseó por toda la sala diciendo una sarta de maldiciones—. No entiendo qué es lo que te sucede, ¿Por qué dijiste que no?

—Ya te lo dije, no me sentía preparada y no le vi sentido ir al otro lado del país para estar encerrada todo el día, siendo que eso lo puedo hacer aquí. —Contesté tranquilamente, sabía que eso la haría enojar más.

—No te pases de lista, Isabella. —Contestó, mordaz—. ¿Entiendes que Rosalie se llevará todo el crédito?

—No me interesa —me crucé de brazos.

Renée dio dos grandes zancadas y estuvo frente de mí en un abrir y cerrar los ojos; me tomó fuertemente del brazo causándome dolor.

—Luego de todo lo que hicimos por ti, ¿así nos pagas? —Intenté apartar mi brazo de sus garras, pero fue inútil—. Lo único que tienes que hacer es viajar junto a tu esposo y padre y hacerte cargo de ese senador o lo que sea. ¿Eres tan idiota para no darte cuenta?

—Suéltame, me estás lastimando—. Dije entre dientes. Renée volvió a mirarme con odio pero, finalmente, hizo lo que le pedí—. Si Rosalie fue dondequiera que haya ido, me tiene sin cuidado. Ella es abogada y ésta era una buena oportunidad para ella, después de todo es empleada de Charlie, ¿no? —lo dije en un tono de voz suave, no quería armar una riña con Renée, o… hacer este «intercambio de opiniones», peor.

—No puedo entenderte —volvió a repetir mi madre con voz cansina—. Hemos pagado tus estudios en una de las mejores universidades del país, te has graduado primera en tu clase, lo que quiere decir que tienes un gran talento. Llevas sangre Swan corriendo en tus venas, lo que hace que tu potencial sea aún más alto, ¿Por qué, entonces, dices que no te sientes preparada?

¡Porque jamás me gustaron las leyes, carajo!

—Lo siento, no estoy preparada para ello. —Contesté, reprimiendo mis pensamientos.

—¿Lo sientes? —Rió sin humor—. ¿Es que, acaso, tienes algún poder sobrenatural o algo? Mírate Isabella, tienes todas las de ganar, así no fue como te criamos.

Mordí la uña de mi dedo pulgar, manteniendo mi boca cerrada. No quería decir cosas, que estaba segura que después se vendrían en mi contra. Con Renée era mejor mantener mi lengua quieta que comenzar a discutirle, su boca era tan dañina, que con solo dos palabras lograría dejarme fuera de combate.

—Viendo que no recapacitarás, me largo. —Su voz seguía fría—. ¿Dónde está el bueno para nada de tu guardaespaldas?

Como por arte de magia Tyler apareció en la sala. Su rostro estaba completamente inexpresivo, aunque sus ojos se mostraban algo duros con Renée.

—¡Ah, aquí estas! —Fueron las palabras de mi madre—. Mas te vale que seas la sombra de mi hija, mucho más ahora que el único cerebro de la casa está fuera. Las salidas serán completamente vigiladas… del hospital a la casa, a no ser que te llame y arregle algún que otro evento con las mujeres del club, ¿entendido?

—Por supuesto, señora. —Respondió solemne el aludido.

Bien, confío en que todo será como ordené.

Se dio la media vuelta y su elegante figura desapareció por la puerta. Solo cuando ésta se cerró, fue capaz de suspirar y jalar mis cabellos por pura frustración.

—¿Estás bien? —sentí una de las manos de Bree acariciarme el brazo.

Salí de mi aturdimiento y respondí:

—Sí, solo que odio que sea así. Supongo que debería estar acostumbrada, pero veo que no es así. —Me encogí de hombros y Bree me miró con compasión—. Tyler iré al parque, luego me gustaría ir a casa de mi hermano.

—Cuando quiera, señora. —Asintió una vez, y desapareció hasta su habitación.

—He terminado de envolver el pastel para tu hermano, me alegra que lo vayas a visitar. —Bree me sonrió y quise devolverle la sonrisa, pero no fui capaz.

—Gracias, iré a recoger mi chaqueta.

