HainesHouse: Ya queda poquillo para que se descubra el secreto ;) jajaja, sí, estaría bien ser hombre por un día XD serían divertidas estas conversaciones. Gracias por tu comentario! :D
Hikari-Moonlight: Ohhh! muchísimas gracias por todo lo que me dices ^^ me alegro de que te haya gustado la historia! Me ha hecho mucha ilusión que la añadieras a favoritos *o*
ady prime: Es que Fíli y Kíli son unos rompecorazones xDD jajajaja yo también caería ante cualquiera de los 3! Espero no haberte hecho esperar mucho ^^ aquí tienes el siguiente capítulo!
daya20: Gracias! ^^ Ya queda poquito para el esperado momento.
Alva Loki: Ayyy muchísimas gracias por todos tus comentarios! Por supuesto que me gusta muchísimo Thorin xD como bien dices es el mejor rey que jamás ha existido sobre la Tierra Media! Aiss *o*
Iriel no pretende conseguir nada con Thorin siendo Rhein xD de hecho se oculta en el guerrero porque tiene bastante miedo de que el enano la rechace con su verdadera personalidad, como verás en este capítulo. Bueno la verdad es que la pobre esta hecha un lío consigo misma, tan pronto quiere algo con él como intenta huir de todo esto xDDD
Aquí os dejo con el siguiente capítulo. ¡Espero que lo disfrutéis!
*~~~~* CAPÍTULO 10: LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA *~~~~*
Con la luz del amanecer llegó una nueva jornada. Desayunaron ligero para emprender la marcha. Su líder no quería que se demoraran mucho, tenían que llegar a la Montaña Solitaria antes del Día de Durin para descubrir la entrada secreta.
—¿Cuándo es ese dichoso día del que todos habláis? —preguntó Bilbo antes de terminar la tostada que se estaba comiendo.
—Es el primer día del Año Nuevo de los enanos —contestó Dori—. El primer día de la última luna del otoño.
—El momento en el que el sol y la última luna del otoño están juntos en el cielo se conoce como el Día de Durin —especificó Balin—, pero me temo que nadie puede predecir con exactitud qué día se producirá.
—Debemos permanecer atentos al cielo, sospecho que la fecha no debe andar muy lejana —puntualizó Óin que estaba acostumbrado a interpretar presagios y señales celestes.
—Mayor motivo para continuar nuestra marcha.
Thorin ya se estaba impacientando por el lento desayuno de sus compañeros.
Iriel estaba recogiendo sus cosas mientras se despejaba de las pesadillas de la noche. Volvía a dolerle la cabeza, el casco le oprimía las sienes y la malla a veces parecía restringirle la respiración. Maldecía al mago en su cabeza por su fantástico plan.
‹‹Gandalf… ¿Dónde te has metido?››.
Les había prometido que les alcanzaría, pero todavía no habían tenido señales de él. Era cierto que aún no habían llegado al lugar donde habían quedado, pero Iriel confiaba en que les hubiera alcanzado mucho antes, quería preguntarle cuánto tiempo más tendría que seguir con aquella farsa. Justo en ese momento Thorin pasó a su lado y un recuerdo se encendió en su memoria.
La noche en Rivendel.
Se vio abrumada por aquella escena y agachó la cabeza. A pesar de la incomodidad del disfraz, no era conveniente mostrarse con su verdadero aspecto, no después de aquella noche. ¿Cómo iba a atreverse a sostener su mirada? Thorin había manifestado que aquel extraño suceso sólo había sido un sueño, pero Iriel no podía estar segura de que el enano lo creyera de verdad o fuera la excusa que le había ofrecido a Dwalin para no afrontar la realidad.
