¡Chan, cha, chaaaaan! Aquí os traigo un capítulo que muchas estaban esperando. Adivinad quién sale (aunque tan sólo sea por un segundo) jajajaja ¡Pues leed para comprobar!

Antes me gustaría responder a vuestros reviews:

Laster mehr bizarre: Siento que el capi anterior fuera tan corto, intento que todos ocupen más o menos lo mismo. Kagome no irá a la escuela, ten en cuenta que si apenas sabe leer no la puedo meter a hacer sus famosos problemas de matemáticas con los que tenía tantos problemas en la serie original jajaj ¡sería un caos! El encuentro con Kouga será dentro de cuatro o cinco capis, pero no desesperes que voy a poner cosas interesantes mientras tanto. ^o^¡Gracias por tu comentario!

Connie1: Gracias por leer y molestarte en dejar un review, lo agradezco muchísimo. Ya puedes leer cómo se lo ha tomado Miroku, así que no te entretengo más =)

Marlene Vasquez: Todos sabemos cómo es Inuyasha, y es peor que un melón y una sandía jajaja. Ajá, supones bien. Kikyô aparece, aunque más adelante. No me gusta ponerla, pero es lo que hay... ¡Disfruta de este capi

bruxi: ¡Bienvenida! Gracias por pasarte a dejar un review. Sí, a todo el mundo le sorprende, pero ¿qué seria Inuyasha sin sus orejitas? Prefiero dejarlo como está jajaja es mucho más mono (o más perro, tú me entiendes) ¡Disfruta del capítulo!

Nai SD: Es bonito que Inu se dé cuenta, pero no lo des por hecho todo, porque vienen complicaciones (*llora*¿ por quéee?) Como siempre, gracias por leer y aportar tu comentario.

Sexy Style: Es que Inuyasha es TAN Inuyasha... jajaja Aquí tienes la continuación y ya puedes saber lo que va apasar, así que no esperes y ¡a leer!

Cap. 10

Izayoi no tenía trabajo ese día, por lo que desayunaron los tres juntos. Casi acababan cuando Izayoi se acordó de algo.

— Ah, cariño, se me olvidaba… Tienes que llamar a Miroku para decirle que estás bien.

— Uf… —se quejó Inuyasha— ahora le tendré que contar todo… Espero no arrepentirme después.

— ¿Por qué no le das más confianza? —le reprochó Kagome poniendo mala cara.

— Keh, no es asunto tuyo… —contestó de malas formas, y sin mirarla salió de la cocina.

Izayoi y Kagome se quedaron mirando por donde había salido el chico, la primera resignada y la segunda decepcionada.

— No te preocupes, Kagome. Actúa así cuando se siente incómodo —la consoló sonriendo.

La chica sólo atinó a asentir con la cabeza, aunque la tristeza de sus ojos no desapareció.

Cuando acabó de ayudar a Izayoi en la cocina, se fue a su cuarto. Impaciente, sacó de la estantería un libro: "Romeo y Julieta". Estaba ansiosa por saber qué les pasaría a los personajes que ya le habían robado el corazón; sobre todo a Romeo… le encantaba. Todavía de pie frente a la estantería, abrió el libro por donde se habían quedado la última vez.

— Menos mal que a Inuyasha se le ocurrió la idea de marcar la página —comentó en voz alta.

— De nada.

Kagome dio un respingo, y rápidamente se volvió hacia atrás. Inuyasha la había seguido hasta su cuarto, y ahora se estaba riendo abiertamente del susto que le había metido a la chica.

— ¡¿Te parece gracioso asustarme de esa manera?! —preguntó la pelinegra enfadada.

— Sí… —fue la respuesta del chico mientras paraba de reír para esbozar una sonrisa burlona.

Kagome frunció aún más el entrecejo.

— ¿Y se puede saber cómo has entrado en mi cuarto? —preguntó cruzándose de brazos.

Inuyasha la miró serio durante un momento para luego responder.

— Has dejado la puerta abierta.

Kagome descruzó los brazos, e inclinó la cabeza hacia un lado para mirar la puerta.

— La verdad… es que no recuerdo haberla cerrado… —pensó poniendo cara de confundida.

— ¿Estabas leyendo? —preguntó Inuyasha.

— No… sabes que no puedo —contestó Kagome mirando el libro.

— ¿Qué te parece si leemos juntos después?

Kagome le miró sorprendida, y lo extraño era que él no le apartaba la mirada como tantas otras veces. Y además, le estaba sonriendo. No con esa sonrisa burlona, ni con superioridad, era una sonrisa sincera. Y Kagome debía admitir que se veía increíblemente guapo así…

Embobada por el rostro del chico, no se daba cuenta de nada, pero de repente, lo vio cerca, muy cerca de ella… Sus narices se separaban por cinco centímetros… cuatro… tres…

De pronto, el timbre de la puerta explotó su burbuja.