Entré a mi cuarto y me senté en uno de los extremos de la cama. Me sentía sin ganas de nada, como si Renée se hubiera llevado las energías renovadas que tenía, al recordar lo miserable que era mí vida. Me habría gustado decirle un montón de verdades en su cara, pero como era una cobarde no dije ni pío, mantuve la postura de sumisa frente a ella. Odiaba tener que ser y comportarme de esa manera, pero toda una vida viviendo junto a ella, me hacían prisionera a esa forma de reacción, si es que se le podía llamar así.

Traté de despejar mi cabeza mirando el reloj y marcaba más de las cinco y media de la tarde. Llevé mi vista hacia el respaldo de una silla de la habitación y me levanté. Desenganché la prenda de dicha silla y la abracé a mi cuerpo; era increíble que luego de nueve años su aroma siguiera intacto. Lo llevé hacia mi nariz, y me permití disfrutar de su perfume una vez más.

Una vez que me hube recompuesto, me coloqué mi chaqueta y agarré la otra prenda en mis manos. Si Edward no se arrepentía de nuestro encuentro se la devolvería. Cuando salí de la habitación, Bree me esperaba con el pastel en sus manos y Tyler en la puerta.

Bajamos por el ascensor en pleno silencio.

Sentir la brisa del viento abrazar mi cuerpo era inexplicable, sabía que era algo muy normal y cotidiano para las personas, pero no para mí. Había vivido encerrada en esas cuatro paredes por mucho tiempo, solo me podía trasladar al hospital los días de terapia y a donde mis padres o esposo disponían de mi compañía. Claro que nadie sabía de mis salidas ilegales —o eso quería creer—.

Mi pulso comenzó a acelerarse cuando vi su cuerpo sentado en la misma banca que utilizamos anoche. Aún tenía su traje de médico, aunque solo se distinguían los pantalones, ya que arriba de éste tenía un suéter negro. Volteé mi vista a Tyler y él solo se encogió de hombros, hice unas señas que ni yo entendí y me encaminé hacia él.

—Lamento la tardanza —dije, en un murmullo.

Edward levantó su cabeza, sobresaltado por mi presencia, y recién caí en cuenta que antes llevaba los ojos cerrados.

Quise sonreír por la situación, pues ayer había sido yo la sobresaltada por su inesperada aparición, pero otra vez fallé completamente. Supongo que luego de tanto tiempo sin sonreír, sería una tarea difícil lograr hacerlo otra vez.

—No llegué hace mucho —respondió, esbozando una pequeña sonrisa. Su vista se fijó en mis manos y actué rápidamente.

—Ten —le entregué la campera que me había prestado anoche—. Muchas gracias.

—No fue nada —tomó el abrigo en sus manos y en ese momentos nuestros dedos se rozaron y la sensación de calidez estuvo allí—. Hola, Bella.

—Hola, Edward —respondí, sentándome a su lado.

Sus labios se curvaron en una sonrisa, aunque intentó ocultarla. Enarqué una ceja confundida por su reacción.

—¿Qué? —pregunté, al ver que no paraba de sonreír mirándome divertido.

—Oh, no… nada —volvió a reír y bufé—. Solo que no me corregiste porque te llamé Bella.

—Igualmente lo seguirás haciendo, así que da lo mismo… Anthony. —Me encogí de hombros y él largó una fuerte carcajada.

Me quedé embobada mirándolo, sus ojos estaban chinitos por la risa y con arrugas a los costados. Tenía la risa más hermosa que jamás hubiera escuchado, una sensación cálida se instaló en mi pecho, pero sacudí la cabeza.

Yo no era buena para nadie, y mucho menos para él.

—Ya no me molesta que me llames Anthony —dijo una vez que sus risas cesaron.

—¿No? —pregunté, jugando con el moño del paquete donde estaba el pastel.

Nah, supongo que superé que mi madre me llame así cuando hacía algún lío o algo parecido. —Volvió a reír y luego olfateó con su nariz, a lo estilo perro y dijo—: Eso huele jodidamente estupendo, ¿es lo que creo que es?

Fruncí el ceño—. ¿Qué crees que es?

—Si mi olfato no me falla, eso es uno de tus deliciosos pasteles y huelo chocolate, lo que lo hace aún mejor… —sonrió de lado.

—¿Cómo lo haces?

¿Tenía algún poder mágico o algo así? Era imposible oler el pastel desde donde él estaba.

