Capítulo 9
Candy se pasó todo el fin de semana con Anthony, pero no se quedó a dormir en su casa porque, a pesar de que él se lo había ofrecido, no quería que cuando ella se fuera, Terry y él dejaran de ser amigos. Anthony la consoló lo mejor que pudo, y le dijo que estaba seguro de que Terry también lo estaba pasando muy mal, si no, no le habría hecho ese comentario tan desagradable sobre ellos dos. Ella no estaba tan segura.
Candy no tenía ni idea de lo que Terry había hecho durante el fin de semana. Lo único que sabía era que había dormido en el apartamento, porque tanto el sábado como el domingo por la mañana vio que se había duchado. De no haber sido por ese detalle, habría creído que no estaba. Aunque apenas había dormido en los últimos dos días, el lunes por la mañana se levantó, se vistió y se fue a trabajar como siempre. Candy no iba a permitir que su historia con Terry le estropeara también eso. Trabajar en la revista le gustaba realmente; sus compañeros eran fantásticos y estaba aprendiendo mucho. No quería que nadie se diera cuenta de que tenía el corazón hecho añicos. No porque se avergonzara, sino porque no quería que Terry se enterara. Si él era capaz de ignorar lo que había entre ellos dos sin parpadear, ella no iba a ser menos. Así que, cada noche, se repetía a sí misma que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no tendría tantas ganas de abrazarlo, y que cuando lo viera ya no se le aceleraría el corazón.
Por su parte, Terry estaba agotado. Se había pasado prácticamente todo el fin de semana escondido en el gimnasio. No pensar en Candy lo estaba consumiendo y ya se le estaban acabando las ideas. Se levantaba antes que ella, pero el cuarto de baño estaba repleto de sus cosas, y cada día tenía que controlarse para no oler su champú o su perfume. Nunca lo lograba. Los olía.
En la revista, estaba un poco mejor, pero cuando alguien le comentaba lo bien que Candy hacía su trabajo o lo dulce que era, volvía a empeorar. Por suerte, ella parecía ser capaz de ignorarlo, y casi no le dirigía la palabra, porque cuando lo hacía, Terry tenía que concentrarse en no mirarle los labios y pensar en lo bien que sabían. Para evitar encontrarse con Candy en el apartamento, de noche iba al gimnasio un par de horas a ver si así se cansaba y podía dormir, pero ni así lo lograba. Lo único positivo de todo aquello era que, a ese ritmo, recuperaría los abdominales de cuando tenía veinte años. Al salir del gimnasio se compraba algo de comer e intentaba prepararse para el peor momento del día: entrar en casa. Cada noche se decía a sí mismo que estaba a punto de lograrlo, que al día siguiente ya no sentiría esas ganas de besarla, y que cuando la viera ya no se le aceleraría el corazón.
El miércoles, Candy estaba almorzando con Jack y Amanda en una cafetería al lado del trabajo y Jack le tomó la mano, la miró a los ojos con cara de preocupación y le preguntó:
—Candy, ¿qué pasa con Terry?
Haciendo uso de sus recientemente adquiridas dotes dramáticas, respondió:
—Nada, ¿por qué lo preguntas?
—¿Nada? —Jack le soltó la mano enfadado—. ¿Cómo que nada? ¿Acaso no lo ves? ¡Está agotado, más delgado y con un humor de perros!
—Candy, Jack tienen razón, algo le pasa —añadió Amanda—. Estamos preocupados por él. Es nuestro amigo, y no tenemos ni idea de lo que lo tiene tan agobiado. Además, con los problemas que tenemos ahora en la revista necesitamos que esté al cien por cien.
Candy necesitó unos segundos para procesar toda la información. Ella sabía que era imposible que ellos supieran nada de su relación —Terry nunca se lo habría contado, y Anthony había jurado guardar el secreto—, así que no tenía ni idea de qué estaban hablando.
—¿Qué tipo de problemas? —A Candy ya le estaban sudando las palmas de las manos.
—Bueno, no sé si debería contártelo, es una especie de secreto, pero ya que eres tan amiga de Terry, supongo que puedo confiar en ti —dijo Amanda—. ¿Conoces la revista The Scope?
—Sí, bueno, la he visto en los kioscos y Terry tiene algunas en el departamento. —Candy estaba perpleja—. ¿Por qué?
—Últimamente, algunos reportajes que teníamos previsto publicar aparecen «milagrosamente» en esa revista una semana antes que en la nuestra —añadió Jack también susurrando.
