Hola a todos, antes de nada feliz año nuevo, espero que estéis pasando unas buenas festividades! Como he tenido de hacer un receso en mis vacaciones para currar un poco estos tres días, pues aprovecho y os dejo el penúltimo capítulo de En tus manos, os agradezco a todas las reviews, y comentarios, cuando tenga mi pc personal a mano os respondo, ya la semana que viene regreso a la normalidad, pero os he ido leyendo a todas, y coincido con la mayoria, a Draco le deberían caer un par de collejas!, pero ya advertía en el resumen que en esta pareja los dos tenían cosas que sanar... Bien, vamos al lío, como siempre este capítulo va acompañado de una canción, hoy es "Only when I sleep" del grupo The Corrs. Y hay una escena que fue escrita con "Crazy for you" de Adele, a ver si me adivináis cual es! (es facilito!)
No me enrollo más que no tengo mucho tiempo, un beso y disculpad si hay errores, no podré revisar esto hasta dentro de unos días.
Saludos!
But it's only when I sleep see you in my dreams
You got me spinning round and round, turning upside-down
But I only hear you breathe, somewhere in my sleep
X
El alba de mediados de diciembre era casi el espejismo de un verdadero amanecer, todavía era prácticamente noche cerrada pero, tras pasar horas entrando y saliendo de una molesta duermevela, acabó por darse por vencido. Se arrastró hasta la pequeña cocina, donde más cansado de lo que se acostó la noche anterior, se preparó un café bien cargado. Rebuscando en uno de los muebles, pensó que sería buena idea acompañar la humeante bebida con algo sólido cuando sus ojos se encontraron con un bote lleno hasta la mitad de una sustancia que parecía harina color vainilla. Apretó los dedos en torno al envase de plástico y miró de nuevo a su alrededor, creyó que era extraño sentirse perdido en su propia casa, pero lo estaba.
Dos días después de Halloween y tras pasar más tiempo en la cama que fuera de ella, el medimago estaba decidido, si iban a continuar con aquellos encuentros tenían que dejar las cosas claras. Sólo que hablar con seriedad con un Harry que le besaba mientras empujaba su pelvis con fuerza contra la de Draco, jadeando con un punto de fiereza que conseguía que le temblasen las rodillas como si fuese una jodida niña, era una empresa mucho más difícil de lo que podía parecer a simple vista.
—Para —se escucho susurrar entre caricias cada vez más atrevidas—. Aquí no... no es correcto, Harry...
—Pues vamos a otra parte, pero fóllame... —propuso con los labios encendidos a causa de los besos. El cabello más despeinado que de costumbre le daba un aspecto tan irresistible que no fue capaz de pensar con claridad, sólo sabía que tenía que tenerle de nuevo, ya, ahora.
—Ha sido increíble... —ronroneó Harry mientras le abrazaba pegándose a su costado. La cama de su apartamento nunca le había parecido más pequeña ni tampoco más cómoda. Tiró del edredón y, cansado, se giró para observar otra vez a su nuevo amante, Harry lucía una pequeña mueca complaciente que le daba un aspecto muy joven y muy decadente, todo al mismo tiempo. Sólo él podría aunar ese aire de inocencia con aquella expresión decididamente indecente, era arrebatador el muy maldito, en ese instante Draco descubrió que le encantaba contemplarle después de hacerle el amor. Se mordió el labio mientras le apartaba un díscolo mechón, que enroscó entre sus yemas, apreciando la rica textura. Nadie debería tener semejante aspecto de inocencia después de haber jodido hasta el cansancio y, desde luego, él debería estar saciado, pero su pene, que latió apreciativo, parecía tener otras ideas.
—Es tarde —anunció por lo bajo. Nunca había tenido pareja, salvo por los ocasionales polvos que nunca iban más allá de un par de citas, por lo que era la primera vez que otra persona estaba en su casa y no sabía qué hacer al respecto ni cómo comportarse.
—Ajá... —asintió, hundiéndole el rostro en el hueco del pecho.
—¡Potter tienes la nariz jodidamente helada... ay, aparta! —protestó sin ganas, riendo por las cosquillas que le provocó la fricción de la barbilla rasposa sobre su piel, cuando Harry se restregó contra él.
—Pues tú estás muy calentito Malfoy —comentó por lo bajo, apretándole todavía más, Draco podía notar la sonrisa de Harry y con un suspiro de aceptación se dijo que no sería demasiado amable pedirle que se fuese... además, era muy agradable percibir la respiración pausada cosquilleándole en el cuello y el bulto cada vez más pesado del otro cuerpo, indicándole que Harry estaba totalmente relajado y, que a juzgar por la cadencia de los latidos de su corazón, ya casi dormido. Con sorpresa notó cómo le buscaba la mano hasta que logró enredar los dedos con los suyos. Era bastante extraño, decidió mientras una paz que nunca había conocido se adueñaba de su ánimo; anclándole al colchón, a los miembros suaves y velludos, extraño... notar como esos labios que le habían llevado a la locura minutos antes, descansaban ahora contra su pezón, la caricia preñada de algo semejante a la ternura, extraño experimentar un cariño tan poderoso como la pasión, pero todavía más intenso porque mientras la lujuria explotaba y moría, lo que le calentaba por dentro al enroscarse contra su amante no se acababa nunca... era extraño que de todas las personas que había conocido, sólo él hubiese sido capaz de llegar tan hondo, extraño...pero correcto. Al fin y al cabo era Potter.
