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Capítulo 10

Viennese y más helado de vainilla

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«Ella nunca se veía bien. Ella se veía como arte, y se supone que el arte no se vea bien; se supone que te haga sentir algo.»

— Rainbow Rowell, Eleanor & Park


Su interés ha estado presente desde que, ahora recuerda, Daichi le hablaba de él. Un suspiro había abandonado la boca de su amigo en el momento justo cuando Koshi se reunió con él.

—Aún no te digo algo y ya estás suspirando —el tono con que lo dijo sonó como una mezcla entre reproche y diversión.

—Es sólo que salgo de una situación y vengo a entrar en otra. Si soy sincero, no sé cuál de las dos es peor.

Koshi se quejaba, por supuesto. ¿Cómo era posible que Daichi dijera que él era una mala situación personificada? Daichi mostraba una sonrisa cansina, de esas que sólo presagiaban que seguiría la corriente sin importar que hicieran algo que le molestara. Él ya no decía nada, no tenía sentido molestar a su amigo cuando se encontraba así. Y entonces lo animaba, le pedía que le confesara sus más profundas decepciones. Eso parecía animar a Daichi, así que comenzó a contarle sobre él; confesaba cómo a veces tenía una revelación, un momento en el que ya no soportaba a su compañero de habitación; contaba las veces que quemaba la comida y les había dejado sin algo decente que comer —era evidente que Daichi no se atrevería a comerse los restos carbonizados de lo que debía ser una deliciosa cena—.

Y Koshi, aunada a su sonrisa, solía contestar que era una lástima el no haber estado presente en esos momentos.

Con ello, Daichi parecía alegrarse un poco, aunque Koshi nunca llegó a entender por qué, siendo su amigo como era, jamás pudo exteriorizar sus quejas.

Da vuelta a la página y se reprende al ver que ha estado jugueteando con la esquina —espera que la bibliotecaria no se de cuenta de que fue él—.Un ruido del exterior y la vibración de su teléfono le distraen. Es un mensaje de Kuroo. Koshi sonríe. El muchacho de cabello negro, peinado extraño y pupilas pequeñas no le resulta un completo desconocido. No desde que supo que era él de quien Daichi tanto se quejaba; no desde que su amigo se encargaba de contarle más anécdotas de cuando él y Kuroo vivían juntos, incluso ahora. Lo que es raro, se dice, es que extraña su compañía más de lo que se esperó imaginar.

No ha visto a Kuroo en varios días. Tantos días que lleva la cuenta y no quiere decirla en voz alta pues se siente frustrado al saberse tan pendiente de ella. Aunque, al ver su teléfono, a esa lucecilla y nombre en la pantalla, añora menos su presencia. Una sonrisa bobalicona se plasma en su rostro al ver el mensaje que le ha enviado Kuroo. Ha quemado otra vez la comida y adjuntado una imagen. Contesta rápido y se siente cómo la ansiedad se asienta en todo su cuerpo en espera de la respuesta.

No es sorpresa para nadie que mantienen una comunicación, lo que no creen (y algunos han visto) es que es un tanto boba y absurda por mensajes en line. Pero hablan de quemar la comida, de olvidar proyectos; de cómo Oikawa ha dejado caer pintura en su suéter favorito —aquel con el enorme rostro de un alienígena y cómo Daichi, a pesar de ya no compartir una habitación con Kuroo, sigue volviéndose loco gracias a sus amigos. Hablan de voces, sabores, de no ver en colores y de ser capaces de escucharlos; conversan sobre el clima, sobre el dúo sol y sombra. Kuroo le envía stickers y él, antes no acostumbrado a ellos, ahora no deja de responderle con otros. Sonríe al releer los mensajes que se han enviado.

Su respuesta llega en cuestión de segundos.

«Me descuidé un poco. Sigo con mi proyecto, ¿recuerdas?»

Claro que lo recuerda. Siempre le dice lo mismo, que está trabajando en ello y, tan pronto como pregunta de qué trata, Kuroo evade el tema. Así que intenta otra vez.