Candy, que ya estaba al tanto de lo del robo de los artículos, decidió disimular y fingir que no sabía nada. Por el modo en que Jack y Amanda hablaban de ello, llegó a la conclusión de que Terry no les había contado que ella lo sabía y, como no quería tener otro conflicto con él, optó por no decir nada y hacerse la inocente.
—Bueno, somos una revista de información de actualidad, es lógico que los reportajes se parezcan. No es que haya muchos temas para tratar, ¿no?
—No, Candy, no es que se parezcan, es que son los mismos reportajes, las mismas fotografías, el mismo ángulo de opinión, las mismas entrevistas. Los mismos. Nos los roban. ¿Lo entiendes ahora? —Jack y Amanda estaban tensos. Candy no podía quitarse de la cabeza que toda la escena le recordaba a Matrix. Allí estaba ella, atónita, sentada delante de Jack y Amanda como Neo ante Morfeo y Trinity cuando éstos le revelan la verdad.
—¿Lo entiendes ahora? —repitió Amanda.
—Sí, claro.
—Como ves, Terry tiene muchas preocupaciones. Para todos nosotros, la revista es importante, pero para él es su vida —dijo Jack—. Ya que tú vives con él, ¿podrías averiguar qué le pasa?
Candy notó cómo se sonrojaba de la cabeza a los pies.
—¿Yo? —carraspeó ella—. Sí, bueno, podría intentarlo. Pero no creo que sirva de mucho. Tal vez deberías hablar con Susana. —Candy no pudo resistir la tentación de hacer ese comentario.
—¿Susana? —preguntó Jack perplejo—. No digas tonterías.
—Si tú no eres capaz de convencerlo de que cambie de actitud, nadie podrá hacerlo —añadió Amanda sonriendo.
—¿Por qué dices eso?
—Vamos, Candy, todos sabemos que haría cualquier cosa por ti. —Jack le golpeó cariñosamente el hombro—. No te hagas la tonta. Por cierto —miró el reloj—, deberíamos regresar al trabajo.
—Sí, claro, seguro que Tom ya ha vuelto. —Amanda se levantó y salió apresurada, dejando a Candy sola con Jack.
—¿De verdad estás preocupado por Terry? —se atrevió entonces a preguntarle.
—Sí. Estos días se lo ve muy cansado y menos concentrado. No sé qué le pasa; no creas que no se lo he preguntado, pero su respuesta estándar es «Nada. Todo va bien, como siempre». En fin, espero que tú tengas más suerte y que averigües algo. Vamos, tenemos que regresar.
Candy volvió al trabajo, pero pasó la tarde pensando en cómo podía ayudar a Terry. Una cosa era que él no la quisiera, ni como amiga ni como nada, pero otra que, con su intento de evitarla a todas horas, acabara agotado y pusiera en peligro su trabajo. Tenía que hablar con él.
Terry tuvo, otra vez, un día horrible. Había empezado muy pronto, y nada más llegar a la revista, Tom lo llamó a su despacho.
—¿Puedo hablar contigo?
—Sí, claro.
—Siéntate. ¿Has visto el número de esta semana de The Scope? —A la vez que se lo preguntaba, le acercaba un ejemplar.
—¿Qué es esta vez? —Terry se puso los lentes y empezó a hojear la revista.
—Esta vez son de nuevo dos artículos. El de la entrevista con el primer ministro y el de los bodegueros británicos. Terry, tenemos que parar esta mierda. Nos hundirán, no podemos seguir rellenando nuestra revista con artículos rancios, tenemos que averiguar quién nos roba, cómo lo hace y por qué. Esto no puede seguir así. —Tom se reclinó en su asiento, mala señal; se aflojó la corbata, pésima señal; y sentenció—: Nos dan seis meses más, si no, cerrarán The Whiteboard.
Terry notó en ese momento cómo se le helaba la sangre y la espalda le quedaba empapada de sudor; contradictorio pero propio de él.
—No nos cerrarán. Averiguaré quién lo hace, y por los artículos de relleno no te preocupes, tengo un par de buenos reportajes «escondidos». Ahora te los traigo para que puedas leerlos, a ver qué te parecen.
—¿Escondidos? ¿De dónde han salido?
—Los he escrito yo, ya sabes, para eso me contrataste.
—¿Tú?
—Sí, yo, últimamente no duermo mucho, y escribir me relaja. No te rías. ¿Se puede saber de qué te ríes? ¡Estamos en medio de una crisis!