Un desacostumbrado trasiego de cacharros le sacó de un sueño placentero, la cama estaba fría y no había ni rastro del hombre con el que había dormido. Hasta que le descubrió, trajinando frente a los fogones, no fue capaz de reconocerse que había sentido decepcionado al ver el lecho vacío. El rico olor de la vainilla, la canela y el café recién hecho inundaban la estancia, provocando que su estómago rugiese. La sonrisa de Harry le desarmó, era tan franca y abierta como si llevase haciéndole el desayuno desde siempre.
—¡Hola!, ¿te he despertado? —Labios sedosos con sabor a miel y cacao y el aroma de su propio jabón sobre otra piel, delirante. Era como estar inmerso en alguna extraña realidad alternativa.
—No —negó, examinando el revoltijo de bolsas y botes que llenaban las, hasta hacía unas horas, pulcras encimeras—. De todas formas tengo que estar en la Clínica dentro de un rato.
—Lo sé... —Una boca caliente devastándole, la sensación de irrealidad creció, mientras las manos de Harry le empujaban para encerrarle en una apretado abrazo—. Date una ducha, las crepes estarán en unos minutos.
—¿Crepes...? —preguntó entre besos, enredar las yemas en los mechones húmedos parecía tan adecuado que no pudo evitar hacerlo, desde tan cerca pudo distinguir que los iris de Harry estaban jaspeados de briznas doradas.
—Ajá... estuve en la tienda del armenio que hay dos portales más allá; en serio, Draco, no tenías nada comestible en la nevera, ahora... —susurró, mordisqueándole el cuello— ... o te vas o voy a estropear la comida.
—Apenas hago nada aquí, suelo almorzar en la clínica —se excusó con una mirada furtiva a los platos diseminados por la mesa—. ¿De verdad cocinas, Potter?
—Claro que sí —aseguró—. De pequeño lo hacía siempre, ¿sabes? —Una mueca que no supo por qué pero hizo que el corazón de Draco se acelerase, le acunó la mejilla áspera inspirando su aroma fresco y limpio con satisfacción—. No se me ha olvidado.
—Vale... pues voy al baño —dijo, aún con las manos sobre los hombros cubiertos por aquel horrible jersey de gruesa lana a rayas, que en Harry se veía extrañamente... agradable.
—Baño... —repitió el Gryffindor con un nuevo achuchón lleno de cariño y un punto hambriento que le estremeció, nadie jamás le había mirado así... jamás—. Humm y si no te vas...
—Vale —asintió, aún aturdido, aquello parecía uno de esos sueños locos que le habían acosado desde que Potter llegase a su consulta—. Gracias, te devolveré lo que hayas...
—Lárgate, Malfoy —ordenó señalándole con la espátula—. No digas más idioteces o me veré obligado a tomar medidas.
Desde esa mañana verle por la pequeña estancia se había convertido en una costumbre, asombrado miró de nuevo a su alrededor, aquella cocina ya no era sólo suya, era también de él, porque mientras Draco rebuscaba algo comestible, intentando que la añoranza no le hiciese salir huyendo de su propio apartamento, tuvo que reconocer que durante el transcurso de las semanas, tener a Harry cerca había pasado a ser una forma insustituible de empezar cada jornada. Pasó la yema de los dedos por el fogón frío mientras sorbía desganado el café, que no tenía el mismo sabor. No, no podía decirse que su vida iba a ser la misma sin su amante.
—Draco —llamó una de las administrativas que se encargaban no sólo de la recepción, sino de los trabajos más básicos de facturación de la Clínica—. Te esperan en tu despacho.
Consiguió trabajar durante un par de horas de forma eficiente; sin embargo, al regresar a su consulta se encontró caminando hasta la suite que una vez Harry ocupó, desde el umbral miró a su alrededor. Vacía y presta para recibir a otra persona. Entró y observó las aguas turquesas de la pequeña piscina.
—Te dije que nadar juntos sería agradable —comentó Harry, atrayéndole con una sonrisa de oreja a oreja. Se hundió y le obligó a sumergirse, lucharon contra la ingravidez como dos niños hasta que la necesidad de oxígeno les impulsó de nuevo a la superficie.
—Si seguimos aquí nos vamos a arrugar como una pasa —protestó—. Además, deberías regresar a la cama, tienes que descansar.
—Quédate —pidió. Draco había pasado su cuarto con una pobre excusa que ninguno creyó, al final habían acabado cenando juntos en la intimidad que les proporcionaban aquellas cuatro paredes.
