NOTA: ¡Puf, casi 10 mil palabras! uno de los capítulos largos favoritos entre los lectores regulares de AFA. ¡Estamos a 7 episodios de alcanzar a la versión en inglés! Disfruten la lectura.
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Un Acuerdo Formal / A formal Arrangement
Por: Requ / Traducción por Berelince
Capítulo 10
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"Tienes que cambiarte y ponerte pantalones de montar, por cierto," le dijo Anna sacando el tema de manera casual. "Si vamos a salir en una cabalgata apropiada, no será con monturas laterales."
"Creí que te gustaba verme en vestidos." Le dijo Elsa con una sonrisa. "Y ahora me quieres fuera de ellos."
Los labios de Anna se curvaron. "Puedo ayudarte a salir de ellos si quieres." Le murmuró en tono sugestivo.
Elsa casi se sonrojó. "Anna," la reprendió. El coqueteo del desayuno le vino a la mente. Bueno, eso era mejor que estar pensando en lo que recién habían discutido.
Ornamental, Inútil, Sin importancia.
El solo hecho de rememorar esas horribles palabras hacía que el pecho de Elsa se le constriñera con furia. Era una ira implacable, del tipo que le consumía la razón y demandaba retribución inmediata. Escuchar que Anna decía esas cosas sobre sí misma cuando significaba tanto para la Reina… Nunca se sintió tan impotente antes, tan poco capaz de defender lo que más valoraba. ¿De qué servía ella si lo que lastimaba a Anna era algo tan intangible como el deber familiar? Elsa no podía cambiar eso.
Eran tiempos oscuros en los que vivían cuando incluso una princesa como Anna podía sentirse sofocada por su estación y circunstancia, pensó Elsa amargamente. Resultaba aun peor cuando la totalidad del importe de una mujer dependía de la cantidad de herederos varones a los que diera nacimiento y el valor del nombre de su familia. Elsa había sido afortunada porque su padre la tratara como si hubiera tenido un hijo.
Aunque fijarse en eso, no era el mejor curso de acción por el momento. En todo caso, tendría que hacer bien en seguir sus propias palabras sobre volver a tocar el tema en otra ocasión.
"Nos cambiaremos en habitaciones separadas" le dijo Elsa firmemente, forzando presteza en su voz. "Me pondré la ropa de montar y te esperaré fuera de tu alcoba, ¿está bien?"
Anna soltó una risita y Elsa se sintió aliviada de que sonara genuina. Al parecer la mente de Anna se había olvidado de la conversación de antes. "Muy bien, muy bien. Oh, le dije a mi madre que no nos esperaran para almorzar, ¿qué te parece si también tenemos un picnic? Podemos almorzar en el exterior."
Con un manso inicio y los últimos fragmentos de su enojo retirándose, Elsa se percató que un picnic era otra de esas actividades que no había realizado en mucho tiempo, junto con cabalgar. La sugerencia no era objetable, pero todas las realizaciones que le cayeron en cascada con respecto a las cosas que no había hecho en el pasado eran bastante preocupantes, sino un poco embarazosas. Elsa difícilmente había dejado su castillo, siempre demasiado preocupada con trabajo o algún otro asunto urgente. Y ahora le parecía que sonaba aburrida y pesada, como si no fuera una joven de veintiún años, sino una tía solterona excéntrica que se encerraba en su habitación y se negaba al disfrute de cualquier tipo.
Estaban casadas. Ella se había casado. Y ya no podía conducirse como lo había hecho hasta ese momento –Anna querría que le dedicara tiempo y atención y, aparentemente, besos también…
Elsa quería darle todo eso y más a su esposa.
Le sonrió y asintió. "Un picnic suena encantador. Haré que Gerda nos prepare algo."
Anna sonrió y se movió hacia adelante para sentarse al borde de su asiento y estar más cerca de Elsa, sus manos aun sostenían las de la Reina. "El clima se veía agradable desde la ventana de mi habitación esta mañana. Y de hecho si vine aquí por una razón, en caso de que te lo siguieras preguntando."
"¿Oh? Bueno, podemos hablar sobre eso durante nuestro recorrido si eso quieres." Elsa se puso de pie y ayudó a Anna a hacer lo mismo. "Tu guardarropa debe tener algo adecuado para montar."
"¿También mandaste hacer ropa de montar para mí?" preguntó Anna con un arco escéptico de sus cejas.
"Estoy segura que pasaste tanto tiempo en vestidos como lo hiciste en pantalones de montar cuando éramos más chicas" le dijo Elsa. "Imaginé que tus preferencias no habían cambiado." Aunque los sastres ciertamente le dirigieron extrañas miradas cuando ella les solicitó ropas varoniles para montar diseñadas para una mujer. Una mirada impasible con una réplica leve ante el hecho de que se les pagaba para trabajar y no para cuestionar, había resuelto aquello.
Anna tomó la mano de Elsa entre las suyas al tiempo que salían del despacho. El gesto fue hecho con tan sencilla familiaridad que el corazón de Elsa vibraba placentero, especialmente cuando el brazo de su esposa se presionaba contra el suyo. Quizá no tan familiarmente –cuando niñas, Elsa realmente no había sentido tanto ese deseo de besar a Anna. Simplemente se había deleitado estando con ella en su presencia, y ahora Elsa estaba encontrándose consigo misma queriendo demostrarle a Anna cómo se sentía. La urgencia se le estaba haciendo cada vez más difícil de controlar, con esa lujuria enloquecida del animal que evidentemente era.
Pensaba, a su vez, que esas sensaciones eran tan nuevas, pero Anna parecía reciprocárselas e incluso quería explorarlas con ella. Experimentación de campo, recordó que la pelirroja lo había nombrado así en el desayuno. Dios, como si fueran científicas. La Reina sintió que nunca había querido formar parte de un experimento tanto como en esos momentos.
"Tus suposiciones son correctas." Le dijo Anna. El estudio de Elsa no estaba muy lejos de sus habitaciones, así que avanzaban sin prisa. "Aunque mi madre hubiera deseado que pasara más tiempo dentro de mis vestidos en lugar de estar afuera." Alice no compartía el entusiasmo de su hija y su esposo por todas las cosas que tuvieran cuatro patas y relincharan.
Elsa observó a Anna. No pensó que el comentario fuera una referencia a los deberes o expectativas de su esposa.
"¿Me estás preguntando si te prefiero en ropas masculinas?" le preguntó, cuidadosamente neutral.
La cabeza de Anna giró para mirarla en sorpresa. "¿Qué? No, eso fue solo un… no lo sé, un comentario. No quise decir nada con eso." La pelirroja parpadeó algunas veces y comenzó a morderse el labio.
"¿Tú me prefieres en ropas masculinas?" preguntó Anna tentativamente luego de una larga pausa.