«¿Sí? ¿No me dirás de qué trata?»

Deja el teléfono en la mesa mientras pretende leer el libro que yace frente a él. Algo dentro de Koshi se remueve, espera ansioso a que su teléfono vibre y le indique la llegada de un nuevo mensaje. Repite la lectura del mismo párrafo por tercera vez antes de que un mensaje llegue.

«¿Dónde estás?»

Koshi no puede evitar sentir un poco decepción cuando ve que el nombre del remitente es Daichi. Suspira mientras escribe otro mensaje. Se olvidó por un momento que saldría con su amigo esa tarde y habían quedado de verse en algún lugar del campus. Ahora que lo piensa, recordar esa salida le aparta de su distracción principal y, después de inhalar profundo, continúa con la lectura de su libro —en esta ocasión sí está concentrado—.

Comienza a apuntar en una libreta sus ideas, sus kanas y kanji caóticos por la rapidez con la que escribe; aquellos trazos confusos parecen tener sentido sólo para él. De lo que no se da cuenta es que pequeñas manchas de tinta comienzan a pintar sus dedos y su mano, sus kanji tienen un barrido en su forma que llega a dificultar aún más su lectura.

Daichi llega tres capítulos del libro y cinco páginas de notas después. Da un par de golpecillos con sus dedos, sobre el libro de Koshi para atraer su atención. Él voltea a verle y frunce el ceño al ver la chamarra ligera que lleva puesta.

—Hey.

Dice el saludo con nerviosismo y Koshi no deja de fruncir el ceño. ¿Acaso quiere enfermarse? El clima mejoró un poco, es cierto, pero no tanto como para que el otro exagere y lleve puesto eso. Pero, como sabe que su amigo también puede ser un poco testarudo, se decide por hablar de otra cosa así que ve el reloj de su muñeca y con el reproche escrito en todo su rostro le hace una pregunta inofensiva.

—¿Por qué llegaste tan tarde? —hace una pausa para ver su reacción y, al ver una vena pequeña palpitando justo arriba de su ceja, continúa—. Me dijiste que llegarías en 20 minutos y ya ha pasado más de una hora.

—Te llamé pero no contestabas —replica en voz baja a la vez que decide echar un vistazo a las notas descuidadas con manchones por doquier—. Ahora veo por qué —hace una pequeña pausa—. Tu caligrafía es tan desordenada que no sé cómo puedes entenderla.

A Koshi le ofenden un poco esas palabras y no es sorpresa para Daichi que se defienda.

—Sólo es cuando escribo algo rápido.

—Ah, ¿sí?

—Sawamura Daichi —usa su nombre completo porque sabe el impacto que tienen sus palabras; usa ese tono tranquilo de voz que trae consigo una amenaza aunque no lo parezca; sonríe de una forma tan peculiar y tan poco vista en él que hace a Daichi tragar saliva y dudar de sus propias acciones—, ¿quieres que comparemos nuestras notas de la escuela media? Creo que en ese entonces el profesor te pedía que leyeras tus trabajos porque él no entendía lo que escribías, ¿no es cierto?

Daichi traga y desvía la mirada.

—No-no es necesario.

Koshi sólo sonríe y comienza a guardar sus cosas. Cierra todos los libros que tiene en la mesa y toma las hojas con todas las anotaciones para ordenarlas de manera rápida. Dacihi espera de brazos cruzados y en silencio. Sin embargo, Koshi sabe que detrás de esa quietud hay una razón, algo que su amigo quiere decir o preguntar y no se atreve.

Deja los libros en una mesita exclusiva para su devolución a los estantes. Ambos caminan hacia la recepción cuando un mensaje llega a su celular. Sonríe al ver que es de Kuroo.

«Iré a Sakanoshita… ¿Y tú? ¿Tienes planes para hoy?»