—Vale —aceptó—. Pero tengo que acercarme a mi piso a por algo de ropa para mañana... —Apretó los párpados al notar cómo los dedos suaves de su amante acariciaban su entrada, que palpitó de anticipación.
—Puedes usar algo mío... —propuso, un beso caliente, una yema insinuándose, tentando al músculo a ceder, mareándole de goce.
—Ni loco... —jadeó de gusto al sentirle entrar—. Harry...
—Dime —susurró salaz, párpados pesados, pestañas brillantes de gotas de agua y esa yema desquiciante girando, girando... sus terminaciones nerviosas palpitaron mientras se arqueaba más, quería más, más, más de eso—. Draco, ¿qué quieres...?
—Sigue... —pidió—. Oh, Dios, se siente maravilloso...
—Estás tan caliente... —Dientes blancos marcándole y ese desquiciante sensación arremolinándose en su vientre, gimió con fuerza—. ¿te gusta... te gusta cómo mis dedos te preparan para mí...?
—Sí... joder —protestó, intentando que se moviese con más fuerza—. Vamos a la cama...
—Buena idea. —Un último beso, un reguero de agua tibia, resbalones, risas y besos incandescentes, dedos inquietos, pupilas encendidas, sábanas enredadas, la lúbrica presencia a su lado subyugándole, urgente, duro, sus muslos en torno a la cintura de Harry, el orgasmo explotando en una espesa cascada de eléctrico placer, desmadejado sobre el colchón, su nombre en otra boca, humedad tibia entre las nalgas, unas manos acunándole, abrazos, más risas, más besos, más Harry. Al día siguiente, usó algunas de sus prendas.
Tenía papeleo atrasado, había bastantes pacientes interesados en los distintos tratamientos, e incluso un par de lechuzas de periódicos que buscaban hablar con el artífice de la mejoría del Héroe. Arrugó los pergaminos y los apartó, desapareciéndolos con la varita. Sobre su escritorio había una olvidada taza de té y un sándwich; su almuerzo habitual, ya que Draco aprovechaba cada minuto para adelantar trabajo, había adquirido esa costumbre en Suiza, cuando acabar la carrera de medimagia summa cum laude pasó a ser el motor de su vida. Enfocar en los libros su decepción y enfado por el trato recibido en San Mungo y el Ministerio mismo, le sirvió para hacer algo provechoso con la enorme cantidad de pensamientos negativos que guardaba dentro. Una puerta se cerró al otro lado del pasillo y por un segundo lleno de esperanza, creyó escucharle.
—De veras, ahora sé por qué estás tan canijo. —La risa de Harry, de pie en el umbral, le abstrajo del grueso legajo que estaba repasando—. Es que de verdad ¿no comes nunca?
—He almorzado algo. —Señaló con la mano al plato con los restos de pastel de carne que apenas había tocado.
—Anda, deja eso un momento —pidió, mientras entraba en el cuarto chasqueó los dedos y el elfo que recordaba de años atrás le hizo una reverencia antes de servir una mesa que apareció de la nada.
—Tengo que repasar esto, hay un paciente con el que no he conseguido ninguna mejoría y tengo que encontrar alguna solución... —se negó, aún con la mirada fija en el grueso libro que tenía apoyado enfrente suyo. El pop del elfo al desaparecer le hizo mirarle de soslayo, Harry había cerrado la puerta y con aquel paso tranquilo que se había hecho como una segunda naturaleza desde que empezó a no usar muleta, se situó a su espalda—. Tu elfo ha roto mis protecciones, Potter...
—Te conjuraré unas mejores —susurró en su oído, mientras deslizaba las palmas por el cuello de Draco—. Estás tenso Malfoy, déjame que te alivie.
—Humm. —Suspiró con satisfacción al notar el modo en que las yemas de Harry deshacían los nudos de la nuca y los hombros—. ¿Dónde has aprendido a hacer eso, Potter?
—Diría que desde hace unos meses tengo un buen maestro, el mejor —respondió, dos dedos trabajando en los primeros botones de la camisa, el chisporroteo de la magia le estremeció, así como el sutil cambio de temperatura cuando la piel desnuda de los hombros quedó expuesta—. Te extrañé esta mañana... —Un beso húmedo tras la oreja, las yemas de nuevo moviéndose en lentos círculos, notó que un quejido escapaba de lo más hondo de su garganta sin que pudiese hacer nada para evitarlo, no es como si quisiera impedirlo de todas formas. Apoyó las manos sobre el tablero y se dejó hacer con gusto.
—Estabas tan dormido... —se excusó, aún con los ojos cerrados, inclinó la cabeza para permitir a aquella talentosa boca un mejor acceso a su nuca—. No quería molestarte...
—Sabes que me encanta desayunar contigo... —protestó mientras le hundía los dedos en la zona del nacimiento del cabello, notó cómo los tendones que estaban tensos bajo la piel caliente se rendían al delicado toque.