Resultaba obvio que el pensamiento nunca se le ocurrió a Anna, de hecho tampoco se le había ocurrido a Elsa, pero aun así lo consideró por un momento. "No lo sé" le respondió con honestidad. "Creo que me gusta verte igualmente en vestidos y en ropa de montar, aunque tengo que admitir que sería un poco raro si las dos nos presentáramos a un baile vistiendo ropas de varón–"
Anna dejó salir una risa sorprendida. "Bueno, yo nunca he asistido a un baile o una fiesta en ropas de varón, así que puedes descansar segura que eso no va a suceder." Se río alegremente, divertida ante la idea.
"¿No? ¿Y qué tal si yo quisiera que fueras vestida de hombre?" la desafió Elsa, con la lengua plegada firmemente en su mejilla.
Esa situación tampoco se le había ocurrido a Anna y la dejó sin palabras. La pelirroja abrió y cerró la boca, lo suficiente para que Elsa se preguntara si realmente estaba tratando de hablar, pero el sonido se negaba a salir. La Reina estaba obteniendo bastante diversión ante el desconcierto de su esposa y le estaba resultando un esfuerzo heroico contenerse.
"Y –Yo supongo que lo haría." Tartamudeó Anna con las mejillas sonrosadas. Los ojos de la pelirroja estaban muy abiertos, como si no pudiera creerse lo que estaba diciendo y no tuvo otra opción más que continuar. "Quiero decir, es lo justo, ya que T –Tú lo hiciste y…" Se detuvo. Elsa estaba riéndose muy fuerte como para dejarla terminar.
"¡Elsa!" le exclamó Anna. "¡Me estabas tomando el pelo otra vez!" soltó la mano de la rubia y golpeó sólidamente con su palma el brazo de la Reina. Elsa siguió riéndose mientras su esposa la fulminaba, los labios de Anna se crispaban a regañadientes.
"Lo siento" le dijo Elsa una vez que recuperó la compostura.
"No, no lo haces" le dijo Anna malhumorada. "Disfrutaste eso demasiado. En serio, yo de traje en una fiesta" meneó la cabeza como si tratara de deshacerse de la imagen.
Era cierto –Elsa no lo sentía del todo, pero había encontrado alegría a expensas de Anna. "Lamento reírme de ti, entonces" se enmendó la Reina. "Pero, como dijiste, es lo justo." No necesitó señalar que Anna la había burlado bastante la noche anterior también.
"Supongo." Resopló. Le sonrió irónicamente. "No te había visto reír así en mucho tiempo, así que creo que al menos salió algo bueno de esto."
Los labios de Elsa se separaron en sorpresa. Anna tenía razón –Ella no se había reído de esa forma en mucho tiempo, a pesar de los sucesos del día anterior. Elsa no podría sorprenderse que fuera Anna quien le devolviera esa parte de su vida luego de tantos años. Probablemente se debiera a que la pelirroja fue su única amiga, además de Kristoff, durante mucho tiempo, pero Anna siempre podía hacer que Elsa solo… sintiera.
"Lo habría hecho." Anna miraba hacia el frente a propósito para no ver a la Reina.
Las cejas de Elsa se alzaron ante la admisión. "¿Qué habrías hecho?"
"Si tu realmente quisieras que lo hiciera y porque sería lo justo, como te he dicho." Anna la miró de reojo. "¿No te presentarías vestida como hombre también, verdad? Porque eso sí que sería realmente raro."
Una sonrisa tiró de los labios de Elsa. "¿A diferencia de las dos en vestido?"
Anna parpadeó. "Bueno, si lo pones de esa forma…" Anna soltó un respiro, pero le sonreía también. "No puedo vernos vestidas como hombres y bailando juntas, es muy extraño."
"¿Y puedes hacerlo si usamos vestido?"
"Aún es difícil de imaginar" admitió Anna. "Pero, si, creo que prefiero que una o ambas usemos vestido si estamos en una fiesta. Por más adorable que luzcas en traje."
"No tenía idea que fueras tan vana." La burló Elsa gentilmente.
"¡No soy vana! ¡Solo establecía una preferencia!" le respondió Anna indignada.
Llegaron a los aposentos del Rey. "Lo tomaré en cuenta, entonces" le dijo Elsa con una ligera sonrisa. "Me aseguraré de advertirte si decido que me gustas en botas y pantalones y te espero ante mi puerta para que me escoltes a una fiesta andando de tu brazo."
Fue recompensada con unos ojos que giraron exageradamente. "Bueno, no olvides los pantalones de montar hoy, al menos. Yo usaré unos también." Le dijo Anna por sobre su hombro cuando se alejó a sus propias habitaciones.
Elsa se preguntó si de hecho podría preferir a Anna en pantalones, entonces sacudió la cabeza para sí misma. El rumbo que sus pensamientos habían tomado recientemente –eran solo ropas y Elsa difícilmente había sido afectada por modas caprichosas antes. Se metió a su alcoba para cambiarse.
…
Elsa arribó a la puerta de Anna ataviada con pantalones de montar blancos, botas de equitación negras por encima de la rodilla y una entallada chaqueta negra. Si el comentario de Anna sobre el clima era algo a tomar en cuenta, así como la preferencia de la pelirroja por galopar en lugar de sedantes caminatas, Elsa se había vestido ligeramente. Ella probablemente tendría que sacarse la chaqueta en algún momento durante el curso de su salida y ya le había enviado palabra a Gerda para que les empacaran un almuerzo.
Mientras Elsa esperaba, con sus manos cubiertas dentro de guantes de cuero para montar, metidas bajo los codos, se imaginaba qué tipo de reacción tendría Anna con los caballos. El conocimiento de Elsa sobre las cualidades de los equinos era limitado, a excepción de lo que podía recordar que Anna le había dicho, lo cual no era mucho. Para Elsa, todos los caballos se parecían salvo por sus obvias diferencias como el color, el género y si estaban vivos o muertos. Y esa era la impresionantemente corta lista que constituía enteramente la pericia de la Reina en cuanto a los equinos.
Elsa había tratado de comprometerse con el interés de Anna por los animales algunos años atrás, pero el esfuerzo le había sido infructuoso. Ella simplemente no veía la magia en ellos como Anna lo hacía. La Reina los encontraba necesarios para viajar, arar la tierra de las pocas granjas que el reino poseía, y jalar objetos pesados como carruajes y vagones. También podían ser cosas antípodas –un viejo pony de Elsa había encontrado su felicidad en tratar de morderla por deporte, aunque Anna le había explicado que ese era un hábito que se manifestaba por aburrimiento –y que requería de mucho trabajo para eliminarlo. Obviamente debía haber más como ellos porque Anna le repetía aquello constantemente, pero la Reina era ignorante a lo que sea que se debiera.
De todas maneras, si Anna los quería, entonces Elsa podría acomodarse a ella. Aunque si Anna le pedía que aprendiera más sobre las bestias, no creía que pudiera fingir su interés de una manera convincente.
