La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.


Capítulo 10
La montaña de fuego apagada

Los dos guardianes le bloquearon el paso. Se habían colocado justo frente a él, impidiéndole que entrara a la ciudad.

— ¿Qué hace aquí un hyliano, goro? —preguntó el goron de la derecha—. La entrada a nuestra gorociudad está cerrada.

¿Cerrada? Jamás había escuchado antes que los goron cerraran su ciudad a los visitantes. Los goron eran famosos por su bondad y hospitalidad. Aquello era algo insólito.

— Traigo un mensaje —respondió Link.

— ¿Un goromensaje? ¿De quién? —preguntó el mismo goron.

— De su alteza la princesa Zelda de Hyrule —informó Link tal y como Impa le había indicado que hiciera—. Su alteza pide a los goron que se unan a ella en la batalla por la recuperación de la Ciudadela que está por venir.

Link sacó la carta que Impa le había dado y se la entregó a uno de los goron. Los dos goron se miraron entre ellos, miraron la carta y luego miraron de nuevo a Link.

— ¿Has venido hasta aquí tú solo, hyliano? —preguntó el goron de la izquierda.

Link afirmó.

— ¿Te has enfrentado a todos esos goromonstruos del sendero y has llegado hasta aquí sin ayuda?

Volvió a afirmar.

Los goron se miraron entre sí de nuevo para finalmente afirmar.

— Sígueme, goro —pidió el goron de la derecha.

Entraron por la abertura de la pared y descendieron por unas escaleras iluminadas únicamente por unas antorchas. Tras llegar al pie de las escaleras, atravesaron un pasillo hasta una puerta de metal de doble hoja. El goron empujó con ambos brazos la enorme y pesada puerta, abriéndola. Una intensa luz cegó a Link por unos segundos. Cuando recuperó la visión, pudo ver ante él algo que lo dejó sin habla. Una caverna enorme se extendía frente a sus ojos, en el centro de la cual ardía una enorme fogata. La caverna era como una gran plaza circular, alrededor de la cual, en la pared, podía ver las puertas y ventanas de las "casas" donde vivían los goron. También vio varias otras aberturas en las paredes de la caverna, las cuales conducían a otras plazas como aquella.

Durante un instante, una brisa gélida envolvió a Link, haciendo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo. Aquello no era precisamente lo que esperaba al estar en el interior de un volcán.

El goron lo condujo por una de las aberturas. Siguieron un pasillo iluminado por antorchas, al igual que la escalera que bajaba hasta allí. Llegaron hasta otra plaza bastante más pequeña, la cual también tenía una fogata en el centro, para luego bajar por unas escaleras que había a la derecha hasta llegar a una puerta de hierro. El goron llamó a la puerta y ésta fue abierta por otro goron que les permitió la entrada.

Entraron en una estancia la cual estaba amueblada con apenas una mesa y unos estantes con jarrones en la pared. Aparte del goron que les había abierto, en la sala había otro más, uno un poco más pequeño que los otros. A Link, todos los goron que había visto hasta el momento le habían parecido muy parecidos, por no decir iguales, las diferencias entre ellos era muy sutiles y difíciles de apreciar, pero aquel goron del centro de la estancia era claramente diferente a los demás. Era visiblemente más joven que los otros, más bajito y menos robusto.

— ¿Qué hace un hyliano aquí, goro? —preguntó.

— Dice que trae un mensaje, goro —respondió el goron que lo había guiado hasta allí mientras entregaba la carta al goron joven—. La goroprincesa de Hyrule pide nuestra ayuda.

El goron joven leyó la carta y luego permaneció pensativo.

— Ha venido solo, goro —prosiguió el goron.

— ¿Ha vencido a todos esos goromonstruos del sendero? —preguntó sorprendido el tercer goron, el que les había abierto la puerta.

— Así es —respondió Link.

El goron joven observó atentamente a Link para luego volver a hundirse en sus pensamientos.

— En estos momentos nos es imposible responder a la goropetición de la princesa —dijo el goron joven—. Lo siento mucho, goro, pero ahora mismo tenemos entre manos un goroasunto de vital importancia.

Aquello no se lo esperaba. Impa le había insistido en cuán importante era la ayuda de los goron, así que no podía permitirse el lujo de volver a Kakariko con las manos vacías.

— Pero necesitamos vuestra ayuda —replicó Link—. En nuestro estado actual, tenemos muy pocas posibilidades de salir victoriosos.

— Nos es imposible ayudaros, goro. Nosotros también tenemos nuestros goroproblemas.

Link suspiró.

— ¿Qué clase de problemas? —preguntó—. Quizás nosotros podamos ayudaros.

El goron joven miró a los otros dos goron, dubitativo. Estos afirmaron con la cabeza.

— Antes de nada, déjame que me presente, goro. —dijo el goron joven—. Soy Gorban, hijo del jefe de los goron, Dargon. ¿Cuál es tu nombre, goro?

— Link.

— ¿Link, eh? Sígueme, goro

Link siguió a Gorban, quien portaba un pequeño candil, por un oscuro pasillo. El tercer goron cerraba la marcha. A medida que se adentraban por el túnel, hacía cada vez más frío. Las paredes del pasillo estaban cubiertas por pequeños cristales que brillaban intensamente gracias a la luz del candil. Link pasó su mano por la pared, queriendo tocar los cristales, y se sorprendió al notarla helada. Aquello no eran cristales minerales, eran cristales de hielo.