—Era demasiado temprano, Harry... —añadió con suave lamento aquiescente, no podía negar que le encantaba verle de nuevo—. Necesitas descansar... aún no estás repuesto del todo y...
—¿De verdad...? —rió, un sonido gutural que le erizó el vello de la nuca—. Porque no he podido de dejar de pensar en lo de anoche, Draco... no parecías preocupado por mi recuperación precisamente.
—¿Por... por qué... humm dices eso, quizás te hice daño...? —Estaba jadeando y tenía una erección de campeonato, esas manos y esa voz, puta Morgana, apretó los párpados sólo para descubrir que hacerlo era todavía peor; que podía ver con meridiana claridad los acontecimientos a los que Harry se refería y eso no ayudaba a calmarle ni mucho menos.
Un chasquido, seguido del potente rescoldo de la magia procedente de su amante expandiéndose por la estancia como una controlada marea. La puerta estaba sellada y, por lo que intuía, sobre el cuarto pesaba un conjuro de privacidad... joder, verle emplear su poder con esa seguridad, con esa consciencia, sin alardeos, sólo haciéndolo, como si ostentar semejante caudal mágico fuese lo más normal del mundo era... gimió al notar los dientes sobre la nuca, un fogonazo caliente le reptó por la espalda hasta arremolinársele en el bajo vientre.
—He pasado media mañana pensando en la posibilidad de hacerme una paja, ¿sabes? Me desperté y te habías ido, pero la cama aún olía a ti... —confesó, mientras hacía girar la silla. De pronto no había libros ni mesa y lo que tenía frente a sus ojos era la tentadora entrepierna de Harry. Se relamió al descubrir la dureza que parecía clamar por ser liberada, posó la mano y apretó, oh, Dios, su carne estaba tan caliente debajo de toda esa ropa que se le hacía la boca agua—. Ven aquí, Draco...
Mareado por la urgencia, se encontró de rodillas sobre la silla de su oficina, aferrándose al asiento mientras protestaba por la pérdida de ese precioso pene. Oh, maldito fuese, tenía que verlo y chuparlo y luego... Gritó al sentir un suave mordisco en el hombro, la lengua elástica y juguetona adorando la marca que sabía habría dejado impresa minutos antes, no era la primera, la idea era tonta, siempre impidió que le señalasen la piel, pero Harry... oh, esa ligera succión, esos deliciosos sonidos que eran semejantes a un erótico ronroneo, parecían converger en su entrepierna, espoleándole con desenfreno a permitirle hacer lo que se le antojase con él.
—¡Harry, joder... si, si sigues... oh, mierda! —jadeó al notar cómo chupaba la sensible zona, dolor y placer en la justa medida, enroscó los dedos de los pies—. ¡Sí...joder que gusto...!
—Pensé en hacerme una paja —repitió, hundiéndole los dedos en la cintura de los vaqueros, alcanzando el primero de la bragueta, su lentitud le estaba matando, literalmente—, recordando el modo en que me pusiste a cuatro patas y me hiciste suplicar por más... —Un nuevo botón y el pulgar rozándole el glande empapado, maldijo en voz alta, recordando con exactitud lo que Harry le contaba entre besos encendidos—. ¿Sabes lo mucho que me gusta cómo me follas, Draco... tienes una ligera idea? Me encanta tenerte dentro...
—Por favor... —acertó a responder, el tercero y la otra mano ahora le acunaba los testículos con suavidad, arriba y abajo, como si sopesase si seguir o no—. Oh, Dios, Harry... sí...
—Notar cómo me llenas, tan duro, tan húmedo... —Un beso lento y esas yemas haciéndole maravillas en el perineo, llorar no parecía tan malo, o suplicar, sí, rogarle no parecía un mal plan—. Ni siquiera tenía una puta idea de que fuese posible correrse sin tocarse ni una sola vez, gracioso, ¿verdad? —La lengua tanteó su oído, dentro y fuera, recorriéndole con parsimonia, el aliento caliente deslizándose sobre la tez mojada enviaba ramalazos de delicioso placer por el resto de su cuerpo, casi sollozó de alivio al notar cómo un nuevo botón era liberado, uno mas y podría... ah, si... —Pero lo de anoche... joder, Draco, aún me duele todo, tengo agujetas de lo fuerte que me follaste y aún así... quería repetirlo... sólo podía recordar eso mientras olía tu semen en mi cama... creo que no voy a dejar que cambien esas sábanas... me pongo duro sólo de pensarlo... ¿lo notas? —La pelvis, el miembro grueso apretándose contra el trasero, y Draco descubrió que eyacular sin un mínimo roce era más real de lo que parecía.
—Oh, santa Circe, Harry... —juró, arqueando las nalgas en busca de un contacto que le moreno le negaba sin rastro de misericordia—. Te prometo que no me iré jamás... pero por... favor... por favor, Harry... haz algo...
