Esta es una historia escrita por Rosybud que yo me he limitado a traducir con su permiso. Si queréis leer la historia en su lengua original, el inglés, podéis pinchar aquí: http: // www . fanfiction . net / s / 4257445 / 1 /
Capítulo Diez: Explicaciones.
Podrían haber sido minutos, horas o días el tiempo que Quil y yo dormimos juntos, pero eventualmente sentí como alguien me apartaba suavemente, y me llevaba hasta otra habitación para tumbarme en una cama distinta. Las sábanas estaban frías y echaba de menos los brazos de Quil, pero caí en un profundo sueño casi al instante.
Eran las 10:00 cuando me desperté. La cálida luz del sol había desaparecido y sido sustituida por un día gris y lluvioso del que no podríamos haber escapado por mucho tiempo. Bostecé, y me estiré encima de la cama, y cuando me fijé en lo que me rodeaba, me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. No era mi habitación, claro, pero tampoco era la habitación en la que dormía en casa de Emily. Y entonces los recuerdos me volvieron: Quil.
En un segundo estaba fuera de la habitación, sin importarme mi pelo, ni mi aspecto, ni el hecho de que aún no me había lavado ni los dientes ni la cara. La habitación de Quil estaba cerrada, así qué silenciosamente abrí la puerta.
Me quedé quieta durante unos largos segundos, mirándole. La camiseta que había estado llevando el día anterior ya no estaba, al igual que el edredón. Estaba tumbado sobre su estómago en la demasiado pequeña cama; la única sábana que quedaba se había resbalado hasta quedar sobre su cintura, exponiendo su musculosa espalda desnuda. Quería tocarle –solo para asegurarme de si estaba un poco más caliente que anoche- pero no quería despertarle, así que me quedé en mi sitio y dejé que mis ojos hicieran lo que mis manos no podían. No parecía tan pálido y enfermizo como ayer, y eso me reconfortó un poco. Ver a Quil tan apático, sin vida, me había asustado más de lo que me atrevería a admitir, durante tanto tiempo había pensado que era irrompible, capaz de superar cualquier cosa sin un rasguño.
Cuando me aseguré de que no parecía peor que el día anterior, e incluso parecía un poco mejor, despegué mis ojos de su cuerpo y me marché. Emily y Sam estaban en la cocina, hablando silenciosamente entre ellos. Sus cabezas se alzaron con brusquedad cuando entré, y yo bajé la mía, avergonzada. Después de todo, seguramente fueron ellos los que me sacaron de los brazos de Quil la noche anterior. Pero no lo mencionaron, y yo tampoco. Después de un rápido desayuno, Emily y yo volvimos a su casa para que pudiera ducharme y cambiarme de ropa, pero volví a la pequeña casita gris tan rápido como pude. No quería perderme nada.
Carlisle vino a media mañana para revisar el estado de Quil, y Emily llegó después con la comida. Casi toda la manada se reunió en la pequeña sala de estar. Me sentí tímida y fuera de lugar, sentada con esta gente tan unida como si fueran de la misma familia. Era casi surrealista estar otra vez aquí. Nunca pensé que les volvería a ver cuando Quil se marchó, nunca pensé que volvería a formar parte de este mundo.
Estando ahí sentada, escuchando cómo hablaban entre ellos sobre la manada, comprendí lo especial que era conocer su secreto. Cuando tenía trece años nunca me pregunté por qué yo sí podía saberlo pero mi hermana no, por qué Quil confiaba en mí tan implícitamente. Y ahora era mucho más desconcertante, cuando podía ver tan claramente cómo el resto también me habían aceptado dentro del pequeño círculo. No cualquiera podía conocer sus secretos- la mayoría de los Quileutes no tenían ni idea de lo que Sam y el resto del grupo eran en realidad. ¿Qué tenía yo de especial?
Justo cuando estaba pensando en preguntárselo a Emily, Carlisle entró en el salón, y aquellos pensamientos se disiparon de mi cabeza.
Su belleza me volvió a sorprender. Entonces, comprendí que el día anterior no había estado lo suficientemente despierta como para apreciar de verdad como de increíble su rostro era –como una estrella de cine o un modelo- aunque no hubiera nada de calidez. Reprimí un escalofrío y pensé en Quil, en su calor y en su encantadora piel oscura.
