Autora: Hola! muchísimas gracias por todos los reviews! y por vuestra paciencia, ya que no publico desde hace mucho (ya sabeis, los examenes... lo bueno, sq aprobe todo! estoy q no meo! XD ) siento no poder determe un poco más, pero me empieza la clase de Prehistoria y el deber me llama. Sólo keria pararme a agradeceros vuestro tiempo, tanto mandándome reviews, como leyendo el fic. Y desearos que este capítulo también os guste! ^^


PARADA FORZOSA


Se había perdido, concluyó Ichigo, muy avergonzado.

Había salido con su madre de compras, con planes de ir al cine a ver la nueva película de samuráis que llevaba en cartelera apenas unos días.

Se lo habían pasado estupendamente.

Masaki había comprado un cubilete repleto de golosinas y un montón de juguetes para él y para sus hermanitas. Luego, habían paseado juntos hasta el parque del centro comercial y juntos, se habían deleitado, charlando y riendo durante casi dos horas.

Obviamente, Ichigo adoraba a su mamá. Le parecía la mujer más bonita y buena del mundo. No sabría qué hacer sin ella.

Y de repente, ya no estaba.

El pequeño niño de cuatro años se encontraba sólo en medio de un oscuro y tenebroso bosque.

- ¿Mamá? - llamó al aire, aguardando una respuesta. Al no obtenerla, comenzó a inquietarse.

Ichigo daba vueltas sin parar, pero no había rastro de Masaki.

Un búho se posó sobre la rama de una rama próxima y se hizo notar.

Al escucharlo, el niño echó a correr. No le gustaban los búhos, en las películas que veía por la tele nunca presagiaban nada bueno para el protagonista.

- ¿Mami? - gritó, ya histérico y a punto de llorar - ¿Dónde estás?

Pero sólo le respondió el aullido del viento que azotaba la zona.

No sabía qué hacer, ni a dónde ir. ¿Dónde estaba su mamá?

Siguió corriendo sin fijare siquiera en la dirección que tomaba.

- Ichigo... - susurró una voz a lo lejos.

El niño se detuvo, esperanzado.

- ¿Mamá? ¡Estoy aquí!

- Ichigo...

- Si, ya voy mami. - Aseguró mientras se abría paso entre la maleza del bosque.

- Ichigo, busca...

- Si, ya lo hago, mamá. ¡Solo espérame! - pidió desesperado.

- Busca la verdad y sálvate.

- ¿Qué? - Ichigo se detuvo de nuevo. Esta vez muy confundido.

- Ichigo... - la voz parecía estar alejándose cada vez más.

- ¡Mamá! ¡Espera!

- Para alcanzar la felicidad, debes hallar la verdad.

- ¡No te entiendo! ¿Qué verdad? ¿Dónde estás?

En cuestión de segundos, estalló la tormenta. La lluvia caía con tal fuerza que lo cegaba e impedía sus pasos.

- Busca y sé feliz, Ichigo...

- ¡Mamá!

- Ichigo...

- ¡Mamá!

- ¡Ichigo! - semejante grito, tan próximo a su oreja, logró despertarlo.

Cuando abrió los ojos, tremendamente sobresaltado, al joven le costó recordar quién era y qué hacía allí.

Cerró fuertemente los ojos y los volvió a abrir. Repitió el proceso varias veces hasta conseguir centrarse en lo que lo rodeaba. ¿Pero qué cojones estaba pasando? ¿A qué venía ese sueño?

- Ichigo, ¿estás bien?

Se giró hacia su interlocutor, asustado. Rukia. Su pequeña Rukia.

Lo estaba observando, con las pupilas brillantes de preocupación, desde un lado de la oscura habitación. Llevaba en sus delicadas manos un cuenco de madera, con lo que Ichigo se imaginó que era comida.

Cuando logró controlar su errante respiración, él habló.

- Si, no te preocupes. - Miró a su alrededor - ¿Dónde estamos? - Una aguda punzada de dolor lo forzó a bajar la cabeza y a agarrarse inmediatamente a ella. - ¡Mierda! - musitó con el estómago revuelto - ¿Qué me ha pasado?

Rukia no perdió el tiempo. Se acercó a la cama, donde él estaba y presionó sus desnudos hombros hasta que quedó espatarrado entre las sábanas.