—Casi tenía las manos sobre mi polla, así —Ilustró, sosteniendo con un puño el sexo de Draco, que al fin estaba libre del slip—, imaginando que me obligabas a abrir las piernas, que le hacías ofrecerte el culo y hundir la cara en la almohada... me metí dos dedos y luego otro más... porque estaba tan vacío sin ti... —El Evanesco le dio libertad para separar las rodillas y permitió que Harry pudiese penetrarle con las yemas, jadeó de gusto, notando cómo su verga saltaba en un claro gesto de apreciación—. Pero no era lo mismo ¿sabes? Luego pensé que no tenía que imaginarlo... que podría venir aquí... y... demostrarte cómo se siente.
—Vamos... —le alentó, empalándose a sí mismo—, deja de jugar, Potter...
—¿Ahora soy Potter...? —Giró dentro, hondo, pinchando impiadoso su próstata, haciéndole clavar las uñas en el respaldo mientras culebreaba, buscando a ciegas la licenciosa boca de su amante, que le devoró en respuesta; sus lenguas danzaron, luchando la una contra la otra, hambriento, le succionó hasta tenerle en su boca. Notaba como el preseminal chorreaba con cada envite de esos mágicos dedos, estaba manchando la fina tapicería hasta lo irremediable, pero a la mierda todo, sólo quería que se lo follase de una santa vez.
—Harry —suplicó con un leve lloriqueo—. ¡O me jodes o vas a tener que ir a por tus huevos al fondo del Támesis!
Apenas estaba dilatado, no tenían más lubricante a mano que la saliva y los fluidos que descendían en copiosos hilos desde el glande congestionado, pero mientras le notaba deslizarse en su interior, cubriéndole con su cuerpo ardiente, fue como entrar por la puerta grande en el mismo paraíso.
—Oh, por los cojones de Godric Gryffindor —juró, girando en lentos círculos que provocaron que le hormiguease todo el cuerpo—. ¡Estás tan apretado, podría hacer esto para siempre, Draco!
—Sí... —No reconoció su propia voz, que escapaba en un hueco silbido—. Dios, sí... ahí, por... —Gritó al notarle retirarse, dolor mezclado con un oscuro goce.
—Quiero moverme... —confesó contra su boca—... tengo que moverme, ¿está bien?
—Sí... así —alentó, saliendo a su encuentro—. Vamos... más fuerte, no te pares, por favor... —Notar el cosquilleo del vello púbico de Harry contra su trasero sólo le ratificó lo que ya sabía, que nunca antes habría imaginado que el sexo podía ser esa mezcla de lujuria, cariño e intimidad. Se inclinó, aceptándole con satisfacción, alentándole a ir más rápido, más intenso, más profundo. Harry era un amante fogoso, que se entregaba hasta la médula y se ofrecía por completo. Aún besándose, mordiéndose, chupándose, entre estocadas tan intensas que temió que la silla no lo soportase, Draco alcanzó el orgasmo. Gritó mientras temblaba por la brutalidad del placer que le recorría en una marejada interminable mientras Harry reía dentro de su boca, aún moviéndose, cabalgando el clímax hasta que, con un último quejido, se dejó llevar. Notar sus descargas, los profundos latidos de la carne que le llenaba, fue casi tan satisfactorio como si hubiese vuelto a correrse. Jadeó, tiritando y sudando a mares, todo a la vez, aún preso de aquel cuerpo que le aplastaba de forma tan grata. No quería dejarle nunca, ahora comprendía a Potter.
—No creo que eso salga con un hechizo —afirmó Harry entre risas al ver a Draco lanzar el tercer Fregotego sobre el sillón—. Anda, ven, diré a Kreacher que lo arregle cuando venga a recoger los restos del almuerzo.
—No vas a decirle a tu elfo que limpie mi semen de la silla, Potter —ordenó, con las mejillas encendidas—. ¿Qué tienes contra mi mobiliario? No es lo primero que destrozas.
—¡Nada!, ha sido sin pensar en serio —replicó mientras le obligaba a sentarse a su lado, Draco bufó pero le obedeció—. Además no te he oído quejarte, a no ser que "Harry, hazlo más fuerte" sea una queja.
—Por la Diosa —exclamó ruborizado—, ¡qué grosero eres!
—Anda, abre y prueba esto —pidió, sin hacer caso a su mirada indignada.
—De verdad eres persistente —comentó, pero aceptó el bocado que Harry le acercó a los labios. Se removió inquieto, percibiendo los aguijonazos en el interior como un delicioso recuerdo de sus actividades.
—Sólo quería verte, no seas quejica, Draco —respondió con buen humor—. Es que de verdad que te fuiste muy pronto hoy. ¿Nunca te permites llegar tarde?
—No, soy el jefe, mi obligación es dar más que nadie y tú tienes que recuperar fuerzas —objetó, recorriendo una diminuta marca que el cuello del suave jersey permitía ver—. ¿Quieres que te cure esto?
—No, no hace falta —negó con una sonrisa—. Estos son los preferidos de Ron.