Me maravillé al ver lo a gusto que parecía estar este vampiro en presencia de una habitación llena de licántropos, y cómo éstos estaban tan cómodos con él. Tan solo arrugaron levemente la nariz ante algún imperceptible olor. Carlisle sonrió cuando vio nuestros rostros expectantes.
—Quil está mejor. Algunas de sus heridas internas se han estado curando por sí solas. —Todo el mundo dejó escapar un suspiro de alivio. —No quiero hacer promesas, pero… si sigue así, tiene posibilidades.
—¿Posibilidades? —Preguntó Sam.
—Muy buenas posibilidades, —se corrigió Carlisle, su sonrisa ensanchándose.
La gente estalló en exclamaciones de alegría, Sam se giró hacia Emily y le dijo "tenías razón". Emily solo sonrió y me lanzó una mirada satisfecha, pero yo no estaba prestando demasiada atención.
Me escabullí silenciosamente hacia la habitación abierta de Quil, y me escondí tras el marco para que no pudiera verme. Estaba tumbado sobre su espalda, su musculoso pecho al descubierto. Donde las vendas habían estado antes, ahora solo había un par de largas cicatrices medio curadas. Sus ojos estaban cerrados, pero sabía que no estada durmiendo.
Le observé fijamente. La forma en la que su preciosa piel rojiza contrastaba contra la palidez de las sábanas. Su oscuro pelo, desordenado y cayendo su frente y sus ojos. Y entonces, porque no pude contenerme, mis ojos se desviaron hacia sus músculos, a través de su amplio pecho y abdomen. Inconscientemente, mis manos se cerraron con la necesidad de tocarle y mi cuerpo se acercó hacia él, pero me detuve. Me apoyé contra el marco de la puerta, apoyando la cabeza contra la madera.
—Contrólate, —siseé.
Di media vuelta para marcharme, pero la voz de Quil me detuvo.
—¿Claire? —Me giré y le vi mirándome; subiéndose un poco más la sábana.
Me acerqué y me senté en la pequeña silla que estaba al lado de la cama, y durante un largo instante, ninguno de los dos dijo nada, tan solo nos miramos. Parecía como si estuviera memorizándose mi rostro, tal y como estaba haciendo yo. Después, inclinó la cabeza y se miró las manos, las cuales estaban fuertemente enrolladas entre la sábana. Parecía casi enfadado.
—Lo siento, —su voz sonaba ronca. —No quería que me vieras así- cuando me transformé, no debería haber pasado delante de ti. Nunca he querido que me vieras de ese modo… —Se detuvo, y entonces comprendí que no estaba enfadado conmigo, sino consigo mismo.
Ahogué una carcajada. ¡Estaba nervioso porque pensaba que estaba asustada de él! Como si verle en forma de lobo pudiera cambiar lo que sentía por él. —No te estaba mintiendo Quil, no te tengo miedo. ¿No te acuerdas?
Él esbozó una sonrisa triste. —Me acuerdo. Aunque me hubiera gustado que no hubiera sido así.
—¡Pues yo me alegro! —Declaré. —Siempre he querido verte así. ¿Te acuerdas de lo mucho que me solía quejar? —Sonreí. Era la primera vez después de tanto tiempo, que podía recordar sin sentir dolor. —Creo que una parte de mí tenía miedo de que todo fuera una broma. Es agradable saberlo con seguridad. Y cumpliste tu promesa-enseñarme algún día.
—Ya sabes que no puedo mentirte, Claire. —Hizo una mueca y cerró los ojos, cambiando de postura encima de la cama.
—Debería dejarte descansar… —Me levanté y puse una mano sobre su hombro en señal de despedida, pero el tacto de su piel me hizo olvidar de todo. —¡Estás caliente! —Exclamé, apoyando toda la palma de mi mano para poder sentir su calidez. —Anoche estabas tan frío… —Inconscientemente, mis dedos comenzaron a acariciar la suave piel de su hombro, deleitándome con el calor que emanaba.
Le sonreí, y era la primera vez desde que bajé aquí que lo sentí –era una sonrisa de verdad. Nuestros ojos se encontraron y mis dedos se paralizaron.
—Yo-yo debería irme… dejarte dormir un poco…
—Por favor, no te vayas, —susurró. Y mis pies se movieron automáticamente hacia la silla, donde me dejé caer con pesadez.
Nos miramos a los ojos durante un largo rato. Sin embargo, no era incómodo. Incluso después de todo este tiempo, seguía sin ser incómodo. Pero pude ver el debate interno que tenía Quil, como si quisiera decir algo pero no estaba seguro de cómo. Y sabía exactamente lo que era.
