Capítulo 9
La estrecha relación entre Sakura y Sasuke continuó. De hecho, se volvieron inseparables. De pronto era como si los dos hubieran encontrado al amigo de su vida. Pero mientras Sasuke disfrutaba de aquella amistad, Sakura sufría en silencio. Ver cómo el hombre que tanto le gustaba le contaba confidencias acerca de otras le revolvía el estómago. Pero Sakura, sin dejar entrever sus sentimientos, lo escuchaba. Incluso en más de una ocasión le aconsejó sobre adónde llevar a su nueva conquista o le hizo la reserva para la cena por Internet.
Aquel nivel de confianza a Hinata la escamaba y mucho. Eso no era bueno para Sakura. Intentó hablar con ella para hacer que razonara, pero la otra se negó en redondo. Quería disfrutar de su compañía fuera como fuese y ante eso no quiso ceder.
Su embarazo continuó viento en popa, pero a diferencia de lo que había creído en un principio dejó de engordar. Comía como una lima, pero los nervios y los vómitos impedían que cogiera peso. En marzo Sakura recibió una encantadora invitación de cumpleaños. Obito, el hermano de Sasuke, cumplía veintiséis años y quería invitarla a su fiesta. En un principio, pensó en no ir. Estaba claro que su presencia incomodaría a la madre de Sasuke, pero ante la insistencia de éste y del propio cumpleañero, que la llamó por teléfono, aceptó. ¿Por qué no?
Ataviada con unos vaqueros, un abrigo de cuero largo, un gorro de lana y especialmente las Mustang, esperaba en el portal a que llegara Sasuke en su coche cuando apareció su vecina Chiyo.
—¡Hola, Sakurita! ¿Adónde vas tan guapa?
—De cumpleaños. —Y al ver las bolsas que la otra llevaba, dijo con rapidez—: Pero vamos a ver, Chiyo, ¿cuántas veces tengo que decirte que no vengas tan cargada de la compra?
—Lo que traigo casi no pesa. ¡No me seas exagerada!
—¿Que no pesa y tienes los dedos morados?
La mujer se miró las manos, intentando aguantar el dolor.
—Vale..., lo reconozco, ¡pesa! Pero es que necesitaba traerlo todo. Hoy quiero hacer pisto para comer y...
—Chiyo, te he dicho mil veces que puedes hacer la compra en el súper y luego ellos te la traen a casa. ¿Por qué no me haces caso? —protestó Sakura.
—¡Ay, qué carita más bonitiña que tienes, lucero! Pero es que me cobran cuatro euros. ¡Ochocientas pesetas de las de antes! Y no..., no. Mi pensión no me permite esos lujos.
—Les tengo dicho a Luis y Patricia que lo pongan en mi cuenta —se lamentó la joven, molesta.
—Manda truco lo que hay que oír. De eso nada de nada —contestó la gallega—. ¿Por qué te van a cobrar a ti lo que yo no quiero pagar?
—Porque a mi cuatro o veinte euros mensuales no me suponen nada y...
—¡Que no, que no y que no!
—Mira que eres cabezona —sonrió Sakura—. Pero ¿no ves que este peso no es bueno para tu columna? —La mujer, sabedora de que la joven llevaba razón, asintió, y Sakura le exigió—: Anda..., suelta las bolsas, abre el portal y coge mi bolso. Yo meteré las bolsas en el ascensor.
—De eso nada, bonitiña. Que tú tampoco puedes coger peso —cuchicheó al pensar en su embarazo.
Molesta, Sakura la miró y siseó:
—¡Chiyo! Si quieres luchar contra mi cabezonería, desde ya te digo que vas a perder. Si las gallegas sois cabezonas, las medio inglesas ¡ni te cuento! Suelta las bolsas ahora mismo.
Después de un reto de miradas, finalmente la mujer soltó las cinco bolsas que tenía clavadas en las manos. Una vez que Sakura las dejó en el interior del ascensor, la gallega dijo:
—Pero qué riquiña que eres, jodía.
—Y tú qué cabezona —respondió Sakura—. Y que sea la última vez que vuelves tan cargada, ¿entendido?
—Vale, lucero..., no te me irrites, que en tu estado no viene bien. —Al ver que Sakura sonreía, preguntó—: ¿Cómo estás hoy? ¿Mejor?
—Sí. Por suerte hoy estoy como una rosa. Esperemos que el día no se tuerza.
De pronto, el sonido de un claxon llamó su atención y, al ver a Sasuke en su coche, feliz, besó a la vecina en la mejilla y dijo:
—Me voy. No vayan a ponerle una multa.
—¡Pásalo biennnnnnnnn! —gritó la mujer, y sonrió al reconocer a Sasuke al volante.
Chiyo adoraba a aquella jovencita y a su amiga. Las chicas la habían auxiliado siempre que lo había necesitado y para ella eran sus nenas.
Una vez que Sakura se montó en el coche de Sasuke, éste la miró y, sorprendiéndola, exclamó:
—Pero, bueno, ¡qué guapa estás hoy! A ver, mírame.
