Doña Flor

¿Qué hacer con ella? Como lo supuse, pidió el día libre. Y faltó al trabajo. Así que solicité permiso para terminar antes con el reparto, de manera que pude pasar a la medianoche por su casa.

¿Qué había sucedido al mediodía? Desperté y la tenía desnuda entre mis brazos. Pero no me atreví a hacerle absolutamente nada. Tal era el respeto que extrañamente me inspiraba. Y digo extrañamente en relación a mi forma de ser desfachatada, que me impedía a veces dar a la gente un trato "respetuoso" o mejor aún "recatado". Así que extrañamente, ella había logrado que yo me portara bien y no me saliera de mis cabales.

Despertó y estaba un poco zombie. Con gracia lo noté. Me resultó divertido, porque me gustaba descubrir sus gestos, dichos y costumbres más íntimas y personales… aquellas que sólo llegamos a captar a medida que pasa el tiempo y aumentamos el caudal de conocimientos relativos a la persona que amamos.

Me miró con los ojos perdidos, pues, según me dijo luego, la abombaba dormir más de ocho horas. Creo que incluso estaba muy confundida al advertirme en su cama, semidesnudo, viéndola despertar. Sin embargo, no se atrevió a decir nada. Levantó un poco su rostro para besar mi barbilla pero estaba tan mareada luego de haber dormido tanto que erró el destino del beso que fue a parar a mis labios. Fue efímero y lleno de confusión e inocencia. Y como no me lo esperaba, no pude corresponderle. Sin embargo, llegué a esbozar una sonrisa. Ella no dijo nada, y en consecuencia, yo tampoco.

Casi se enloquece al ver la hora. Doce y catorce minutos marcaba mi reloj. Se levantó como una topadora y no tuve más remedio que hacer lo mismo. Me ofrecí a preparar el desayuno.

Con dolor noté que a medida que el café la despertaba, ella iba reaccionando y acomodando sus ideas, y por ende, recordando todo lo que había sucedido la noche previa. No quise preguntarle nada, puesto que me aseguró que me contaría cuando se sintiera mejor.

Me despedí de ella con un tímido beso en la frente y me marché a mi casa.

Pasé nervioso la tarde y por fin me sorprendió la hora de ir a la pizzería, y, como ya dije, no me sorprendió el hecho de que no viniera. Salí más temprano y me dirigí a su casa.

Me adentré en ella y golpeé con suavidad la puerta. No se demoró en abrirme. Mi corazón se detuvo al verla tan bonita, con el cabello rojo suelto y un pijama de seda blanco muy fresco, pues el calor aún a esas horas era bastante intenso.

- Ryo… me imaginé que serías tú… pasa…- invitó, abriendo la puerta.

- ¿Estabas durmiendo? Vengo mañana… no quiero molestarte…

- No claro que no… Estaba leyendo un poco. Nada más…

Ingresé y observé que efectivamente, la lámpara grande a un lado del puff se hallaba encendida, y en la mesita yacía el libraco abierto de par en par.

- ¿Qué lees?- inquirí, levantando un poco la tapa del libro para leer el título – Vaya… "Doña Flor y sus dos maridos"… es una novela muy graciosa…

- Sí… así es…

- Hace años la leí… hace bastante a decir verdad…

- Aproveché que me había tomado el día libre para arrancar a leerla…

- ¿Y? ¿Qué te pareció? ¿Te identificas con ella?

- ¿Con quién?

- Con Flor.

- No lo sé, Ryo… ¿por qué lo preguntas?- preguntó, tomando asiento en el sofá, mientras palmeaba con suavidad el espacio a su lado invitándome a sentarme a mí.

- Bueno… tú sabrás la historia… Flor era esposa de Vadinho… y él murió. Y luego se casó con el doctor Madureira… Al primero lo quería… y lo siguió queriendo luego de muerto… demasiado. Tanto que siempre pensé que al segundo nunca llegó a amarlo realmente…

- Bueno… no veo la relación que hay entre ella y yo…

- Es sencillo… Matt es para ti lo que fue Vadinho a ella… y yo sería el segundo marido, pese a que en realidad no soy más que tu amigo… aunque, según lo que creo, lo mismo que era Madureira para Flor.

- No, claro que no… No me identifico con ella…

- ¿No?

- No… porque yo a Matt lo detesto…

- Vamos, Rika… - musité con ironía.

- Y a ti no te estoy usando… Creo que quizás en un sentido inverso podría identificarme con ella… mediante la interpretación que hago yo de la historia…- añadió luego de meditar unos segundos.

- ¿Cómo?

- Yo uso la excusa de Matt, y en ese sentido uso a Matt, para no ilusionarte ni herirte a ti… Ya sabes… Flor no se anima a entablar relación con Madureira. Y por eso utiliza como excusa a su esposo muerto, al que dice tener que honrar… Yo creo que ella finalmente conoce el amor en los brazos de Madureira. Con Vadinho conoció el amor carnal… o mejor aún, el sexo… pero eso no significa que haya conocido el amor… Ahora bien… también se sintió aburrida con Madureira, pues éste era muy recatado… precisamente lo que no era el muerto… al que ella estaba acostumbrada…

- ¿No se traduce su hastío en falta de amor?

- No lo creo…

- Bueno, la verdad es que tienes una interpretación bastante opuesta a la que yo tengo de la historia… Nunca se me ocurrió pensar lo que pensaste tú… Me haces dudar de lo que siempre creí al respecto…- añadí, viéndola a los ojos con ternura.

- Bueno… a veces suceden esas cosas… ¿sabes? Vadinho encaja bien con Matt en otro sentido…

- ¿En cuál?

- Pues… en que era un bastardo traidor… que engañaba a Flor… que andaba con otras mujeres… que le era infiel…

- Rika…- murmuré, acariciando su mejilla con suavidad – Eso ya pasó. Tienes que olvidarlo… Si en verdad lo detestas, no puedes amargarte con sus provocaciones… lo que hizo ayer de noche fue provocarte… y eso no me parece muy caballeroso. Es más, pienso que es detestable. Ni siquiera yo se lo hice nunca a nadie… Además…- añadí, recorriendo el tabique de su nariz con la punta de mi nariz.

- ¿Además?- preguntó ansiosa, apenas atreviéndose a tener que sostenerme la mirada.

- Aquí está tu Madureira, para hacerte olvidar al bribón ese y hacerte feliz. Aunque… con menos recato que el de la novela de Amado…- susurré sonriendo con picardía.

- Eso es claro…- rió, sintiéndose dichosa de repente.

La besé con suavidad y ella no me negó nada. Me correspondió ansiosa. Su pijama se deslizó suavemente por su piel de seda. Observé con disimulo su pecho desnudo. Dudé, dudé y volví a dudar… ¿qué hago? Ella parecía no haberlo notado. Es más. Se incorporó sin dejar de besarme y se trepó sobre mí, acomodándose sobre mis piernas.

Rodeé sus costillas con mis brazos aferrándola más a mí y mis dedos llegaron a acariciar debajo de sus pechos con suavidad, sin que mediara intención alguna… al menos intención consciente y premeditada…

Sus suspiros y risas de satisfacción llenaron el lugar y acariciaron mis oídos… y se intensificaron a medida que la noche se alargaba y mis manos se atrevieron a tomar riesgos mayores y más deliciosos.