Capítulo 8

CON la ayuda de Dottie, Bella dispuso en un confortable lugar las cestas para sus perros más viejos, Sooty y Minnie, y los hizo quedarse allí, puesto que el cocinero había dejado bien claro que no le entusiasmaba tener ningún tipo de animal de cuatro patas en sus dominios.

Dottie se puso a la defensiva sintiendo simpatía por Bella.

-Señora, Oakmere es su casa. ¡Debería decirle a ese chef marisabidillo que se aguante con los perros!

-La cocina es su territorio y gracias a Dios que lo es, porque yo odio cocinar -le recordó Bella-. No a todo el mundo tiene por qué gustarle los animales.

Bella nunca había vivido sin una pareja de perros a sus pies. Y sin embargo era consciente de que Edward había crecido sin mascotas y no estaba acostumbrado a vivir con ellas. Dottie se marchó. Bella tenía ganas de explorar la casa y ver cómo marchaban las obras de remodelación, pero se estaba haciendo demasiado tarde. Embarrada todavía y más que cansada por la tarea de dar agua y alimento a los animales, se apresuró escaleras arriba para tomar una ducha y cambiarse antes de la cena. Se sentía increíblemente fatigada y pensó que quizá iba siendo hora de pasar por una revisión médica. Después de todo, se recordó, su ciclo menstrual se había alterado, lo cual no era normal en ella.

Veinte minutos después, Bella salió del baño envuelta en una toalla y con el pelo aún húmedo peinado hacia atrás. Edward la esperaba de pie, mirando a través del ventanal de la habitación. Los ojos de Bella se encendieron: ansiaba contarle lo bien que había funcionado el refugio de animales durante su ausencia. Pero cuando Edward se dio la vuelta, Bella percibió el enfado de su mirada y el estómago le dio un vuelco.

-¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? -le dijo.

En respuesta a su pregunta, Edward lanzó a sus pies la lámina de píldoras.

Bella tragó saliva y apretó los labios sin esconder su sentimiento de culpa.

-Cariño...

-¿Eso es todo lo que tienes que decirme? -contraatacó Edward.

-Esas píldoras estaban en mi bolso -Bella evitó la pregunta-. ¿Cómo las has encontrado?

-Tropecé con tu bolso al salir del coche y se cayeron.

Con las mejillas al rojo vivo, Bella intentó seguir evitando la confrontación.

-Ya había decidido dejar de tomarlas -dijo después de tomar aliento.

-¿Y se puede saber cuándo tomaste esa decisión?

Bella se ruborizó porque sabía que su respuesta no le iba a causar la menor impresión.

-Anoche.

-¿Cuándo decidiste tomar anticonceptivos? -el gesto ceñudo de Edward seguía sin desaparecer.

Se lo dijo.

-Así que has estado mintiéndome desde el momento en que empezamos a vivir como marido y mujer.

Bella se encogió pero intentó defenderse:

-Es una forma muy exagerada de decirlo...

-¿Y cómo te gustaría que lo dijese? -la profunda voz de Edward tenía un tono peligrosamente tranquilo.

-Como si fuese una cosa del pasado.

-Eso no me importa.

-Pues debería importarte porque tomé esa decisión en el pasado, no ahora.

-Lo que importa es la confianza que sentía por ti -le deletreó Edward.

-Sí, pero las circunstancias...

-No cuentan -Edward no se rendía-. Deberías haberme dicho que estabas usando métodos anticonceptivos. Es algo que deberíamos haber discutido entre los dos. Pero tú no querías, ¿verdad? Preferiste hacerlo a mis espaldas y engañarme.

Bella podía sentir cómo contenía la rabia. Lo notaba en la rigidez de su cuerpo, en el resplandor de sus ojos, en la prominencia de sus mejillas. Quería gritar por la frustración. Todo había sido tan maravilloso, tan perfecto; el futuro, tan prometedor. No tenía por qué haber sabido que estaba tomando esas malditas píldoras. ¿Por qué no se había deshecho de la evidencia cuando aún estaba a tiempo?