Colorada como un tomate, lo miró. Sentir sus penetrantes ojos sobre ella la ponía nerviosa, pero disfrutando del momento se dejó observar.
—¿Te he dicho que los gorros te sientan bien?
—Tú no, pero mi madre siempre me lo dice —contestó Sakura, sonrojada.
—En serio, ese gorrito de lana negro te favorece muchísimo.
Sakura se tocó el gorro alegremente.
—Vale..., te pillo la indirecta. Cuanto menos se me vea la cara, ¡mejor!
Aquella respuesta cogió por sorpresa a Sasuke, que se carcajeó, y poniéndole la mano en la barbilla la atrajo hasta él y, a escasos centímetros de su cara, murmuró:
—Estás preciosa, y cuanto más se te vea la cara, ¡mejor!
Luego le dio un beso en la punta de la nariz y la soltó, metió primera y comenzó a conducir. Confundida y atontada por lo que acababa de ocurrir, Sakura respiró. Aquella cercanía hizo que le aleteara el corazón. Habría dado lo que fuera porque la hubiera besado, pero no, Sasuke nunca haría eso. Sólo eran amigos. Todavía estaba confusa cuando él le tocó la pierna con la mano para atraer su atención. Ella lo miró.
—Necesito que hagas una cosa.
—Dime.
—Llama a este teléfono y pregunta por Alicia —le indicó, entregándole un papel—. Di que llamas de parte de Sasuke y que en veinte minutos estaremos allí.
—Pero ¿no íbamos al cumpleaños de Obito? —preguntó, sorprendida.
—Sí, pero antes necesito recoger su regalo.
—Hablando de regalos... Antes de ir a casa de tus padres quiero pasar por algún sitio y comprarle algo. Tú sabes lo que le gusta y...
—No te preocupes, ya lo he solucionado yo.
—Pero yo quiero regalarle algo —insistió, mirándolo.
—Te aseguro que lo harás. Ahora llama a ese teléfono.
Sin preguntar nada más, hizo la llamada, y veinte minutos después, paraban en la calle Galileo.
—En un minuto estoy aquí —dijo Sasuke.
Sakura lo vio salir del coche y dirigirse a una preciosa chica de abrigo rojo chillón y cara angelical que al verlo sonrió. Incapaz de no mirar, vio cómo él la abrazaba y después la besaba en los labios. Los celos le nublaron la mente.
—Sakura..., Sakura..., Sakura..., relájate. Él no es para ti. Asúmelo.
Tras ver cómo aquéllos se volvían a dar otro rápido beso de despedida y la chica miraba con curiosidad hacia el coche, Sasuke regresó, y después de entrar y dejar sobre ella lo que llevaba en las manos, preguntó:
—¿Qué te parece nuestro regalo?
Al examinarlo vio que lo que ella había creído que era un jersey era, en realidad, una toalla de color naranja de la que asomaba una cabecita pequeña. ¡Era un perrito!
—¡Oh Diossssssssss!, ¡qué bonitooooooooo!
—Es un yorkshire enano. Mi madre pondrá el grito en el cielo, pero Obito se muere por tener un perro, y nosotros se lo vamos a regalar.
—¿Nosotros? Dirás tú.
—Qué más da, Sakura. El regalo será de los dos.
—Vale..., pero dime cuánto te tengo que pagar o...
—¿Pretendes que te cobre? —preguntó él, desconcertándola.
—Por supuesto. Si no, vaya regalo que le voy a hacer a tu hermano.
Alucinado por las cosas que en ocasiones aquella muchacha le hacía sentir, ladeó la boca y dijo:
—Vale. El precio es un beso. Y no acepto un no.
—Pero Sasuk...
—He dicho que no acepto un no —insistió, divertido.
Incapaz de no aprovechar aquella cercanía, Sakura aproximó los labios, y él rápidamente le puso la mejilla. Desconcertada por aquel rechazo, aspiró su perfume, cerró los ojos y lo besó. Fue algo rápido, un beso de amigos, sin compromiso, pero a ella le supo a gloria. Sasuke, ajeno a sus sentimientos, dio una palmada al aire antes de arrancar el coche.
—Cuenta saldada. El regalo es de los dos.
Acalorada y con voz aniñada, Sakura, para salir de su aturdimiento, cogió el perrillo entre las manos y lo acercó a su cara.
—¡Holaaaaaaa, preciosooooooooooo! ¿Quieres ser mi amigo?
Sasuke sonrió y metió primera.
—¡Perfecto! Eso es justo lo que Obito dirá.
Cuando llegaron a la casa familiar en la calle Rodríguez Marín, la indecisión se apoderó de Sakura. ¿Realmente deseaba soportar el desprecio de Mikoto? Pero cuando ésta salió a recibirlos, sorprendentemente, fue amabilísima, aunque al ver el animalillo que Sakura llevaba en las manos su gesto se agrió.
—¿Qué es eso?
—Nuestro regalo para Obito. —Y antes de que pudiera protestar, Sasuke, con cariño, susurró—: Mamá, Obito necesita tener un perro. Sabes que lleva pidiendo uno desde que se murió Tobi hace dos años. Por favor..., déjame darle ese capricho.