—Bueno… en realidad no tenía ni idea de lo que traes ahí —señaló el paquete—, pero…, esto ayudó. —Elevó su mano hasta mi mejilla y abrí los ojos pasmada por su acción; suavemente acarició mi mejilla con su pulgar y lo retiró de mi rostro—. Tiene buena pinta —sonrió y se llevó su pulgar a su boca y lo chupó.

Negué con la cabeza y refregué mi mejilla para visualizar si aún quedaba algún resto de chocolate en ella. Si, había salido a la calle con chocolate en mi rostro, muy estético, ¿no?

—Ahora creo que me merezco un poco de eso —dijo, Edward.

—No voy a negártelo —respondí, sintiéndome un poco cohibida por su gesto dulce y cariñoso conmigo.

Ambos nos quedamos en silencio, por lo tanto pregunté:

—¿Cómo fue tu día?

Edward suspiró—. Algo agotador, con la llegada del otoño los niños muestran muchos cuadros de resfríos y gripes, lo que hace que esté tapado de trabajo. Pero amo lo que hago y me siento bien ayudándolos.

—Estoy segura que eres un excelente doctor —corrí el cabello que me tapaba el rostro.

—¿Qué hay de ti? —preguntó—. ¿Has estudiado o…?

—Soy abogada —contesté, evaluando su expresión contrariada.

—¿Abogada? Creía que odiabas ese mundo.

Y así era…, pero ¿Qué más da?

Solo me encogí de hombros en respuesta.

—¿Dónde estudiaste?

—En Harvard —respondí.

—¡Woha! Felicitaciones.

—No es nada del otro mundo, todos lo pintan como algo majestuoso pero yo no creo que sea así.

—Lo que sí sé, es que eres muy inteligente. No cualquiera obtiene un título universitario y aún más, si se gradúa en esa universidad tan exigente e importante.

—No hice nada más que estudiar, no lo veo como algo fenomenal el haberme recibido en Harvard como en cualquier otra universidad, la verdad es que no me siento orgullosa de eso.

—¿Por qué lo dices?

—Porque es la verdad, realmente me gustaría amar mi profesión tanto como tú amas la tuya—Abrí grandes mis ojos y me di cuenta que estaba hablando demás—. No me hagas caso, no te he dicho nada.

—¿Te recibiste de abogada, pero no te gusta?

—De verdad, Edward. No he dicho nada.

—Si lo dijiste —respondió, sus ojos verdes me miraban intensamente, como si me estuviera leyendo a través de mis ojos—. En realidad, tú nunca quisiste estudiar eso. ¿Te lo impuso tu padre?

—No quiero hablar de eso —miré hacia abajo.

Sentí dos de sus dedos sujetar mi barbilla para poder alzar mi rostro, cuando nuestras miradas se cruzaron pensé que la mirada de compasión o pena estaría allí, pero fue todo lo contrario. Sus ojos demostraban entendimiento, como si supiera exactamente lo que pasaba por mi cabeza en esos momentos.

—No tienes que avergonzarte de nada, ¿entiendes? —Acarició levemente mi barbilla—. Y, si te graduaste de ello, demuestra la valentía e inteligencia que tienes. Es un doble mérito, ya que tú no elegiste eso. Tendrías que sentirte orgullosa contigo misma.

Suspiré y alejé mi rostro de su cálido tacto.

—Eso ahora ya no tiene importancia. Sucedieron muchas cosas en este tiempo y, te aseguro, que ésta no es la más grave.

Intenté que mi voz sonara pausada, sin ningún tipo de sentimiento, pero fallé. El enojo y la frustración quedaron al descubierto.

—Tienes razón —respondió Edward—. ¿Puedo preguntarte algo?

—¿No lo haces ya? —devolví la pregunta; él sonrió.

—Supongo… ¿podemos comer el pastel? De verdad, muero por probarlo.

¡Oh, sí! Jamás olvidaría los comentarios graciosos y que cambian de tema completamente de Edward Cullen, ese era su estilo.

—Sí, podemos. Pero estoy segura que te gustará compartirlo con mi hermano, ¿Qué dices?

—¿Vendrá?

—En realidad, iré yo… aunque claro, las cosas serían más fáciles si, al menos, supiera en donde está su casa. —Tiré mi cabello hacia atrás.

