Un cordial saludo a todos:
Qué tiempo. Es lo único que puedo decir. Tan asqueroso ha sido que no he tenido tiempo de ponerme al día con las historias que más me han interesado. Tan asqueroso que por un momento, me pregunté si podría llegar a hacer esto y aquí estoy. Amigos míos, les doy las gracias de corazón a todos y cada uno de ustedes, porque como lectores, han mantenido viva esta historia. Por eso me parece justo informarles lo siguiente: El próximo será el último capítulo. Creía incluso que éste lo sería, pero ha sido imposible. Son muchos los cabos a cerrar y si lo hubiera intentado ahora, habría sido tan largo que bien habría merecido una entrada aparte.
Y también me parece oportuno confirmarlo después de un repaso a la reflexión previa: Sí, ésta será mi última colaboración al fandom de The Loud House. Y sí, será también mi último trabajo como escritor de fanfic. Las historias seguirán activas para quien desee leerlas, pero después del último capítulo, no publicaré nuevas obras en ninguna página. En la siguiente actualización, la última, procuraré ponerles al tanto de los motivos que me llevan a tomar esta decisión, pero de antemano quiero darles las gracias por sus muestras de afecto y apoyo. Sin ustedes, yo no estaría aquí ni me parecería necesario comunicarles este paso.
Por supuesto, quiero agradecer sinceramente a Dope17, PenguinArrow, Beny Perez, J.K. SALVATORI, Sam the Stormbringer, Ficlover93, Jakobs-Snipper, Julex93, sgtrinidad9 y a tantos otros que no he mencionado, pero que merecen de igual manera un reconocimiento por hacer esto posible. Vaya a ustedes mi gratitud y mi afecto.
Y sin nada más que agregar, los invito a la lectura y les doy la bienvenida.
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–¿Hace falta que te diga que eso fue algo estúpido?
–No.
–Porque te lo diré de todos modos.
De no ser por la gratitud… al carajo, ya tendría oportunidad de sentir una pizca de culpa. Además, la sola idea de haber sido cargada por esa mujer…
A duras penas Luna consiguió incorporarse de la camilla, intentando recordar lo último que había hecho antes de desvanecerse y hacer saltar las alarmas traducidas en las reacciones sobresaltadas de las hermanas. Cómo demonios supo la vecina de Paul… de acuerdo, trabajaba en el hospital, ¿pero acaso no existían otras secciones o plantas? Daba igual, la mujer había aparecido… en el momento de mayor vulnerabilidad de la rockera. Como para estar agradecida el resto de su vida, por supuesto…
–La doctora tiene razón, Luna, lo que hiciste…
–Sé exactamente lo que hice, Luan, no me lo recuerdes.
–Más bien lo que no hiciste…
–Ya basta, Lana.
–Como que fue una tontería, Luna, no cenar… no desayunar… y después de…
–¡Ya entendí Leni, ya entendí!
Mucho antes de que las manos llegaran a ella con tal de impedir mayor movimiento, la joven consiguió incorporarse y dejar atrás la camilla. Maldita sea… ¿Cómo era posible que el malestar no remitiera del todo? Qué tontería. Jornadas más largas había vivido a punta de agua. Horas y horas olvidando comer… ¿Cómo era posible que le pasara la cuenta precisamente el día en que su hermana menor más la necesitaba entera?
Tal vez ese descuido sí caía en la categoría de estupidez. Pero que sus hermanas y esa doctora no dudaran en echárselo en cara…
–No sabía que a Paul le gustaran tan delgadas –comentó la doctora con sorna, palabras que bastaron para enrojecer a la rockera, incapaz de determinar el origen de su reacción.
–Si como algo y le doy la razón en lo primero… ¿Se callará?
–Tratándose de ti… deja que me lo piense.
–Luna, basta –soltó Luan, pasando una mano sobre los hombros de su hermana mayor al tiempo que le acercaba una bolsa de galletas–. Doctora…
–Hará falta algo más que galletas para mantenerla en pie.
–Si no le hubiera sacado sangre…
–Proceso de rutina, ¿o necesitabas eso para algo?
–Hija de…
–¿Quieres esperar a tu hermana aquí o en el estacionamiento? Dime que en el estacionamiento, llevo bastante deseando darte un trato especial.
Desde el comienzo, a ninguna de las hermanas le agradó la actitud de la doctora. Sin embargo, entre ella y Luna el trato parecía ir más allá de la mera antipatía y el hecho de que a la rockera le costara trabajo dar una respuesta convincente parecía ser la prueba de ello. Ella, siempre tan dispuesta a jamás dar su brazo a torcer… de pronto, a pesar de su molestia, se veía acorralada por una doctora casi rapada de mirada burlona que además de estar a cargo de una buena parte de ese hospital, decía ser también la vecina de…
–Doctora… Lynn…
–Está con el chico albino, ¿no?
–Lincoln no es…
–Imaginaba que se trataría de una familia desquiciada para llevar a Paul a esos extremos, pero veo que siempre están dispuestos a superarse a sí mismos –Dios, pensó Luan con incredulidad. De no ser por el claro contraste de piel, casi habría pensado que esa mujer era, como mínimo, la melliza del psicólogo.
–Son nuestros hermanos, doctora, al menos…
–Y yo soy la doctora de esa chica –más que hablar, dio la impresión que la doctora ladraba. Un poco más y no habría dudado en arrancarles un brazo de cualquier manera–. Lynn está… estable, así que…
–¿Fuera de peligro?
–Dije estable –jamás creyó Lana que llegaría el día en que, por un segundo, deseara que un doctor, el que fuera, luciera más como una piedra que como un ser humano. Que esa mujer soltara esas palabras apretando los dientes no podía ser una buena señal.
–¿Y el niño?
–Sigue el ejemplo de su madre.
–Doctora…
–Nuestra hermana…
–Ella se pondrá bien, ¿verdad?
–Ellos… ¿Ellos despertarán?
–Por favor… por favor escuchen –demasiadas alternativas no les quedaban. Más considerando el cambio de humor de la doctora, súbitamente… ¿Cansada?–. He hecho… he hecho el seguimiento de esta chica… casi desde el comienzo y quiero… creo que quiero tanto como ustedes que ella y el niño se recuperen, ¿está bien?
–Pero… pero ellos…
–Hemos hecho todo lo que hemos podido, ahora… les juro que si pudiera… si pudiéramos… –en buena hora las palabras tuvieron que morir antes de encontrarse con las cuatro hermanas Loud presentes. En buena hora tuvo que mostrar esa doctora que sí quedaba algo de humanidad debajo de la coraza fruto de años de estudio y experiencia–. Esa chica… ella y el niño han resistido más de lo que creímos posible cuando llegaron así que… eso debe ser una buena señal.
–Maldita sea…
–Ella…
–El bebé…
–Nuestros…
–Es la parte más difícil… y sí, lo digo por ustedes –una pequeña pausa y de pronto, aquella sala perdida del hospital parecía ser más grande de lo que era en realidad, aún con cinco personas en ella–. Vamos a esperar… a esperar, no joder… y quizá no nos vendría mal tener fe por una vez en la vida, ¿no?
Mierda. Qué gracia. Qué jodida gracia. Y lo peor de todo era que, en ausencia de mayor experto, aquellas palabras seguían siendo las únicas a las que podían aferrarse. A duras penas consiguió Luna mirar las caras de las únicas hermanas que le siguieran tras… tras aquello que había hecho antes de desvanecerse. Supuso que, salvando las diferencias, todas reflejaban idéntica incertidumbre.