—Vale, que sean los favoritos de Weasley no es un incentivo para que me los coma, no sé si lo sabes —aclaró, imprimiendo a su tono todo el sarcasmo del que fue capaz. De hecho saber que Ron no tenía problemas con lo que sea que hubiese entre Harry y él fue una sorpresa. Draco siempre había imaginado que el pelirrojo montaría en cólera si llegaba a descubrirlo y constatar que no lo había hecho le hacía verle con una renuente simpatía que se negaba a aceptar en voz alta. Pensar que era un buen tío era una cosa, decirlo a viva voz era otro cantar.
—Yo te daré todos los incentivos que quieras —gruñó, mordisqueándole el cuello hasta que le tuvo retorciéndose entre sus brazos, jadeante y, de nuevo, increíblemente excitado. Era como vivir una segunda adolescencia, pensó mientras se dejaba abrazar, calientes, siempre empalmados y con una perenne cara de idiotas pero mucho mejor, ahora no tenían a un loco hijo de puta intentando matarles.
—Tienes que ir a tu sesión —recordó al cabo de un buen rato, saciado de comida y sexo. Permanecer recostado contra el pecho de Harry le estaba induciendo a una complaciente somnolencia.
—Lo sé... pero se está tan a gusto aquí... —contestó, con los ojos cerrados y una sonrisa curvándole los labios. Por un momento Draco perdió el aliento, joder, era realmente hermoso. Y él... Un sentimiento cercano al pánico le hizo apartarse.
—Y yo tengo consulta... —Serio, se inclinó para besar por última vez al moreno, que hizo una mueca al verle levantarse y abotonarse la camisa que no recordaba haberse desabrochado—. Deberías irte Potter.
Observó de nuevo el sándwich y el vaso de zumo, olvidados hacía ya un largo rato, sus ojos se detuvieron en el sofá donde esa vez habían acabado comiendo entre caricias y bromas. Notaba el estómago como si hubiese atragantado con una medida de púas de erizo, un dolor punzante que crecía a cada instante, con cada inspiración. Se levantó y pasó los dedos por la mancha que no se había acabado de diluir, era obsceno y asqueroso, le dijo su mente, pero era un recordatorio de lo que había tenido, de lo que no había valorado como merecía. Miró a su alrededor, su despacho, su santuario, el lugar donde mejor se sentía de todo el mundo, de repente le ahogaba. Recogió una carpeta con lo más urgente y se Desapareció, por un solo instante, creyó oír los ecos de aquella última conversación.
Regresar a su casa tampoco fue de ayuda. Sobre el sofá del salón reposaba una sudadera que Harry se había dejado allí en una de aquellas noches en las que Draco no había ido hasta el número doce de Grimmauld Place y el moreno se había quedado a dormir. Con angustia, recordó que no era lo único, que incluso en su cuarto de baño había uno de esos cepillos de dientes y hasta un par de maquinillas de afeitar muggles. Abandonó la carpeta y sostuvo la prenda, gris oscuro y plata, la de los Halcones de Falmouth, ésa con la que se apareció unos pocos días atrás. Parecía que había pasado una eternidad desde aquel infausto viernes y hacía solo una semana. ¿A lo sumo eran diez? Gimió por lo bajo y, con cansancio, se llevó el algodón hasta la cara e inspiró, buscando el más leve rastro de olor sin encontrarlo. Esa ausencia de hizo sentirse aún más perdido, porque comprendió que llegaría el día en que los recuerdos se diluirían y que lo que ahora podía revivir una y otra vez, se acabaría esfumando con el transcurso del tiempo.
—No puedes volar —negó, con las manos en las caderas—. Y menos a estas horas, casi es de noche.
—Lo sé —aceptó, subiéndose la capucha de la sudadera y cerrando la cremallera del grueso anorak rojo. Le tiró unos guantes y, con un rápido beso, le entregó la escoba—. Tú me llevarás.
—¿Qué? —preguntó—. Hace meses, no, hace años que no vuelo, Potter, ni de coña me voy a arriesgar a que te lastimes.
—Odio darle la razón a Nott, pero eres un aburrido —masculló; con decisión, le enrolló una bufanda que había hecho aparecer y con un nuevo beso sus iris verdes le observaron, melosos como los de un cachorrito.
—Ja, qué gracioso, ¿tienes celos de Nott? —le retó.
—Si —aceptó, ajustándose la ropa. Para consternación de Draco, sus ojos no se despegaban del modo en que la tela de nylon, hecha para cortar el frío, se ajustaba a la entrepierna de su amante, que arqueó una ceja al notar la dirección de su mirada—. Muy celoso, me gustaría que no te revolotease cerca.
—Yo podría decir lo mismo de esa chica Weasley —farfulló, apretando los dientes con saña—. Y Theo no revolotea.
—Gin es una muy buena amiga no; esa chica Weasley, y además… —susurró mientras posaba las palmas enguantadas en el trasero de Draco para lograr que las pelvis de ambos se frotasen en un vaivén juguetón.
—¿Además...? —inquirió, sucumbiendo al deseo de acariciarle el cabello.