—¿No sabes donde vive tu hermano?

Era lógico que se sorprendiera, llevaba viviendo unos tres años en Seattle y no sabía donde vivía mi hermano. ¡Soy la mejor hermana del mundo! —Nótese el sarcasmo—.

—Tsk, tks —chasqueé la lengua.

—Bueno… está de suerte, bella dama. Si quieres, puedo llevarte.

—¿De verdad? —pregunté.

Rodó los ojos—. Claro, estoy seguro que Jasper se alegrará muchísimo. ¿Vamos?

Asentí y nos paramos. Sentí la presencia de Tyler antes siquiera hubiéramos llegado al otro lado del parque. Edward murmuró un: «por supuesto, el gorila uno nunca falta», y forzó una sonrisa.

—Iremos a casa de Jasper, Tyler. Edward me llevará. —Avisé y traté de que no quedara lugar a réplica.

—Entendido. Los seguiré detrás. —Respondió mi guardaespaldas.

—No es necesario —intervino Edward—. De verdad gori… —Sacudió la cabeza, dándose cuenta que usaría el sobrenombre que él mismo había creado—. ¿Tyler?

Cubrí mi boca para que no se viera la mueca divertida que de seguro tendría en mi rostro.

—Si Tyler, señor. —Volvió a responder, el gorila uno.

—Soy Edward, nada de señor por favor —hizo una mueca de espanto—. Te decía, no hace falta que nos sigas o cualquiera de esas cosas, estaremos bien y jamás dejaría que nada le suceda.

Mi pecho se infló de una sensación extraña con las palabras de Edward, pero las reprimí. No me podía dejar llevar, ya lo había dañado lo suficiente.

—¿Está segura, señora? —Tyler ahora me miró a mí.

—Claro… —respondí—. No sucederá nada, además no tardaré mucho. —Muy bien, como desee. Iré al departamento, cualquier cosa… solo avíseme.

Asentí y Tyler caminó por sendero hasta el edificio. Lo que me hacía entender que, éste era el primer día que saldría por mi cuenta, al lugar donde yo deseaba y con la compañía que escogí. Esto era algo nuevo… pero sentía que era muy bueno también.

—¿También te acompaña cuando vas al baño? —Preguntó Edward, viendo como Tyler entraba al edificio—. Eso sería repugnante.

—¡Por Dios! —mi pecho tembló—. ¿Cómo se te ocurre que me acompañe al baño?

—Está hasta en la sopa… no es muy ridículo que te pregunte eso.

Mis labios se estiraron y mis ojos se achicaron—. Solo me controla, pero cuando estoy fuera, nada de baños o algo parecido. Al menos, esa privacidad, todavía es mía.

Quedé confundida mirando a Edward, él me miraba de una manera tan… intensa. Sus ojos verdes, parecían aún más claros por el reflejo del sol y sus labios, estaban curvados en esa sonrisa torcida que tantas veces me había dedicado antes, y ahora lo volvía a hacer.

—No tendrías que privar al mundo de eso —dijo, luego de unos instantes.

—No te entiendo. —Comenté, confundida.

—Tu sonrisa, es la más hermosa que he visto. —Pasó delante de mí y señaló hacia la calle—. Allí está el coche, ¿vamos?

Asentí confundida, más que confundida en realidad. Le seguí los pasos, pero no podía creer lo que me había dicho. ¿Había sonreído sin darme cuenta?

Sacudí mi cabeza, tratando de despejar el lío que tenía en ella y concentrarme en recordar cómo se caminaba y como sujetar el paquete en mis manos.

Edward caminó hacia un coche, de color rojo. El auto era lindo, aunque no iba para nada con la personalidad de Edward y mucho menos con su tamaño, ¿Cómo entraba allí?

—El auto es de Jane, pero desde que estoy aquí prácticamente me adueñé de él —abrió la puerta del copiloto, estirándola con fuerza y me indicó para que subiera.

Había muchas cosas que no cambiaban, como su caballerosidad, que se mantenía intacta

—Es algo anticuado pero funciona, que es lo importante. —Agregó y creí haber distinguido tristeza en su tono de voz.

—Es lindo —Edward se encogió de hombros y cerró mi puerta una vez que estuve totalmente dentro del coche.

