Muy emocionada de que finalmente tenemos el trailer que anuncia la onceava entrega de la saga de juegos de lucha más sangrienta y genial de todos los tiempos: Mortal Kombat.
Espero que Netherrealm Studios tenga piedad de mí y los monjes Shaolin sean personajes jugables.
Celebrando esta gran noticia, publico un kombo de 3 capítulos de esta oscura historia.
Saludos, mis estimados lectores y autores de Fanfiction.
Recobrando la conciencia.
Al amanecer, Kung Lao por fin abrió los ojos. Parpadeó unas cuantas veces y, aún adormilado, arqueó un poco su espalda hacia atrás, al sentir un punzante y profundo dolor en su pecho.
Con dificultad, estiró la cabeza para mirar su torso y vio una tela cubriendo su herida. Se dejó caer en la almohada de nuevo y cerró los ojos, pues aún se encontraba débil.
Trató de recordar qué le había sucedido y recordó la pesadilla que vivió en el Outworld la noche anterior. Abrió sus ojos nuevamente y observó el techo, identificando la calidez de su anhelada habitación.
—Al fin despiertas —Liu Kang se encontraba sentado en una silla, a la espera de que recobre la conciencia.
Kung Lao no se había dado cuenta de su presencia y, sorprendido, pero exhausto, volteó a verlo.
–¿Cómo te sientes?
Emitió un ligero quejido, pues el mínimo movimiento le ocasionaba dolor.
—No muy bien. Siento mucho dolor en el pecho.
—Estuviste muy delicado. Los maestros temían lo peor. Lo que sea que te haya atravesado el pecho, estuvo apunto de tocar tu corazón —cerró los ojos involuntariamente, reconstruyendo en su mente el fatal desenlace si hubiera pasado eso.
Lao lo miró un momento sin saber qué decirle. No tenía cabeza para nada, pues acababa de despertar de su inconsciencia. Después giró su cabeza para ver de nuevo al techo y cerró los ojos, prefiriendo el silencio.
—¿En donde estabas? —era una de las más grandes incógnitas de Liu Kang en ese instante.
Kung Lao entreabrió los ojos y dirigió su mirada a él, sin girar la cabeza.
—¿Me creerías si te digo que en el Outworld? —esbozó una ligera sonrisa, prediciendo su reacción.
—¡¿Qué?! ¡Por los Dioses Antiguos! ¿Qué estabas haciendo ahí? —no pudo evitar exaltarse, a pesar de que trató de estar tranquilo para no alterar a su convaleciente amigo.
Él se quedó callado temiendo comentarle a Liu sobre sus motivos de ir ahí. Era obvio que no los entendería.
—Fui con Hei An —se atrevió a decirle esperando una gran desaprobación.
—¿A que demonios fuiste a ese sitio con esa mujer? —enfureció, incrédulo de que se haya aventurado a visitar tierras enemigas con esa extraña.
Lao no quería decir la realidad. Tal vez podría incriminar a Hei An de todo el mal que hicieron en el Outworld con respecto a los tarkatanos; pero él había participado en algo que, sin duda, era imperdonable: el haber matado al ejército amigo de ese reino.
A su mente vinieron las últimas palabras que Hei An le dijo antes de irse. Apenas y podía recordarlas, pues él las escuchó tendido en el suelo y con la visión nublada por la pérdida de sangre. Supo que esa mujer iba a regresar en cualquier momento y él estaba esperándola, listo para recibirla y no precisamente de la manera más cordial.
Decidió callar la zozobra que le producía la mujer y optó por hablar de ella con la mayor serenidad posible, pues él quería aclarar las cosas por su cuenta, y pensó que si le dijera sus verdaderas impresiones sobre Hei An, Liu Kang se enfurecería y querría encararla.
—Los tarkatanos mataron a su familia y quería vengarse de ellos. Me pidió que la ayudara; sin embargo me negué y... me arrepentí por ello; me dijo que iría sola, así que sentí la necesidad de brindarle mi ayuda en esto, pues estaba seguro que moriría. Fue muy tonto, lo reconozco; pero no había forma de sentirme en paz si no era así —trató de obtener su comprensión; no obstante, de antemano sabía que sería inútil. Se negó a decirle una obscura realidad que rodeaba todos esos hechos.
