Capítulo 10º.- En un mundo rojo sangre
Areuda era un mundo roto que trataba de recomponer sus pedazos, eso fue lo que pensaron Fate y Nanoha cuando la luz del amanecer les mostró la cruda realidad de aquel lugar donde los años de postguerra parecían haberse detenido, como si el tiempo hubiese decidido estancarse allí; la gente entre la que se mezclaban tenía la mirada apagada, se movía casi por inercia, por la fuerza de la costumbre, sus rostros demacrados hablaban del hambre pasada, de las noches frías y los días sin esperanza, tan solo los niños y los más jóvenes se permitían reír, soñar con que tal vez les esperaba un futuro mejor.
La tierra que pisaban era roja, árida, la escasa vegetación que crecía era rastrera y quebradiza; el camino que seguían rumbo a la ciudad capital recordaba ser los vestigios de una antigua carretera, pedazos de viejo asfalto se veían por todas partes, pero sin duda, lo que más impactaban eran las ruinas de sus antiguas ciudades, altos edificios de muros desquebrajados cubiertos de una gruesa capa de polvo rojo, que a la luz mortecina de sus soles gemelos semejaba sangre reseca, como si una costra se hubiese formado sobre ellos. Y la gente vivía allí, en aquellos lugares apunto de desmoronarse, y también en campamentos a la vera del camino; transitaban el fantasma de aquella vieja calzada arrastrando o empujando carros y carretas rumbo a la capital que se ocultaba tras el horizonte. Las ráfagas de gélido viento sacudían sus raídas ropas y arrasaban sus rostros donde ya no había lugar para las lágrimas.
—¿Qué ha pasado en este lugar? —mustió Navara mientras avanzaban por la calzada.
—No puedo creer que una guerra que sucedió años atrás, como nos contó aquel hombre, provocara esto —dijo Aldian.
—Debió ser terrible —comentó Nanoha.
—Y al final nadie ganó, todos perdieron —señaló Fate, mientras sus ojos se perdían en aquel baldío desolado.
Caminaban rumbo a la ciudad capital, como la mayoría de la gente que viajaba por esa ruta, seguir la calzada era arduo en algunos puntos, ya que el asfalto levantado y agrietado suponía verdaderos obstáculos, eso cuando no tenían que salvar la corriente lodosa de algún río que cruzaba de parte a parte la carretera; pero aquello era mejor que caminar por fuera de ella, pues allí la tierra era irregular, llena de altibajos, agujeros y socavones que parecían los mudos testigos de unas bombas caídas hacía mucho tiempo. Las personas con las que compartían la ruta hablaban poco entre ellas, más centradas en continuar que en otra cosa, como si ahorrasen las pocas fuerzas que tenían para seguir avanzando, sólo de vez en cuando alguna madre o padre llamaba a voces a los hijos pequeños que se habían adelantado o salido del camino siguiendo los juegos con los que sus mentes infantiles enfrentaban aquella cruel realidad. Y como en todas partes, fueron testigos de las muchas naturalezas de la condición humana; vieron a gente amable que no dudaba en echar una mano a quien lo necesitase y encontraron a seres de peor calaña, aquellos que no dudaban en aprovecharse de la debilidad de los demás.
Llevarían dos horas caminando, los soles ascendiendo en un cielo cobrizo a causa del polvo en suspensión, cuando vieron a un grupo de hombres detener a otros dos, les increparon y amenazaron, exigiéndoles que les entregarán todo cuanto de valor llevaban en la carreta que arrastraban; los otros viajeros apenas les dedicaban una mirada para apartarla en seguida, temerosos de convertirse también en víctimas de aquellos matones, que se aprovechaban de la fuerza de su número y las armas de pequeño calibre que llevaban con ellos; tal vez, pensaron las magas, se trataba de ex soldados o mercenarios venidos a menos.
—No podemos dejarles hacer eso… —dijo Navara apretando los puños. No era la única que se sentía y pensaba así.
—Si lo hacemos no podremos usar la magia —susurró Fate—, no podemos delatarnos.