Se reprime de soltar una carcajada al ver tan absurdo sticker que le ha enviado. A su lado, Daichi le observa con un poco de preocupación —aunque está de más, después de todo, sabe que Koshi puede reír hasta con la más absurda de las cosas—. Detiene su andar un poco para responder rápido porque, si Kuroo le devuelve el mensaje, así no tardará tanto en hacerlo y tampoco quiere que él y Daichi se pierdan la película que han prometido ir a ver desde hace un mes.

«Sí. Saldré con Daichi. Cine de terror francés, ¿te apetece?»

Se imagina su sonrisa ladina, sus pupilas pequeñas cafés, su curiosidad por saber si la voz de algún actor le gustará, le dará igual o la odiará.

Cuando se dispone a caminar otra vez, choca con Daichi.

—¿Estás bien? —Daichi pregunta y Koshi voltea a verle.

Ahí está, de nuevo, esa mirada preocupada, ese tono de voz carente de sosiego que a Koshi le recuerda a su madre. Porque, para él, Daichi se parece más a una madre regañona y siempre preocupada porque algo malo les pueda pasar a sus hijos; alguien que le anima a cada momento y le impulsa a perseguir lo que desea —siempre y cuando no se trate de algo peligroso o una estupidez—.

Koshi se frota la nariz.

—Estoy bien, no te preocupes.

—Así que —continúa después de un rato de observarle, se cruza de brazos y una sonrisa que sólo pronostica problemas se forma en sus labios—, ¿con quién hablabas?

—¿Es en serio?

No puede creerlo. Se supone que Daichi se preocupe de Yamamoto, aquel de la voz de mayonesa y su kohai en Administración, el chico escandaloso que guarda un asombroso y ridículo parecido con Tanaka. Recuerda los sabores y se imagina la situación: avellana no va bien con la mayonesa.

—A veces pienso que eres una madre sobreprotectora, ¿sabes? —suspira—. No, eres peor que mi madre —suspira otra vez tras una queja de Daichi y, para callarlo, le da la respuesta que quiere—. Estoy hablando con Kuroo.

—Oh.

—¿Sólo dirás eso?

—Es sólo que… —se pasa una mano por el cabello—, no sé. Ten cuidado con él, ¿de acuerdo?

—¿De quién hay que tener cuidado?

Ambos se sobresaltan al escuchar la voz de Hinata. El muchacho les observa muy serio con aquellos grandes ojos, como si los analizara; les da un poco de miedo.

—Kuroo.

Su mirada cambia ante el nombre que sale de la boca de Daichi. No hay rastro alguno de la expresión que ha mostrado antes; se ha visto reemplazada por aquella alegre que siempre tiene. Koshi se pregunta algo, ¿qué hubiera pasado si el nombre hubiese sido uno distinto?

—¿Qué tiene Kuroo-san?

—¿Qué haces aquí, Hinata?

—Vine a buscar un libro que Tsukishima me dijo. Al parecer Akaashi-san se lo recomendó cuando le preguntó sobre mi investigación —lleva entre sus brazos un libro cuyo título Koshi no puede leer—. ¿Y qué pasa con Kuroo-san? —piensa por unos momentos y luego continúa—. ¿Es porque es uno de esos?

—¿De esos? —Koshi pregunta; sin duda ha atraído su atención.

—Sí, es de esos que saben muchas cosas pero no crees que sepan —un gesto se forma en su rostro. Miedo mezclado con asombro—. Es un estafador.

—Impostor —Tsukishima llega y se coloca detrás de él; le corrige, como casi siempre que logran mantener una conversación. Es una costumbre que adquirió después de años de ser compañero de Hinata y, ahora, su senpai.

—Oh, sí. Eso —termina de hablar y su reacción es un poco tardía—. ¿Por qué estás aquí, Tsukishima?

—La biblioteca es un lugar al que todos los alumnos pueden venir… y no uno en el que debas hablar en voz alta.

Hinata no dice nada más. Se dedica a apretar sus dientes, tanto que Koshi piensa que dentro de poco comenzarán a rechinar (o a doler). Más aún cuando Tsukishima nota el libro que Hinata trae consigo y sus labios forman un gesto que Hinata tanto odia.