— ¿Por qué hay hielo en un lugar así? —preguntó asombrado—. Estamos en un volcán activo, no tiene sentido.

— Enseguida lo verás, goro —respondió Gorban.

Cuando salieron del pasillo, se encontraron en un espacio circular de grandes dimensiones, rodeado por altas paredes de roca. Al mirar hacia arriba, Link pudo ver el cielo azul del mediodía. Al mirar hacia abajo, más allá de la plataforma en la que se encontraban, pudo ver una gran masa de hielo.

— Por aquí —dijo Gorban sacándolo de su asombro.

Lo siguió nuevamente. Bajaron por una escalera de piedra con mucho cuidado de no resbalarse con la fina capa de hielo que la cubría. Llegaron hasta lo que parecía ser la entrada a una cueva, la cual estaba bloqueada por una gruesa pared de hielo. Aquel hielo parecía extenderse por la pared de roca y por el suelo, como si fueran raíces, hasta llegar a la parte más profunda del cráter.

— Algunos de los nuestros, incluido mi padre, están atrapados dentro de esa gorocueva —informó Gorban—. Hemos intentado romper el gorohielo, pero ha sido imposible. ¿Crees que vosotros, que no sois tan fuertes como nosotros los goron, podréis romper el gorohielo?

Link se acercó a la pared de hielo y posó su mano sobre él. Aquel hielo no era natural, podía notar como una corriente de energía lo recorría. Cerró los ojos y se concentró en su poder mágico. Apoyó ambas manos sobre la superficie congelada e invocó fuego para derretirla. Notó cómo la superficie comenzaba a deshacerse, pero pronto comenzó a helarse de nuevo. Abrió los ojos y frunció el ceño. El que hubiese invocado aquel hielo debía ser alguien muy poderoso.

— ¿Cómo has hecho eso, goro? —oyó preguntar al otro goron—. Por un momento has comenzado a derretirlo.

— He usado magia —respondió sin apartar la mirada de la pared—. Este hielo se ha invocado con magia —informó mientras le daba pequeños golpecitos con los nudillos—, solo la magia puede retirarlo.

— Entonces, ¿tú puedes quitarlo, goro? —preguntó Gorban con una sonrisa esperanzadora.

— Me temo que no —respondió Link tras meditarlo unos segundos—. Mi poder no es suficiente.

La sonrisa del goron desapareció y bajó la cabeza, apenado.

— Pero es posible que haya una manera —prosiguió Link, a lo que Gorban volvió a mirarlo—. He oído que aquí vive un Gran Hada. Si pudiese verla, podría pedirle que me ayudara a aumentar mi magia.

Los dos goron se apartaron de Link y se giraron para discutir algo en voz baja. Tras unos minutos, volvieron a girarse hacia él.

— Nosotros los goron no podemos llegar hasta ella, goro —informó Gorban—, pero te podemos indicar el gorocamino que tienes que seguir.

— Me parece bien.

Mientras Gorban se quedó esperando en la entrada de la cueva, el otro goron indicó a Link que lo siguiera. Subieron de nuevo por la escalera que conducía hasta allí y pasaron de largo el túnel por el que habían llegado. Caminaron hasta el final de la plataforma, donde se detuvieron. Allí, tiempo atrás, parecía que había habido una escalera de piedra que ascendía, pero ahora solo quedaban unos pocos escalones medio derruidos.

— La gorocueva del Gran Hada está allí.

El goron señalo con el dedo una abertura en la pared del cráter. Estaba a unos veinte metros de donde estaban ellos, en un lugar bastante más elevado.

— Los goron no sabemos escalar, goro, por lo que tendrás que ir tú solo.

Link miró hacia la cueva del hada, luego la pared por la que tendría que ir y tragó saliva. Tiempo atrás, cuando había sido un niño, solía escalar algunas de las paredes de roca que encontraba por el bosque por diversión, pero claro, eso había sido años atrás, no estaba del todo seguro de poder llegar hasta el Gran Hada por aquella pared sin caerse.

— Hay algunos salientes y pequeñas plataformas en la goropared —indicó el goron—, son restos del antiguo camino que subía hasta la gorocueva.

Tras suspirar, dejó sus armas y su escudo en el suelo y se acercó a la pared. Una vez junto a ésta, pudo ver los salientes a los que se refería. Por suerte, también había algunos huecos y rocas a los que poder agarrarse con las manos.

Puso el pie en el primer saliente y comenzó el ascenso. Avanzó muy lentamente, asegurándose de que el punto de apoyo era seguro antes de pasar al siguiente. Los salientes eran apenas lo suficientemente grandes como para que pudiera apoyar la punta del pie, por lo que debía ir con muchísimo cuidado. Cuando estuvo aproximadamente a medio camino, vio con alegría que uno de los salientes era bastante más grande que el resto, seguramente había sido una plataforma en el pasado, y podía apoyar completamente ambos pies y aún sobraba un palmo. Hizo una pausa en aquel lugar. Tras unos minutos, retomó la marcha.

Ya faltaba poco para llegar, apenas un par de metros. Cuando apoyó el pie sobre el siguiente saliente, éste cedió y se precipitó al vacío. Link consiguió aferrarse a las rocas y evitar caer con él.

