La oscuridad de la noche ocultaba el avance del ejército de Rohan. Desde el norte y sin apenas descanso Éomer dirigía a sus tropas al encuentro de Théoden. Las nuevas que el Peregrino Gris les había llevado les había puesto en marcha casi de inmediato.
Más de dos mil jinetes de Rohan le seguían con devoción. Los mejores, los más fuertes y experimentados. La élite. Los que no habían dudado en condenarse al destierro junto a su comandante con tal de seguir luchando por Rohan, por sus familias, a pesar de que, aparentemente, no era la voluntad de su rey.
Éomer detuvo a su caballo. Un objeto brillante llamó su atención en la oscuridad, a través de la lluvia. Bajó del caballo mientras sus huestes seguían avanzando. En el suelo, medio enterrado en el barro había visto algo que le era muy familiar. Se agachó a recogerlo al tiempo que se sacaba el yelmo, y su rostro se tiñó de preocupación.
Sombragrís le alcanzó y Gandalf detuvo su avance. Rápidamente saltó del caballo y se situó junto a Éomer. En sus manos había una daga, perfecta para una mujer. Tenía la empuñadura de plata y un caballo grabado en ella.
- Esta daga es de mi hermana pequeña. Yo mismo la mandé fabricar para ella hace años. Dudo mucho que la haya perdido en un descuido... - Gandalf guardó silencio. Conocía bien a Érewyn y sabía que era poco probable que la hubiera perdido. Si estaba allí era porque la había tenido que usar de improvisto y no había tenido tiempo de buscarla. Seguramente había tenido que abandonar el lugar rápidamente.- ¿Les habrán emboscado? -
- Es imposible ahora encontrar huellas o pistas de lo que ha podido pasar. - Dijo el mago, viendo que Éomer comenzaba a mirar a su alrededor ávidamente. - Lo más sensato es continuar. Y en todo caso avivemos la marcha. Hay que llegar al amanecer y aún falta un buen trecho.
El mariscal entendió las palabras de Gandalf y siguió su consejo sin vacilar. Guardó la daga de Érewyn en su propio cinto y subió de nuevo a su caballo.
-¡Jinetes! - gritó. - ¡Galopad!
- Están ganando terreno. ¡Preparáos para la retirada!
El rey Théoden daba instrucciones mientras observaba preocupado el avance de las tropas de Saruman sobre las suyas propias. La caída del muro significó un antes y un después en el transcurso de la batalla, pero ¿quién iba a imaginar que el mago descubriría el punto flaco de Cuernavilla? Ni siquiera Helm Mano Martillo había sido afectado por esa debilidad en el muro cuando defendió la fortaleza contra los dunlendinos en el 2758.
Oscuras eran las artes que había usado Saruman para descubrir y para destruir aquel punto, y Théoden comenzaba a pensar que Gandalf tenía razón y el corazón del hasta entonces Mago Blanco había sido absorbido por la oscuridad de Mordor.
Y si el poder de Mordor apoyaba aquel ejército de Uruk Hai, escasas eran las posibilidades que tenían de salir victoriosos.
- ¡La puerta! ¡Reforzad la puerta! - Ordenó Gamelin. Por la rampa que subía hasta el portón un numeroso grupo de orcos corría protegiéndose con escudos y portando lo que parecía un gigantesco ariete.
- Asegúrate de que las caballerizas están a salvo. Podrían entrar también por allí. - Dijo Théoden a Háma. El rey salió de la fortaleza y se unió a sus tropas en la defensa de la puerta, que ya comenzaba a romperse por las embestidas de los orcos.
El ujier de Théoden corrió a toda prisa entre la multitud. Dentro del castillo, un gran arco comunicaba con una rampa interior que descendía hasta las cuadras y la armería y, de momento, por allí todo estaba tranquilo. El único ruido que se oía procedía del exterior.
Háma vio a un muchacho que venía de las cuadras medio corriendo, portando escudo, espada y yelmo.
- ¿Qué haces aquí? ¡Vamos, vuelve arriba! ¡Hay que defender la puerta, están intentando entrar y necesitamos toda la ayuda posible! - El muchacho, que parecía asustado, se sobresaltó al oír la voz de Háma pero se apresuró a cumplir las órdenes y a acudir al portón principal.
