Candida Grandchester
OTRA OPORTUNIDAD
Algunos dialogos y escenas tomadosde la novela Dame esta Noche de Lisa Kleypas para los personajes de candy candy, propiedad de Kioko Mizuky y Yumiko Igarashi.
Sin fines de lucro.
Gf2010
CONTENIDO PARA MAYORES DE 18 AÑOSCapítulo 10
Candy caminó de un lado a otro de la habitación. Se sentía nerviosa e intranquila. Cuando se cansó de caminar, apartó el ligero cubrecamas y se tumbó en la cama. Con el cuerpo tenso, contempló el techo de la habitación. Todavía sentía las manos de Terry sobre su cuerpo. «Me perteneces... —Candy podía oír su voz áspera junto a su oreja—. Nunca te haré daño...»
Se tumbó boca abajo y hundió la cara en la almohada. Las horas se sucedieron una tras otra, pero el sueño no se puede forzar. En la planta de abajo, las voces de los hombres se fueron apagando y, de una forma gradual, se produjo el silencio. Se habían retirado para la noche. Candy suspiró hondo, se sentó en la cama y se apartó el pelo de la cara. Su fino camisón blanco estaba enredado alrededor de su cuerpo después de horas y horas de vueltas intranquilas. Se puso de pie y alisó el camisón. A continuación, oyó ruido en las escaleras y su corazón se detuvo presa del miedo. Su primer pensamiento fue para Albert.
—¡Albert! —susurró Candy y, tras buscar a tientas su bata, se la puso a toda prisa y abrió la puerta.
Como su dormitorio estaba cerca de las escaleras, enseguida vio a quien se aproximaba. Sus hombros se relajaron con alivio cuando vio que se trataba de Albert, quien subía las escaleras apoyándose con pesadez en Terry. La expresión de Candy reflejó una diversión benevolente. Albert estaba completamente borracho. Al paso que iban, tardarían mucho en llegar arriba.
—Te digo que vamos a ganar dinero este año —decía Albert mientras sacudía el dedo para enfatizar su afirmación.
—Si tú lo dices —contestó Terry, y casi perdió el equilibrio cuando Albert tropezó con el siguiente escalón.
—no has sido tan listo como para conseguir a mi chica. A mi Candice. ¿No sabes que es la muchacha más guapa de Lakewood?
Terry lo ayudó a subir otro escalón.
—Sí, señor.
Candy miró hacia el techo. Albert estaba decidido a hacer de casamentero a su propio y particular estilo.
—¿Por qué no has...? —preguntó Albert mientras gestionaba con la mano y casi los enviaba a ambos escaleras abajo—. Candice tiene buen carácter.
—Cuando quiere.
—Tiene todo lo que un hombre podría desear.
Candy no pudo contenerse más y los interrumpió.
—¿Necesitan ayuda? —preguntó resuelta, y ambos hombres levantaron la vista hacia ella. Albert con una mirada nublada y sorprendida y Terry con su habitual mirada de ojos entrecerrados—. Van a despertar a toda la casa.
Terry se encogió de hombros.
—Albert le ha dado de más a la botella y he creído que era mejor ayudarle a subir. – Dijo Terry .
—Esta noche no has parado de hacerlo, ¿no? —comentó Candy mientras descendía las escaleras y cogía a Albert por el otro brazo.
Albert la miró bizqueando.
—Estás levantada muy tarde, pequeña —declaró con amabilidad.
—Tú también.
Con grandes sudores y esfuerzos, consiguieron llevarlo hasta el dormitorio, lo cual, dado el estado de Albert, constituyó un verdadero milagro.
—Gracias —declaró Terry cuando dejaron a Albert en la cama, donde se desplomó de inmediato.
—¿Qué te hizo pensar que podrías traerlo hasta aquí tú solo? —preguntó Candy mientras acomodaba la almohada debajo de la cabeza del adormilado Albert.
Terry sonrió con amplitud, se dirigió a los pies de la cama y le sacó las botas a Albert.
—El optimismo.
—La ingenuidad —lo corrigió ella mientras lo observaba con recelo, como si se cuestionara su buen juicio—. ¿Y cuánto has bebido tú?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso te estás ofreciendo a arroparme en la cama a mí también?
Candy, desconcertada, se volvió y salió de la habitación mientras oía los pasos de Terry detrás de ella y lo oía cerrar la puerta del dormitorio de Albert. Candy recorrió el pasillo con lentitud evitando mirar a Terry. Su corazón empezó a latir más deprisa cuando pasaron junto a las escaleras y Terry pasó de largo y la siguió.
—Yo estoy completamente sobrio —declaró Terry.
—No estoy interesada en tu estado.
—¿Por qué estás despierta a las dos y media de la madrugada?
—Esto no es de tu incumbencia.
—De modo que no podías dormir. Me pregunto por qué.
Llegaron a la puerta del dormitorio de Candy y ella se detuvo. Tenía miedo de que él le preguntara si podía entrar y de cuál sería su respuesta. Candy reforzó su determinación antes de volverse a mirarlo. Terry estaba increíblemente guapo, con su cabello moreno , despeinado y su arrugada camisa blanca con las mangas arremangadas. Candy intentó pensar en algo a toda velocidad, algo que evitara la pregunta que sabía que él le formularía.
