¡Hola! :D Vuelvo, y les traigo un capítulo con 10.421 palabras sin editar (sean felices).
En este capítulo pasa algo muy especial, y cuando lleguen a esa parte -ustedes sabrán, confíen en mí- necesito /NECESITO/ que pongan esta música www. youtube watch ? v= z1Ej z JT1 OOM (sin los espacios, obviamente).
Es una parte necesaria para la historia c:
Música para el capítulo: Sally's Song, la interpretada por Amy Lee (pobre Hime :c). Pero, ¿es Hime la única a la que se aplica tan bella canción, eh? c:
Y ahora, mi respuesta a hermosos lectores :D
YlieN (a quien pido disculpas porque no le dije nada antes): Gracias, esa es mi intención: busco que sea una práctica para cuando escriba novelas ;A; Imposible desanimarme con lectoras como vos 3
zero: Alvaro, STAHP. Y mamotreto es: Libro o legajo muy abultado, principalmente cuando es irregular y deforme, según la RAE. Sé que te queda un camino larguísimo para llegar hasta acá, pero no puedo decírtelo en ningún otro lugar (?) Y FB no cuenta, TODOS TIENEN QUE ENTERARSE DE TU IGNORANCIA, FUTURO MÉDICO (?) Y DALE, MÁS REVIEWS DAME, ALVAROU.
Vanessa Aensland: GRACIAS, un efecto que quería lograr c: AMO y ODIO a la vez cuando leo fanfics así (?) ¡Me alegro de que te gustase tanto como para leerte ocho capítulos en un día! ;n; Lo del contexto y la forma de narrar es un reto: sé que cometo errores, pero trato de minimizarlos para el placer de ustedes -y mi aprendizaje, claro-. DE NADA, amo escribir, ¡y espero que asimismo vos ames leer mi historia! :D
Karito: no fue tan pronto, pero EY, acá tenés la actualización c: ¿Final Feliz? ¡NO TE PREOCUPES! ¡Ya hasta tengo una secuela en mente! :D
Titacchi: Aquí tiene usté', disfrute c: Hum, sobre eso: no es secreto que muchas lectoras esperan lemon, es algo interesante de leer cuando bien escrito y ayuda a varias tramas en diversas historias. No lo "admitas" como si fuese algo malo, ¡no tiene nada de malo! En mi historia, el lemon tiene un papel importante. Ahora, digamos que te doy lo que querés pero te dejo con las ganas (?) -prontoentenderás-. Y... eh... tenés un castillo nuevo por acá, pero eeeeeeeeh... Está lindo el clima, espero que eso cuente (?)
CAPÍTULO X: CANIS HABET OCULOS, COR CERVI
Las manos recorrieron las pieles, y las pieles recorrieron las manos.
El ardor era juvenil, porque ambos no eran más que jóvenes a destiempo.
Ulquiorra no podía resistirse; no podía resistirse a mirar a la mujer en el lago, la pálida desnudez contra sí.
Sentía los senos presionando contra su pecho, y tuvo que cerrar los ojos para no perder la compostura.
Y Orihime parecía empeñada en hacerle perder la compostura…
Si él intentaba controlarse y no investigar cada rincón del cuerpo femenino, ella desempeñaba —como siempre— el papel opuesto al suyo: las manos suaves y ligeras, sin miedo, sin vergüenza.
Él mismo lo había dicho antes, y esto, esto no era deseo carnal…
No.
Era el deseo de ser algo para alguien, de conocer a profundidad al otro.
Él le pidió permiso con los ojos, y recorrió con los labios sedientos su cuello húmedo; nunca el agua le pareció tan refrescante como la que bebió de aquellos parajes por encima de su clavícula.
Ella se había dado el lujo de reír mientras aquellas manos asesinas la palpaban con el grácil roce de una pluma y le provocaban cosquillas.
«Ulquiorra».
El nombre sonaba con facilidad en sus labios, con desenvoltura.
No era el grito de terror frente a un monstruo.
Era el cálido saludo a un amigo; el apasionado susurro a un amante.
De pronto, Ulquiorra sintió que la muchacha lo tomaba de las mejillas, y lo hacía retroceder.
Buscaba sus ojos, y él no sabía por qué.
Lo comprendió cuando ella llevó sus pulgares sobre las líneas debajo de sus ojos, y, tras separar una mano, le mostró el resultado.
—Ya has llorado por demasiado tiempo, Ulquiorra…
Él cerró los ojos, y la afianzó por la espalda; así le mostraba lo agradable de su tacto.
Ella llevó las manos al agua, y limpió su semblante.
Lo despojó de rastros de lágrimas de añares atrás.
Porque ella estaba allí para él esta vez.
Cuando ya no sintió caricia alguna, abrió los ojos; lo esperaba la vista de su expresión afable.
—Listo.
La mujer soltó una risita cuando advirtió el trayecto de su mirada.
—Ulquiorra…
Esta vez, él la sujetó para que no se apartase mientras ambas bocas se encontraban.
¿Era, tal vez, un encuentro predestinado…? ¿No era acaso un milagro, si se tenían en cuenta los años entre ambos?
Oh, ahora eran sus lenguas las que se propinaban caricias… ¿Cómo era posible que todo en ella despertase su lado falto de cariño, aquella necesidad dormida de tener a alguien para sí y pertenecer a alguien…?
Sus manos fueron a sus pechos, así como su mirada. Cada tanto necesitaba separarse y observarla, captar y guardar en lo profundo de su memoria cada estremecimiento y cada respiración agitada de la joven. En especial cuando se veía tan… adorable, estremeciéndose bajo su tacto.
Incluso colocó las manos sobre las que palpaban sus senos, y así, le señalaba lo que le gustaba.
Esto no duraba mucho, sin embargo; segundos después de cada gemido ajeno, Ulquiorra debía besarla.
Y al tiempo que él la besaba, era el turno de ella de tocar: sus hombros, sus brazos, su pecho… La mujer no tenía reserva alguna en embarcarse en una aventura en su cuerpo.
Luego de un beso bastante apasionado, fue él quien rompió el contacto; la muchacha lo observó con la sorpresa cincelada en el rostro, mas las manos de él ya necesitaban sentir otra parte de aquella bella escultura.
Había tanto que explorar, tanto que conocer de ella… Pero ¿querría ella conocerlo a él?
¿Saber de él?
¿Todo de él?
¿Incluso a la parte que deseaba hacerla suya de manera bestial, sin romance, sin caricias…?
Realmente no importaba ahora.
De todas formas, aquella parte de su personalidad se encontraba al fondo de una larga fila de sentimientos que ella despertaba en él. Si podía salirse con la suya al menos durante la procesión de los primeros, sería…
… sería feliz.
Y aunque aquella lógica que había estructurado en su cabeza tenía sentido, no pudo frenar las dos siguientes palabras:
— ¿Por qué?
Dudó ante la pregunta durante un largo rato. Y no le molestaba, de hecho, el demorarse tanto en responder; absorto como estaba él en su posible respuesta, ella era capaz de recorrer durante más tiempo las marcadas líneas de su cuerpo.
Era delgado, muy delgado, y sin embargo, para ella era el más viril de los hombres…
También le gustaba aquello, era como un juego: él sujetaba su cara y la hacía mantener la vista fija en el verde esmeralda omnipresente para ella desde que lo conociese mientras que sus dedos desempeñaban el papel del sentido de la vista, para luego reproducir cada trazo, cada pincelada, en la mente de Orihime.
Finalmente encontró su respuesta.
No era complicada, ni rebuscada.
No era un cuento de Wilde ni una poesía de Whitman: era sencilla, tan sencilla como la respiración de Ulquiorra y como las preguntas de Ulquiorra y como el verde de los ojos de Ulquiorra.
Y no dejaba de ser posible que hubiese sabido que sería Ulquiorra quien le sonsacaría aquellas palabras desde tiempo atrás.
—Porque yo…
«Te amo, Ulquiorra», había dicho ella. Había sonreído, y lo había besado bajo el enorme sauce de su mansión. «Te amo, y nunca voy a dejarte solo».
En aquel momento, él solo había atinado a darle un beso a modo de contestación.
Ah, ¡qué hermoso, qué regalo celeste era ser el hombre a quien Hikari amaba…!
Por instinto, su mano pasó de la mejilla izquierda de Orihime a su boca.
—No necesito más mentiras —gruñó.
Dio un empujón a la mujer; ella retrocedió, sin comprender.
—Ulquiorra…
La odiaba. Odiaba aquel gesto inocente, sus manos frente a su desnudez, sin hacer el menor amago de cubrirse.
Como si no debiese temerle…
¿Por qué no le temía?