En medio de todos esos pensamientos, le sorprendió la presencia de otras ideas en su cabeza. ¿No había sido ella siempre sincera? ¿Por qué Edward no tomaba eso en consideración? Había vuelto a su vida y ahora le importaba más que nada en el mundo. No quería que su relación con él se estropease.

-Durante todo el tiempo que pasamos en Italia no dijiste que estabas tomando anticonceptivos -dijo Edward para romper el silencio.

-Ni se me ocurrió pensar en ello -dijo Bella a la defensiva-. Lo único que me importaba era lo feliz que estaba siendo contigo y...

-¿Feliz?... ¿En serio? -una nota sarcástica apareció en la voz de Edward-. Pues te salió muy bien la actuación. ¡Querías un hijo, pero en ningún momento pensaste en tenerlo conmigo!

-Eso no es cierto y, además, no estaba actuando...

-Hace un par de meses estabas dispuesta a ir a un banco de esperma y elegir a un extraño para que fuera el padre de tu hijo. Yo no soy lo suficientemente bueno para ti.

-Eso es ridículo -tartamudeó Bella-. No estaba preparada todavía para contarte lo de los anticonceptivos. Es sólo eso.

-No me lo ibas a contar. ¿Crees que no me doy cuenta?

-No eres nada justo, Edward -Bella estaba tan tensa, que le dolía la espalda.

-¿Y tú si lo eres? -le dijo Edward en tono iracundo mientras su gesto impasible iba poco a poco tornando en una mueca de cólera-. ¿Qué hay de justo en hacerme creer que estabas dispuesta a formar una familia conmigo? Yo quería tener un hijo por ti. Me parecía un poco apresurado, pero sabía que tú lo deseabas. ¿Es así como me pagas por intentar darte lo que querías? ¿Me pagas con mentiras y engaños?

Y fue en ese preciso momento cuando Bella se dio cuenta del daño que había causado a su matrimonio. Se sintió horrorizada. El poco control que aún mantenía sobre sus emociones se vino abajo.

-¿Acaso me diste otra opción al principio? No sabía qué esperar de ti -protestó Bella-. Me obligaste a consumar nuestro matrimonio y tuve que protegerme como pude. Estaba pensando en nuestro futuro...

-Theos mou... ¿así que todo lo que hemos compartido no ha sido más que un engaño? -Edward replicó ásperamente-. ¿También estabas fingiendo tu felicidad?

Aumentó la sensación de pánico que Bella tenía. Se sentía como un boxeador arrinconado en el ring.

-No, por supuesto que no -contestó-. Pero antes de llegar a Italia no sabía cómo iban a ir las cosas entre nosotros. Por eso empecé a tomar la píldora. No podía arriesgarme a quedarme embarazada. Si tenía un hijo tuyo, eso te hubiera dado un control incluso mayor sobre mí.

-Podrías habérmelo dicho a la cara.

-No pensé en ello al principio. Luego me di cuenta que debería habértelo dicho, pero no quería que te enfadases.

-Quizá guardarte esa carta te hacía sentir que poseías un control sobre mí -el gesto de Edward volvió a endurecerse.

-Sí, quizá sentí eso una o dos veces -Bella estaba demasiado alterada para elegir sus palabras con delicadeza.

Edward perdió el color al escuchar la confesión de Bella. Le clavó la mirada, preñada de agresividad.

-No eres la mujer que creí que eras.

-Tal vez no debería haber admitido lo que acabo de decir, pero ¿sabes Edward? Yo también tengo sentimientos -Bella sintió un nudo en el estómago, como si estuviera caminando por el borde de un abismo peligroso-. Al principio estaba muy enfadada contigo, pero también tenía miedo...

-¿Miedo? -la interrumpió Edward-. ¡Nunca te he dado el menor motivo para sentir miedo de mí!

-¿Y qué hay de aquella vez que me dijiste que, si no seguíamos casados, te desharías de mis animales?

-Sólo era una amenaza vacía. Parte de la negociación -Edwardo se encogió de hombros con elegancia-. Sabía desde el principio que aceptarías. Créeme, nunca habría permitido que le pasara nada a tus animales.