—Me basto con mis manos desnudas para darles una lección —afirmó la de ojos ambarinos con fiereza.
—Debemos tener cuidado con sus armas —comentó Nanoha—, dudo que tengan Esquirlas, pero una bala sigue siendo una bala, si no podemos pararla con una barrera.
—Muy bien, tocamos a tres cada una —señaló Aldian.
—Vamos…
Sin embargo, Fate notó cómo alguien tiraba de su capa, deteniéndola, se volvió para encontrarse el rostro serio de una mujer que negaba con un gesto, varias personas más hacían lo mismo con sus amigas, agarrándolas de las capas o los brazos, impidiéndoles que avanzaran hacia su objetivo.
—¿Qué…?
—No merece la pena —dijo la mujer que sostenía su capa con tono abatido—, no podréis hacer nada y puede costaros la vida.
—Pero…
—Escuchad a Lua —dijo un hombre de mediana edad—, ella habla con razón, si intentáis ayudarles sólo conseguiréis que os maten.
—Sabemos defendernos —terció Navara.
—¿Y esquivar disparos? —preguntó sarcástica la mujer—. Además, no están solos, hay más amigos suyos escondidos cerca. Hacednos caso, no merece la pena.
Fate y Nanoha intercambiaron una mirada, si tan solo pudieran usar su magia, parecían decirse, pero no era así, y fueron conscientes de que a veces era imposible salvar a todo el mundo; ahora debían pensar en la misión que tenían por delante, llegar a la ciudad capital sin ser descubiertas era lo más importante. Dejaron caer los hombros abatidas y asintieron a las personas que les habían salvado quizás de cometer alguna imprudencia. Navara parecía contrariada, pero no dijo nada, siguiendo las órdenes no expresadas en voz alta por sus superiores.
—Veo que sois gente razonable —sonrió triste la mujer, Lua—. Si queréis podéis caminar con nosotros un rato, parece que es la primera vez que venís por esta zona y no estáis familiarizadas con cómo funcionan las cosas por aquí.
No vieron ningún inconveniente en aquello y siguieron a aquel grupo de siete personas, cinco adultos y dos niños, que apenas marchaban con lo puesto y unas mochilas a la espalda. Pasaron junto a los agresores y sus víctimas sin poder hacer nada, salvo mirar hacia otro lado, algo que realmente odiaron en lo más profundo de sus corazones.
Nanoha y Fate observaron a sus nuevos compañeros de viaje, como otros, avanzaban en silencio, intercambiando las palabras imprescindibles, salvo los dos niños, que parecían hermanos, las edades del resto debían oscilar entre los treinta y los cuarenta años, eran tres mujeres y dos hombres, imposible determinar si compartían o no lazos familiares, al menos no por el parecido de sus rasgos, ya que a sus ojos no acostumbrados, toda aquella gente se parecía bastante entre sí, cabellos oscuros y ásperos, tez morena y ojos de colores claros. Era un suerte que el frío les obligará a llevar las capuchas puestas, porque si no el tono inusual de sus cabellos habría llamado notablemente la atención.
—Eh, hermana, ¿no tendrás algo de comida? —le preguntó uno de los niños a Fate, oscuros churretes se escurrían por su cara.
—Lefian —le amonestó una de las mujeres—, no le hagas caso, sabe que tiene que esperarse a la hora del almuerzo, ¿verdad? —Miró al niño, que asintió con un mohín y echó a correr hacia adelante seguido por el otro pequeño.
—¿Viajáis a la ciudad? —se aventuró a preguntar Fate.
—Sí —se limitó a contestar la mujer sin añadir más explicaciones.
Caminaron durante dos horas más, en la lejanía podían distinguir ya la sombra de una gran ciudad, sin embargo aún les faltaban varios kilómetros por recorrer para llegar allí; se preguntaron si sería su objetivo final, fue Lua la que respondió sin saberlo a aquella duda.
—La vieja capital, Artasan —suspiró—, ya nos queda menos —dijo mirando a los niños, como si quisiera animarlos a no rendirse y reunir fuerzas para un último esfuerzo, ya que desde hacía un rato caminaban cabizbajos y arrastrando los pies, frecuentemente quedándose atrás y teniendo que ir alguno de los adultos a buscarlos.