La puerta de Anna se abrió y la pelirroja salió a su encuentro. La vista de Elsa, la cual estaba posada cerca de la mitad inferior de la puerta, fue llenada inmediatamente por unos muslos bien torneados. Elsa no estuvo preparada para eso. No se lo esperó para nada. Fue más como resultar emboscada.
Anna tenía unas piernas perfectas, fue el primer pensamiento coherente de Elsa. No era que hubiera tenido un estándar con el cual compararlas, pero si le pidieran que imaginara piernas perfectas, escogería las de su esposa. Su atención estaba completamente detenida por la forma en la que esos pantalones de montar abrazaban los muslos de Anna. No, abrazar no era la palabra –Elsa se sintió tentada a preguntarle si le había pedido a alguna mucama que la embutiera dentro de la prenda.
"¿Bien?" Elsa escuchó distantemente que Anna la cuestionaba. Tenía los ojos aún fijos en la mitad inferior de la pelirroja, así que no pudo confirmar si su esposa en realidad le había hablado. La interrogante habría sido pronunciada esperando algún comentario de su parte, pero Elsa simplemente no podía apartar los ojos. O hablar. O pensar. Sencillamente se quedó ahí parada adorando esas piernas con la mirada.
Elsa ciertamente había visto a Anna en pantalones de montar cientos de veces, pero nunca así. Nunca como… como si Anna no estuviera usando nada. Indudablemente ella tampoco había estado así antes con las piernas siendo delineadas tan claramente, no dejando nada a la imaginación porque todo estaba ahí. Libremente disponible a la vista. Su cerebro tuvo la desfachatez de recordarle el momento en el que esos muslos la habían tenido a horcajadas la noche anterior.
Sus manos estaban apretadas en puños y su cuello muy caliente y el silencio se estaba extendiendo al punto de la descortesía. Elsa tenía que decirle algo.
Quiero recorrerte cada centímetro de los muslos con mi boca y con las manos.
¡Eso no! Especialmente no eso. Ahogándose como estaba, con las mejillas flameantes, Elsa se obligó a enderezar la barbilla y fijar la vista ciegamente en la cara de su esposa. Ella no se iba a poner a decirle nada sobre sus piernas. Eso habría sido muy grosero y la Reina gozaba de excelentes modales, aunque en aquel momento se sentía al borde de la histeria.
"Bien" le dijo en una voz extraña. "Te ves muy… bien." En realidad no tenía idea de cómo se veía el resto de Anna, Elsa ni siquiera se atrevió a averiguarlo, pero se imaginó que su esposa se vería fantástica, por lo que no le pareció una mentira tan terrible.
Anna estaba engalanada en ropas similares a las de la Reina –botas negras de montar, una blusa blanca sencilla y una chaqueta color borgoña que se complementaba con su cabello. Anna se había dado cuenta que una gran parte, si no es que todo su guardarropa complementaba sus colores y se preguntó cuánto tiempo habría invertido Elsa en aquellas elecciones, además del costo. Encontró los bronceados pantalones de montar de piel un tanto ajustados, pero el material era nuevo y sabía que se estiraría con el uso.
Cuando Anna emergió para encontrarse con Elsa, finamente vestida, con su pálido cabello recogido, y luciendo tan hermosa como siempre, fue impactada por un ataque repentino de autoconciencia. Anna nunca había vestido trajes finos de hombre en Corona. La mayoría de sus ropas le habían pertenecido a Kristoff y eran prendas viejas, que siempre le habían quedado muy grandes, y nunca había cabalgado en sus pantalones de montar junto a cortés compañía por el pueblo, como, digamos, Hans, habría escandalizado a todo mundo en su círculo social ver a la princesa usando la indumentaria vieja de su hermano.
Además, nadie salvo su familia y el personal del castillo alguna vez supo que Anna podía montar a horcajadas a caballo, mucho menos que prefería aquello a la silla lateral. Bueno, ellos y Elsa también. Anna siempre había cabalgado de la forma que quería enfrente de Elsa.
Mientras Anna había estado ahí esperando incómodamente el juicio de su esposa, esperando que no se viera tonta, Elsa había parecido ser incapaz de mirarla a la cara. Los ojos de la Reina no se habían movido del todo de dónde se habían encontrado cuando Anna abrió la puerta y pasó por el umbral. Y Elsa no le había dicho nada por la mayor y más tensa cantidad de tiempo que Anna alguna vez hubiera soportado, incluso cuando Anna no pudo aguantarlo y tuvo que romper el silencio con un ansioso. "¿Bien?"
Al menos eso había hecho que Elsa mirara hacia arriba eventualmente, pero Anna dudaba que su esposa en realidad la estuviera viendo. Los ojos azules de la Reina parecían desenfocados y parpadeaba mucho, como si estuviera tratando de ver algo a través de una espesa niebla.
"Te ves muy bien." Había sido la artificial respuesta de Elsa.
Anna trató de no marchitarse con eso. Sonó tan frío y enlatado, como si proviniese de una reserva de tópicos para cuando la verdad no garantizaba ninguna respuesta socialmente aceptable. Entonces se percató de que las mejillas de Elsa estaban rosas y que estaba evitando mirar a Anna por debajo de su cuello. Anna se había observado ante el espejo y no pensó que se viera tan mal. Elsa estaba actuando extraña otra vez.
La sospecha hizo que Anna entrecerrara los ojos. "Elsa, ¿de qué color es mi chaqueta?"
Los ojos de Elsa no se extraviaron a ningún punto inferior, de hecho, la Reina pareció apuntar la mirada incluso por algún punto por encima de la cabeza de Anna, como si se dirigiera a la puerta de la habitación de la pelirroja. Luego de una larga pausa, Elsa dijo poco convencida. "Roja."
Anna se preguntó si estaba adivinando o esperando.
"Nombra el tono, por favor" le dijo Anna, dedicándole a su esposa una mirada escéptica. Incluso se cruzó de brazos e hizo sonar el piso con la punta de la bota.
"No tengo idea." Le admitió Elsa finalmente. ¿Cómo en la tierra podía Anna esperar que lo supiera? De seguro si Elsa mirara, entonces podría ser capaz de nombrarle el tono ya que lo había elegido ella misma, pero no podía mirar porque los muslos de Anna se encontrarían cerca de su rango de visión y Elsa ya podía sentir cómo los ojos querían escapársele hacía abajo, como una aguja de compás. Una claramente rota, porque las brújulas tienden a apuntar hacia el norte, como se estaba forzando por hacerlo.
"¿Porque no conoces el tono o porque no quieres mirar?"
Anna estaba sobre ella y las dos lo sabían.
"Elsa, está bien si crees que no me veo bien en ropas de varón. No tienes por qué mentirme." Anna hizo una pausa. "Aunque, supongo que si soy tan ofensiva para tus ojos, no tienes por qué estar estirando tu cuello tratando de mirar al techo. Puedo cambiarme la ropa y usar un hábito o algo, tu sabes." Añadió sardónicamente.