—De ti, Terry, me río de ti. Tus problemas de insomnio no tendrán nada que ver con esa chica que tiene cara de duende, ¿no? Candy, eso es, me encanta el nombre. Creo que deberías presentármela. De hecho, creo que los dos deberían venir a cenar a casa un día de éstos. Paty y las niñas estarán encantadas de conocer a la mujer que ha logrado quitarte el sueño. —Tom seguía riéndose.
—No, Candy no tiene nada que ver en esto. No sé por qué lo dices. En fin, será otra muestra de tu edad senil. Voy a buscar los artículos antes de que digas más tonterías. —Y salió apresurado del despacho de Tom.
—¡Terry! ¡Piensa en lo de la cena! —Pero ya le hablaba a su espalda.
Por suerte, a Tom le encantaron los artículos, pero viendo el humor de Terry, no se atrevió a volver a mencionar lo de la cena. Ya encontraría el momento. Tom era así, nunca se olvidaba de nada, sencillamente, esperaba el momento oportuno para volver a la carga. Superado este primer y gran incidente, la jornada de Terry fue a peor. Tenían que trabajar a contrarreloj para modificar la revista y sacar una edición sin los artículos robados. Cuando encontrara al espía, le diría un par de cosas. Para variar, comió solo. Había pensado hacerlo con Jack, pero cuando vio que éste salía con Candy y Amanda, cambió de idea. No se veía capaz de tener a Candy sentada delante de él. Era cierto que él quería que se distanciaran, pero ver cómo ella lo ignoraba a propósito delante de sus narices era más de lo que ese día se veía capaz de soportar.
La tarde no mejoró en absoluto. Tuvo que quedarse bastante rato respondiendo e-mails, y el complemento final fue cuando, al salir del gimnasio, lo atrapó la lluvia. Empapado hasta los huesos, lo único que quería era llegar a casa, tomarse dos aspirinas y darse una ducha para ver si lograba entrar en calor. Abrió la puerta, e iba a entrar en el baño cuando la voz de Candy lo detuvo.
—¿Qué te ha pasado?
—La lluvia. ¿Qué haces despierta?
—Te esperaba. Pero antes de nada, quítate esa ropa empapada y dúchate con agua caliente. Mientras te prepararé un té.
Candy le estaba hablando desde la cocina y Terry seguía de pie, chorreando, estupefacto y sin moverse.
—¿Aún estás ahí? Dúchate o te resfriarás.
Entonces Terry reaccionó y se dirigió al baño. Candy tenía razón, tenía que quitarse la ropa mojada, ya empezaba a notar los huesos helados y un dolor de cabeza que iba in crescendo auna velocidad vertiginosa.
Mientras, Candy, en la cocina, le preparó el té y un sándwich. Jack y Amanda tenían razón, se lo veía cansado y tenía mal aspecto. Esa tontería no podía seguir. Ella ya había encontrado un apartamento, así que lo mejor que podía hacer era decírselo y empezar el traslado ese mismo sábado.
Tal vez así pudiesen recuperar algo de su amistad.
—Ya estoy aquí. —Terry se sentó en el sofá. Tenía ojeras y parecía agotado. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
—Toma, bébete esto caliente. —Candy le dejó la bandeja con la improvisada cena delante, y añadió—: Voy a buscarte un par de aspirinas.
—Gracias, no hacía falta que preparases nada. —Terry estaba incómodo, le dolía mucho la cabeza y no tenía ni idea de lo que estaba pasando.
—Vamos, tómate las aspirinas y come. —Dejó que comiera un rato en silencio y luego continuó—: Terry, te estaba esperando porque quería hablar contigo de algo importante.
—¿De qué? —preguntó él antes de acercarse el sándwich para darle otro mordisco.
—Ya he encontrado apartamento. Sólo tengo que firmar el contrato y podría mudarme el fin de semana.
Terry casi se ahoga con el trozo de sándwich que tenía en la boca y, después de un pequeño ataque de tos y dos sorbos de té, preguntó estupefacto:
—¿Mudarte?
—Sí, esta situación no puede seguir. Incluso en el trabajo están preocupados por tu salud.
—Vayamos por partes. —Terry no entendía nada—. ¿Qué situación?
—Tú y yo. Parecemos dos adolescentes. —Candy se sonrojó al admitir su parte de culpa en todo este desastre—. Los dos somos lo bastante inteligentes como para darnos cuenta de que esto es insostenible. Lo mejor para ambos es que yo me vaya a vivir a otro sitio.