Y que tuviera razón… que no cupiera otra alternativa…
–Johanna –soltó la rockera de pronto, tras parpadear y comprobar que la doctora parecía decidida a dejar esa sala. Eso hasta que se vio obligada a mirarla por sobre el hombro–. Johanna, y… y él…
Iba a decir algo más. Cómo iba a desear callar a esas alturas… cómo iba a desear enmudecer tras enfrentar esa fría mirada, lejos de la profesionalidad esperada en alguien como ella… una bruja… ¿Lo había pensado o lo había oído alguna vez? Daba igual, ya era un pensamiento propio que se vio confirmado en cuanto la mujer esbozó el asomo de una sonrisa sardónica.
–¿Crees que todavía necesita una niñera?
–Pero… pero él…
–Yo en tu lugar me preocuparía por tu viejo –ya la insinuación era una sonrisa derechamente burlona–. Necesitará un buen dentista después de algo así…
–Sabe dónde está.
–Y un mejor otorrino, a juzgar por el estado de su nariz…
–¡Ya dígame dónde está!
–¡Deja de chillar y búscalo! –Tampoco hizo falta gritar demasiado. Una nota pareja y la voz de la doctora bastó para hacer callar a la rockera–. Aunque no parece tan malo que los pierda de vista de una vez.
–Johanna, por favor…
–A menos que la sangre que te quité te sirviera para eso…
¿A qué se debía el malestar? Maldita sea. Sin cena y sin desayuno… ¿Pero quién podía concentrarse en comer teniendo en cuenta la situación? Al parecer, todas sus hermanas… claro, el trabajo… ¿El trabajo también tenía que ver? Eso o la indignación… ¿Indignación? Cualquiera se habría molestado con esa mujer. Pero Luna sabía que aquello iba más allá. Todavía le temblaban las manos. Desde que viera Sid partirle la cara a su padre… desde que lo oyera maldecirlos a todos con tanta cordialidad… después de oír el reporte del estado de su hermana y su sobrino…
Después de dar la vuelta a todo el jodido hospital… sin encontrarlo… ¿Eso estaba haciendo antes de perder el sentido?
–¿Cuánto llevas sin dormir, Luna? –Vaya, quién iba a decir que semejante pregunta escaparía precisamente de los labios de Leni. Y no podía decir que la aludida fuera la única sorprendida.
–¿Cómo dices?
–¿Cuándo fue la última vez que dormiste?
Un segundo. O tal vez dos. Hacer memoria… ¿Desde cuándo le tomaba tanto hacer…? Uno… dos…
–Yo…
–Ya sabes que los chicos cuentan con nosotras, ¿verdad? –Genial, tenía que unirse Luan al carro de la sensatez que acababa de partir…
–Chicas, yo estoy…
–Hecha polvo, pero no te preocupes, ya estamos aquí –perfecto, Lana decidiendo hablar y de pronto, la rockera terminó de sentirse una tonta–. Ahora mismo te comes esas galletas y te echas a dormir.
–Ahora mismo puedo…
–Como que hacer nada en ese estado, así que tranquilízate –Leni y su tono conciliador… ¿Cómo podía ser que los años confirmaran que en su cabeza sí había mucho más que aire? –. Te comes esas galletas y te echas a dormir.
–Pero… chicas…
–Y si es por ese tonto… qué, ¿vas a negar que a nuestra familia le han dicho cosas peores? –Admirable el esfuerzo de Luan por creer sus propias palabras. De alguna manera, consiguió transmitir esa seguridad a su hermana mayor más cercana–. No irá muy lejos si estás aquí y… bueno, no es como que hayas conseguido mucho hasta hace poco…
–Ni lo harás estando así –completó Lana, haciendo un esfuerzo para dotar a su semblante de un inusitado optimismo–. Ya descansa hermana, hiciste demasiado, viene siendo nuestro turno, ¿no lo crees?
Dios… ¿Tan grande había sido el peso sobre sus hombros?
Tener que pasar por algo así para comprender lo difícil que resultaba el solo hecho de respirar… ¿Sería demasiado en verdad o estaba tan acostumbrada a la seguridad, casi a la monotonía?
Sólo supo que había abierto el paquete de galletas cuando una de ellas se deshizo en boca entre mascadas. Demonios, ni siquiera le gustaban. Y sin embargo, se vio capaz no sólo de comer y tragar una, sino de vaciar el paquete en apenas unos segundos al tiempo que la llamar que no sabía que ardía en su estómago parecía aplacarse…
¿Y qué había del nudo en la garganta? ¿Del dolor de su pecho? Qué… ¿Qué había de todo aquello?
Maldita sea… ¿Qué tan difícil podía ser creer todo aquello? ¿Acaso intentarlo también la agotaba?
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–Paul, no creo que…
–¿Puedes o no?
–De poder puedo, pero te digo que…
–¿Qué Joe? ¿Qué?
–Oye… está bien, fue una estupidez…
–Y me lo dices…
–Pero no digo que no se lo mereciera, lo que dijo…
–¿Y si tenía razón?
–¿Qué carajos…?
–¿Y si tenía razón, Joe? ¿En todo lo que dijo?
–¿Y desde cuándo te ha importado lo que diga ese tipo o cualquiera de su familia?
Era el único café cercano al hospital y el único en el que podían discutir lo que hiciera falta en tanto una de las tazas diera la impresión de contener algo, aunque eso no aparentaba ser un problema a juzgar por las tres tazas que el abogado había tragado casi como si de agua se tratase. Más allá de aprovechar la ocasión de tragar algo así sin los reproches de su esposa a la vuelta de la esquina, buscaba con desesperación no cerrar los ojos a la menor oportunidad…
Dios… y cuando tuviera que volver al despacho…
Pero bastante había pasado como para justificar el esfuerzo. Y si quedaban dudas, ahí tenía la mano de su amigo. La misma que sostenía el móvil y cuyos nudillos aún lucían inflamados… al menos ya no temblaba. Al menos no hacía falta la presencia de ninguna de las chicas para mantenerlo bajo control… bueno, tampoco había hecho falta en un comienzo, sólo… verlo así…
Y tampoco había hecho demasiada falta frente a frente, en esa cafetería. Solo nosotros, había gruñido el psicólogo, cortando de lleno cualquier intento de las chicas por intervenir. Sólo nosotros, pero larguémonos ya. Y así y todo, la cafetería no podía decirse que estuviera todo lo cerca que cualquiera de ellos hubiera deseado. Ahí estaban, sin embargo. Habiendo tragado té y café… habiendo dormido apenas lo necesario… ¿Habiendo dormido? ¿Y cuándo carajos? La sola idea bastaba para hacer sonreír a Joe con algo de sorna.
Sonrisa que lo acompañó desde el hospital hasta esa cafetería… de alguna manera debía llenar el silencio entre ambos… apartar la sombra que planeaba sobre ellos, esa… esos nudillos inflamados y lo que había oído en el hospital…
Que al fin Paul se decidiera a…
Hubiera deseado, sin embargo, que esa malsana satisfacción hubiera durado un poco más. Pero qué otra cosa pudo hacer en cuanto supo los motivos por los cuales Paul lo había convocado a solas…
Los motivos que explicaban de sobra la necesaria ausencia de las chicas…
Y la necesidad de Joe de tragar cualquier cosa que ahoga su incredulidad…
Hubiera deseado que su amigo, su hermano… que el muy desgraciado esperara a tener ambos el pedido enfrente. Que el muy desgraciado esperara… no, que le diera el tiempo para prepararse… sí, claro, ¿y cómo? ¿Pidiéndole tranquilidad? Seguro que eso habría funcionado. Si pedirle sutileza a Paul Siderakis parecía tan factible como pedirle al equipo chino de fútbol que ganara el futuro campeonato del mundo.
Ése era su amigo. Su hermano. Y de otra forma jamás podría tenerlo. Aunque lo que acababa de pedirle el muy…
–Paul… –se escuchó decir, alelado, la primera reacción. La misma que bastó para enervar al aludido, a punto de triturar el móvil con la única mano.
–No me hagas tener que repetirlo.