-Me gustaría creerte, pero no puedo. No eres la persona más compasiva del, mundo, Edward. Hubo un tiempo en que no quería aceptar esa parte de ti. Te idealizaba, lo cual era bastante estúpido por mi parte -le confió Bella-. Después de todo, tienes la reputación de ser cruel en los negocios... y cuando te exigí el divorcio descubrí que eras mucho más retorcido de lo que me imaginaba.

Al escuchar esa crítica tan directa, Edward se quedó paralizado. No se lo esperaba. Pensaba que Bella tenía una imagen romántica de él casi perfecta. Por un momento, una nota de rubor tiñó sus mejillas, pero desapareció inmediatamente dejando su rostro completamente pálido.

-No soy así...

-Sólo sabes comportarte de esa manera -dijo Bella-. Eres increíblemente dominante, Edward. Tú dictas la ley: pides y pides, y esperas que los demás sigamos tus reglas.

-No me comporté así en Italia -los ojos de Edward le hacían un reproche a Bella-. No te traté así, thespinis mou.

La hostilidad del ambiente y el miedo que sentía por el futuro de ambos aterraron a Bella. Y sin embargo, no se retractó de nada de lo que había dicho:

-Estoy de acuerdo contigo... pero eso no cambia la forma que tuviste de atarme a ti al principio. ¿Por qué intentas ignorar lo que es tan evidente? Me obligaste a hacer algo que no quería... igual que hizo mi abuelo... ¡Y por nada del mundo iba a permitir que ocurriera de nuevo!

-Eso no excusa que tomaras píldoras anticonceptivas para asegurarte de que no ibas a tener un hijo mío -la condenó Edward, con su acento griego haciéndose más pronunciado por momento.

-Mi decisión de tomar la píldora fue una decisión del pasado. Ahora las cosas han cambiado.

-Lo sé, estoy pagando por mis pecados. Hay quien diría que lo tengo bien merecido -dijo Edward, más calmado.

-Yo no...

Pero Edward ya no le prestaba atención. Estaba concentrado en sus recuerdos y la sombría expresión de su rostro hizo que a Bella se le pusiera la piel de gallina.

-No seas así...

-¿Y cómo quieres que sea? -replicó Edward.

Bella se movió hacia él y acercó su mano en un intento de acariciarlo. Sin embargo, apretó los dedos en un puño y dejó caer la mano. Todo el coraje que tenía la abandonó en el instante decisivo, al darse cuenta de que Edward la rechazaría dado su estado de ánimo.

-Me doy cuenta de que, si te has vuelto una persona dura, es sólo porque has tenido que hacerlo para sobrevivir -le dijo Bella con torpeza-. Toda tu familia dependía de ti y tuviste que aprender a dar golpes bajos para librarte del poder de mi abuelo y continuar en los negocios.

Edward rompió a reír porque Bella desconocía que aún no estaba libre de la influencia de su abuelo, ya que todavía estaba luchando en firme contra el poder de Swan International. Era su deber protegerla de esas preocupaciones. Por eso no se lo había dicho. Lo único que quería es que todo fuera como había sido en La Toscana.

-¿Ahora mi mujer me excusa por ser cruel? No te molestes. No estoy avergonzado de lo que soy.

Bella podía sentir la hostil distancia que Edward quería interponer entre los dos. Él era muy orgulloso. Al fin y al cabo, para él, la familia lo significaba todo. Le tenía que haber dolido mucho creer que ella no quería tener un hijo con él.

-No quería decirte lo de la píldora porque sabía que crearía un estúpido malentendido.

Edward se encogió de hombros con frialdad.

-¿Qué malentendido? Como te he dicho, yo no quería un hijo hasta que cometí el error de pensar que tú estabas desesperada por tener uno. Sigue tomando la píldora. Tienes mi bendición -le dijo-. Mira, tengo que ir a la oficina. Han ocurrido muchas cosas desde que nos fuimos a Italia.

Bella se sintió decepcionada. Justo cuando acababa de abrirle su corazón, justo cuando estaba a punto de admitir lo mucho que quería tener un hijo con él, Edward se echaba para atrás y le daba con la puerta en las narices. Pero la cosa era incluso peor que eso. Había utilizado la palabra «desesperada» para describirla. Y, desde luego no quería que pensara que estaba desesperada por tener un hijo. Mucho menos después de saber que Edward sólo había considerado la posibilidad de ser padre para hacerla feliz a ella.