Háma siguió bajando, mientras negaba con la cabeza. Tenía pinta de ser muy joven y el ujier dudaba que llegara vivo a la mañana siguiente, por muchas precauciones que hubiera tomado al armarse.
Aquella batalla estaba siendo una sangría. Ya no sabía cuánta gente había en la fortaleza pero estaba seguro de que todos los granjeros y campesinos que habían formado parte del aquel ejército de Cuernavilla habían caído ya o estaban a punto de hacerlo.
Háma llegó a la puerta de las caballerizas y la abrió, espada en mano. Al otro lado reinaba el silencio y los caballos relinchaban, nerviosos, pero a salvo.
Háma se adentró en las cuadras al reparar en la pared más cercana a la armería. Se había derrumbado, seguramente a causa de la explosión.
Caminó unos cuantos metros por el pasillo. Los caballos estaban a salvo. Parecía que el derrumbamiento había impedido el paso de los orcos. Pero algo en el suelo le llamó la atención. No eran escombros. Háma se acercó más al bulto inmóvil, y al adaptarse más su visión a la oscuridad reinante contempló los cadáveres de dos orcos, con el ojo y el cuello respectivamente atravesados con flechas de ballesta.
Háma siguió caminando hasta el final del pasillo. Bajo los escombros de la pared había otro cuerpo degollado cuya sangre había formado un gran charco y ya en la armería divisó el enorme cadáver de un Uruk Hai con el abdomen atravesado con una gran estaca.
Asombrado, se dio cuenta de que si aquellas alimañas no hubieran fallado, seguramente habrían matado a todos los caballos antes de que arriba se hubieran dado cuenta de nada. Y Háma tenía una idea bastante acertada de quién debió matarlos. Le había subestimado al verle tan menudo, pasando a toda prisa a cumplir su deber en el piso de arriba. Por lo menos recordaba perfectamente el yelmo con el que había protegido su cabeza.
Debía informar a Théoden de lo que había pasado y, si sobrevivía, encontrar al joven soldado que había protegido los caballos de los rohirrim no sería demasiado difícil.
Al llegar afuera Érewyn casi no tuvo tiempo de asimilar lo que estaba pasando. Un gran grupo de guerreros trataban de apuntalar la puerta como podían. La gruesa balda de madera estaba a punto de partirse, y, a través de la rendija que quedaba abierta y que los rohirrim trataban de cerrar con todas sus fuerzas, algunos orcos delgados se estaban colando dentro del fortín.
Sin apenas tiempo a reaccionar detuvo instintivamente el ataque de uno de ellos con su escudo. Tal y como había hecho con el Uruk, Érewyn trató de moverse deprisa, y comprobó que aquel orco era muy lento y tardaba en reaccionar. Érewyn no lo pensó más y aprovechó esa debilidad para asestarle un golpe en el cuello con el filo de su espada. La sangre que brotó como un chorro por las arterias abiertas de la criatura le manchó el yelmo y parte de la cara que tenía descubierta.
Aún no había caído al suelo cuando ya tuvo encima a dos más. Se colaban como arañas por entre los soldados, quizá tratando de llegar a la parte posterior, donde sabían que podrían encontrar al comandante de los Eorlingas.
Pero Érewyn no iba a permitir que tocaran a su tío, y con agilidad fue derrotando a los que llegaban hasta ella. Su respiración se hizo más rítmica y la confianza fue sustituyendo al miedo.
Era tal y como Théodred y Éomer siempre le habían dicho, rápida y ligera, y claramente superior a ellos.
Háma se incorporó a la defensa y el número de orcos que llegaban hasta ella, apostada a medio camino de la cámara real se redujo a la mitad. El ujier de su tío blandía la espada con fuerza y las alimañas caían como moscas. A pesar de la emoción de la batalla, que sentía correr por sus venas como si de un veneno se tratara, Érewyn agradeció el descanso que Háma le dio.
Otra embestida del ariete y un gran agujero se abrió en los tablones de madera. A través de él, los Uruks trataban de ensartar con lanzas a los defensores de la puerta. El mismo rey se unió entonces a la primera línea, matando a dos de ellos, y el corazón de Érewyn casi se detuvo al ver el hombro de su tío ensartado en una lanza orca.