También la taladró el recuerdo de la conversación con él durante el turno de vigilancia. La imagen melancólica del enano volvió a irrumpir en su mente. Aquella tristeza en sus ojos, aquel dolor en sus palabras. El arrogante rey de los enanos también tenía sentimientos, o los había tenido en su juventud, cuando no tenía ningún reino que recuperar ni ningún dragón sobre el que depositar su venganza. Mientras le oía hablar de recuerdos dolorosos, Iriel había sentido deseos de envolverlo entre sus brazos, quería abrazar con fuerza a aquel solitario enano que no quería admitir que sufría como todos los demás, sino que prefería cargar con todo en soledad. Pero no podía abrazarlo, ni como Rhein ni como Iriel.
Era imposible seguir ocultándose a sí misma lo que sentía por él, así que se rindió a la verdad que había pretendido negar durante días. Ahora tenía que aprender a manejar esa necesidad insaciable de estar a su lado, de mirarle cada segundo. Iriel no era una enamoradiza soñadora que se imaginara en brazos de su príncipe azul, ella tenía los pies en la tierra. Sabía perfectamente que no iba a conseguir que aquel orgulloso enano llegara a verla de la misma manera que ella le veía a él, que en ningún momento iba a sentir por ella nada más allá del compañerismo que sentía por el resto de los enanos, pero no le importaba. En ese momento se conformaba con viajar a su lado, ver su porte majestuoso mientras dirigía al grupo, ver su expresión impasible ante todos los contratiempos que se les presentaban, verle blandir la espada contra sus enemigos mientras su pelo ondulaba al compás de su cuerpo y el sudor resbalaba por sus mejillas, aguantar su penetrante mirada que parecía desnudarle hasta el alma. Sólo quería ayudarle a cumplir su objetivo, presenciar el momento en el que sus esfuerzos dieran su fruto y pudiera ocupar el trono que merecía. Ella quería estar allí, aplaudiendo mientras su pueblo le coronaba, mientras una radiante sonrisa de felicidad le iluminara la cara. Y mientras imaginaba la escena de la coronación se vio a sí misma bajo la apariencia de un guerrero enmascarado y el miedo ensombreció su corazón.
Eso era lo que más temía, enfrentarse a él con su verdadera identidad. No le importaba que la rechazara como Rhein pero, ¿qué pasaría cuando conociera a la mujer que se escondía bajo aquella falsa apariencia? ¿Y si aquel altivo enano no aceptaba su compañía siendo Iriel?
Prefería ser una cobarde y ocultarse bajo una mentira que arriesgarse a ser rechazada por la persona que ocupaba todos sus pensamientos. Tragó saliva bajo aquella malla infernal y prosiguió la marcha.
Los enanos se repartieron el peso de los alimentos y comenzaron a caminar por aquellos pasos estrechos. Balin guiaba el paso. Subían y bajaban por escaleras que había formado la montaña con el azote del tiempo. El camino era abrupto e inestable, cualquier paso en falso podía quebrar el suelo. A ratos el camino era tan estrecho que debían caminar de cara a la pared de la montaña, de uno en uno, confiando en que el viento no desestabilizara el peso de su equipaje y les hiciera caer al abismo. Era evidente por qué habían tenido que renunciar a las monturas, era imposible que les siguieran por aquel lugar. Llegados a este punto los enanos estaban demasiado concentrados en no tropezar y caer a aquel vacío infinito como para pronunciar una palabra, por lo que la travesía se les hizo más larga de lo normal. Confiaban en que Balin supiera hacia dónde les estaba dirigiendo porque sólo veían rocas y más rocas, todas exactamente iguales, y el fondo cada vez más alejado de sus pies. El camino subía sin cesar por la ladera de las Montañas Nubladas.