Había aprendido que era mil veces mejor que le temiesen a cualquier otra reacción.
Prefería el miedo, el temor, sentimientos ya naturales para él que el «amor». Hikari lo había amado, y lo había dejado solo. Hikari había jurado que lo amaba, y no obstante…
«¿En verdad creíste que te amaba? Solo deseaba ponerle fin a todo esto; es mi deber como Guardiana de la Luz».
—Yo no miento…
Tonterías.
Ulquiorra sentía deseos de arrancarse la cara de a trocitos, de borrar todo tacto ajeno.
¿De qué servía que la mujer se llevase el rastro de su llanto si ella misma iba a causarle tanto sufrimiento? No aún, ciertamente, pero…
¡Pero si no lo traicionaba, ella habría de morir algún día!
— ¡Hikari tampoco mentía!
Y él no podría soportarlo.
Extendió las alas, y no desperdició un segundo más en darle la espalda.
— ¡Y ella también prometió que no me dejaría solo! ¡Pero luego, luego me lo dijo: «Nunca, nunca te amé»!
No tuvo fuerzas para mirarla.
Se odiaba a sí mismo, y la odiaba a ella.
Y todo porque ella era la única que podía obligarlo a sentir a flor de piel todo lo que había olvidado en un pueril intento de protegerse a sí mismo.
La retorcida sonrisa del centauro era perturbadora como mínimo. Sin embargo, Ichigo no le temía; había conocido a muchos idiotas que hablaban mucho, mas a la hora de la verdad, no eran más que una panda de inútiles.
Aunque el bidente en forma de luna semicompleta que el centauro en cuestión portaba consigo contradecía bastante aquella teoría…
Pero él no era ningún cobarde, no.
Lástima que hubiese dejado su espada en el palacio; no pensaba que se enfrentaría a un duelo con una criatura mitológica el día en que finalmente le haría la petición de matrimonio a Inoue.
Miró de soslayo a Nel.
«Pero bueno, tampoco pensé que andaría corriendo detrás de una centáuride, claro».
—Ichigo.
Era increíble cómo la voz de Nel se suavizaba cuando hablaba con él, aunque su mirada desafiante seguía clavada en Nnoitra.
— ¿Nel?
—Fue un placer conocerte. Pero ahora quiero que corras, y no mires atrás.
El pelirrojo se sobresaltó.
— ¡¿QUÉ?! ¡No voy a dejarte aquí, eso es una locu…!
—Ichigo, haz lo que te digo.
— ¡No! —y señalando a Nnoitra con un brazo, insistió—. ¡El tipo tiene un maldito tenedor del tamaño de una pala apuntándote, ¿Y QUIERES QUE TE DEJE SOLA?!
— ¡EY, MI ARMA NO ES UN TENEDOR, MALDITO BASTARDO!
Ahora el Futuro se dirigió al centauro, apuntándolo acusadoramente con el dedo.
— ¡¿CÓMO QUE NO ES UN TENEDOR?! ¡HE TENIDO SUFICIENTES CLASES DE ETIQUETA Y DEMÁS ESTUPIDECES COMO PARA RECONOCER UN MALDITO TENEDOR CUANDO LO VEO, Y ESA COSA ES DEFINITIVAMENTE UN TENEDOR, ESTÚPIDA MULA!
— ¡QUE NO LO ES, ESPANTAPÁJAROS! —relinchó Nnoitra.
— ¡QUE SÍ LO ES, IMBÉ…! ¡EY, NEL, ESPERA, ¿QUÉ HAC…?!
Lo había tomado por sorpresa el repentino pisotón que la centáuride dio casi sobre sus pies, lo que causó que cayese al suelo, sentado sobre la hierba.
—Salvarte la vida.
Y fue lo último que Ichigo escuchó mientras rodaba colina abajo luego de la patada que le propinó Nel en el pecho.
Orihime se mantuvo estática en el mismo lugar donde Ulquiorra la había dejado.
Terminó por sumergirse nuevamente en el agua, y suspirar.
No una vez.
No dos veces.
Suspiró por cada beso, cada roce…
¿Qué pensaría Yoruichi, por ejemplo?
Y volvió a suspirar al caer en la cuenta de que no le importaba.
Se dejó flotar lánguidamente en el agua, y permitió que la luz lunar le diese un tono blanquecino a su piel desnuda…
Cerró los ojos, y se imaginó que Ulquiorra volvía a tocarla…
No, no era la luna quien la tocaba ahora, no; era Ulquiorra, con sus manos ajadas de batallas y penurias.
Ulquiorra, con su frío cuerpo que, pese a todo, podía ser ardiente.
Así debía ser, porque él la quemaba.
Todo él la quemaba.
E iba a dejarse devorar por esta flama antes que apartarse de él.
Imprevistamente, su mente le mostró a Ichigo durante un instante; ¡qué fácil habría sido enamorarse de él, casarse con él…!
Pero ¿qué chiste tendría?
Exacto. Su libertad sería reducida a un cuarto de la actual, con la excusa de su «debilidad».
Y sabía que era débil.
Estaba segura de que era débil, más que débil; patética.
Pero aun en toda su debilidad no podía evitar el anhelar por el tacto de una sola persona.
La persona que se había marchado ahora.
—Lo siento, Ulquiorra… —llevó el antebrazo a sus sienes para cubrir su mirada de la luna—. Yo… realmente quería estar allí para ti de forma incondicional. Sin pedir nada.
Y aquello era imposible.
¿Cómo iba a dejar de pedirle su tiempo, de suplicar por su compañía, de rogar por palabras sin importar que fuesen hirientes, de implorar por aquella sensación tan delicada, tan correcta de piel contra piel?
¿Cómo iba a hacerlo si…?
No pienses en eso.
Estaría perdida si pensase en eso.
En su lugar, una memoria acudió a su mente…
Tenía quince años, y había pasado la tarde con Ichigo; habían compartido una merienda en el balcón principal.
Ella simplemente no podía ocultar su sonrojo cuando él la miraba, y debía inspirar profundamente para no tartamudear al hablar.
Pero él… Él parecía ajeno a ella.
Él no la miraba como ella a él.
— ¡Ah, es tarde! —le había sonreído tras recordar su presencia luego de permanecer con la mirada perdida en el horizonte un largo rato—. Adiós, Inoue. ¡Nos vemos!
—Hasta luego, Kurosaki…
Orihime lo observó alejarse con tristeza. Luego, apartó la mirada para enfocarla en las enormes nubes grises encima de su cabeza.
Poco después, la primera gota se fragmentó contra su nariz; ella cerró los ojos.
Advirtió el repiqueteo cada vez más fuerte y la frescura sobre su piel.
Si fuese la lluvia, se dijo, ¿podría conectarme con el corazón de alguien, tal y como la lluvia es capaz de unir a la Tierra y al cielo, eternamente separados?
Orihime abrió los ojos, y los llevó a posarse sobre el libro de poemas encima de la mesa.
Sonrió.
Iría a leer para Ulquiorra, y no pensaría más en cosas sin sentido.
Una lágrima se deslizó por el rostro de la reina.
No estaba triste, ¡no, para nada!
Pero no podía detener las gotas cayendo de sus mejillas al lago.
¿Así que así se sentía? ¿La conexión que tanto había deseado…?
Sentía como si el corazón fuese a salirse de su pecho, y ganas de llorar y reír y saltar y hacerse un ovillo y nunca más ver el sol.
Así Hikari le hubiese mentido…
Así Hikari lo hubiese lastimado hasta un punto sin retorno…
Así Ulquiorra la despreciase por su linaje…
Ella no le mentiría.
Ella no lo lastimaría.
Ella no lo despreciaría.
Lo único que haría Orihime Inoue era…
… amarlo.
Ulquiorra permaneció en silencio bajo el frondoso árbol.
Estaba amaneciendo ya…
¿Estaría bien la mujer? ¿Tendría aún comida…?
Es perfectamente capaz de valerse por sí misma, reflexionó finalmente.
Sí, ella podía valerse por sí misma…
Cerró los ojos.
Recordó su piel, sus suspiros, las hebras de seda pegándose a su pecho mientras sus labios le cedían el paso…
Había tenido miedo.
Y se odiaba a sí mismo por ello.
¡Como si necesitase una razón más para despreciarme a mí mismo!
Sin embargo, ¿no era de esperarse su reacción? Ella la había despojado de su preciada creencia acerca de la supremacía del nihilismo y la había pisoteado como si se tratase de lo más simple del mundo.
Lo había humillado en más formas de las que considerase posible.
Lo había humillado porque él la deseaba, y ella podía avivar en él regiones ya muertas hacía mucho.