—Pero, hijo, yo no tengo tiempo de sacarlo a la calle, y Madara...
—Tranquila, mamá. Este perrillo no crece mucho, por lo que no tendrás que sacarlo de casa si no quieres. Con que salga al jardín y se dé un par de vueltas estará agotado, ¡ya lo verás! Y en cuanto a Madara, yo hablaré con él.
Sakura estaba paralizada sujetando al perro cuando vio que Sasuke, sin amilanarse ante el gesto de su madre, le guiñaba un ojo a la glacial mujer, y ésta, mostrando por primera vez una encantadora sonrisa, le daba un beso en la mejilla.
—De acuerdo, hijo. Me has convencido.
Feliz por aquel consentimiento, Sasuke asió a su madre entre sus brazos y, tras darle una vuelta y hacerla sonreír, la soltó.
—Anda, dale el perro a tu hermano —dijo la mujer.
En ese momento, apareció un hombre alto, gallardo y con una sonrisa arrebatadora. Sakura se fijó en que Sasuke cambiaba su gesto, pero le tendió la mano y lo saludó.
—¡Qué alegría verte, Sasuke! —exclamó aquél. Y mirando a la joven que lo acompañaba, preguntó—: Y esta jovencita, ¿quién es?
Antes de que él pudiera responder, Mikoto lo hizo:
—Es Sakura, una amiga de Sasuke.
El hombre sonrió, encantado, pero cuando vio lo que ella tenía en los brazos cambió su expresión.
—¿Y eso qué es?
—Es nuestro regalo para Obito, que por supuesto se quedará —contestó Sasuke con seguridad antes de que Madara pudiera ni siquiera pestañear. Entonces, el cumpleañero se acercó—. Obito, ¿qué te parece nuestro regalo para ti? Felicidades.
«¿Nuestro regalo?», pensó Sakura. ¿Ella también se lo había regalado?
El joven, al ver aquella cosita moverse en las manos de Sakura, aplaudió. ¡Un perro! Y enloquecido por la sorpresa le tocó la cabecita, lo cogió con mimo y lo besó. Instantes después, lo levantó hasta su cara y preguntó:
—¿Quieres ser mi amigo?
Sorprendida porque Obito había dicho lo mismo que ella, miró a Sasuke, y éste, encogiéndose de hombros, la hizo sonreír.
Los invitados que llegaban para la fiesta de Obito pasaban a un jardín trasero no muy grande, pero decorado con gusto. Mikoto estaba feliz y sonriente, incluso con Sakura, y eso hizo que la joven sospechara. Su propia madre era como esa mujer y, cuando su actitud cambiaba de la noche a la mañana, era porque tenía guardado un as en la manga. Había que estar alerta. Pero lo que sí llamó su atención fue ver que Sasuke, tras hablar con el marido de su madre, no volvió a acercarse a él. Sin necesidad de que él le contara nada, intuyó que entre ellos no había buena comunicación.
Los camareros del servicio de catering le ofrecieron bebidas. Ella se limitó a tomar zumo. No quería que nada le jorobara la tarde.
—¿Sólo bebes zumo, mona? —preguntó Mikoto, acercándose a ella con una copa de champán en la mano.
Desde hacía un rato, la mujer observaba a la joven de pelo corto y flequillo largo que sonreía como una boba cuando miraba a su hijo.
—Sí. No suelo beber alcohol —respondió Sakura con cautela.
Con la ropa que llevaba, su embarazo no se percibía, y eso le gustaba. Aunque lo que más le apetecía era un buen cubata, debía ser juiciosa y pensar en su bebé.
Mikoto sonrió y le tocó el brazo.
—Es muy mono el reloj Cartier que llevas.
—¿Le gusta? —dijo sonriendo. Aquel regalo de su padre le encantaba.
—Muy buena imitación. ¿Lo compraste en un mercadillo?
Sakura suspiró. Aquella mujer era mil veces peor que su madre. Cuando iba a contestarle, la otra se le adelantó:
—No te habrás traído alguna cámara de fotos, ¿verdad? —Sakura negó con la cabeza—. ¡Vaya, qué pena! Me habría encantado que nos hubieras hecho fotos. Tenerlas habría sido un bonito recuerdo.
Dispuesta a intentar un acercamiento con ella en beneficio de su hijo, la joven preguntó:
—¿Tiene usted alguna cámara?
—Sí.
—Pues, si me la trae, yo se las haré gustosa.
Mikoto reaccionó como si le hubieran ofrecido el oro y el moro.
—¡Oh, ¡qué bien! Ahora mismo te la traen —exclamó sonriendo. Y volviéndose hacia una muchacha joven de aspecto sudamericano, dijo—: Guadalupe, ve al despacho del señor y trae la cámara de fotos que está guardada en el aparador, la que le regalé para Navidad.
—Ahorita mismito, señora —respondió la joven.
Dos minutos después, apareció la muchacha con la cámara y se la entregó a Mikoto. La mujer la cogió y, con ella en las manos, preguntó:
—¿Sabrás manejarla?
