En la oscuridad
By: Tommy Hiragizawa
Aclaraciones: Los personajes no son míos. Ya quisiera yo ser la escritora más rica de Reino Unido.
Parejas: Hermione/Sirius y Harry/Draco, pero en un futuro.
Advertencias: Violencia, Indicios de Violación y Lemon.
N/a: ¡Hola! Muchísimas gracias por sus reviews del capítulo anterior. A la mayoría de ustedes les gustó, aunque hubo a algunos que les pareció muy repentino el acercamiento entre Hermione y Sirius. Lo entiendo. En verdad. Pero es que aunque este sea la primera muestra de confianza, y Hermione ya comienza a sentirse atraída, ella lo verá como el inicio de una amistad. Igual que con Remus y James. Y hasta cuando se declaren, tendrán un montón de problemas a causa de sus traumas. Espero que entiendan que esto será un proceso largo y aunque lo que yo quería era un fic de no más de 15 episodios me estoy dando cuenta de que esto va para largo y que serán muchos más.
En fin. Este episodio va dedicado a ArdidB, porque subió dos reviews con tal de que subiera el siguiente episodio. Gracias por tus ánimos y siento mucho haberte hecho esperar.
Sin más que decirles, disfruten la lectura.
Atte: Tommy.
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Capítulo diez: Encantada. Magia inocente.
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Lo primero que le pasó a Hermione por la cabeza al despertar aquella primera mañana en su habitación de Prince Manor, el que desde el día anterior era su nuevo hogar, fue que Sirius se iba a terminar cayendo de la cama. Mentira. Eso fue lo segundo que pensó. Lo primero en realidad fue que el animago estaba bueno. ¡No! Buenísimo. Estaba como un verdadero tren.
Y tenía el gluteus traserus más perfecto que jamás hubiera sido visto por ojos humanos.
Pero, Merlín, aquello debería de estar prohibido por la ley. Y, de hecho, no terminara de creerse que no lo estuviera en algún que otro estado. Era ridículo. ¡Estaba bueno incluso con esos horrorosamente holgados pantalones de algodón cuando ese tipo de prendas eran de las que solo servían para matar pasiones! Todo hombre tenía terminantemente prohibido verse bien con esas "cosas", por llamarlas de alguna manera.
Lo observó con detenimiento, mientras poco a poco la lucidez volvía a su cabeza.
La colcha había sido abandonada a los pies de la cama durante la noche. Cosa que no era extraña, porque tenía la tendencia de destaparse por la noche, por mucho frío que hiciera. Por lo menos, ahí era donde se encontraba su porción de la colcha. La otra parte aún permanecía donde se había quedado antes de que ella se durmiera, debajo del cuerpo de Sirius, aprisionada por los músculos maravillosamente marcados de sus costados.
El cuerpo del animago estaba acomodado en una posición que debía de ser infernalmente incómoda. Justo al borde del colchón, como si durante la noche hubiera estado procurando estar lo más lejos posible de ella. Se abrazaba el pecho desnudo con los brazos en un intento de mantenerse en una sola pieza. Las largas piernas dobladas hacia su pecho, con las rodillas suspendidas en el aire, fuera del colchón. En esa posición, Hermione no lograba explicarse como era que lograba seguir dormido.
Le iban a doler todos los huesos del cuerpo como si lo hubieran molido a palos cuando despertara.
En contraposición, su cara… Su cara decía todo lo contrario.
Tenía su rostro de rasgos patricios vuelto hacia ella, con una postura que prometía una condenadamente dolorosa tortícolis. Sus labios perfectos estaban entreabiertos, como si esperaran ser besados, dejando entrar y salir de manera silenciosa el aire de sus pulmones. Su frente estaba totalmente relajada, sin una sola arruga y sus cejas oscuras y pobladas se elevaban en un armonioso arco. Las pestañas, largas y rizadas, proyectaban una débil sombra sobre sus mejillas. Aún dormido, cuando perdía completamente su aire de amenaza, era hermosamente masculino. Y tenía en el rostro una expresión de somnolienta reverencia hacia ella.