—Parece que le conoces bien, Tsukishima —Daichi interviene antes de que aquello se convierta en una batalla entre alumnos de Psicología.

—Para nada —Tsukishima bufa, frunce el ceño y se voltea a ver a Daichi—. Es una persona irritante… pero a veces da buenos consejos.

—No puedo negarte eso —Daichi responde, sonríe y asiente.

Koshi sabe que eso es todo lo que obtendrá de ese par y sospecha que Daichi tampoco dirá algo más. Se despiden, con una promesa de verse después, pero ambos muchachos le piden a Koshi unos minutos de su tiempo antes de que puedan marcharse. Es respecto a unos libros, según Tsukishima; tiene que ver con Kageyama, Hinata anuncia. No puede negarse, eso es obvio, así que promete esperarles afuera del lugar pues no quiere que una bibliotecaria molesta les encuentre haciendo ruido y, por ende, les prohíba el préstamo o, peor aún, la entrada.

Cuando Daichi y él logran salir —tomando en cuenta todo lo que les tomó abandonar la biblioteca—, se encuentran con la figura de Oikawa, sentado en una de las banquitas del campus, mirando hacia el cielo y, por difícil que parezca, ignorando a varias alumnas que pueden ser o no sus admiradoras.

Algo hace que Oikawa voltee hacia todos lados y, por ende, termine dándose cuenta de su presencia. ¿Acaso es algún día importante o ha hecho algo malo como para que todos aquellos que conoce se reúnan en el campus?

Oikawa se levanta y, con pasos firmes y seguros, avanza hacia donde están ellos. Se detiene, cruza los brazos y alza un poco la cabeza. Su postura sería imponente si no fuera por aquél suéter tan extraño que lleva del sistema solar.

—Oh, Oikawa… —Daichi saluda y Oikawa interrumpe.

—¿Han visto a Kuro-chan? —tras recibir sólo silencio como respuesta, continúa—. Se supone que iremos a Sakanoshita pero el bastardo no ha llegado —lo dice con un poco de enfado y Koshi recuerda el mensaje en su celular.

—¿Por qué no le preguntas a Suga?

Koshi sabe que Daichi habla otra vez porque quiere fastidiarle, quiere devolverle un poco de las tantas bromas y comentarios sarcásticos que él le ha hecho durante tantos años… pero es algo bueno que sea Oikawa a quien está hablando porque, si no le interesa, no tiene por qué hacer caso.

Y hace eso. Oikawa se encarga de ignorarle pues su enojo con Kuroo goza de mayor prioridad que molestar a su compañero de habitación. Koshi se asegurará de hacerle la vida imposible a Daichi después.

—Cuando le pregunté si ya había terminado me dijo que se quedó sin lápices —Oikawa hace una pausa y después bufa—. Por supuesto que no le creí.

—¿Por qué? —Koshi pregunta por curiosidad aunque cree saber las razones. Tal vez Oikawa sigue resentido por lo de la pintura en su cabello cuando Kuroo y Koshi se conocieron y es por ello que no le cree.

Empieza a sospechar un poco cuando su compañero de piso y su amigo le miran con una ceja alzada. Ninguno de ellos responde.

—Kuroo-san nunca se queda sin lápices —Koshi se gira al reconocer la voz de Tsukishima. El chico les ha dado alcance más rápido de lo que creía.

—Tiene algo así como una atracción —Hinata aparece detrás de Tsukishima y nota que los demás no se habían percatado de su presencia.

—Es adicción… —Tsukishima le corrige por segunda vez en el día a la vez que le mira con fingido desdén sólo para provocarle (algo que siempre logra). Después se torna serio—. Aunque creo que también puede ser una atracción… ¿o una obsesión? —termina murmurando pero varios alcanzan a escucharle.

Hinata asiente tan rápido y tantas veces que Koshi se pregunta si no se ha mareado.