Dios, era justo como antes de la recepción: Elsa de alguna manera hacía que Anna pensara que la encontraba repulsiva. Necesitaba detener eso. "No es así." Se forzó a decir Elsa. "Son…" Realizó un vago gesto a las rodillas de Anna. "Esos pantalones" Ahí. Finalmente lo había dicho.
Anna miró hacia abajo sin detectar alguna mancha extraña o botón faltante en ningún lado. "¿Qué tienen de malo? ¿El color es poco favorable o algo?"
Elsa cometió el error de mirarlos para confirmar si realmente el color era un problema porque de verdad que no le había puesto atención a la tonalidad antes. Sus ojos se demoraron sobre ellos nuevamente, sus mejillas la traicionaban. "Muy ajustados." Chilló Elsa como un perro pateado. "¡Están malditamente ajustados!"
Anna parpadeó, entonces la comprensión lo colocó todo en su sitio. Sus labios se curvaron en una sonrisa complacida y perversa que hizo que la espina de Elsa le temblara ominosamente. "Ya veo." Le dijo lentamente. "El problema entonces es que te gustan demasiado."
Sí, quiso soltarle Elsa, le gustaban demasiado. Le resultaba impío lo mucho que le gustaban. Aun si para ser honesta, le gustaba más lo que mostraban, y no la prenda por sí misma. Nunca había visto las piernas de Anna, o las de alguna otra mujer, de esa forma antes y el impacto de aquello la había golpeado con el imprevisto y la violencia de una patada de jamelgo. Pero Elsa sabía que en realidad era por el hecho de que se trataban de las piernas de Anna lo que había captado su atención.
La cara le quemaba brillante. Era mortificante el efecto de Anna sobre ella. ¿Así era como se sentían los muchachos adolescentes ante la visión de una chica linda? De repente sintió que simpatizaba con Kristoff si aquello era algo por lo que había atravesado el príncipe cuando crecía.
Anna avanzó dos pasos hacia Elsa. La visión de esas piernas en movimiento hicieron que la Reina quisiera temblar. Podía escuchar la piel de la prenda estirarse, jalando de sus costuras para acomodarse a la locomoción.
Elsa se retiró dos pasos.
Anna todavía le sonreía maliciosamente. No pareció molestarse ante el retroceso de Elsa. "Elsa." La llamó Anna suavemente, como si se tratara de un animal asustadizo. "Está bien admirarme. Muchas personas se sentirían felices de resultarles tan atractivas a sus cónyuges."
No tenía nada que decir ante eso. Ni una respuesta le vino a la mente, excepto quizá, eres bellísima. Sin embargo, Elsa pudo hacer un balance del resto de Anna y la encontró que resultaba tan atractiva en ropas de montar como en vestido. Elsa tenía la ligera sospecha que Anna le parecería encantadora en cualquier cosa que se pusiera, lo que probablemente incluiría sacos de patatas.
"Me… complace que me encuentres tan irresistible." Ahora había verdadero humor en ella. La muchacha le dedicó una mirada especulativa. "Aunque me pregunto hace cuánto tiempo te sientes de esta forma."
Bueno, Elsa conocía la respuesta a eso. Había comenzado un año antes cuando estuvo en Corona y había visto a una mujer en lugar de una niña caminando a las caballerizas. Por supuesto que no podía contarle aquello porque Anna nunca supo que ella estuvo ahí. Pero eso solo contestaba lo referente a la atracción física.
Cuando Anna vio que Elsa no iba a decirle una palabra, cambió la táctica. "Estos pantalones de montar son más bien de la forma apropiada. ¿De dónde rayos obtuviste mis medidas? La única prueba de vestuario que tuve fue la que me hicieron para mi vestido de bodas."
Elsa exhaló. Eso sí podía contestarlo. "Tu madre." Le respondió. "Se las pedí a ella."
Anna ladeó la cabeza, curiosa. "Y mandaste hacer ropas de montar masculinas también."
"Sí." Le afirmó Elsa. "Creí que te gustaría tener las tuyas en lugar de estar usando el traje viejo de Kristoff."
Las cejas de Anna saltaron en sorpresa. Elsa había sabido que nunca tuvo su propia ropa de montar. Anna nunca se había quejado por eso –no le había importado antes que solo tuviera la ropa que su hermano desechaba, rota y vieja como había estado. No era como si alguien importante la fuera a ver alguna vez metida en esas prendas.
"Así que es tu culpa que estos pantalones estén tan ajustados."
Los ojos de Elsa se encontraron con los de Anna en un azote. "Les proporcioné a los sastres la información correcta." Dijo la Reina defensivamente.
"Son de piel." Continuó Anna, aunque Elsa no habló. "y se van a estirar."
La Reina le dedicó una mirada cautelosa. "¿Entonces, te gustan?"
"Me gustan." Anna se sonrió satisfechamente. "Aunque tal vez no tanto como a ti."
Elsa enrojeció y la miró ferozmente, pero no le contestó nada.
"Siento que debería agradecértelo apropiadamente." Le dijo Anna y avanzó hacia Elsa. La Reina saltó, espantada, e inmediatamente se retiró, hasta que su espalda chocó contra la pared. Elsa tragó saliva, sus ojos bebiendo la perspectiva de las piernas de Anna en movimiento. Cabalgar le habría puesto a la pelirroja las piernas fuertes y se veían bastante… en forma. Sin duda como el resto de Anna, que Elsa aún no había visto y que si seguía con sus maneras, tal vez no miraría nunca. Pero el semblante en el rostro de Anna rogaba por diferir.
Su esposa se apoderó de Elsa agarrándola por las solapas. Finalmente la rubia entendía el comentario de la pelirroja sobre ellas ahora, pero el descubrimiento fue pasajero cuando la voz de Anna interrumpió sus pensamientos.
"Elsa, ¿Por qué siempre tratas de escapar de mi cuando quiero agradecerte?" Anna le sonrió. "Creo que si fuera una mujer menor, eso lastimaría mis sentimientos." Y entonces Elsa fue jalada para recibir un beso intenso. Elsa no tenía la fuerza dentro suyo como para oponer resistencia. –el esplendor del cuerpo de su esposa se la había destruido del todo. Y buen Dios, Anna era audaz, su lengua acariciaba el labio inferior de Elsa demandando entrada, y se le deslizó dentro de la boca cuando la Reina le garantizó su acceso. Elsa fue ahogada en un beso que le hacía temblar las rodillas y aferrarse a las caderas de su esposa tanto para afianzarse como por su deseo de tocarla. Cuando Anna le mordió el labio, Elsa gimió, y las dos se separaron sorpresivamente ante el inconsciente y desesperado sonido de deseo.
Anna la miró, labios húmedos y ojos ardientes, su respiración irregular. Simplemente se miraron la una a la otra. Entonces las manos de Anna se deslizaron de las solapas por sobre el pecho de su esposa para tomar los lados de la garganta de Elsa, los pulgares le trazaron la mandíbula. El aliento de Elsa embelesado ante su toque, su pulso golpeteaba bajo las palmas de la pelirroja.