—Sí.
No convencida con aquella respuesta, la mujer abrió una carpetilla adjunta a la correa de la cámara y sacó un papelito que desplegó.
—Creo que tienes un problema, mona.
—¿Cuál? —resopló, deseosa de decirle que el mona se lo guardara.
—Las instrucciones están en inglés, francés y alemán. Y como es lógico tú no sabes idiomas, ¿verdad?
Sakura la miró. ¿Debía decirle que, además de esos idiomas, controlaba algo de ruso? Pero prefirió callar y, encogiéndose de hombros, comentó:
—Es una Canon EOS 550D. No se preocupe. Sabré manejarla.
Mikoto asintió y le entregó la cámara.
—Muy bien. Encárgate de hacer alguna foto decente, si puedes, a los asistentes, y yo te estaré eternamente agradecida.
Una vez que dijo eso se alejó. Sakura, sin querer pensar en los agravios que Mikoto había lanzado, comenzó a hacer fotos a todos, y Sasuke al verla se acercó a ella.
—¿Has traído la cámara?
—No, pero tu madre me acaba de nombrar fotógrafa del evento. —Él sonrió—. Quiere tener fotos para el recuerdo. Por lo tanto, venga, ponte con tu hermano y os hago una foto a los dos.
Una hora después, tras muchas fotos al homenajeado con su perro, con sus regalos, con sus hermanos, con sus padres; a Mikoto con sus hermanas y finas amigas, y a todo lo que se moviera por la casa, Sakura se sentó. Estaba agotada. Sedienta, cogió un zumo de una de las bandejas y, al ver la bonita y decorada tarta de chocolate blanco, no lo dudó y se sirvió un trozo. ¡Parecía exquisita!
«¡Hummm, por Diossssssssss!, ¡qué rica estáaaaaaaa!», pensó al meterse una cucharada en la boca. Dos minutos después, viendo que nadie la observaba, se sirvió otro pedazo, y tres minutos más tarde, repitió la jugada. La tarta estaba de lujo. Estaba degustándola cuando Ten Ten, la joven hermana de Sasuke, se sentó junto a ella. Alegre, Sakura cogió la cámara y le hizo un primer plano. Ésta se carcajeó.
—Gracias por las Mustang. Me las trajo el otro día mi hermano y me hicieron mucha ilusión.
Sakura sonrió y se metió en la boca una nueva cucharada de tarta. ¡Estaba de muerte!
—¿Te quedan bien?
—¡Perfectas!
—Pues ahora ya sabes: ¡a disfrutarlas!
Ten Ten asintió y se acercó a Sakura.
—Las disfrutaré los fines de semana que mi madre no esté, porque si ella está no me las dejará poner.
Rebañando con disimulo la tarta que le quedaba en el plato, Sakura preguntó:
—Pero Ten Ten, ¿cuántos años tienes?
—Veintidós.
—¿Y con veintidós años tu madre aún te prohíbe cosas?
La joven hizo un gesto afirmativo y, antes de que Sakura pudiera replicar, cuchicheó:
—Según mamá, o mejor dicho según Madara, una señorita como yo ha de tener clase al vestir, y ciertas ropas están prohibidas. ¡Si yo te contara...!
Boquiabierta por aquella revelación, Sakura iba a decir lo que pensaba cuando Sasuke y Obito se sentaron a su lado, y Ten Ten se levantó y se marchó.
—¿Quieres más tarta? Tus ojitos me dicen que quieres más —se mofó Sasuke.
—Está muy..., muy buena —afirmó Obito con su perrito en las manos.
En aquel tiempo, Sasuke había aprendido que el chocolate blanco la volvía loca. No había ni una sola vez que salieran a cenar y que ella de postre no se pidiera algo con chocolate blanco. Sakura, al ver su sonrisa picarona, quiso acuchillarlo y se acercó para que sólo él la oyera.
—Calla y no me piques. Llevo tres trozos.
—¡¿Tres trozos?! —se burló.
—Sí. Y no me hagas sentir culpable por ello.
Él sonreía alegremente cuando una amiga de su madre lo llamó. Al marcharse Sasuke, Sakura se quedó a solas con Obito y su perrito. Encantada, le hizo más fotografías a Obito con su nueva mascota. En ellas se podía ver la felicidad del muchacho por tener lo que él más quería: su perro.
—Bueno, Obito, ¿y qué más cosas te han regalado?
El muchacho, feliz, le dejó el perrillo en las manos y salió corriendo. Dos segundos después, regresó con una cazadora de cuero negra y se la puso.
—Ten Ten..., me..., me ha regalado esta cazadora igualita a la de Danny Zuco.
—¿Danny Zuco? —preguntó Sakura sin entender.
Obito se sentó junto a ella y dibujó una sonrisa.
—Me..., me gusta mucho la película Grease. ¡Es mi pre..., preferida! Y Ten Ten, que lo sabe, me..., me ha regalado una cazadora como la que lleva el novio de Sandy.