—Hay tanto que me gustaría contarte –tantas cosas por las que necesito disculparme… —comenzó, pero le detuve antes de que pudiera continuar colocando un dedo sobre sus labios.
—Después, tenemos todo el tiempo del mundo para eso, Quil, —murmuré. —Céntrate en curarte, el resto puede esperar un poco. —Estaba siendo una cobarde, lo sabía, pero quería mantener este día intacto de dolor y explicaciones, limitarme a estar feliz porque Quil estaba aquí y estaba vivo. Sabía que tendríamos esa conversación pronto; era algo que ambos necesitábamos. Pero ahora no.
Por lo que, durante el resto de la tarde, me quedé a su lado y hablé con él. Le conté todo lo que me había pasado en el último año: los nuevos amigos que había hecho, los deberes y los profesores. Le hablé de Katie y de Colleen, las pequeñas y grandes cosas que Quil hubiera sabido ya si hubiera estado ahí conmigo. Él no dijo mucho, simplemente cerró los ojos y escuchó, algunas veces preguntando y asintiendo con la cabeza. En una ocasión, pensé que se había quedado dormido y empecé a levantarme, pero los ojos de Quil se abrieron de golpe y me preguntó por qué había dejado de hablar. Después de eso no paré de hablar, aunque su respiración se tranquilizara y se mantuviera callado durante largos períodos de tiempo.
Cada día se puso mejor y mejor. El color volvió a su piel, las incisiones en su hombro desaparecieron, dejando solo a su paso unas finas y blancas cicatrices. Cada día le tocaba la mejilla, sintiendo el calor que irradiaba; era mi modo de evaluar sus progresos.
Ninguno de los dos mencionó nada acerca de la noche en la que le rogué que viviera por mí. Me pregunté si se acordaría, o si pensaba que solo había sido un sueño producto de la fiebre. Algunas partes me parecían irreales incluso a mí. ¿De verdad Quil me tocó los labios con sus dedos? ¿De verdad me dijo que me quería? ¿De verdad me había abrazado cuando me quedé dormida?
Carlisle le dijo a Quil que se calmara durante varios días y que dejase que el cuerpo curara las heridas, pero podía ver cómo Quil se moría por salir de la habitación. Cada vez que Carlisle venía a hacerle una revisión, prácticamente empezaba a gruñir en frustración. Yo era la única que soportaba, así que me pasaba las horas en su habitación, intentando distraerle.
Por supuesto, todo ese tiempo le daba a Quil una oportunidad ilimitada de estudiarme, algo con lo que no estaba muy cómoda.
—Has cambiado, —dijo de pronto una tarde. Yo estaba tumbada encima de la cama, a la altura de sus pies, leyendo una revista, mientras Quil se dedicaba a mirar por la ventana con tristeza, o al menos, eso había creído yo. Fruncí el ceño. ¿De verdad estaba actuando de forma tan diferente? —Quiero decir, pareces diferente. Mayor, supongo.
—Ahora tengo quince.
—Lo sé. —Nuestros ojos se cruzaron. Su voz apenas era un murmullo. —Siento haberme perdido tu cumpleaños. Los dos.
Sonreí y dejé la revista sobre la cama para poder coger su mano entre las mías. Estaba más caliente, aunque aún fría comparada con la mía, y me recordó a cómo me sentí cuando le miré y pensé que iba a morir. —No pasa nada, — respondí con rapidez. Esto era lo más cerca que habíamos llegado al tema sobre por qué me había dejado desde aquella noche. Parte de mí quería dejarlo de lado, pretender que ese año y medio no habían sido más que una pesadilla, pero la otra parte de mi quería desesperadamente saber por qué y cómo pudo irse.
Ya había llegado el momento.
—Sí que importa, —respondió. —Fui un idiota, Claire… Pensé que… ¡Pensé que estaba haciendo lo mejor para ti! —Se negó a mirarme a los ojos.
Me mordí el labio con nerviosismo. —Emily me contó algo de por qué lo hiciste. Dijo que atacaron a Kim… —Quil asintió con brusquedad. —¡Pero no era tu culpa! Y ella está bien… No lo entiendo.