Las piedras puntiagudas se le clavaban en la planta de sus pies descalzos. Siempre había tenido cierta aversión por las alturas y aquel desfiladero quebradizo no le daba ninguna confianza. Bilbo se encontraba especialmente agobiado, con tentaciones de dar media vuelta hacia su hogar a cada paso que daba. El pesimismo todavía le invadía por completo tras aquel enfrentamiento con los trasgos. Había comprendido que ése no era su lugar, todas las señales le indicaban que lo más sensato era volver a casa y continuar con su vida como hasta ahora. Pero le había dado su palabra a Gandalf y había firmado un contrato con los enanos. No sabía qué hacer. Seguía caminando junto a ellos porque no sabía cuál era la decisión correcta. En el fondo seguía confiando en que ocurriría algún milagro que cumpliría las expectativas de Gandalf, por eso seguía adelante, esperando un poco más.
Sí, eso haría, esperaría una señal, sólo una más.
El camino que subía sin descanso cambió súbitamente de dirección y empezó a bajar hacia una amplia zona. Era agradable poder volver a caminar sin aferrarse a la pared, con más espacio entre los pies y el abrupto precipicio. Siguiendo el descenso llegaron a una ancha bifurcación. Balin no recordaba con exactitud el camino, así que pararon a comer mientras el anciano meditaba.
Allí no había más que rocas, no encontraron madera, hojas secas ni nada para prender fuego con las chispas de la yesca y el pedernal, por lo que otra vez tuvieron que conformarse con una comida fría. El estómago lleno pareció agudizar la mente de Balin, indicándoles que debían seguir el camino de la izquierda.
El camino era exactamente igual que los anteriores, a medida que subía por la ladera, se estrechaba cada vez más. De nuevo tuvieron que caminar frente a la pared, agarrándose a las rocas en las zonas en las que el suelo parecía querer desprenderse con sus pisadas.
Por si la dificultad no era suficiente, el tiempo decidió ponerles a prueba. Conforme subían el clima era más frío y la niebla cubría lo que tenían delante. Caminaron con cuidado, con bastante lentitud, asegurando cada paso antes de dar el siguiente. La humedad y el frío empezaron a entumecer el cuerpo de todos ellos, haciéndoles temblar y entorpeciendo sus pasos. La malla protegía el rostro de Iriel del azote del viento, pero el metal se estaba enfriando tanto que sentía que le congelaba la piel. Todos iban bien abrigados excepto Bilbo, que tiritaba bajo su chaqueta y su chaleco. El invierno en la Comarca no era muy duro y él siempre se resguardaba bien junto al fuego de su acogedor salón, por eso sus ropas no eran demasiado gruesas. Imaginó el fuego de su chimenea en ese momento, crepitando con ternura, calentándole las manos. Con estos animosos pensamientos chocó contra el fornido cuerpo de Dwalin. El enano se había detenido.
—¿Habéis oído eso?
El resto de los enanos detuvieron su marcha. No se oía nada más que el ulular del viento. Iban a proseguir cuando oyeron un trueno lejano. Era un trueno potente que resonaba entre el eco de las paredes. Miraron al cielo, aparte de la molesta niebla no había nada más, no había señales de ninguna tormenta. Volvieron a oír otro trueno, esta vez más cercano. Miraron en la dirección en la cual provenía el sonido y entonces les pareció ver una sombra entre las montañas.
De pronto la montaña tembló. Los enanos se agarraron fuertemente a las rocas que sobresalían de las paredes y se miraron entre ellos. La sombra volvió a moverse, esta vez con mayor brusquedad. Lo que se estaba moviendo…, era la propia montaña.
La montaña había cobrado vida por alguna extraña razón y estaba tambaleándose. Un enorme trozo de ella fue arrojado a la pared donde ellos se encontraban, hacia la cima que aún no habían alcanzado. El impacto derribó parte de la pared y los escombros cayeron hacia donde se encontraban. Todos se aferraron con fuerza a la pared para que las rocas no les cayeran encima ni les arrastraran en su caída hacia las profundidades. La montaña volvió a sacudirse, todos ellos gritaron.
—¡Son gigantes! ¡Gigantes de piedra! —gritó Fíli.