- Cállate, estúpido. - Gruñó la morena, mientras colocaba bien las mantas, y lo arropaba - Llevas tres días medio inconsciente. - Le informó de malas formas, como si le estuviera acusando de haberse puesto enfermo a propósito.

Ichigo estuvo a punto de replicarle por su borde comentario. Entonces, se fijó en la palidez casi fantasmal del bello y femenino rostro, y en cómo su tierno labio inferior temblaba compulsivamente.

El pelirrojo, conmovido, sintió que su duro corazón se derretía.

De modo que Rukia realmente se preocupaba por él. ¡Para ella era algo más que una misión! Pensó, ridículamente complacido.

Decidió pues, no alterarla, y preguntó.

- ¿Me he mareado yo también? - Rukia no le contestó, seguía obsesionada con las mantas. - Rukia... háblame.

Ella cesó su inútil empeño y lo miró soltando chispas por los ojos.

- ¿No te acuerdas, Kurosaki? - inquirió a su vez, con feroz sarcasmo. - ¡Ah! ¡Claro! Quizá lo que te hizo perder la memoria, fue el cargamento de alcohol que te bebiste el otro día. ¿O puede que fuera la brecha que te hiciste al estamparte contra la barra del bar? - Con que por eso se sentía como si su cabeza se fuera a partir en dos, recapacitó el chico, tocándose una vez más la frente vendada. - ¡No te toques, imbécil! - le ordenó la joven, dándole un manotazo - ¿Qué quieres? ¿Que se te infecte?

No, Ichigo no era "imbécil", por eso no se le ocurrió protestar. Sospechaba que, en caso de hacerlo, Rukia se encargaría de mandarlo al hospital con todos los huesos rotos.

- ¿Me vas a responder?

Rukia resopló, expresando así lo molesto que le resultaba, pero cedió.

- Gracias a tu estupidez, hemos tenido que dejar el tren y buscar un médico en Fukushima.

Ichigo se sintió culpable y, para qué negarlo, avergonzado. ¡Vaya gilipollas estaba hecho! ¿Por qué habría bebido tanto?

Ah, sí. Ya recordaba.

- Pues no sé de qué te quejas. Deberías agradecérmelo. Ahora el Yakuza se pondrá mejor. - Refunfuñó entre dientes, antes de quedarse mirando para la pared.

Súbitamente, el mal humor y la angustia que habían carcomido a Rukia durante esos tres días, desaparecieron, siendo reemplazadas por un alivio y una alegría que no conocía límites. Si ese cabezota podía comportarse como un bebé otra vez, es que ya estaba fuera de peligro. Se sentó a su lado en la cama y suspiró.

- ¡Qué idiota! No es por Renji por quien estaba preocupada… - Confesó, sorprendiéndolos a ambos.

¡¿De dónde venían esas palabras? ¿Preocupada? ¿Por ese capullo al que apenas conocía? Ya era oficial, se había vuelto loca. Notó que un intenso calor se apoderaba de su cara. ¡Lo que faltaba!

Enfadada consigo misma, se levantó de la cama y agarró el cuenco que había traído con ella.

- ¿Es comida? - inquirió él.

- ¿Tienes hambre? - Ichigo asintió - Pues no. No es comida. Sólo es agua. Tenía pensado refrescarte con un paño húmedo. ¡Era lo único que calmaba tus delirios! - añadió a la defensiva al ver la consternación en la cara del hombre. - Tranquilo, no te he visto desnudo. - dijo, sin querer averiguar por qué le dolía tanto que Ichigo no quisiera sus atenciones - ¡Ni que tuviera interés! Pero no te preocupes. A partir de ahora, le pediré a otro que te ayude. - Afirmó tras dejar el cuenco encima de la mesilla de noche.

Ya se había dado la vuelta para marcharse, cuando el fuerte brazo del pelirrojo le apresó la fina cintura y tiró de ella hasta hacerla caer sobre el camastro.

Por suerte, el cálido y musculoso torso del universitario le sirvió de respaldo.

- No quiero que te vayas. - Murmuró Ichigo, que ya había apoyado su llamativa cabeza en el delicado hombro de la samurái - No me dejes sólo. - Rukia quedó anonadada. ¿Qué era eso? ¿El día de las confesiones? - Perdona por lo del otro día. - Continuó Ichigo, todavía sin levantar la cabeza - No quise herirte. Fui muy injusto, pero no lo dije en serio. Sólo estaba enfadado - Irguió el rostro y posó su mentón sobre la azabache y sueva cabellera - ¿Seguimos siendo amigos? - Cuestionó dubitativo.