Rodeó el auto por detrás y, finalmente, se subió al lado del conductor. Quiso prender el estéreo, pero éste no respondía.

—Hoy en la mañana andaba —se dijo murmurando las palabras. Intentó hacerlo funcionar presionando todos los botones, pero jamás anduvo—. No sé qué le pasa.

—No te preocupes, no necesitamos música —intenté convencerlo.

Me miró algo cabizbajo, pero no respondió nada, solo se limitó a poner en marcha el coche para poder partir rumbo a casa de Jasper.

En todo el camino, me sentí como una niña en libertad que por primera vez estaba conociendo la cuidad. Si bien desde que me mudé aquí, había salido a distintos compromisos sociales, hacerlo por mí misma, no tenía comparación alguna.

—Esto no se parece en nada a Forks —dije, sintiendo como mi cabello se desparramaba por el viento que chocaba en mi rostro, debido a la velocidad del auto.

—Para nada, es como… no sé, completamente gigante en comparación con nuestro amado pueblo. —Dijo, frenando en un semáforo. —No sales seguido, ¿no?

—¿Qué entiendes por seguido? —suspiré, recostando mi cabeza en el respaldo del asiento.

Edward me miró, sabía que trataba de descifrar qué era lo que pasaba por mi mente en este momento, pero el ruido de una bocina detrás de nosotros hizo que apartara su mirada de la mía, para colocarla en la carretera.

—¿Estaría mal si conocemos la cuidad juntos? —preguntó, luego de unos minutos en un cómodo silencio.

—¿Cómo? —devolví la pregunta, sintiendo mi pulso acelerarse. Todavía quería pasar tiempo conmigo.

—En vez de encontrarnos en el parque, podemos recorrer la cuidad. Yo soy nuevo aquí, y parece que tú tampoco conoces muchos lugares. ¿Qué dices? —volteó para mirarme, una vez que detuvo el coche.

¿Por qué hacía todo esto? ¿Por qué en vez de separarse de mí quería pasar más tiempo, juntos? Me quedé un momento estudiando sus facciones, se veía realmente esperanzado. Elevé las comisuras de mis labios y, supe que por fin, había logrado hacer una pequeña sonrisa, ya que él contestó con otra brillante.

—Creo que es buena idea, pero no quiero que descuides a tu familia y amigos por mí. —Lo que menos quería era separarlo de su familia.

—Vivo junto a ellos, Bella. No les importará que pasee por Seattle. —Suspiró y cerró los ojos un momento, reclinándose en el respaldo del asiento.

Lo miré unos instantes, aún me resultaba muy extraño tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos. Aunque me doliera reconocerlo, sabía que no era nada bueno para él volver a encontrarse conmigo. Al fin y al cabo, yo era una persona a la cual era preferible perder que encontrar; pero, el egoísmo predominaba en mí, porque yo sabía que lo lastimaría, sin embargo, aquí estaba, sentada al lado suyo, contemplándolo como si fuera a desaparecer y lo que era aún peor, aceptándolo para vernos cada vez más seguido.

—Éste es el edificio de Jasper —señaló una de las torres—. ¿Vamos?

Asentí y giré mi cuerpo para abrir la puerta del coche, pero su mano no lo permitió. Volví a sentir su cálido tacto junto al mío y mi respiración se aceleró. Miré a sus ojos y negó divertido, antes que me diera cuenta se desabrochó el cinturón y salió del auto, dejando una sensación de hormigueo en mi piel; cuando reaccioné, ya estaba esperando por mí con mi puerta abierta, ofreciéndome su mano para ayudarme a bajar del coche.

Moví la cabeza a ambos lados, pero acepté gustosa tomar su mano.

—Hay cosas que no cambian —murmuré una vez que estuve fuera del vehículo, aún con mi mano sujeta junto a la suya.

—Por más que lo intenté y lo intento, no cambiarán. —Respondió manteniendo su vista fija en la mía, para luego llevarla a nuestras manos unidas.

Despacio, quité mi mano entre las suyas, extrañando su tacto instantáneamente. Suspiré pesadamente y Edward sacudió su cabeza, indicando con ésta para que comenzáramos a andar hacia el departamento. Tomé el paquete del pastel y él aseguró el coche.