La montaña parecía haber cobrado forma humana y estaba peleando contra otra con la misma apariencia. Se golpeaban y enormes trozos de piedras, tan grandes como una cabaña, salían desprendidos en todas direcciones mientras otros caían al vacío.
El lugar donde ellos se encontraban pareció unirse a la batalla. La roca se quebró y el camino por el que habían caminado quedó dividido en dos, dejando un grupo de enanos a cada lado. Todos ellos gritaron los nombres de sus compañeros que habían quedado en el otro extremo.
—¡Agarraos fuerte!
Thorin gritó por encima de los truenos de rocas. Iriel sacó dos puñales de su cinturón y los clavó en la roca tan fuerte como pudo, confiando en poder sujetarse de esta manera. El resto intentó aferrarse como pudo.
Tras unos interminables minutos de agonía con la montaña en movimiento, creyendo que iban a perecer aplastados por las rocas o en una caída interminable, el combate se detuvo. Las montañas se habían deformado y chocado entre sí. De algún modo habían conseguido llegar hasta la zona donde había impactado uno de los dos grupos, cuyos ocupantes milagrosamente se encontraban sanos y salvos. El impacto había formado un nuevo camino. Recuperando el aliento, los enanos se inspeccionaron entre ellos para ver si el grupo estaba completo.
—¿Estamos todos bien? —preguntó Kíli.
—¡No veo al mediano! —gritó Bombur asustado.
Un débil susurro llegó de uno de los lados de la montaña. Bilbo estaba al borde del precipicio, sujetándose sólo con una mano. Había quedado bastante alejado de donde ellos se encontraban. Todos corrieron hacia él para intentar subirlo, pero no llegaban a alcanzarlo. Sin pensárselo dos veces, Thorin se deslizó por la pendiente para intentar empujar al hobbit desde abajo. Las rocas se desprendieron bajo el cuerpo del bravo enano, que consiguió llegar hasta el hobbit y empujarlo para ayudarle a subir.
‹‹No puedo garantizar su seguridad. Ni puedo hacerme responsable de su suerte››.
Esas eran las duras palabras que le había ofrecido al mago cuando le presentó al saqueador. Sin embargo ahora se encontraba arriesgando su propia vida ante aquel abismo sólo para ayudarle a subir. Thorin se preguntaba por qué su cuerpo se había movido así por instinto, sin que a su mente le diera tiempo a advertirle de la locura que estaba cometiendo.
Los enanos aferraron los brazos del hobbit y consiguieron traerle de nuevo al resguardo de la montaña. Sin embargo cuando el rey enano intentó seguir sus pasos la roca que sujetaba se desprendió, perdiendo su único punto de apoyo. Se aferró rápidamente a la cruda pared de la montaña pero sólo consiguió que su mano sangrara por la desgarradora fricción de la superficie escarpada, mientras intentaba volver a encontrar otro soporte en la roca. Al oír este crujido Iriel ahogó un grito. Ella se encontraba a bastante distancia del lugar, aunque corriera no lograría acercarse a tiempo, además sus piernas habían decidido quedarse clavadas en el sitio, observando la escena mientras su corazón había detenido su movimiento. Dwalin se lanzó hacia su compañero nada más percibir el peligro y consiguió agarrar el antebrazo de Thorin con el suyo. Sus musculosos brazos le ayudaron a subir. Ambos se abrazaron cuando Thorin estuvo a salvo. El resto vitoreó a sus valientes héroes, Iriel suspiró y cayó de rodillas sobre la roca, su corazón dio por terminada la pausa y volvió a latir agradecido. Bilbo seguía en el suelo, apoyado en la pared donde los enanos le habían dejado. Su cuerpo todavía temblaba, tenía los ojos en blanco apuntando hacia el abismo.
—¡Qué susto! ¡Pensábamos que te habíamos perdido! —suspiró Kíli mientras abrazaba el tembloroso cuerpo del mediano. Thorin le dedicó una mirada impasible.