Ulquiorra deseaba morirse. Allí mismo, y sin que nadie lo encontrase nunca.
Hacerse polvo, cenizas, nada de rastros, nada incriminatorio…
Porque no entendía cómo funcionaban los cuerpos humanos —o semihumanos, en su caso—.
Si él muriese, y ella encontrase su cadáver, ¿sabría…?
¿Lo vería…?
¿Vería lo que le había causado, una reacción instintiva tan asquerosa?
El demonio apretó las piernas y se abrazó a las mismas en un gesto más humano de lo pensado.
Esto era horrible.
Era horrible que ella lo hiciese reaccionar como a un humano y moviese todo en él.
Maldición, ¡desde el comienzo había sido horrible que no saliese de su cabeza!
Y era horrible que, si ya antes se encontraba atrapada en sus pensamientos — incluso desde pequeña—, ahora permaneciese desnuda y gimiendo bajo su cuerpo.
Ulquiorra sabía que volvería a ella.
Sí.
Solo esperaba que cuando lo hiciese, pudiese frenarse.
Porque, aun cuando ella mintiese como Hikari lo había hecho, él no podía apartarse de ella.
No podía…
Orihime no salió a buscarlo.
Solo se encargó de recolectar más peras, y frutas varias: manzanas y naranjas.
Cuando el sol empezó a ponerse, y ella se encontraba tendiendo la capa verde que había lavado al sol —pensar que aquellas viejas redes de pesca aún resistían lo suficiente como para ser usadas a modo de sogas—, una sombra se proyectó sobre su espalda y frente a ella, contra el tronco de uno de los árboles que hacía las veces de soporte para su improvisado tendal.
Sin prisa por voltear, murmuró:
—Sé que no comes, pero esta vez recolecté frutas yo; las naranjas están especialmente deliciosas, si quieres mi opinión.
Como él no respondiese, la joven se giró y le regaló su mejor sonrisa.
Porque aunque se había alejado, había vuelto.
Examinó su semblante con la luz remanente del crepúsculo.
—Ah, realmente te ves tan apuesto ahora que ya no tienes aquellas marcas de lágrimas, Ulquiorra…
Él la observó en silencio, con su expresión impávida. Ella tragó saliva; debía recordar que había leído para él, que había pasado toda su infancia y adolescencia con él…
… e intentar apartar de su mente la noche anterior, en la que esos labios se deslizasen por su cuello.
—Volví.
Contrariamente a soltar una respuesta sarcástica, la pelirroja no hizo más que ampliar su sonrisa. Tenía sentido que Ulquiorra pronunciase una sola palabra, y todavía una obvia, puesto que la misma encerraba todo el dilema actual entre ellos.
Sí, había vuelto…
… mas, ¿y si no lo hubiese hecho?
Así que Orihime asintió, feliz de que no tuviese que pensar en semejante posibilidad.
—Esta noche quiero encontrarme contigo en el muelle nuevamente. ¿Podría ser…?
Ulquiorra no dijo nada. La soberana no se rindió:
—Me has hecho una pregunta que no puedo dejar de responder.
Ante esto, él cabeceó imperceptiblemente, y apartó la vista.
Empero, Orihime lo había advertido.
El día había proseguido sin grandes acontecimientos: Ulquiorra se había dispuesto a comer una naranja puesto que la mujer se había pasado toda la tarde contemplándolo cuando él creía que no lo notaba. Era obvio que esperaba que engullese la fruta, así que él no tuvo más remedio que llevársela a boca y causar todo el ruido posible al hacerlo.
Sus esfuerzos dieron fruto: la expresión de la joven era radiante.
A él, el jugo rebosante en su boca se le hacía extraño, aunque no desagradable. El sabor, no obstante, era algo ácido para su gusto…
Pasó el tiempo, y las estrellas ocuparon su lugar. Ulquiorra vio aparecer una tras otra, costumbre que había adquirido desde que había salido de aquella celda en la que se hallaba prisionero.
No imaginaba la idea de dejar pasar una sola noche sin poner en práctica las enseñanzas de la mujer en cuanto a astronomía.
En su opinión, no había nada asegurado.
Ni siquiera las estrellas podrían estar mañana, así que era preciso disfrutarlas hoy.
—Ulquiorra.
No dio la más leve señal de haber oído su nombre, pero Orihime sabía que lo había hecho.
Acudió junto a él, ambos de pie frente al muelle.
Sin embargo, el clima había cambiado, y un viento bastante potente se hacía sentir. De nadar así, probablemente acabaría resfriada.
—Sé que dije «el muelle», pero ¿podríamos ir a otro lugar, en vez de estar aquí?
Ulquiorra la miró largamente. Orihime sabía que estaba examinando su capa, la cual no le dejaba ver el resto de su cuerpo.
Finalmente, él alargó la mano en su dirección.
La espada dejó la piel con extrema facilidad. Toushiro se arrodilló frente a su enemigo, su respiración entrecortada. Aferró la herida con la mano, y luchó por no perder el conocimiento debido a la pérdida de sangre.
—Ah, chico, sí que eres dramático… —la extraña criatura habló—. ¿Es que acaso estás herido?
El aludido, aún postrado de rodillas, no comprendió sus palabras. Levantó la cabeza, y lo miró desafiante: ahora lo veía mejor, vestido con una túnica negra y un cinturón blanco.
—Veo que no me has comprendido, así que lo preguntaré nuevamente: ¿acaso estás herido?
¡Obviamente que lo estaba! ¿Qué demonios preguntaba aquel monstruo? Y a pesar de su certeza al respecto, cuando su mirada fue a su brazo, notó que ya no había rastro alguno de su herida.
— ¿Qué…?
Se puso de pie, examinando la zona: su piel estaba igual de tersa que siempre en aquella área.
— ¿Lo ves? —el hombre envainó su espada, y una macabra sonrisa afloró a sus labios—. Los chicos de hoy en día sobreactúan tanto…
Y al tiempo que él meneaba la cabeza de forma reprobatoria, se escucharon nuevas pisadas. Toushiro se puso en guardia al instante.
—Ah, Kurotsuchi, ¿es que no te cansas de torturar a los nuevos? —cuestionó una voz desde otro sector de la neblina.
Toushiro no sabía qué pensar. Y esto empeoró cuando el hombre se mostró: vestía una túnica idéntica a la del otro ser, mas la llevaba algo floja, con lo que era posible divisar su pecho…
… y los vellos del mismo, lo que sinceramente asqueó bastante al joven.
Aparte, encima de la toga en cuestión, llevaba una especie de bata de color rosa, la cual no le favorecía para nada. Y para complementar su extraña apariencia, el ondulado y largo cabello negro recogido en una coleta y un sombrero de paja.
Mas pese a su apariencia general, no podía dejar de tomarlo en serio: a un costado colgaba, enfundada, una espada.
Lo único que le agradó fue el efecto que provocó en el tal Kurotsuchi; el rostro de este se había desfigurado en una mueca de molestia ante su llegada.
—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? ¡Pero si eres solo un niño!
Toushiro fijó sus grandes ojos en el hombre frente a él.
—Es un placer conocerte, chico —su sonrisa lucía sincera—. Mi nombre es Shunsui, aunque se suelen dirigir a mí por mi apellido, Kyouraku —ladeó la cabeza como con curiosidad—. ¿Cuál es tu nombre?
Ninguna respuesta. Las facciones del hombre dieron paso a un mohín.
—Callado, ¿eh? Bueno, veo que ya te has encontrado con Kurotsuchi, y él ya ha hecho su parte. Lo único que te falta por hacer es buscar tu espada.
El interpelado frunció el ceño.
— ¿Mi espada…?
El hombre sonrió, y señaló con la cabeza el río.
Parecía más interesado en mantener sus manos cubiertas por las mangas de su túnica que en mostrarle apropiadamente el camino.
—Bueno, puesto que la diversión se ha arruinado, yo me retiro —anunció el extraño ser, quien ya sin el manto del pánico, se le presentaba a Toushiro como un ser humano (aunque bastante raro) y no un monstruo.
—Gracias por todo, Kurotsuchi —hizo una pequeña inclinación de cabeza; seguidamente, volvió a fijar la vista en el chico—. ¿Qué esperas? Ve, chico; te lo has ganado.
Toushiro lo miró por unos instantes más.
Finalmente, echó a correr río abajo.
De locos.
Completamente de locos.
Sentía toda la sangre acudir a sus pies, y probablemente hasta su corazón lo hiciese.
Debajo de sí, todo un pueblo se dibujaba.
Mentiría si dijese que no tenía miedo, mas sabía controlarse; confiaba en Ulquiorra.