-¿Es eso lo que sientes de verdad? -dijo Bella con lágrimas en los ojos.

-¿Qué otra cosa puedo sentir? -y Edward abrió la puerta.

«Me siento como si Bella me quisiera menos que a un banco de esperma», pensó Edward al cerrar la puerta, en respuesta a la pregunta que su esposa le había hecho. Quería emprenderla a puñetazos con la pared. Necesitaba dar rienda suelta a las emociones explosivas que se habían desatado en su interior. Bella le había engañado y él había picado el anzuelo. La mente de Edward seguía llenándose de pensamientos destructivos: «¿Y si me mintió con aquello del banco de esperma? Si le hubiera concedido el divorcio y ella se quedaba embarazada, ¿quién me dice que Leo Burleigh no estaba destinado a ser el padre de su hijo? ¿Bella, tan convencional como era, había recurrido a un banco de esperma? ¿Cómo había podido creerlo?».

Una vez más, había infravalorado a su mujer. Bella había sabido mirar más allá de su fachada y había descubierto que era un bastardo. Edward se pasó sus largos dedos bronceados por el pelo y después examinó su mano con el ceño fruncido, porque de repente la mano estaba temblando. ¿Qué era lo que pasaba? Estaba en un momento desesperado. Tenía que luchar para sobrevivir en los negocios y, ahora más que nunca, necesitaba su astucia y su fuerza. Nunca se había sentido tan en desventaja frente a un desafío. Si se ponía en el mejor de los casos, Bella le había puesto a prueba durante la luna de miel. Pero, si consideraba las cosas desde un punto de vista menos prometedor, entonces se podía pensar que estaba a punto de abandonarlo por otro hombre. ¿Por qué si no una mujer que había deseado tanto tener un hijo se echaba ahora para atrás?

Cuando Bella acabó de vestirse y salió en busca de Edward, ya era demasiado tarde: se había marchado. El pánico la asaltó. Descolgó el teléfono para llamarlo y, entonces, dudó. ¿No sería mejor esperar a que llegara a casa? «Sí, volverá más calmado y entonces podremos utilizar un poco más de sentido común para seguir hablando del tema. Además, yo también tengo que calmarme». Se sentía al borde de las lágrimas. Frenética, furiosa, herida. Aterrorizada. Edward había sido sincero con ella: no quería tener un hijo. Lo había admitido a la vez que la censuraba por tomar la píldora. Pero eso no le daba ningún consuelo. Lo que realmente le importaba era que ella había herido su orgullo y se culpó a sí misma por no haber sido más sincera con él en Italia.

La tarde transcurrió lentamente, animada tan sólo por una llamada de Leo, quien pidió a Bella que lo acompañara para ver un par de apartamentos unos días más adelante. Fue después de medianoche cuando Edward llamó para decirle que tenía mucho trabajo y que pasaría la noche en su apartamento de Londres. Bella ocultó su decepción e intentó comportarse como si no pasara nada. Tal vez fuera buena idea dejar que las cosas se calmaran, pensó.

Edward estuvo fuera durante dos días y, al tercero, cuando volvió a Oakmere, era Bella la que estaba ausente. Edward miró en todas las habitaciones para comprobar si su esposa le había dejado alguna nota. Después, entró en el establo en su busca, pero no había señal de ella por ninguna parte. Cuando vio que no tenía otra opción, marcó el número de su móvil.

-¿Dónde estás? -preguntó Edward, un poco preocupado.

-Estoy en Londres con Leo, viendo unos apartamentos...

Edward respiró hondo, muy, muy lentamente.

-¿Estás todavía en el trabajo? -dijo ella.

-No. Regresé a casa para pasar un poco de tiempo contigo.

-Y yo estoy fuera... Lo siento -Bella se esforzó en hacerle ver que lo sentía de verdad-. Creí que tampoco vendrías esta noche.