—Es buen momento para descansar y comer algo —sugirió uno de los hombres.
—Sí, esa ruina de ciudad va a seguir allí tardemos más o menos —asintió Lua—. No es mucho lo que tenemos —dijo volviéndose a ellas—, pero podemos compartirlo.
—Ah, no será necesario, nosotras también traemos comida —se apresuró a aclarar Nanoha, lo que menos quería era quitarles lo poco que tenían a otros.
—Muy bien. Vamos
Se hicieron a un lado del camino, en una zona de terreno más regular, encendieron una pequeña hoguera tanto para ahuyentar el frío, como para asar unas tiras de carne que llevaban con ellos y tostar un pan de aspecto duro. Los dos niños observaban con ojos hambrientos como la comida se hacía sobre las llamas, relamiéndose ante tan parco festín.
—Tenemos un problema —comentó Nanoha a sus compañeras—. Nuestras raciones van a llamar demasiado la atención, empaquetadas como están, ¿qué les vamos a decir si preguntan?
Ciertamente era una situación delicada, pero no podían quedarse sin comer, hacía un rato que todas venían sintiendo el aguijonazo del hambre y necesitaban reponer fuerzas. De nuevo fue Lua la que vino a solucionar su dilema.
—Vosotras no sois de aquí, ¿verdad? —volvió a decirles—. ¿Venís de muy lejos?
—De más allá de las montañas —era la respuesta que todos los grupos darían si les preguntaban; en las fotos que habían tomado del planeta, habían visto una larga y ancha cadena montañosa hacia el oeste que parecía dividir aquel continente en dos, allí, pequeños y dispersos pudieron ver asentamientos humanos, tal vez una antigua nación separada del resto por un accidente natural.
Tomadas por extranjeras, sacaron las partes de sus raciones que menos destacarían a ojos de sus temporales compañeros de viaje, como galletas y pan relleno.
—Oh, es la primera vez que veo gente de Daravan —comentó Lua— o ¿sois de más lejos, quizás de la Costa Verde?
—Sería mejor llamarla la Costa Roja, como al resto de este maldito mundo —mustió uno de los hombres, el de mayor edad.
—Older siempre tan optimista —se burló Lua—. ¿Y bien?
—De Daravan —contestó Fate, esperando que no hubiese preguntas más concretas que les costaría responder, más sin saber hasta qué punto Lua conocía o no aquel lugar del que hablaban.
—Daravan era enemiga de Artasan, ¿verdad, abuela?
—Lefian, te he dicho cientos de veces que no me llames abuela —sonrió divertida Lua—. Pero sí, eran enemigas hace mucho, cuando la guerra, ahora ya no importa. Las cosas allí también deben de ser difíciles, no es habitual ver a gente de esa tierra por aquí, cruzar las montañas sin duda es muy peligroso, pero de vez en cuando venís algunos, atraídos por los cantos de sirena de los soldados de Artasan… ¿Eso es lo que os ha traído hasta aquí, muchachas?
—Así es, hemos oído que en el ejército te dan de comer y prometen gloria y honor, mejor eso que dejarnos morir —respondió Aldian, su mentira resultó ser buena.
—Ya veo, así que hasta Daravan llega la voz de Prodiac y sus cachorros.
—Prodiac… si se preocupara más de dar comida a los que la necesitan de verdad… —comentó una de las mujeres.
—¿Qué dices? —saltó uno de los hombres, el más joven y que hasta el momento no había hablado—. Los soldados necesitan comer, ellos están llevando a cabo la Gloriosa Hora.
—Sí, sí, Karpe, ya sabemos que deseas ser soldado, no hace falta que nos lo repitas a cada rato —dijo Lua.
—Yo también seré soldado —abundó Lefian con orgullo.
—No digas tonterías, pequeño, los soldados sólo mueren.
—Older, ¿cómo puedes decir eso? —espetó Karpe.