Ella sonrió, tragándose las lágrimas. Una Kuchiki nunca llora.

- ¡Claro fresita! - confirmó con la dulce voz que tanto jodía al chico. "No hay nada como volver a la normalidad, ¿cierto?", le reprochó su conciencia. La misma estúpida e irracional conciencia que se empeñaba en repetirle que no era precisamente amistad, lo que ella deseaba de Ichigo. Pero, como ya era costumbre, la ignoró completamente. - No te preocupes. Ya se me ha olvidado todo. - Lo empujó contra el colchón, tomándolo por sorpresa. Cogió el trapo mojado y lo escurrió - Y ahora, estate quieto. – Pidió (más bien ordenó) ella.

Ichigo iba a escaparse de su bochornosa prisión, pero cambió de idea al descubrir lo placentero que podía llegar a ser que una hermosa joven te frote el cuerpo con un fino paño húmedo.


- Byakuya, ¡espera!

La llamada de Ukitake resonó en el inmenso y vacío pasillo de la mansión Kuchiki.

Esa misma mañana, Retsu le había informado de los planes del jefe. Al parecer, Byakuya tenía la intención de viajar a Karakura sin previo aviso ni motivo aparente, lo que llevaba a la conclusión de que tenía algo que ver con la desaparición de Rukia y del objetivo.

Tras horas de búsqueda en tan ingente mansión, Ukitake por fin había dado con su amigo.

El moreno aguardó a que Jushiro lo alcanzara para continuar la marcha. Pasaron cerca de cinco minutos en los que ambos hombres se dirigieron a los aposentos principales de la casa, guardando silencio.

Byakuya se detuvo ante la puerta de su habitación. Ya iba a adentrarse en sus aposentos, cuando recordó que no estaba sólo. Observó a su compañero con extrañeza. ¿Para qué lo llamaba, si luego no iba a hablar?

- ¿Querías algo? - preguntó con su acostumbrada calma.

Ukitake salió de su ensoñación y se dirigió al jefe.

- Mmmm... - carraspeó el peliblanco - Si, perdona. Es que, ¿sabes? es la primera vez en veinte años que entro en éste ala de la mansión.

- Lo sé. - Confirmó Byakuya - Y por cierto, no recuerdo haberte dado permiso para entrar.

- ¿Eh? - Sin embargo, Ukitake se apresuró a cambiar de tema. - Me han dicho que te vas de viaje, ¿se puede saber a dónde?

Byakuya lo contempló fijamente, ligeramente divertido. Desde luego, nadie podría decir que Ukitake fuese un hombre sutil.

- No. No se puede.

Y le cerró a puerta en las narices.


¿Y qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Qué hacer cuando se llega a un punto muerto?

Ni "Los arrancar", ni Byakuya Kuchiki le habían dado órdenes desde que se habían enterado de la partida de los jóvenes Kuchiki y Kurosaki.

De modo que, mientras tanto, debía encontrar algo en lo que gastar su tiempo. Algo lo suficientemente entretenido e interesante, pues no era fácil estimularlo.

Caminaba sin rumbo por las tranquilas calles de Karakura, reflexionando sobre nada, profundamente aburrido. De hecho, estaba tan sumergido en su propio aburrimiento, que no advirtió la exuberante figura que corría hacia él sin intenciones de parar. Y claro, chocaron.

Ulquiorra se quedó tan profundamente pasmado, que no atinó a levantarse enseguida.

- ¡Oh! ¡Perdona! ¿Te he hecho daño? ¡Discúlpame! ¡Soy una torpe! Ni siquiera te he visto...

El letal guerrero se movió hasta quedar cara a cara con el impertinente ser, que no cesaba de parlotear.

Una mujer.

Una hermosísima mujer, concluyó Ulquiorra tras un estudio general y detenido de la fémina. Pero una mujer que no dejaba de hablar.

- Silencio. - Ordenó con miedo a marearse con tanta charla. ¡Menuda cotorra!

- ¡Oh! Perdona. - Reiteró ella - Me temo que cuando me pongo nerviosa, tiendo a decir muchas estupideces.