Se sonrojó, avergonzada por las paranoias que su cabeza estaba comenzando a montar. No había manera en que un hombre – cualquiera – pudiera elegirla. Mucho menos si estaba hablando de Sirius Black, que con su fortuna, su familia y su belleza tenía a tantas mujeres a sus pies, dispuestas a no solo dejarlo entrar a sus camas, sino también a sus cuerpos.
Algo que no sabía si algún día podría ofrecer a nadie.
También se sonrojó por lo cerca que estaban en uno del otro. O, más bien, lo cerca que ella estaba del cuerpo de Sirius. La distancia que había entre ellos era prácticamente nula. Al igual que era evidente que Sirius había intentado alejarse de ella el mayor espacio que le fuera posible, también era obvio que ella se había movido la misma distancia en su busca. Acurrucándose en su espalda, ávida del contacto y calor que le proporcionaba. Lo cierto es que daba la impresión de que, de poder estar abrazada a él, lo estaría. Pegada como una lapa a su cuerpo.
Volvió a mirar su rostro relajado. La expresión era tan serena como un atardecer de primavera.
En ese momento se dio cuenta de que estaba en la cama. Con Sirius. Y que había dormido con él. La realidad se adentró en su mente de a poco. Lo novedoso y reconfortante de la situación la estremeció hasta el borde de las lágrimas.
"¡Oh, Señor nuestro, qué glorioso tu nombre por toda la tierra!"
Uno de sus sollozos, especialmente fuerte, fue lo que despertó a Sirius de golpe, haciendo que el sobresalto lo llevara a impulsarse hacia delante por instinto. Y, haciendo como siempre su trabajo, la fuerza de gravedad lo llevó de frente contra el suelo.
"Eso debe doler" se dijo, imaginando los futuros chichones que tendría.
Desbordada pro más emociones de las que su cuerpo podía soportar, se debatió entre seguir llorando o reír. Ante tal paradoja, no tardó mucho en descubrirse estallando en carcajadas. Y mientras ella se desternillaba a su costa, Sirius fue despertando a la realidad con la misma gradualidad con la que lo hizo ella. La miró. Se miró. Repitió el proceso. Movió las piernas, como tratando de entender el por qué llevaba puestos los pantalones. Se talló los ojos y volvió a iniciar el proceso.
Frunció el ceño.
- ¿Estás bien? – le preguntó, inclinándose por el borde del colchón con la voz entrecortada por las risas.
- Sigue riendo, Querida – gruñó con las cejas exageradamente inclinadas hasta juntarse en el puente de su nariz pero con la voz destilando su parco humor – Mañana tus zapatillas amanecerán escurriendo en baba de perro –
Su amenaza, más que asustarla, la hizo reír con más fuerza que antes. Estuvo a punto de recordarle que ella no tenía zapatillas, así que de nada servía que dijera aquello.
- ¿Qué hora es? – preguntó, restregándose los ojos.
- Temprano – contestó, aún jadeando.
Se secó las lágrimas de risa con el dorso de la mano. ¡Le dolían las mejillas de tanto reírse!
- ¿Vienes a la cama? –
Él pareció estudiar la situación a conciencia antes de mirarla a los ojos. En ese momento ocurrió una explosión de electricidad que la dejó con la piel de gallina. La energía del estallido había estado reuniéndose desde mucho antes. Desde que él deslizaba la mirada por la curvatura de se cuello, que tal vez fuera la única parte de su cuerpo que no tenía cicatrices. Fue como si un ligero hormigueo se quedara ahí donde él hubo puesto la mirada.
Sintió que había ganado la Segunda Guerra Mundial.
- Apártate un poco – farfulló, al final.