A Edward no le resultó nada reconfortante la confesión de Bella. ¿Y si el atractivo y atento Leo era algo más que un amigo? ¿Cómo podía averiguarlo? Leo no hacía nada sin consultarlo antes con Bella. La telefoneaba continuamente y ella compartía un lazo muy estrecho con él. En comparación, Edward se encontraba en desventaja. Había presionado a Bella para que se fuera a vivir con él. Ella no lo amaba. Teniendo en cuenta lo que le había dicho sobre su carácter, estaba claro que ni siquiera le gustaba. Y sin embargo, no podía quitarle las manos de encima. Por lo menos, Bella sí se sentía sexualmente atraída por él. ¿0 había sido también eso parte de la actuación? ¿Una mera diversión, tal vez? Bella era una mujer muy sensual que había esperado demasiado tiempo para descubrir esa nueva dimensión de su naturaleza. Quizá ahora ardía en deseos de experimentar...

-¿Edward? -Bella interrumpió el silencio de la línea telefónica-. Mira, tengo que irme. Te veo después.

Pasó bastante tiempo hasta que Bella llegó a la abadía. Lo único que deseaba era tumbarse y dormir durante, por lo menos, un mes. Por mucho que había intentado apresurarse en el camino de vuelta, no lo había conseguido. Edward la saludó, de pie frente a las escaleras. En el momento en que lo vio, a Bella se le hizo un nudo en el estómago. Tenía un aspecto tan poderosamente atractivo que apenas podía quitarle los ojos de encima.

-¿Dónde has estado? -preguntó Edward-. Intenté llamarte de nuevo. No contestabas al teléfono.

-Olvidé recargar la batería -suspiró ella-. Si te lo cuento, no te vas a creer los problemas que he tenido para volver a casa...

-Inténtalo -1a invitó Edward.

-Leo se eternizó hablando con el vendedor del apartamento que estuvimos viendo. Cuando volví al coche, tenía una rueda pinchada... Leo la cambió, pero tuvo un montón de problemas con las tuercas de la rueda -Bella se apartó el flequillo de la frente, mojada por el sudor.

-Las tuercas de la rueda -repitió Edward con su característico resplandor en los ojos-. ¿Es ésa la mejor excusa que tienes?

Abriendo los ojos como platos, Bella se detuvo en su camino escaleras arriba.

-¿Perdona? -preguntó sorprendida.

-Son las doce pasadas.

-No soy Cenicienta.

-Y yo no soy estúpido. Has estado con otro hombre durante horas.

-¿Con otro hombre? -preguntó Bella, sin ser capaz de identificar inmediatamente a Leo como el objeto de las preguntas de su marido.

-No contestabas el teléfono... has estado fuera toda la tarde. ¿No te parece natural que sospeche?

Cuando Bella se dio cuenta de adónde quería llegar Edward con sus preguntas, apenas pudo ocultar su perplejidad.

-¿Sospechas de Leo y de mí? ¡Pero si Leo está locamente enamorado de Stella desde hace años!

-Es la primera vez que mencionas el nombre de Stella, ¿no te parece eso un poco extraño?

Su persistencia desconcertaba a Bella. La tensión que se marcaba en sus rasgos faciales era muy real, sin embargo. Sólo entonces recordó Bella aquella ocasión en que Edward le preguntó por su amistad con Leo a raíz de la foto que había salido publicada en las revistas. La única contestación que ella le dio fue un largo silencio. Se sintió horriblemente culpable por no haber intentado acallar sus sospechas entonces. De hecho, hasta había disfrutado con la idea de que Edward pensase que sus afectos no estaban centrados exclusivamente en él.

-Leo y yo somos amigos. Eso es todo. Debí dejarlo claro desde el principio. El problema es que... quería que te sintieras un poco celoso -le confió Bella avergonzada, a la vez que notaba un pequeño pinchazo en el vientre.

-No soy celoso -afirmó Edward con los dientes apretados.

Luchando contra el mareo, Bella tuvo que reconocer que no se sentía bien y asió con fuerza la barandilla de la escalera. Tenía el rostro más blanco que la nieve.

-Theos mou... ¿Qué te pasa? -exclamó Edward.

Bella titubeó y sus rodillas cedieron bajo su peso. Se cernió la oscuridad en torno a ella. Edward se lanzó hacia su esposa y la tomó en sus brazos al desmayarse.