Este, al parecer percibiendo sus dudas, sencillamente afianzó sus manos en la cintura femenina.
—No te dejaré caer.
Eso la calmaba enormemente. Se relajó más, y al hacerlo, su naturaleza traviesa retornó a ella como por arte de magia: extendió los brazos, y con una sonrisa en los labios, fingió volar. Bueno, fingió que volaba por sí misma.
No sabía si Ulquiorra la veía, pero en su imaginación, ella planeaba, rompía el viento con su cuerpo y hasta hacía piruetas en el aire.
Nunca se había sentido tan libre y llena de vida como en aquel momento.
Y comprendió que no se debía únicamente al paseo a tales alturas cuando Ulquiorra la dejó en el suelo, sobre los arruinados mosaicos de un balcón aparentemente abandonado.
Sintió el corazón caer a sus pies cuando comprendió dónde se hallaba. A su lado, Ulquiorra aterrizaba y plegaba sus alas.
Ella no dudó en hablar.
—Me… trajiste a la casa de la séptima familia.
Él la miró largamente.
—Tu hogar.
El ceño de él se frunció.
—Conociste mi hogar, mujer. Y mi prisión también. Este no es mi hogar.
Orihime se preguntó si él estaba al tanto de su identidad.
Debería saber.
Apretó los puños. ¿Acaso sabría, asimismo, sobre su parentesco con Hikari…?
—Ulquiorra —masculló ella; él le prestó atención—. Hikari, ella… ella es antepasada mía.
Él permaneció tan inconmovible como siempre.
Por un momento, la joven temió haberle provocado algún shock o algo con el exceso de información: después de todo, no había reaccionado tan bien aquella mañana.
Tras unos segundos, él terminó por dirigir la vista hacia los empañados ventanales que no dejaban ver el interior del castillo.
—Entremos.
Se acercó a los cristales y levantó el puño. Orihime comprendió al instante sus intenciones, y saltó hacia él, colgándose de su brazo.
— ¡Espera, espera, espera! —no se distinguía si era una orden o una súplica lo que intentaba llevar a cabo en frenéticos susurros—. ¡Espera!
Dos brillantes esmeraldas cuestionaron sus acciones, aunque su dueño permaneció estático.
— ¡No puedes irrumpir así a tu casa…!
—Te dije que…
— ¡Ni a una ajena, menos a una ajena, Ulquiorra!
Él guardó silencio. La reina comprobó que él le permitía detener su brazo y bajarlo.
—Además, no me dijiste nada sobre lo de Hikari…
Bajó la mirada. ¿La apartaría de sí, acaso?
—Ya lo sabía.
Levantó la cabeza, boquiabierta.
—Lo supe cuando oí la forma en la que aquel humano te llamaba. El apellido —se explayó.
—… Hum, ya veo, ¿y no te incomoda, te molesta o…?
—No eres Hikari.
—… S-sí, pero aun así, el parecido y otras cosas…
—Son muy diferentes, mujer.
—… Pero… los ojos…
Según le había dicho Sora hacía mucho tiempo, los ojos grises eran una característica bastante extraña que únicamente algunos miembros de las familias Inoue y Kuchiki poseían; el libro le había revelado que Hikari los había tenido igualmente, puesto que hablaba de «la gentil doncella de ojos como la plata».
—Según supe, sus ojos y los míos…
—Hikari está muerta —fue su tajante respuesta—. Murió hace mucho; los gusanos se comieron ya sus ojos, y esto es una certeza —aquella afirmación le robó un estremecimiento a Orihime—. Tú estás viva, mujer, aunque escape a mi conocimiento el horror que pueda o no existir en tu vida. Y tus ojos… Tus ojos están llenos de… algo distinto.
La reina dejó en libertad su brazo, pasmada por su contestación. No obstante, él parecía querer decir algo más.
—Entremos, mujer —repitió entonces, y ella supo que no era eso lo que había deseado decirle.
Esta vez, Orihime no lo detuvo, y los cristales tintinearon contra las duras baldosas del balcón.
El balcón daba a una de las habitaciones principales. Ostentosa, con los más finos muebles, detalles en rojo y dorado y a la vez… cubierta de polvo y telarañas.
Parecía un antiguo cuadro, y aparentemente nadie había entrado al sitio en años.
La reina comprendió ahora el porqué del mal estado de los azulejos en el palco. Lamentó profundamente el abandono del lugar al fijarse en un piano destartalado a algunos metros de ella.
—Este lugar… parece abandonado…
Ulquiorra no le prestó atención, y se dirigió a un estante cercano.
Detrás de él, Orihime sonrió; al parecer, le había inculcado la curiosidad por la lectura. Se acercó a él, y, aunque mantuvo la distancia, preguntó:
— ¿Encontraste algo interesante para leer?
Él se tomó su tiempo en responder. Cuando lo hizo, no la miraba, sino que sus ojos seguían escrutando los distintos lomos cubiertos de polvo. Ella no alcanzaba siquiera a distinguir las letras por la falta de luz.
—No me gusta leer.
Ella parpadeó con sorpresa.
— ¿No… te gusta? Entonces, ¿por qué nunca me dijiste nada?
Ulquiorra tomó uno de los libros, y se lo pasó de forma algo brusca, pero medida. La reina lo sujetó, y vio que se trataba de un amarillento ejemplar de La Divina Comedia tras aguzar levemente su visión.
—No me gusta porque apenas sé leer —admitió él, y tuvo que bajar levemente la mirada—. Me atoro en las palabras, las letras se me mezclan.
Orihime supo que estaba avergonzado, aunque él pretendía examinar los libros de abajo. Empero, una pregunta prioritaria ante las ganas de sonreír por aquel gesto hizo mella en ella: si Ulquiorra era parte de los Cifer, ¿no había contado con una educación digna de la nobleza? ¿Por qué su dificultad para con las letras?
—Entonces prefieres que yo lo haga por ti —aventuró ella.
Él no contestó.
Ella decidió que era mejor darle su espacio, por lo que fue a examinar el resto del cuarto.
Al instante su atención se vio capturada por un escritorio cercano.
O mejor dicho, sobre lo que había encima del mismo.
Orihime escudriñó aquel extraño objeto con la vista. El polvo no la dejaba verlo bien, mas parecía una especie de caja…
Dejando el libro sobre la mesa, lo tomó con cuidado, y, una vez que sopló sobre él, distinguió que se trataba de algo parecido a un joyero. Al abrirlo, sin embargo, se encontró con un papel doblado hasta verse reducido a un minúsculo cuadradito amarillento en la esquina.
Lo desdobló, y lo leyó utilizando la tenue luz de la luna como iluminación:
14 de octubre de 1520
Augustus:
Oh, amado, ¿cuántas noches más he de atravesar sin ti, sin tu calor? ¡Extraño, querido mío, tus besos, tus cálidos brazos! ¿Cuándo vendrás a verme…?
Ya son ocho noches sin tu compañía, ¡no pretendas que no las cuente! ¿Cómo he de vivir, amado Augustus, sin ti? ¡Apiádate de tu sierva, la única que te espera, y ven a posarte a mi lecho, tu lecho, mi valiente caballero!
Me siento tan sola, querido, ¡tan sola! Y mi vientre crece, y él no siente tu compañía. ¿No vendrás, amado mío, a ver a tu hijo en mi seno?
Y sin embargo, ¡tu ausencia es sencillamente inspiradora! Prueba de esto es esta caja que ves aquí. «¿Qué es esto?», te preguntarás.
Es un invento mío perfeccionado con ayuda de cierto hábil pianista que ya conoces, y consiste en un cilindro metálico con clavijas remachadas que producen sonido cuando sueltan unas láminas también metálicas ubicadas en una especie de teclado.
¿No te parece bello…? La explicación puede sonar algo complicada, mas ¡dale cuerda, y te aseguro que no te decepcionará!
He estado pensando que la cajita musical —así he bautizado a mi creación— podría ayudar a nuestro hijo a dormir. ¿No te entusiasma la idea? Tú y yo, en la cama, y él al lado, en su cunita, esta suave melodía de fondo…
¡Oh, ¿qué habría sido de mí si no te hubiese conocido?! ¡No espero nada más que pasar la vida junto a ti, mi amado Augustus…!
Junto a ti, y nuestro bebé…
Con amor,
Juliette
Orihime sintió su corazón enternecerse ante la carta. ¿Quizás esta era la habitación de aquel hombre…? Y aun así, había algo que no le cuadraba en todo aquel asunto… ¿Qué era?
Resignada, dejó el papel fuera de la caja y le dio cuerda a la misma.