Liu Kang no pudo entenderlo por más que trató. No compartía para nada su idea, pero prefirió no recriminarle debido a su estado. Lo que había hecho era algo muy delicado; sin embargo, lo más importante en ese momento era que Kung Lao ya había despertado después de pensar que tal vez no podría seguir con vida. Hizo todo lo posible y trató de tomar las cosas con calma.
—¿Entonces cometiste tal locura por esa chica? ¿Qué tiene de especial como para arriesgar tu propia vida por ella? —cruzó los brazos, curioso por las tantas atenciones que tenía con la extraña.
Kung Lao se quedó pensativo unos segundos. A pesar de que en esos momentos la visión que tenía sobre Hei An era perturbadora, no tuvo problema en decirle qué fue lo que lo empujó a luchar con ella realmente.
—No lo sé... Esa mujer me causa algo... extraño. Siento que me recuerda a alguien, pero no logro identificar a quién. De alguna forma creo que eso hace que tenga una especie de aprecio por ella. Como aquel anciano que siempre te frecuentaba en nuestra niñez y te estimaba tanto porque decía que le recordabas a su nieto fallecido, ¿lo recuerdas? —se esforzó por sonreír, a causa de la nostalgia de los viejos tiempos.
Liu Kang asintió y no pudo evitar sonreír con alegría, pese al tenso momento.
—Sí, lo recuerdo muy bien —miró a la nada, mientras hacía memoria.
Kung Lao suspiró y retomó su explicación.
—Pues mi situación con esta chica es igual, sólo que yo no sé a quién se me figura; pero probablemente esa persona debe o debió ser de gran relevancia para mí como para tener tal aprecio por Hei An.
Esa explicación no era ninguna falsedad. Antes de decidirse a luchar en el Outworld, fue su mirada familiar la que lo motivó a ayudarla sin importar el riesgo que eso conllevaba.
Liu Kang estaba desconcertado, pero no pudo culparlo. Para Kung Lao su familia siempre ha sido lo más importante y, si esa mujer le evocaba un vínculo familiar, debía respetarlo. Pero lo que no podía pasar por alto era la locura que eso le orilló a hacer.
—¿Qué fue lo que te ocurrió en el pecho?
Kung Lao colocó su mano sobre su pecho un breve instante y miró a su amigo, con desgano.
—Después de lo que te he dicho, creo que no es difícil adivinarlo: un tarkatano me atravesó con su hoja.
—Casi te cuesta la vida —reclamó —. No vuelvas a hacer esta clase de tonterías.
Su mirada dura se transformó en una de curiosidad.
—¿Y la mujer?
Aunque Kung Lao sabía que un interrogatorio era inminente, sus preguntas lo estaban poniendo nervioso.
—No lo sé..., no me acuerdo de nada de lo que pasó cuando ya estábamos de vuelta —mintió, pues por alguna razón tenía cierto recelo en hablarle sobre ella.
Liu Kang se quedó callado un momento. Esa mujer le generaba muchas dudas, aun sin conocerla; pero después pensó que si Kung Lao le tenía confianza, no había por qué temer.
—Si tú llegaste aquí casi muerto, no puedo imaginar como le habrá ido a esa chica —auguró un mal pronostico—. Los tarkatanos fueron demasiado para ella, ¿no es así?
Kung Lao giró su cabeza al lado contrario de Kang para evadir su mirada.
—Sí, ella... se refugió cuando vio que las cosas eran más difíciles de lo que pensaba. Yo tuve que protegerla o de lo contrario la habrían matado —aunque mentía, en su mente repasaba la realidad.
Liu Kang lo miró extrañado. De pronto lo notó un poco agitado y su respiración ligeramente acelerada y, aunque no era nada de cuidado, se preocupó.
—¿Necesitas algo?
Kung Lao cerró los ojos un momento.
—Sólo necesito descansar. Aún no me siento bien del todo —débilmente respondió.
Kang entonces pensó que no debía forzarlo a hablar, pues acababa de recuperar la conciencia. Aún había muchísimas preguntas por hacer; pero debía dejarlas para cuando estuviera mejor.