— ¿Estás bien, goro? —oyó al goron gritar.

— Sí, estoy bien.

— ¡Ten mucho cuidado, goro!

Siguió avanzando y, por fin, consiguió llegar hasta la entrada de la cueva. Permaneció uno segundos sentado en la entrada con la cabeza echada hacia atrás, intentando calmar los latidos de su corazón. Cuando hubieron recuperado un ritmo normal, se levantó de nuevo y entró en la cueva.

La cueva era muy similar a la de la Gran Hada del Valor, con gemas en las paredes, el anillo de piedra, las columnas y una pequeña laguna en el centro, pero ésta desprendía una luz rojiza. Pequeñas hadas curativas revoloteaban por el lugar, hadas que enseguida se acercaron a Link con sus diminutas caras llenas de curiosidad.

— Han pasado décadas desde la última vez que recibí una visita —dijo una voz femenina.

La laguna se iluminó con luz blanca y en el centro apareció flotando el Gran Hada. Era muy parecida al Gran Hada del Valor, pero tenía un aspecto algo más juvenil, era de menor estatura y tenía el pelo algo más corto y de un intenso color rojo. Lo que sí compartían ambas, era el atuendo y las alas traslúcidas de su espalda.

— Soy el Gran Hada del Poder —dijo el hada dando pequeños pasos sobre la superficie del agua, acercándose a él—. Tú debes ser Link, ¿verdad?

Link afirmó.

— He oído muchas cosas sobre ti.

El Gran Hada del Poder se detuvo justo frente a Link, apoyó su mano derecha sobre el pecho de él y lo miró seductoramente.

— Valor siempre va diciendo lo apuesto que eres —dijo mientras subía lentamente su mano hasta llegar al cuello—, está claro que no exageraba.

— Bueno… veras… —titubeó Link.

— Las diosas deben amarte para haberte dado un rostro tan hermoso —prosiguió el hada rodeándole el cuello con ambos brazos, impidiéndole apartarse—. La forma de la mandíbula, la barbilla, los pómulos, la nariz,… Y mira esos ojos, tan azules y profundos que dan ganas de hundirse en ellos.

— He venido hasta aquí para pedirte un favor.

El Gran Hada ladeó ligeramente la cabeza y lo miró inquisitivamente, luego se mordió ligeramente el labio inferior y sonrió.

— Por supuesto, alguien tan atractivo como tú puede pedirme lo que quiera.

El hada lo soltó y retrocedió un par de pasos sin apartar lo más mínimo la mirada de él. Juntó las manos por detrás y echó el cuerpo hacia delante, dejando perfectamente visibles sus encantos femeninos. Link no pudo evitar que su mirada bajara durante unos instantes, pero enseguida volvió a subirla. Cuando miró nuevamente a los ojos al Hada del Poder, ésta soltó una risita.

— Dime, Link, ¿qué es lo que deseas? —preguntó sonriendo—. ¿Una noche salvaje tal vez?

Link pestañeó varias veces, estupefacto. ¿Por 'noche salvaje' se estaba refiriendo a lo que él creía que se estaba refiriendo? El Gran Hada del Valor solía coquetear con él de forma inocente, medio en broma, pero esta Gran Hada iba mucho más lejos y parecía decirlo totalmente en serio.

— Ah, no, espera —prosiguió el hada con una sonrisa pícara—, prefieres permanecer fiel a tu princesa, ¿cierto?

— ¡¿Qué?! —exclamó Link totalmente sonrojado.

¿Su princesa? ¿Se estaba refiriendo a Zelda? La princesa era una joven muy hermosa, lo sabía muy bien, y era plenamente consciente de los deseos por abrazarla y protegerla que habían aflorado en él alguna vez, pero nunca nada más.

— ¿No me digas que todavía no te has dado cuenta? —preguntó sorprendida—. Los hombres de hoy en día sois muy poco avispados en lo que a mujeres se refiere.

Link frunció el ceño, confuso.

— No entiendo muy bien a lo que te refieres.

El Gran Hada del Poder lo miró con el entrecejo fruncido para luego encogerse de hombros y negar con la cabeza.

— Déjalo, mejor volvamos al tema original —dijo—. Si no vienes aquí en busca de un rato de diversión, ¿qué es lo que quieres de mí?

— El Gran Hada del Valor me dijo que necesitaba aumentar mi poder mágico si quería salir airoso de una futura confrontación con Ganondorf. Dijo que tú podrías ayudarme a ello —informó—. También lo necesito para poder ayudar a los goron atrapados en la cueva de ahí fuera.

El Gran Hada del Poder se quedó en silencio, pensativa. Se giró, dándole la espalda, y caminó varios pasos. Volvió a girarse y lo miró fijamente, con una expresión muy seria en su rostro.

— Entonces, ¿eres tú? —preguntó más para sí misma que para él.

— ¿Soy quién?

El hada negó con la cabeza y volvió a darse la vuelta.

— Puedo ayudarte con lo que me pides —dijo sin volver a girarse—. Después de esto, no podré concederte nada más, ¿estás seguro de que es lo que quieres?

— Sí —respondió al instante.

— Está bien.

El Gran Hada se dio la vuelta de nuevo y sonrió. Se acercó a él y alzó la mano, posando los dedos índice y corazón sobre la frente de Link.

— Cierra los ojos —ordenó el hada.

