Disclaimer: Todos los personajes y lugares pertenecen a J. K. Rowling!

N/A: Hola a todos nuevamente! Me he decidido (y encontrado un poco de tiempo!) y retomaré este fic desde el principio, aunque con correcciones y algunas modificaciones.

N/A: Continuación de mi primer fic, "Después del Final", y espero que les agrade. Esta nueva historia comienza algunas semanas después (cronológicamente) del final del fic mencionado, y si lo han podido leer completo, ya saben que transcurre con posterioridad al séptimo libro. Para los que no lo leyeron y quieran seguir esta historia, les recomiendo leerlo ya que al tratarse de una continuación seguramente habrá cosas que no comprendan.

N/A: Este es un capítulo más corto de lo acostumbrado. Espero de esta forma poder actualizar un poco más seguido!


Capitulo 10

La fría mañana del avanzado otoño amaneció soleada en la parte más sureña de Gales, apenas separada de la región sudoriental de Inglaterra por el Canal de Bristol. Buena parte de la población mágica de toda Inglaterra se hallaba en dicha región, en pequeños pueblos como Tinworth, Little Hangleton, Ottery St. Catchpole o Dulverton. El Valle de Godric, sin embargo, pertenecía al sur de Gales, y algunos historiadores como Arthurius (La Población Mágica en Inglaterra, Cronología a lo Largo de los Siglos) o Bathilda Bagshot (Una Historia de la Magia) dieron a entender que Godric Gryffindor fundó el pueblo al otro lado del Canal para lograr un reducto mágico alejado de la región sudoriental, la cual por aquel entonces estaba siendo arrasada por horribles cacerías de brujos.

Además de la buena cantidad de personajes históricos relacionados con el mundo mágico que han habitado allí, como Albus Dumbledore, Ignotus Peverell, Bowman Wright, la familia Potter o incluso el mismo Godric Gryffindor, el Valle de Godric se destaca a su vez por la casi total pérdida de su secular población mágica.

Desde la primera ascensión al poder de Voldemort hasta el fin de su segundo reino de terror, el mundo mágico había sufrido incontables muertes, desapariciones y exilios hacia otros países, ocasionando una sensible disminución de la cantidad de magos y brujas en toda Inglaterra. Todas las ciudades importantes que albergan reductos de población mágica disimulados anónimamente entre la población muggle (como Londres, Liverpool, Edimburgo o Norwich) y todos los pequeños pueblos con comunidades mágicas han experimentado bajas importantes de sangre mágica. Pero el caso del Valle de Godric era especial, ya que su ya reducida población mágica había sido diezmada en las últimas décadas. Con las familias Potter y Abbott casi por completo destruidas por asesinatos, con las muertes de la historiadora Bagshot o de los integrantes de la familia de Dumbledore y con las desapariciones de otros magos y brujas que moraban en el pueblo, en la actualidad su población mágica total no llegaba siquiera a diez habitantes.

Uno de ellos era Harry Potter, un célebre habitante del Valle de Godric que hacía tiempo que deseaba marcharse de la casa en donde vivía pero no había podido hacerlo por distintos motivos. A veces le daba la impresión de que la casa de sus padres lo mantenía aislado del mundo, lejos de sus amigos. A nadie le gustaba esa casa porque veían lo mal que le hacía a Harry vivir allí y porque el piso superior de la casa representaba lo oscuro y lo malvado del pasado. Sólo se aventuraba por la angosta calle que pasaba por esa casa algún que otro visitante deseoso de conocer el lugar en donde se había producido el inesperado milagro a manos de un Harry bebé hacía ya muchísimos años, aunque desde que había terminado la segunda guerra contra Voldemort los curiosos eran cada vez menos. Hermione era la única que lo visitaba de vez en cuando pero él sabía que detestaba estar allí. Al igual que él.

Y no detestaba esa casa sólo por el hecho de que al permanecer deshabitado el piso superior Harry tenía que conformarse con dormir en el amplio sofá del living. Detestaba esa casa porque juraba escuchar continuamente ruidos que provenían de arriba, e incluso voces, risas macabras o gritos de desesperación dentro de sus pesadillas recurrentes.