—Porque es la verdad —aseveró el hombre—. ¿O es que tú has visto volver a alguno de los que se fueron? Mira a Aliuc y su hermana Ery, ambos se hicieron soldados, fueron a esa ciudad para entrenarse y ¿sabes qué fue lo que nos dijeron cuando por fin volvieron? Que les enviaban a una misión muy importante, a buscar no sé qué a las viejas colonias… En su casa todavía les esperan, pero todos sabemos que es en vano.
"Vosotras harías mejor en volver por dónde habéis venido, en el ejército sólo os espera la muerte —terminó mirándolas a ellas.
—Bueno, Older, cada uno decide su destino —intervino Lua—. Si quieren participar en la Gloriosa Hora, que lo hagan, al menos, como han dicho, tendrán comida caliente y un techo bajo el que dormir, aparte de otras comodidades de las que el resto de los mortales no podemos disfrutar.
A partir de ahí, tal vez para evitar discusiones, Lua llevó la conversación por temas más insustanciales. Sin embargo, las magas aún intercambiaron entre ellas algunas palabras.
—Así que así se llama la persona que dirige el ejército de este mundo, Prodiac —comentó Navara.
—¿Algún tipo de dictador?
—No parece, Aldian —dijo Fate—. Tal vez un líder carismático que supo ganarse el corazón cansado de esta gente, o al menos de la mayoría de ellos.
—La Gloriosa Hora… ¿es así como llaman a lo que están haciendo? —musitó Nanoha—. Suena a cruzada. Me gustaría saber más, pero sería raro si preguntamos.
—¿Navara? —Inquirió Fate al ver el respingo que había dado la joven.
—En la mochila de Older…
Las otras tres miraron al hombre que en aquel momento sacaba varios objetos de su equipaje, entre ellos, expuestas en un paño, vieron varias Esquirlas…, no, se dijeron, eran simples fragmentos, de ahí que no se hubiesen percatado de su presencia antes, apenas emitían una leve pulsación. A Older no se le pasó por alto la forma en que las miraban.
—No valen mucho —explicó—, ellos las quieren completas, pero también aceptan fragmentos como estos, al menos podré sacarme unas monedas o cambiarlas por comida.
—¿Dónde las has encontrado? —inquirió Fate sin pensar.
—Cerca de nuestro pueblo hay una instalación abandonada, si te atreves a bajar lo suficiente, encontrarás trozos de esta cosa tirados por el suelo de una de sus salas.
Así que en el pasado las Esquirlas habían sido utilizadas allí.
—Fate-chan, ¿y si las Esquirlas tuvieron que ver con la guerra que hubo aquí?
La Enforcer estaba de acuerdo con Nanoha, en eso mismo estaba pensando, porque ¿qué llevaría a un mundo con naciones tan igualadas en poderío militar a una guerra en la que habían acabado destruyéndose de aquella manera? Las Lost Logias tenían esa cualidad de arrastrar a la gente a cometer las mayores locuras sólo por poseer su poder.
—La guerra —comenzó a preguntar la rubia mirando a Lua, necesitaban respuestas— ¿cómo empezó? En nuestra tierra se cuentan historias, pero siempre me ha gustado conocer todas las versiones.
Trató de disfrazar su intención de curiosidad, con un poco de suerte, a lo mejor la tomaban por alguna clase de estudiosa o algo así.
—Eres joven, pero inteligente —sonrió Lua, a Fate por unos segundos le recordó a una vieja profesora—. Hay muy pocos que recuerden ya las causas que lo empezaron todo, muchos no habían nacido todavía y otros éramos muy jóvenes. Pero yo no olvido; un día el país de Kiosdo decidió invadir su frontera sur con Gifelen, fue una rápida victoria que les llevó a seguir avanzando hasta tomar todo el país vecino. Con el tiempo, se supo que estaban probando una nueva arma experimental; las otras naciones al principio no hicieron nada, pero cuando fueron conscientes del poder creciente de Kiosdo, comenzaron a inquietarse porque ellos no poseían semejante arma.