–Si es tu idea de una broma…
–Sí, ¿verdad? Qué maravillosa idea, ¿ya me gané tu respeto?
–¡Pero es una locura! ¡Ni siquiera sabes…!
–Lo dije un millón de veces y no fue un problema, ahora se joden…
–¿Y te jodes tú?
–¿Qué carajos esperas que haga si…?
–No lo diras…
–Joe, por favor, te pido que…
–¿Es por eso? –Casi rugió Joe señalando sin reparos los nudillos inflamados de su amigo, mismos que no hizo amago de esconder–. Carajo… ¿En serio vas a huir?
–Ni se te ocurra decir…
–Porque si la idea es huir… se me ocurren maneras menos elaboradas, ¿sabes?
–¿Y qué carajos tendría de malo que así fuera?
–Jamás lo has hecho, tú…
–Hay una primera vez para todo, ¿no es eso lo que dicen?
–¡Huir, Paul! ¡Huir tú!
–No me digas que te costó entenderlo al principio…
–Por una jodida…
–Tardé diez malditos años, Joe, ¿no crees que ha sido demasiado?
–Siempre puedes poner tierra de por medio, Paul, siempre puedes…
–Lo hice, ¿te acuerdas? ¿Y qué pasó? Sí lo recuerdas, ¿verdad?
Sí. Claro que lo recordaba. Claro que recordaba el relato. El afán de perseguir la soledad incluso haciendo clases en una universidad para que al final, un descuido ridículo terminara llevándolo de vuelta a…
Maldita sea. Si a Joe le bastaba deletrear mentalmente el nombre o el apellido para sentirse incapaz de tragar cualquier cosa, incluso el aire.
–Pues si tanto temes… en mi opinión ese puñetazo hizo por ti lo que no fuiste capaz en todo ese tiempo.
Mala elección de palabras. Como si hubiera más alternativas. No podría evadir de ningún modo la contemplación de esa fugaz muestra de aflicción. La misma que no tardó en diluir, si bien el semblante sombrío tampoco ayudaba demasiado a tranquilizar al abogado que, de pronto, tuvo que recurrir a la fuerza de voluntad que no sabía despierta hasta ese momento para terminar de tragar un sorbo de café.
–Paul –se oyó decir Joe a través de la humedad de su quemada garganta, suponiendo que lo oía a pesar de la falta de reacción–. El tipo llevaba años pidiéndolo a gritos, nadie puede…
–Es su padre, Joe, su padre –y casi pronunciaba esa palabra con la comodidad propia de la ofensa de mayor calibre–. Su familia, Joe… el padre y toda la familia…
–Paul…
–Tenía que ser así, Joe.
–¿Cuál es la diferencia entre antes y ahora? –Maldita la hora en que tuvo que sonreír. Viniendo de él, las sonrisas no significaban nada bueno.
–Tuve que esperar diez años para tener tanta rabia… tanta rabia como para olvidar temer…
No necesitó completar la idea, imaginaba que Joe captaba el resto y no se equivocaba. Sin saber el abogado explicar cómo carajos aquello era posible. Pero a veces las cosas sólo son, se lo había dicho. Qué más podía ser… qué tan grande podía ser ese temor… ¿Qué tan profunda había sido la herida de Lan? Tal vez… sólo tal vez… esa mujer no se había llevado del todo su capacidad de sentir, quedando apenas un resquicio al cual se aferraba…
Un resquicio que ya tenía nombre y tanta fuerza…
–Paul, no creo que…
–¿Puedes o no?
–De poder puedo, pero te digo que…
–¿Qué Joe? ¿Qué?
–Oye… está bien, fue una estupidez…
–Y me lo dices…
–Pero no digo que no se lo mereciera, lo que dijo…
–¿Y si tenía razón?
–¿Qué carajos…?
–¿Y si tenía razón, Joe? ¿En todo lo que dijo?
–¿Y desde cuándo te ha importado lo que diga ese tipo o cualquiera de su familia?
–Importe o no… y si… –desesperado, el psicólogo contempló el frío cuadro que ofrecía el ventanal. Y la gente pasaba y pasaba, siempre tan igual. Algo está mal, solía decir Paul durante su alcoholizada etapa. El ritmo de la vida… está mal. Y tras abandonar el hospital… tras tantas cosas… a veces se preguntaba si acaso la ebriedad se llevó en algún segundo esa percepción–. Y si… ¿Y si tenía razón sobre mí?
En los años venideros… incluso en las horas venideras, Joe Sanderson se arrepintió de no haber sido capaz de sacar a ese hombre de su error, permitiéndose un breve lapso para menospreciar el presente y volver sus pasos sobre el pasado.
Porque no sacaba nada con negarlo. Él mismo y sus padres, su relación… daba igual, los años ayudaban a limar asperezas. Y Hatsu… Hatsu y los suyos, por Dios… incluso Hannah y Johanna…
Padre mío, fumador empedernido.
Pero de qué podía servir ya, se dijo Joe con amargura, impotente ante ese cuadro… ante el amigo que sintió lejano de pronto. De qué podía servir si todos ellos habían llegado cuando ya el daño estaba hecho y la prueba estaba, justamente, en la incapacidad del psicólogo de aceptar la protección que les brindaba.
De qué me sirve, Joe… de qué si me faltaron cuando más los necesité…
–Podrá saber mucho de ti, Paul, pero no te conoce.
–Suponiendo que sea el caso… no lo hará, créeme –soltó el aludido con un atisbo de satisfacción mal manifestado.
–¿Y ya has pensado qué le dirás a ella?
–¿Desde cuándo te importa?
–Desde que te has tomado tantas molestias hasta ahora…
–¿Crees que le importe después de algo así?
–Creo que incluso eso requiere una explicación.
–Se suponía que era yo el de los problemas de memoria.
–Es la cantante de moda, ¿crees que estará…?
–Creo que ya viene siendo hora que me lo digas, ¿puedes o no?
De poder, puedo, pero de querer…
Pero seguían siendo ellos. Y mejor Joe que cualquier otro. Porque no lo dejaría en manos de nadie así como así. Ni siquiera en ese asunto. Por tranquilizar la conciencia de algún modo. Por convencerse de que daba igual lo que le dijera, el cáncer ya estaba enquistado. Si no lo había convencido antes de que Lynn Leonard estaba de todo menos en lo cierto… si jamás pudo despojarlo de la culpa por la muerte de un niño…
El abogado sonrió con tristeza.
–Van a matarme.
Van a matarte.
Paul, en respuesta, sonrió.
–De algo hay que morir.
Acto seguido, el psicólogo buscó el número que ya tenía en mente y tras marcarlo, colocó el móvil en altavoz sobre la mesa. Un par de tonos infinitos. Un par de segundos imprecisos y la estática reemplazó la espera. El sonido ambiente propio de una sala concurrida… no, más que concurrida, abarrotada. Una sala que, de súbito, pierde la vida a la espera de lo que pueda decir quien los ha convocado.
–¿Doctor Siderakis? –Ante el llamado que brotó del móvil, apenas bien pronunciado, el aludido no contuvo una mueca de desagrado.
–Soy yo, señor Moon, cómo…
–¡Doctor! ¡Qué gusto oírlo! ¡Qué gusto!
–Lo mismo digo, señor.
–Debo decirle que su llamada, si bien es muy bien recibida, nos resulta inesperada.
–Siento mucho la intromisión, pero…
–Creíamos que le tomaría más tiempo pensar…
–Justamente de eso quería hablar con usted –apenas unos breves segundos. La mirada de Joe estaba lejos de infundirle valor, pero seguía siendo peor comer vidrio–. No es el mejor medio para tratar estos asuntos, pero me gustaría que nos reuniéramos.
–¿Puedo saber el motivo? –Y a pesar de hablar con soltura, evidente resultaba el alto grado de expectación.