Mientras ella se hacía hacia atrás para hacerle espacio, él bajó la mirada hacia las sábanas, fulminándolas. De haber tenido visión de rayos láser, como Superman u otros súper héroes, en ese momento las sábanas no serían más que un montón de tela chamuscada. Sin previo aviso, saltó entre ellas con un movimiento tan rápido que por poco y no logra verlo. Lo cual fue muy sospechoso. Además, se había metido entre las sábanas, en lugar de acostarse sobre ellas como la noche anterior. Le llevó a pensar que trataba de ocultar algo.
"¡Qué imaginación!" pensó, regañándose a si misma mentalmente. Aunque sus sospechas aumentaron cuando hizo una mueca de dolor al acomodarse.
¿No estaría…? Se sonrojó hasta las orejas de solo pensarlo. Pero eso contestaba a todas sus dudas. Y era natural. Un despertar natural, para un hombre jovial y sano.
Tan pronto como dejó de dar vueltas, revolviéndolos a ambos como si fueran ensalada en un cuenco, ella se acurrucó lo más cerca que pudo de él, y al mismo tiempo, lo más lejos que su necesidad le permitió. Sin llegar a tocarlo pero sintiendo infinitamente su presencia. Fue difícil, pues tuvo que combatir con dos frentes diferentes. El que le pedía que se alejara echando leches, o el que le pedía con creciente necesidad que le sirviera de manta.
0o0o0o0o0o0 En la Oscuridad 0o0o0o0o0o0
No recordaba haber tenido una mañana más completa y satisfactoria en todos los años que tenía de vida hasta el momento. Un solo día en que se hubiera dedicado en cuerpo y alma a cosas tan banales pero al mismo tiempo tan significativas para ella. Durmió hasta tarde, cuando en el pasado siempre era la primera en estar despierta, casi con las primeras horas del alba. Ni siquiera había sentido en qué momento Sirius se había ido de su lado.
Más tarde, después de mucho remolonear en su cama tan blandita, Remus le llevó el desayuno a la habitación. Suficiente comida como para que un pequeño campamento militar se abasteciera durante un año. Simplemente había llegado con un carrito lleno de comida precediéndolo, llenándole los sentidos con los variados aromas, y con una sonrisa amable en el rostro. Ese era el Remus caritativo y amoroso que recordaba. Y la comida parecía salida del servicio de habitaciones de un hotel de cinco estrellas. Había gofres de fresa y chocolate, cruasanes, huevos preparados de siete formas diferentes, fruta recién cortada y esparcida con azúcar, cereales y salchichas. A su vez, había chocolate caliente, leche, jugo de naranja y café recién hecho para acompañar.
Los aromas parecieron llenar el espacio vacío de la habitación y ya de paso, despertar a su estómago, que de inmediato comenzó a darle la bienvenida al recién llegado. Rugía con tal estridencia que no pudo evitar avergonzarse.
Antes de darse cuenta, ya había dado fin a la mitad de lo que había en el carrito ante un alucinado hombre lobo. Y mientras lo hacía hizo nota mental de darles las felicitaciones a los elfos domésticos. Esos eran los mejores gofres que jamás hubiera probado.
Una hora después apareció James cargado con más regalos que papá Noel en navidades. Solo tendría que tomar multijugos y hacerse pasar por Dumbledore. Agregar una gran barriga y presto, Navidades adelantadas. Libros de todo tipo y alguna que otra revista, tanto muggles como mágicas. No pudo dejar de notar que no había nada que tuviera que ver con deportes.
Lo más gratificante fue ver que entre los muchos libros que le había llevado estaban varios de sus preferidos. El nombre de la rosa, de Humberto Eco, El resplandor, de Stephen King, Entrevista con el vampiro de Anne Rice. Drácula, y sus favoritos de la literatura clásica. Sintió un profundo deseo de abrazar el ejemplar de Orgullo y prejuicio. ¿Qué mujer podía resistirse a vampiros apuestos y cínicos, historias románticamente empalagosas y secretos bien camuflados?