Llamó por el portero eléctrico y atendió Alice, quien luego de unos minutos bajó, saludó a Edward y se quedó en una pieza en cuanto me vio allí.

—¿I-Isabella? —tartamudeó, sin poder quitar la expresión sorprendida de su rostro.

—Hola, Alice —la saludé con un beso en la mejilla—. Espero que no te incomodemos con nuestra visita inesperada.

—¡Por supuesto que no! —exclamó rápidamente—. Jasper se pondrá feliz. Vamos, vamos, pasen, por favor.

Asentimos y seguimos de cerca a mi cuñada. Al subir al elevador nos mantuvimos en silencio, en más de una ocasión la mirada de Alice me ponía algo incómoda, me miraba como si fuera a desaparecer. Entendía su reacción… digo, jamás los había venido a visitar, era lógico que no fuera algo creíble para ella. Edward se mantuvo con su rostro sereno, pero con el ceño fruncido… como si pensara seriamente en algo, aunque claro, desconocía de qué se trataba.

—Quiero darle una sorpresa a Jasper, ¿puedes aguardar un momento detrás de Edward, Isabella? —preguntó Alice, cuando estuvimos frente a la puerta del departamento.

—Claro —contesté, sosteniendo firmemente mi ofrenda de paz comestible para mi hermano.

La esposa de mi único hermano abrió la puerta y exclamó que tenían visitas, sin ocultar su euforia.

—Estoy pensando seriamente que esta mujer lleva baterías —dijo Edward en un murmullo.

—Siempre tuvo una energía imparable —contesté, recordando que en cada oportunidad que la veía, se veía contenta, alegre y llena de vitalidad y energía, además de una hermosa sonrisa en su rostro.

—Entremos —dijo Edward manteniéndome oculta detrás de su cuerpo.

Traspasamos la puerta, y supuse que delante nuestro estarían Alice y Jasper esperando, pues había escuchado la voz de mi cuñada, seguida por unos pasos.

—¡Edward! —exclamó la voz de mi hermano.

—Hola Jasper, ¿Cómo va? —preguntó Edward, aunque no se acercó a saludarlo, ya que se mantenía pegado a mí para que Jasper todavía no me viera.

—¿Qué escondes detrás de ti? —preguntó mi hermano confundido.

Decidí que era momento para que me viera. Lentamente di un paso al costado y quedé visible para él. Jasper me vio y su boca formó una perfecta «O» y sus ojos se abrieron de la sorpresa.

—¿No me vas a saludar? —pregunté en un murmullo. Claramente vi la intensión de Jasper de estrecharme a su cuerpo y, parece que Edward también lo vio, así que quitó el paquete que llevaba en mis manos y lo sostuvo él, en ese momento ya me vi girando en los brazos de Jasper.

—No te has ido. Estás aquí —me dijo Jasper, cesando sus vueltas. Me apoyó en mis pies y me miró con una hermosa sonrisa en su boca, sus ojos estaban aguados.

—No, no me fui. Aquí estoy, lamento la tardanza. —Dije y sentí que mi voz se quebraría en poco tiempo.

—No me importa nada, solo que tú estás aquí… conmigo. Te quiero tanto bonita —me estrujó fuerte a su cuerpo y yo apreté mis brazos en torno a él.

—Yo también te quiero, Jazz. Lamento todo el mal momento que hice te hice pasar. —Escondí mi cabeza en su pecho, inhalando su perfume tan peculiar.

Amaba a mi hermano por sobre todas las cosas y me sentía en deuda con él. Me había ido uno seis largos años de su lado, sin quisiera avisarle donde me encontraba, sin una llamada telefónica, sin alguna señal… era como si la tierra me hubiese tragado. Había sido egoísta con él también, pues yo era la única familia que tenía, mis padres lo habían desterrado de los Swan hacía tiempo.

Pero ahora, aquí estaba… diciéndole con el fuerte abrazo que me tenía a su lado, que no lo había vuelto a abandonar y que no me permitiría volver a hacerlo.

El robot Isabella también podía reprogramarse.

—Basta de emociones, por favor —dijo Jasper secándose las lágrimas de sus ojos con el reverso de su muñeca.

—Traje algo que de seguro te encantará —le dije y miré hacia atrás buscando a Edward o Alice, pero no estaban ninguno de los dos. Se habían ido para darnos espacio.