—No estoy de acuerdo, pero antes de discutir este asunto de la mudanza más a fondo, ¿qué es eso de que en el trabajo están preocupados por mí? ¿Por qué?
—Es evidente, ¿no? ¿Cuántas horas has dormido desde el pasado viernes? ¿Y cuánto hace que no comes una comida decente? ¿Te has visto? Estás más delgado, tienes ojeras, pareces agotado, y eso no es bueno para nadie.
—Estoy bien —balbuceó Terry, y con esa única frase, Candy perdió los estribos.
—¿Bien? ¿Cómo vas a estar bien? Lo que estás haciendo es ridículo y totalmente innecesario. —No paraba de mover las manos. Intentar hacer entrar en razón a un hombre es realmente difícil.
—¿Qué estoy haciendo?
—Estás evitándome. ¿Crees que no me he dado cuenta? Yo estoy haciendo lo mismo y es igual de ridículo. —Entonces se sentó delante de él y lo miró directamente a los ojos. Terry fue a abrir la boca, pero Candy lo interrumpió—. Mañana mismo firmaré el contrato del apartamento y el fin de semana me mudaré. No tiene sentido que sigamos así. Lo que pasó entre tú y yo ya está olvidado. —Ni ella misma se creía esa mentira, así que, para disimular, siguió hablando—: Mírate. En tu afán por no toparte conmigo te acuestas demasiado tarde, te levantas antes que yo, no comes con tus amigos, no cenas en tu casa. Un poco excesivo, ¿no crees?
—Creía que era una buena idea. —Levantó los hombros—. No quería que estuvieras incómoda.
—Ya, bueno, y si hace falta te matas en el intento, ¿no? Todos están preocupados por ti. ¿No crees que por cuatro días podríamos compartir piso e intentar hacer vida normal? Pero si lo prefieres, puedo preguntarle al de la inmobiliaria si puedo instalarme mañana. Me siento fatal por echarte de tu propia casa.
—Tú no me estás echando, y te repito que no es necesario que te vayas de aquí. —Estornudó un par de veces—. Siento que todos se hayan preocupado por mí, y creo que tienes razón, lo mejor que podemos hacer es intentar hacer vida normal. —Era un pésimo mentiroso—. Pero si de verdad quieres mudarte, yo mismo te ayudaré a hacer el traslado, aunque ahora quiero irme a dormir. Me duele mucho la cabeza y me parece que me he resfriado. Mañana quiero que me cuentes todo sobre ese apartamento, pero sigo creyendo que no tienes que irte. —Antes de que ella pudiera contestar, se levantó del sofá y añadió—: Gracias por el té y, en fin, por todo.
Se tambaleó un poco, pero recuperó el equilibrio en seguida y se dirigió a su habitación.
—¿Terry? —Candy tenía la sensación de que él se encontraba peor de lo que decía.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
—Sí, claro, sólo necesito dormir. Buenas noches.
—Buenas noches.
Por la mañana, Candy se despertó más descansada; esa noche había dormido bien. Era bueno saber que entre ella y Terry las cosas iban a dejar de ser tan surrealistas. Cuando fue a la cocina a prepararse el desayuno vio que él aún no se había levantado, señal de que pensaba cumplir su palabra e iba a dejar de evitarla. Cuando llegó la hora de irse a trabajar, Terry seguía sin aparecer, y eso no era normal. Él era el espíritu de la puntualidad, así que Candy pensó que algo iba mal.
Se acercó a su habitación y pegó la oreja a la puerta. Nada.
—¿Terry?
Nada.
—¿Terry, estás ahí? —Seguía sin oír nada. Tal vez se había ido. Pero no, no, sus lentes, su computadora, sus llaves, todo seguía encima de la mesa—. Terry, voy a entrar. —Abrió la puerta.
La habitación estaba a oscuras y podía oír la respiración entrecortada de Terry, que aún estaba dormido. Se acercó y encendió la lámpara que había al lado de la cama, lo que provocó las quejas del durmiente.
—¡La luz! —Él levantó el brazo para taparse los ojos.
—Terry, ¿te encuentras bien? —Le puso la mano en la frente—. ¡Estás ardiendo! —Le tocó también las mejillas y las tenía igual de calientes—. Voy a buscarte una aspirina. —Iba a levantarse, cuando Terry le agarró la mano.