Los rayos del sol de la mañana se filtraron por las hendijas de las persianas cerradas del living y dieron de lleno en los ojos de Harry, quien dormía despatarrado sobre el sillón. Su brazo izquierdo colgaba desde el borde con su palma abierta, y sobre el piso yacían sus gafas y la Piedra de la Resurrección.

Molestado por la brillante luz en sus ojos, Harry se despertó de mala gana emitiendo un gruñido de cansancio y sueño. Miró hacia el piso y su vista borrosa sólo pudo distinguir una mancha oscura, por lo que tuvo que tantear por el piso en busca de sus gafas; siempre terminaban en el piso, por lo menos desde que dormía en ese sofá.

"Qué hace la piedra en el piso?" Pensó luego de que se puso sus gafas y vio más claramente al artefacto. Se incorporó y se sentó con esfuerzo, y notó que su cabeza zumbaba. Apoyó los codos en las rodillas y sostuvo su cabeza con sus manos, y de a poco su mente fue aclarándose aunque siguió escuchando un leve zumbido de fondo.

"Me debo haber quedado dormido." Se dijo a sí mismo recordando vagamente haber llegado a su casa desde Hogwarts la tarde del día anterior. Miró de reojo hacia la ventana: comprobó que era de mañana por la luz que entraba por la ventana. Había estado durmiendo por más de doce horas?

"Imposible." Murmuró aún en la misma posición. No podía recordar la última vez que había dormido tanto, y menos todavía en esa maldita casa. Harry intentó recordar qué había sucedido y al mirar de nuevo la piedra que yacía en el piso dedujo que se había quedado dormido y terminó dejando caer la reliquia de su mano.

Esforzó su mente adormecida y pese al molesto zumbido recordó haber estado largo rato con la Piedra en su mano el día anterior sentado en ese mismo lugar, buscando justificaciones para utilizarla antes de destruirla. En ese momento le vino a la mente la imagen de la Piedra entre sus dedos, girándola tres veces.

"Entonces si la utilicé, por qué demonios no recuerdo nada?" Se preguntó a sí mismo confundido. Algo no le cerraba. Ya la había utilizado una vez y podía recordar claramente cada detalle de aquella experiencia, incluso lo real que parecían sus padres, Sirius y Remus. Aún recordaba haberse sorprendido por lo definido de las imágenes, mucho más que un fantasma, al punto de haberse preguntado si esa clase tan poderosa de magia no tenía algo que ver con la conjurada en el libro de Riddle. Y aún recordaba cada palabra de ellos, grabadas a fuego en su mente en el momento más horrible de su vida.

Por qué ahora no podía acordarse de nada? Si efectivamente había utilizado la Piedra tendría que recordar la emoción de reencontrarse con sus padres y de tenerlos al alcance de su mano por más que no tuvieran sustancia, de platicar con ellos y con Sirius y Remus, o de simplemente mirarlos. Pero no.

Harry se levantó contrariado y al instante se sintió desorientado y un poco nauseabundo. Qué le estaba sucediendo? No podía entenderlo, y el hecho de haber utilizado la Reliquia por segunda vez por nada lo puso de un peor humor que el que tenía, sobre todo si con ello había terminado por decepcionar a varios, en especial a Hermione.

Necesitaba un café, uno bien fuerte, al estilo muggle. Fue hacia la cocina dándose golpecitos leves en la cabeza con una mano para quitarse el molesto zumbido y al llegar a la mesa de madera no comprendió por qué había dos periódicos encima.

"Dos ediciones de El Profeta?" Se preguntó Harry mientras tomaba uno de los periódicos enrollados. El frío viento que entraba por la ventana abierta de la cocina (por donde entraban las lechuzas que traían el periódico) lo despabiló un poco.

"Lunes."

Harry ojeó la tapa del periódico vagamente y luego posó de nuevo su vista en la parte superior derecha, en donde figuraba la fecha.

"Lunes."

"Lunes? Imposible, hoy es domingo." Murmuró sin comprender.

"Lunes." Leyó nuevamente.

Harry frunció su ceño. Había ido a Hogwarts el sábado por la mañana, había estado en la enfermería y en el despacho de la directora, y una vez que pudo recuperar la memoria del escondite de la Piedra de la Resurrección fue al bosque. Recordaba haber estado allí varias horas cruzándolo casi por completo, y haber llegado a su casa malhumorado y extenuado ese mismo día a la tarde.