En el lote también había una colección de películas en VHS. Se quedó mirando los casetes como si fueran a salirles pies y correr hacia la puerta. ¿Dónde se supone que iba a verlos? Resopló, con fastidio hacia su propia ingenuidad. Si Severus conocía a los Beatles y tenía un Jaguar en su cochera, que no era el único coche en ella, ya no debería de sorprenderla si se encontraba con una habitación habituada para las maravillas y bondades de la televisión por cable y las video caseteras.
Nada más irse él, tomó un baño de dos horas en la gigantesca bañera del cuarto de baño privado. ¡Era una piscina! ¡Giganumental! Esperó hasta que estuvo llena y vertió todo tipo de esencias aromáticas, no queriendo utilizar las sales por si aún podían dejarle alguna herida mal cicatrizada permanentemente en la piel. Era como estar en un hotel de cinco estrellas. O algo muy parecido. Dudaba que en ese tipo de hoteles, donde la gente paga una fortuna por relajación, hubiera personas que llamaran a las puertas en intervalos de cinco minutos o menos. Ya había perdido la cuenta de las veces que se habían pasado por ahí Remus y James. Dejó de contar cuando iba por la decimoquinta.
"Tú que exaltaste tu majestad sobre los cielos"
Cuando salió se sentía como un gatito bien alimentado que se acurrucaba en un cojín blandito. Podía jurar que en algún momento incluso se había puesto a ronronear, acostada en su cama envuelta en un albornoz verde.
De los merodeadores, el único al que no había visto desde que se despertó por segunda vez fue a Sirius.
Severus, por otra parte, había pasado una vez a verla, sin toda la parafernalia que sus otros visitantes hicieron. Lo cual agradeció. Mientras más la adornaban, más la hacían sentirse apartada de ellos. Siempre calmado y estoico, le había dado los buenos días con un murmullo escueto y sin decir nada más, dejó un par de bolsas con ropa sobre la cómoda. Las prendas eran muggles y le sentaban como anillo al dedo. No tenía idea de donde había sacado su talla ni la ropa, pero se sintió muy agradecida con él por el gesto. Al parecer, había sido el único en recordar que no tenía nada más que lo puesto. Intuyó que las prendas eran como una ofrenda de paz por el hecho de que tuvieran que convivir con Draco en casa.
Hablando de Draco…
Por más placentera que hubiese sido toda esa pérdida de tiempo, sabía perfectamente que lo único que pretendía con todo aquello era huir como una cobarde de lo inevitable. No podía escudarse con eso por mucho más tiempo, a menos, claro, que deseara terminar más arrugada que una viejita de ciento y muchos años o rodando por el suelo de tanto comer. Debía bajar en algún momento al salón. Más sencillo aún. Algún día tendría la necesidad de salir de la habitación. En cualquiera de esos momentos terminaría por encontrarse con el niño de ojos grises y cabello platinado que ya había imaginado con total claridad. Y como bien decía el dicho: al mal paso, darle prisa.
Se dio una última pasada con el sepillo por el cabello. Nunca había tenido paciencia suficiente para darle las cien espilladas que los cánones de belleza estimaban para tener un cabello sano y bello. Dudaba que eso fuera a ayudar a sus rizos encrespados en algo. Pero, en fin, se estaba yendo por las ramas. Suspiró cansada. Salió de la habitación con paso firme, queriendo terminar con aquello antes de que su fuerza de voluntad flaqueara y se desmoronase.
Jamás dejaría de sorprenderse de la elegancia y la belleza de aquél lugar. Los muebles, los techos, los cuadros. Cada pieza decorativa decía con letras grandes y fluorescentes "cuesto un ojo de la cara". Daba la impresión de estar en el palacio de un Zar. Aunque la simple idea de que Severus fuera de la realeza le causaba gracia. Tocó la barandilla de la escalera, repleta de diminutos detalles en hoja de oro. Tan pequeños y delicados que desde lejos no se apreciaban más que como un brillo sobre la superficie inmaculada del mármol blanco. Con cada escalón que bajaba, sentía un poco de su valor Gryffindoresco quedarse atrás.