—Estarán en el living, ven —enganché mi brazo al de Jasper y caminamos hacia el living.

El departamento era como siempre me lo imaginé. Era muy acogedor, pero con todo el estilo de Jasper. Me entristecía que no lo haya conocido antes, pero ahora ¿Qué más da?, lo importante era que ya estaba aquí y no sería por única vez.

Al llegar al pequeño living, estaban Alice y Edward charlando animadamente. Sentí una punzada de envidia al ver a Alice reír tanto… yo también quería ser capaz de reír de aquella forma. Sacudí la cabeza y ahuyenté esos pensamientos.

—¿Ya podemos? —preguntó Edward con ojos brillantes.

Negué con la cabeza divertida… pero asentí. Sentí las miradas de Jasper y mi cuñada clavada en nosotros.

—Podríamos preparar un poco de café para acompañarlo —dije. Alice asintió rápidamente y caminó hasta la cocina, supuse.

—¿Por qué tanto misterio? —preguntó Jasper.

—Mira esta obra de arte, amigo —Edward dejó el paquete arriba de la mesa y yo me acerqué para dejar al descubierto mi ofrenda de paz comestible.

Jasper silbó por lo bajo y una enorme sonrisa se extendió en su rostro.

—¡Dios! ¡Como amo tus pasteles! —exclamó, robando un poco de chocolate con su dedo índice. Sin darme cuenta le di una palmada en su mano como regaño—. ¿Cómo en los viejos tiempos?

Me encogí de hombros, y volví a dar una palmada…, pero esta vez a la mano de Edward. Él también quiso robar chocolate.

—Las manos en los bolsillos, caballeros. —Avisé, mirando solamente a Edward. Éste me sonrió abiertamente y chupó su dedo índice.

—Como en los viejos tiempos. —Contestó la pregunta de Jasper y se dejó caer en un sofá, esperando pacientemente que Alice llegara con los cafés.

Una vez que las bebidas humeantes llegaron, Jasper y Edward prácticamente se tiraron encima del pastel para tomar su porción. Miré a Alice y ella solo rodó los ojos.

—Parecen unos niños, es más siquiera los chicos actúan así —sonrió y yo asentí.

—¿Qué quieresh que haga?, eshto eshtá jodidamente delishioso —dijo mi hermano o intentó decirlo con su boca llena.

Edward no estaba mejor, su rostro estaba lleno de chocolate y además tenía una mueca de placer cada vez que se llevaba un trozo nuevo a su boca.

Antes, siempre que cocinaba un pastel, ellos actuaban igual o quizás peor. Si el pastel llegaba a la mesa, una vez que estuvo recién salido del horno, era todo un logro; siempre fui asaltada antes de llegar a alguna superficie plana.

Así pasamos el rato, disfrutando los cuatro de una entretenida charla un ambiente tranquilo. No entiendo como fui capaz de perderme todo esto, pero eso no iba a pasar más. Nadie me prohibiría visitar a mi hermano.

—Pero, ¿Por qué nadie dijo nada?

—¿Qué querías que dijeran? Supuestamente, yo estaba en otro lado —explicó Jasper.

—¿Estuviste encerrado unas tres horas? —pregunté.

—En realidad fueron menos, pero sí. Imagínate la situación, bonita; yo encerrado en la oficina del decano de la facultad, con los exámenes corregidos en su escritorio y la planilla de calificaciones al alcance de mi mano… ¿Quién iba a creer que yo no había visto nada?

—Igualmente fue estúpido lo que hiciste, amor —Alice se acurrucó a su lado—. Tendrías que haber dejado que otro lo haga.

—Supongo que sí. —Besó el tope de su cabeza—. Simplificando las cosas, nunca dejen que los estudiantes de últimos grados te indiquen qué camino tomar, estoy seguro que lo hicieron a propósito.

Edward rió a carcajadas imaginando la situación de Jasper en su cabeza. Mi hermano había sido el blanco de unos divertidos estudiantes de último año, lo habían guiado hacia —supuestamente—, una de las oficinas para arreglar el horario, que luego resultó ser la oficina del decano con miles de exámenes corregidos y las planillas de calificaciones de mitad de alumnos del establecimiento. ¿Qué otra cosa le quedaba por hacer?, se refugió debajo de un armario y esperó, horas y horas pacientemente, a que la facultad esté relativamente desierta para que nadie lo vea y lo acusara.