— ¡Voy! —escucharon decir a Izayoi.

Deprisa y con algo de torpeza se alejaron, ya que inconscientemente Kagome también se había ido acercando a él, cerrando los ojos en el camino. Ninguno de los dos se atrevía a subir la mirada del suelo, y sus caras estaban cubiertas por un fuerte rubor. En ese momento escucharon voces en la entrada.

— Hola señora Taisho, ¿qué tal?

— Muy bien Miroku, pasa. Ah, ¡hola Sango! Pasad, pasad. Inuyasha está con Kagome.

— Con permiso.

Entonces sí que levantaron la cabeza, y peor… cruzaron las miradas. Sin embargo, al instante las retiraron más sonrojados aún. Sin hablar, se dirigieron hacia donde estaban todos los demás, que ya habían llegado al salón.

En cuanto atravesaron la puerta, Sango se echó encima de Kagome.

— ¡Kagome! —exclamó alegre.

La pelinegra no pudo más que corresponder el abrazo con una gran sonrisa.

— Bien Inuyasha… por favor… —pidió Miroku en cuanto las chicas se hubieron separado.

— Sí, eso, ¿me puede explicar alguien qué está pasando? —preguntó Sango con un deje de molestia en la voz— Miroku está misterioso y pensativo desde la última vez que vino aquí.

Inuyasha simplemente suspiró, indicándoles con un gesto que se sentaran.


Tras el discurso, el ambiente en el salón de los Taisho era algo pesado. Todos los presentes, repartidos por los asientos de la estancia, se miraban entre ellos, intentando captar algún atisbo de mentira o desconfianza en sus semblantes.

— Vaya… Esto es muy… —dijo Sango rompiendo el silencio— inesperado —completó tras haber pensado el adjetivo más adecuado.

— Sé que es difícil de creer —expuso Kagome— pero… es la verdad.

— Claro que te creo, Kagome —aseguró Sango inmediatamente— sólo que nos cuesta asimilarlo.

Kagome sonrió agradecida.

— Ahhh… —suspiró Miroku— esto es un poco complicado… Pero te ayudaremos en lo que podamos, Kagome…

La alegría de la pelinegra no podía ser mayor. Sonriente, miró a Inuyasha, quien la observaba también a ella con una sonrisa de medio lado. El chico asintió con un movimiento de cabeza, indicándole que todo estaba bien.

— Entonces —intervino de nuevo Sango— te quedarás aquí por… ¿cuántos meses?

— Unos cuantos —respondió la chica.

— ¡Bien! —dijo la castaña levantándose— No vamos a desaprovechar ese tiempo, ¿verdad?

— ¿Qué pretendes, Sango? —preguntó Miroku curioso.

— Vamos a salir… ¡Le enseñaremos todo lo que haya que saber de nuestra época, para que pueda ser una chica normal durante todo este tiempo!—exclamó.

Inuyasha y Miroku sólo se miraron y soltaron un suspiro mientras las dos chicas se abrazaban. Izayoi miraba divertida la escena, y sin más, les dejó hacer.


Habían pasado tres semanas, y Kagome cada vez se habituaba más a esa época. Podría jurar que los chicos le habían mostrado toda la ciudad en menos de diez días en su empeño para que pudiera vivir como una chica normal de ese mundo, y ni que decir tenía que se lo pasaba genial con ellos.

También se había acostumbrado ya a las manías de Miroku, y a sus peleas constantes, aunque cortas, con Sango. La castaña se había convertido en una persona de mucha confianza para ella. Le podía contar cualquier cosa, y si tenía alguna duda sobre algo, ella se la respondía siempre con una sonrisa. Además, a veces no necesitaban palabras para saber lo que quería o sentía la otra, y eso era algo que las dos apreciaban muchísimo las dos.

E Inuyasha… con Inuyasha era algo distinto. Casi todas las noches, él iba a su cuarto y leían parte del libro que tanto le gustaba a Kagome. Cuando se cansaba alguno de los dos, charlaban durante un rato, para después dormir cada uno en su respectivo cuarto. Pero había algo que no dejaba tranquila a Kagome… y era pensar en lo que hubiera ocurrido si Miroku y Sango hubieran llegado un minuto más tarde aquel día que ya le parecía tan lejano. Ese momento no se había vuelto a repetir a pesar de permanecer tanto tiempo a solas con él, y era algo que la ponía bastante nerviosa, porque no sabía siquiera lo que pensaba Inuyasha del tema. Y ella no era tan tonta como para sacarlo a flote. Sin embargo, a pesar de no haber avanzado nada por ese camino, su relación sí se había hecho más sólida y gratificante, y a Kagome le preocupaba, porque opinaba que lo que sentía por el chico se iba intensificando a medida que pasaban los días, y no podía alejar esos sentimientos. O peor, no quería, porque una parte de ella conservaba esperanzas de que Inuyasha sintiera lo mismo.