"Crack" se quebraba un poco. "Crack" seguía resquebrajándose. Y junto al ruido imaginario, sonaban los pasos sordos de sus pies descalzos sobre la moqueta.
Llegó a la primera planta, donde los colores se hacían más variados e intensos, al igual que las texturas. Notaba la mullida alfombra bajo las plantas de los pies, causando una agradable fricción a cada paso. Poco a poco los sonidos del salón de estilo francés se hacían más y más claros.
Severus estaba en la puerta del salón y la saludó con una inclinación de cabeza al advertir su presencia. Solo hizo un movimiento más, con el que le señaló el interior de la estancia iluminada por el sol del mediodía con una tormenta de emociones surcándole la mirada.
"En boca de los niños, los que aún maman, dispones baluarte frente a tus adversarios"
Dos niños jugaban alegremente en el suelo. Uno de ellos, con su cabello negro y sus brillantes ojos verde esmeralda. Solo verlo le causaba una tremenda sensación de paz interior. La certeza de que había hecho de su futuro algo mejor, que él sería un mejor hombre. Y que ella estaría ahí para verlo. El otro era la cosita más mona que hubiera visto en su vida. Incluso más que Harry, admitió con sinceridad. Era una preciosidad de cabello rubio que brillaba intensamente con la luz del sol y que enmarcaban su rostro con suavidad. Si Harry le había parecido un muñeco de porcelana, Draco era la fiel representación de un querubín. Su trajecito de pantalón y camiseta para niños, hacía que pareciera salido de una de esas revistas de moda infantil.
James no se movió de su sillón cerca del hogar, en el que estaba sentado mientras leía un pesado libro que apoyaba sobre sus piernas cruzadas. A sus pies, muy cerca de él, estaba Harry, que en esos momentos sostenía entre sus deditos un peluche con forma de Dragón rojo que agitaba una y otra vez delante de él, riendo con fuerza con una carcajada limpia y cristalina de esas que te hacían querer reír también.
Sirius estaba sentado junto a su amigo, aparentemente mirando hacia la gran ventana con vistas al jardín principal, donde los árboles se mecían perdiendo sus hojas bajo el raudo azote de las brisas del otoño.
De inmediato advirtió que aquello no era más que una fachada que ambos se esforzaban por mantener. James no había dado la vuelta a las hojas en ningún momento y sus ojos estaban más en la labor de ver por la seguridad de su hijo que por leer lo que fuera que el libro contuviera. Igualmente, Sirius se volvía cada pocos minutos para ver a su ahijado.
Sus actitudes le arrancaron un bufido. Como si un niño de menos de dos años pudiera estar tramando alguna fechoría.
A pesar de su tensión, las risas de Harry llenaban la estancia, mezclándose con las más suaves y dulces de Draco, que en medio del salón, parecía un pequeño principito. La luz que llenaba la habitación hacía brillar su espléndido cabello platino y su sonrisa inocente le enterneció el corazón.
Y aunque lo negarían más tarde, incluso James y Sirius parecieron derretirse en el acto.
Hermione se volvió hacia Severus con la boca seca.
- Nunca había visto sonreír a Draco – confesó en un murmullo.
Y era verdad. Nunca lo había visto sonreír sin que en el fondo de sus ojos hubiera malicia, o melancolía. Nunca había visto una sonrisa verdadera de felicidad. Solo cinismo y alegría por el dolor ajeno.
Severus no despegó en ningún momento la mirada del niño. Sus ojos brillaban con un claro afecto paternal hacia su ahijado que no le pasó desapercibido. No pudo evitar el pensamiento de que él sería un gran padre para Draco. Sí. Un padre verdaderamente maravilloso.
Asintiendo, el Slytherin suspiró.
- Imagino que para cuando entrara a Hogwarts, Narcisa ya no habría podido protegerlo de Lucius –
- ¿De que hablas? – su comentario había encendido todas las alarmas en su cabeza.