"Ven conmigo a mi habitación." Le susurró Anna. El significado era inequívoco.
Su respiración le estalló en una exhalación. Elsa lo deseaba. Deseaba terriblemente ir con Anna y… conducir su experimentación de campo. Pero no podían. Todavía no había hablado con el padre de su esposa, seguía sin decirle a Anna sobre la modificación del contrato. Y la pelirroja debió haberle visto todo aquello en la cara, pero al menos sabría que no se trataba de una falta de interés. Anna la besó nuevamente, con suavidad, y la probó dolorosamente en su decepción, pero había también cierto conforte en el gesto –Anna entendía de cierta manera. Le estaba permitiendo a Elsa negarles su satisfacción y la Reina se sintió humilde por eso.
"Eso era lo que quería hacer antes, cuando fui a tu estudio." Le murmuró Anna una vez que se separaron, pero sus manos seguían aun sobre Elsa. "Por un encantador… desayuno, y los caballos, los cuales me dijiste que debía considerar un regalo de bodas."
Elsa había sido atrapada –Anna sabía. Quiso agitarse bajo los ojos de Anna, su rostro contenido entre las manos de su esposa, abochornado.
"Y quiero que me digas qué es lo que tienes en la mente." Continuó Anna, con su voz firme. "Tal vez no ahora, pero pronto, Elsa. No me gusta que me oculten cosas."
Elsa cerró los ojos, los hombros se le hundieron. Por supuesto que Anna sabría sobre eso también. Elsa evidentemente tenía la transparencia de un cristal. Asintió en consentimiento. "Lo haré."
Anna finalmente le retiró las manos, y las descansó sobre los hombros de Elsa. La Reina seguía sosteniendo a su esposa de las caderas. Anna se inclinó en ella, dando un pequeño paso justo entre las botas de la rubia, su boca le presionaba el pulso. "Podría ser muy bueno, lo sabes." Le susurró Anna contra la piel.
Elsa se estremeció, los ojos se le cerraron ante la sensación del aliento cálido de Anna bañándole la garganta. Estaba enraizada en su sitio, su cuerpo inundado de calor. Sus miembros negados a obedecerla. El frente de Anna se presionaba contra el suyo, sus pechos, sus caderas, todo, Elsa podía sentir completamente a su esposa contra ella.
"No podemos." Fue capaz de articularle Elsa. "T –Tú, acabas de –"
"Sé que tu no… nos dejarás." Continuó Anna, sus labios acariciando el pulso galopante en el cuello de Elsa, por el mismo tendón que la Reina le había probado a la princesa la noche anterior. "Anoche, tú me dijiste que deberíamos conducirnos como en un cortejo, pero cortejarse es todo sobre persuasión, ¿no te parece?"
La Reina casi gimió. Sus manos se flexionaron alrededor de las caderas de Anna, las palmas agasajándose contra esos justos pantalones. Estaba enteramente a merced de Anna. El personal entero del castillo podría haber aparecido y arremetido contra ellas y no la habrían movido un milímetro. Solo podía quedarse ahí y sufrir mientras que Anna… le hacía lo que quisiera. Era una cosa positiva tener la pared a su espalda porque Elsa no creía que sus piernas le fueran de utilidad en aquel momento.
"Es casi como… una seducción cortés. Flores, largas caminatas, paseos supervisados." Anna enterró su nariz en el cuello de Elsa y encontró que la pálida piel era deliciosamente suave. Observó la garganta de Elsa agitarse cuando la Reina tragó. "Es tan casto, pero solo porque nadie se ha casado todavía." Anna se rio suavemente, sintiéndose poderosa. Elsa estaba al borde de quebrantarse, pero Anna no era tan cruel. Podía concederle esa batalla en particular en beneficio de la guerra.
Quizá las lecciones de ajedrez le estaban haciendo efecto –eso se sentía un poco como estrategia. Los caballeros tal vez no serían tan poderosos como las reinas, pero eran unas cosas bribonas por la forma en la que podían saltar sobre las defensas y acorralar. Le gustaba esa analogía –resultaba tan elegante para su situación, excepto que Anna tenía la certeza que de hecho podía ganar esta vez. Adorable como fuera el ajedrez como metáfora, ellas eran humanas, y no unas piezas de frío marmol.
Y sin importar lo que fuera que Elsa estaba tramando, Anna no iba a permitirse que las moviera como si fueran peones y sacrificios por una victoria sin pasión. Ella no era… ganado, como Elsa le había aclarado. Anna estaba aprendiendo de su esposa, y si las palabras de la rubia en esa plática tenían que ser creídas, Ella era más que un premio bonito. Se merecía respeto. Era la esposa de Elsa, maldita sea, y quería hacerlo real. Y Anna sabía que no podría arrepentirse de ello.
Anna también quería comprender qué era lo que conservaba a Elsa manteniéndola a un brazo de distancia, como si la princesa se tratara de un vicio no deseado al que la Reina continuaba retornando avergonzada. Resultaba obvio que las dos deseaban ir más lejos, y si Elsa en verdad quería llevar su relación con calma, estaba bien, Anna podía entender eso, pero había algo más. Había algo más que estaba haciendo que Elsa actuara de esa forma y Anna había tenido el presentimiento que necesitaba saber de qué se trataba. Estaba determinada a sacárselo a su esposa.
Y esa determinación de actuar y ejercitar su recién descubierto conocimiento había comenzado cuando presenció la expresión de ardiente hambre en el rostro de Elsa cuando la visión de la Reina quedó atrapada en sus aparentemente finas piernas. Le había sido tan gratificante ver una mirada como esa dirigida hacia ella luego de esa charla en el estudio. Que simplemente la hizo olvidar toda sensación de superfluidad que alguna vez albergara, como un bálsamo helado colocado sobre una herida inflamada. Aunque Anna sabía que ese deseo físico no era lo mismo, aun así le había estado haciendo maravillas a su frágil ego, y la pelirroja planeaba sacarle la mayor ventaja a eso.
"Y nosotras estamos casadas y podemos hacer esto. Yo puedo besarte así y un sirviente aparecer y no existiría un escándalo. Puede ser que solo algunos rumores" Anna respiró profundamente, saboreando la esencia de Elsa y su silencio tembloroso.
Anna sabía que Elsa no era inmune. No, de hecho, Elsa estaba muy consciente de ella. Solamente estaba siendo testaruda, pero la pelirroja poseía una reserva de paciencia a la que recurría cuando la tarea lo ameritaba. La usaba normalmente para entrenar caballos difíciles, aquellos que preferían tener la cabeza contra el suelo que tolerarle la presencia, pero pensaba que podía también serle útil para la realeza recalcitrante. Y ciertamente Elsa no quería desviar la cabeza para ninguna parte, así que la mitad de la batalla ya estaba ganada, ¿no?