—Candy, ¿qué haces aquí? Me gustan tanto tus ojos, parecen los de un duende.
—Sí, ya. Estás enfermo y no sabes lo que dices. Voy a buscarte las medicinas, ahora vuelvo.
Cuando Candy volvió con la aspirina y un vaso de jugo, el enfermo seguía igual.
—Vamos, Terry, tómate esto. ¿Te ayudo a incorporarte?
—No, yo puedo solo. Dame la aspirina, tengo que ducharme, la revista. —No pudo continuar, lo interrumpió un ataque de tos.
—Ni hablar, tú hoy te quedas aquí, estás enfermo. Tienes fiebre. Mírate, estás temblando. No me obligues a atarte a la cama. —Ella se sonrojó con las imágenes que esa frase originó en su mente. Suerte que él estaba ya otra vez acostado y no se dio cuenta—. Voy a salir a la farmacia a comprar más medicinas y unos jugos. Tienes que beber mucho líquido. Estás ardiendo.
Candy empezaba a estar muy preocupada.
—¿Candy?
—¿Qué? —Ella seguía tocándole la frente, y lo miró angustiada.
—Los artículos, necesito repasar los artículos, la revista, nos roban los reportajes. —Hablaba entrecortado, entre ataque de tos y estornudos, como si le costara incluso respirar.
—No te preocupes por nada. Dime qué tengo que hacer, pero tú no te muevas de aquí. Dame un minuto, voy a buscar tu computadora.
Salió de la habitación, pensando que tenía que llamar a Jack y a su madre, ella sabría qué hacer. Tomó la computadora y volvió a la habitación.
—Ya estoy aquí. ¿Qué hago?
—Abre los archivos de Word. Me duele mucho la cabeza. —Él se tapaba los ojos con el antebrazo.
—Me pide un código secreto. ¿Quieres escribirlo tú?
—No, el código es 13042011.
Candy tecleó el código sin pensar, pero cuando acabó, se dio cuenta de que era el día en que ella había llegado a Londres. ¡Terry tenía como código secreto el día en que ella había llegado a Londres! No podía ser, seguro que sólo era una casualidad.
—¿Qué estoy buscando?
—Abre los archivos que se llaman «vacaciones Escocia», allí están grabados los artículos que necesitan para la próxima edición. Cópialos en un pen drive y llévaselo a Tom. —Se tapó más con la manta, temblaba y no paraba de sudar.
—¿Seguro que puedes quedarte solo? ¿Me llamarás si necesitas algo?
—Seguro, sólo necesito dormir. Llévaselo, por favor. —Bajó los párpados.
Candy cerró la computadora, apagó la luz y, antes de salir de la habitación, le apartó los mechones sudados que tenía sobre la frente. Seguía ardiendo y se había quedado completamente dormido.
Cuando llegó a la revista, Jack la estaba esperando en la recepción con cara de preocupación.
—¿Qué ha pasado?
—Nada, Terry se ha puesto enfermo. Ayer llegó a casa empapado por la lluvia y tiene un resfriado de campeonato. Me ha pedido que le entregue esto a Tom. ¿Se lo puedes llevar tú? Yo aún no lo conozco.
—Bueno, eso tiene fácil arreglo. Hola, Tom. —Jack saludó a Tom, que acababa de salir en ese preciso instante del ascensor—. ¿Tienes un minuto?
—Hola, Jack. ¿Sabes algo de Terry? Llevo más de una hora buscándolo.
—Terry está enfermo.
—¿Enfermo? Él nunca está enfermo. ¿Qué le ha pasado?
—Que es un inconsciente. —Candy hizo el comentario sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta, y entonces Tom la miró directamente.
—Tom, permíteme que te presente a Candice White. Candy, te presento al señor Tom Stevens, director de esta casa de locos.
—Encantada, señor Stevens. Terry me pidió que le diera esto. —Candy le entregó la memoria con los archivos.
—Es un placer, Candy, y por favor, llámame Tom. ¿Qué le pasa a Terry, además de ser un inconsciente? —Tom sonreía, le encantaba esa chica. Ahora que la había visto de cerca, entendía que Terry estuviera medio loco últimamente. La chica tenía una chispa en los ojos...
—Está resfriado, muy resfriado. Pero además está agotado, y es testarudo como una mula.
—Tienes razón, es un cabezota. Si necesitas algo, llámame, yo voy a revisar esto para la próxima edición. Jack, avísame cuando tengas las fotografías. Candy, espero volver a verte. —Sonriendo, se despidió de los dos.