Bella recuperó la conciencia. Estaba tumbada en el sofá de la sala de estar.

-¿Qué ha ocurrido?

Edward se inclinó sobre ella. Sus brillantes y hermosos ojos oscuros mostraban una clara preocupación.

-Te desmayaste y casi te caes por las escaleras. Debes ir al médico.

-No seas tonto. No me pasa nada. Tan sólo estoy agotada Hice demasiadas cosas hoy. No he comido nada y estoy cansada -murmuró Bella.

-Ya veo que Leo te ha cuidado bien hoy, pethi mou -Edward replicó.

-Una mujer no necesita que ningún hombre cuide de ella.

-Pues para mí es un placer cuidarte... y asegurarme de que comes y descansas y no tienes problemas -respondió Edward sin dudarlo un momento-. Me gusta hacerlo.

Era cierto. Y además se le daba muy bien hacerlo. Bella recordó lo solícito que había sido en La Toscana. Había cuidado de que no tomase demasiado el sol o de que no se levantara más tarde que él. Habían cenado en los restaurantes favoritos de ella, visitado los lugares que ella quería ver. Le había consentido todo y le había hecho sentirse tan valiosa como el oro. Sin pensarlo, tomó la mano de Edward y se la llevó a la mejilla.

El tenso rostro de Edward se relajó. Edward acarició a su esposa.

-Aun así quiero que mañana te vea un médico. Tienes un aspecto muy frágil.

Con ayuda de Edward, Bella se metió en la cama. Edward le llevó una tortilla que, según afirmó, había cocinado él mismo. Mientras se la comía, le pidió que le contase la historia de Leo y Stella. Se rió con franqueza en un par de ocasiones. Dijo que Leo era muy cobarde y que debía hablar con Stella cuanto antes. Al oír sus argumentaciones típicas de macho, Bella empezó a relajarse y se sintió feliz de nuevo. Había echado tanto de menos a Edward. Pero, se preguntó preocupada, ¿y si él no quería tener hijos? «Bueno, puedo vivir con ello. Nada es perfecto. Tal vez en el futuro cambie de parecer. Tengo al hombre de mi vida, ¿no debería ser eso suficiente?».

-Debería haberte dicho lo de la píldora -susurró ella a modo de disculpa.

-No... tenías razón. Debí haber recordado cómo empezó nuestro matrimonio.

Con los ojos sombríos, Edward contempló cómo su esposa caía dormida. Esa misma mañana había puesto Oakmere Abbey a su nombre para que, pasara lo que pasara, ella y el refugio estuvieran siempre seguros. Si no tenía cuidado, pensó Edward, podía perderla. De algún modo, tenía que hacer que cambiase la imagen que ella tenía de él. Hacer donaciones a Greenpeace y establecer premios para jóvenes emprendedores no era suficiente para impresionarla. Tenía que hacer algo compasivo por los animales.

Al amanecer, Bella se despertó y sonrió aletargadamente al sentir el firme y poderoso cuerpo de Edward a su lado. Lo miró. Él también estaba despierto y mirándola. Bella se preguntó por qué estaría tan serio. Acercándose a él, le hizo cosquillas para animarlo. Sorprendida por su incapacidad para reaccionar, acarició su torso con la mano. El tomó su mano.

-Estuviste enferma anoche... no deberíamos...

-Un rechazo me ofendería profundamente. Dijiste que para ti era un placer cuidarme -le recordó Bella con ojos traviesos.

Los labios de Edward esbozaron una sonrisa.

-Es un gran placer, thespinis mou -afirmó, apretándola contra él y apoderándose de sus labios con apasionado fervor.

Un par de horas después, Bella bajó las escaleras apresuradamente para desayunar con Edward. Mientras cruzaba el recibidor, sin la menor advertencia, un espasmo de dolor le atravesó la pelvis e hizo que se retorciese.

-¡Edward! -gritó, aterrada.

Edward la llevó al hospital más cercano. Ambos se quedaron perplejos cuando, al hacerle una prueba de embarazo, el resultado dio positivo. Nada más averiguar que estaba embarazada de dos meses, Bella había sufrido un aborto. El ginecólogo les dijo que no debería haber tomado anticonceptivos hasta después de haber tenido la regla.