Se levantó y caminó hasta el lecho de su amigo.
—Los maestros no comprenderían nada de esto...
Su compañero asintió ligeramente.
—Lo sé —asintió después de un breve silencio.
Liu decidió contener sus deseos de expresarle sus corajes sobre aquella peligrosa y aventurada decisión; sin embargo, prefirió callar y agradecer que estuviera vivo. No le quedó más que ser su cómplice y ayudarlo a salir del problema que se avecinaba con los maestros.
—Ya veremos que decirles; aunque pienso que debería decirles la verdad por tu insolencia –Dijo serio pero bromista.
—Si de verdad me estimas, no la dirás —respondió riendo ligeramente por sus bajas energías.
—Le diré a los maestros que ya despertaste, pero que necesitas descansar, para que te dejen tranquilo —dijo antes de finalizar su estadía en su habitación.
Su amigo asintió como agradecimiento y le esbozó una sonrisa. Kang caminó hasta la puerta y antes de cerrarla se detuvo un momento.
—Aún tenemos muchas cosas de qué hablar —advirtió, sosteniendo el manubrio de la puerta.
Sin esperar una respuesta, la cerró dejándolo reposar en absoluta calma.
Kung Lao, al verlo salir de su habitación, cerró los ojos tranquilo de que al fin lo dejó en paz; pero preocupado por lo que pueda pasar después.
Liu Kang, mientras tanto, caminaba cabizbajo y confundido. Se dirigió al gran maestro para decirle la buena noticia.
—Ya despertó y está lucido; aunque se ve muy débil todavía. Me pidió que lo dejara descansar un rato.
El anciano juntó sus manos agradeciendo que estuviera bien.
—No sabes cuánto me alegro. Pensamos que no tendría remedio. ¿Te dijo qué le ocurrió?
Liu Kang ocultó un ligero nerviosismo que lo invadió.
—No, sentí que no era el momento indicado para cuestionarlo. Será mejor hacerlo cuando se recupere —mintió temiendo decirle todas las barbaridades que Kung Lao le confesó, pues el maestro seguro montaría en cólera.
El hombre asintió comprensivo.
—En un rato lo revisaremos a ver cómo se encuentra. Por ahora, cumplamos con lo que solicitó y dejemos que descanse.
El anciano le ofreció una reverencia y se retiró, dejando a Liu Kang muy preocupado por aquella peligrosa aventura contada por el convaleciente.
Por su parte, Kung Lao yacía en la cama, con su antebrazo descansando en su frente, pensando en cómo solucionar los problemas en los que estaba envuelto.
De pronto se escucharon unos golpeteos en el ventanal. Éste estaba muy alejado de su cama, por lo que no podía ver la causa de ellos y, tampoco le era posible levantarse, pues el mínimo movimiento le provocaba un dolor insoportable en su herida.
Siguió escuchándolos y no pudo ignorarlos. Dentro de sí tenía el presentimiento de saber quién los producía.
Después de un momento, los golpeteos cesaron.
—¿Kung Lao? —se escuchó una vocecilla afuera del ventanal.
El monje pareció reconocerla; pero no reaccionó de ninguna forma e ignoró la voz, como un acto de protesta. Posteriormente escuchó un ligero crujido del marco del amplio ventanal siendo forzado a abrirse. Estaba a la expectativa viéndolo y suponiendo lo que estaba pasando ahí afuera.
Los ruidos dejaron de escucharse y, tras unos segundos, el ventanal se abrió lentamente.
Una oleada de viento agitó las cortinas. Seguido, una persona entró a través de él con escalofriante calma.
Kung Lao se incorporó un poco, mientras la miraba desde su cama, serio y entrecerrando sus ojos. Pasado un momento, la persona ya estaba completamente dentro de la habitación.
Se giró hacia el lecho del monje e hizo contacto visual con él. Tenía razón; era Hei An, vestida con su habitual y elegante atuendo negro; pero además llevaba una larga capa, con una amplia capucha, que ondeaba a causa del fuerte viento. Un enorme moretón en su ojo contrastaba con su piel pálida, al igual que múltiples heridas que estaban esparcidas por todo su delicado rostro. Cerró el ventanal y se paró al pie de la cama mirando a Kung Lao recostado, notando de inmediato su impresionante lesión en el pecho cubierta por una tela manchada de sangre ya seca.