"Así que voy a cortejarte, Elsa." Le dijo Anna con una confiada sonrisa de suficiencia. "Voy a… seducirte atentamente, y voy a darlo todo para llevarte a la cama, aunque signifique que deba hacerlo contigo pateando y gritando, porque ambas sabemos que podría ser muy bueno." Su voz acarició esas últimas dos palabras como una promesa sedosa. "y ninguna podrá lamentarlo."
Elsa nunca había escuchado que una amenaza fuera proferida tan eróticamente en su vida. Estaba también intensamente consciente de lo dolorosamente húmeda que se sentía. Casi la distrajo del hecho que Anna le acababa de efectivamente lanzar un ultimátum. Elsa tenía que poner sus asuntos en orden antes que su esposa la sedujera o todos los esfuerzos por abstenerse serían en vano.
…
De algún modo, llegaron a las caballerizas.
Elsa no había tenido idea de cómo Anna esperaba que ella fuera capaz de tener algún tipo de pensamiento racional o actividad luego de lo que había pasado afuera de sus aposentos, pero Elsa aun así siguió a su esposa, si bien lo hizo aturdidamente. Muy parecida a un caballo que era liderado –simplemente no tuvo otra opción más que caminar.
Su esposa era una fuerza de la naturaleza, decidió Elsa mientras Anna apreciaba los renovados establos en completa admiración. Nunca la había visto así, con esa concentración tan determinada y el hecho que esta fuera dirigida hacia el propósito de llevarlas al lecho le preocupó a la Reina profundamente.
No iba a ganar. Lo sabía bien. Elsa podía ver ese inminente resultado en el horizonte, de la misma forma en la que podía predecirlo en un tablero de ajedrez. Anna estaba frustrando todos sus esfuerzos. Elsa había tenido la intención de desarrollar una lenta, campaña retardadora la noche anterior con la idea de cortejarse, pero Anna se la había arrojado de vuelta a la cara y explotado las debilidades de la Reina con una precisión quirúrgica que incluso Elsa le tuvo que reconocer.
Anna había comprendido que ella no necesitaba hacer o estar de acuerdo con lo que Elsa le dijera.
No le era subordinada, pensó Elsa con un dejo de ironía. Se había disparado a sí misma en el pie. Anna le había tomado las palabras de corazón en su despacho. Elsa parecía estarse lamentando que su esposa aprendiera tan rápido con la forma en la que se estaba desarrollando el día, y ni siquiera era la hora del almuerzo.
Anna había forzado su mano a imponerle aquel calvario y Elsa no tenía idea qué hacer.
Así no era como se suponía debían ser las cosas. Todo se le estaba saliendo de control y Elsa podía prácticamente ver a su padre meneándole la cabeza en su mente. Nunca había sido capaz de derrotarlo en el ajedrez, pero en ocasiones había forzado algunos empates. Aquello fue lo más cercano a una victoria que simplemente tenía fuera del alcance: si bien no era un triunfo, tampoco se podía considerar una derrota. Su padre no lo había aprobado; la victoria era el único resultado admisible. Pelear por la victoria, aun si esta parece imposible, era lo que solía decirle.
Elsa respiró en un intento por recoger su ingenio. Necesitaría hablar primero con Frederick, tal vez incluso aquella misma noche. Entonces tendría que contarle a Anna sobre la modificación del contrato nupcial, preferiblemente antes que la pelirroja le atravesara las pequeñas defensas que todavía la guardaban, cosa que a aquel ritmo podía suceder muy pronto.
¿Cómo Elsa había contenido a Anna de seguir su camino la noche anterior? ¿A dónde infiernos se le había ido a la Reina la precaución?
Por el rabillo del ojo, Elsa pudo ver el cabello cobrizo moverse ligeramente y atrapar gentilmente la brisa matinal, como el estandarte de una armada invasora. Eso era… ¿un lazo azul, lo que Anna estaba usando para sujetarse la cabellera? Elsa echó un vistazo y confirmó que así lo era. Anna se había quedado con su listón azul la otra noche y ahora lo estaba usando. La Reina había olvidado que la princesa consorte nunca se lo había regresado.
Era justo tan enternecedor, sino es que más, que ver a Anna arropada por su saco. Anna estaba usando algo que era distintivo de Elsa y aquello le hacía toda clase de cosas a la Reina. Su estómago le dio un vuelco y su corazón se le constriñó placenteramente. Anna podía hacerla sentir un enorme abanico de emociones, y hacerlo sin requerir algún tipo de esfuerzo. Y entonces Elsa se percató a donde se le había ido todo el razonamiento –su esposa lo había reducido a polvo mientras Elsa lo había visto todo sin ser capaz de hacer algo al respecto.
Anna le dedicó a Elsa una cálida mirada de soslayo que le dejó la piel hormigueándole. "Las caballerizas son hermosas." Le dijo. "Quiero inspeccionar a los caballos. Acompáñame."
Aquello fue pronunciado como una petición, pero era una orden. Las piernas de Elsa se movieron automáticamente, colocándola junto a su esposa. La posición fue calculada, al menos pudo manejar eso. No podía estarle viendo las piernas a Anna de aquella forma ni paralizarse por el resto del día.
Sería tan bueno.
Elsa ni siquiera sabía cómo podría ser bueno, pero lo sería, tenía la certeza de eso solo porque Anna se lo había asegurado. La forma en la que su voz le ronroneó esas palabras, cómo su lengua pronunció cada sílaba lujosamente, imbuyéndole tanta decadencia y pecado a la oración, como delicioso chocolate. Se le demoraba en los sentidos, aquella promesa –su boca aún conservaba el sabor de Anna, las palmas todavía le quemaban por la sensación de sus caderas contra ellas, y seguía percibiendo el olor de su esposa en sus ropas. Y por supuesto, aún podía escuchar la voz de Anna deslizándose sobre ella, el sonido tan palpable como los labios que le habían acariciado la piel. En cuanto a su visión, bueno, Elsa había estado muy ocupada con sus ojos cerrados para bloquear al resto del mundo. Sabía muy bien cómo se veía su esposa y no podía haber estado prestándole atención de todas maneras ya que la pelirroja había estado ocupada atormentándole el cuello en feliz abandono.
Elsa se sacudió. Estaba sorprendida de poder siquiera estar de pie. Quiso quitarse la chaqueta, sentía muchísimo calor, incluso bajo el templado clima.
Siguió a Anna a las caballerizas, dócil y silenciosa. Elsa era la Reina, el poder más grande en esa tierra, y ahí estaba siguiéndole los talones a su esposa como una mascota obediente. Elsa no pensaba que pudiera sentirse más avergonzada.
…
Los establos eran inmensos. Cada casilla resplandecía con la madera recientemente barnizada. Los pisos habían sido barridos no hacía mucho tiempo, el aire olía a paja fresca, caballos y cuero. Los mozos estaban esparcidos por el lugar, ocupados con sus faenas o atendiendo a los corceles principales. Una mirada superficial le dijo a Anna que había suficiente sitio ahí para albergar al menos treinta caballos, incluyendo las dos docenas que Elsa ya había adquirido.