- ¡Abrid paso! - Ordenó Gamelin, llevando consigo al rey para resguardarle de más ataques.
La muchacha se unió sin pensar a la defensa de la puerta, casi en primera línea. Pero era demasiado menuda para llegar hasta ellos, y los Uruks eran demasiado grandes. No podría detenerles. Debería haberse llevado también una ballesta de la armería.
- ¡Escalaaaas! ¡Escalas en el muro del fortín! - Mediante gruesas maromas unas enormes escalas comenzaban a subir hacia el muro superior del fortín.
Legolas corrió escaleras arriba para asomarse por una tronera. Desde allí comenzó a disparar certeras flechas que cortaban las cuerdas de las escalas, impidiéndoles llegar al muro.
- ¡Ava len lav min! (¡No les dejéis entrar!) - El elfo comandaba todavía una guarnición de arqueros élfos, y junto a ellos se apostó en la muralla, esperando la llegada de las escalas, que ya no podían contener. En aquella posición de la torre únicamente se hallaban ancianos y niños armados con piedras que arrojaban sobre las cabezas de los orcos. Sólo con que uno de ellos consiguiera poner el pie en la fortaleza significaría la muerte de los precarios defensores. - ¡Len chadad! (¡Disparad!).
Una descarga de flechas élficas volaron hacia las escalas.
- ¡Escalas! ¡Por arriba! ¡Van a entrar al fortín! ¡Cubrid la muralla!
- ¡Aquí no ayudas, chico! - El brazo del segundo al mando tras Gamelin la empujó hacia atrás, casi arrojándola al suelo. Érewyn se recolocó el yelmo y estuvo a punto de protestar, pero recordó que no debía hablar por nada del mundo. Su voz la delataría - ¡Sube a la muralla! ¡Eres escurridizo y allí serás más útil!
Sin rechistar, acató las órdenes y corrió por el pasadizo entre muros hasta las escaleras que subían al muro de la fortaleza. Mientras subía los peldaños casi de tres en tres, oía los gritos de los soldados que caían heridos muralla abajo. Llegó arriba con la respiración acelerada y en seguida vio un objetivo en el que ensartar su espada corta. El Uruk que acababa de saltar desde una escala rugió antes de cargar contra ella como poseso y Érewyn simplemente se agachó y blandió la hoja de su espada, cortándole una pierna. Esquivó la espada orca que pasó rozando su sien y siguió avanzando hacia un grupo formado por arqueros elfos y campesinos. Entre ellos vio a unos niños que no tendrían ni 13 años, arrojando piedras muralla abajo.
- ¡Aaagh! - Un anciano cayó al suelo, atravesado por una flecha orca y el niño que estaba apostado junto a él, le miró, presa del pánico. Se había quedado conmocionado, aquella flecha podía haberle alcanzado a él. En aquel estado poco tardaría en acompañar al viejo. Érewyn se acercó a él y le obligó a agacharse, protegiéndose de los proyectiles detrás del muro.
- ¡Eh! - El chico aún miraba el cadáver con los ojos desencajados. - ¡Escúchame - La voz de Érewyn le sacó de sus pensamientos. Era una voz de mujer… ¿Podría ser…? - ¡Entra en el castillo sin que te vean y escóndete! ¡Deprisa!
Entonces sí, el niño reconoció la voz de Érewyn, la Dama de Edoras. Asombrado, simplemente asintió con la cabeza y Érewyn le empujó para obligarle a ponerse en marcha cuanto antes. Apoyada contra el muro, le vio alejarse a gatas, mientras otra andanada de flechas sobrevolaba el aire por encima de su cabeza. Le daba igual que su tío hubiera reclutado hasta a los niños. Aquel no era el lugar donde tenían que estar.
Respiró profundamente y escuchó el grito de guerra de más orcos que eran izados con escalas hasta la torre. Exhaló el aire con el que había llenado sus pulmones y se levantó de un salto, dispuesta a recibir con su acero a los nuevos enemigos.