–No he requerido de mucho más para estudiar… para analizar su propuesta con cuidado y sumo interés, señor Moon, incluso puedo darle la respuesta ahora mismo.
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Hola, Dios.
–Clyde…
El aludido parpadeó al escuchar su nombre. No. No pronunciado de cualquier manera. Eso hacía las cosas más difíciles. De cualquier modo, estaba lo bastante cansado… lo bastante… bastantes cosas y de tantas, tantas formas… tantas que ya constituía un milagro el no estar acostado en el piso. No solía pasar tantas horas despierto desde la universidad y de eso hacía ya lo necesario para perder la costumbre.
Supuso que el hecho de ser su amigo, su hermano, la excusa para estar presente… qué más podía obligarlo a mantenerse en pie. Qué otra cosa podía mantener sus párpados en alto, él sentado sobre el capó de su auto, contemplando a lo lejos las huellas de las tres ambulancias destruidas y las amenazantes nubes…
–Clyde…
¿Había pasado lo necesario para considerar que intentaba ignorarla? Daba igual. Terminaría por voltear de todos modos, sin importar las contracturas… el eco de los gritos de esa familia… la familia de su hermano… una de ellas…
Sé que te acuerdas de mí.
–Lori.
Jamás creyó que llegaría el momento en que percibiría su propia sequedad. Que un día… no, ese día había llegado hacía bastante… ¿O no? No, no sacaba nada con negarlo. Era la primera vez. Bastante había pasado desde el primer encuentro fortuito, casi mortal. Y de pronto, volvía a tenerla frente a sí. Y no cabía duda, el trabajo la infundía de seguridad. Una seguridad de la que apenas quedaba la sombra… la ayuda de la memoria reciente que…
–Creí que te habías marchado.
–Estoy por Lincoln, no me moveré, incluso si así me lo pide.
Ni siquiera se preguntó si había bajado la mirada ante la oración íntegra o la pronunciación de ese nombre en particular tenía algo que ver. Y le daba igual. Aunque no dejaba de tener su gracia considerando la seguridad con que la primogénita de los Loud había dicho todas esas cosas horribles…
Hablamos muchas veces, ¿te acuerdas?
–¿Literalmente sigues apoyándolo? –De refilón y muy tarde, Lori comprobó que había hecho una pésima elección de palabras. Y es que excusas jamás faltaron en el pasado, mas no recordaba haber visto al chico tan ofendido.
–Es mi hermano, Lori.
–Clyde, él…
–Sí, yo se lo dije incluso, ¿y qué?
–Si sabes lo que hizo… lo que ambos hicieron…
–Sí recuerdas con quién hablas, ¿verdad, Lori?
–¡No es lo mismo y lo sabes!
–Por supuesto que no, pero ya todos les hicieron el gran favor de darle la espalda, así que ya tuvo suficiente.
–¿En serio piensas que…?
–Lori, no importa lo que piense, él es mi hermano y da igual lo que haga, sus decisiones no van a cambiar las cosas –imposible le resultó a la mujer contener la suerte de vértigo que experimentó al enfrentar la mirada del joven McBride–. Sí… es gracioso, ¿no? Que sea el primero en recordarlo… antes incluso que tú misma.
–Es literalmente asqueroso, Clyde –se atrevió a rebatir ella.
–¿Y?
–¿Cómo que y?
–¿Y qué? ¿Cómo cambia eso las cosas?
Quiso decir algo. Rebatirlo. Quiso levantarse y gritar todo lo que llevaba pensando desde que oyera esa confesión. Y todo lo que pudo hacer ante él fue reconocer que la mayoría de los argumentos pensados, en el mejor de los casos, eran irrisorios. E incluso sin decirlo, incluso tratándose de sí misma…
De sí misma… delante de él…
–Lo haces… parecer tan fácil, Clyde…
Una vez me dijeron que Tú eras el único que no me defraudaría.
–Para nadie es fácil, Lori, no creas que no te entiendo.
–Entonces…
–Si las opciones son Lincoln y… lo que pudo haber hecho… supongo que no es difícil tomar una decisión.
Llevaba un tiempo ahí. Esa pequeña espina. Una suerte de bala incrustada de la que no tuvo constancia sino hasta que vio a Lincoln solo haciendo frente a casi toda la familia antes de ser apoyado…
Pero eso jamás bastaría. No después de lo oído. De lo dicho. No después… pero él… maldita sea, Lincoln también…
Pero Clyde…
Qué tonta había sido Lori creyendo que su presencia bastaría para extraer la bala. Porque la había conseguido. Dejando un puñal en su lugar… no, un puñal no. Una jodida espada. Ahora qué hacer…
–Da igual lo que haga, sigo siendo yo de todos modos –oyó que decía McBride, abandonando el capó sobre el que se había sentado–. De mí puede esperar muchas cosas, Lori, pero de ti… de todas ustedes… él y Lynn, Lori… qué suerte tienes.
–¿Disculpa?
–¿Sabes lo afortunada que eres de decir que son tus hermanos?
No, claramente no, se dijo McBride tras pasar por su lado, contemplando su mirada perdida… la indecisión adherida a cada músculo. Y a veces los detestaba. A todos los Loud. Ya no tanto por Lynn. Pero Lincoln… tratándose de Lori… ¿Tendría sentido intentarlo? ¿Tendría sentido o sus palabras se las llevaría la próxima lluvia?
Llevo años intentando creerlo.
–Clyde.
Por supuesto que el joven se detuvo. Y se maldijo ni bien lo hizo. Incluso dándole la espalda. Pero ahí estaba. Lo había hecho. Había cedido. De una pequeña forma, pero ahí estaba. Lo había hecho, sí. Y daba igual qué explicación intentara dar, aquello era imperdonable en más de un sentido… en todos los malditos sentidos.
–Lori.
–¿Y vas a irte así? ¿Sin más?
Sé que también la recuerdas.
McBride, por su parte, respiró profundo. Ahí estaban sus palmas. Húmedas por enésima vez. La única señal de la debilidad que intentaba ocultar. La misma que pretendía confundir con el cansancio, pero que llevaba acompañándolo desde que llevara a su hermano, a su amigo, a reencontrarse con su familia, la mujer que amaba y su hijo recién nacido. Ya fuera por la crítica situación…
Ya fuera porque sabía que, sin importar cuán inoportuno pudiera ser, tendría que afrontar una instancia así…
Te he hablado mucho de ella.
–¿Crees que es el mejor momento, Lori?
–Literalmente nunca lo será, ¿qué más da?
Pero algo en la voz de la primogénita Loud… no, mejor no buscar una segunda lectura… no, qué segunda… una cuarta lectura a sus palabras. Que bastante jodido se sentía ya a solas con ella… en ese estacionamiento y en tantos otros sitios… permitiéndole a ella saber… conocer… casi dominar… mientras él, pobre tonto…
–Clyde… literalmente… todo lo que te dije…
–Lo recuerdo, Lori.
–Mírame, Clyde.
Pudo sentirla. Esa mano intentando cruzar la distancia. Intentando posarse en su hombro. Intentando quebrar una muralla que él mismo tiró abajo en cuanto volteó, todo con tal de adelantarse al contacto. Sabiendo que, tal vez, con esa palma sobre él, no sería tan fuerte como creía o necesitaba ser. Incluso se tenía que mirarla a los ojos…
Como si no tener que enfrentar esa mirada desolada no causara ya bastante…
–Ya está, Lori, qué…
–Todo lo que te dije era verdad, Clyde.
–Lori…
–Literalmente todo… todo lo que te dije… ¿Lo recuerdas al menos?
Recordarlo… pero qué clase de pregunta era ésa por el amor de… qué clase de pregunta era aquella que… y más teniendo en cuenta que hacía tan poco… no, tal vez no fuera tan poco, pero… pero la frescura del recuerdo atormentaba al joven lo suficiente como para ayudarle a perder la noción del tiempo… de la misma realidad…
Y quiero creer, Dios… que la pusiste en mi vida por algo.