Su mente recorría febrilmente todo lo que podía recordar, y de nuevo se vio sosteniendo la Piedra y girándola tres veces; hasta ahí llegaban sus recuerdos del sábado. No creía posible haber dormido todo el domingo y haberse despertado un lunes a la mañana. Tomó el otro periódico y lo desenrolló.

"Domingo."

Harry sintió un vuelco en su estómago. El domingo a la tarde el Puddlemere jugaba contra las Arpías de Holyhead. Iba a ser reserva nuevamente pero debía presentarse de cualquier forma; en cambio se había pasado todo el domingo durmiendo.

"Demonios, qué ha sucedido?" Gruñó arrojando el periódico a la mesa. No podía recordar nada del domingo y ahora tendría que disculparse con su entrenador y darle explicaciones de por qué no había asistido al match. Sintió el impulso de ir al living y patear la maldita Piedra pero se conformó con golpear la mesa con sus puños.

***HP***

Ese mismo lunes, cerca del mediodía Hermione y Ron se bajaban de la escoba en el punto de aparición en las afueras de la pequeña ciudad de Douglas luego de volar desde el criadero del señor Kurton. A diferencia del día anterior, ese día habían visto desde la altura (casi invisibles gracias al encantamiento desilusionador efectuado por Hermione) varios automóviles y algunos camiones transitando por un par de angostas carreteras que conectaban la pequeña ciudad con el resto de la Isla de Man. Sin embargo, el precario puesto del punto de aparición lucía como el día anterior: una casucha de madera pésimamente mantenida sin nadie alrededor salvo por el malhumorado empleado.

Ron se dirigió escoba en mano hacia la casucha mientras Hermione lo seguía desde atrás. Su amigo había estado bastante callado durante todo ese lunes debido a la discusión que había tenido la noche anterior. Habían desayunado rápida y frugalmente para seguir con la negociación con el señor Kurton lo más temprano posible, casi en un total silencio, al igual que todo el viaje desde el Valle hasta Douglas. El pelirrojo sólo había abandonado su faceta taciturna durante la negociación; la misma por suerte había llegado a buen puerto y el dueño del criadero de animales fantásticos en miniatura había accedido finalmente a las propuestas de Ron y de George.

El monto de galleons negociados era importante, pero se habían asegurado recibir una cantidad considerable de miniaturas de animales fantásticos durante todo un año, con los que los dos hermanos esperaban obtener buenas ganancias para Sortilegios Weasley´s.

"Buenas tardes. Aquí tiene los permisos de exportación del Ministerio de Magia y los contratos firmados por el señor Kurton, dueño del criadero de animales fantásticos de…"

"Sí, sí, sé quien es el señor Kurton." Interrumpió a Ron el calvo empleado con impaciencia, mientras tomaba los pergaminos.

"Sabe quien es? Ayer no lo conocía." Dijo el pelirrojo frunciendo su ceño.

"Por supuesto que sé quien es. Es una pequeña isla y somos pocos los habitantes no muggles." Le respondió revisando los pergaminos.

"Déjalo Ron, no le sigas la corriente." Susurró Hermione al oído de su amigo. Por suerte éste accedió a hacerle caso a su amiga.

"Esto es todo?" Dijo el empleado sentado en su silla luego de unos momentos, meneando negativamente su cabeza. "Veamos, falta el pergamino de permiso de salida de la isla de Man, y no veo el…"

"Escucha, te hemos dado todos los permisos y pergaminos que presentamos ayer aquí mismo, y con los cuales pudimos pasar." Dijo Ron conteniéndose.

"El pergamino de permiso de salida de la Isla se presentará cuando pase por aquí la primer tanda de miniaturas rumbo a Londres, dentro de tres meses. No son necesarios ahora." Explicó Hermione con paciencia e intentando que Ron no estallara.

El empleado levantó su vista y miró a Hermione. "La nueva regulación de…"

"No hay nueva regulación al respecto." Le respondió con firmeza la chica.