—Estás guapísimooooooooo, Obito Zuco —dijo riendo Sakura al comprender la emoción del chico.
Tras entregarle el perrito, le hizo algunas fotos más, y cuando se sentaron juntos, la joven tocó con cariño la cabecita del adormilado perrillo.
—Es muy bonito, Obito. Tu perrito es una preciosidad.
—Muchas gracias por el regalo. Me..., me ha encantado. Yo..., yo quería un perro.
Sakura se sentía satisfecha por la felicidad del muchacho.
—¿Cómo lo vas a llamar?
Obito la miró y se encogió de hombros.
—No sé..., aún no lo he pensado. ¿Tú cómo lo llamarías?
Dos minutos más tarde, el cachorrito tenía nombre.
Poco después, mientras Obito y Sakura hablaban de sus cosas, Sasuke se sentó junto a ellos. La compañía de Sakura cada día le gustaba más; hablar con ella de lo que fuera era algo fácil y maravilloso. Nunca había tenido una amiga así y estaba dispuesto a cuidarla. Sakura se lo merecía, y él estaba feliz por haberla encontrado.
—Pero bueno, si Danny Zuco está aquí —ironizó Sasuke al ver la cazadora de su hermano.
—Noooooooo..., que soy Obito —contestó éste, riendo.
Ambos hermanos disfrutaron de abrazos y risas mientras Sakura les hacía fotos. De pronto, a Sasuke le pareció que estaba un poco pálida.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
—Sí —sonrió Sakura—, sólo algo cansada.
—Sakura, ven a hacernos unas fotos —exigió Mikoto.
La joven se levantó, pero Sasuke la cogió de la mano.
—Si estás cansada, no vayas. Dile a mi madre que tu función como fotógrafa del evento se ha acabado.
Con una sonrisa cómplice, Sakura se agachó y, antes de darle impulsivamente un beso en la mejilla, murmuró:
—Tranquilo, lo hago encantada.
Cuando Sakura se alejó, Obito llamó la atención de su hermano.
—Sasuk..., ¿sabes una cosa?
—¿Qué, Obito?
—El perrito ya tiene nombre.
Contento por la felicidad que veía en el rostro de su hermano, Sasuke le pasó con cariño la mano por el pelo.
—¿Y cómo se llama?
—Guau.
—¡¿Guau?!
—Sí.
Al instante, Sasuke soltó una carcajada.
—No hace falta que me digas quién te ha dado la idea —le dijo con gesto divertido.
—¿A que es un nombre chulo?
Sasuke miró a Sakura, que estaba fotografiando a su madre con sus amigas.
—Desde luego, Obito; como poco, original. Diferente.
Sobre las diez de la noche, cuando los amigos de Obito se habían marchado y sólo quedaba la familia, por fin Sasuke se sentó tranquilamente a charlar con Sakura y sus hermanos. De repente, sonó el timbre de la puerta. Dos segundos después, apareció una radiante Mikoto acompañada de una joven peliroja de melena lisa y vestida con glamour.
—¡Sasuke, mira quién ha venido! —gritó su madre con una copa en la mano.
Al ver a la joven a Sasuke le cambió el gesto. Se levantó sorprendido y dibujando una increíble sonrisa, lo que hizo que a Sakura se le encogiera el alma.
—Pero Karin, ¿cuándo has llegado? —preguntó mientras caminaba hacia ellas.
La joven peliroja, encantada por sentirse el centro de atención, sonrió a Mikoto, que le apretó las manos con complicidad, y retirándose el pelo del hombro con un gracioso movimiento, respondió:
—He llegado hace un par de horas.
En ese momento Madara se acercó hasta ellas y puso un Martini en las manos de su mujer.
—¡Qué alegría tenerte por aquí! —le dijo a la joven.
—Gracias, Madara.
—¿Por cuánto tiempo estarás en España? —preguntó el hombre.
—No lo sé aún —contestó riendo, complacida con el recibimiento—. Estaré un tiempecito y, dependiendo de cómo vayan las cosas, regresaré a Houston o no.
Sasuke apenas si podía dejar de mirarla. Karin era tan guapa, tan bonita, que lo difícil era no hacerlo. Olvidándose de todos los que los rodeaban los dos comenzaron a hablar entre abrazos y emocionados movimientos. Sakura los observó de reojo. ¿Quién era aquélla? En una de esas miradas se percató de que Mikoto le pedía que fuera hasta ellos. Sin dudarlo, se levantó.
—¿Podrías hacerles a Karin y Sasuke algunas fotos?
—Por supuesto —asintió, encendiendo la cámara mientras los otros hablaban sin dejar de mirarse.
Sasuke, al verla, sin separarse de la recién llegada, dijo:
— Karin, ella es Sakura, una amiga.
—¡Hola! —saludó ésta con una sonrisa.
La joven peliroja la miró, y antes de que pudiera decir nada, Mikoto le explicó:
—Es la chica que hace las fotos de la fiesta. La fotógrafa.