Y eso deja a Koshi pensando en estafadores e impostores, adictos y obsesivos que son capaces de alegrarle con la ínfima de las cosas desde un sticker en line, una conversación sobre arte y psicologías de colores hasta hacerle saber que su voz tiene un sabor que le gusta.

—Kuro-chan está muy retrasado. Si me entero de que me ha dejado plantado… —aunque Oikawa lo dice más para sí que para los demás, Koshi alcanza a escucharle. Se interrumpe al revisar su celular y un tic nervioso aparece en su rostro. Si le preguntan, Oikawa ha perdido todo su encanto con ello (y con ese suéter extraño)—. Voy a golpearlo. Llegó hace una hora y yo estoy esperándole.

Camina presuroso hacia donde, supone, es el lugar en el que Kuroo se encuentra. El primero en salir corriendo una vez que se descubre hacia dónde se dirige Oikawa, es Hinata. Pronto descubren por qué. Kageyama está ahí, con ellos, armando un curioso cuadro con los otros tres.

Hinata se acerca y llega hasta él. Da un par de golpecitos en su brazo y comienza a hacer señas muy rápido, señas que Kageyama contesta con la misma rapidez.

—Oh, ahí está —Oikawa dice al fin y le grita—. ¡Kuro-chan!

Pero Kuroo no le escucha, o le ignora.

Sigue la mirada de su compañero y se sorprende un poco al verle. Kuroo está junto a Kozume, encorvado y mirando sobre el hombro del muchacho. Se ve tan diferente, Koshi piensa, desde la última vez que le vio. Se ve más pálido, se nota cansado.

Mientras se acercan notan al, ahora quinteto, de alumnos de distintos programas —dos de Arte, dos de Psicología y uno de Informática— centrados en lo que, parece ser, es un juego de vídeo. Koshi nota que Kozume, el amigo rubio de Kuroo, está enfrascado leyendo algo y, a un lado suyo se encuentra Kuroo, al otro se encuentra su kohai Nishinoya Yu.

La distancia se acorta y, con ello, pueden llegar a descifrar sus expresiones y a entender poco a poco de qué hablan. Nishinoya y Kuroo se mantienen pegados a Kozume, atentos a sus acciones.

—Vamos, dile que te gusta —Nishinoya le dice y se acerca más a él, llegando a invadir su espacio personal. Kozume se remueve un poco, está incómodo pero no dice nada—. ¿Verdad, Tetsu? —se gira a ver a Kuroo, como para pedir su apoyo en el asunto.

—Sería buena idea…

Ambos están en silencio hasta que, tal parece, Kenma toma su decisión.

—¡Nooooo!

Kuroo y Nishinoya gritan y, a ojos de los demás, sus reacciones parecen exageradas. Kuroo lleva una mano a su pecho, como si le doliera; Nishinoya se toma de la cabeza y sujeta los cabellos con fuerza, como si la decisión tomada le hubiese dejado frustrado. Observa a Kozume como si le hubiera herido.

—Me siento traicionado, Kenma —Nishinoya le dice con dolor impregnado en sus palabras.

—¿Por qué le dijiste que eran compañeros? —Kuroo también le reprocha—. Era una oportunidad perfecta.

El rubio les observa antes de responder.

—No quiero ninguna ruta amorosa.

Kozume habla tan claro que incluso ellos, ajenos espectadores a la situación, pueden escucharle. Sin embargo, aquellos que están destinados a oírle —Kuroo y Nishinoya— le ignoran.

—Amagi era perfecta —Kuroo continúa lamentándose y se voltea a ver a Nishinoya.

—¡Lo sé, Tetsu! —tampoco puede creerlo aunque de inmediato se torna pensativo—. Pero… dicen que a quien más adoras es quien menos se da cuenta —Nishinoya, con los brazos cruzados y ojos cerrados, asiente, como si esa acción le diera fuerza a sus palabras—. Es como Kiyoko-san… una brisa fresca en un día de verano.