Candy estuvo todo el día preocupada por Terry, seguro que no se había tomado las medicinas. Ella habría querido irse antes, pero sabía que si lo hacía, Terry se enfadaría. Para él, lo primero era la revista. Así que intentó concentrarse al máximo en su trabajo, tenía que maquetar los nuevos artículos que Jack le había entregado. Los había escrito Terry y eran muy buenos. Eran originales, irreverentes, pero serios en la información que aportaban. Candy pensó en los reportajes robados, ¿quién podría hacer eso y por qué? Ojalá lo encontraran pronto. Mientras, ella haría todo lo posible por ayudar a Terry y a sus amigos; después de todo, ahora también eran amigos de ella, y no quería que les pasara nada malo. Además, aunque fuera sólo por unos meses, ella también trabajaba allí, y quería que la revista siguiera siendo un éxito.
Cuando por fin llegó la hora de salir, Candy apagó su computadora a toda velocidad y corrió hacia la farmacia. Compró todo lo que creía poder necesitar; aspirinas, vitaminas, spray nasal, pastillas para la tos. Fue un poco exagerada. Luego, de camino al supermercado, llamó a su madre.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño. —Al oír que tenía la respiración acelerada le preguntó—. ¿Dónde estás?
—En la calle. Tengo que ir a comprar comida. —Esquivó a un perro que casi la tira—. Terry está enfermo.
—¿Qué le pasa?
—Creo que está resfriado. Ayer se empapó por la lluvia.
—¿Y tú vas a ser su enfermera?
—¡Mamá! —exclamó Candy sonrojada. Su madre era incorregible.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, fingiendo no saber por qué su hija se indignaba.
—He comprado aspirinas. ¿Crees que necesitaré algo más?
—Bueno, yo le prepararía jugo natural para que tome vitaminas, y un poco de caldo. ¿Te acuerdas de cómo se prepara?
—Sí, claro. Tienes razón, eso le sentará bien.
—Yo siempre tengo razón. Es uno de los pocos privilegios que tiene ser madre.
—Te dejo, estás empezando a decir tonterías. Dales muchos besos a papá y a todos de mi parte.
—Igualmente. Cuídate.
Candy colgó y compró las naranjas para hacer jugo y las verduras para preparar la sopa. Iba cargada como una mula, y tuvo que hacer malabarismos para que no se le cayera todo por la escalera, pero por fin llegó a casa.
—Hola, ya estoy aquí. —Dejó todas las bolsas en la cocina, se quitó la chaqueta y fue directa a la habitación de Terry.
—Terry, ¿hola? —Entró en la habitación, que empezaba a oler ya a enfermo, y se sentó en la cama—. Terry, ¿cómo estás? —Le puso la mano en la frente y comprobó que la tenía empapada de sudor y ardiendo.
—Candy, ¿qué haces aquí? Vete, déjame. —Temblaba al hablar y seguía sin abrir los ojos.
—Vivo aquí, al menos de momento. —En ese instante se acordó de que se había olvidado de ir a firmar el contrato de alquiler—. No pienso irme hasta que te cures. Tienes que tomarte esto y beber algo. Vamos, seguro que te pondrás bien. —Se levantó de la cama y subió un poco las persianas para que entrara algo de luz del exterior—. Voy a prepararte un caldo. Descansa y luego te lo traigo.
—Los artículos.
—Ya están maquetados. La verdad es que son muy buenos; espero que no te moleste que los haya leído. —Le secó el sudor de la frente con una toalla—. Todos me han dicho que te mejores, y que no vuelvas al trabajo hasta que estés bien. Así que ya sabes, tienes que cuidarte. —Recogió el vaso y salió de la habitación. Terry volvía a estar dormido.
En la cocina, Candy preparó el caldo de verduras. Mientras lo hacía, escuchaba a Nina Simone y pensaba en cómo habían cambiado las cosas. En tan sólo unos meses había encontrado nuevos amigos, un nuevo trabajo y a Terry. Quizá no había sido tan malo lo de romperse la pierna.
Preparó una bandeja con un plato de sopa, un poquito de jugo, los antitérmicos y una servilleta, y se lo llevó a Terry.
—Hora de cenar. He preparado sopa de verduras. Despierta. —Como Terry ni siquiera se movió, Candy dejó la bandeja y se acercó a él—. ¡Dios mío! Estás ardiendo. Terry, por favor, despierta, vamos.