- Después de que Lupin lo rechazara, Lucius no volvió a ser el mismo. Siempre había sido un partidario de la pureza de sangre, pero nunca un radical. De un día para otro se volvió violento, se podría decir que sádico. Yo entré al grupo de los mortífagos por malas decisiones, pero nunca me agradaron sus ideales, en cambio, Lucius disfrutaba del dolor que causaba – apretó los puños hasta que los nudillos parecían a punto de saltar fuera de la piel – casi violó a Cissy en su noche de bodas. Ella me contó que él deseaba entrenar a Draco para que fuera el perfecto mortífago. Un seguidor de la nueva generación para su señor. A veces, cuando Draco se le acercaba cuando apenas estaba aprendiendo a caminar, lo alejaba de él a patadas –
- ¡Oh, por Dios! – gimió ella, espantada por las declaraciones.
"Para acabar con enemigos y rebeldes"
Viendo, además, con nuevos ojos al niño que jugaba sobre la alfombra de tonos maravillosamente variados. Él solo era uno más de los que habían sido condicionados por su entorno y por su educación. No se podía esperar amor de una persona que nunca lo ha recibido. Compasión de quién no la conoce. Ella tenía la oportunidad de mostrarle ahora todas esas cosas y se las daría. A raudales.
Con un nudo en la garganta, ambos volvieron a concentrarse en los niños del salón. Harry le había prestado su dragón rojo a Draco y ahora jugaba con un camión muggle de bomberos, también rojo. No le quedaba dura de quién eran los juguetes. No era posible que una familia orgullosamente Slytherin comprara juguetes rojos a su hijo, mucho menos si estos eran muggles.
Con un gemido de protesta, Draco abrazó contra su pecho el dragón rojo y frunció el ceño.
- ¡Obby! – chilló con su cálida vocecilla infantil.
Apenas un segundo más tarde, una criatura que hubiera hecho llorar a cualquier niño muggle apareció en la habitación. No era mucho más alto que cualquiera de los dos niños pero si mucho más delgado. Tanto que se le notaban horrorosamente las costillas. El elfo doméstico iba vestido con una ajada funda de almohada adaptaba para su uso y de inmediato corrió hacia donde estaba su pequeño amo. La criatura era muy joven aún, pero a Hermione no le costó trabajo reconocerla. Al verlo llegar, Draco soltó una carcajada y aplaudió, en evidente regocijo.
- ¿Qué sucede, Señor amito, Señor? – Dobby parecía totalmente emocionado ante la llamada del niño. Retorcía las manos constantemente para controlar – sin mucho éxito – los nervios.
- ¡Tete! – gritó el rubio entre risas.
- Lo que el Señor Amito desee –
Tan rápido como llegó, se fue. Y regresó después. Llevando consigo la petición del niño. Una botella de leche caliente que el último de los Malfoy se apresuró a arrebatarle al elfo de las manos y a tomar a grandes tragos, negándose a aceptar la ayuda que el elfo le ofrecía para hacerlo.
Sirius, desde su asiento, bufó.
- Tan pequeño y ya es un tirano – bromeó – Malfoy tenía que ser –
Casi como si hubiera entendido el comentario, Draco alzó la carita, elevando la nariz que en un gesto pomposo.
"Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas, que fijaste tú…"
Un jadeo a sus espaldas los hizo volverse a ella y a Severus. Ahí estaba Remus, con el cabello goteando como si acabara de salir de la ducha. Pero él no los miraba a ellos. Solo tenía ojos para el diablillo que empinaba el biberón para tomar su leche. Con pasos temblorosos, el licántropo se fue acercando hacia Draco, que lo miró con curiosidad por sobre la botella, sin dejar en ningún momento de mamar. Hermione no pudo evitar observar la expresión de tristeza en el rostro de Remus cuando se arrodilló a su lado.
Y ella sabía el por qué de esa expresión.