—Terry, me preguntaba...
—¿Qué? —Terry apoyó una mano en el marco de la puerta y trasladó el peso de su cuerpo a aquel lado.
Candy se retiró un poco.
—¿Qué le pasaba al vaquero con el que hablabas antes?
—¿A Watts? —Terry titubeó, como si tratara de decidir si decírselo o no—. Fue al otro condado a averiguar si los rumores que circulaban acerca de su hermana eran ciertos.
—¡Oh!
—Watts ha estado manteniendo a su madre y a su hermana con su paga y además hace algún que otro trabajito por ahí para obtener un dinero extra. Por lo visto, según ha averiguado esta noche, lo que ganaba para su familia no era suficiente.
—¿Y qué es lo que ha averiguado?
—Su hermana trabaja en un salón de baile.
—¿Como bailarina?
—Como querida.
Ésta era una forma suave de decirlo. Había cientos de otras palabras que se utilizaban con más frecuencia para describir a una prostituta, pero todas habrían ofendido la sensibilidad de una mujer y Terry no sabía cómo reaccionaría Candy.
—¡Oh, Terry! —exclamó Candy con voz grave y compungida—. ¿Cuántos años tiene?
Terry se encogió de hombros.
—Dieciséis o diecisiete.
—¿Y si tuviera más dinero? ¿Cuánto haría falta para que ella no tuviera que trabajar allí? Yo podría conseguir algo de dinero de Albert. Ya sabes lo bondadoso que es .
—Yo ya le he ofrecido ayuda, pero Watts se ha negado a aceptar ni un centavo. En estos momentos, no piensa con claridad. Lo volveré a intentar mañana, cuando esté más despejado. —Como Candy seguía frunciendo el ceño, Terry acarició un mechón de su pelo, que caía sobre su hombro, y tiró de él con suavidad—. No te preocupes tanto. Todo se resolverá.
—Eso espero. —Candy bajó la mirada hacia el suelo—. A veces me cuesta creer la cantidad de infelicidad que hay en el mundo.
—¿A ti qué te hace infeliz? —Terry le levantó la barbilla con la punta del dedo índice y le sonrió mirándola a los ojos—. Cuéntamelo y yo lo arreglaré.
—No podrías —respondió ella de una forma escueta mientras retiraba la barbilla—Sólo vete, por favor. Me voy a la cama.
—¿Que me vaya? Pero si ésta es mi parte favorita de la noche.
—Buenas noches —declaró Candy con firmeza.
—Espero que lo sea.
Terry sonrió al ver la expresión sobresaltada de Candy, cogió el pomo de la puerta y lo giró con destreza. La puerta se abrió de golpe, como si le diera la bienvenida. Candy se quedó sin palabras mientras él la empujaba con suavidad al interior del dormitorio y cerraba la puerta a sus espaldas, con un golpe del codo. Ni siquiera le había preguntado si podía entrar. Típico de él.
—T-Terry... —tartamudeó ella.
—¿Mmm?
Terry arqueó una ceja con despreocupación y desenrolló sus mangas.
—Terry, sal de aquí. Yo... ¿Qué estás haciendo?
—Lo que he estado deseando hacer desde que Watts nos interrumpió.
Terry se estaba desabrochando los botones de la camisa uno a uno. Candy, atónita, lo observó con la mandíbula caída mientras la carne firme y bronceada del torso aparecía por la abertura de su camisa. Candy apartó la vista hacia la puerta. No podía creer que Terry hubiera entrado en su dormitorio y se estuviera quitando la ropa. ¿Era éste otro de sus sueños irracionales? Tenía que serlo.
Oyó el susurro de la camisa de Terry al caer al suelo y, sobresaltada, se volvió para mirarlo. Terry estaba desnudo de cintura para arriba. Sin la camisa, parecía mucho más grande, con sus anchos hombros y sus brazos y sus pectorales fuertes y musculosos. Su abdomen, que quedaba a la vista gracias a sus tejanos de cintura baja, era musculoso y tenía el relieve de una tabla de lavar y estaba bronceado por el sol, salvo por los escasos centímetros de piel más blanca que destacaban justo por encima de la cinturilla del pantalón.
Candy señaló la camisa del suelo con un dedo ligeramente tembloroso.
—Te he dicho que te vayas. Yo... ¡Vuelve a ponértela!
Terry sonrió con lentitud, se acercó a la cama, se sentó y sostuvo la mirada de Candy mientras se sacaba una bota. Su mirada calmada y anticipatoria colmó el vaso de lo que a ellale parecía soportable. ella empezó a balbucear, pues estaba convencida de que en cualquier momento, alguien de la casa descubriría lo que ocurría en su dormitorio.
—Terry... Terry, para y escúchame. Siento las cosas que hice antes y que puedan haberte llevado a creer que estoy interesada en hacer esto contigo, porque no lo estoy. No estoy preparada para hacer esto con nadie y menos contigo. Y si Albert supiera que estás aquí en estos momentos, te mataría o mañana mismo estarías frente al cañón de un rifle hasta que prometieras ca...
La voz de Candy se atascó en esta última palabra.