—Ella me regaló... humm, ya sabes... ese libro... —Notó que se le colorearon las mejillas al referirse al tomo con ilustraciones mágicas titulado "Seduzca a su mago en doce sencillos pasos" que la descarada bruja le había dado. Draco se rió en voz alta al recordar el gesto abochornado de Harry al contárselo.
—Potter... —Agitó la cabeza divertido. Suspiró en signo de derrota y tomó el mango reluciente, no podía negar que volar con Harry a su espalda parecía una actividad irresistible.
—Además, no soy yo quien tiene a ese baboso auditor tras su culo, ese gilipollas de Keller —barbotó, esta vez con verdadera inquina en el tono.
Draco resopló, aburrido, no era la primera vez que el nombre de Keller aparecía en sus conversaciones, no comprendía la fijación del Gryffindor en afirmar que el tipo le iba detrás. Aunque fuese cierto, sopesó, ¿celos de aquel mequetrefe? Harry era mil veces más hombre, más divertido, más guapo y seguramente... se mordió un labio al notar el curso de sus pensamientos. Desde hacía días cada vez que recordaba a Harry su mente parecía ir por libre y empezar a enhebrar toda una serie de ideas románticas hasta el absurdo. Se negó a dejarse arrastrar por el pánico de la certeza que a menudo surgía en su consciencia; ¿hasta donde estaba implicado con Potter?
—No digas chorradas, venga, una vuelta, si te pasa algo Rob me cortará las pelotas y se las dará de comer a su crup —cortó. Le tendió la mano y se acomodaron juntos—. Sigues teniendo la nariz helada, Harry —se quejó, girándose para un último beso y un rápido conjuro sobre la rodilla de su amante, que protestó al verle realizar el complicado floreo que delataba el hechizo de preservación—. Es sólo para evitar que se enfríe el músculo y la articulación, no seas cabezota.
—Vale... —suspiró, los brazos alrededor de su cintura, estrujándole de esa forma tan ruda y cariñosa que ya reconocía como propia e íntima del Gryffindor, nadie jamás le tocaba de aquella forma tímida y al mismo tiempo posesiva—. Me pongo en sus manos, sanador Malfoy.
Volver a volar, disfrutar del gélido viento en la cara, notar cómo los ojos le lagrimeaban mientras percibía el calor y el peso de Harry a su espalda, le hizo inmensamente feliz. En sus veintiocho años de vida, no recordaba haber sentido aquella paz que le embargó esa tarde de diciembre, con las luces de Londres, como un río de luz dorada a los pies de ambos.
Desde la ventana el ocaso volvía gris el paisaje, la calle casi vacía, donde sólo algunos transeúntes se aventuraban con algunas compras de última hora. Una ligera capa de hielo hacía brillar la sucia calzada. Se apartó, cansado hasta la médula, con aquel acre nudo aprisionándole la garganta, su mente girando en torno a una misma y desquiciante idea, ¿y si no volvía a verle?
Después de todo, la respuesta a aquel día que había acabado con tintes de pesadilla se la dio algo tan simple como abrir el frigorífico. Aquel invento muggle funcionaba a la perfección siempre que no hiciese magia demasiado poderosa a su alrededor y, junto con la televisión, eran dos de las cosas que más le gustaban de aquel mundo. Se había duchado con la vaga esperanza de alejar aquel malestar que se le pegaba como engrudo, pero era inútil, a cada minuto iba a más, una sensación de caída, un vértigo insano que hacía latir la sangre en su nuca y cuello, atenazándole las sienes. Descalzo, se acercó a la cocina con la idea de tomar una cerveza. Tomó la botella de grueso cristal color caramelo de la cerveza de mantequilla y observó el paquete intacto de bebidas muggle que Harry había dejado allí. Con una maldición, cerró el refrigerador y abrió el congelador, recordando que allí tenía algo aún mejor, helado. Tomó el bote, era de cerámica, ridículamente valioso, por lo que sabía, aquel tipo de material mágico era irrompible, de un cálido color anaranjado, salpicado de vetas color chocolate, no necesitaba levantar la tapa para saber qué contenía.
—¿Señor Malfoy? —El chico con un uniforme de un vivido tono verde lima le miraba con cara de aburrido. De pie ante su puerta, sostenía un paquete envuelto en un sobrio papel azul con rayas color plateado.
—Si, dígame.
—Esto es para usted —añadió dándole el paquete y una tablilla que Draco firmó sin añadir nada más, rescató un par de knuts como propina y caminó hasta la cocina. Tomó su varita y lanzó un par de hechizos de rastreo que en la guerra le fueron bastante útiles y tras no encontrar nada, abrió la caja.
Cuando Harry llegó aún seguía esperando con una cuchara en la mano, hubiese reconocido el aroma suave de la naranja y la cereza y el picante del jengibre en cualquier parte.
—¡Hola! —La voz le llegó amortiguada desde la sala, porque, aunque las protecciones le permitían paso, jamás se tomaba la libertad de aparecerse en otra habitación—. ¿Draco?