—¿Perdido? Lleva perdido desde que salió de su casa. No sé qué hace aquí con nosotros. Sólo es un estorbo.
Aquellas crueles palabras eran la señal que había estado esperando.
‹‹Un estorbo››.
Eso era lo que llevaba pensando desde hacía días, pero escucharlo de la fría voz de Thorin fue como recibir un cubo de agua helada. No había lugar para él junto a ellos. Todos lo sabían aunque no se atrevían a pronunciarlo.
Iriel se agachó junto a él y le susurró al oído.
—No le hagas caso. Si de verdad pensara eso no habría arriesgado su vida por ayudarte.
Pero eso lo hacía sentir aún peor. Los enanos habían estado a punto de perder a su líder por su culpa, porque otra vez había necesitado que alguien lo salvara. Sus miedos y sus sospechas se confirmarían antes de lo esperado. Alguien acabaría muriendo por su culpa.
Iriel le ayudó a levantarse. El resto de los enanos habían encontrado un hueco entre los escombros.
—Aquí hay una cueva —declaró Glóin.
—¿La habéis explorado a fondo? —preguntó Thorin extrañado de que hubiera un refugio sin ocupar en aquel desolador lugar.
—No hay mucho fondo que explorar, la cueva es pequeña, pero suficiente para nosotros, así nos protegeremos del frío.
Thorin no estaba muy convencido de aquel refugio, pero habían sufrido demasiados sobresaltos y la noche se estaba aproximando, y quién sabe si aquellos terribles gigantes de piedra volverían a iniciar otra de sus peleas.
Entraron justo antes de que la niebla se convirtiera en una fina lluvia. Una tormenta estalló entre las montañas, esta vez los truenos sí que eran reales e iban acompañados de destellos luminosos que surcaban el cielo. Los enanos se acomodaron en las paredes de la cueva, Glóin tenía razón, no había demasiado espacio de sobra para los quince aventureros. Bombur preparó el fuego y Ori y Dori, la cena. Kíli y Fíli se calentaban junto al fuego, intentando distraer con sus bromas a un Bilbo que se encontraba profundamente desanimado. Glóin y Óin estaban extendiendo las mantas por el suelo para ser los primeros en acomodarse y conseguir el hueco más cómodo. Balin consultaba un viejo mapa mientras negaba con la cabeza, si las montañas se movían constantemente era difícil encontrar el verdadero camino. Nori, Bofur, Bifur y Dwalin conversaban a la espera de la cena. Thorin se acercó a la entrada de la cueva, intentando ver a través de la tormenta.
Iriel se acercó hacia él con la excusa de otear también el horizonte. Al llegar a su altura pudo observar la mano ensangrentada del enano con la que había intentado agarrarse. Sin decir nada rebuscó entre su bolsa de cuero y sacó un frasco que contenía alcohol. Sin pedirle permiso agarró su mano y vertió el líquido sobre él. Thorin no tuvo tiempo para reaccionar antes de que el líquido impregnara sus heridas. Ahogó un quejido de escozor.
—¿Pero qué haces?
—Evitar que tus heridas se infecten —le contestó con una mirada de reproche.
—Pero si no es nada —gruñó el enano. Iriel no le hizo caso, volvió a meter la mano en la bolsa y sacó parte de las vendas que había traído. Intentó envolver su mano con ellas pero el enano agarró uno de los extremos.
—Puedo yo solo.
A regañadientes, pues no creía que fuera una herida importante, empezó a envolver su mano con las vendas que Rhein le había ofrecido. Cuando terminó intentó anudar el extremo con la ayuda de los dientes. Rhein ahogó una risa y le quitó la venda de la boca.
—Eres tan obstinado. Cualquier cosa antes que recibir la ayuda de los demás. —Anudó los extremos con un nudo no demasiado fuerte para no hacerle daño. Dio media vuelta, se detuvo de espaldas a él y antes de volver con sus compañeros concluyó—: No puedes hacerlo todo solo.