–Cada palabra, Lori, cada una de ellas.
–Tienes que creerme, Clyde, todo eso…
–¿Por qué piensas que no te creo?
No… no… no esas palabras… no, no esa forma de decir… no esa forma de mirar… ¿Por qué? Por qué, después de tantos años, tenía que…
Y lo supo en cuanto tuvo la oportunidad de apreciar el brillo en la mirada de Lori. El brillo que creyó imaginar a lo largo de esos días… esos encuentros… el brillo que terminó de confirmarse la noche en que lo llamó con urgencia… el encuentro que, según ella, era imposible de posponer, incluso después de tanto tiempo después de su traumática separación y descubierta amistad…
Amistad que los llevó a ese encuentro impostergable… amistad que los llevó justamente a…
–Literalmente… te has cerrado desde entonces…
Quiero creer que todo tiene una razón de ser.
–Lori… no es tan sencillo…
–¿Crees que lo es para mí? Literalmente… ¿Crees que lo es para mí?
–Tú no fuiste la que tuvo que aguantar todos esos años, Lori.
–¿Es eso entonces? ¿Te estás vengando de mí?
Vengarse…
¿Por qué no podía ser más sencillo? ¿Por qué no podía confirmar sus palabras y ya? Y en lugar de eso, apretaba los dientes… los labios… apretaba los huesos y los músculos… y se forzaba a mirarla a los ojos… a mirarla y descubrir… a notar en ella y en sí mismo…
Que el amor no es lo único que está fuera de tu alcance.
–Lori… deberías entender…
–¿Y qué hay de mí? ¿Entendiste lo que quise decir?
–Todo eso…
–Lo creíste, ¿no es así?
–¿Y crees que eso cambiará algo?
–Si me crees… si crees en lo que siento por ti…
No… no… su mano en su brazo no… todo menos eso… incluso a través de su camisa, el contacto…
Porque incluso de estarlo…
Más tarde podría felicitarse por contener el temblor que vino desde lo más profundo. Tan parecido… tan jodidamente parecido al mismo que experimentara la noche en que Lori cediera a la desesperación… por alguna estúpida razón, ella siempre tan estoica… cediendo de pronto ante él con palabras tan similares…
Ante él… el mismo Clyde McBride…
–Tal vez tenías razón, Lori –se oyó decir el joven, apelando a toda la frialdad que le cabía en la voz–. Tal vez nunca sea el mejor momento para…
–Es literalmente tarde para que lo digas, ¿no crees?
–¿Sabes lo divertido que es eso viniendo de ti?
¿Qué sentido tiene tanto dolor?
No…
Pero Lori había llegado demasiado lejos como para detenerse o retroceder. Bastante había esperado desde que Clyde se largara sin decirle ni media palabra. Bastante había pasado sumida en la incertidumbre. Preguntándose qué escucharía… qué sería lo primero que le diría… cualquier cosa que rompiera el silencio… cualquier cosa que fuera más allá de esa mirada triste… esa mirada tan dolida… tan rabiosa…
–Clyde…
–¿Tú recuerdas al menos? ¿Recuerdas al menos todo lo que te dije?
Que si lo recordaba… ¿Desde dónde? ¿Desde dónde empezar a recordar? ¿Desde la infancia? ¿La adolescencia? ¿Los años en la casa de sus padres? ¿O lo más reciente? Empezar por… ¿Por dónde? ¿Por la razón que la llevara a ceder? ¿La razón que la llevó a buscarlo esa noche y gritarle literalmente todo aquello que sentía, aquello que él la hacía sentir?
Recordarlo… ¿Cómo si lo que más quería era olvidarlo? Olvidarlo… fingir que todo aquello… desde el principio hasta esa última noticia…
–Clyde…
–Fueron años, Lori, años –articuló el joven ya no con frialdad. Ya no con dolor. Todo cuanto había en él era… era tanta rabia… tanta que el estremecimiento de la aludida no podía tener otra explicación–. Años en los que estuve loco por ti…
–Clyde, en serio yo…
–Años en los que tú eras… tú eras el principio y el fin de mi vida… ¿Tienes una idea de lo que dolía?
–Si al menos tú…
–Fueron años Lori… más de la mitad de mi vida… años que parecen pocos, casi un chiste –si al menos hubiera mantenido la seriedad sin intentar… sin intentar sonreír, fracasando miserablemente en el proceso.
–Por eso es que…
–¿Qué? –Fue necesario un giro de muñeca para apartar la mano de Lori de su propio brazo, casi como si el contacto solo le quemara los huesos–. Me tomó casi el mismo tiempo… años superarte, Lori.
–Escúchame Clyde, yo…
–Me tomó años… aprender a respirar sin ti –una cuota de dolor que quedó temblando en el aire. Una cuota de dolor que parecía equiparse con todo el que albergaba la primogénita Loud de alguna manera en el centro de su pecho.
–Eras un niño, Clyde…
–¿Y eso justifica todo lo que me hiciste sufrir?
De manera que sí era… sí era…
Pero incluso si lo era, ¿qué? ¿Podía culparlo? Porque aunque quisiera… aunque quisiera… ¿De qué manera olvidar todo lo que había hecho? O lo que no había hecho… o cualquier cosa… ¿Cuánto más tendrían que olvidar con tal que intentar…?
Pero si ella no podía… cómo le iba a pedir a él que…
–Cuántas veces, Clyde… cuántas veces…
–No se trata de perdonarte, Lori, yo… hace mucho que te perdoné –en sus anteojos… en sus ojos… incluso en los espejos de los autos… ahí estaba ella y su expresión desconcertada.
–Si me perdonaste, por… por qué…
–Tardé años en dejarte atrás, Lori, años en dejarte ir… aceptar que hiciste tu vida y… aceptar que…
–¿Qué?
–Que mi vida no gira en torno a ti.
De pronto, a Lori le pesaban los brazos. Lo bastante para suponer una dificultad añadida levantarlos o intentar retener al chico de cualquier manera. El mismo que no se había movido de su sitio y que, a pesar de la posición, parecía de súbito lejano… no, más que lejano, inalcanzable. El mismo que no había dejado de mirarla, pero seguía… seguía sin ser la mirada que esperaba recibir de sus ojos. No una que mezclara tan bien la rabia… la rabia, el dolor y… ¿Desesperación?
No, era… era una sombra. Una sombra que no estaba en sus recuerdos. Una sombra que no perseguía al Clyde al que ella se aferraba tanto. Era…
Era ella misma, pero…
–Te amé, Lori, yo… te amé más de lo que jamás te amó nadie y por eso… también te estoy agradecido –la mujer sólo asimiló su propia temperatura en cuanto una de las manos cálidas de McBride tomó la suya–. Y fue ese amor… ese amor mismo el que me hizo ahora y… si acaso soy más fuerte de lo que fui en algún segundo… si es que es posible… te lo debo a ti.
–Y acaso… acaso ahora no sirve de nada que yo…
–Hiciste tu vida, Lori, siento… siento en el alma tus fracasos, pero… no puedes pretender que… no podías pretender que te esperara todos estos años, ¿o sí?
–Clyde, pero… pero tú…
–Haiku apareció en mi vida y… quiero casarme con ella, Lori, eso… lo tuve presente incluso antes de reencontrarnos.
Las últimas palabras que quería oír y el jodido Clyde…
Desde lo más profundo de quién sabía dónde, el sonido de algo quebrándose… como el espejo que rompiera cuando era niña… ¿Todavía habitaba ese espejo en algún sitio del pasado? ¿Todavía había espacio para algo así en lo más profundo de ese pozo?
–¿Y por qué estás tan seguro, Clyde?