Tras luchar como auténticos héroes (o auténticos locos), Aragorn y Gimli se colaron en el fortín. El Muro del Bajo ya no existía y las huestes de orcos habían tomado posiciones desde allí, acabando con numerosas vidas. Aragorn se había arrojado al exterior de Cuernavilla en un acto completamente desprovisto de cordura, tras ser testigo de la muerte de Haldir, y desde allí había acabado con muchos de ellos. Pero ya no podían contenerlos más y el montaraz retrocedió junto a Gimli.
En el fortín eran más necesarios que arriesgando su vida inútilmente ante una hueste de orcos que parecía no tener fin.
Gimli se detuvo brevemente a limpiar el filo de su hacha mientras Aragorn buscaba a Théoden junto a la puerta. Los terribles golpes del ariete resonaban en el patio del fortín y los hombres aguantaban como titanes, tratando de reparar la puerta y rechazando cada embestida.
Halló al rey con una herida de lanza en el hombro. Rápidamente, Aragorn se acercó a él. Llevaba hojas de athelas y si era necesario podía contener la hemorragia. Pero el rey no le permitió siquiera preguntarle por su estado. Levantó una mano y asintió con la cabeza, indicándole que hacían falta muchos más lanzazos para tumbarle.
- No aguantaremos mucho más. - Informó Háma.
Aragorn vio la preocupación en los ojos de Théoden. La puerta temblaba con cada embestida del ariete y era imposible repararla si los orcos no cesaban de golpearla, y de seguir así en pocos minutos la echarían abajo y serían pasto de aquellas alimañas. Se acabaría Rohan.
- Mantenedlos. - Ordenó el rey.
Aragorn sabía que los hombres ya estaban haciendo lo que podían y que sólo otro acto de locura, como el que había llevado a cabo minutos antes, podía darles la opción a recuperar la defensa del fortín. A su llegada a Cuernavilla recordaba haber visto una puerta desvencijada y las ruinas de lo que fue una escalera que comunicaba la rampa con el fuerte por un lateral, y que debió ser destruida en anteriores asedios para complicar aún más los intentos de tomar la fortaleza.
- ¿Cuánto tiempo precisáis? - preguntó. Théoden le miró extrañado. ¿Aquel hombre estaba dispuesto a arriesgarse por su gente? Sus ojos no mentían, pero no disponían de tiempo para charlar.
- Cuanto puedas darme. - Respondió el rey.
Aragorn asintió y se dirigió a la vieja puerta en una zona apartada del muro. Hizo un gesto a Gimli para que le siguiera y ambos desaparecieron silenciosamente tras cerrar la puerta.
- ¡Lenweg! - Legolas ordenó desenvainar las espadas.
Él y sus arqueros habían acabado con numerosos orcos pero las flechas se hicieron insuficientes al invadir estos la muralla de la torre. Empuñó sus dagas y junto a los demás elfos consiguió repeler al primer grupo que trató de entrar al fortín.
Tras degollar al último orco, se puso a cubierto tras el muro para protegerse de la lluvia de flechas que estaba por caer. Debían acabar con aquellos arqueros, no eran muchos pero estaban masacrándoles.
- ¡In-ve gnat üm van silnin! (¡Disparad contra los arqueros!) - Salió de detrás de su trinchera y señaló con la daga el lugar donde estaban apostados los orcos arqueros, medio ocultos entre las sombras de la noche. - ¡Inwe sin dago on! (¡Matadlos a todos!)
Aquella vez sí, tras las órdenes de su capitán, los elfos apuntaron certeramente y sus flechas silbaron antes de dar en el blanco y acabar con la amenaza que les estaba haciendo retroceder. Legolas volvió a empuñar las dagas y se subió al muro esperando, en pie y en primera fila, la llegada de más Uruks. Vio venir dos escalas, y a 8 orcos en la cima de ellas.
Miró a su alrededor brevemente e hizo un recuento de tropas. Doce elfos vivos y unos catorce hombres, de los cuales la mitad eran ancianos, otros cuatro eran soldados con experiencia que sabían bien cómo defenderse y atacar, y el resto eran dos niños y una… ¿Una mujer?