—¿Casarme contigo? —terminó Terry con amabilidad. Apartó las botas con el pie desnudo, se levantó y continuó con una suavidad enigmática en la voz—: Interesante idea, ¿no crees?
—No mucho —respondió ella con voz temblorosa. Candy sabía que no tenía el control de la situación y buscó una forma de escapar—. Aunque, por otro lado, estoy segura de que la idea de casarte con alguien con tanto dinero como yo te gusta. Sabes perfectamente que Albert te daría todo lo que tiene si nos casáramos. Y sin condiciones. ¡Apostaría algo a que la idea de ser mi esposo te atrae muchísimo!
Cuando Terry comprendió su consternación, su actitud divertida y determinada desapareció.
—¡Al infierno el dinero de Albert! Yo no necesito que me den nada, pues tengo mis propios recursos, entre ellos, suficiente dinero para hacer lo que me plazca. no necesito tu dinero. Pero tienes razón. La idea de ser tu esposo me atrae, y en las próximas horas quiero demostrarte por qué.
Terry desabrochó el botón superior de sus pantalones y Candy se sintió invadida, primero, por un escalofrío, y después por una oleada de calor.
—Acércate —pidió Terry mirándola directamente a los ojos de una forma persuasiva.
Antes de que ella pudiera evitarlo, los ojos de Candy se deslizaron hasta la oscura abertura de los pantalones , donde su magro abdomen descendía hasta ocultarse detrás de una mata de pelo oscuro. Durante su trabajo en el hospital, había visto hombres desnudos, pero ninguno tan desinhibido como él. Las personas siempre se sentían incómodas sin la protección de la ropa, pero Terry parecía sentirse totalmente cómodo sin ella.
El instinto de marcharse era sobrecogedor. Marcharse. Lo único que tenía que hacer era salir de la habitación. Sin duda, él no la perseguiría por la casa medio desnudo. Ella iría a la cocina y se quedaría allí hasta que él se calmara. Se quedaría allí sentada toda la noche, si era preciso.
Candy retrocedió un paso con cautela mientras calculaba la distancia que la separaba de la puerta. Sus nervios exigían acción. Candy se volvió hacia la puerta y, al instante siguiente, sintió que él la apretaba contra su cuerpo. Se quedó inmóvil, respirando agitadamente, consciente del musculoso abdomen de Terry pegado a su espalda.
—Antes ya te había dicho que no tuvieras miedo —corroboró Terry junto a su oreja.
Ella se puso en tensión mientras él deslizaba la mano por el interior de su bata y buscaba su pecho entre los pliegues de su camisón.
—Deja que me vaya —murmuró ella.
El apoyó el pulgar en el surco que había entre los pechos y la acarició con suavidad antes de bajar la mano hasta su estómago y la maleable calidez de su entrepierna. La tela del camisón no ocultó la reacción de Candy.
Terry acarició con sus labios el hueco inferior del cuello femenino e inhaló la seductora fragancia de su piel.
—No te haré daño —murmuró Terry—. Ya lo sabes. Lo que hicimos antes te proporcionó placer, ¿no? Pues ahora no será distinto.
Ella tragó saliva con dificultad y sacudió la cabeza intentando reprimir la anticipación que crecía en su interior. En la habitación no se oía nada, salvo su respiración jadeante. Poco a poco, Terry deslizó los dedos entre los muslos y ella gruñó su nombre como protesta mientras apoyaba la cabeza sobre su hombro.
—No es justo que te aproveches de mí de esta manera.
—Con tal de conseguirte, me aprovecharé de todo lo que esté a mi alcance. ¿Qué hay de malo en esto?
—Todo. Sabes que yo no quiero sentir lo que siento por ti.
—Esto no importa. Yo no me iré y tampoco lo harán tus sentimientos. Y no dejaré de forzarte a enfrentarte a ellos hasta que aceptes la verdad acerca de ti y de mí.
«La verdad —pensó Candy con desesperación—. ¿Qué es la verdad?» ¿Estaba en los brazos de un asesino? Si él era capaz de asesinar, entonces todo lo que le había dicho era mentira. Ella no podía aceptar que todo fuera una mentira. En el fondo de su corazón, sabía que tenía que creer en él o nunca más volvería a creer en nada, especialmente en sus instintos. El conflicto y la duda la despedazaban con garras de hielo.
—Por favor —pidió Candy casi sin aliento mientras tiraba de las manos de Terry, y casi perdió el equilibrio cuando él la soltó.
Ella se dio la vuelta y lo miró asustada. El rostro de Terry quedó grabado en su memoria para siempre. Una serie de imágenes cruzaron por su mente: Terry arrodillado a su lado cuando la llegua la tiró al suelo; Terry arriesgando su vida por un hombre herido; Terry riéndose por sus muestras de mal genio; Terry peleándose con Neal por ella; Terry consolando a Watts cuando lloraba; Terry acompañando a Albert a la cama; Terry abrazándola apasionadamente, besandola frente a un lago, tocando la armónica durate toda la noche frente a una torre mientras ella lloraba...
Terry: reconfortante, protector, amante.
Terry no era un asesino. «El no lo hizo. Él no es capaz de cometer un asesinato a sangre fría.» Ésta fue la única verdad que descubrió en su interior. No podía ponerlo en duda, fuera cual fuera el precio que tuviera que pagar por confiar en él. No podía elegir nada más. Después de tomar aquella decisión, Candy experimentó un alivio sobrecogedor.