–Lori…
–¿Cómo sabes que es ella y no…?
–¿Cómo sabes que debes ser tú?
–Clyde, ella…
–No sabía que podía feliz… hasta que ella apareció y… y no es algo que esté dispuesto a transar –la otra mano. Las dos. Y de pronto, Lori se sintió como la niña… como la mocosa que suplicaba un poco de atención… que se habría conformado con lo menos con tal de que Clyde… ese Clyde… no se alejara más–. Siempre serás importante para mí, Lori.
–¿Crees que eso me basta?
–Lori, no…
–Dime qué haré ahora –sin temor a dañarlo, apretó con fuerza las manos del joven, estando a punto ella de quebrarse más si acaso era posible–. Dímelo.
–Lori…
–Dime qué hago ahora con este sentimiento –con tal fuerza apretaba los dientes la primogénita Loud que tuvo que hacer un esfuerzo por ignorar el dolor de mandíbula–. Dime… dime qué hago ahora si tú estás…
–Intenta hacer lo mismo que yo –por supuesto que no era la respuesta que la mujer esperaba, pero no iba a callar habiendo llegado tan lejos–. Superaste a Bobby… no me dirás ahora que soy mejor que él, ¿o sí?
Quiso rebatirlo. Por supuesto que lo era. En más de un aspecto. En demasiados aspectos. Y tuvo que darse cuenta en ese segundo. Con las manos que él sostenía… con él sonriendo casi con indulgencia, recordándole la mocosa que había sido y que jamás creyó que sería ante un hombre… menos ante él… el mismo que humilló de pequeño, de adolescente… el mismo al que tanto dañó y que estaba parado frente a ella con esa expresión compasiva, madura… serena…
–Clyde…
Antes de poder articular nada, sintió cómo soltaba una de sus manos, acercándola a su nuca… casi deleitándose con su cabello antes de atraerla hacia sí y plantar un beso en su frente. Un gesto que la hizo cerrar los ojos, preguntándose si acaso no sería muy cliché… muy absurdo pedir que ese segundo durara literalmente… literalmente más de lo que tendría que durar… más que cualquier cosa… más que nada…
–Gracias Lori –susurró McBride, aún con los labios sobre su frente–. Gracias… literalmente por todo.
Lo hubiera retenido un poco más antes de permitirle marchar al hospital, mas fue incapaz. Acaso por la falta de fuerzas. Acaso por todo lo vivido, lo mismo que amenazaba con llevarse su firmeza… acaso por la imperiosa necesidad de contener todas esas lágrimas… maldita sea… lo hubiera retenido… lo hubiera abrazado… le hubiera pedido que no… que lo pensara y que no…
Pero no pudo. Y quería creer que se debía a la falta de fuerzas.
A eso y no a esa súbita certeza.
Que de todas las personas en el mundo, era justamente Clyde el que menos merecía que le hiciera algo así.
Por mucho que le doliera reconocerlo.
Y… maldita sea. Dolía. Dolía como el mismísimo infierno.
Pero tenía que intentarlo, ¿no? Al menos intentarlo y hacer lo mismo que había hecho él.
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–Cariño…
Si acaso Lynn Leonard escuchó a su esposa, no dio señales de ello. Demasiado ocupado se hallaba manteniendo sus cinco sentidos sobre esa incubadora. A través del cristal, bastantes casos similares se apreciaban, pero ese niño en particular se las ingeniaba, incluso sin saberlo, para captar la atención de cualquiera. Fuera por ese mechón blanco… fuera por sus dimensiones… por el número de máquinas dispuestas en torno a él…
–Cariño –incluso a su lado, visible a través del reflejo del cristal, el aludido tuvo que hacer un esfuerzo adicional para actuar en consecuencia. Ni falta hacía comprobar nada. Rita miraba en la misma dirección.
–Es pequeño.
–¿Qué dices?
–Míralo –se oyó decir el patriarca Loud, sin despegar la inexpresiva mirada del vástago por cuya sangre corría ese mismo lazo–. Es tan… pequeño…
–Y así y todo, pelea por su vida –la sonrisa de Rita no consiguió disimular las lágrimas que asomaban, rebeldes–. Es idéntico a Lincoln, ¿no crees?
–Demasiado –casi un gruñido que la llevó a arrepentirse de las palabras escogidas. El semblante seguía siendo el mismo, pero su voz decía lo contrario.
–Lynn…
–¿Qué hicimos mal, Rita? –Incluso habiendo gente que iba y venía por ese pasillo, el eco de la voz de Leonard se las ingenió para resonar con potencia. Y más que una interrogante, parecía un lamento–. ¿Por qué tuvo que pasar eso?
–Cielo…
–¿Por qué tuvieron que hacerlo, Rita? Es tan…
–No pensarás que ese niño tiene la culpa, ¿o sí?
–¿Crees que ese niño tendría que haber venido a este mundo?
–Creo que él no lo pidió, pero ya está aquí y pelea por una oportunidad –apenas había disimulado la indignación ante el cuestionamiento de su marido, pero ya puestos, a Rita le daba igual lo que pudiera pensar–. Míralo, Lynn.
–Lo hago.
–Nuestro nieto…
–¿Por qué actúas así?
–¿Así cómo?
–Como si todo esto fuera… como si no fuera… maldita sea, Rita, todo esto…
–¿Crees que no es horrible para mí enterarme de todo esto, Lynn? –Soltó la mujer, apartando la mirada del pequeño y dedicándole a su marido una expresión cargada de molestia… un indisimulable velo de desolación.
–A veces no lo…
–Por supuesto que creo… por supuesto que creo que todo esto es horrible, que nada de esto debió pasar, pero… qué lástima, pero pasó.
–Nosotros debimos…
–Tal vez, Lynn, tal vez debimos percatarnos antes… ¡Son nuestros hijos, por Dios! ¡Vivíamos todos bajo el mismo techo! Si hay un culpable en esta situación… debemos ser nosotros, ¿no te parece? Nosotros, que debimos ver esto antes… en lugar de creer que un aparecido tenía esa responsabilidad y no nosotros.
Cierto. O Rita tenía el don de dar un giro a la realidad, de concederle la veracidad de la que parecía carecer. Pero como fuera, daba igual. Había un peso ineludible en esa declaración y lo peor de todo seguía siendo la enorme dificultad que suponía el aceptarla como tal… maldita sea, ¿cómo podía ser que en todos esos años ellos nunca…?
–Crecieron, Rita… crecieron incluso lejos de nosotros, ¿no es así? ¿No debieron pensar en algún momento?
–No digo que sea lo mejor, Lynn, incluso a mí me gustaría… me gustaría, créeme, pero no fue así, ¿o me vas a decir que las chicas no tienen razón? ¿Que Siderakis…?
–Por favor, ¿en serio tienes que mencionar a ese…?
–Independiente de lo que haya hecho, ¿me vas a negar que tiene razón?
Leonard quiso gruñir una respuesta, pero su maltrecho reflejo se lo impidió. Iba a pasar mucho tiempo antes de que se atreviera a sonreír abiertamente. Un tiempo prudencial, puede que más antes de que la nariz dejara de darle semejantes molestias. Al menos había dejado de sangrar, pero el dolor… y el sabor y olor de la sangre…
–No deja de ser un cretino…
–Y ese cretino es la felicidad de tu hija, pero eso ahora no importa –Pareció cansarle la posición, de manera que Rita volvió a posar la mirada sobre su nieto–. Sí sabías… que las chicas están comenzando a apoyar a los chicos de una u otra forma, ¿verdad?
–No puede ser que…
–Que nos excedimos, Lynn, tú y yo lo sabemos, nos excedimos… porque seguimos siendo una familia.