Thorin quedó desconcertado con aquella última frase. Su nuevo compañero se atrevía a darle lecciones a él. Meditó a través de la tormenta las palabras de aquel consejo que había sonado más bien como una advertencia. Era cierto que se había acostumbrado a hacerlo todo él solo, pero había sido por necesidad, demasiada gente le había fallado y le costaba confiar en los demás. Y cuando confiaba en alguien, no quería que acabara perjudicado por su causa. Aquel peligroso viaje era cosa suya, recuperar el reino de su pueblo era su deber, una obligación con la que tenía que cargar solo, como había hecho siempre.
Bombur anunció que la cena ya estaba lista. El humo del puchero invadía aquel frío lugar y lo impregnaba con el apetitoso aroma del caldo. Repartieron los cuencos para todos. Aquel caldo caliente era una idea muy acertada para la humedad de la cueva y la montaña. Iriel se sentó junto a Bilbo y aprovechó para calentarse las manos con el cuenco, tenía los dedos congelados en sus deshilachados guantes. Los enanos empezaron a sorber la sopa ruidosamente, y antes de que Iriel introdujera el cuenco bajo su malla, la mayoría ya se la habían terminado. Bofur y Ori se encargarían de los dos turnos de guardia de aquella noche. Apagaron la hoguera y los más afortunados se abrieron hueco con sus mantas junto a las brasas. Iriel había sido uno de los afortunados. Se cobijó como pudo junto a los cuerpos de Óin y Bifur.
El hobbit se había quedado apartado en el fondo de la cueva, lo más alejado que había podido. Esperó a que todos sus compañeros se hubieran dormido y empezó a preparar sus cosas sin hacer ruido. La tormenta había amainado, era un buen momento para escapar de allí y regresar a casa. Podría pasar unas semanas bajo el cobijo de los elfos en Rivendel y preparar la partida hacia la Comarca con su ayuda. Nadie le echaría de menos, le maldecirían por cobarde, pero sabía que en el fondo les estaba haciendo un favor. Se alegraba de que Gandalf no se encontrara con ellos en ese momento, no habría podido soportar su mirada de decepción ante lo que estaba haciendo.
Se cargó la mochila a la espalda y empezó a sortear los cuerpos dormidos de los enanos. Se estaba aproximando a la salida cuando una voz le llamó con un susurro.
—Bilbo, ¿a dónde vas?
Había olvidado que Bofur estaba vigilando la entrada de la cueva. Aquel simpático enano le miraba extrañado.
—Me vuelvo a casa.
—¿Qué? ¿Por qué? —Bofur se levantó de la roca sobre la que se había sentado—. No puedes irte ahora.
—Bofur… Este no es mi sitio, yo nunca podré ser como ninguno de vosotros. Lo único que hago aquí es estorbaros.
—Mi pequeño amigo, no eres ningún estorbo para nosotros. —El enano sonrió—. Todos tenemos miedo, precisamente por eso debemos permanecer unidos. Es normal que eches de menos tu hogar, pero ese no es motivo para rendirte.
—No, no, tú no lo entiendes. Ninguno lo entendéis.
Iriel se despertó al oír la voz de su compañero, se sobresaltó al presentir que algo andaba mal. Se levantó intentando no despertar a nadie.
—Bilbo, ¿qué pasa? —le preguntó acercándose.
—El mediano quiere volver a casa. Le he dicho que es normal que añore su hogar, todos lo hacemos.
—¡No! —exclamó esta vez con mayor potencia—. Vosotros no lo hacéis, ésta es la vida de peregrinaje a la que estáis acostumbrados. ¡Vosotros no tenéis hogar!
Aquella frase ensombreció el rostro de Bofur, quien perdió completamente la sonrisa con la que estaba intentando convencer a su compañero. Iriel también se quedó muy sorprendida de las palabras de Bilbo, aquello había sido un golpe bajo.