—Aún estamos en invierno —Tsukishima decide llamar la atención de aquel par corrigiendo a su senpai; Nishinoya le ignora.

—Aunque le profeses cuánto le amas, sigue sin saberlo.

—Es sólo que es más fácil el ignorarte —Koshi decide intervenir ante lo absurdo de la situación.

Sus palabras parecen magia —o alguien a quien el dúo considera es necesario regalar su atención— pues los dos se voltean tan pronto como termina de hablar. Nishinoya se alegra de verle, lo exterioriza corriendo hacia él y dándole un abrazo —hace tiempo no le ve— pero Kuroo es un asunto… diferente. Le ve, no. Le observa. Sus pequeñas pupilas están puestas sobre él y su sonrisa es cálida, es aquella que Koshi ha visto en su rostro pocas veces. Koshi puede asegurar que, en ese momento, hay algo en Kuroo que no puede descifrar. Es por ello que ignorando la desagradable sensación que se asienta en su estómago decide seguir atraído por ese par de ojos cafés.

Sin embargo, Oikawa tiene otros planes. Se pone en medio de Koshi y Kuroo, quien al verle suelta lo primero que se le viene a la cabeza —y que nadie se ha atrevido a decir—.

—Qué suéter tan horrible.

La cara de Oikawa se transforma y Koshi aparta la mirada; Daichi nota ese gesto pero permanece en silencio. Oikawa se dirige a un ritmo lento hacia Kuroo, dispuesto a soltarle un par de golpes por su osadía.

Cuando todos centran su atención en el castaño artista, los demás aprovechan para saludarse y hablar como para ser capaces de prestarles atención. Daichi, en cambio, se dirige hacia él.

—¿Sucede algo? —Daichi pregunta, su tono de voz tiene tintes de preocupación que no logra disimular.

Koshi regresa su mirada hacia Kuroo y ve que ahora está platicando con Tsukishima e ignorando a Oikawa. Se ve cómodo y es extraño… su sonrisa es diferente. La expresión de su kohai también es distinta y puede notar algo que no estaba ahí antes, cuando conversaron sobre él. Hay afecto y Koshi se alegra por él.

—No —responde a su amigo con tanta confianza que incluso él lo puede creer—. ¿Vamos con los demás?

Daichi asiente y alcanzan a escuchar un reclamo de Nishinoya hacia Tsukishima. Quiere revolverle el cabello por ser un maleducado y exige a Tetsu que le ayude con ello. Kuroo sólo sonríe mientras intenta apaciguar a un malhumorado Oikawa, a quien Koshi no había visto comportarse así desde que un chico llamado Ushijima le ganó en una competencia —la cual no recuerda— y, por supuesto, el castaño no se lo había tomado bien; desde ese entonces le guarda rencor. Sin embargo, sabe que pronto todo acabará, porque Oikawa no puede estar mucho tiempo molesto con ellos por más que lo quiera aparentar.

Nishinoya les comenta sobre su trabajo realizado durante las vacaciones. Consistió en una serie de pláticas motivacionales para jóvenes de distintas edades sobre diversos temas. Algunos de los profesores de las escuelas a las que asistió habían quedado fascinados con él; los alumnos habían amado tanto cada una de sus playeras con frases tan inusuales que le preguntaban en dónde las había comprado. Habló sobre depresión, problemas en la escuela, algunos bravucones y sobre Kageyama.

Es un gran ejemplo, admite, el haber cambiado de escuela e iniciar una vez más debido a su condición no es algo que muchos hagan. Unos continúan y se desaniman en el trayecto, otros más se rinden. Pero Kageyama encontró una solución adecuada para sí mismo. Nishinoya omite detalles y hace un gesto con la mano como para restarle importancia al asunto pues, de una u otra forma, son detalles que cada uno conoce a su manera y no ve la necesidad de compartirlos otra vez.

Lo bueno es, repite, que la experiencia le ha servido a él también y sólo por eso se ha ganado un helado.

—¿En serio? —Kageyama dice después de un momento.