–Ellos destruyeron…
–Ellos hicieron algo incorrecto, sí, pero ya está hecho y hasta ahora, parece depender más de ti que nuestra familia se vaya o no al infierno –parecía ser que el pequeño reaccionaba ante la distante mirada de su abuela, detalle que la misma, en silencio, fue incapaz de pasar por alto, esbozando una pequeña sonrisa–. Te has… ¿Te has puesto a pensar en lo difícil que ha sido para ellos el cargar con todo esto?
Claramente no, se dijo Rita en cuanto su marido guardó silencio. Por supuesto que yo tampoco hasta ahora, se lamentó la mujer. Ya fuera por la razón que fuera, había pensado lo que debió haber reflexionado en meses en cuestión de… ¿Horas? ¿Minutos? ¿Y por qué? ¿Por la sorpresa? ¿Por el miedo? ¿Por lo que había dicho Siderakis? ¿O Luna tal vez?
–Está lejos de ser la familia que hubiéramos querido, Lynn, pero… es nuestra familia e incluso en situaciones como ésta… algo de responsabilidad nos toca.
–¿Y qué sugieres, Rita? ¿Fingir que nada esto pasó? ¿Fingir que es normal…?
–¿Fingir? Creo que ninguno de nosotros es estúpido y contrario a lo que puedas pensar ahora, no creo que hayamos criado a ninguno de nuestros hijos para que lo sea.
–Pues qué fácil va a ser, ¿eh?
–Las cosas ya están, Lynn, tal vez no en el mejor sitio, pero ya están y no vas a moverlas de ninguna manera, es tarde para todo… para cualquier cosa, como sea, ya es tarde –un par de pasos hacia la puerta de sala ya podía considerarse una respetable distancia tratándose de un matrimonio como ellos–. No van a dejar de ser mis hijos, por mucho que haya tardado en entenderlo y… aunque estas cosas no se entiendan como las otras… con o sin tu apoyo, no voy a dejar solo a ninguno de mis niños, ¿me oyes? Mucho menos a mi nieto que, por si no lo has notado, es el menos culpable de todo esto.
–¿Señora Loud?
Una voz inesperada. La figura de una enfermera debidamente cubierta con la indumentaria de seguridad. La mascarilla amortiguaba su voz y a través de la misma tela se adivinaba una expresión preocupada. La misma Rita reaccionó de inmediato al llamado, tardando su marido un poco más de lo necesario en caer en la cuenta de la procedencia de esa voz.
–¿Si?
–Puede ver a su nieto, pero debo pedirle que sea breve.
–¿Está…?
–Evoluciona favorablemente, es… un pequeño guerrero, pero su estado sigue siendo delicado.
–Ya veo –incluso sin mirarla, Lynn Leonard podía sentir los ojos de su esposa taladrando un costado de su cabeza –. Decídete pronto, ¿vienes conmigo o no?
La había oído. Asimilaba todo. Incluyendo la última pregunta. Sin apartar la mirada del pequeño. Tan parecido a su único hijo. Fuera por el cabello o por uno que otro rasgo perdido entre máquinas e incubadoras. El niño. El más inocente de todos. El pequeño guerrero lo había llamado la enfermera…
En silencio, Lynn Leonard Loud dejó escapar el aliento antes de apoyar la frente sobre el cristal.
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Johanna moría por fumar un cigarrillo, pero debía quedarse en su sitio. Y de todos modos, la perspectiva de pelear con Hannah por el número de cigarros… cuando de lo más bien que Siderakis, en momentos estresantes, parecía una chimenea industrial y ella bien que parecía aguantarlo…
¿Dónde estaría ese cabrón, a propósito? No le había visto el pelo desde que le rompiera la cara a su suegro.
Sonrió. Quién iba a decir que llegaría un día en que el desgraciado perdiera el control de esa manera… por supuesto, había oído de la excusa que lo había llevado hasta ese extremo y si acaso la mitad de lo dicho era cierto… pues el tipo se lo había buscado. Incluso se podía decir que se había quedado corto con un solo puñetazo, pero…
–¿Cambios? –Preguntó en voz alta al primer colega que vio cerca. El mismo que entendió la pregunta. El mismo que negó con pesadumbre.
Johanna maldijo entre dientes, deseosa de romper cualquier cosa… casi envidiando la suerte de Paul que contara con la excusa perfecta para desahogarse de la mejor forma… a costa de algo enorme, pero…
Todo igual. Todo en su sitio. Al menos el pequeño peleaba y el resultado comenzaba a ser patente. Un poco de tranquilidad, al menos. Pero su madre…
–¿Hay alguien más en la habitación de la chica? –Se oyó preguntar a los presentes en la pequeña sala, los mismos que iban y venían entre descansos, sin detenerse realmente a tomar un respiro.
–Adivina quién –oyó que le gritaba alguien a lo lejos.
Bien. Nadie más podía ser. Se alegraba. En parte, una pequeña carga menos. Y ya era hora, carajo. Que el tipo decidiera hacer acto de presencia de una vez, aunque teniendo en consideración el contexto, cuestionable parecía ser la responsabilidad del muchacho a la hora de hablar de desapariciones… porque había vuelto, independiente de haberse perdido las semanas cruciales…
Tampoco podía decirse que fuera su culpa. De otro modo…
–Tropas de locos –soltó la doctora, más para sí que para alguien más, aunque supuso que más de uno estaría de acuerdo de tener conocimiento de las circunstancias.
De todos modos, con la chica así… ¿Cabía la molestia? Con algo de suerte, apenas un poco, pero si volvía a su llegada…
A la mañana… sí, sí… temprano, si acaso le quedaba al sol un tanto de descanso, pero…
Pero incluso si no miraba el reloj, el estruendo de las tres ambulancias siendo víctimas de ese energúmeno al volante…
El mismo estruendo que llevó a personal y pacientes a saltar de sus asientos o de la posición en que pudieran hallarse… mismo estruendo que los llevó a las puertas más cercanas antes de…
–¡Alguien ayude, maldita sea! ¡Alguien!
Y la imagen del psicólogo… ¿Cómo se las había ingeniado para salir de ese auto? A duras penas, porque a duras penas si podía con la chica adherida a su asiento, medio inconsciente…
¿Cómo no se había matado en el proceso? ¿Cómo demonios no se había llevado a la muchacha con él?
Porque no podía decirse que su estado se debiera a ese accidente.
Y el mocoso… ese niño… tan pequeño… y cómo podía seguir peleando por su…
El localizador… sí, el localizador de Johanna. Y sí, en tiempo presente. Y sólo podía sonar el localizador si había una novedad con respecto a…
Como era de esperar, no fue el único en armar un escándalo. Y ni falta le hizo contemplar alrededor. El mensaje era el mismo. Así que ni falta hizo exigirle a nadie que la siguieran.
La chica… Dios Santo… la chica…
No podía ser…
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A duras distinguía algo.
En medio de la oscuridad… en medio de tanta negrura…
Qué difícil parecía aferrarse a algo.
Pero ese algo…
El sueño…
Que por momentos se sobreponía al vacío…
Que por momentos parecía tan…
Tan…
–No…
Imágenes…
Imágenes y sonidos…
No. Sonidos no… sí, sonidos sí. Palabras. Palabras que…
–¡Aquí!
Pero no sabía hacia dónde.
Porque una palabra bastaba para abarcarlo todo. Para cubrir la nada misma. Para darle forma al vacío. Para terminar de diluirlo…
–¡Qué ni se te ocurra, carajo!
Pero… ¿Qué?
De haber podido, lo habría intentado. Caminar… ¿Por qué no? Caminar un poco. E intentar buscar la procedencia de esa voz que parecía ser una… y varias… y todas una misma, atrapadas en un momento…
–¡Él volverá!
No…
No…
No volvería. Ella misma se había encargado de ello. Y le dolía. Sí. Eso sí lo recordaba. No era un sueño. No era una pesadilla. Ni siquiera era un espejismo. Era la realidad. Era el dolor el que terminaba de definir su propia forma. Su identidad…
Todo su ser…
Porque él no volvería… así lo quisiera… no había retorno…
Porque de eso se había encargado.