Se le contrajo el corazón por el dolor de Remus.
Alertado por la llegada del licántropo, Harry alzó la mirada de su camión y volteó en su dirección. Al verla en la puerta, se pudo de pie con dificultad y se acerco a ella con alegría, comenzando a parlotear incoherencias con los brazos en alto para que lo cogiera en brazos. Con una sonrisa lo levantó y lo abrazó con fuerza antes de depositar un beso sobre el siempre revuelto cabello negro, herencia de los Potter. Feliz por la tensión que se le prestaba, Harry comenzó a brincotear en sus brazos, riendo sin parar y abrazándose a su cuello.
Mientras tanto, Remus y Draco seguían viéndose fijamente sin decir o hacer nada. Draco aún parecía esperar algún movimiento del hombre lobo y Remus no lo hacía porque se había desconectado de la realidad por completo. El hombre de cabellos castaños simplemente lo contemplaba, como si fuera la cosita más perfecta del mundo. Los otros merodeadores esperaron expectantes la reacción de Remus ante el hijo del que pudo haber sido su pareja. Su hijo también.
Cansado de esperar algo que no llegaba, el bebé rubio alejó la mamadera de su boca, sonrió, mostrando con orgullo sus dientes y los huecos donde aún faltaban algunos, y extendió el brazo para ofrecerle la botella de leche medio vacía al hombre lobo.
- ¿Te-Te? – le preguntó con su hablar titubeante, propio de un bebé.
Ahogando un sollozo, Remus cogió la botella y sonrió con ternura al niño. Rozó son sus dedos maltratados por el tiempo la suave piel de la mano diminuta antes de acariciarle con aún mayor delicadeza desde el cabello claro, que parecía blanco con el roce del sol, hasta las mejillas pálidas y regordetas.
- Gracias, Cachorro – Draco soltó un gorjeo emocionado al escucharlo, indicándoles a todos que le había gustado el apelativo cariñoso que el licántropo había usado – pero ahora no tengo hambre –
Draco no aceptó de regreso el biberón, simplemente lo dejó de lado. Dio un gritito emocionado y se arrojó a los brazos de Lupin.
Aunque lograra vivir cien años, incluso un milenio completo, Hermione supo que jamás lograría olvidar la expresión torturada de Remus Lupin mientras alzaba del sueño al pequeño Draco Malfoy. Sus párpados apretados en un gesto de total desesperación. La mirada llena de profundo y angustiante dolor que se reflejó en esos ojos dorados al estrechar al niño contra su pecho. Su tormento.
Había en él tanto anhelo… Tanto, tanto sufrimiento.
Era la mirada de un hombre que la perdido mucho y que, sabiendo que tiene en sus manos el tesoro más maravilloso de todos, ruega al cielo que no se lo arrebaten también.
"¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides?"
Duró apenas un segundo, pero Hermione podía jurar haber sentido la magia de Remus conectarse a la de Draco. No dudaba que hubiera sido así en realidad, porque, al instante siguiente, Draco desprendía un olor parecido al de Remus además de su natural olor a leche dulce.
El licántropo había encontrado a su cachorro.
Cerrando los ojos, Remus recostó la mejilla en la coronilla del niño, abrazándolo con todas sus fuerzas.
- Mi niño – jadeó sin voz – Mi precioso Dragón – le besó los cabellos mirándolo con total adoración – Eres idéntico a tu padre –
- ¿Má? – preguntó de repente, mirando desesperado a todas direcciones, buscando a Narcisa con la mirada. Al no encontrarla, Draco comenzó a revolverse inquieto.
Una mueca de dolor cruzó el rostro del hombre lobo, que acarició la mejilla de Draco con cuidado. Nadie podría reemplazar a Narcisa como la madre del niño, pero Hermione estaba segura de que el pequeño Malfoy sería feliz con la vida que le había tocado. Tendría dos padres amorosos para educarlo. Remus clavó la mirada en Severus, pidiéndole auxilio. Este comenzó a acercarse, pero por la angustia reflejada en sus ojos, ella sabía que ninguno de los presentes estaba preparado para decirle la verdad al infante.