Estaba muy preocupada, tenía que hacer algo.
—Candy, mi princesa. —Terry deliraba, sudaba sin parar y tiritaba.
—Terry, abre los ojos, por favor. —Nada—. Terry, tienes que tomarte esta pastilla, tienes que ponerte bien, si no, yo... —Notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas—. Vamos Candy, no seas dramática —se dijo a sí misma—. Sólo es un resfriado. Lo que tienes que hacer es lograr que se tome la medicina y hacer que le baje la temperatura. Tranquilízate y piensa en lo que haría mamá.
Entonces se acordó de que su madre trituraba las pastillas y las mezclaba con el jugo, y decidió que no perdía nada por intentarlo.
—Terry, tienes que beberte esto. —Él seguía sin responder, así que Candy cogió una cucharilla y se la acercó a los labios—. Eso es —dijo al ver que así conseguía que se la tomara—. Espero que cuando te mejores me compenses por este susto. —Terry estaba ahora un poco más tranquilo, y Candy logró que se bebiera todo el jugo.
Cuando acabó, le secó otra vez la frente, le arregló las sábanas y, antes de salir de la habitación, le dio un pequeño beso en la nariz. Fue una tontería, pero su madre siempre se lo hacía cuando estaban enfermos, así que seguro que eso también serviría para algo.
Candy puso orden en la cocina y vio un rato la televisión. Estaba muerta de sueño, pero no quería acostarse antes de haberle dado otra vez la medicina a Terry, de modo que tenía que quedarse despierta hasta las doce. Cuando llegó la hora, volvió a preparar un poco de jugo para poder diluir en él las pastillas.
—Ya estoy aquí. Veamos cómo está mi enfermo preferido. —Se sentó en la cama y notó cómo se le iba todo el color y se quedaba blanca en cuestión de segundos. Terry estaba aún más caliente que antes. Tanto, que cuando ella le puso la mano en la frente, él se apartó como si no pudiera soportar nada más sobre la piel—. Terry, espero que cuando te recuperes, no te enojes por lo que te voy a hacer.
Dicho esto, se levantó, apartó las sábanas de la cama y empezó a desabrochar la camisa de la pijama de Terry. Éste no paraba de quejarse, pero por suerte para ella, estaba demasiado débil para oponer resistencia. Para calmarse los nervios, Candy siguió hablando:
—¿Sabes una cosa? Nunca imaginé que el día que te quitara la ropa sería así. Y no me digas que ya te he visto desnudo antes. Esa noche que nos acostamos fue todo demasiado rápido. —Suspiró—. Siempre pensé que haríamos el amor en la playa, como en las películas. Vaya tontería, ¿no? —Con cada botón le confesaba algo más—. Otra cosa que me imaginaba era a ti desnudándome; despacio, lentamente, no como el otro día. ¿Recuerdas que te dije que lo había olvidado? Era mentira. Aunque supongo que tú sí lo has olvidado. En fin, es mi destino. Soy pésima enamorándome.
Ya le había quitado la camisa y el pantalón, sólo le había dejado los bóxers.
—Gracias a Dios que te dejaste los calzoncillos debajo de tu pijama, no sé si habría podido hacer esto si hubieras estado totalmente desnudo. Por cierto, estás demasiado delgado, pero eso ya lo arreglaremos, ¿de acuerdo? Voy al baño a buscar toallas, no te muevas. No está mal eso de que no me objetes.
Candy regresó con un par de toallas totalmente empapadas en agua helada, se sentó y empezó. Al notar el contacto con el agua fría, Terry tembló aún con más fuerza.
—Shh, tranquilo.
Primero se las pasó por la cara y el cuello, y cuando creyó que ya se había acostumbrado al frío, bajó al pecho. Terry volvió a estremecerse.
—No pasa nada.
Oír su voz parecía tranquilizarlo, así que continuó hablando.
—Espero que tengas el detalle de no acordarte de esto, aunque para mí será difícil de olvidar. Creo que vas a formar parte de mis sueños eróticos toda la vida. —Le mojó también los brazos—. Me encanta este vello que tienes en los brazos, es tan sexy. Nunca he entendido por qué hay hombres que se depilan. Bueno, basta de decir tonterías, creo que ya te ha bajado un poco la temperatura. Ahora tienes que tomarte otra vez la medicina.