—Estás vivo. Me alegro tanto —por fortuna, su temor de que hubiera muerto fue en vano.
La seriedad de Kung Lao era muy evidente. Despacio se reclinó sobre su almohada, haciendo gestos de dolor.
—No creo que te alegre del todo —le respondió molesto, dispuesto a enfrentarla con reclamos—, al menos no parecías muy preocupada cuando te fuiste y me dejaste desangrándome en el bosque.
Li Mei desvió su mirada y entrelazó las manos.
—Lo siento mucho. No había nada qué hacer; si te hubiera llevado hasta el templo, tus compañeros seguramente me hubieran condenado por lo que te ocurrió a causa mía —trató de justificar su falta de consideración.
Kung Lao no estaba dispuesto a soportar más los enigmas de esa mujer.
—Ya me explicaste por qué te fuiste tan cobarde e inhumanamente cuando llegamos. Quizá me puedas responder a dónde fuiste cuando estábamos peleando contra los tarkatanos.
Li Mei no esperaba tal interrogatorio. A pesar de que imaginó que Kung Lao estaría disgustado con ella, su enojo la intimidaba. Se quedó en silencio pensando en cómo manejarlo. Él la miraba percibiendo una vibra perversa que transmitía.
—¿Recuerdas cuando te dije que me desconcertabas? Pues, cuando fui al bosque, por un momento creí haber cambiado de parecer, por eso accedí a ir contigo al Outworld; pero después de lo que pasó, no sólo tu imagen hacia mi es mucho peor, sino que creo que hay algo más que debo saber —hizo evidente que no la consideraba una mujer inofensiva del todo y que tenía dudas sobre ella.
Li Mei comprendió que la mentira estaba llegando a su fin.
—Algo más que debas saber... —ella dijo al aire, con un tono sarcástico. Clavó su mirada a la de su compañero y cruzó los brazos—. No creo que te gustaría conocer la realidad —susurró, sabiendo que la incertidumbre se apoderaría de él.
Kung Lao en ese momento comenzó a desesperarse aún más por la actitud tan misteriosa de la mujer.
—Esa noche fui específicamente a exigirte respuestas y, tontamente, no lo hice. En esta ocasión no volverá a pasar. Quiero que me digas si en verdad solo querías venganza o hay algo más que busques de mí —la retó a decir la verdad, si es que todo el tiempo estuvo mintiendo.
—Bien, si quieres que te hable con franqueza lo haré —entonces Li Mei tomó asiento en una silla que estaba al pie de la cama— ¿Qué pensarías si te dijera que estoy en busca de conquistar el Outworld?
Kung Lao guardó silencio tratando, de asimilar aquellas palabras. Tras breves instantes, soltó una pequeña risilla.
—Te diría que tienes un problema en la cabeza —enfadado, desvaneció su sonrisa irónica.
—¿Te causa risa lo que hice en el Outworld? —preguntó desafiante.
Kung Lao la vio en silencio, recapacitando sobre esa siniestra pregunta. Li Mei, por su parte, estaba muy tentada a hacer algo de lo que podría arrepentirse. Viéndose acechada por el monje, llegó a pensar en mostrarle su rostro; su verdadero rostro; pero no pudo hacerlo, algo la detuvo, quizá el temor de no saber como reaccionaría.
Prefirió continuar con la farsa; pero a un nivel más macabro.
—Soy una guerrera que está trabajando para... alguien. Ese alguien me ha dicho que si cumplo la misión que me ha encomendado, me ayudaría a obtener el control del Outworld —soltó una gran parte de la verdad, pero callando lo que la llevaría a la ruina.
Él sintió un gran sobresalto. ¿Con qué clase de mujer estaba tratando?
—¿Para quién trabajas?
—No puedo decírtelo. Mi señor me advirtió que cuidara mi boca —lo dejó con incertidumbre.
Él la miró con horror. Pensó que estaba viviendo un sueño, un delirio causado por su estado de convalecencia.