Link obedeció. Notó calor sobre su frente, calor que fue bajando por todo su cuerpo, cubriéndolo por completo.

— Tienes un gran potencial —oyó al Gran Hada decir—, el poder latente que posees es inmenso. Despertarlo por completo va más allá de mis capacidades, pero intentaré hacer aflorarlo todo lo que pueda.

Podían haber pasado segundos, minutos e incluso horas en aquel estado y no se hubiera dado cuenta del pasar del tiempo. Tenía la mente completamente en blanco, en un estado de relajación absoluta. No era la primera vez que experimentaba aquella misma sensación, años atrás, cuando el Gran Hada del Valor había despertado su poder mágico, había pasado por aquella misma experiencia.

De repente, el calor desapareció y el tacto de los dedos del hada sobre su frente desapareció. Abrió los ojos y la vio a pocos pasos de él, sonriendo. Se miró las manos, intentando apreciar algún tipo de cambio, pero nada, se sentía igual que siempre. La otra vez, había notado una corriente recorrer todo su cuerpo, pero esta vez no notaba nada.

— Es normal que no sientas nada —informó el hada como si leyera sus pensamientos—. Ya estás acostumbrado a sentir y usar tu magia, es normal que no te sientas diferente. Cuando la uses, verás la diferencia.

Link alzó su palma izquierda y creó una pequeña llama sobre ella. Para su sorpresa, la llama que apareció era unas cinco veces más grande de lo que él había calculado.

— ¿Lo ves? —oyó al hada decir en tono divertido—. Ahora quiero mi pago.

Alzó la mirada y la miró confuso.

— ¿Pago? No sabía nada de un pago.

— No te preocupes, no te voy a pedir gran cosa.

Se acercó a él y le rodeó el cuello con sus brazos nuevamente.

— Solo quiero un beso.

El Gran Hada del Poder tiró de él y lo besó en los labios. Cuando se separó, ella sonrió complacida.

— Delicioso —susurró el hada mientras se lamía los labios—. Qué pena que ya estés pillado.

El Gran Hada caminó hasta el centro de la laguna, donde desapareció sin decir nada más. Link permaneció de pie, en el mismo lugar, sin saber muy bien qué pensar, aquella mujer era realmente extraña. Finalmente se giró y se marchó, no sin antes despedirse de las pequeñas hadas.


— ¿Cómo ha ido, goro? —preguntó Gorban cuando él y el otro goron hubieron regresado—. ¿Has conseguido ver al gorohada?

Link afirmó. De nuevo, posó sus manos sobre la pared de hielo que tapaba la entrada a la cueva y se concentró. Volvió a invocar fuego y notó como el hielo comenzaba a fundirse bajo sus palmas. La pared era gruesa, pero su poder mágico no flaqueaba. Pronto, pudo deshacer gran parte del hielo.

— ¡Fantástico, goro! —exclamó Gorban—. Gracias a ti podremos rescatar a nuestros gorohermanos.

Aquello había salido mejor de lo que esperaba, había conseguido abrir una abertura en el hielo y aún le quedaba la mayor parte de su poder. Se apartó de la entrada para dejar paso a los dos goron, pero, para su sorpresa, vio como el hielo volvía a cubrirla lentamente.

— ¿Qué ocurre, goro? —preguntó el otro goron.

— No estoy muy seguro —respondió Link pensativo.

Observó la forma en la que el hielo cubría el suelo desde la cueva hasta la parte más profunda del cráter, a través de aquella especie de raíces de hielo. Daba la sensación de que el hielo se originara en la parte más profunda de la cueva y, desde ahí, se extendiera hasta otras partes del volcán.

— Esperad aquí —pidió a los goron—. Iré a comprobar el interior de la cueva.

— Nosotros te acompañaremos, goro —sugirió Gorban.

— No, es mejor que entre yo solo.

Tras coger el candil que Gorban sujetaba, Link entró en la cueva, justo antes de que la pared de hielo se cerrara de nuevo, dejando a los otros dos goron fuera.

Avanzó con cautela. La cueva era estrecha, el suelo estaba cubierto de hielo y el techo estaba lleno de carámbanos. Después de varios metros, tras girar por un recodo, se topó con otra pared de hielo frente a él. Dicha pared era también muy gruesa, al igual que la primera, pero pudo divisar lo que parecía una sala ligeramente iluminada al otro lado. A través del hielo, también pudo ver varias siluetas moverse al otro lado. Por la forma y la manera de moverse, parecían goron.

Se colgó el candil del cinturón. Posó sus palmas sobre el hielo y usó su magia para derretirlo. Los dos goron de la sala se giraron hacia él, sorprendidos.

— ¿Un gorohyliano? ¿Cómo has llegado hasta aquí, goro? —preguntó uno de los goron.

Link entró en la sala y el hielo comenzó a cerrarse tras él. Desde unas grietas en el techo, unos finos rayos de luz conseguían filtrarse hasta allí.

— ¿Cómo has hecho para atravesar el gorohielo? —preguntó el otro goron—. Nosotros llevamos días intentando romperlo sin conseguir hacerle siquiera un arañazo, goro.

— Ese hielo ha sido creado con magia —respondió Link—, solo la magia puede deshacerlo. ¿Sabéis dónde está el origen? Debo encontrarlo para poder deshacerlo.