—¿Qué quieres? —preguntó Candy con indecisión.
Terry la miró de una forma apasionada.
—Quiero formar parte de ti, parte de tu vida. Pero no soporto que no confíes en mí.
—Lo sé.
—Y merezco una segunda oportunidad para demostrarte que puedes confiar en mí. Confía en mí. Dame esta noche. Te juro que no te arrepentirás. —Terry esperó una respuesta, pero Candy permaneció en silencio y él la cogió por el cabello y tiró de su cabeza hacia atrás obligándola a mirarlo—. Maldita sea, Candy, estoy enamorado de ti. Y ya estoy harto de juegos, ¿comprendes? Te amo.
Una oleada de dulzura invadió a Candy. No podía hablar. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus brazos rodearon el cuello de Terry. Cuando Terry notó que ella se estremecía, su impaciencia se desmoronó.
—Dame Una Segunda Oportunidad —repitió Terry sabiendo que había ganado.
Ella tiró de su cabeza hacia la de ella y él la apretó contra su cuerpo. El calor de la piel de Terry traspasó el camisón de Candy y el placer que ella sintió le erizó el vello y puso en tensión todo su cuerpo.
—Nunca me habias dicho que me amabas —no sabia como tenía la certeza de que él nunca antes había pronunciado estas palabras pero lo sabía.
La boca de Terry se movió de una forma salvaje y sus brazos casi causaron dolor a Candy. Estaban tan cerca el uno del otro que los latidos de sus corazones se confundieron. El pulso de ella latía enloquecido, pero el de Terry era como un trueno embravecido. Sus besos se volvieron cada vez más largos y profundos.
El cuerpo de él parecía de bronce y plata a la tenue luz que procedía de la ventana. Candy apoyó las manos en su espalda y la exploró hasta la cinturilla suelta de sus pantalones. Una vez allí, sus manos se detuvieron con timidez. Terry murmuró algo inteligible, le abrió la bata y se la bajó por los brazos hasta que cayó al suelo con un leve crujido.
Ella se quedó quieta, con los dedos apoyados en la cintura de Terry mientras él desabrochaba el botón superior de su camisón de cuello alto y, a continuación, el siguiente, siguiendo el curso de los botones hasta debajo de sus pechos. Los labios de Terry rozaron la mejilla de Candy succionando el último destello de una lágrima olvidada.
Terry le bajó el camisón por los hombros con lentitud y lo dejó caer en un círculo alrededor de sus pies. Los dedos de las manos de ambos se entrelazaron mientras él elevaba las de ella hasta sus hombros. Ella dejó las manos allí y permitió que él la mirara, temblando ligeramente mientras los ojos de Terry recorrían su esbelto cuerpo. le resultaba imposible mirarlo a la cara, pues tenía miedo de lo que pudiera descubrir en ella. Quería serlo todo para él. Quería ser perfecta para él. Él recorrió el cuerpo de Candy de arriba abajo con la mirada y volvió a recorrerlo en sentido contrario y con lentitud hasta su cara, y sus ojos se oscurecieron de pasión.
—Sabía que eras hermosa —susurró Terry—. Sabía que te desearía, pero nunca imaginé nada parecido a esto. Has cambiado mucho desde el festival de Mayo. Candy no comprendió por completo a qué se refería aun no lo recordaba todo, las imágenes a veces eran flashes confusos.
Terry la cogió en brazos y la llevó hasta la cama sin hacer ruido. Ella se abrazó a él con abandono, mientras sus piernas colgaban en el aire desde el brazo que él había deslizado por debajo de sus rodillas. El mundo entero pareció inclinarse cuando él la dejó encima de la cama. Terry se quitó los pantalones y se inclinó sobre ella. se mordió el labio inferior para contener un gemido y cerró los ojos mientras él deslizaba la boca hasta sus pechos.
Candy se retorció debajo de él con nerviosismo, anhelando sentir el peso de su cuerpo sobre el de ella y Terry deslizó una mano hasta el estómago de Candy y la presionó contra el colchón.
—Despacio —murmuró Terry mientras rozaba con las yemas de los dedos la curva de la cadera de Candy—. Despacio y con paciencia. Candy... Amor...
—Quiero ser tuya.
—Ya lo eres.
—Quiero tenerte dentro de mí.
—Todavía no. —Terry deslizó la lengua por el esternón de Candy y ella se estremeció—. Todavía no. Tenemos tiempo.
Apareciste así
Y fue el destino que nos quiso reunir
Algún camino de otro tiempo más feliz
Te trae de nuevo aquí
Ella le acarició el pelo. Le encantaba su tacto y poder tocarlo con libertad. En aquel momento, él le pertenecía. Él era de ella. Poco a poco, los pensamientos de Candy se vieron silenciados por las tiernas manos de Terry y sus palabras, palabras susurradas al azar con las que la alababa, la animaba a responder y aumentaba su placer.
—Tus caderas encajan a la perfección en mis manos... Eres tan suave aquí..., y aquí. Acércate... Déjame tocarte. No seas tímida conmigo. Me encanta el olor de tu piel... Huele a rosas. Nunca pude olvidar tu fragancia, tu aroma ¿Qué quieres? Coge mi mano y enséñamelo... Sí, así...