Nishinoya, a su lado, se gira de modo que queda frente a él y asiente. Su mirada y postura son orgullosas —de lo que Kageyama y él han logrado, de sí mismo—.

—Por supuesto.

Es todo lo que dice antes de que note que, a su lado, Hinata tiene levantada su mano derecha y la mueve muy rápido; Kageyama ya no le observa a él, sino a Hinata, a ese pequeño pelirrojo y a su brazo derecho.

—¿Oya? ¿Al fin lo aprendiste?

Kuroo es el primero en hablar y, tras sus palabras (y al ver la mirada de Kageyama), Koshi comprende también. Hinata siempre fue malo memorizando y, el que se haya aprendido algunas señas significa mucho para Kageyama y para él.

—¿En serio? —Koshi pregunta asombrado y orgulloso de su kohai.

El pecho de Hinata se hincha de orgullo y su puño cerrado se coloca justo donde palpita su corazón.

—Claro, no quería que Kageyama me ganara también en esto.

Aunque lo disfraza como una competencia, lo cierto y no dicho por Hinata es que odia que le dejen atrás; peor aún en todo lo que involucra a Kageyama… o que Kageyama sea el que le deje atrás.

—Te pareces a Naruto —Kozume comenta después de permanecer un rato en silencio, su consola portátil guardada en su mochila desde hace varios minutos.

—Oh. Ninjutsu, ¿cierto? —Koishi responde a las palabras de Kozume, lo que hace que el muchacho se gire a verle con sorpresa nada oculta en aquel par de ojos ámbar—. Pensé que era el único que había pensado en eso.

Kozume le sonríe y se prepara para hablar una vez más.

—Si Shoyo no puede dejar de hablar por unos instantes, no me imagino lo rápido que debe mover las manos para que él —señala a Kageyama con la cabeza— le entienda.

Koshi asiente; aprovecha ese pequeño acercamiento con Kozume porque no lo ha hecho hasta ahora y, si Kuroo es conocido de sus amigos, ¿por qué Koshi no puede serlo de aquéllos cercanos a Kuroo?

Daichi abandona su lado y va hacia Nishinoya. Koshi puede estar seguro de que le preguntará cómo le ha ido, los detalles de sus pláticas; asegurará que habría querido ir a una y lamentaba no haberlo hecho. Y, en el momento en el que Daichi abre la boca para empezar a habar, Koshi voltea hacia otro lugar. Al punto en el que Kuroo está.

Múltiples veces ha leído o visto cómo al protagonista de aquellos libros que lee, de aquellas series que ve, alguien le puede robar el aliento. Ahora, Koshi cree, puede asegurar logra entender por completo esas palabras. Kuroo le ve, a él y a nadie más. No a Oikawa con quien tiene planes, no a Kozume quien es su amigo de toda la vida y quien ahora está junto a Hinata y Kageyama, no a Daichi quien fue su compañero de habitación. Sólo a él. Y es hasta ese momento que Koshi le observa también. El jersey rojo acentúa su rostro y el negro de su cabello, pantalón y bufanda.

Y también hay rojo en su rostro; en sus mejillas y en la punta de sus orejas.

Las risas de sus amigos se convierten en sonidos casi apagados, las palabras son murmullos que no alcanza a descifrar. Su corazón se acelera un poco y, aunque Koshi le ordene tranquilizarse, no le obedecerá. Debe calmarse y, para ello, lleva sus heladas manos —como siempre lo son en esta época del año— hacia sus labios. Sopla aire caliente en ellas, esperando en vano que sirva para tibiarlas un poco o al menos para que dejen de temblar con tanta persistencia.

Al parecer, ese gesto es lo que hace que Kuroo abandone su lugar junto a su amigo y se dirija hacia él. En su mente, Koshi maldice. Cuando están frente a frente, no le saluda; no dice un "hey" u "hola" como siempre que Kuroo se encuentra con un conocido o amigo suyo sino que le observa. Sus pupilas cafés y pequeñas se fijan en las de Koshi como si fuera un gato a punto de saltar hacia algo que quiere. Un par de segundos pasan y esos mismos ojos cambian de objetivo: sus manos. Es entonces que Kuroo se quita uno de sus guantes negros y está a punto de tocar a Koshi —sus manos— cuando se detiene. Le observa una vez más y puede notar una petición en su mirada.