En ese momento, al decir aquello de «es la chica que...», Sakura lo entendió. Mikoto llevaba utilizándola toda la tarde como la fotógrafa para que las pititas de sus amigas y la familia no la consideraran como algo más para su hijo. Molesta, quiso cantarle las cuarenta a aquella terrible mujer cuando vio que la recién llegada, tras un movimiento de cabeza a modo de saludo, volvía a centrar la mirada en Sasuke.
—Hacen una pareja tan bonita..., ¿verdad? —Sakura no respondió, y Mikoto añadió—: ¿Te ha contado mi hijo que tuvieron una relación?
—No, no hablamos sobre eso.
—Karin Hebi es una buena niña de una familia de bien, como nosotros.
«Ya empezamos», pensó Sakura mientras Mikoto continuaba.
—Su padre es el dueño de Hebi Asociados, el mejor despacho de abogados que hay en España, donde, por cierto, trabaja Madara.
—¡Oh..., qué bien! —se burló a la par que tomaba fotos.
—Sasuke y ella fueron novios durante cinco años, y aunque se separaron, estoy segura de que entre ellos aún hay algo. Sólo hay que ver cómo mi hijo la mira, ¿no crees?
Sakura no respondió, así que la otra, dispuesta a decir todo lo que llevaba horas conteniendo, continuó:
—Mi hijo terminó hace años la carrera de abogado, ¿lo sabías?
—No.
De hecho, quiso decirle que ella también, pero al final decidió no hacerlo. No quería entrar en su absurdo juego, y continuó tomando fotos.
—Pues sí, mona. Conseguí que Sasuke estudiara Derecho para que fuera un buen abogado, y posteriormente un notario, pero una vez que acabó la carrera me sorprendió con la locura de que quería ser bombero. ¡Bombero! —repitió, horrorizada—. Con lo bien que estaría sentado en un despacho con su traje y su maletín en lugar de hallarse todo el día en constante peligro. Aunque, bueno, espero que Karin le haga entrar en razón y consiga con su preciosa carita lo que yo no he conseguido.
«Menuda perraca estás hecha, guapa», pensó Sakura.
—Debería estar orgullosa de Sasuke.
—Y lo estoy, querida. Pero necesito que encauce su vida.
—Pero él es un buen profesional en lo suyo y se le ve muy feliz con lo que hace. Además...
Madara agrió el gesto y, cogiendo una nueva copa de champán, siseó cortándola:
—Mira, monina. Llevo toda la vida intentando que él sea alguien en este mundo, y siendo un vulgar bombero no creo que lo consiga. Si él se casara con Karin Hebi y comenzara a ejercer para lo que estudió, te aseguro que su vida sería mucho más feliz.
—Lo dudo —se arriesgó Sakura—. Él es feliz con su vida y...
—Pero qué sabrás tú..., una fotógrafa —siseó con desprecio—. Mi hijo necesita a su lado una mujer como Karin. Ella tiene clase, es elegante y...
—¿De verdad usted cree que la clase la da el dinero? —preguntó, ofendida.
—Por supuesto, querida. El dinero mueve el mundo y es lo que marca en la sociedad quién está arriba y quién está abajo. —Al ver el gesto de Sakura, añadió—: No es lo mismo una niña como Karin, criada en los mejores colegios, con carrera y un trabajo como el suyo, que una jovencita cualquiera. Pero, claro, quizá te resulte difícil entender de lo que hablo, viendo cómo miras a mi hijo. Es tan evidente, que hasta mi marido me ha dicho que te dé un toque de atención.
Aquel comentario fue el remate a la conversación. Y sin importarle lo que aquella mujer pensara de ella a partir de ese instante, le devolvió la cámara de fotos y respondió:
—Mire, señora, en primer lugar, el dinero no da la clase ni la felicidad; en segundo lugar, no beba más porque creo que no le sienta bien, y en tercer lugar, les digo a su marido y a usted que yo no necesito ningún toque de atención, y menos de ustedes, porque entre Sasuke y yo sólo existe amistad. Nada más.
—No tengo nada en contra de ti, pero me gusta saber que me has entendido a la perfección —contestó la mujer, dejando la copa sobre la mesa sin querer entrar en más detalles.
—Le aseguro que tonta no soy. Se lo puedo garantizar.
—Lo sé —agregó Mikototras asentir mirando a Madara, su marido—. De ahí el motivo de esta conversación.
Ajeno a lo que pasaba, Sasuke, encantado con la aparición de Karin, la miraba embelesado. Aquella que ahora sonreía con una feminidad que lo tenía desbordado había sido durante toda su vida su único amor. La chica de sus sueños. Y de pronto, estaba allí, más guapa que nunca y sonriéndole de nuevo sólo a él. Olvidándose del dolor que había sentido cuando ella lo había dejado para marcharse a Houston, hablaba con ella cuando Sakura, como un tsunami, llegó hasta él y, tras darle un golpe en el hombro, dijo:
—Disculpad que os interrumpa. —Ambos la miraron, y sin querer posar los ojos en la joven que la observaba, añadió—: Sasuke me voy.
Aquel tono de voz tajante lo alertó.
—¿Te encuentras bien?
—Sí... —mintió.