— ¿El origen, goro? —preguntó el segundo goron.

— El lugar por el que empezó a aparecer el hielo.

Los dos goron se miraron entre ellos, confusos.

— No sabemos muy bien a lo que te refieres, goro —respondió el primero—. Solo sabemos que fue una gorobruja la que lo creó.

— ¿Una bruja?

— Así, es. Un día, de repente, apareció una gorobruja volando sobre una escoba —explicó el segundo—. Exigió a nuestro jefe que le dejara entrar aquí, en la gorocueva, pero Dargon, nuestro jefe, se negó.

— Dargon entró en la gorocueva, dejándonos a los demás haciendo guardia en la entrada, diciéndonos que no la dejáramos entrar —prosiguió el primer goron—. Fue entonces cuando la gorobruja usó su magia, goro. De su mano, surgió un gororayo y lo dirigió hacia el interior de la gorocueva. Oímos el grito de nuestro gorojefe, así que todos nos apresuramos a entrar, goro. Mientras lo buscábamos, el hielo comenzó a cubrir las paredes de la gorocueva, dejándonos a todos atrapados aquí dentro, goro.

Si aquella bruja había lanzado un hechizo de hielo al interior de la cueva, el punto de impacto debía ser el origen que él buscaba. Por lo que los goron le habían explicado, parecía ser que su jefe había sido el objetivo de dicho hechizo, o al menos había estado junto a él.

— ¿Sabéis dónde puede estar vuestro jefe? —preguntó.

— Posiblemente esté en la parte más profunda de la cueva, goro —dijo el primer goron señalando hacia el otro lado de la sala.

Miró hacia donde el goron señalaba. Otra pared de hielo bloqueaba la entrada al túnel por el cual debía proseguir. Suspiró y se puso en marcha. Dejando atrás a los dos goron, deshizo el hielo y se introdujo por el túnel. Subió por una escalera parcialmente cubierta por el hielo hasta otra sala de dimensiones parecidas a la anterior.

El techo de la sala estaba formado por enormes cristales translucidos de color rojizo, a través de los cuales se filtraba también la luz del sol. Aquella luz rojiza reflejada en las paredes heladas, le confería a aquella sala una belleza sin igual, una belleza que dejó a Link paralizado durante unos momentos.

Allí también había varios goron, pero éstos estaban completamente quietos. Se acercó a uno de ellos, al más próximo. Estaba tumbado en el suelo, completamente congelado, al igual que el resto. Miró hacia el otro lado de la sala y vio un par de estatuas de hielo custodiando la salida. Tenían aspecto humanoide y eran muy altas. Tanto el torso como las extremidades eran largos y finos y ambas sostenían una lanza de hielo en su mano derecha.

Siguió avanzando, ya se encargaría de los goron más tarde. Al oír un crujido, alzó la mirada hacia las estatuas y vio cómo estas se movían, avanzando hacia él. Evidentemente, no eran estatuas, si no iba errado, eran chilfos. El chilfo de la izquierda alzó el brazo y, con un movimiento rápido, lanzó la lanza en dirección a Link. Éste la esquivó, dando un salto hacia la derecha. El de la derecha siguió avanzando, mientras el otro alzaba su mano, creando otra lanza de hielo sobre ella.

De alguna manera, Link necesitaba separar a ambos monstruos y luchar contra ellos uno por uno. Sus armas tenían un gran alcance, por lo que era muy peligroso enfrentarse a ambos a la vez. Corrió varios metros y esperó a que el primero llegara.

El chilfo de la derecha fue el primero en llegar, el cual dio una estocada con su lanza. Link la esquivó, rodando por el suelo y se abalanzó sobre el monstruo. Con un tajo horizontal, golpeó las piernas del chilfo, rompiéndolas en innumerables y pequeños fragmentos de hielo. El resto del chilfo cayó al suelo, dándole la oportunidad a Link de rematarlo con otro golpe de su espada.

Pero, antes de poder ponerse en guardia de nuevo, el otro chilfo ya estaba sobre él. Con un barrido de su lanza, lo golpeó en el costado izquierdo, a la altura de las costillas, mandándolo volar varios metros. El golpe había sido devastador, aquel monstruo poseía una fuerza formidable. Podía notar un fuerte dolor en las costillas, probablemente algunas de ellas estaban fracturadas. Haciendo caso omiso al dolor, volvió a levantarse. Con dificultad, empuñó su espada y se abalanzó contra el monstruo.

A duras penas consiguió esquivar una estocada dirigida al pecho, pero dio un salto hacia la derecha y contraatacó con otra estocada. Consiguió clavar la punta de la espada en el abdomen del chilfo, el cual se resquebrajó y se partió en pedazos.

Link cayó al suelo de rodillas y se llevó la mano derecha a las costillas. Podía usar al hada curativa que guardaba en la botella, pero quizá más adelante podría necesitarla de nuevo. Volvió a ponerse en pie y salió de la sala.