«¿Puedo?»

Koshi sonríe.

El par de manos rodea las suyas, una desnuda y otra enguantada, y Koshi, aparte de percatarse de cuán cálida está la mano de Kuroo, nota detalles. Hay ligeras marcas grabadas —un cúter, tal vez—; unos cuantos callos que, intuye, están ahí desde su época de instituto, cuando jugaba vóleibol.

Se siente bien.

—Tus manos están heladas —Kuroo interrumpe sus pensamientos al establecer ese hecho que Koshi detesta. El muchacho se quita el otro guante y se lo da.

Koshi quiere decir no. No, está bien. No hace mucho frío. No están tan frías. Sin embargo, alguien se aclara la garganta y logra llamar la atención de los dos.

Oikawa.

—No me gusta interrumpir momentos como este —comienza y su mirada café se posa con tanta intensidad sobre Kuroo que es imposible no hacerle caso—, pero ya he esperado demasiado a este tonto como para perder un segundo más de mi tiempo. Lo siento, Suga-chan.

Kuroo sonríe y pide perdón, una disculpa apresurada y dicha por mera cortesía porque en realidad no está arrepentido de nada. Oikawa ve su reloj y de inmediato vuelve hacia Kuroo, levanta dos dedos de su mano y cuando el otro asiente, da la media vuelta y se marcha.Y Kuroo, adelantándose a lo que sea que pueda abandonar la boca de Koshi, dice algo que le toma por sorpresa.

Viennese.

—¿Qué?

Y sonríe una vez más de esa forma suave que sólo le dedica a él.

—Tsukki. Viennese. Sólo preparado por el enano. Ningún otro se le parece —da un par de pasos hacia atrás—. Nos vemos después —se despide con un gesto de su desnuda mano y corre por donde Oikawa se ha marchado.

Ha dejado los guantes en las manos de Koshi.

Daichi regresa a su lado y pasa una mano frente a su rostro varias veces. Sólo se detiene cuando Koshi le da su entera atención. Una ceja alzada destaca en ese rostro lleno de preocupación, ojos oscuros atentos a cualquier cosa que esté dispuesto a hacer. No cabe duda, es peor que su madre.

Entonces, Koshi suspira y le sonríe; la expresión en el rostro de Daichi desaparece como si no hubiera estado ahí en primer lugar. Le pasa un brazo por el hombro y suelta una carcajada mientras le guía y se despiden de los demás.

—¿Estás bien?

«Depende de qué es lo que definas como bien» es lo que Koshi piensa pero no dice. Se conforma con asentir mientras se pone los aún cálidos guantes sobre sus ya no tan frías manos.


Notas

1. «Amagi era perfecta». Referencia a Amagi Yukiko de Persona 4 y pequeño spoiler sobre una decisión crucial —o no tanto—.

Me ha costado eones terminar este capítulo porque, por más que sabía qué era lo que quería, no sabía cómo debía escribirlo. Además, por si no fuera poco, a mi mente se le han ocurrido más ideas y he terminado con tres documentos nuevos —y que espero terminar algún día—.

Oh, revelación para mí —y que noté cuando releía para tener presentes algunos detalles—. Tiempo. Oh, adorado tiempo que se me escapa, por el que me he dado un golpe y que olvidé escribir que, en el primer capítulo el tiempo es diferente al de la historia. Cuando Kuroo habla con Suga (al fin) ha transcurrido un año, es decir, Kuroo lleva un año sabiendo de Suga. Con fortuna, arreglaré esos detalles que sí importan mucho en un futuro no muy lejano.

Edit: He leído el último capítulo. Creo que no pueden imaginarse mi emoción ni cuánto quise gritar.