"Llegó entonces el momento de los espías, Kiosdo no pudo mantener el secreto de su poder durante mucho tiempo y pronto el resto de naciones supieron de la existencia de las Esquirlas; por si solas parecían no tener nada de especial, pero aplicadas a las armas todo cambiaba. Se investigaron muchas maneras de utilizarlas en la guerra, cada vez creaban armas más poderosas y devastadoras. Las invasiones no se hicieron esperar, todas las naciones estaban deseando probar su nuevo poder…
"Así fue cómo acabaron con este mundo, cegados por su ambición. Y parece que ahora cometerán el mismo error.
—No —negó con vehemencia Karpe—, ahora las usaremos contra aquellos que permitieron que esto ocurriera…
—Ya, ya, muchacho, ya me conozco bien las consignas de Prodiac —lo acalló Lua.
—¿Cómo pudo pasárseles a los observadores de la TSAB la presencia de Esquirlas en esa guerra? —inquirió Aldian.
—Probablemente no vieron más allá del conflicto, pensarían que era un enfrentamiento bélico como los que ocurren en otros mundos; sin magos implicados, no podían saber sobre las Esquirlas —explicó Fate.
—¿Se diferencia mucho de lo que se cuenta en Daravan? —le preguntó Lua a Fate, la Enforcer negó con un gesto—. Bueno, ya va siendo hora de ponerse en marcha, hemos hablado más de lo recomendable.
Todos los miembros del grupo se pusieron en pie y las magas les imitaron, mientras caminaban ninguna de las cuatro dejaba de pensar en la información que habían recibido; viéndolo todo con perspectiva, podían llegar a entender cómo las palabras de aquel al que llamaban Prodiac habían calado en la gente de aquel mundo, sin esperanzas, sin sueños de futuro, era normal que necesitasen una causa común para unirse, un enemigo al que culpar de su situación actual, algo que les hiciese levantarse y alzar la cabeza con orgullo, algo por lo que valiese la pena vivir. Pero había sido la manera equivocada, pues el odio sólo podía engendrar más odio. Lo que tal vez empezó como un intentó de reunir a la gente para volver a levantar una nación, había acabado derivando en una nueva guerra.
—Fate-chan, empiezo a dudar de si lo que vamos a hacer nosotros es lo correcto, ¿qué pasará con esta gente cuando derrotemos a ese hombre y sus seguidores?
—No lo sé, pero deberán seguir adelante, como han estado haciendo hasta ahora. Tengo confianza en que halla más gente como Lua, que saben que la de Prodiac no es la manera de solucionar las cosas.
"Pero no podemos dejar que el poder de las Esquirlas amenace al resto de mundos. Recuerda que por eso hemos venido aquí.
—Hm… tienes razón.
—No te preocupes, la gente de la ciudad estará a salvo y fuera de la barrera cuando todo empiece.
Con el paso de las horas y los kilómetros, la ciudad fue creciendo ante sus ojos, altos edificios, algunos mejor conservados que otros, se proyectaban hacia el cielo, la carretera conducía directamente hacia el interior de la antigua urbe, pero podían distinguirse ya ruinosas pistas alzadas sobre postes que la habían recorrido en el pasado. Si le echaban algo de imaginación, Artasan no se hubiese diferenciado mucho de Kranagan, sin embargo, ahora, con aquellos muros cubiertos de polvo rojo, en nada se parecían. Cuanto más se aproximaban a la capital, mayor era la cantidad de gente que compartía con ellas la calzada en ambos sentidos, también comenzaron a ver grupos de soldados patrullando y manteniendo el orden si se desataba alguna disputa o discusión.
Con la cercanía de la ciudad, Karpe les señaló hacia el interior de la misma, a un punto que no eran capaces de distinguir desde su posición, pero que el joven aseguraba que se encontraba allí.
—No se ven desde fuera por los otros edificios, pero en el centro de la ciudad, en el interior de un viejo parque se encuentra el Cuartel General del Ejército, ya lo veréis cuando vayáis a alistaros, pero son un grupo de edificios de tan solo cinco plantas, construidos de forma circular. Lua dice que antes de la guerra era un museo.