Mi vida amaneció
Y cada luz de mi universo se encendió
En otro rostro me dijiste aquí estoy yo
Y yo te conocí
Y mi vida te ofrecí
Terry estaba decidido a conocerla mejor de lo que ella misma se conocía. Todos sus secretos le fueron arrancados en la oscuridad. Todo lo que era íntimo y privado fue revelado. Ella no le negó nada y contestó a preguntas silenciosas que nunca imaginó que él formularía. La necesidad de conocerlo de la misma forma, de comprender su cuerpo, era como un fuego devorador.
Candy deslizó las manos hasta las caderas de Terry y él contuvo el aliento. Las yemas de los dedos de Candy rozaron la línea donde empezaba el vello áspero que crecía en la zona baja de su abdomen. Ella titubeó mientras sus dedos merodeaban cerca del miembro excitado y pulsante de Terry y él supo que se sentía insegura. Terry ansiaba sentir sus manos en él, aquellas manos pequeñas y femeninas que necesitaban aprender cómo tocar a un hombre.
Ella se ruborizó en la oscuridad y puso en práctica, con torpeza, aquella íntima lección, alentada por el temblor de los dedos de Terry y los latidos acelerados de su corazón. Candy deslizó la mano hacia arriba y hacia abajo, sin apretar, y deteniéndose de vez en cuando para sentir la sedosa textura de su piel. La respiración de Terry soplaba en ráfagas aceleradas en el pelo de Candy conforme ella se volvía más atrevida y, al final, él le soltó la mano permitiendo que ella lo tocara con libertad. Candy le formuló las mismas preguntas que él le había formulado acerca de lo que le gustaba y lo que le hacía sentir bien y él le contestó con una suave risa.
—Eres un ángel —murmuró Terry mientras la besaba con posesividad, llevaba las manos de Candy a su rostro y las apretaba contra sus mejillas—. Un ángel...
Terry siguió besándola mientras sus dedos buscaban entre la maraña de vello húmedo que había en la entrepierna de Candy. Poco a poco, Candy sintió la intrusión de sus dedos en su cuerpo, se sobresaltó y sus muslos se tensaron.
—No te tenses —declaró Terry con voz ronca—. Relájate. Déjame entrar, cariño.
Quédate, que este tiempo es nuestro
Y el amor tiene ganas de volver
Oh, quédate
Hoy no te me vayas como ayer
Ella intentó relajar la tensión interior mientras sentía que el dedo de Terry se deslizaba más y más adentro. El dedo de Terry se movía de una forma ágil y sensible, deslizándose y acariciándola hasta que ella se arqueó hacia él, exhaló un leve gemido y se quedó inmóvil presa de una oleada de placer. La base de la mano de Terry frotó con ternura la suave zona que había entre los muslos de Candy alargando su éxtasis el máximo posible.
Candy, exhausta y temblorosa, se relajó bajo el cuerpo de Terry y, cuando abrió los párpados, no sabía si habían pasado horas o minutos. Él se apoyó en los codos y contempló el rostro de Candy con ojos ardientes. Candy le rodeó el cuello con los brazos y, de una forma lánguida y ansiosa al mismo tiempo, lo acercó más a ella mientras él le separaba las piernas con las rodillas y la penetraba.
Te fuiste aquella vez
Y yo en mis sueños tantas veces te busqué
Entre los ángeles tu voz imaginé
Así me conformé
Pero ahora te encontré
La prolongada e invasiva penetración hizo que Candy se estremeciera de dolor, pero ella se rindió al dolor en lugar de resistirse a él y aceptó la plenitud de Terry en su interior. Terry apartó con delicadeza el pelo de la frente de Candy y besó la humedad salada de su piel. Sus pulmones se expandieron en oleadas mientras la profundidad de las entrañas de Candy lo sujetaban con una presión de terciopelo. Terry se movió con un ritmo cuidadoso y regular y, antes de que pudiera enseñarle nada más, ella levantó las caderas en respuesta a sus penetraciones. Los ojos vidriosos de Candy buscaron los de Terry.
—¿Qué sientes? —le preguntó Candy.
Terry inclinó la cabeza hacia ella y su pelo moreno cayó sobre su frente. Durante unos instantes, permaneció en silencio mientras buscaba las palabras adecuadas para describir cómo se sentía. Entonces tragó saliva con fuerza y sacudió la cabeza.
—No puedo describirlo —declaró con voz ronca—. ¿Y tú?
—Siento que formas parte de mí —murmuró ella—. Somos una sola persona. Y no quiero separarme de ti nunca más.
Terry tiró de las caderas de Candy hacia él y la penetró con un ímpetu repentino. Llevados por el nuevo ritmo que él había establecido, buscaron juntos una unión más profunda y, hechizados, se amaron hasta que el mundo se desvaneció a su alrededor. Terry buscó la boca de Candy con la suya y exhaló un gemido final en la boca de ella mientras experimentaba la misma explosión de éxtasis que contraía la carne de ella alrededor de la de él. Entonces ambos se desplomaron sobre el colchón, exhaustos y embargados por una sensación de plenitud.