La joven, después de cruzar una mirada con Mikoto, que no muy lejos de ellos bebía una copa de champán, sonrió. Tras un tenso silencio que sorprendió a Sasuke, éste dijo:
—Dame un segundo y te llevaré a casa.
—No, no hace falta.
Dicho eso, comenzó a andar hacia el interior de la casa bajo la atenta mirada de Mikoto, que sonreía junto a Madara. Sasuke, extrañado, caminó tras ella y, al llegar a la puerta de la entrada, la sujetó.
—Pero ¿qué bicho te ha picado?
—Ninguno. ¿Por qué me ha de picar un bicho?
—Te llevaré —insistió el bombero—. No has traído el coche y...
—He dicho que no, ¡joder! ¿Cómo te lo tengo que decir?
Sorprendido por aquel arranque de mala leche, Sasuke fue a contestar cuando Karin llegó hasta ellos y preguntó:
—¿Ocurre algo?
Sakura suspiró. Deseaba salir de aquella odiosa casa cuanto antes.
—Sakura, por favor, dame un segundo y te llevaré —repitió Sasuke.
—No te molestes. Iré en el metro.
De pronto, sorprendiéndola, la joven Karin habló:
—¿Quieres que Sasu y yo te acerquemos a tu casa? Sinceramente, no creo que el metro sea un lugar para una mujer sola, y menos a estas horas. —Boquiabierta, Sakura la miró, y la otra prosiguió—: Para nosotros no es ninguna molestia, ¿verdad, Sasu?
«Será imbécil la tía esta», pensó, y cuando iba a contestar, el móvil le sonó. Lo sacó del bolsillo de los vaqueros. Era Hinata. Con la mano les pidió un segundo y se alejó unos pasos.
—¿Dónde estás?
Aquel tono de voz y, en especial, la pregunta la sorprendieron.
—Saliendo de la casa de los padres de Sasuke. ¿Qué pasa?
—Necesito que vengas y tener una terapia de azúcar. ¡Estoy fatal!
—¿Qué ocurre?
—He discutido con Naruto.
Sakura, convencida de que iba a salir de aquella casa ipso facto, respondió con rotundidad:
—En veinte minutos, media hora, estoy en casa. —Dicho esto, cerró el móvil y se volvió hacia aquellos dos, que sonreían como imbéciles, mientras se ponía el abrigo de cuero—. No hace falta que me llevéis. Acabo de quedar con una amiga muy cerca de aquí. Por lo tanto, ¡disfrutad de la fiesta!
Sin querer mirar a Sasuke, que la observaba con el ceño fruncido, levantó la mano y, antes de que ninguno de los pudiera moverse, abrió la puerta de la calle y se marchó. Necesitaba huir de aquella casa contaminada, o al final la bruja que habitaba en ella saldría a relucir y armaría la marimorena.
Sakura pasó por una tienda 24 Horas para comprar varias tarrinas de helados para la terapia de azúcar y cogió un taxi. Una vez que llegó al portal, sacó las llaves del bolso y entró en el vestíbulo. Al pasar junto a los buzones se fijó en que el suyo estaba lleno de publicidad, así que mientras esperaba el ascensor la recogió. Cuando el ascensor llegó a su planta, se dispuso a meter la llave en la puerta de su casa, pero una desencajada Hinata la abrió. De inmediato, Sakura la abrazó y entraron juntas. ¿Qué había ocurrido?
Fueron hasta el salón y consiguió sentarla; entonces, se quitó el abrigo de cuero y se sentó junto a ella.
—¿Qué ha ocurrido con Naruto?
Hinata, con el gesto demudado, se limpió las lágrimas.
—No quiero volver a oír ese nombre en toda mi vida.
—Pero...
—Pero ¿cómo soy tan imbécil? ¿Cómo puedo haberme colgado de un impresentable con nombre de calzoncillos? —Y quitándose con furia las lágrimas de las mejillas, preguntó—: ¿Sabes por qué el idiota de Cupido siempre lleva pañales?
—No.
—Pues porque siempre la cagaaaaaaaaaaaaa —dijo llorando desconsolada.
Aquel comentario a Sakura la hizo sonreír, pero la risa se le cortó cuando oyó decir a su amiga:
—Si llama ese impresentable, por favor, dile que me he muerto, ¿entendido? Dile que soy demasiado hembra para él y..., y...
—Pero vamos a ver, Hina, ¿cómo le voy a decir eso?
—¡Diciéndoselo y punto! —gritó, y volvió a llorar.
Sakura la abrazó. No sabía qué había pasado, pero algo muy gordo tenía que ser para que Hinata, la chica más fuerte del mundo, llorara de aquella manera.
—Hina, por favor, tranquilízate y cuéntame qué ha pasado con Naruto.
—¡Que no menciones su nombre!
—Vale, vale..., se me ha escapado.
—¿Has comprado helado para la terapia?
—Mogollón —le confirmó Sakura.
Hinata asintió y se limpió la cara con un kleenex que llevaba en la manga, y Sakura sacó cuatro tarrinas de distintos sabores de la bolsa.