—En la cocina —respondió, parpadeando ensimismado.
—¡Vaya, al final ha llegado antes que yo, me avisaron de que lo tenían listo pero creí que podría estar aquí antes! —dijo al ver el bote en el centro de la mesa.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó, tenía el impulso de ponerse a llorar como un gilipollas, y todo por un helado. Se mordió un labio e intentó ensayar una sonrisa que no cuajó.
La expresión de Harry se transfiguró al contemplarle, como si no supiese bien qué esperar, imaginaba que no había esperado encontrar a su amante con pinta de desquiciado a causa de un simple postre.
—¿No te gusta...? —Los iris de Harry parecían más intensos en contraste con la piel pálida, estaba recién afeitado y el jersey de cuello de cisne en un tono verde musgo le daba aún más profundidad a su mirada. Se pasó la mano por el cabello y le sonrió con cierto aire de duda.
—Esto lleva años sin fabricarse —comentó suavemente.
—Lo sé —asintió; con una sonrisa más confiada, a su lado, puso una mano en la barbilla de Draco para obligarle a mirarlo—. Te escuché un día con Nott, en la Clínica, parecías tan entusiasmado que... no sé, el otro día estuve allí tomando un café con Herm y le dejé caer que... bueno, que me gustaría comerlo.
Los labios de Draco se curvaron al escucharle, era tan típico, no le extrañaba que en Florean Fortescue se hubiesen apresurado a cumplirle el deseo al héroe, debería protestar pero sin embargo lo único que le apetecía era abrazarle y, por primera vez en todas aquellas semanas, esas palabras que se negaba a reconocer le inundaron la mente de forma consciente: estaba enamorado de Harry. Nunca nadie había estado a su lado de la forma en que él lo hacía y eso le daba un miedo terrible.
—Estás loco y además eres un cotilla —musitó, hundiendo un dedo en la cremosa mezcla antes de acercársela a los labios a Harry, que abrió la boca como un niño obediente. El húmedo sonido de succión le recorrió desde la yema del índice bajando directamente hasta los testículos.
—Está muy bueno —afirmó relamiéndose, en apariencia aún pendiente de la reacción de Draco.
—Tú sí que estás bueno —gruñó, inclinándose para probar de aquella boca el manjar que tantos años atrás le había entusiasmado. Ese fin de semana apenas salieron de la cama.
Dejó el recipiente donde estaba y salió de la cocina. Un par de días después empezaron las insinuaciones del auditor, y las discusiones, el agobio, aquella insana necesidad de conseguir que le reconociesen su trabajo interponiéndose siempre. Se calzó las botas y tomó su capa más abrigada. Tenía que verle, explicarle que sin él todas aquellas tonterías carecían de sentido. No quería ser su padre y vivir para un nombre, no quería subsistir sin disfrutar, le necesitaba cada noche a su lado en la cama, comentando aquellas horribles series a las que ambos eran aficionados, quería volver a volar, verle en la ducha, escucharle silbar bajito y maldecir cuando algo no salía como esperaba. Le quería.
Las calles estaban iluminadas con estrellas, copos de nieve e infinidad de figuras que anunciaban que la Navidad estaba a la vuelta de la esquina. Desde la calle, observó la luz en uno de los salones de la casa donde Harry vivía, esa vivienda que había sido testigo de lo mejor de la vida de Draco y también de uno de los momentos más tristes. ¿Cómo no había sido capaz de comprenderlo? Potter siempre había estado ahí y él, como un cretino, se había dejado querer, creyéndose merecedor de su atención, sin ofrecer nada a cambio salvo migajas de su atención. Ahora había llegado la hora de recuperarle y de hacerle ver que era capaz de cualquier cosa por obtener su perdón, por conseguir que regresase. Con paso seguro se dirigió hacia el último lugar que jamás hubiese creído visitar en busca de ayuda, el apartamento de Ginevra Weasley.
Y en el último capítulo...
...—Sé que no me fuiste infiel Draco —reveló al cabo de un buen rato—. No perdí contra Keller esa noche, ¿crees que ese es el problema? Porque no lo es. Me dejaste allí, solo tras aclararme que lo que había entre nosotros no era nada... —rió de nuevo—, cielos, ¡ni siquiera hubo un nosotros! Y no te culpo, ya te lo dije, fui yo. Fui yo el que quise ver en ti lo que necesitaba, sin siquiera pararme a pensar si tú querías dármelo y no debí hacerlo, pero, ¿qué más da ya? No comprendo porqué insistes, tienes lo que ansiabas. Lo único que realmente te ha importado todo este tiempo. La Clínica. Disfrútalo.
—¡No! Es que no tengo lo que de verdad me importa Harry —objetó, cubriendo unos centímetros más, hasta posar una palma sobre la mano morena que sujetaba con fuerza la varita, para obligarle a bajarla.
—Draco —rogó sacudiéndose su contacto sin fuerzas ni éxito—. No quiero más de esto, ¿no lo entiendes? Estoy harto...
¡Nos vemos en unos días!