—¿Entonces no había tal venganza? Quiere decir que mis presentimientos eran ciertos y tus fines eran otros. ¿Para qué me dijiste que fuéramos a ese reino si no era para buscar venganza? —la impotencia y la furia se adueñaron de sus sentimientos, al darse cuenta que fue engañado y utilizado.
—Porque necesitaba deshacerme del ejército; quiero ese reino para mí y debía empezar dejándolo desprotegido, matando a sus guardianes.
El monje comprendió que esa mujer era peligrosa, y más le inquietaba saber que estaba trabajando para alguien que, sin duda, era mucho peor que ella.
—¿Y con ese cinismo te atreves a confesar algo así? —reprobó el hecho de que hablara de algo tan delicado como si fuera algo banal.
—El Outworld es un reino que no te compete. Por eso no vi ningún problema en decirte esto. Es como si una nación invade a otra. Al resto de las naciones no le interesa —justificó su indiferencia al contarle sobre su perversa misión.
—Lárgate de aquí o le hablaré a los maestros para que te manden sacar, de la manera menos amable —con debilidad y dolor, lo que menos deseaba era seguir escuchando a la farsante y sus planes siniestros.
Li Mei no dejaba de mirarlo. Pese al odio que el monje le transmitía, a ella pareció no importarle.
—No te agradaría que los maestros, tus compañeros e incluso el reino entero, supieran que mataste al ejercito aliado del Outworld, ¿o si? Yo no guardaré silencio por protegerte. Estamos metidos en esto, tienes que ver lo que te conviene —entre ellos había algo que los ataba y que a él no le permitía advertirle a nadie sobre su presencia, y se aprovecharía de ello.
Kung Lao no replicó nada, sabiendo que tenía razón y que debía tratar con mucho cuidado a esa mujer, al estar involucrado en algo muy grave.
—Aunque no lo creas, tengo toda la intención de unirme a ti. Tú me ayudaste a acabar con esos estorbos, ahora vengo a pagarte, tal como te lo prometí en el bosque —sabía que lo tenía acorralado, por lo que pensó que era el momento preciso para proceder con sus planes.
—No me interesa nada de ti —hizo patente su molestia. Lo único que quería era deshacerse de ella para siempre y desentenderse de cualquier problema que hayan causado juntos.
Li Mei, por su parte, trató de hacerlo cambiar de parecer.
—Entiendo que estés enfadado, pero serás muy bien remunerado por lo que hiciste por mi, ¿sabes cómo?: yo te ayudaré a obtener el lugar que te corresponde en tu reino.
Su rostro de disgusto pronto fue acompañado por una expresión de confusión. Aquellas palabras de la mujer le parecieron difíciles de asimilar.
—No comprendo... —esa mujer era experta en tocar sus fibras más sensibles.
—La protección de la Tierra te ha costado sangre, dolor, tristeza... ira. ¿No crees que es injusto que, a pesar de todo eso, sólo seas un servil acólito de Raiden? —se mofó de él.
La burla ocasionó que la ira de Kung Lao fuera en aumento. Deseaba levantarse de su cama y darle una severa bofetada para desquitar su rabia; pero el dolor y el desgano apenas y le permitían hablar.
—No vuelvas a ofenderme. Hace mucho que has perdido el respeto hacia mi y yo soy el culpable por permitirlo —estrujó sus sábanas con coraje, como si sus manos hicieran con ellas lo que quisieran hacer con la garganta de la mujer—. Raiden sabe lo que es conveniente para la Tierra; solo cumplo con sus órdenes...
Ella, aunque lo vio enfurecido, no pretendía cuidar sus palabras.
—No entiendo por qué lo haces, si él nunca te da el lugar que te corresponde. Prefiere a Liu Kang; es su mano derecha y a ti te deja como segunda opción. ¿Cómo puedes estar conforme? —su intención era clara: inducirlo a sentir odio por su amigo.
—No empecemos con eso de nuevo —recordó la dolorosa charla que tuvieron tiempo atrás.
Li Mei, con sólo ver su actitud, se dio cuenta de que el momento que estaba esperando había llegado.
—A todos nos cuesta trabajo aceptar la realidad, querido amigo; pero llega un momento en que esa venda, irremediablemente, se cae de los ojos y no queda de otra más que afrontarla. De Raiden me es más fácil comprender que sigas sus órdenes; pero lo que se me hace inaudito es que acates las de Liu Kang.