Dejó las toallas y le volvió a dar la medicina. Por suerte, él se la tomó en seguida, y pareció quedarse tranquilo. Candy estaba agotada. Tenía que dormir, pero no se atrevía a dejarlo solo. ¿Qué pasaría si Terry volvía a ponerse tan mal? ¿Cómo lo oiría? ¿Qué podía hacer? Tenía tres opciones: la primera, dormir en la cama con él. ¡No! La convención de Ginebra prohíbe la tortura. La segunda, irse a su habitación y dejar las puertas abiertas; tampoco, al fin y al cabo les había prometido a Jack y a Amanda que cuidaría de él. Y la tercera, quedarse a dormir en la silla que había en la habitación, aunque al día siguiente le doliera la espalda. «Pero así podré vigilarlo», pensó Candy. De modo que fue a su habitación, se puso su pijama y, en menos de un minuto, regresó al cuarto de Terry para intentar dormir en aquella incómoda silla.
Debían de ser las tres o las cuatro de la mañana cuando Candy se despertó sobresaltada. Terry se movía nervioso y hablaba en sueños. En realidad no hablaba, pensó Candy, discutía, gritaba.
—Papá, te he dicho que no bebas. ¿Hasta cuándo vas a seguir así? —Tenía la respiración entrecortada—. ¡Deja esa botella! Si tengo que pegarte para que lo hagas, lo haré.
Candy se levantó y se acercó a él. La cara de rabia de Terry le destrozó el corazón. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué lo atormentaba tanto?
—Terry, es sólo un sueño.
Estaba ya a su lado cuando Terry, completamente dormido, la apartó sin querer y ella se cayó encima de la mesilla que había junto a la cama. El dolor casi la dejó inconsciente durante unos segundos. Seguro que al día siguiente tendría el ojo morado, pero ahora tenía que encontrar la manera de tranquilizarlo a él antes de que se hiciera daño. Así que se levantó y se colocó encima de su estómago.
—Terry, estate quieto, es sólo una pesadilla, tranquilo. —Él seguía respirando entrecortadamente, pero el peso de Candy sobre él le impedía moverse tanto—. Terry, despacio, tranquilo.
Pero entonces volvió a acelerarse.
—Papá, ¡es que no lo entiendes! No te quiere, ni a mí tampoco. Nunca nos ha querido.
Candy notó cómo volvían a tensarse los músculos de él y, para evitar otro ataque, lo besó. No es que fuera muy buena idea, pero fue lo único que se le ocurrió. Primero sólo tenía intención de colocarse encima de él, pero cuando vio la cara de angustia de Terry no pudo evitarlo. Pensó que él no respondería, y así fue durante unos segundos, pero cuando sus labios se entreabrieron, la besó como si ella fuera la única medicina que necesitaba para curarse. Sus manos ardientes por la fiebre la atraparon, le resiguieron toda la espalda hasta meterse por dentro del pantalón del pijama. Y una vez allí, la apretaron fuerte contra su erección. Candy le devolvió el beso con la misma pasión, pero con más dulzura. Quería tranquilizarlo, que él notara que alguien lo quería, y ella ya estaba harta de negar lo que sentía. Le acarició la nuca, y poco a poco, Terry fue relajando los brazos. Ella continuó besándolo; posó sus labios en sus párpados, que parecían húmedos de lágrimas, en la frente, en la nariz, y Terry fue relajando el ritmo de su respiración. Por fin se tranquilizó. Parecía ya totalmente dormido, de modo que Candy intentó levantarse para volver a la silla, pero al notar que se movía, los brazos de Terry volvieron a apresarla, esta vez sin tanta fuerza. La abrazó como si no quisiera que ella se apartara de él.
—Bueno, supongo que después de esto, puedo perfectamente dormir en tu cama. Aunque dudo que seas consciente de nada. Seguro que ni siquiera sabes que soy yo a quien besabas.
Le dio un pequeño beso en el hombro y se acurrucó a su lado. Aunque sólo fueran unas horas, tenía que descansar, si no, al día siguiente no daría una en el trabajo. Ya estaba casi dormida cuando Terry la abrazó un poco más fuerte y susurró:
—Candy.
Al oírlo, ella se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás; estaba enamorándose como nunca había creído posible.
CONTINUARÁ...
Mil gracias por sus reviews...
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saluditos
P.D. como les dije este Terry es muy complicado, pero no me lo odien, es que es difícil para él. Se equivocará, pero es humano y pues también se arrepentirá y sufrirá, jajajaja... espero sigan con la historia hasta el final.
BESITOS...