La melodía brotó al instante, para su sorpresa; no se había esperado que funcionase luego de tanto tiempo.
Y sin embargo, fue entonces que todo tuvo sentido, y sintió que podría desmayarse.
La música. La conocía a la perfección. Había oído a Urahara practicarla muchas veces en el piano, y se había convertido en una de sus músicas favoritas.
Y todo estaba tan mal.
Las cajitas musicales habían sido inventadas recién a comienzos del siglo XIX; no había forma de que aquella carta fuese verdadera.
Y además… La música, ¡oh, la música!
Canon en re mayor.
Todo estaba mal. Absolutamente errado. Aquella música era antigua, sí, pero no tanto… Era perteneciente al periodo entre los años 1600 y 1700, mas definitivamente no 1500.
Orihime sintió las manos temblarle, y se percató de la respiración de Ulquiorra sobre su hombro. Curioso, ¿así que necesitaba respirar…? No, probablemente lo hacía por costumbre; dudaba que hubiese sobrevivido en su encierro de necesitar oxígeno.
—Mujer, ¿por qué te sobresaltas?
Volteó para mirarlo, y situó la caja sobre la mesa, temerosa de dejarla caer. No encontraba las palabras para explicarlo.
—Es… cronológicamente imposible que esta caja haya sido fabricada en el año que una carta que encontré dice que ha sido hecha. Y también la música…
A todo eso, la música no se detiene.
Ulquiorra esperó pacientemente a que terminase de explayarse, y posteriormente explicó:
—La familia Cifer… es conocida por ser oriunda del Tiempo. He escuchado historias… de que sus miembros pueden viajar a través de él a voluntad.
Orihime sintió su mandíbula caer.
—Es decir… ¿son Guardianes del Tiempo?
El aludido negó con la cabeza.
—No te confundas, mujer. Hay una diferencia abismal entre las sucias criaturas conocidas como Guardianes del Tiempo, y los Oriundos del Tiempo.
Ella deseaba saber la diferencia, mas cambió la pregunta por una que se constituía en una prioridad:
—Tú… ¿tú puedes hacer eso? ¿Viajar en el tiempo?
Él se encogió de hombros.
—Si puedo… no sé cómo. Probablemente no —fijó la vista en una de sus manos; sus dedos se movían como si tocase las teclas de un invisible piano—. Creo que es parte de mi castigo la ausencia de dicho poder.
La pelirroja comprendió que él no deseaba hablar más al respecto por su tono de voz. Increíblemente, aunque cualquiera podría opinar que el demonio permanecía igual de glacial las veinticuatro horas del día, para ella no era así; había aprendido a percibir cada pequeño cambio en su voz o en sus maneras.
Esto la hacía inmensamente feliz.
Ulquiorra notó su fascinación para con él, y la miró de soslayo.
— ¿Qué ocurre, mujer?
—Pensaba en cómo cada vez te comprendo más.
Ella se percató de que él se sentía perdido ante sus palabras.
—No es propio de los humanos comprender.
—Tal vez no sea humana…
—Tonterías; eres humana, mujer.
—Para ti no parezco serlo.
Mirándola, esperó a que se aclarase.
—Tengo esta ligera sensación de que desprecias a los humanos, Ulquiorra. Y sin embargo, me das la aún más ligera impresión de que me excluyes a mí del género humano al no despreciarme —una risita escapó de sus labios—. Al menos de forma tan abierta.
Por supuesto, ella sabía que no obtendría respuesta una vez más.
Finalmente salieron de la habitación principal, debido a la insistencia de la mujer.
«Deseo tener una plática con el representante de la familia Cifer».
Ulquiorra no le veía la importancia. Después de todo, desde su punto de vista, él era como el hilo rasgado en aquel tejido familiar; su existencia no debió haber tomado lugar, y de haberlo hecho, hacía tiempo que debería haber cesado.
Actualmente, se identificaba tanto con los Cifer como con la humanidad en general. ¡Qué mucho habían cambiado las cosas desde su condena!
La mujer, por otro lado…
La veía avanzar con desenvoltura frente a él. No temía, ni siquiera cuando estaba tan oscuro y el tenebroso castillo se presentase como nada más que un conjunto de largos y fríos pasillos abandonados y repletos de polvo.
Tal y como el primer día.
Pero esta vez, él no la esperaba, no.
Él iba detrás de ella.
Sintió ganas de sonreír, cada pisada suya siendo un reflejo de una de las de ella.
¿No temía, acaso, a la muerte? ¿A la soledad, al dolor…?
¿A la desesperación?
Él era sinónimo de absolutamente todo ello.
No obstante, ella no le temía.
¿Puedo confiar en ti cuando se trata de esto, mujer?
No estaba seguro de que así fuese. Pero ella, ella y su luz, ella y su voz, ella y sus pisadas le hacían desear creer.
Ella y su tacto.
Ella y su boca moviéndose al leer.
Ella y sus letras, sus palabras convertidas en canciones de cuna para un hombre que no podía dormir desde hacía una eternidad.
O por el contrario, la luz del sol para alguien con los ojos cerrados.
La luz del sol que lo obligaba a abrirlos…
Iba a decírselo. Iba a decirle: «No quiero que te alejes de mí nunca, mujer».
Pero ella misma lo desconcentró, deteniéndose de pronto.
No alcanzó a preguntar qué sucedía, pues ella se le adelantó:
—Hay… alguien aquí.
Ulquiorra estaba seguro de que esto no era normal. De manera tácita, ambos habían dado por hecho la ausencia de cualquier habitante en el castillo; lucía abandonado desde afuera, e igualmente desde adentro. Cuando la mujer había hablado de querer platicar con uno de los Cifer, había sido una esperanza más que vacía.
Por eso compartió la sorpresa de la muchacha cuando esta señaló la oscura silueta sentada sobre el trono del salón principal, al cual finalmente habían arribado: el hombre estaba encorvado, y la luz lunar que se colaba por los extensos vitrales apenas si servía para dar un color azulado a la habitación, y leve forma al ser frente a ella.
— ¡Oh, estoy tan feliz de haberlo encontrado, señor Cifer! —exclamó la joven a la par que se acercaba al trono, como si fuese perfectamente normal irrumpir en un castillo ajeno con un demonio pisándole los talones—. ¡Y he aquí que creía que no había nadie en esta venerable morada! —a Ulquiorra no le gustaban sus palabras pretenciosas; no era para nada como ella—. ¿Podría tener unas palabras con usted…? Verá, he estado en el pueblo… ¡Oh, Dios mío!
Su acompañante no comprendió el porqué de su repentina reacción: la mujer se había cubierto la boca con una mano, y aunque no podía ver su rostro desde su posición, no lucía feliz. Terminó por retroceder paso por paso, y buscar su mirada, desesperada.
—Ulquiorra —no sabía si susurraba adrede, o si la voz se le había escapado—, está muerto.
Orihime se sorprendió de que al instante Ulquiorra se encontrase frente a ella. Supuso que se debía a una cuestión de instinto: alguien muerto significaba peligro, y entre Ulquiorra y ella, era él quien podría defenderse de cualquier trampa o emboscada que pudiese yacer frente a ellos en aquel instante.
Tragando saliva, esperó al veredicto de su acompañante.
Él lucía tenso, como antes de realizar alguna de sus habitualmente inesperadas acciones.
La reina se mantuvo calmada, y examinó una vez más el cadáver desde su posición…
Había muerto hacía mucho tiempo, eso era obvio. No eran más que huesos amarillentos, envueltos en una túnica oscura complementada con un cinturón blanco. El material lucía ajado por el paso de los años, mas si ella estaba en lo cierto, se trataba de alguna tela similar a la gamuza.
La razón por la que no había logrando distinguir al instante la calavera se debía a la oscuridad, y a la capucha que cubría el cráneo, lo que dificultaba su agudeza visual.
Pero para Ulquiorra no parecía existir tal impedimento…
—Lo conozco —su voz era calma mientras se aproximaba al que antaño fuese un hombre—. No olvidaría esta túnica, ni lo que representa. Olvidaría mi propio nombre cinco veces, y aún recordaría a este hombre.
Orihime esperó. Sabía que él le daría la respuesta si era paciente.
Ulquiorra volteó hacia ella, ni un solo músculo en su semblante traicionando sus emociones.
—Este hombre… es el Gran Guardián del tiempo. El hombre que me encerró.
Volviendo su cabeza en aquella dirección, extendió la mano para tomar su bastón. Al instante en que su piel hizo contacto con la madera, una luz blanca refulgió, y le robó un siseo.
— ¡Ulquiorra, ¿estás bien?!
Él eligió responder de una manera distinta.