Kung Lao después de estar cabizbajo, la miró con incredulidad. Ella asintió al notar la expresión incómoda de su compañero.
—Sí..., tú bien sabes que es verdad. Ese sujeto tiene control sobre ti; o mejor dicho, Raiden y él tienen control sobre ti.
—Ya guarda silencio, por favor —suplicó, cerrando fuertemente los ojos, sintiendo que estaba abriendo una dolorosa herida en sus emociones.
—Sólo digo la verdad. Ya te lo he dicho antes, Liu Kang está ocupando el lugar que tú debías tener desde un principio; pero te tengo noticias: aún estas a tiempo de arrancarle ese sitio que te ha sido arrebatado —con malicia, le dio esperanzas de revertir la frustración con una sucia estrategia, que le plantearía en breve.
Estaba agitado. La mujer no tenía piedad alguna de él, a pesar de estar convaleciente de una lesión que bien pudo haberlo matado.
—No quiero seguir escuchándote. Si lo que temes es que le diga a todos sobre lo que hicimos en el Outworld, no lo haré. Yo también estoy inmiscuido y no hablaré; pero por favor... vete ya —imploró, casi dejándose vencer por sus terribles palabras. En ese momento sentía mucho dolor en su piel herida y en su ser, como para poder pensar claramente.
Ella lo observaba con calma; pero disfrutando su sufrimiento en su interior.
—No finjas, sabes perfectamente que quieres seguir escuchándome y no me iré de aquí hasta que acabe.
El monje no sabía como reaccionar. Todas esas habladurías eran tan dolorosas; pero tan... ¿ciertas?
—Has derramado tanta sangre por este reino, que mereces tener poder sobre él. ¿No crees que eso sería justo?
A él nunca se le había ocurrido algo semejante; por lo tanto estaba muy confuso.
—¿Por qué habría de pensar así?
—Todos los grandes tiranos buscan apoderarse de territorios; pero la mayoría de ellos los quiere sin haber hecho nada por merecerlos. Simplemente es el hambre de poder lo que los obliga a buscar, por las malas, obtener dominios. En cambio tú ya has hecho suficiente para reclamar tu reino —lo alentó a luchar por lo suyo.
Sudor helado comenzó a brotar de los poros de Kung Lao, quien no podía creer lo que estaba escuchando.
—Puedo percibir que hay un hueco en tu interior que no puede ser llenado con nada; ni con el orgullo de ser digno defensor de la Tierra.
– Es suficiente —sofocado, no hallaba la forma de hacerla callar. Por más que intentaba ignorar sus palabras, estas penetraban en su alma como si aceptara que eran verdad, pero que estaban enterradas muy, muy adentro de él.
Li Mei se dio cuenta como la conciencia de Kung Lao estaba siendo atormentada. Su vulnerabilidad física y mental la estaban ayudando a lograr su cometido.
—No te culpo si odias a Liu Kang, después de todo, él es lo que tú quieres ser, ¿no? Y ni siquiera trates de negarlo, pues no puedes engañarte a ti mismo. De seguro él se siente "dueño del Earthrealm"; pero podemos demostrarle que no es así. Debes exigir lo que te pertenece; que Raiden y Liu Kang te sirvan a ti y no seas tú quien escuche sus mandatos.
—Eso es patético. No sabes lo que estas diciendo —escéptico, consideró carente de sentido que algún día Raiden y Liuy Kang se postraría a sus pies.
—Suena patético, lo sé; pero obtener el poder de tu reino es más fácil de lo que piensas. Lo único que necesitas para lograrlo, es abandonar algo que no te hace falta y que, por el contrario, solo te ata las manos impidiendo tomar una decisión que puede cambiar tu vida.
El monje no emitió ni una palabra y solo se limitó a mirarla negándose a adivinar a qué se refería.
—No tienes que pensar mucho para saber que eso a lo que debes renunciar son los escrúpulos. Hace un momento te dije que quería deshacerme de los guardianes del Outworld para dejarlo desprotegido. Pues eso mismo bastaría hacer con el Earthrealm.