Ellos tres no eran los únicos que escuchaban la conversación. El rey enano estaba despierto desde hacía un buen rato, escuchando sin moverse. Aquella frase le cogió por sorpresa, una fina astilla se había clavado en su corazón. El mediano tenía razón, ellos no tenían nada que perder porque ya lo habían perdido todo.
Bilbo se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir. Miró a Bofur e Iriel con los ojos llenos de culpa.
—Lo siento… Yo… No quería decir eso.
Bofur recuperó la sonrisa, pero sus ojos delataban la amargura que sentía.
—No te disculpes, tienes razón. Te deseo mucha suerte en tu camino, espero de corazón que consigas una vida feliz junto a los tuyos.
Los ojos de Bilbo se humedecieron, dio media vuelta para que no lo vieran y salió de la cueva. Iriel tardó unos instantes en asimilar la situación, apretó los puños y salió en su busca. Bilbo ya se había alejado un trozo por aquel angosto desfiladero, Iriel le llamó, el viento de la montaña se llevó su voz en la otra dirección. Corrió hacia él para alcanzarle y le agarró del brazo.
—Bilbo, por favor, no te vayas —le suplicó con su verdadera voz.
—Rhein… Tengo que hacerlo, sólo os causo problemas. Ni siquiera puedo defenderme del ataque de los trasgos.
—Puedo entrenarte.
—¿Qué?
—Puedo entrenarte si quieres, cualquiera puede ser útil en la batalla si conoce las técnicas adecuadas. Puedo ayudarte a demostrarles a todos que hasta el individuo más pequeño puede ser un poderoso aliado.
Bilbo titubeó un poco ante el ofrecimiento de su amiga, pero su pesimismo era más poderoso que su confianza en sí mismo.
—Lo siento, no creo que consiguieras nada. —Le soltó el brazo—. Cuídate mucho compañera, espero que algún día vengas a visitarme a la Comarca.
Bilbo se alejó por la ladera de la montaña, pero se giró una vez más.
—Un último favor, cuando veas a Gandalf dile de mi parte que lo siento, pero mi sangre Tuk no es lo suficientemente fuerte como él creía.
Tras decir esto, Bilbo se perdió entre la niebla. Iriel se quedó mirándole sin poder hacer nada para hacerle cambiar de opinión.
Cabizbaja, tras perder al único amigo de verdad que había hecho durante el viaje, volvió de nuevo a la cueva. Bofur seguía con esa amarga mirada.
Cuando se dirigía hacia el hueco donde estaba su manta le pareció ver que la grava del suelo se deslizaba por algún agujero. Thorin también lo notó y se incorporó de golpe. El suelo tembló bajo sus pies.
—¡Despertad! ¡Tenemos que salir de aquí!
Antes de que los enanos hubieran conseguido ponerse de pie con su brusco despertar, el suelo se abrió completamente a sus pies. No pudieron hacer nada por evitarlo. Sus cuerpos cayeron por un misterioso tobogán de piedra hacia las profundidades de la montaña. Ganaban velocidad a medida que bajaban, el impacto contra el suelo, estuviera donde estuviese, no iba a ser precisamente indoloro. Chocaron entre ellos mientras bajaban, sus piernas y sus brazos se enredaron y sus cabezas y sus cuerpos fueron golpeados por las paredes. Finalmente una luz apareció a sus pies, el agujero se amplió y todos cayeron en una especie de cesta hecha con huesos. El impacto contra ella fue sobrecogedor. Iriel había chocado contra las paredes por el camino y al impactar contra el suelo escuchó un tremendo crujido. Su casco se había resquebrajado a causa del impacto, una pequeña grieta recorría uno de los laterales.