- Se ha ido, Draco – la voz del maestro pocionista se quebró sin poder evitarlo.
¡Oh, Merlín! Aquello era verdaderamente descorazonador. Ver a esos dos hombres tratando de ser el soporte del otro y del niño, mientras que a Draco poco a poco comenzaban a aguársele los ojos.
- ¿None? – arrugó la nariz.
Ese gesto le hizo recordar a su madre. Era el mismo que hacía ella cuando algo le disgustaba, como si algo se estuviera pudriendo en las cercanías y apestara. Comenzó a revolverse en los brazos de Lupin con más fuerza, intentando liberarse
- ¡Mami! -
Hermione desvió la mirada de los tres, sintiendo las lágrimas agolparse también en su ojo. El líquido salino pugnaba por salir y empaparle el rostro. Un sollozo que no provenía de su boca le hizo saber que Remus no había sido tan fuerte. Temblaba de pies a cabeza mientras lloraba.
- No va a volver, Cachorro – jadeó el merodeador.
Los ojitos grises desbordaron hasta que las lágrimas rodaron traviesas por sus mejillas. El rostro se le enrojeció en apenas unos segundos en los que Draco se echó a gimotear ruidosamente. Llamando a su madre una y otra vez.
- Daco quede mami – chilló.
- Lo sabemos, Draco – Severus tomó a Draco de los brazos de Remus – Lo sabemos –
Lupin se dejó caer a uno de los sillones al verse librado del peso de su cachorro. El moreno arrulló al rubio, acariciándole la espalda con movimientos circulares. James y Sirius dejaron sus asientos junto a la ventana y se sentaron a los costados de Remus, abrazándolo uno por cada hombro.
"Le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies"
Severus y Remus intercambiaron una mirada apesadumbrada que dijo más de lo que las palabras jamás habrían podido. Hermione supo que lo más importante para ellos en ese momento era el pequeño bulto tembloroso en los brazos del Slytherin.
Draco escondió su carita de querubín en el cuello de Severus y, sin más, se echó a llorar con más estridencia que antes, llamando a su madre a voz de grito entre sus gimoteos. Con cada nuevo llamado, ella sentía un pedazo de su corazón quebrarse, y unirse al sufrimiento del niño.
Comprendiendo su dolor y solidarizándose con él, poco a poco los ojos de Harry se fueron inundando también y lanzando con todas sus fuerzas el camión de bomberos al otro lado de la estancia, berreó con estridencia, clamando por Lily Potter. Pero por mucho que ambos niños lloraron hasta sucumbir al sueño ya sin fuerzas para llorar o gritar, ninguna de sus madres llegó.
"¡Oh, Señor nuestro, qué glorioso tu nombre por toda la tierra!"
Aunque seguro que ellas también lloraban por ellos desde lo alto.
Continuará…
Hola a todos.
Me siento muy avergonzada por haber tardado tanto con este episodio, pero es que el fin de semana pasado tuvimos en casa a mi prima de Francia y nos la llevamos a ella y a su esposo a ver pueblos aquí en Burgos y el sábado fue la confirmación de mi hermana menor. Mi abuela ha estado internada toda la semana en México y mi madre se fe el miércoles por la mañana para allá. Pero no llegó para verla viva. Murió el mismo miércoles por la tarde y ella llegaba por la noche.
En pocas palabras, no he tenido ni tiempo ni ánimos para ponerme a escribir. Y lo he hecho únicamente porque creo que se merecen mi constancia, pero no sé si haya quedado bien con lo poco inspirada que he estado.
Gracias por los reviews a: Sayuri-chan-aly, Pabaji, ArdidB, Okashira Janet, Elizza Malfoy, Anónimo, Smithback, Neliam.
Espero de todo corazón que les guste.
Atte: Tommy
