Hola! Antes de nada disculpas, se me había olvidado que era viernes y tocaba subir nuevo capítulo, eso os dará una idea de la semana tan caótica que llevo, un vez más, gracias a todos, en un rato me pondré al día con las reviews! Espero que os guste, a leer!
Negociación
La mañana de junio ha amanecido luminosa y llena de una bruma que se niega a desprenderse de los árboles del jardín. Las altas ventanas francesas de la biblioteca de Draco derraman una blanca luz sobre las cuatro personas que se observan. Draco no sabe cuando aquello ha acabado convertido en un tira y afloja, pero reconoce que, si van a ser una familia, necesitan establecer ciertos límites, al menos durante el tiempo que le tome a Harry hacerse a la idea de que su precioso primogénito no es tan heterosexual como él suponía. Quisiera enfadarse con el Gryffindor por su terca negación a permitir que los chicos sigan adelante en sus propios términos, pero, como padre, también tiene miedo de que Scorpius sea sólo un experimento en la vida del muchacho Potter. Exponer eso a Harry sólo ha traído más discusiones y allí están.
Alza la cabeza y, con el ceño fruncido, cree vislumbrar cómo algo se mueve en el segundo nivel de estanterías. Si no recuerda mal, le dio permiso a Rohoshi para que siguiese actualizando la base de datos con los hechizos y maldiciones y títulos que encontrase en su biblioteca particular. Hermione Granger le había prometido que en un par de semanas iban a disponer de acceso a los archivos del Ministerio. Si aquello salía bien, el sistema sería implementado en la oficina de Aurores y en alguno de los departamentos más activos del Ministerio. La patente, que compartía con Potter&Co., les iba a dejar unos dividendos nada despreciables.
—Draco, deja de pensar en la dichosa base de datos y espabila —le amonesta Harry, sus ojos verdes, tan diáfanos, le observan con buen humor.
—¿Cómo...?
—Se te ha quedado cara de idiota —masculla el Gryffindor, enarcando una ceja, observa de reojo a la parejita, como les ha bautizado en su fuero interno, y se relame. Ha sido idea suya obligarles a madrugar después de aquel fin de semana de continua parranda.
—Yo nunca tengo cara de idiota, Potter —le asegura, prometiéndole con la mirada que se las pagará. Ojea a los muchachos, que parecen más muertos que vivos, y no puede dejar de fascinarle ese lado tan sibilino de su pareja, que en ese momento le ha posado una mano en el muslo.
—Puedo recordarte algo que pasó anoche, digamos a eso de las dos de la madrugada —susurra, sorbiendo su café. Las pestañas negras caen y Draco pierde el aliento. La imagen de Harry, desnudo, devorándole y haciéndole rogar, aún le tiene un poco tembloroso, la verdad. Después de lo que pasó en las mazmorras el día de la fiesta algo salvaje parece haberse liberado en el Gryffindor y por Circe que no va a quejarse.
—Potter... ya ajustaremos cuentas —amonesta.
—Cuando quieras, Malfoy, sólo procura tener poción revitalizante a mano —reta antes de dar una palmada hueca sobre la madera, consiguiendo que los chicos, que casi dormitaban, saltasen en sus respectivos asientos. Contuvo las ganas de reír en voz alta al ver a James apartarse el cabello de los ojos con un ademán tan semejante a su padre que sólo por eso comprendía a Scorp. Malditos Potter, su hijo había tenido las mismas posibilidades de no caer rendido a sus pies que él mismo ante Harry.
—Papá... —La débil queja cayó en saco roto.
—Bien —empezó el Gryffindor, sin prestar atención a las protestas—. Ahora os toca escuchar...
A Draco le duele un poco la cabeza, ha descubierto que pelearse con dos casi adolescentes en plena calentura es más complicado de lo que creyó. En un par de ocasiones está a punto de hechizar a Scorp —su dulce e inteligente Scorp— y mandarle de vuelta a Hogwarts hasta que deje de comportarse como un pequeño y jodido saco de hormonas. Imponer ciertas normas es básico en su convivencia, pero se encuentran atados de pies y manos porque ellos mismos son pareja y tampoco cree tener autoridad moral para imponerles nada.
Han gritado en alguna ocasión, han tomado café como para pasar en vela los cien años de vida que le restan, incluso han comido un almuerzo frugal que le ha dejado con más hambre de la que tenía al empezar. Por una vez, su inagotable verborrea cae en un vacío impermeable e inasequible al desaliento. Al final, acceden a mantener su habitación por separado, a seguir con los planes de estudio que tenían pensado cursar y, sobre todo, realizan la promesa de que, si por cualquier motivo su relación no llega a buen puerto, tendrán que poner de su parte para no alterar la paz familiar.
—Ahora vosotros —pide Scorp, sus ojos azules, fijos en el rostro de Harry por primera vez desde que les encontrasen en el sótano—. Debéis prometerlo también.
Draco se muerde la lengua y observa al mayor de los Potter, que ha guardado silencio durante la mayor parte de la charla. La mano morena, en la que para su alegría hace meses ya no brilla una alianza, se arrastra de nuevo por su muslo. Los dedos están calientes y suaves. Se sorprende de haber estado tan nervioso, de seguir estándolo, un poco avergonzado, se dice que quizás, sólo quizás, Harry no esté aún preparado y que es adulto y, si fuese el caso, debe comprenderle. Ellos, aunque su hijo quiera compararles, no gozan de la libertad de tener apenas dieciocho años y una vida entera por delante.
—Draco es lo mejor que me ha pasado después de mis hijos, Scorpius —dice con tono sosegado, que contrasta con viveza con su exaltación de los días anteriores—. Te puedo prometer que haré lo que esté en mi mano para hacerle feliz, porque así yo también lo seré. Pero que quede claro, no vamos a discutir con vosotros nuestra relación, James, esto te incumbe a ti más que a nadie. Seguimos siendo vuestros padres, eso tenéis que comprenderlo, aunque no significa que estaremos aquí para lo que queráis, ¿verdad, Malfoy?
Ha cogido su mano y, frente a los ojos de James y Scorp, besa el dorso. Sus ojos verdes, inmensos, están tan llenos de vida como si de nuevo fuesen unos críos. Está jodido, porque acaba de comprender que está enamorado como un idiota de Potter. Puñetero Potter, siempre le llevaba a los extremos. Traga con fuerza, incapaz de decir una sola palabra, tan estúpidamente orgulloso como un Hufflepuff de primero. Sin embargo, aquellas sencillas palabras han causado más efecto que sus largas peroratas; calibra la reacción de su hijo y de James, parecen tranquilos. Acaba de descubrir que Harry Potter es un negociante nato.
Y en el próximo...
—Humm, Potter... —ronronea Draco, que está tirando de él hasta llevarle a uno de los sillones más apartados. Su lengua rosada busca la del Gryffindor, que le deja inundarle con docilidad. Nota cómo los rescoldos del malestar se evaporan, no son nada cuando los ojos de tormentoso gris de Malfoy le traspasan. Hunde los dedos en el fino cabello, tan dorado que es pura plata, y se empuja, sus erecciones frotándose con descontrol.
—Draco... quiero follarte —ruega, ronco de ansias.
—Bueno... si lo pides con esa delicadeza...—bromea entre besos—. Merlín, Potter, qué ganas tenía de tenerte justo así...