Y sí. Dolía. Dolía tanto que…
Dolía tanto que el vacío mismo parecía una especie de consuelo.
La calma. La quietud. El silencio…
La paz…
–¡Chiquilla de mierda!
Pero él…
–¡Él te necesita! ¡Te necesita a ti!
Ese él…
Él…
Por Dios…
También formaba parte del dolor. También la definía. También…
También la sometía a ese limbo y…
Y la esperaba…
La esperaba, sí. Pero…
¿Pero qué caso tenía?
Porque se sentía demasiado bien ahí. En medio de ese vacío. Esa quietud… esa oscuridad…
La nada.
La nada misma. Con o sin forma. Se sentía tan bien… porque era su hogar. Su nuevo hogar. Y no podía moverse de ahí aunque…
Aunque…
No…
No… ese él no la necesitaba. Porque no sería capaz. No sería capaz de darle lo que necesitaba. No…
No así…
No ella sola…
No…
–Lynn…
No…
No…
No…
Ya basta…
¡Ya basta!
No más. Por favor… por favor… por favor… ya no más… ya no más… porque dolía… porque a pesar de definir su identidad… dolía… y dolía tanto… tanto…
Porque bien podía ser un recuerdo.
Sí. Un recuerdo. O un espejismo. O la mezcla de ambos. O el sueño. O la pesadilla. Pero no…
No ese vacío… esa frialdad…
Ese calor…
¿Calor?
–Lynn…
No… no por favor… ya basta… ¡Ya basta! Porque dolía… porque la ahogaba… porque…
Porque esa voz…
–Lynn… soy yo…
Su nombre… y esa voz… esa voz… por supuesto que no podía ser otro que…
Quiso gritarlo. Quiso taparse los oídos recién descubiertos. Y quiso perderse. Alejarse de la crueldad de Dios o de su propio temor o…
Pero esa voz…
Esa voz que la llamaba…
Esa voz…
Tan añorada…
Tan lejana…
Tan lejana, pero a la vez tan…
–Siento… haber…
Qué… qué…
–Siento haber tardado tanto.
No… no, no era su culpa… lo último que necesitaba en ese segundo era justamente…
–Pero aquí estoy, mi… mi Lynn, aquí estoy…
No… no… por favor… ya basta… aquello era demasiado. Aquello era más de lo que…
–Aquí estoy… te juro que nada me moverá de aquí…
Basta…
Basta…
¡Ya basta!
–Mi amor…
Por qué…
Por qué tenía…
Por qué tenía que ser así y…
Por qué…
–Mi amor…
Por qué…
Tanto…
Tanto, tanto que…
–Mi vida…
Por qué tenía que…
Por qué debía…
No… no… no…
Por qué decía cuando era ella la que…
–Perdóname…
Pero aunque se negara… el vacío perdía la forma… adquiría otra… el vacío… el frío… la calidez… la oscuridad… la luz… y la forma que…
–No… no nos dejes…
Porque dolía…
Pero lo necesitaba…
Lo necesitaba tanto…
Tanto que dolía y…
También…
También iluminaba el camino y…
Y…
–Nuestro hijo te necesita…
Hijo…
Hijo…
Dios santo, pero si ambos… ambos tenían…
–Y yo… te necesito tanto…
Y ella a él, por Dios… y ella a él… con tanta fuerza… con tanta angustia… con tanta rabia…
Como jamás creyó que necesitaría a alguien…
–Lo que tú quieras… todo lo que quieras, pero… te lo suplico… no me dejes solo, Lynn…
No… no tenía que ser él… no tenía que ser él que…
Porque había sido ella la que…
Sí… sí… ¡Sí! ¡Ella! ¡Ella misma!
Y tenía que gritarlo. Así se fuera en el proceso la poca fuerza… la poca fuerza que pudiera quedarle.
Abrirse paso a la luz.
La luz…
Y abrir los labios…
Tender los brazos…
Y gritar…
Gritar su nombre.
Gritar…
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–Lincoln…
Al marine por poco y le da un infarto.
Apenas un susurro. Pero eso bastó para hacerlo levantar la cabeza, aunque en el proceso saltó de la silla… adoptó tal posición que más tarde, no dudaba, los músculos, los huesos… todo su ser encontraría la forma de protestar con el mayor escándalo. Pero eso… eso no podía importar menos si…
De pie, habiendo soltado su mano… rodeado por la parafernalia hospitalaria que indicaba los signos vitales… de pie, sí. En esa habitación con luz tenue y habiendo tragado la producción de saliva de un año… y el aire de un mes… o al revés…
¿Qué tanto podía importar?
A duras penas consiguió parpadear. Y más tarde tendría que pellizcarse. Y más tarde… tantas… tantas cosas… a medida que la parafernalia se las ingeniaba para unirse al concierto fruto del acontecimiento…
Parpadeó. Y abrió los ojos. No, no se aproximaba el enemigo a su posición. No se trataba de una bala incierta cuya única señal de su presencia era el silbido… el aire desgarrado a su paso y tal vez… el aciago anuncio de una muerte vecina que…
No. No. Muerte no. Vida. Aunque los ojos de la chica, desenfocados… y su voz, tan distante de la natural vitalidad que todos le conocían… ahogada por tantos aparatos…
Pero aún le quedaban fuerzas. Para mantener la mano en alto a duras penas… y mirarlo… lograr enfocar la mirada y mirarlo a él. Sólo a él… y susurrar…
Susurrar…
–Lincoln…
Sintió miedo. Un profundo miedo. De que al tocarla otra vez, todo se diluyera ante su impotente mirada. Y sólo pudiera… vivir sabiendo…
No… porque…
No… porque lo sabía. No podría. Jamás podría.
De otro modo, no habría caído de rodillas ante ella. Junto a su cama. De otro modo, no habría sostenido la mano trémula de la joven, estrechándola casi sin cuidado… Dios… aferrándose a la frialdad e intentando transmitirle su calor… cualquier cosa con tal de mantenerla despierta… que no volviera a apagarse y…
–Lincoln…
Apenas un susurro… cielo santo… un susurro que quebró su alma, pero lo obligó a buscar más fuerzas en tanto besaba sus dedos… en tanto ya no contenía aquellas…
–Lynn…
–Lincoln…
–Soy yo, Lynn, soy yo…
–Volviste…
–No me iré nunca más, Lynn, nunca… nunca más….
–Lincoln…
Y si acaso le quedaba algo de fuerza a la joven, las empleó para devolver el apretón lo mejor que pudo. Porque seguía aturdida. Porque seguía costándole trabajo procesar dónde estaba al tiempo que las alarmas sonaban y los médicos no tardaban en aparecer… pero incluso antes de eso, seguía mirándolo. A él y sólo a él… a ese soldado… no… su hermano… por Dios, no…
Su Lincoln.
El mismo que la miraba de vuelta. El mismo que mantenía la compostura casi de milagro. El mismo… el mismo siempre, que…
–Lincoln… nuestro… nuestro…
–Lo sé, Lynn, lo sé.
–Él…
–Todo estará bien, Lynn, te lo juro –como una forma de reforzar sus propias palabras… una forma de creerlas… al carajo, había pasado tanto lejos de ella… cómo iba a necesitar una excusa para besar sus dedos–. Él estará bien…
–Mi… niño…
–Estará bien, ahora mismo… pelea por nosotros –casi con desesperación, percibiendo la proximidad de los galenos, el marine de cabello blanco se acercó, tembloroso, al rostro de la otrora deportista para depositar un trémulo beso en su fría frente–. No nos separarán, Lynn…
–Lincoln…
–Nada nos separará… nada ni nadie, te lo juro.