Subió por otras escaleras y llegó de nuevo a otra sala, una mucho más pequeña que la anterior y completamente congelada, aunque iluminada de igual manera que la anterior. En el extremo contrario, otro monstruo de hielo le esperaba. Dicho monstruo era como tres veces más grande que Link, parecía anclado al suelo y estaba compuesto por una enorme cabeza, unas grandes fauces y cuatro pares de ojos rojos. Era un freezard. Si recordaba bien las enseñanzas de su tío, el freezard lo atacaría con su gélido aliento en cuanto intentara acercarse. Aquello era un gran inconveniente, si pudiera acercarse, podría usar su magia para acabar con él. Cogió su arco y lo tensó, ignorando el fuerte dolor de su costado. Disparó una flecha al monstruo, pero ésta rebotó y cayó al suelo sin siquiera hacerle un rasguño.

Link permaneció meditando unos minutos. Si al menos supiera controlar su magia para usarla a distancia… Una sonrisa se dibujó en sus labios ante la idea que comenzaba a formarse en su cabeza. Volvió a empuñar su arco y cargó una de sus flechas en él. Cerró los ojos y se concentró. Hizo fluir su magia a través de su mano izquierda hasta la flecha. Abrió los ojos de nuevo y la observó. La punta estaba envuelta en un débil halo rojizo. Disparó y alcanzó al monstruo en la cabeza.

Una gran llamarada surgió del punto en el que la flecha se había clavado, derritiendo gran parte del freezard. Disparó un par más de flechas de fuego, haciendo desaparecer al monstruo por completo, lo único que quedó de él fue un charco de agua en el suelo, justo donde había estado.

Sonrió con satisfacción. No había estado muy seguro de que el experimento funcionara, pero éste había dado resultados mucho mejores de lo que había imaginado. Guardó el arco y se adentró en la sala. Al otro lado, justo detrás de donde había estado segundos atrás el freezard, vio un goron. Este estaba de espaldas a él, alargando el brazo como si quisiera coger algo y atrapado en el interior de un enorme cristal de hielo, congelado. Aquello parecía el punto de origen del hielo, si lo derretía, el resto de la cueva quedaría libre también.

Se acercó al goron, alzando sus manos para descongelarlo. Pero entonces, a su espalda, oyó un crujido. Se dio la vuelta rápidamente y vio a un chilfo bajando su lanza contra él. Link no pudo ahogar el grito de dolor que salió de su boca al notar como la lanza del monstruo se clavaba en su hombro derecho. El chilfo intentó desclavar la lanza, pero Link consiguió alzar su mano derecha y sujetarla para que no lo hiciera. Sin dejar de soltar la lanza, posó su mano izquierda sobre el pecho del chilfo e invocó su magia de fuego. El monstruo soltó un chillido y se derritió por completo. Solo una parte de la lanza quedó intacta. Decidió dejarla clavada en su hombro, así evitando que se produjera una fuerte hemorragia.

Se giró y posó de nuevo sus manos sobre el hielo que rodeaba al goron. Observó cómo, lentamente, éste iba derritiéndose. La bruja que había invocado aquel hielo era muy poderosa, podía notarlo, tuvo que emplear toda la energía que le quedaba en deshacer aquel hechizo. Cuando todo el hielo hubo desaparecido, el enorme goron cayó al suelo. Link se arrodilló junto a él y lo examinó. Estaba vivo, aquel hielo mágico lo había mantenido con vida, pero estaba inconsciente y presentaba importantes síntomas de hipotermia y congelación. Sin perder ni un instante, cogió la botella con el hada y la destapó.

— ¿Crees que podrías hacer algo por él? —le preguntó al hada curativa.

El hada fijó la mirada en el hombro herido de Link, preocupada.

— No te preocupes por mí —dijo con una sonrisa tranquilizadora—. No es tan grave como parece, sobreviviré.

El hada afirmó en silencio y se acercó al goron. Tras mirarlo unos segundos, comenzó a revolotear alrededor de él, cubriéndolo con una débil luz rosada. Una vez se detuvo, miró a Link, le sonrió y desapareció.

El goron comenzó a moverse. Se incorporó, quedando sentado en el suelo, y miró a Link, confuso.

— ¿Quién eres tú, goro? —preguntó para después mirar a su alrededor—. ¿Qué ha pasado?

— Me llamo Link —respondió—. Por lo que me han dicho, una bruja lanzó un hechizo de hielo en la cueva, congelándolo todo, incluyéndote a ti.

— ¿Tú has deshecho el hechizo, goro?

Link afirmó con la cabeza.

— ¡Esa maldita gorobruja gerudo! —exclamó el goron—. Todo por una…

Los ojos del goron se abrieron desmesuradamente y entró en pánico. Miró desesperadamente por toda la sala, buscando. Finalmente pareció darse cuenta de algo, se detuvo y abrió su puño derecho. En él, una gema roja en forma de pirámide de tres lados reposaba. El goron suspiró con alivio.

Link no creía lo que veían sus ojos, aquella piedra era igual a la que él llevaba consigo. La sacó de debajo de su ropa y pasó la cuerda por su cabeza, descolgándosela. Colocó la gema en su palma y la acercó a la del goron para compararlas. No había duda, el tamaño y la forma eran exactamente iguales, solo variaba el color. Sonrió. Si había otra piedra de las mismas características, significaba que su teoría era correcta.

— ¿De dónde has sacado esa goropiedra? —preguntó sorprendido el goron.

— Pertenece a mi familia desde hace generaciones —contestó Link volviendo a colgársela del cuello.

El goron lo miró fijamente con el ceño fruncido. Pareció darse cuenta entonces de la herida del hombro de Link, pues su expresión cambió en un instante a una de sorpresa y preocupación.