—Ah, ¿aún damos pelea, Genryuusai Yamamoto?
No obstante, Orihime se había acercado a él, y notó algo raro en su mirada.
—Mujer —murmuró—, necesito que te marches.
Ella sintió su corazón caer al suelo. Al notar que no obtenía una respuesta de su siempre locuaz compañera, él fijó la vista en ella.
—Espérame en el cuarto, mujer. En el cuarto de la caja de música.
La joven tuvo ganas de sonreír de alivio; había malinterpretado sus palabras.
—Pero ¿por qué…?
—Vete.
Estuvo a punto de oponerse. Mas, ¿qué sentido tenía? ¿El querer saberlo todo de él, siempre? No era posible. Además, había prometido que se encontrarían en aquella habitación.
—De acuerdo…
Y volviendo sobre sus pasos, se encaminó a aquella recámara.
No había consuelo. Sabía que el señor Ukitake estaba desolado por no poseer las palabras que la aliviasen, mas ¿qué podía hacer?
Llorar. Llorar desconsolada por la muerte de Kaien.
No entendía cómo había ocurrido, solo que últimamente había habido demasiados ataques por parte de los Encadenados.
Siempre había existido la posibilidad de que Kaien cayese en combate, y así había ocurrido. Él mismo se lo había advertido…
… mas no era su advertencia lo único que quedaba en su mente.
«Escucha bien, Rukia; si algo llegase a pasarme…»
Así que se apartó del señor Ukitake, y enjugándose las lágrimas, lo miró con determinación. Él no pareció comprender sus intenciones, y tampoco lo hizo el pequeño Albus, quien la escrutó con su naricilla inquieta propia de los de su especie.
«… has de ocupar mi lugar».
—Señor Ukitake, me convertiré en una Guardiana.
Ulquiorra observó los restos de Yamamoto.
Contrariamente a lo que pudiese esperarse, no sentía satisfacción ni alegría al verlo muerto: esas emociones eran demasiado humanas, y aunque aún tuviese problemas con el «corazón» y el «amor», se consideraba a sí mismo más que por encima de la negatividad de sentimientos como el rencor o el odio.
Lo que lo empujaba a permanecer tiempo extra con aquellos huesos era lo que había acontecido cuando intentase tocar su bastón: la mujer no lo había advertido, pues sus pobres sentidos humanos no se lo permitirían ni en un millón de años, mas él sí.
En aquel grueso, tosco trozo de madera, había unas letras inscritas. Letras que se habían hecho visibles al contacto con sus garras: parecían haber sido a grabadas a fuego recientemente.
Los símbolos eran confusos, en especial para alguien que no tenía experiencia en aquellos temas. ¿No habría sido mejor preguntarle a la mujer…?
No.
Algo le decía que esto se trataba de él, y de nadie más que él.
Entornó los ojos, y se empeñó en descifrar las confusas palabras…
Abrió los ventanales —o lo que quedaba de ellos— como debiese haber hecho antes, y así dar paso a toda la iluminación posible.
Ahora se le haría más fácil revisar el librero, el único lugar al que no había tenido acceso con anterioridad al hallarse Ulquiorra revisándolo.
Hurgando entre libros y libros —«¡Dios, qué tesoro, versiones originales de tantas obras!»—, encontró uno en particular que le llamó la atención debido a su falta de título.
Abriéndolo, descubrió que se trataba de un volumen de Tristes, de Ovidio.
En la primera página, con letra minúscula y temblorosa, se leía lo siguiente:
12 de diciembre de 1521 del calendario gregoriano (pues sé que finalmente ha de sustituir al juliano, y deseo dejar esto claro para ti)
Kisuke:
Me estoy muriendo.
Ahora, ¿es esto realmente una sorpresa…?
Él no fue lo que yo pensaba. No fue lo que yo pensaba, mi Augustus. No está aquí cuando lo necesito, y sin embargo, no puedo dejar de amarlo.
Este libro es el regalo que me has dado en un inútil intento de aliviar mi dolor, mas yo sé que no es espiritual, sino físico. No puedo hacer más que releer una sola sección del libro una y otra vez:
«Tú, que en mejores días mereciste mi absoluta confianza, que eras mi refugio y mi único puerto, ¿tú abandonas también la defensa que aceptaste del amigo, y te descargas solícito de tan piadosa obligación? Confieso que soy una carga pesada, mas si habías de rechazarla en los momentos difíciles, nunca debiste aceptarla».
Sé lo que ocurre conmigo, y lo acepto. Me siento destrozada, ciertamente, mas sé la causa de mis pesares, y la acepto asimismo.
Aceptaré todo de él, aunque no me ame ni me haya amado nunca.
Aunque nunca vaya a amar a Patrick y a Augusta.
Son sus hijos, y serán suyos para siempre.
Solo espero que puedan perdonarme por dejarlos; no soy más que una pobre mujer enamorada de un verdugo, y así, he de pasar mis últimas horas en el patíbulo de dolores que yo misma me acarreé.
Empero, de solo pensar que lees esto, mi soledad se alivia: tales conceptos como el ayer, el hoy y el mañana se confunden para una mujer como yo.
Lo llevo en la sangre, después de todo.
Y así sean mis últimas palabras, tú, querido Kisuke, has de saber que estás leyendo el testimonio de una mujer que no hizo más en su vida que amar.
Amé.
Y ese fue mi pecado.
Dejarme guiar en demasía por el corazón.
Y rezo, no obstante, porque mis hijos amen de igual forma. Que conozcan esta felicidad, y este dolor.
Porque no hay tal cosa como sentido en una vida carente de amor.
Ahora, la vela se agota. La luz llega a su fin, y con esto, la oscuridad me acecha.
He de despedirme.
De ti, Kisuke, mi único amigo.
De Augustus, que ha desaparecido de mi vida solo para traerme más desesperación luego.
Y por supuesto, también de Patrick y Augusta.
Dentro de unos instantes, vendrás a serenarme con tu angelical ejecución del piano. (Y debo hacer una pausa para recordar que una de las mejores cosas que hice en mi vida fue enseñarte a entablar conversación con tan noble instrumento, ¡en especial ahora que sus teclas no responden a mis manos trémulas…!).
Ah, ¡quizás en algún otro instante de mi vida, adorado Kisuke, habría tenido yo la oportunidad…!
Pero inútil pensarlo ahora.
Inútil decirlo, insinuarlo siquiera, cuando no hago más que herirte una y otra vez.
Inútil.
Buenas noches, por lo tanto.
Buenas noches y adiós, mi adorado amigo.
Solo te pido… que recuerdes tanto a Patrick como a Augusta que yo los amé; déjales saber que su madre los amó de forma desmedida.
Los amó tanto que dio su vida por ellos.
Juliette Cifer
Las palabras se nublaban. Orihime comprendió que estaba llorando. Y lloraba por la carta, y lloraba por…
Por el retrato.
El retrato, en nada más que un amarillento papel ajado detrás de la página donde había escrito su despedida.
Su nombre y la fecha estaban al pie de la imagen, era imposible que no fuese ella.
Juliette Cifer, 5 de diciembre de 1521.
Su rostro era delicado, una belleza invernal con aquella pálida piel. Y sin embargo, el largo y lacio cabello negro caía a los costados resaltando su blancura. Desde la pintura, sus ojos de un color verde brillante perseguían a Orihime.
Y no obstante, ya en aquella imagen, el pintor había retratado de forma certera aunque cruel la belleza apagándose de Juliette.
En sus brazos, dos niños de aproximadamente un año vistiendo finas túnicas verdes y rosas. Uno de ellos, el de verde, tenía los ojos y el cabello de su madre, y miraba a Orihime con curiosidad. La otra, una pequeña niña al parecer, también clavaba su vista en ella: sus ojos y cabellos castaños no eran tan impresionantes como el verdor de los del resto de su familia, mas desde el punto de vista de la pelirroja, era igual de bella que Juliette y el pequeño.
Y detrás de ellos, como el eterno protector que era, se hallaba Kisuke Urahara tal y como ella lo había visto hacía dos días.
La joven reina sintió que podría caerse de rodillas y llorar.
Llorar porque ahora comprendía que no había existido una sola historia de amor con final feliz para los Cifer.
Y… ella se parece tanto a Ulquiorra. Y el niño, ¿no es igual, acaso…?
Cayó en la cuenta de su error, entonces.
No había tal cosa como una séptima familia…
Ulquiorra los había asesinado.
Y aquel hombre muerto, aquel cadáver… era el que había tomado su lugar.
¿Cómo había podido olvidarlo?
¿Cómo había podido haberse perdido tanto en Ulquiorra y su mundo como para olvidar tan crucial información…?