Legolas se quedó paralizado. La muchacha era menuda, llevaba un yelmo que escondía sus facciones y empuñaba una espada corta, manchada ya de sangre. Se encontraba agazapada tras el muro, y la segunda escala estaba a punto de contactar con la torre cerca de aquel punto. La vió respirar profundamente y levantarse de un salto antes de girarse para encarar al peligro con valentía. Un largo mechón de cabello se escapó de debajo del yelmo y cayó por su espalda.
No podía ser…
- ¡¿Érewyn?! - El grito de Legolas llamándola murió bajo los alaridos de los orcos que comenzaron a invadir la torre. Perdió el contacto visual con ella tras la masa negra de enemigos.
Con el corazón encogido, el elfo se arrojó sobre la mole de alimañas, dando rápida cuenta de ellos con sus dagas. Un único pensamiento invadía su mente en aquel momento, y su objetivo era llegar junto a ella antes de que la mataran.
A pesar de acabar con sus enemigos con extraordinaria rapidez, le pareció que la distancia que les separaba no se acortaba nunca y comenzó a esquivarles para llegar antes hasta ella, delegando el trabajo sucio a sus hermanos.
Arrojó de la torre a un orco que se interpuso en su camino y llegó junto a ella justo cuando un Uruk se disponía a agarrarla del cuello por la espalda.
No estaba siendo tan difícil. A fin de cuentas quería participar en la batalla… ¿no? ¿No era lo que siempre había deseado? Ser una más, participar en la defensa de su pueblo. Ser parte del ejército de Rohan…
En aquel momento no lo sabía. Los enemigos no paraban de llegar y siempre estaban frescos, pero ella en cambio cada vez estaba más cansada. Las fuerzas comenzaban a menguar y su cuerpo estaba haciendo un sobreesfuerzo terrible al mantenerla caliente bajo aquella helada lluvia.
"No me des la espalda, Érewyn. Protege siempre la retaguardia" Le parecía oír la voz de Théodred, dándole instrucciones en medio de la batalla. Pero eran demasiados y le era imposible mantener vigilados todos los flancos.
Se dio cuenta al arrancar su espada del pecho de uno de ellos que llevaba algunos segundos sin controlar qué tenía a su espalda, y, aterrorizada, escuchó la grave risa de un gigantesco Uruk y su aliento rozándole la nuca.
- Aquí huele a elfa. - Murmuró.
Érewyn se giró todo lo rápido que pudo, y notó la mano del orco rodeándole el cuello. "Esto es el fin", pensó. Pero cuando encaró el horrible rostro de la criatura se dio cuenta de que algo no marchaba bien. Tenía los ojos desencajados y la mirada perdida. Érewyn bajó la vista y vio la hoja de una daga que sobresalía del abdomen del orco.
El Uruk cayó lentamente muralla abajo y tras él descubrió el rostro de su salvador. Sus ojos azules la miraban con una mezcla de dureza, incomprensión y alivio. Érewyn se sintió aliviada al descubrir que estaba vivo, pero se contuvo de abrazarle para comprobar si estaba realmente ileso. Estaba paralizada. Su amigo la había descubierto. No valía la pena sorprenderse ¿de verdad se le había ocurrido que podría engañarle a él?
No. Seguro que la había reconocido hacía rato. Pero estaban en medio de una batalla, y Legolas se giró como un rayo para cortarle la cabeza a otro orco.
Un receso antes de la llegada de los siguientes, que ya comenzaban a subir por las escalas.
- ¡¿Estás loca?!
Érewyn ya había perdido la cuenta de todas las veces que había escuchado aquella frase en un sólo día.
- ¡No ha sido culpa mía! ¡Si te lo explicara no me creerías! - Se defendió ella.
- ¡Legolas nenya in! (¡Legolas, mi capitán!) - El elfo se giró.
Sus arqueros esperaban sus órdenes. Estaban vivos gracias a él, a su estrategia bien llevada, hasta entonces. Porque Legolas perdió completamente el ritmo de la batalla al ver a Érewyn y sus hermanos estaban desorientados sin su capitán dirigiéndoles. El elfo se dio cuenta rápidamente de lo que pasaba y su mente trabajó de nuevo.
Se asomó a la muralla. Los orcos que subían por las escalas aún iban por la mitad. Gracias a los Valar que la altura del muro era considerable.
- ¡Vie-na ume pendraith en! (¡Cortad las cuerdas y arrojad las escalas!)