Bella permaneció tumbada en la cama de su habitación privada, con la vista perdida en el techo. Debía de haberse quedado embarazada la primera vez que se acostó con Edward. Su sueño más anhelado se había vuelto realidad, y ahora, cuando ya lo había conseguido, lo perdía para siempre.

-Si lo hubiéramos sabido... -Edward respiró hondo, tomándola de la mano-. No lo supimos hasta que era demasiado tarde.

-Tienes razón -dijo Bella, mirando a la pared.

-Yo soy el único culpable. Hicimos el amor y no hice que tomaras precauciones.

-Te había dicho que quería un hijo -dijo ella, sin entender cómo podía culparse.

Había logrado concebir un hijo y, de haber seguido embarazada, se habría sentido la mujer más feliz del mundo. Pero había sufrido un aborto y la conversación con Edward lo único que conseguía era recordarle la pérdida.

-Lo siento... no te puedes imaginar cómo -Edward la tomó de las manos.

Edward no la había dejado sola ni por un momento. Había sido fuerte por ella, la había apoyado, había sido todo lo que un marido debía ser. Pero tan sólo unos días antes había admitido que realmente no quería tener un hijo con ella. Por supuesto, si hubiera sabido que existía la posibilidad de que se quedase embarazada, nunca lo habría admitido. Pero el caso es que se lo había dicho y Bella no podía olvidar su actitud. Sintió no haber conseguido ver a tiempo lo decente que era Edward.

-Dejé que mi orgullo se interpusiera entre nosotros... -dijo él.

Era una afirmación demasiado sorprendente como para que Bella no se girase sobre la almohada para mirarle.

-¿Cómo?

-Siempre he querido que me dieses un hijo -Edward admitió con mirada sombría-. Pero cuando dijiste que tú no lo deseabas, no supe admitirlo.

Bella sintió un nudo en la garganta. Giró de nuevo la cabeza para que Edward no la viera llorar. Estaba claro que él intentaba reconfortarla mostrándole toda la simpatía de la que era capaz. Y lo hacía muy bien, tuvo que reconocer Bella. Pero no quería que le dijese mentiras, bien por lástima, bien por su sentimiento de culpa. ¿Por qué iba a sentirse culpable por decir que no quería tener un hijo? Muchos hombres con la edad y el estilo de vida de Edward dirían lo mismo y no pasaba nada.

-Creo que quiero dormir -murmuró Bella.

-Adelante... No te molestaré.

Se hizo el silencio.

-Me gustaría estar sola -susurró ella.

-No creo que debas estarlo, pethi mou.

-Vete a casa, por favor -le dijo con voz pétrea-. ¿No tienes trabajo que hacer?

La puerta se cerró. Bella volteó otra vez la cabeza sobre la almohada y centró la mirada en la silla vacía en la que Edward acababa de estar sentado. Quería que se fuese pero, con la misma rapidez e irracionalidad, lo quería ahora de vuelta. Hundió su cabeza en la almohada.

Tres días después, Edward la recogió y la llevó de vuelta a Oakmere. Bella cambiaba de tema cada vez que él intentaba hablar sobre el aborto...

Habían pasado seis semanas desde que Bella regresó del hospital. Escuchó cómo sonaba el teléfono en el recibidor de la abadía. El mayordomo lo contestó antes de que ella pudiera llegar y le tendió el auricular.

-¿Estoy hablando con Bella Cullen? -preguntó una voz masculina que hablaba un inglés con acento-. ¿La nieta de Charles Swan?

Bella frunció el ceño.

-Sí... ¿por qué?

Era el abogado de su abuelo, Gregoly Lelas. La llamaba para informarla de que su abuelo había muerto repentinamente esa misma mañana de un ataque al corazón. Bella sintió un súbito mareo. Siempre había guardado en secreto la esperanza de que Charles Swan llegase a lamentar algún día lo mal que la había tratado y la reconociese como un miembro más de su familia. Pero ahora era demasiado tarde.

Al ver de lejos la pálida expresión de Bella, Edward entró en la habitación.

-¿Qué ha pasado?

-Mi abuelo ha muerto.