El único parentesco de Ulquiorra con los Cifer se erigía en que ahora era él quien cargaba con la maldición.
Tuvo ganas de morirse. Allí mismo. ¿Cómo había olvidado algo tan sustancial…?
¿Y cómo algo tan sustancial, tan bien explicado, se veía ahora puesto en duda ante sus ojos, al haberse encontrado con los ojos de Juliette…?
Debería preguntar a Urahara. Debería preguntar a Yoruichi. No entendía nada, no entendía cómo podían haber existido en aquel entonces y existir también ahora, mas supuso que estarían liados con todo el asunto de los Guardianes y el Tiempo.
Su cabeza le daba vueltas. Era demasiado confuso, y demasiado…
… aterrador.
¿Y si Ulquiorra era en verdad un Cifer? Según el libro, había insistido en conservar el apellido contra viento y marea… ¿Y si él sabía de sus orígenes?
Pero a su vez, ¿debía fiarse de la memoria de Ulquiorra? No parecía recordar todo su pasado a veces, ni querer recordarlo.
Eso la aterraba.
Se encontraba ante un gran enigma, un enorme laberinto lleno de misterios y peligros.
¿Y si era cierto, y Ulquiorra era un Cifer de pura cepa…?
¿Dónde acababa la mentira y empezaba la verdad?
¿O dónde acababa la verdad, y empezaba la mentira?
Escapaba a su conocimiento siquiera el sitio donde estaba parada: ¿verdad o mentira? ¿Mentira o verdad?
Una vez más, concluía lo mismo: lo único certero era que ella estaba atada a Ulquiorra.
De alguna manera que no alcanzaba a comprender.
Tal vez en ello no había tales cosas como intrigas ni destino.
No tal cosa, tampoco, como cruzarse con un desconocido y enamorarse de él por su sonrisa —Dios, ¿es que acaso Ulquiorra sabía cómo sonreír, siquiera?—.
Pero era fuerte.
Y era todo lo que tenía.
—Todo lo que tengo…
— ¿De qué hablas mujer?
Orihime levantó la vista y vio a Ulquiorra parado en el marco de la puerta.
No respondió, pero su mente respondió mil veces la pregunta, como una orquesta perfectamente sincronizada en su totalidad.
Tú.
Tú.
Tú…
Byakuya no podía creer lo que oía.
Sabía de la existencia de los Guardianes; era imposible pertenecer a una de las siete familias y no hacerlo.
Pero ¿el que Rukia se tornase una?
Jamás. No era posible.
Y sin embargo, se veía tan resuelta… Aquel hombre a quien ella llamaba «Ukitake» lucía contrariado. Como evitando su mirada, la llevó al conejo que permanecía a uno de sus costados; sus dedos mimaron el albino pelaje.
—Rukia… —murmuró él—. No sé si sea una buena idea. Sé que tienes el potencial, sé perfectamente que lo tienes, pero…
Byakuya sabía lo que ocurría. Y compartía plenamente la opinión de Ukitake: no había más razón para negarle a Rukia aquello que sus propios temores.
—Kaien me lo pidió —musitó ella—. Kaien me dijo que podría, me dijo que tendría el potencial, y que si algo le ocurriese a él…
—Esa no es razón suficiente —replicó el hombre, quien ahora le prestaba la debida atención—. Hay mucho más en esto que el deber de una amistad: hay compromiso, disciplina, voluntad, fortaleza… No te imaginas los riesgos a los que conlleva el ser un Guardián.
Aquel era un buen argumento. Byakuya pensó que si no fuese un sucio plebeyo, podría hasta caerle bien aquel hombre.
—Lo sé, señor Ukitake —fue, no obstante, la respuesta de su hermana, la cual vino acompañada de una leve inclinación de cabeza—. Lo sé porque sueño con ello todas las noches.
Una profusa tos atacó al hombre, y recién entonces Byakuya reparó en lo delicado de su situación.
—Rukia —dijo cuando al fin hubo recuperado el aliento—, ¿estás segura? Una vez que empieces con ello… no hay vuelta atrás. Además, se supone que nadie que pertenezca a las siete familias debe…
—Kaien era un noble, también.
El hombre adoptó una expresión lívida. Desde el punto de vista de Byakuya, estaba al tanto de lo que Rukia declaraba, mas había jugado aquella carta a causa de la desesperación que le causaba el verla tan decidida a arriesgar su vida.
—Sé que era parte de los Kurosaki… —murmuró ella—. Pero lo dejó todo luego de perder a su esposa. Decidió que no deseaba más que proteger a su familia, y a todo ser viviente de aquellos monstruos.
— ¿Y es ese el destino que quieres para ti? —cuestionó Ukitake—. ¿Una vida eterna, lejos de tu familia porque debes protegerlos? Ah, no sé ni para qué me molesto en hablar en plural —suspiró—. ¿Soportarías una vida lejos de tu hermano?
Byakuya tenía que ver la expresión de Rukia. Se movió apenas, y tuvo éxito en no causar ningún ruido; ahora tenía un panorama perfecto del rostro femenino.
—Byakuya… —el Justo no pudo evitar mirarla con sorpresa; era la primera vez que la oía pronunciar su nombre, puesto que siempre se dirigía a él como «hermano»— nunca me ha mirado. No lo ha hecho una sola vez.
Ella bajó la cabeza. Nadie se atrevió a decir nada por un largo instante.
—No haría ninguna diferencia el que yo pudiese protegerlo sin que lo supiese.
El noble disfrazado de mendigo cerró los ojos.
—Ni siquiera entonces me miraría.
Ulquiorra la había alcanzado hacía unos minutos, mas no había podido aunar fuerzas para dirigirse a la mujer: sus emociones centelleando en su rostro durante la lectura de aquel libro en sus manos eran variadas y atractivas, no había podido apartar la vista ni pensar en nada más.
Pero las lágrimas…
Las lágrimas, cuando se trataba de ella, lo desesperaban. Una parte de él deseaba contemplarla durante días enteros, verla y oírla reír o llorar.
Mas no si eso significaba sufrimiento de su parte…
Por eso había hablado.
—Ul… quiorra —su respuesta era entrecortada, y la notaba temblar.
Por un momento, pareció querer decir algo más. Triste, en verdad, ¿por qué debían ambos contenerse siempre…?
Empero, cambió de opinión cuando ella extendió el brazo que sujetaba el libro.
Entonces, ¿quieres mostrarme directamente…?
Cuando lo hubo tomado y lo hubo abierto, lo mínimo que podía decir era que no se esperaba aquello: era más que sentimental, lleno de incoherencias a causa de pensamientos erráticos de la autora, sin contar con el desafío que le suponía entender lo que había escrito allí.
Y a su vez… era lo más bello que había leído jamás.
Patrick.
Miró la fecha una vez más.
Por supuesto.
Frente a él, la mujer esperaba pacientemente. Ulquiorra decidió que lo menos que podía hacer era ser sincero con ella.
—Mujer, creo que nunca te dije sobre mi cumpleaños.
Ella negó con la cabeza. Claramente no se había esperado que él supiese la fecha en la que había nacido. Y tenía sentido, puesto que había estado preso tanto tiempo… Y a su vez, cuando era libre, no era más que un joven al cuidado de un pescador.
Pero Bernard festejaba su cumpleaños, siempre.
Y le había dicho la verdad antes de morir.
Por eso había defendido su apellido sin importar qué.
—Nací el primero de diciembre del año 1520, mujer.
Ante sus palabras, ella rompió en sollozos, y se dejó caer sobre la cama, sin importarle el polvo ni la mugre.
Él se aproximó a ella, sentándose en la cama, a su lado.
— ¿Y ahora por qué lloras?
— ¡Oh, Ulquiorra…!
No pudo disimular su sorpresa cuando ella lo envolvió entre sus brazos a la par que gimoteaba contra su pecho. No sabía dónde poner la mano libre —la otra le servía de apoyo en la cama—, por lo que la mantuvo a centímetros de su espalda, para finalmente no hacer nada.
— ¡Lloro porque ahora sé que al menos una persona, una persona más…!
Pero no terminó la frase.
— ¿Una persona más…? —le instó él.
— ¡Una persona más… —se apartó y lo miró a los ojos, desesperada— te amó tanto, tanto como yo te amo, Ulquiorra!
Él sintió la típica calidez que ella le brindaba hacer mella en su interior. Y entonces, recordó lo que había ocurrido en el lago.
Se halló, no obstante, más débil; después de todo, esta vez no pudo reunir el coraje suficiente para huir de ella.
—Palabras vacías, mujer. Palabras vacías de amor humano.