El elfo agarró del brazo a Érewyn y la llevó tras la parte más alta de la muralla mientras sus hermanos obedecían sus órdenes. La muchacha oyó los gritos de los orcos cayendo al vacío cuando las escalas fueron arrojadas.
- ¿Qué es lo que no voy a creer? - Legolas acorraló a Érewyn contra la pared de piedra y ella vió ira y fuego en sus ojos. Tragó saliva antes de contestar.
- Descubrí un pasadizo secreto desde las cavernas hasta la armería. Quise bloquearlo y volver atrás, pero hubo una explosión y ¡el pasadizo se derrumbó!... Lo único que podía hacer era subir al fortín y cubrirme lo mejor posible para que no me reconocieran.
Legolas evaluó su expresión. Estaba claro que no mentía. Aquella explosión de la que hablaba había sido la que había reventado el Muro del Bajo. Cerró los ojos y respiró, agradecido. Estaba a salvo, Eru la había mantenido con vida.
La miró de nuevo. Parecía estar esperando un reproche, avergonzada. Aquel yelmo le cubría el rostro bien, y aun así, tenía sangre de orco mancillando su delicada piel.
Legolas alzó la mano y gentilmente le limpió la mejilla. Suspiró mientras clavaba la vista en los vivarachos ojos verdes de ella. Pese a todo, no debió salir de las cavernas.
- Debiste quedarte con Éowyn. - Le dijo. Ella bajó la vista.
- ¡Lo sé! ¡Pero ya no puedo volver atrás! Y... ¡He llegado hasta aquí! ¿Cierto? - Una nueva luz iluminaba ahora sus ojos, la luz de la confianza y el valor. Legolas levantó una ceja y apartó la mano de su rostro. Sonrió. Ella tenía razón, lo había hecho bien. Pero hasta ahí había llegado todo. No iba a permitir que se volvieran a acercar a ella.
- … ¿Estás cansada? - Preguntó, simplemente. Érewyn le miró, extrañada por la pregunta, y asintió con la cabeza. - A partir de ahora no te separes de mí. - El hermoso rostro de Legolas estaba salpicado de barro y Érewyn quiso limpiarle gentilmente, como él había hecho antes. Movió la mano hacia su sien y antes de tocarle, unas voces resonaron en el patio del fortín.
- ¡Aquí! ¡Apuntalad el portón!
- ¡Seguidme hasta la barricada!
- ¡Aragorn! ¡Gimli! ¡Salid de ahí!
Las voces de Gamelin y Théoden les devolvieron al campo de batalla y Legolas se puso en guardia al oír los nombres de sus amigos.
Ambos se asomaron por el muro y vieron en la rampa a los dos aguerridos cazadores blandiendo hacha y espada contra una auténtica horda de orcos. Habían bloqueado la puerta desde dentro y no podían entrar. Estaban acorralados.
Rápidamente, Legolas agarró un trozo de cuerda procedente de una de las escalas y la arrojó por el borde del muro.
- ¡Aragorn!
El montaraz vio la cuerda que el elfo le ofrecía y se colgó de ella rápidamente, con Gimli agarrado a su cintura y blandiendo aún la espada, mientras desde arriba, Legolas y Érewyn tiraban de la cuerda y los ponían a salvo en la torre.
Al llegar arriba, Aragorn necesitó un momento para recuperar el aliento, pero cuando levantó la vista y vislumbró bajo el yelmo a la sobrina del rey de Rohan, la agarró de los hombros en un acto reflejo.
- ¿Qué estáis haciendo aquí? ¿Cómo habéis salido de las cuevas? - El montaraz estaba seguro de que habían levantado una barricada en el paso de montaña.
- No preguntes… - Contestó Legolas.
- ¡Todo el mundo dentro! ¡Están en el fortín!
Los cuatro empuñaron sus espadas mientras corrían escaleras abajo para refugiarse en el castillo, seguidos por los elfos y hombres que aún quedaban con vida.
Minutos después, el portón que tanto esfuerzo les había costado defender, se abrió del todo y una horda de sanguinarios orcos irrumpió en el patio, portando el ariete y buscando por fin la última puerta: la del castillo.