- Muchas.

- ¿Cómo? - inquirió la impresionante jovencita, mostrando confusión en sus plateados ojazos.

- Muchas estupideces. Muchas. Ese es el problema. - Le explicó el atractivo desconocido, para mayor desconcierto de Orihime - Hablas demasiado, mujer. - Entonces, la joven universitaria comprendió. Inmediatamente, sus mejillas se volvieron más rojas que las manzanas.

- Per... perdo...

- No lo digas. - La cortó él. Clavó sus impactantes ojos verdes en ella y añadió - No te disculpes de nuevo.

- Por... ¿Por qué no? Es de mala educación no...

- Porque es de débiles - anunció la atrayente figura. - ¿Tu eres débil? - ella negó. - Pues entonces, no lo digas.

- Va... vale. - Accedió Orihime.

Para entonces, el hombre le había dado la espalda y seguía su camino.

Y por alguna razón, Inoue se sintió molesta con semejante indiferencia. No deseaba que se fuera. Aún no.

- ¡Eh, tú! - le gritó. No aguardó a que le hiciese caso, en vez de eso, corrió a su encuentro. Al alcanzarle, se esforzó en mantener el paso. - ¡Oye! Ya que no te voy a pedir disculpas... ¿puedo recompensarte con una comilona? - Solo la miró unos segundos, pero la chica consiguió captar un cierto interés por parte del muchacho. - Traje comida conmigo. Pensaba hacer un picnic en el jardín de mi casa. No es muy grande, aunque sí lo suficientemente espacioso para un par de personas. - Y continuó hablando sola - Además, es muy relajante. Siempre que puedo, me acuesto en la hierba y escucho el dulce piar de los pájaros. Pero... normalmente me acompaña mi mejor amiga, Tatsuki, ella...

- Si acepto... ¿te callarás? - interrumpió Ulquiorra, seguro de que le iba a estallar el cráneo de un momento a otro.

- Si. - Contestó la pelirroja - Ya verás, ¡te encantarán mis bocadillos de pepinillos con nocilla y queso!

Sólo los duros años de entrenamiento para aprender a no mostrar los sentimientos al enemigo, habían impedido que una fea mueca de asco brotara en su rostro. ¿Pero qué mierda comían en esa ciudad? Fuera lo que fuera, seguro que nada tan nauseabundo.

Dejó que su errante mirada la recorriera por centésima vez.

En verdad era preciosa. Pero del todo anormal.

Ulquiorra no sabía muy bien cómo calificarla. Sin duda era algo... muy interesante.


Después del portazo recibido, Ukitake se había refugiado en la biblioteca durante algo más de cuatro horas.

¡Maldición! ¿Y ahora, qué? ¿Debía decirle la verdad a Byakuya? ¿O tendría que guardarles el secreto a los chicos?

Sin duda, el jefe estaba muy preocupado por su hermana pequeña. Además, con su viaje a Karakura pondría en peligro su preciada y noble vida. Pero... por otro lado, le había prometido a Rukia que no informaría sobre la misión hasta que todo se resolviera, y él había estado de acuerdo con ella.

Al fin y al cabo, meter a más gente en ese lío solo complicaría las cosas.

Petaron a la puerta.

- Capitán, ¿puedo entrar?

- ¡Claro! - respondió con una alegre sonrisa. Si había algo que se le diese realmente bien, era ponerle al mal tiempo buena cara. - Pasa, Kaien. ¿Qué se te ofrece? - observó cómo el guapo joven cerraba la puerta y se situaba frente a él.

- Se trata de la tierna, hermosa, inteligente, maravillosa e increíble Retsu… que lo anda buscando. - Dijo el moreno, con tono de ensoñación.

- Te recuerdo que estás casado.- Gruñó el mayor, sin disimular sus celos. Sabía que era una tontería pues Kaien Shiba adoraba y respetaba a su esposa por encima de todo, pero no podía evitarlo.

- ¡Jajaja! - rió el otro con ganas. - Es divertidísimo verlo así, capitán. Todavía me acuerdo del día en el que usted me avisó sobre los peligros del amor.

Ukitake correspondió su risa.

- Tienes razón - admitió resignado. - Fui un estúpido, pero era joven y no sabía lo que me esperaba.