Anna respiró el aroma con alegría. Olía justo como los establos de su hogar en Corona. Bueno, Arendelle era su nuevo hogar ahora, y esas caballerizas eran suyas. Sabía que Elsa no tenía ningún interés en los caballos –Elsa era más como las amistades femeninas de Anna en ese aspecto. De ser posible, Elsa habría preferido no tener nada que ver con los animales, así que el hecho de haber pasado por todos esos problemas para renovar el lugar e invertir una fortuna en carne de caballo significaba mucho para Anna.
Miró a Elsa y tuvo que luchar por mantener la sonrisa oculta de su rostro. Elsa tenía la cara de piedra, los ojos vidriosos y las mejillas ligeramente sonrojadas. Si Elsa continuaba viéndose de esa forma, terminaría aterrorizando a algún pobre sirviente paseante haciéndolo pensar que esa expresión prohibida le era dedicada a él.
Anna se sintió tentada a besar a Elsa nuevamente y hacerla lucir más amigable, pero no creyó que su esposa fuera a apreciar el gesto enfrente de espectadores. Un mozo situado junto a una casilla las notó, regresó al trabajo, e inmediatamente giró su cabeza de nuevo para observar. Su mandíbula cayó y espetó la atención. "¡Sus majestades!" tartamudeó, reverenciándolas profundamente.
Un murmullo recorrió el edificio cuando los otros mozos se percataron que las señoras del castillo se encontraban entre ellos. Con sorprendente prisa y orden, cada caballerizo de dentro y fuera se reunió frente a Elsa y Anna, el jefe de los mozos se situó frente a todo el grupo. Anna no lo reconoció de sus previas visitas y se imaginó que había sido contratado hacía poco.
Se inclinó en la forma correcta. "Su majestad, su alteza." Les dijo. Anna supo por la forma en la que se dirigió a ellas que seguramente había servido en alguna otra casa noble, posiblemente una real.
"Anna, este es el jefe de los caballerizos, O´Brien." Le informó Elsa, refiriéndose al hombre por su apellido. La Reina se veía más compuesta cuando se dirigió a los mozos, desplegando autoritaria majestad tan fácilmente como portaba los guantes, sus ojos eran fríos y fijos. "El asistió la adquisición de los corceles y supervisa las operaciones de los establos. O´Brien, mi esposa, Anna. Responderás ante ella." Hubo un cierto timbre concluyente en su tono que ocasionó que cada hombre presente se parara más derecho en su sitio, incluyendo a O´Brien.
Mientras Elsa seguía hablando a los mozos, Anna decidió que se referiría a ese tono de Elsa como su voz de "obediencia u obliteración." Su voz no era altiva, pero era muy… irresistible. Casi dominante, y estaba descubriendo que esas tendencias autocráticas de Elsa le resultaban perturbadoramente atractivas. Disfrutó observar a Elsa comandar a ese pequeño ejército de hombres a hacer lo que Anna desease, sin importar cuan arbitrario fuera.
"¿Hay algo que quisieras añadir?" le preguntó Elsa.
"Creo que has cubierto todo muy bien, Elsa." Le dijo Anna, entretenida. Una vez que la Reina despachó a todos excepto a O´Brien, Anna le dijo en voz baja para que solo Elsa la escuchara. "Creo que te habrían entregado a sus primogénitos si se los hubieras demandado."
Elsa la miró como si Anna de verdad hubiera demandado tener a las criaturas. "¿Por qué haría algo así?"
Anna sonrió. "solo por la forma en la que les hablaste. Nunca había visto tantos hombres mirando con semejante terror a una mujer."
Elsa frunció el entrecejo. "Yo hablé apropiadamente como lo haría con cualquiera de mis empleados." Le dijo. "Solo les he delineado mis expectativas sobre su comportamiento en tu presencia, y a quién responderán también en caso de–"
Anna le sonrió lánguidamente. "Voy a besarte si no paras con eso ahora mismo."
Elsa cerró la boca de inmediato, las palabras le fueron cortadas con la efectividad de la oscilación de un cuchillo de carnicero. Le frunció el entrecejo amenazadoramente a Anna, pero sus mejillas rosadas le arruinaron la expresión.
"Disfruto viéndote mandar gente." Le dijo Anna. "Eres una perfecta tirana y, que Dios me ayude, creo que me gusta." Se giró al expectante O´Brien antes que Elsa pudiera responder. "Es agradable conocerte, O´Brien. ¿Podrías darnos un recorrido? Me encantaría ver los nuevos corceles."
Elsa permitió que Anna caminara ligeramente adelantada junto con O´Brien. Se desconectó de la mayor parte de la conversación exceptuando las reacciones de Anna, las cuales parecían en su mayoría alegres. Elsa suspiró aliviadamente. Le había delegado las selecciones de las monturas a O´Brien y le entusiasmaba que Anna pareciera concordar con sus elecciones. Ciertamente tenía que esperárselo dado a su salario, que le había costado lo suficiente –Elsa lo había atraído y alejado de un prestigioso establo de criadores con la promesa de una paga exorbitante y rienda suelta para hacer lo que quisiera con los nuevos caballos, siempre que Anna los aprobara. Y si su reputación y conocimientos eran de fiar, entonces no creía que O´Brien fuera a caer por Anna, pero la Reina estaría preparada para conseguirse un nuevo jefe de caballerizos si se diera el caso.
Al final del recorrido, O´Brien se retiró y se quedaron solas nuevamente. Elsa y Anna se quedaron de pie afuera de la casilla de una yegua árabe castaña de huesos finos con llamas blancas en sus cuatro patas y una veta que le bajaba por el centro de la cabeza hasta la nariz. Anna se acercó al animal con su facilidad característica y la yegua le respondió a su suave voz, chocando la cabeza contra el pecho de la pelirroja.
"Bueno, hola." Le susurró Anna, soplándole suavemente en las ventanas de la nariz. Elsa sabía que esa era una de esas cosas que Anna decía que podían ayudarle a un jinete a establecer un vínculo con su montura. La Reina, por otro lado, no tenía inclinación por poner las manos o cara en ningún lugar cercano al hocico de un caballo.
"O´Brien no me dijo mucho sobre esta." Le dijo Anna.
Elsa se aclaró la garganta. "Él no la escogió."
Anna sonrió. No, ella no pensaba que él lo hubiera hecho. La yegua era excepcionalmente hermosa, su pelaje rojo brillaba incluso en el interior sin la luz del sol. O´Brien había mostrado preferir los corceles más grandes, y esa era más pequeña que los otros, no era el tipo de raza al que el mozo le dio predilección. La yegua le había parecido tan fuera de lugar a Anna como una lapa en el establo de campeones y de fino pedigrí. Anna supo desde el instante en el que puso los ojos en la árabe que Elsa la había elegido.
"Cuéntame sobre ella." Le pidió Anna.