De todas formas, las jornadas de la pelinegra eran más o menos iguales. Por las mañanas desayunaba, y después de despedirse de Inuyasha (que tenía que ir al instituto), ayudaba a Izayoi en la casa e iba con ella de compras. Eso cuando la mujer no tenía que trabajar. Si era este el caso, se pasaba el día investigando acerca de ese mundo, ya sea recorriéndose las calles cercanas, o viendo en la televisión programas culturales o tradicionales. Cuando llegaba Inuyasha, almorzaban juntos, y se iban a dar una vuelta con Miroku y Sango. Al llegar a casa, cenaba, tomaba una ducha, y esperaba a que Inuyasha llegar a su cuarto para leer con ella. Siendo así, parece una rutina bastante aburrida, pero la verdad es que todos los días escondían un secreto. Y aquel, no iba a ser una excepción…

Se levantó temprano, como siempre. Pero cuál fue su sorpresa al encontrarse con los restos del desayuno de Inuyasha, y a Izayoi cocinando.

— Ah, Kagome —la saludó la mujer mientras con una mano sujetaba un bol bastante grande, y con la otra batía el contenido incansablemente— Buenos días.

— Buenos días… —contestó medio dormida.

— Inuyasha ya se ha ido. Me parece que había quedado antes con Miroku para ir los dos juntos —explicó Izayoi— Y… bueno… hoy tenemos invitados.

Kagome se sorprendió.

— ¿Invitados?

— Sí, —dijo muy felizmente— Inuno y Sesshomaru han vuelto de su viaje.

Kagome analizó lo que acababa de escuchar.

— Inuno… es… el padre de Inuyasha… —pensaba Kagome— y Sesshomaru… su hermano… Entonces… los invitados son…

— ¡¿Los invitados son ellos dos?! —exclamó inquieta— No sabía que estaban en un viaje…

Izayoi se sorprendió un poco por la reacción de la chica.

— Ah, pensaba que te lo habría comentado mi hijo. Pues sí, claro, son ellos. Bueno, en realidad el invitado es Sesshomaru, que viene con su familia —y añadió preocupada— ¿Qué ocurre, cielo?

— ¿Eh? Ah, no, nada… —respondió Kagome nerviosa.

Izayoi tomó a Kagome por el brazo con mucha delicadeza.

— Vamos, Kagome, sabes que me puedes decir lo que sea —le dijo mientras le acariciaba suavemente el brazo.

Kagome dudó un momento, pero al final se decidió. Cogió aire y…

— Es que me… me da vergüenza.

Izayoi se quedó estática un momento, para después reír abiertamente.

— Pero… pero Kagome, cariño… —decía intentando contener las carcajadas— son mi marido y mi hijastro… A pesar de la primera impresión, son personas normales.

Kagome no supo por qué, pero esa última frase agregó algo más de nerviosismo a su estado. ¿Cuál sería esa primera impresión?

— ¿A qué hora vienen? —preguntó.

— Pues… para comer. Somos bastantes, contando con la familia de Sesshomaru… así que estoy preparando ya el banquete —dijo poniéndose otra vez manos a la obra.

— ¿Te ayudo? —se ofreció Kagome.

— Pues, la verdad, tu ayuda me vendría de perlas —le dijo sincera— Bien, pues prepárate Kagome, que nos hace falta un almuerzo para siete personas. Y tres de ellas, tienen un apetito más grande que la torre de Tokio.

Kagome supuso que una de las tres personas que dijo Izayoi, era Inuyasha. Nunca había visto a alguien comer tanto. Y además, deprisa, y casi sin mancharse. Sonriendo, cogió un par de verduras y empezó a pelarlas.


El almuerzo estaba casi listo. Únicamente faltaba poner la mesa, y ordenar la cocina. Kagome estaba en esto último, cuando escuchó una exclamación de Izayoi, proveniente del comedor.

— ¡Oh, no! ¡No hay algas! —decía desesperada entrando en la cocina.

— ¿Qué pasa? —preguntó Kagome.

— ¡No hay más algas! —repitió la mujer buscando en la estancia— ¡Y a mi marido le encantan!

— Izayoi, ¿quieres que vaya al supermercado y las compre? —preguntó sonriente. Ya había ido con la mujer a comprar varias veces, así que podía decirse que tenía experiencia, además de que le hacía ilusión demostrar que podía hacer algo sin la necesidad de tener a alguien guiándola.