— ¿Cómo te has hecho eso, goro? —preguntó.

— Un monstruo. Había varios en la cueva. Éste me ha pillado algo desprevenido —respondió con una pequeña risa, avergonzado.

— Será mejor que volvamos y te curemos ese hombro, goro.

Ambos se pusieron en pie, Link con ciertas dificultades, y salieron de aquel lugar. A medida que se acercaban a la salida, Link podía notar como la temperatura ascendía rápidamente. Las paredes de hielo que bloqueaban las entradas habían desaparecido y el resto del hielo comenzaba a derretirse. Ahora que la entrada no estaba bloqueada, los goron habían comenzado a entrar y sacaban a sus compañeros que habían quedado atrapados ahí dentro. En la salida, Gorban y otros goron los esperaban, los cuales, tras una orden de Gorban, se apresuraron a llevarse a Link a un sitio más adecuado para curarle las heridas.


Pese a su aspecto tosco y torpe, los goron que lo atendieron hicieron muy buen trabajo con sus heridas. Habían conseguido atajar la hemorragia del hombro y luego se lo habían vendado fuertemente, así como sus costillas, inmovilizándolo parcialmente. Le obligaron a permanecer tumbado sobre una cama sin moverse, por lo que Link estuvo largo rato mirando el techo, aburrido, con la única distracción de la conversación de los goron.

— ¿Qué tal estás, chico?

El goron al que había salvado en la cueva entró en la habitación y se acercó a él con una gran sonrisa. Detrás de él iba Gorban, así como otros dos goron.

— Antes he sido muy maleducado, goro, no me he presentado. Soy Dargon, jefe de los goron.

El goron le ofreció su mano. Link se incorporó, sentándose en la cama, ante la desaprobadora mirada de uno de los goron que lo habían tratado, y le estrechó la mano.

— Los goron te estaremos eternamente agradecidos por tu goroayuda y por salvarme la vida.

— No ha sido nada —respondió Link rascándose ligeramente la nuca con timidez.

— Mi hijo me ha contado el porqué de tu presencia aquí, goro, dice que la goroprincesa de Hyrule pide nuestra ayuda en la gorobatalla.

Link afirmó.

— Los goron acudirán a la llamada de la princesa, goro —dijo Dargon con voz solemne—. Os ayudaremos a recuperar la Ciudadela.

Link sonrió, pese a las dificultades, había cumplido la misión que lo había llevado hasta allí.

— Por hoy descansa, goro, mañana partiremos temprano.

Dargon se giró y se encaminó hasta la puerta con el resto de los goron. Justo cuando iba a cruzar el umbral, se detuvo.

— Me olvidaba de algo, goro —dijo girándose de nuevo y acercándose a Link—. Toma.

Sobre la mano del goron, reposaba la gema roja en forma de pirámide. Link la miró confuso. Alzó la vista hacia Dargon y frunció el ceño.

— ¿Por qué me la das? —preguntó.

— La gorobruja buscaba esta piedra —explicó—. Los goron llevamos guardándola durante cientos de años, goro. A los goron siempre se nos ha dicho que, algún día, vendría alguien portando una igual que ésta, pero de color verde, que cuando llegue ese día, debemos entregar ésta a dicho portador, goro. Ahora es tuya, goro.

Link cogió la piedra y Dargon se marchó, dejándolo solo. Alzó la gema y miró a través de ella, dejando que la luz de la antorcha que iluminaba el lugar la atravesara. Al igual que en la otra, podía verse un símbolo en su interior, pero no era el de Farore, era el de Din.


Tal y como Dargon había prometido, a la mañana siguiente bajaron de la montaña, de vuelta a Kakariko. Iban solos, pues el jefe goron quería hablar con Impa antes de movilizar a sus hombres.

La susodicha los esperaba en la entrada del pueblo junto a Zelda, quien corrió hacia ellos en cuanto los vio bajar por el sendero. Sin decir ni una palabra, la princesa se abalanzó sobre Link, abrazándolo con fuerza. Un gemido de dolor salió de los labios del joven, alertándola. Se apartó un poco sin soltarlo y lo miró de arriba abajo con el ceño fruncido.

— El chico está herido, goro —le informó Dargon—, pero se pondrá bien, solo tiene un par de costillas rotas y una herida en el hombro, goro.

Zelda lo cogió de la mano y tiró de él, ignorando sus protestas.

— ¡Zelda! —gritó Impa cuando pasaron por su lado.

Pero la princesa no respondió. Siguieron descendiendo hasta llegar a la casa, donde subieron a la planta de arriba y entraron en la habitación de Link.

— Quítate la túnica y siéntate —ordenó Zelda.

Por su tono de voz, parecía molesta. Link la miró, pero ella evitó su mirada girando la cabeza. Suspiró y se apresuró a obedecerla. Zelda se arrodilló frente a él y procedió a quitarle las vendas con cuidado.

— ¿Estás enfadada? —preguntó al ver que no decía nada.

— ¡Claro que estoy enfadada! —exclamó sin apartar los ojos de las vendas—. Estaba muy preocupada, ayer no volviste y hoy apareces con heridas graves.

— Tampoco son tan graves —replicó con una débil risa.

Zelda lo miró con fiereza, acallando aquella risa.

— Lo siento —se disculpó Link, avergonzado.