—El hombre con nombre de calzoncillos ha...
—¿Hombre con nombre de calzoncillos? —Al entenderlo, Sakura se carcajeó, pero al ver la cara de su amiga, susurró—: Perdón..., perdón...
—Como te decía —prosiguió la otra mientras Sakura se levantaba para coger dos cucharillas—, el hombre con nombre de calzoncillos ha tenido la osadía de decirme que me quiere. ¿Te lo puedes creer?
La cara de alucine de Sakura era tal que Hinata repitió:
—¿Te lo puedes creer?
—Vamos a ver, si vosotros sois los totitos —resopló Sakura, entregándole una cuchara—. Pero ¿de verdad tengo que creer que estás así porque el hombre con nombre de calzoncillos te ha dicho ¡que te quiere!?
—No.
—¿Entonces?
Hinata abrió el helado de chocolate belga y, tras meterse un par de cucharadas en la boca, dijo:
—Estamos así porque yo le he dicho que yo no lo quiero a él.
—Pero, Hina...
—Escúchame. Estábamos tomando algo en un pub. De pronto, me mira y me dice: «¡Te quiero, princesa!». Y.…, y yo... me he quedado tan alucinada, ¡tan flipada!, que no he sabido qué responder. Y sin tiempo a reponerme, me pregunta el muy imbécil: «¿Me quieres tú a mí?». Y yo..., yo lo he mirado y le he dicho: «¡Pues no!». Y entonces él, con un gesto que no me ha gustado absolutamente nada, se ha separado de mí y me ha preguntado: «Entonces ¿por qué estás conmigo?». Y yo, como he podido, he respondido: «Porque me gustas y me lo paso bien contigo, pero no estoy enamorada de ti».
—¿Me estás tomando el pelo?
—No —negó, gimiendo.
Sakura, al ver los churretes de eyeliner que su amiga tenía en la cara, se levantó y fue al baño a por las toallitas desmaquillantes. Después, mientras limpiaba aquel desaguisado, murmuró:
—Yo creía que tú estabas almendrada también por él.
—Y lo estoy. Pero no para de decir «te quiero».
—Pero, vamos a ver, me estás diciendo en serio que vosotros, los totis, la parejita feliz, ¿os habéis enfadado de verdad? —insistió boquiabierta.
Hinata asintió, y tras darle a su amiga una cucharada de helado, murmuró;
—Sí. Me ha dicho que soy fría y una egocéntrica que sólo pienso en mí. Pero ¿qué quería que hiciera?, ¿qué le mintiera? Pero ¿por qué le voy a mentir si no lo quiero?
—Mujer, pero sintiendo algo por él como sientes, podrías haber sido más diplomática.
—Que no.…, que no..., que soy como soy, y si le gusto, bien, y si no, ¡pues también! En definitiva, no quiero saber nada de él. ¡Hemos roto! Por lo tanto, haz el favor de decirle a tu maravilloso amigo Sasuke que no se le ocurra traerlo ningún día a casa o no respondo de mis actos.
—Tranquila —resopló Sakura, dejando la toallita sobre la mesa—, después de lo que ha pasado esta noche, no creo que en los próximos días Sasuke tenga tiempo para mí.
Olvidándose de sus penas, Hinata miró a su amiga.
—¿Y a ti qué te ha pasado?
En ese momento, Sakura cogió la tarrina de helado de cookies y, abriéndola bajo la atenta mirada de su amiga, que devoraba el chocolate belga, se metió un par de cucharadas en la boca y dijo:
—Pues tras ver primero cómo se besaba con una rubia en un portal; después ir a su casa y soportar que su puñetera madre me dijera, entre otras cosas, que yo no tengo el dinero suficiente para ser la pareja de su hijo y aún menos para formar parte de su glamurosa familia y, por último, ver aparecer a su ex novia, que todo sea dicho es un cañonazo de mujer, y ver a Sasuke babear, ¡poco más puedo decir!
Hinata soltó un gemido.
—Lo tuyo ¡no tiene nombre!
—Sí..., sí lo tiene, Hina, y el nombre es ¡imbécil! ¡Soy la reina de las imbéciles! Por cierto..., este helado está de vicio.
La navarra, enfadada por lo que le había contado Sakura, gritó:
—¡Debes cortar esa amistad!
—Lo sé...
—No es sana, pero ¿no lo ves?
—Lo veo. —Y tras saborear una cucharada de helado, añadió—: Pero me gusta tanto que soy incapaz de hacerlo.
—Tu almendramiento por Sasuke comienza a asustarme.
—Y a mí. Pero es que ante lo que siento por él no puedo hacer nada.
Por un tiempo se quedaron en silencio pensando en sus propios problemas y devorando las tarrinas de helado. De pronto, Hinata preguntó:
—¿Por qué no le dijiste a esa clasista quién es tu padre?
Con una sonrisa Sakura se metió una nueva cucharada en la boca y, sin poder evitarlo, murmuró:
—Porque el día en que se entere, si se entera, quiero que dé la impresión se le muevan hasta los empastes de las muelas.
Por fin, ambas rieron.