Mientras intentaban deshacerse del ovillo de aquella masa humana, tratando de recuperar el control de los brazos y piernas de cada uno, una algarabía de chillidos estridentes y pasos entumecidos se acercó hacia ellos. No tardaron en descubrir a una manada de trasgos con antorchas en las manos y cara de malas intenciones. Se abalanzaron sobre ellos antes de que pudieran levantarse y los maniataron para que les siguieran. Entre aquel caos de trasgos y enanos Iriel consiguió escabullirse y saltar hacia el nivel inferior, donde se ocultó entre cajas destartaladas.
Thorin se percató de la huida de su compañero, Iriel le devolvió la mirada asintiendo con la cabeza. Iría a rescatarles en cuanto pudiera.
Los trasgos empujaron con desprecio a los enanos para que caminaran por aquellos puentes endebles construidos con los deshechos que habían ido robando a lo largo de los años. El trasgo que iba en cabeza sujetando una antorcha podrida anunció con una voz desagradable.
—Llevad a los intrusos ante Su Majestad, despojadles allí de sus armas y registradles, tal vez lleven algo de valor encima.
Thorin se estremeció ante aquella orden, no podía permitir que le arrebataran el mapa ni la llave. Volvió a mirar hacia donde Iriel estaba escondida e intentó lanzarle una señal con la mirada. La joven vio cómo, con las manos atadas, conseguía con esfuerzo sacar algo de sus bolsillos y tirarlo al suelo. Le dio una patada al objeto para arrojarlo hacia el puente inferior. Los trasgos no se percataron de aquel detalle porque estaban demasiado ocupados empujando a sus prisioneros. Los puentes se curvaban pasando entre las paredes del interior de la montaña, pronto los enanos traspasaron aquel recodo y se perdieron de vista junto a los gritos. Iriel se quedó en su escondite un rato más hasta que se aseguró de que no quedaba nadie. Un silencio sepulcral se extendía a su alrededor.
Avanzó por aquel puente que crujía bajo sus pies hasta llegar al objeto que había arrojado el enano. Se trataba de una cartera de cuero con el dibujo de un cuervo negro en una de las esquinas. También tenía unas runas enanas con tinta negra que Iriel no supo leer. Inspeccionó el contenido de la cartera y encontró el mapa y la llave. Thorin le había entregado su tesoro más valioso para protegerlo de las manos de los trasgos. No podía fallarles.
Bilbo tuvo un mal presentimiento mientras caminaba por la montaña. Fue tan fuerte la sensación que le hizo detenerse. Algo iba mal, no sabía por qué pero estaba seguro de ello. Dio media vuelta y empezó a correr hacia la cueva. Sólo hacía unos minutos que se había alejado de los enanos y ya presentía que había tomado la decisión incorrecta. Tal vez su sangre Tuk influyera más de lo que pensaba. Llegó corriendo a la entrada de aquella cueva y lo que divisó en su interior le dejó sin aliento.
Allí no había nadie.
Algunas de las mochilas de sus compañeros seguían allí, apoyadas en las rocas de la pared, pero en el centro no había ni rastro de ellos. Entró en la cueva con la esperanza de encontrar alguna pista sobre el paradero de sus compañeros. Tal vez habían tenido que huir tan deprisa que ni siquiera habían recogido sus pertenencias. Una sombra apareció entonces en la entrada de la cueva con una figura tan grande que cubrió casi toda la luz que se filtraba.
—Sal de ahí ahora mismo, Bilbo Bolsón, si no quieres ser capturado por los trasgos de las montañas.
Gandalf le miraba apoyado sobre su viejo bastón. Bilbo corrió a abrazarlo en cuanto lo vio.
Le contó lo que había sucedido, había sucumbido al miedo y había abandonado a los enanos, pero cuando había vuelto a por ellos no quedaba ninguna pista de su presencia.
—Tal vez tu miedo ha sido obra del destino para librarte de esta amenaza. Enanos insensatos —suspiró—, cómo se les ocurre refugiarse en un lugar como éste. Ahora tendremos que ir a rescatarlos.