Él guardo silencio escuchándola horrorizado, no solo por la vileza de sus palabras, sino porque tenía una mínima, pero aterradora sensación, de estarse dejando llevar por la cruel oferta de hacer algo que nunca se hubiera atrevido.
—Debes dejar desprotegido al Earthrealm, quitar los estorbos de tu camino; empezando por los defensores de la Tierra. Con ellos nunca vas a poder demandar el reino. Te lo impedirían apenas lo intentaras; es por eso que hay que acabar con ellos —con su cautivante mirada, intento despertar su dormido instinto de supremacía.
Kung Lao, después de haber estado invadido por la ira, de pronto estuvo cabizbajo, lo cual para Li Mei fue como la antesala del triunfo.
— Los defensores de la Tierra son mis amigos —estaba confuso y afligido, como si en ese momento estuviera frente a ellos presenciado su agonía.
—Los defensores de la Tierra son un impedimento para que puedas obtener el poder de tu reino.
El perturbado hombre negó con la cabeza cerrando los ojos.
—Yo no podría hacer eso nunca... —al parecer, llegó a dudarlo y sintió remordimiento por ello.
La mujer guardó silencio un momento, pero sabía que su presa estaba a punto de caer en sus garras.
—Entonces morirás con la vergüenza de haber sido parte de la servidumbre de Raiden durante toda tu mediocre vida. Vaya orgulloso que se sentirá el Gran Kung Lao desde su tumba.
Él levantó la cabeza de golpe y la vio con coraje. Con su familia nadie podía meterse.
—Te permití una vez que lo mencionaras; pero no toleraré que lo hagas de nuevo —advirtió sumamente molesto.
Al notar que sus palabras fueron muy fuertes y que podrían derrumbar todo el avance logrado, Li Mei pensó en resarcir su error.
—Lo digo porque creo que él merece tener un descendiente digno, significativo, amo de su reino de origen ¿Acaso tú no piensas lo mismo? ¿No crees que él lo merece? esperó que pudiera entender la verdadera intención de su comentario.
Y al parecer así fue, pues no le dijo nada; sin embargo, la seguía viendo muy enojado.
Su compañera percibía indignación en él; pero también su indecisión.
—Eso es lo que te ofrezco como paga. Tú me ayudaste a acabar con mis estorbos; yo te ayudaré a acabar con los tuyos. Será en secreto, nadie tendrá por qué saberlo. Comprendo que será muy difícil deshacerte de tus "amigos", pero el precio del poder es así de elevado.
El débil corazón de Kung Lao, a causa de la pérdida de sangre y la peligrosa herida, no soportó más aquella conversación. Sentía sacudidas que lo ahogaban.
—Como te atreves a decir tantas barbaridades... —se tocó el pecho, a causa de la desesperante sensación que le provocó su falta de aliento.
—¿Te ofendes? ¿Por qué? Te hirieron por mí, te has metido en problemas por mí, e incluso mataste aliados por mí ¿Por qué no habrías de hacer todo eso por ti?
Intentó hacerlo recapacitar por todos los medios, y aunque no respondió nada, su silencio era evidencia de su indecisión, lo cual era más que suficiente para ella.
—Ya has dado el primer paso. Los guardianes del Outworld representaban una amenaza para ti en su momento y tuviste que asesinarlos, a pesar de ser aliados tuyos y de tu reino. Es una lección de que a veces hay que dejar de lado los absurdos escrúpulos, por conveniencia propia. Toma mi presencia como un regalo del destino que te da la oportunidad de obtener lo que te pertenece —agregó teniendo como intención concluir la escabrosa charla.
Los ojos de Kung Lao estaban fundidos entre el coraje y la desolación.
La mujer de atuendos negros se puso de pie dispuesta a retirarse; pero antes se detuvo.
—Piénsalo, Kung Lao —dijo haciendo un profundo contacto visual con él— ¿De qué sirve la vida si, aun dejando huella en el transcurso de ella, no estas conforme con lo que has hecho?
La conversación de vio interrumpida cuando súbitamente se abrió la puerta de la habitación. Ella y Kung Lao voltearon hacia la entrada, al mismo tiempo, viendo que se trataba de Liu Kang.