—Así es —asintió la mujer—, lástima que a Prodiac le gustasen tanto, a saber qué habrá sido de las reliquias que se atesoraban allí, aunque probablemente las saquearon durante la guerra, esas cosas suelen pasar.
Cuando llegaron al umbral de la ciudad, descubrieron que debían pasar un control; unas barras cerraban la carretera y un grupo numeroso de soldados paraban e interrogaban a todos aquellos que querían entrar a la urbe, aquello provocaba que la gente se aglomerase impaciente por entrar y encontrar por fin un lugar para descansar después del largo camino, sin embargo todos aceptaban aquel incómodo trámite. Los soldados eran sin duda respetados, ya fuera por miedo u orgullo.
Afortunadamente, ninguna de las cuatro tuvo problemas para pasar el control, pasaron por unas viajeras más que habían venido a alistarse al ejército, por un momento habían temido que al responder aquello, les pusiesen algún guía que las condujera directamente al Cuartel, pero no fue así, al parecer no eran las únicas con aquel supuesto objetivo y ocuparse de guiar a tanto voluntario era simplemente imposible. Una vez dentro, a la sombra de aquellos gigantes fantasmas de acero y metal, se despidieron de Lua y sus compañeros, estos les desearon suerte y Karpe les aseguró que se encontrarían de nuevo en unos días, cuando todos se hubiesen alistado. No podían decirle que no sería así, que aquella seguramente era la última vez que las vería.
Ya en solitario, consultaron su mapa un momento y se pusieron en marcha hacia el punto que era su meta, uno de los altos rascacielos del centro de la ciudad. Para avanzar, escogieron las calles más solitarias, evitando las grandes vías donde la gente se arremolinaba en torno a tenderetes y vendedores de todo tipo e improvisadas viviendas habían sido levantadas aprovechando los escombros de los viejos edificios, además, así evitaban también a las patrullas de soldados, que recorrían las calles principales de la ciudad, o las que ahora eran esas calles, allí donde la gente había comenzado a vivir y regentar pequeños negocios. Era curioso, pero en aquel lugar, si uno no miraba hacia arriba, hacia las alturas en ruinas que alcanzaban aquellos edificios, podía llegar a creer que esa era una ciudad normal, mas era tan solo una ilusión que en seguida se desvanecía al mirar a su gente a los ojos.
—¿Cómo vamos de tiempo? —preguntó Aldian al tiempo que evitaba pisar un montón de inmundicias.
—Bien —contestó Fate tras consultar a Baradiche—. Estaremos en posición dentro del tiempo estimado.
El sol comenzaba a descender por el cielo, cuando encontraron el edificio al que tenían que subir. El ascenso no fue fácil, las escaleras estaban en mal estado y en algunos tramos se habían desmoronado, finalmente tuvieron que activar el modo barrier jacket para poder seguir avanzando, al menos allí no había ojos que pudiesen delatarlas, la construcción estaba totalmente abandonada, los supervivientes de Areuda vivían ahora pegados al suelo. La azotea a la que salieron estaba derruida en algunos puntos, pero encontraron una zona bien conservada y a cubierto tras un parapeto. Estaban en posición. Navara estableció contacto por radio con el resto de equipos, la mayoría ya estaban también en los sitios asignados, tan solo faltaban unos pocos por llegar, pero de seguro ya estaban en la ciudad. En apenas una hora, según el plan, comenzaría todo.
—Ese debe ser el Cuartel —señaló Nanoha asomada al borde de la azotea, el viento sacudía con violencia sus coletas.
Tal y como les había explicado Karpe, en medio de un parque de árboles secos, que en tiempos debió ser un lugar hermoso lleno de verdor, se alzaba un edificio circular o varios edificios construidos formando un círculo, en las inmediaciones podían ver las oscuras formas de lo que sin duda debían ser cañones y posada en un lago seco se veía una astronave de casco oxidado. Aquel lugar sería su nuevo objetivo, ahora sólo les restaba aguardar. El momento en el que todo terminaría estaba apunto de llegar.