Quédate, que este tiempo es nuestro
Y el amor tiene ganas de volver
Oh, quédate
No me dejes sola otra vez
Candy fue la primera en moverse. Con somnolencia, deslizó el brazo por los hombros de Terry y se colocó encima de él. Sus ojos brillantes y su pelo alborotado la hacían parecer un gatito curioso y Terry torció la boca divertido mientras deslizaba la mano por la curvatura de la espalda de ella.
—¿Terry?
—¿Qué?
—¿Todavía visitas a la mujer de Chicago?
Él sonrió compungido y le cogió la cara con las manos.
—Tus preguntas siempre me sorprenden.
—¿Y bien?
—Hace mucho tiempo que no voy a verla. No he estado con ninguna mujer desde que me di cuenta de que te quería. —De una forma distraída, Terry jugueteó con el pelo de Candy, entrelazándolo con sus dedos, deslizando las puntas por su cara y disfrutando de su suavidad—. Tú has absorbido todo mi interés y mi deseo desde hace mucho tiempo y no quedaba nada para nadie más.
Candy odiaba la idea de que estuviera con otra mujer. A pesar de sus palabras tranquilizadoras, no podía evitar sentirse celosa. No quería que él tuviera recuerdos de otras mujeres y de los placeres que ellas le habían proporcionado. ¿Pensaba en ella de una forma distinta a como pensaba en las demás? ¿Hacer el amor con ella había sido diferente a hacerlo con las otras mujeres? Sus pensamientos volvieron a la mujer de Chicago.
—¿La querías?
—Aun la quiero.
—Pero cómo si dices que me amas...
—Candy la mujer que siempre visito a Chicago, es mi madre, recuerdas que te comenté sobre una amenaza y que luego la asaltaron, mi decisión fue llevarla conmigo lejos de New York, no soportaria la culapa de que algo malo le sucediera.
—Eleonor esta viviendo en Chicago?
—Supongo que podríamos visitarla un dia de estos, te aseguro que tu visita la hará muy feliz.
Terry guardó silencio permitiendo que Candy reflexionara acerca de lo que le había contado y contuvo el impulso que sentía de abrazarla con fuerza.
—Terry guardó silencio y se preguntó qué había detrás de las preguntas de Candy. Quizá se trataba de una inseguridad que surgía en forma de sarcasmo. ¿Acaso tenía miedo de que él la comparara con las mujeres con las que se acostaba antes?
—¿Por qué no dices nada? —preguntó Candy malhumorada—. ¿Estás demasiado ocupado contando las veces que estuviste con otras?
Durante un breve instante, Terry se debatió entre la simpatía y una especie de resentimiento. Él no era un caballero con una armadura brillante y nunca lo sería. Terry percibió la desilusión en la voz de Candy conforme ella se daba cuenta de este hecho, pero Candy tenía que aceptarlo como era, incluidas sus imperfecciones.
—Yo nunca he fingido que mi vida fuera perfecta, Candy. Soy un hombre con las mismas necesidades que todos los demás. Yo he vivido y esto incluye haber estado con otras mujeres.
—¿Cuántas? ¿Yo soy la tercera, la cuarta? ¿La número veinte, la cincuenta?
—Yo no he realizado una marca en mi cinturón por cada una de las mujeres con las que he estado. Y nunca he poseído a una mujer con el objetivo de superar mi récord. He estado con una mujer cuando lo he necesitado. A veces, la conocía y otras, no, pero esto no era importante. Sin embargo, tú eres la única de la que he estado enamorado.
Candy permaneció en silencio durante largo rato y Terry no pudo adivinar sus pensamientos. Al final, Candy habló con voz queda y sin el menor rastro de irritación.
—¿Alguna vez piensas en alguna de ellas?
—No. La verdad es que no me acuerdo mucho del tiempo que pasé con ellas.
Candy frunció el ceño y deslizó un dedo por el contorno de la clavícula de Terry.
—Si después de esta noche no volvieras a verme, ¿hasta qué punto te acordarías de lo que ha sucedido?
—Me acordaría de todos los detalles —respondió él con gravedad—, de cada segundo, de todo lo que has dicho, de todas tus caricias y de todos los sonidos que has proferido hasta el día de mi muerte.
Candy se ruborizó y apoyó la mejilla en el pecho de Terry.
—Terry, ¿te importa que no tenga experiencia? Yo no sabía qué querías...
Terry la hizo rodar hasta que quedó apoyada en la espalda y silenció sus palabras con un largo beso. Cuando levantó la cabeza, su voz sonó quebrada.
Que la noche es larga
Si no estoy contigo
Si otra vez me lanzas al abismo
Si otra vez te vas
Quédate
Por favor
Por siempre
—Lo que ha sucedido entre nosotros minutos atrás hace que todo lo que he vivido hasta ahora haya empalidecido. —Terry se interrumpió embelesado por la tímida sonrisa que curvaba los labios de Candy—. Aunque seas una novata, debo decir que, prácticamente, me has dejado extenuado. No sé cómo sobreviviré cuando tengas un poco más de experiencia.
—Sólo tendrás que sonreír y aguantar —respondió ella, y Terry rió entre dientes mientras unía de nuevo su boca a la de ella.