— ¿De verdad no te importa? —dijo, y tras la afirmación de la joven, sacó unos billetes— Pues creo que con esto tendrás suficiente. Gracias Kagome —decía mientras la acompañaba a la entrada.

— No hay de qué. Ahora vuelvo.

— Ah, Kagome —la llamó Izayoi— ¿Puedes comprar también un poco de jengibre y salsa de soja?

Kagome asintió, para después bajar corriendo las escaleras del templo.

Las calles estaban llenas de pequeñas tiendas, a esa hora abiertas y con su máximo de clientes, ya que se acercaba el almuerzo. Observó a las personas, tan ajenas a lo que ella sentía en ese momento por estar en un mundo nuevo. Y sonrió. Si no estuviera allí, no habría conocido a Inuyasha. Esa era suficiente razón para quedarse.

— Si mal no recuerdo… —pensaba centrándose en lo que tenía que hacer— el supermercado debería estar en la siguiente calle…

Entonces justo al doblar la esquina, chocó contra algo. Dio gracias a su sentido del equilibrio por no caerse hacia atrás, pero de todas formas, un poco de daño en la nariz sí se había hecho.

Subió la vista mientras se palpaba la parte adolorida con una mano, y lo que vio la dejó estupefacta. Ante ella, se erguía un hombre, de no más de treinta años. Descrito, podría decirse que era hermoso. Pero lo que más llamaba la atención... era su cabello, largo y plateado, sin ninguna clase de ondulación, que lo llevaba suelto a merced del viento. Su rostro, fino y serio, estaba adornado por unas marcas a los lados, y otra en la frente, en forma de media luna, a la que parecía que el flequillo daba espacio para relucirse. Por último, sus ojos… y esto es lo que más sorprendió a la joven: dorados. Dorados y fríos como el hielo.

Él la miraba de reojo, como esperando a que ella dijera algo.

— Perdón —se disculpó Kagome rápidamente al llegar a esa conclusión.

Acto seguido, huyó literalmente de allí, rumbo a su destino. No estuvo tranquila hasta haber traspasado las puertas automáticas del establecimiento. Entonces dio un suspiro, y se apresuró a comprar lo que le había dicho Izayoi.

Al salir del comercio, todavía tenía en mente a aquel hombre, dándole vueltas a una nueva idea que había surgido en su cabeza.

— Esas marcas no son normales —pensaba distraída— Puede ser que también descienda de algunos demonios, como me dijo Izayoi. Pero… el color de ojos y el pelo… son idénticos a los de…

— ¿Kagome? —la llamó alguien sacándola de sus pensamientos.

La chica levantó el rostro, encontrándose con Inuyasha, que la miraba sorprendido.

— ¿Qué haces aquí? —le preguntó él.

— He ido a comprar algunas cosas —le respondió Kagome señalando la bolsa de plástico blanca que llevaba en la mano. Entonces echó un vistazo a su alrededor. Había llegado ya a las escaleras del templo. Rió para su interior, ya que sus pies la habían llevado inconscientemente hacia allí sin apenas haberse dado cuenta.

— ¿Tú? ¿Comprar? ¿Con lo torpe que eres? —se burló Inuyasha.

Kagome lo miró fríamente, y se dio la vuelta para empezar a subir los escalones, sin dirigirle la palabra al muchacho, que la observaba extrañado.

— Oye, Kagome… —decía mientras la seguía.

Ella no dio muestras de haberlo escuchado, y siguió su camino sin volverse.

Para cuando llegaron a la entrada de la casa, Inuyasha había intentado llamar la atención de la chica unas cinco veces más, sin éxito.

— Vamos Kagome, que sólo era una broma… —lo intentó una vez más.

La pelinegra suspiró resignada, para después sonreírle.

— Vale, vale…

Al momento de abrir la puerta, Izayoi les abordó.

— ¡Kagome! ¡Ah, Inuyasha, ya has llegado! —dijo al percatarse de la presencia de su hijo— Rápido, id a cambiaros. En vuestros respectivos cuartos he dejado vuestra ropa. Por cierto, ¿has tenido algún problema para encontrar las cosas?

— No, ninguno —respondió la muchacha entregándole la bolsa.

— Pero, ¿a qué viene tanta prisa? —se quejó Inuyasha.

— Ya han llegado —contestó la señora Taisho mientras dejaba la compra en la mesa de la cocina— Ah, otra cosa… Inuyasha no quiero protestas.

Dicho esto, fue hacia el comedor, donde se escuchaban murmullos de gente hablando.

Fin del cap. 10

Wajajaja ¿Tenéis intriga? Lo siento no he podido evitarlo, tenía que acabar ahí el capítulo...

Muchas, muchísimas gracias por los 26 favoritos y los 22 seguidores. Me emociono tan sólo con escribirlo. ¡Un beso a todos!