—Se aprovecharon que yo era un pobre tipo de un pueblo extremadamente pequeño y no tenía idea de cómo se manejaba una Universidad. —Puso los ojos en blanco.

—Estábamos perdidos en la jungla —agregó Edward. Giré un poco mi cabeza para mirarlo —lo tenía a mi lado—, y sin pensarlo, tomé mi servilleta y limpié la comisura de sus labios con ésta—. Gracias —dijo cuando quité rápidamente mis manos de su rostro, brindándome una sonrisa brillante.

Miré hacia abajo, manteniendo mi mirada fija en mi regazo. Sentí la mano de Edward tomar la mía y cuando lo miré, el solo se encogió de hombros y volvió a sonreírme. Yo intenté devolverle la sonrisa, pero no sé si lo logré; no aparté mi mano de allí, se sentía verdaderamente bien.

—La semana que viene festejaré mi cumpleaños —dijo mi hermano, manteniendo su vista fija en mis manos unidas con las de Edward—. Por supuesto que están más que invitados.

—Nos tienes adentro, ¿verdad Bella? —preguntó Edward y asentí. Jasper sonrió abiertamente dejando ver casi todos sus dientes.

Nos entretuvimos hablando un poco más hasta que comenzaba a oscurecer. Nos despedimos de mi hermano y cuñada y Edward nos llevó hasta el coche. El viaje estuvo tranquilo, me sentía muy bien conmigo misma y eso me gustaba, hacía muchísimo tiempo que no me sentía de esta forma.

Antes de lo que imaginaba, ya estaba frente a mi edificio.

—Llegamos —dijo Edward, apagando el motor del auto.

—Gracias Edward, por todo. —Él negó con la cabeza quitándole importancia y salió del coche. Esta vez, yo lo esperé a que abriera mi puerta.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó, una vez que estuve fuera del auto y parada frente a él.

—Claro, comenzando con el city tour, ¿no?

—Por supuesto —sonrió—. Gracias por el delicioso pastel.

—No fue nada —me encogí de hombros.

—Que descanses —se acercó hasta mí y dejó un delicado beso en la piel de mi mejilla.

—Igual tú —logré pronunciar una vez que salí de mi transe.

Edward soltó unas risitas y se volvió a subir al coche. Levantó la palma saludándome y yo le correspondí haciendo lo mismo, hasta que desapareció por la carretera.

—¿Subimos, señora? —preguntó la voz de Tyler.

¿En qué momento había llegado?

Solo asentí en respuesta y entré al edificio, encarando para la zona de elevadores.

Hoy había sido un día completamente fuera de lo común, pero me gustaba esto. Me gustaba sentirme libre aunque sea unos pocos días. Por eso, llegué a la conclusión que aprovecharía cada uno como si fuera el último.

Como dije antes, el robot Isabella también podía reprogramarse.

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¡Holaa! ¡Nuevo capítulo por aquí! ¿Qué les pareció? ¿Les gustó?

Al parecer la "Señora Strong" (Si, Iza estoy usando tu sobrenombre jajajajaa), empieza a cambiar de a poco cobrando actitud y planteando sus deseos por encima de todo lo demás. ¿Tendrá que ver la llegada de Edward en todo esto o es solo que la ausencia de Emmett se hace notar?

Miles y millones de gracias por todo el apoyo chicas, sus alertas, favoritos y review's son el alimento a mi imaginación.

Gracias a Amelia, mi linda beta, que corrigió este capítulo rapidísimoo :D

Sin más me despido y, como lo dije en otras oportunidades, en mi perfil podrán encontrar los links de mi Facebook y el grupo dedicado a mis historias, pueden enviarme la solicitud que con gusto los agregaré.

¡Hasta la próxima actualización, la cual trataré de que sea en el fin de semana, y muy buena semana para todos! (:

Abrazos de oso.

Alie ~

Gracias en especial a:

chiquitza, janalez, DANIELADRIAN, Gretchen CullenMasen, isaaa95, KarenMasenCullen, Gigi Cullen, robsten-pattison, lunatico0030, Ayin, los lectores silenciosos y, por supuesto, a las chicas del Facebook.