Las horas pasaron volando y, al final, Candy empezó a temer el momento en que Terry tuviera que dejarla. Lo único que les quedaba era unos minutos preciosos, meros pedazos, virutas de tiempo, mientras que ambos ansiaban mucho más. Durante la noche, estuvieron charlando, medio adormecidos, durmiéndose y despertándose, y cada vez que Candy se despertaba, redescubría la bendición de estar acurrucada junto a Terry con sus brazos rodeándola con firmeza. En algunos momentos, sentía como si él pudiera ver a través de su alma. Y tanto si estaban enlazados en un deseo frenético o en un agotamiento placentero, el sentido de unidad seguía siendo el mismo.
—Tendré que irme pronto —declaró Terry cuando la mañana empezó a clarear.
Ella se agitó en señal de protesta y lo abrazó.
—No te vayas. No te lo permitiré.
—Podría quedarme hasta que nos descubra tu familia —bromeó Terry besándola en la cabeza—. Pero, sinceramente, creo que sería mejor que buscáramos otra manera de comunicarles la noticia.
Si lo que pretendía era despertarla de golpe, la verdad es que había escogido las palabras adecuadas. La mención de su familia era la única cosa que podía conseguirlo. Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Oh, Terry! ¿Cómo vamos a...? ¿Qué vamos a...?
—Bueno, una cosa es segura, a Albert no le importará.
—¡Seguro que no, pero mi Tia abuela se morirá!
—No creo que el efecto que produzca sea tan drástico.
—¡Sí que lo será! Constituirá una impresión terrible para ella. No la conoces tan bien como yo. El otro día me habló acerca de lo que quería para mí matrimonio y se sentía tan amargada respecto a todo que no te lo creerías. Terry, si queremos que esté de nuestro lado, tendremos que planteárselo con cuidado, si no le dará un ataque y nunca aprobará nuestra relación. Y no sabes cuánto significa para mí que ella sea feliz.
—¡Chsss! Lo comprendo.
—Estupendo. Me alegro de...
—Espera. He dicho que lo comprendo, no que esté de acuerdo.
—¿Con qué no estás de acuerdo?
—Quiero saber qué quieres decir con planteárselo con cuidado.
—Creo que deberíamos ir acostumbrándola a la idea en lugar de hacérselo tragar a la fuerza.
—Si fuera tan frágil como pareces creer, no habría sobrevivido a tener que cuidar de ti y todos los Andrey . Y, como te dije antes, estoy harto de juegos.
—Terry, por favor. De esta forma será mucho más fácil para mí. Ya me estoy temiendo las lágrimas y las discusiones. Y ella no se enfadará contigo, sino conmigo. —Candy titubeó antes de añadir—: Y yo necesito tiempo tanto como ella. Tengo que acostumbrarme a la idea de casarme contigo. Unas cuantas semanas de cortejo no nos harían daño a ninguno de los dos.
Terry frunció el ceño con impaciencia.
—¡Por favor! —pidió ella con voz dulce.
—Si es eso lo que quieres, te daré tiempo, pero pondré dos condiciones a tu pequeño plan. En primer lugar, te doy dos semanas. Éste es el tiempo que mi paciencia puede aguantar. Haz lo que puedas para preparar a la abuela y ordena las ideas en tu cabeza, pero dentro de quince días, daremos la noticia a fin de poder empezar a planear la boda.
—¿Y la otra condición?
Terry deslizó un dedo desde la base del cuello de Candy hasta la curva de su pecho.
—Los días serán tuyos. Si quieres dedicarlos a la farsa del cortejo, así será, pero las noches serán mías.
Los ojos de Candy chispearon con malicia.
—Terry, todavía no estamos comprometidos. Si crees que te permitiré...
—¡Desde luego que estamos comprometidos! Y espero gozar de todos los derechos de los que disfrutan los hombres comprometidos.
—¿No has oído hablar de esperar hasta la noche de bodas?
La mano de Terry se movió posesivamente por el cuerpo de Candy.
—Dime que no me negarás tu cama hasta entonces, Candy. Si no lo haces, te obligaré a contarlo todo.
El placer de sus caricias casi consiguió que Candy se olvidara de lo que quería decirle. Sin embargo, si su relación iba a ser de igual a igual, no podía permitirle que le diera órdenes con tanta ligereza.
—Claro que no te la negaré —respondió ella colocando su mano encima de la de Terry y deteniendo su movimiento—, pero yo también tengo una condición para ti.
Terry arqueó las cejas en un gesto sarcástico.
—¿Ah, sí?
—No quiero que le cuentes a Albert lo de nuestro compromiso.
—¿Por qué no? —preguntó él en tono molesto.
—Porque él no sabe guardar un secreto. ¡Ya sé lo que vas a decir, que cuando se trata de negocios sí que es capaz! Pero esto no es un negocio y cuando el secreto está relacionado con la vida personal de alguien, entra por su oreja y al poco sale por su boca.
—Está bien, está bien. No se lo diré. Pero sí descubro que se lo has contado a alguien a mis espaldas..., a Annie, por ejemplo... —Terry se interrumpió al ver que Candy se reía por lo bajo a causa de sus quejas—. ¿Le importaría explicarme qué es lo que le divierte tanto, señorita?