Quil retiró la mano y se la pasó por el pelo. —Fue por nuestra culpa, Claire, —dijo en un murmullo. —Todo fue por nuestra culpa. Kim estaba sola, paseando por la playa, cuando un chupasangres captó su olor. Ni siquiera tenía sed, pero la siguió de todos modos. Quería saber por qué olía como un licántropo, porque, por supuesto, nuestro olor estaba encima de ella…
Suspiró hondo. —Gracias a Dios que Embry y yo estábamos de patrulla, así que captamos su rastro antes de que la matara, —su voz se volvió un gruñido, —pero no llegamos antes de que el chupasangres le rompiera la pierna cuando Kim se negaba a contarle nada sobre la manada.
—Dios mío, —exclamé.
Sus ojos me miraron, suplicando mi perdón y comprensión. —Por eso me marché, porque lo único que podía hacer era verte a ti en el lugar de Kim, pero no con la misma suerte. Y Claire, eso me hubiera matado… Hubiera dolido mil veces más que solo dejarte.
Y le entendía. ¿No había sentido yo exactamente lo mismo cuando Quil estaba tan cerca de morirse? Solo el hecho de saber que estaba vivo en algún lugar –incluso aunque no estuviera conmigo- era mejor que un Quil sin vida.
Me lancé hacia sus brazos. Y, como siempre, me llegó una oleada de bienestar y protección.
—Eres un idiota, —murmuré contra su hombro. —Lo entiendo, pero eres un idiota. En lugar de irte, lo que deberías haber hecho era no apartarme nunca de tu vista.
Me retiré un poco y Quil me sonrió. —¿Así que no te importa que a partir de ahora sea un poco sobre protector? —Preguntó.
—No, no me importará, —respondí silenciosamente. —Ahora que sé lo que hay ahí fuera… —Me estremecí, imaginándome en el lugar de Kim. —Nunca pensé que esta zona fuera tan peligrosa, o que los vampiros vinieran tan a menudo… Pero después de lo que te ha pasado a ti…
—No es normal, —me aseguró. —Ese el grupo más grande de vampiros que he visto desde hace mucho, mucho tiempo.
—¿Por qué crees que estaban aquí?
Se encogió de hombros. —Espero que solo estuvieran pasando por aquí. No tienen ninguna razón para quedarse. Los Cullen se han ido desde hace mucho tiempo y nadie más sabe de la existencia de la manada en La Push.
—¿Cuántos han venido antes?
—No muchos. Quizá 4 o así en los últimos trece años, sin contar con el grupo de la semana pasada. —Se rascó el hombro pensativamente. —Parece ser que a la mayoría de los chupasangres les gusta más ir en solitario, por lo que a nadie le importa si un par de vampiros desaparecen, y eso a nosotros nos viene bien. Aunque mantenemos patrullas de pocos licántropos, por si acaso.
Estaba confusa. —¿Patrullas pequeñas? ¿No sois una manada enorme?
—Sí. Pero no merece la pena tenerlos a todos patrullando cuando hay tan pocos chupasangres, y además, algunos de nosotros se han retirado.
—¿Retirado? ¿Han dejado de ser licántropos? ¿Se puede hacer algo así?
—Bueno, nunca podemos cambiar lo que somos, pero podemos dejar de transformarnos y envejecer.
Le miré, perpleja.
Quil se echó a reír. —Creo que no hice un buen trabajo al explicarte todo esto la primera vez. —Respiró hondo. —Después de la primera vez que nos transformamos, nuestros cuerpos humanos también cambian. Yo tenía el cuerpo de un adolescente normal de dieciséis años, y de pronto, y de forma muy rápida, había madurado. Me hice más alto, más grande, más fuerte. Y desde entonces no envejecemos, el hecho de transformarnos en lobos tan a menudo nos lo evita.
—¿Envejecerás algún día?
Él asintió. —Cuando deje de transformarme durante un sólido período de tiempo, pero físicamente siempre seré más joven de lo que soy.
—Ah. —Asimilé la nueva información.
Quil estaba pensativo. —Al principio era imposible dejar de hacerlo; cualquier pequeño sentimiento de enfado, y nos transformábamos. Me llevó mucho tiempo controlarlo; nos llevó a todos mucho tiempo.
—Pero una vez lo conseguimos y los Cullen se marcharon y todo se calmó, Sam nos dio la opción. Quedarnos con la manada, patrullar, y seguir sin envejecer, o marcharnos y dejar que la naturaleza hiciera su trabajo.
—¿Y por qué querría alguien hacer algo así?