El empleado lanzó un resoplido de impaciencia. "Miren, no creo que sepan cómo funciona esto. Si ustedes no quieren problemas cada vez que deban presentar papeles o permisos…"

"Mira, ya te he dado un pago o como lo llames el día de ayer. No te daré ni un solo sickle más así que ahora déjanos salir de aquí sino te arrojaré una maldición!" Le espetó Ron enfurecido.

"Haz lo que quieras, pero no pasarán de aquí." Le contestó sentado y cruzándose de brazos. "Soy empleado del Ministerio de Magia y es delito amenazarme con maldiciones."

"Pues me tiene sin cuidado, pero en cuanto llegue a Londres informaré que me has pedido soborno dos veces!" Dijo Ron con sus orejas muy coloradas.

"Y yo diré que me has sobornado dos veces. Eso más tus amenazas te mandarán directo a Azkabán." Le dijo a su vez el empleado, aunque con un tono de voz un poco más dubitativo.

"Ron, basta!" Intercedió Hermione sin éxito.

"Iré a Azkabán, me tiene sin cuidado! Soy amigo del Ministro Shacklebolt, por lo que me tendrán consideración allí dentro. Que hay de ti? Porque un empleado corrupto como tú también acabará en Azkabán!"

Ron se hallaba casi sobre la destartalada mesa de la casucha, apoyado con sus manos y con un semblante que reflejaba la furia que sentía. El empleado, por otro lado, ya no mostraba indiferencia o seguridad en su mirada; era obvio que temía no sólo perder el empleo sino terminar preso en esa cárcel de los mil demonios.

"Quizá ya no estén los dementores como guardias la cárcel, pero seguirá siendo un lugar horrible para pasársela, no crees?" Agregó el pelirrojo entre furioso y sarcástico.

El empleado no respondió, sólo miraba con furia a Ron con sus ojos entrecerrados.

"Bien, me alegra que hayamos podido ponernos de acuerdo finalmente. Ahora nos lar-ga-re-mos de aquí! Vámonos Hermione."

El pelirrojo tomó del brazo a su amiga y salieron de la casucha mientras la muchacha acomodaba los pergaminos y papeles en una bolsa lo más rápido que podía.

"Estuviste brillante Ron!" Dijo finalmente mientras se paraban en el punto de aparición y se tomaba de la mano de su amigo.

"Siempre ese tono de sorpresa?" Murmuró Ron un poco más calmo y con una pizca de humor que alivió profundamente el nudo en el estómago de su amiga.

"Ron, yo…"

"Ahora no Hermione. Habíamos quedado que terminaríamos nuestra plática cuando volvamos a Inglaterra."

Sin siquiera poder contestar, la muchacha y su amigo se desaparecieron de la Isla de Man rumbo a Londres con un ligero plop.

***HP***

Aproximadamente al mismo tiempo, Harry se levantaba de la mesa de la cocina de su casa luego de desayunar tardíamente. Quizá la palabra desayunar no era del todo exacta, ya que el muchacho sólo había tomado un par de café y no había comido nada sólido como solía hacerlo, como galletas o frutas. Se había despertado menos de dos horas atrás y se pasó el desayuno con su mirada perdida y su mente a toda máquina intentando dilucidar por qué no recordaba nada del domingo.

Aún recordaba con lujo de detalle la primera vez que había utilizado la Piedra en el bosque varios meses atrás, pero no recordaba nada esta vez. Era como si hubiera perdido la conciencia durante más de un día y el vacío mental abarcara desde el sábado a la noche (cuando se decidió a utilizarla según constaba su último recuerdo) hasta ese lunes a la mañana. Quizá algo no había salido bien y sufrió alguna clase de desmayo, o quizá no se suponía que volviera a utilizar la Piedra.

"Demasiados supuestos." Pensó mientras caminaba de un lado al otro de la cocina.

"Y sólo una forma de aclarar todo." Murmuró para sí mismo dirigiéndose hacia el living casi inconscientemente.

Harry se detuvo cerca del sillón que hacía de cama durante las noches, y miró la Piedra que aún estaba en el piso. Su forma pequeña y su color gris oscuro hacían que pareciera inofensiva e insignificante, y apostaba que cualquiera que no supiera qué era realmente no daría ni un galleon por la misma.