—No es así…
—Así es.
Ella dudó un momento, y finalmente se serenó. La sonrisa que revoloteó en sus labios era simplemente hermosa…
Apartándose levemente, ella estiró la mano hacia el escritorio cercano, tomando la caja de música; le dio cuerda, y luego de un breve instante, esta empezó a sonar.
— ¿Lo escuchas? —inquirió ella—. Este es el amor humano, Ulquiorra. El amor que Juliette te tenía.
Él permaneció en silencio, aunque sus ojos no podían apartarse de aquellos orbes grises.
—Ulquiorra… extiende tu mano. Los cinco dedos, frente a mí. Quiero verla.
No supo por qué le pedía aquello, mas lo hizo; sentía que el no hacerlo rompería el encanto casi onírico que se respiraba en aquella recámara.
Después de dejar la cajita en su lugar, la mujer colocó la propia mano a centímetros de la suya, y apoyó el meñique contra el suyo.
—Nosotros, como uno, no estamos entremezclados…
¿Entremezclados? No. No somos familia, ni somos amigos, ¿qué tenemos que ver el uno con el otro?
El dedo anular contra el suyo, mucho más pequeño y desnudo.
—Como dos, no compartimos una misma forma…
Eres humana. Y yo… yo no soy humano. Ya no.
Las miradas fijas en el dedo corazón.
—Como tres, simplemente no tenemos ojos…
Tú y yo no vemos las cosas de la misma manera…
Dedo índice contra el dedo índice, el de la mujer apuntando levemente hacia el lado izquierdo de su pecho.
—Como cuatro, no hay esperanza en esa dirección…
¿En mi corazón? Por supuesto que no. Necesitarías algo más para salvarte, para salvarme.
El último dedo, el pulgar, encontró a su igual.
—Como cinco… Allí, allí yace el corazón.
Ulquiorra supo al instante a que se refería.
Lo sabía por el espacio que ella había dejado entre ambas manos.
—Mis palabras pueden ser falsas, puesto que cualquiera puede pronunciarlas —dijo entonces ella—, pero la calidez de la mano que te tiendo es real, Ulquiorra.
Calló a la par que lo hizo la cajita de música. No encontraba las palabras. ¿Cómo hablarle a ella, cómo decirle…?
—«Te amo».
Ella se sobresaltó. Él finiquitó la frase:
—«Te amo». Eso dijiste.
La mujer parecía algo desilusionada, mas se limitó a dar una cabeceada para indicar que sí, que había dicho eso. Ah, qué exquisito era el color de sus mejillas cuando se ruborizaba…
—Ella también dijo lo mismo. Y me dejó. Las dos lo hicieron. «Te amo». Pero me dejaron solo.
—Yo no…
Él colocó su mano libre sobre la boca ajena, silenciándola.
—Si amarme tiene esa connotación para ti, mujer, no quiero que me ames. No quiero que me ames si vas a dejarme. No quiero tu amor, ¿quién querría tal cosa como tu amor —el maligno énfasis era imposible de pasar por alto—, algo tan efímero como estúpidos sentimientos humanos? Tu vida en sí es efímera… pero es eso lo que quiero: tu compañía, mujer. Quiero tu compañía. No tienes permiso para marcharte, no tienes permiso para morirte, tienes que resistir, vivir por cuanto tiempo este cuerpo tuyo te conceda.
»Porque tienes que estar a mi lado, mujer.
Pero ella, por supuesto, retiró los dedos que le impedían hablar.
—No voy a dejarte.
—Te oyes tan segura… —él dio un resoplido, lo que al parecer fascinó a la mujer; o eso vio en sus ojos—. Pero podrías marcharte ahora. Y nunca me volverías a v…
No pudo terminar su frase. No cuando los labios de ella lo acallaron.
Él no tuvo más opción que cerrar los ojos; los besos de aquella mujer lo obligaban a tornarse vulnerable.
Venía queriendo eso desde antaño, solo que se había resignado a que no podría tenerla de aquella forma puesto que no quería que se marchase de su lado.
Cuando finalmente se separaron, las manos ahora enlazadas, ella susurró:
—Quiero tocarte.
El comprendió lo que ella quería decir. Igual que en el lago, no era una petición inocente, y a la vez, no era resultado de la simple atracción sexual.
Ella deseaba conocer su cuerpo. Cada rincón. Tanto como él la deseaba a ella.
—Te asustaré…
Una risita escapó de los labios ajenos, y tuvo que levantar los párpados para mirar la expresión ajena. Estuvo a punto de cuestionar su origen, cuando ella se le adelantó:
—Dije que no te tengo miedo, ¿no es así? Y además… fuiste tú quien huyó asustado de mí la última vez, Ulquiorra…
Él no pudo objetar mucho más. Las manos sobre su pecho, sobre sus músculos, eran suaves y habilidosas…
O quizás se trataba sencillamente de una debilidad nacida en él a partir del influjo de ella.
—Te amo.
Qué fácil era para ella decirlo. Qué fácil era mientras sus manos vagaban a rincones lejanos, rincones a los que nadie había tenido acceso desde su muerte.
Porque él había muerto.
Y no obstante, esta mujer parecía traerlo a la vida nuevamente…
Sus manos encontraron el lugar que buscaban. Él la miraba, y ella sabía que él la miraba.
Mas no se detuvo.
Acarició aquella virilidad dormida, y la hizo despertar de a poco.
Ulquiorra no sentía tal cosa como vergüenza. Había anhelado aquello; solo que no se lo había admitido ni a sí mismo.
Empero, cuando sus dedos encontraron el punto justo para despertar a su miembro, tuvo que cerrar los ojos una vez más y reprimir un gemido.
Cuando los abrió de vuelta, vio que ella lo miraba con una sonrisa tímida mientras seguía tocándolo.
—No eres más que un hombre, Ulquiorra —murmuró ella, en apariencia leyendo cada fugaz pensamiento en su cabeza: «¿me querrá como dice quererme aún después de ver esta parte de mí?»—. Y yo no soy nada más que una mujer… que ama al hombre que eres.
No dejaba de sorprenderle cómo podía pronunciar palabras de amor una tras otra, y él no la hallaba melosa ni falsa.
Era la verdad.
¿Qué había malo de la verdad?
Se dio el lujo de creer en sus palabras mientras ella lo arrastraba, lo llevaba como un barco a la deriva en el océano.
Porque no podía seguir negando todo esto.
Notó un movimiento, y reparó en que ella se había acercado aún más, y, habiendo pegado su mejilla a la suya, no dejaba de masturbarlo.
El pensar en sus acciones lo hacían estremecerse. El sentirlas, lo llevaban al borde de la locura. Su aroma inundando sus fosas nasales le causaban temblores simplemente patéticos.
Al fin sus manos ocuparon su lugar en la espalda de ella mientras la apretaban contra sí en su desespero.
Como era de esperarse, ella no tardó en llevarlo al límite; las sábanas fueron testigo de ello, así como del gruñido que se escapó del fondo de su garganta.
Jadeando, Ulquiorra fijó la vista en la blanca evidencia del poder con el que ella contaba sobre él. Enseguida notó las manchas también en sus dedos.
Aunque no era de tener pensamientos así, sintió que no era digno de mancillar de aquella guisa las manos que se habían tendido hacia él ya tantas veces…
Sus ojos, entonces, se hallaron frente a los de ella.
La boca de ella se movió, y él la observó en silencio; lucía a punto de llorar de la emoción.
—Te toqué. Finalmente, te toqué.
Sabía a lo que se refería.
Hablaba de que él no la había apartado, y hasta la había acogido entre sus brazos.
Y sin embargo, ella ignoraba de un significado más, oculto en sus palabras.
Uno que solo él comprendía.
Buscó su boca, porque si bien no las diría, tenía las palabras colgando de sus labios.
Me tocaste, mujer.
Efectivamente.
Me tocaste…
¿Y qué piensan, mis queridos y queridas? c:
Ahora, GRACIAS ESPECIALES a Princess Kitty1, quien dio tan bella interpretación al poema de Orihime (aunque algunas cositas yo cambié-agregué, pero muy poco). Aclaro aquí porque no quería spoilear a nadie lo que ocurría (?)
Gracias a todos por leer, y por FAVOR DEJENME REVIEW NO ES TONTERÍA ESTO, MÁS DE 10.000 PALABRAS FUERON, NOCHES SIN DORMIR GENTE (?)
Y hablando de eso... *tira confeti* ¡LLEGUÉ A LOS 50 -en realidad 51- REVIEWS! ESTOY FELIZ :'D -es un logro para una inconstante como yo-.
Saludos.
-Pequeña.