Pensé en Quil y en esa criatura abrumadoramente poderosa en la que se convirtió. Si yo tuviera ese tipo de poder nunca lo dejaría.
—Jared lo hizo, después de lo que le pasó a Kim. Otros lo intentaron durante un tiempo, ver si podían conseguirlo. Pero supongo que, con el tiempo, todos los haremos. —Al ver la expresión perpleja de mi rostro, se inclinó hacia delante.
—Mira a Sam y Emily, por ejemplo. Cuando empezaron a salir juntos, él era físicamente mayor que ella. Ahora es al revés, no es que a Sam le importe, pero un par de años después de que los Cullen se marcharon, dejó de transformarse. Quiere envejecer junto a Emily, para no tener que vivir mucho tiempo sin ella. Sam no se puede imaginar un mundo en el que ella no exista, o soportar el hecho de vivir sin ella. Creo que algún día nos pasará a todos.
—Pero pensé que Sam estaba contigo, la noche que… —Me detuve.
—Lo estaba. No lo ha dejado por completo; durante períodos tranquilos sí, pero cuando hay peligro no se fía de nadie más.
—¿Por qué no lo dejaste tú? —Pregunté.
—¿Dejarlo? —Una amplia sonrisa le cruzó el rostro, y sacudió la cabeza. —No podía- la libertad, la familia- saber que puedo mantener a la gente segura… Nunca lo he visto como un problema, como otros pensaban. —Se detuvo, su rostro distante, antes de girarse hacia mí. —Además, no quiero empezar a envejecer ahora mismo. —Sonrió.
—¿Y querrás algún día?
Su mirada se encontró con la mía. —Algún día. —Sus ojos brillaron durante un instante. Después se rió. —Algún día tendré que hacerlo; no puedo estar en la veintena durante el resto de mi vida.
Me quedé en silencio, pensativa. —¿Entonces, significa eso que, algún día, si yo crezco y tú no, seremos de la misma edad? —Pregunté sin pensar. Inmediatamente después, me sonrojé, esperando que no adivinara por qué quería alcanzarle con tanta desesperación.
Quil no dijo nada durante un par de segundos, pero después asintió con la cabeza. Entonces, su expresión pensativa desapareció y esbozó una enorme sonrisa. —Puede que te hagas mayor, pero no vas a hacerte más alta. —Sus ojos brillaron, divertidos, haciendo que mi corazón latiera con más fuerza.
—No soy bajita. ¡He crecido cinco centímetros! —Protesté, pero Quil solo sacudió la cabeza. Me agarró la mano con delicadeza, dándole la vuelta hasta que nuestras palmas se juntaron. Y tenía razón; parecía enana, como la mano de una niña pequeña en comparación con la suya.
Sin pronunciar palabra, deslizó su mano hacia abajo, rodeando mi muñeca con su dedo gordo e índice, formando una pulsera demasiado grande para mí, recordándome lo pequeña que era. Sus ojos estaban fijos en mi muñeca. Y entonces pensé que la mano de Quil en realidad no parecía una pulsera, sino un grillete –uno que me podría de buena gana, uno que nos mantenía unidos a pesar de todo. Deslizó su mano hasta mi antebrazo, y el suave roce de su piel contra la mía me puso los pelos de punta. No fue hasta que llegó a mi codo cuando sus dedos se encontraron con un obstáculo. Quil alzó los ojos hacia los míos, y pude ver su batalla interna, como si quisiera hacer o decir algo, pero no se atreviese. Intenté animarle a través de la mirada, pero Quil apartó el brazo con brusquedad y respiró profundamente.
Yo también quería decir algo-cualquier cosa- para que Quil volviera a mirarme. Me incliné hacia él. —Soy mayor. Ya no puedes tratarme como a una niña pequeña.
¿Por qué parecía tan nervioso? —¿Estás bien? ¿Quieres que me vaya? —Me revolví, insegura. Era lo último que quería hacer, pero si estaba cansado, o si le estaba impidiendo que se recuperara…
—¡No! No. Quédate, por favor. —Me cogió otra vez de la mano.
Respiré hondo cuando nuestros dedos se encontraron, sintiendo una sacudida de electricidad entre nuestras pieles desnudas.
Y en lo único que podía pensar, a la vez que mi corazón empezaba a latir de forma irregular y una mezcla de antiguos y nuevos sentimientos aparecían en mi pecho, era, ya empezamos…
Después de todo este tiempo, aún seguía enamorada de Quil Ateara. Qué idiota.