Los dos amigos bromearon y se pusieron al día durante un rato. Hasta que la realidad se impuso de nuevo.

- ¿Qué ocurre, capitán? - quiso saber Kaien. - ¿Por qué está aquí encerrado?

Jushiro suspiró con pena.

- Lo lamento Kaien, pero no puedo hablar de ello. Sólo te puedo asegurar que el viaje del líder me reconcome.

Al subordinado no le hizo falta conocer los hechos para adivinar que se trataba de algo muy grave. Confiaba totalmente en el instinto de su antiguo mentor.

- ¿Teme por su seguridad?

- Entre otras muchas cosas.

Una brillante idea cruzó la mente del moreno samurái.

- No se altere, capitán. Tengo al guerrero perfecto para protegerle.


Byakuya se apuró a dar indicaciones para la partida. No había tiempo que perder.

Si se daba prisa, podría llegar a Karakura en menos de dos días y averiguar qué le había ocurrido a su hermana.

- Colocad las maletas en el carro. - Dijo a uno de los sirvientes - Iremos a caballo hasta la ciudad. Cogeré un avión privado y allí nos separaremos.

- Bien, señor. - El sirviente hizo una reverencia y partió a cumplir sus órdenes.

Byakuya se dirigió a las caballerizas en busca de su pura sangre, un hermoso caballo negro de nombre Tokugawa, esperando tenerlo listo para montar.

Al llegar, se sintió gratificado. Rikichi, su caballerizo, ya lo había dispuesto todo.

Tokogawa lo aguardaba, con todo su brillante esplendor en la cima de la ladera que conducía a la salida de la mansión. Montó con rapidez.

- ¿A dónde te crees que vas, Byaku?

Esa voz...

Byakuya reconocería esa irritante voz en cualquier parte del mundo.

Esa mujer se había convertido en su particular pesadilla veinte años atrás. Desde entonces, había rezado por no tener que volver a cruzarse con ella nunca.

Al parecer, los dioses estaban demasiado ocupados como para escuchar sus plegarias.

Ni siquiera la miró cuando habló con ella.

- No tengo tiempo que perder contigo, Shiba.

La extravagante mujer rió a todo pulmón.

- Veo que sigues siendo un estirado, Byaku. ¿No cambiarás nunca?

El jefe se lamentó por su propia falta de disciplina.

¿Por qué esa loca lo crispaba tanto? Ni siquiera la "gata" lograba ponerlo tan furioso. Y eso que, en compañía de Yoruichi e Isshin se había llegado a creer el niño más desgraciado del planeta.

Por fortuna, ya se había librado de esos dos. Pero, se veía que el destino le tenía reservado más sufrimiento aguantando a este otro monstruo.

- Me voy. - Puso otra vez a cabalgar a Tokugawa - Deberías hacer lo mismo.

- Tienes razón, Byaku. - La mujer se puso a la par en su propio caballo - ¿Y a dónde vamos?

La guerrera no había cambiado nada, observó Byakuya. Seguía igual de atractiva e igual de disparatada.

Desde que unos cabrones le cortaran el brazo, atacándola a traición, cuando apenas tenía dieciocho años, Kuukaku Shiba se había empeñado en actuar y vestir como una ermitaña; semidesnuda, desarreglada y cubierta de vendas.

Byakuya siempre había creído que, si esa mujer se arreglara un poco y modificara sus malos modales, se transformaría en una auténtica beldad. Sin embargo, continuaba siendo un marimacho sin remedio.

Una pena.

- ¿Cómo que vamos? Yo. Yo me voy. - Advirtió él, muy cortante.

- De eso nada, guapo. - Replicó Kuukaku - ¿Te recuerdo que formo parte de tu guardia personal?

- Yo no te he llamado.

- ¡Jajaja! Pues precisamente, Byaku. - Ella lo miró divertida - Tu guardia personal también está para protegerte de ti mismo. Y ahora vamos, no querrás llegar tarde, ¿verdad? - preguntó tomándole la delantera, obligando a su castrado castaño a apretar el paso.

Solo un corto de luces no sabía reconocer sus derrotas. Y Byakuaya Kuchiki no era ningún tonto. Por eso, se limitó a maldecir a los padres de semejante criatura por haberla hecho tan molesta y defectuosa.

Una vez se hubo liberado de todo su rabia, se puso al trote para no quedarse atrás.