Contra todos sus instintos y su voluntad, Harry se agachó, la tomó y se sentó en el sillón observándola fijamente, como si con ello se asegurara de que no saltase de la palma de su mano. Era pequeña, tanto que podría arrojarla a cualquier sitio y perderla de vista para siempre. Quizá en algún bosque o en alguna región montañosa repleta de rocas y guijarros, o incluso arrojarla al océano.

Quién la buscaría? Cómo encontrarían una roca tan pequeña entre cientos de rocas, o hundida en el fondo del mar? Parecía tan sencillo…

Pero no lo era. Era una Reliquia después de todo, y como tal siempre sería objeto de búsqueda. A Harry le constaban muy pocas personas que sabían de su existencia y la habían buscado: Dumbledore, Grindewald y Lovegood. Muy pocas a decir verdad, aún teniendo en cuenta a su antiguo dueño Gaunt, quien no sabía realmente qué era. Pero quizá eran muy pocas porque no conocía otras personas que hubieran sabido de la existencia de la Piedra. Quizá había habido muchas otros magos y hechiceros a lo largo de la historia que la habían buscado o deseado.

"Ni siquiera Dumbledore supo cómo encontrarte." Susurró Harry mirando la Piedra, recordando que el ex director había dado con ella de casualidad al recuperar el anillo, en el que venía engarzada, de la casa del abuelo de Voldemort.

Además, cualquiera que supiera interpretar árboles genealógicos mágicos podría fácilmente relacionar los antiguos linajes de Peverell con los Potter, y luego con él mismo. Si algún hechicero la busca en el futuro seguramente terminaría buscándolo a él, o peor aún, a sus propios hijos si ocurriera mucho más adelante.

Harry movió su cabeza negativamente, desquiciado. Ya había pasado por esto, y ya lo había solucionado algunos meses atrás escondiéndola en lo más profundo del bosque prohibido y pidiéndole a Hermione que le borrara ese recuerdo. Ahora no podía hacerlo de nuevo ya que estaba peleado con su amiga y los centauros le habían recomendado no volver a pisar el bosque si no quería morir asesinado por un flechazo.

"Demonios, para qué demonios tuve que ir a ese bosque…" Se maldijo a sí mismo.

Se imaginó arrojando la Piedra en una caja de arena de algún jardín de infantes. Seguramente sería tomada por alguno de los varios niños que juegan allí, y pasaría de mano en mano hasta que alguno de los pequeños se aburra de ella y decida arrojarla a otro sitio; quizá de esa forma se perdería el rastro. Harry bufó contrariado y se golpeó su cabeza repetidamente con su mano para sacarse esa idea ridícula de encima. Después de todo, jamás sabría si alguien la toma o no, o si se la queda. Tampoco era cuestión de implicar a más personas así que perderla definitivamente era lo más apropiado.

"Sólo queda destruirla para estar completamente seguro de que no será vista o poseída nunca más."

Harry tomó la Piedra con la punta de sus dedos y sintió una vaga sensación de impaciencia o de expectativa.

"Y para que yo deje de ser el Amo de la Muerte."

El muchacho frunció su ceño ante el último pensamiento y desvió su vista a la chimenea apagada que tenía enfrente, pensativo. Si había logrado destruir la Varita de la Muerte hacía unas pocas semanas, por qué seguía siendo el Amo de la Muerte? Y si el fantasma de Cadmus Peverell tenía razón y lo seguía siendo, acaso dejaría de serlo por destruir la Piedra de la Resurrección?

Harry sonrió con ironía. Ese mismo fantasma del cementerio del Valle de Godric le había advertido que moriría irremediablemente si destruía la Piedra. Una maldición de muchísimos siglos de antigüedad que eran seguramente patrañas pero que no obstante no dejaba de preocuparlo.

El muchacho miró nuevamente la Piedra y sin siquiera pensar en ello la hizo girar nuevamente tres veces con la punta de sus dedos.

***HP***

Momentos después, la Reliquia cayó de la mano del muchacho de cabello revuelto y cicatriz en forma de rayo para dar de nuevo contra el piso. Esta vez, a diferencia de la anterior, recordaba todo. Su rostro estaba surcado por un gesto aterrado y, con un nudo en su garganta, se levantó como pudo del sillón, metió la Piedra en uno de los bolsillos de sus jeans y se marchó con rapidez rumbo a Hogwarts.

***HP***