—Hace unas semanas, nunca habría imaginado que estaríamos discutiendo acerca de algo como esto. Pero tengo que creer que es real, porque está sucediendo. ¿Qué me has hecho, Terry?
—Me he enamorado de ti —contestó él.
No había nada incierto en su amor, nada retenido u oculto. Candy, temblorosa, sonrió y lo besó en los labios.
—Me preocupa ser tan feliz.
Él se inclinó sobre ella con una expresión muy seria en el rostro.
—No hay nada de que preocuparse.
Ella miró más allá de Terry, hacia la puerta, que estaba cerrada.
—Las personas, los sucesos, el futuro... ¿Qué ocurriría si todo esto se interpusiera entre nosotros? ¿Qué ocurriría si algo que no podernos controlar nos separara?
Quédate, que este tiempo nuevo
Como el sol nos abriga el corazón
Oh, quédate, quédate
Que no vuelva el frío en el adiós
Unas amenazas sin nombre les esperaban más allá de aquellas cuatro paredes. Unas amenazas que pondrían a prueba su recién estrenada unión. Candy deslizó la mano por el pecho de Terry hasta que sintió el latido vital de su corazón. Terry cubrió su mano con la de él y la apretó con más firmeza contra su pecho.
—Cree en mí —declaró Terry con voz grave—. Cree en mi fortaleza. No permitiré que nada nos separe. En estos momentos, ni siquiera tú podrías alejarme de ti. Nadie en el mundo podría llenar el espacio que tú ocupas. Si no te hubiera conocido, me pasaría la vida esperando a que aparecieras. ¿Crees en lo que te digo?
Candy se acordó de un anciano, solo y harapiento, que estaba de pie bajo la lluvia.
—Sí —susurró ella, y se abrazó a él, pues necesitaba eliminar la distancia que había entre ellos.
Candy se esforzó en derrumbar el último bastión de su interior. Las palabras «te amo» quedaron atrapadas en su garganta, suplicando ser liberadas. Ella quería decírselo a Terry, quería demostrarle que ella también lo amaba tal y como él le había mostrado. Sin embargo, no podía entregar ese último pedazo de su corazón. Terry no pareció notar su reserva, pero Candy era muy consciente de ella e intentó compensarla con una reacción generosa de su cuerpo.
La boca de Terry se aplastó contra la de ella en un beso que envió un estampido de excitación por su cuerpo y todos los pensamientos racionales de Candy se disolvieron en un aluvión de éxtasis. Terry la tomó con una pasión devoradora, sin tregua, sin descanso, penetrándola como si su hambre nunca pudiera ser saciada. Su boca jugó sin cesar sobre ella, transformando sus jadeos en sonidos apenas perceptibles. Candy se entregó a su posesión comprendiendo por fin lo incompleta que era sin él. De una forma pausada, él la llevó a un nuevo plano de sensaciones donde la conciencia de la propia identidad le fue arrebatada y Candy quedó al descubierto ante él. Candy exhaló un murmullo incoherente, lo rodeó con los brazos y adaptó su fuego al de él.
Cuando Terry se levantó para marcharse, Candy apenas se movió. Estaba demasiado agotada para sentir el último beso, la última caricia. Parecía que sólo habían pasado unos minutos cuando oyó voces en la planta de abajo. El amanecer había llegado y la luz entró por las ventanas de su habitación. Candy se tapó la cabeza con la almohada intentando conseguir unos minutos más de sueño y entonces su cuerpo se relajó.
Candy se despertó sintiendo una extraña sensación de terror. La luz de la habitación había cambiado y ahora era más tenue, teñida de un azul grisáceo. De una forma perezosa, se dio la vuelta y parpadeó para librarse de la somnolencia mientras sofocaba un bostezo. Las voces femeninas del piso de abajo habían desaparecido, así como los ruidos del trabajo de los hombres y los ladridos de los perros en el exterior. Había silencio. Entonces se oyó el traqueteo amortiguado de un coche y el roce de las ruedas sobre la calle asfaltada.
Candy salió de debajo de las sábanas y se sentó en el borde de la cama con los ojos muy abiertos. El dormitorio era azul y blanco. En una esquina había una lámpara eléctrica. Candy contempló con fijeza el póster que había en la pared, el cual representaba a Sean Connery, con su pelo liso y moreno y sus ojos seductores, y experimentó una sensación de asfixia.
—¡No! ¡no permitas que me suceda esto! —Se levantó con vacilación, se dirigió a la puerta e intentó abrirla. Estaba cerrada—. ¡Déjame salir! —exclamó, aunque no había nadie que pudiera oírla. Candy giró con más fuerza el pomo de la puerta—. ¡Déjame salir! —Su voz sonó aguda a causa del pánico—. ¿Terry, dónde estás? ¡Terry! Terry...
Quédate, que este tiempo es nuestro
Y el amor sólo quiere renacer
Oh, quédate, quédate
Hoy no te me vayas como ayer
Quédate
Hola Chicas ustedes deciden, dejo a Candy en el futuro o vuelvo a enviarla al pasado junto a Terry ( recuerden que el el futuro ya terry es un anciano de 70 y tantos años)…
En sus manos esta el futuro de la parejita mas querida del anime.
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