Ella negó con la cabeza y volvió a bajar la mirada.

— No, no importa —dijo en voz algo baja—. Lo importante es que estés bien. ¿Y tu hada? —preguntó al ver la botella vacía.

— La usé con Dargon. Él estaba mucho peor que yo.

Zelda siguió quitándole las vendas en silencio. Link la observó mientras hacía. Se la veía muy adorable, con aquella expresión de concentración y el ceño ligeramente fruncido. Esbozó una ligera sonrisa. Vio como un mechón de pelo caía frente a los ojos de Zelda, el cual ella intentaba apartar a base de bufidos. Tuvo que frenar el impulso de apartárselo él mismo. En ese momento recordó las palabras del Gran Hada del Poder, de que quería "permanecer fiel" a Zelda. Se sonrojó hasta las orejas, intentando quitarse aquella idea de la cabeza.

— Maldita hada pervertida —susurró entre dientes.

— ¿Has dicho algo? —preguntó Zelda, sin levantar la mirada.

— No, nada —se apresuró a responder él.

Acabó de quitarle las vendas y le indicó que se tumbara en la cama. Obedeció y dejó suficiente espacio a su lado para que ella pudiera sentarse junto a él. Zelda acercó sus palmas, pero se detuvo justo antes de tocarle. Link alzó una ceja.

— Creía que esto ya no te suponía ningún problema —dijo, confuso.

Las mejillas de la princesa se tiñeron de un ligero color rosa.

— Hace dos días no pareció importarte tocar a un hombre.

— La situación era diferente —respondió ella aún más sonrojada.

Link la miró curioso.

— ¿Diferente? —preguntó pensativo—. ¿En qué? ¿En que su estado era más grave que el mío?

Ella negó con la cabeza.

— ¿Entonces? —presionó.

Zelda permaneció en silencio unos segundos, evitando mirarlo a los ojos.

— Tú no eres él —respondió finalmente.

Link alzó las cejas, no acabando de comprender la respuesta.

— ¿He de sentirme ofendido por eso? —preguntó frunciendo el ceño.

— ¡No! —se apresuró a responder Zelda, posando por fin las manos sobre su estómago y mirándolo fijamente—. Olvida lo que te he dicho, no le des importancia.

Link no dijo nada más. ¿Por qué estaba tan avergonzada? Lo había visto cientos de veces pasearse sin camisa, lo había tocado otras tantas en ese estado. A estas alturas debería estar más que acostumbrada. Algo en todo aquello se le escapaba. Podía ser que el Gran Hada del Poder tuviera razón, quizás sí era muy poco avispado en lo que a mujeres se refería.

Decidió olvidar el tema y, sobretodo, olvidar a aquella hada y sus comentarios, pero no le estaba resultando nada fácil. A diferencia de la otra vez, Link estaba siendo completamente consciente de las manos de Zelda sobre él. Éstas eran suaves y subían lentamente desde su estómago hasta su pecho. Se tapó los ojos con el brazo izquierdo y maldijo entre dientes, maldijo a aquella Gran Hada por meterle en la cabeza pensamientos indebidos, por hacerle ver que, quizás, sí se sentía más atraído por la princesa de lo que había pensado.

Por suerte para él, Zelda comenzó a sanarle con su magia. El escozor y la quemazón en sus heridas le ayudaron a olvidarse de aquellos pensamientos. Podía notar como los tejidos de su hombro se regeneraban y como sus costillas se solidificaban, era una sensación muy extraña y nada agradable.

Cuando la princesa hubo acabado, todas sus heridas estaban completamente curadas y no quedaba rastro de ellas, solo una pequeña mancha blanquecina en el hombro. Se incorporó y miró a Zelda. Ésta tenía la frente cubierta de sudor y respiraba con rapidez.

— ¿Estás bien? —le preguntó apartándole el flequillo de la frente.

Ella afirmó con la cabeza.

— Solo estoy un poco cansada —respondió con una débil sonrisa.

Zelda se inclinó sobre él y apoyó la cabeza sobre su hombro. Sin siquiera pensarlo ni un momento, Link pasó el brazo por detrás de los hombros de ella, atrayéndola más hacia él.

— Dime, Link, ¿qué es esta piedra? —preguntó Zelda cogiendo la gema que colgaba del cuello de él con sus dedos—. No hace mucho que vi que la llevabas, pero al principio, cuando nos conocimos, no la tenías.

— Podríamos decir que es un tesoro familiar —respondió—. Antes estaba guardada, pero temía que pudiera pasarle algo, por eso la llevo ahora conmigo.

Ambos guardaron silencio.

Link no sabía por qué, pero realmente se sentía bien abrazando a Zelda de aquella manera.


Comentarios: ¡Feliz año nuevo a todos y todas! Espero que haya empezado bien el año para todos. Para mí empezó igual que terminó, trabajando. Tuve que trabajar el día 1 aunque aquí fuera fiesta ^^U

En este capítulo, disfruté mucho escribiendo la escena con el Gran Hada, es aún más descarada que la anterior XD
Éste es uno de los capítulos más largos del fic, el segundo para ser exactos, aunque por muy poca diferencia, espero que no se haga muy pesado.

Como siempre gracias a todos los que seguís mis historias y por vuestros reviews, cualquier crítica constructiva es también bien recibida. También a Alfax por su trabajo como beta reader.

Bye!