"Un criador italiano la trajo aquí hace unos seis meses." Comenzó Elsa. "Le pertenecía a un pequeño establo y creo que vino tratando de encontrar corceles nuevos aquí y había comprado algunos por sí mismo para intercambiar y vender. Yo me encontraba fuera en la ciudad rumbo a reunirme con un diplomático y me llamó la atención." Esa había sido la esencia de la historia, con algunos detalles omitidos. Ella sí había estado fuera en la ciudad en aquel tiempo en el que se había sentido abrumada entre inevitables reuniones diplomáticas e incontables preparativos de bodas. En cuanto Elsa se había bajado del carruaje, vislumbró un destello brillante que le había detenido el corazón. Había sido el exacto tono de rojo cobrizo bajo la justa luz del sol. Elsa se había olvidado prontamente de su reunión programada y corrió entre la concurrida plaza para encontrarlo, dejando atrás a sus guardias que se revolvieron para seguirla.
El criador italiano le había contado todos los detalles sobre la yegua, lo bien adaptado que estaba su paso a andar por terrenos rocosos, su temperamento dulce y su resistencia, pero ya tenía un comprador que había pagado por ella. Elsa había sabido en el instante en el que la había visto, que la quería, y prácticamente había acosado al hombre para que se la vendiera. La deseaba tanto que no le puso reparo al precio exorbitante que el comerciante le había nombrado por la montura.
Elsa no sabía lo que haría con la yegua, pero estaba más que feliz de entregársela a Anna. O´Brien no le había hecho mención de la yegua, así que la Reina asumió que era un caballo saludable.
"Es hermosa." Le dijo Anna con una sonrisa. Acariciando el cuello de la yegua.
"Bueno, es tuya." Le dijo Elsa, aliviada que Anna pareciera aprobarla. No sabía lo que habría hecho si a Anna no le gustaba. "¿Quieres sacarla para nuestro paseo?"
"Lo haré, aunque creo que tú deberías montarla." Le dijo.
Elsa parpadeó, no se había esperado eso. "¿Yo? No, ella es para ti."
"Oh, vamos, Elsa." Le dijo Anna. "Mírala. Es claro que te ama."
La Reina miró a la yegua, la cual no le parecía particularmente enamorada a primera vista. "Yo no le gusto a los caballos. Lo sabes." Y era cierto; no lo hacían, y eso era parte del por qué Elsa los evitaba. La mayoría parecía sentir sus poderes, incluso cuando ella mantenía el hielo bajo control, y la esquivaban escudándose de su toque. Su viejo pony había sido capaz de tolerarla por un buen tiempo, pero muy apenas –por eso las mordidas. Cosa que solo empeoró mientras crecía, probablemente porque sus poderes también lo habían hecho junto con ella."
"Si piensas eso por ese viejo pony tuyo, sabes que esa pequeña bestia solo era gruñona." Adivinó Anna correctamente.
"Dijiste que estaba aburrido,"
"Sí, aunque creo que mayormente era gruñón. Tal vez podría haber estado un tanto enfermo." Le dijo Anna pensativamente. "¿Murió hace tiempo, no?, de todos modos, el tío Alexander debió haberte conseguido otro pony. Ese solo te asustó de por vida y no voy a permitir que te pierdas ninguna salida a cabalgar por eso."
Elsa suspiró. Anna estaba tratando de interesarla de nuevo en corceles y en cabalgar. "Sabes que no les gusto a los caballos." Y el a mí tampoco me gustan, estaba implícito.
"A esta le gustas. ¿Alguna vez la has montado?"
Elsa la miró de nuevo. La luz no era la adecuada, así que no distinguió el cobre. "No." Aunque si la había visto cuando la sacaban a trotar desde la ventana de su despacho. Elsa tenía que pararse y mirar hacia abajo en cierto ángulo para lograr ver las caballerizas desde esa ventana, pero aun así lo hacía. Casi diariamente, por lo que se le convirtió en una especie de hábito, como el que tenía con los caballeros de ajedrez.
"Elsa, ¿has cabalgado algo en todos estos años?" le preguntó Anna, la incredulidad coloreándole la voz.
"No. Sabes que particularmente no me importa mucho montar –"
"¡Elsa, no has cabalgado en años!" Anna estaba atónita. No tener caballos alrededor al menos en cierta capacidad le era impensable a la princesa consorte. Seguramente Elsa no podía estarse moviendo en carruaje a todas partes, ¿o sí? "¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?"
Un denso, y tenso silencio cayó entre ambas cuando Anna se dio cuenta de lo que había dicho. Anna se sintió instantáneamente arrepentida incluso antes que la postura de Elsa se endureciera, los ojos se le vaciaran con frialdad y se retirara como si la Reina acabara de ser abofeteada.
"No mucho." Respondió Elsa. Su voz era tan rígida como su cuerpo. "Discúlpame, pero estoy un poco fuera de práctica." Como graciosamente acabas de hacerlo notar. Anna escuchó el hiriente mensaje entre líneas y se le retorció en el pecho; se sintió como una torpe zafia. "No quiero que te prives de tu cabalgata matutina solo por eso. Llamaré una escolta para ti."
Entonces Elsa la dedicó una frágil reverencia y se giró para alejarse.
Anna agarró a Elsa del brazo para detenerla y consiguió asirse al puño de su manga. "Elsa, espera, por favor." Dios, ¿Por qué había dicho aquello? Había sido tan insensatamente hiriente y grosero. No podía culpar a Elsa por querer desertarle. ¿Quién decía esas cosas?
Bueno, aparentemente ella lo hacía. Se había sorprendido, pero eso no le daba excusa, y ahora estaba viendo la espalda dolorosamente recta de Elsa. La Reina ni siquiera la estaba mirando, sus ojos deliberadamente estaban fijos en otra parte.
"Elsa, lo siento. Yo no quise –no quise decirlo de esa forma." Lo que le planteó la cuestión, no lo hizo de la forma que ella había querido hacerlo. Ella en verdad no tenía idea de lo que Elsa había estado haciendo los últimos años, además de comprar regalos de bodas y encargarse de Arendelle. Ellas habían dejado de cartearse cuando los padres de Elsa habían fallecido. Sus padres. Anna se contrajo de dolor y quiso cerrar los ojos en mortificación –Sentía que la culpa la comprimía.
"Por favor, no te vayas, Elsa." Le suplicó Anna cuando Elsa no le respondió. "Lo siento mucho. Eso fue –fue muy horrible e hiriente. Sé que estás molesta conmigo, pero Yo –yo de verdad quiero pasar el día contigo. No tenemos que cabalgar, podemos hacer lo que tú quieras –"
"Anna." Le habló Elsa finalmente, girándose y la expresión que tenía en el rostro hizo que a Anna se le cayera la cara a las botas de Elsa.
Elsa exhaló. El inesperado dardo que Anna le había lanzado accidentalmente todavía le escocía, pero el dolor estaba desapareciendo tras la disculpa de la pelirroja. La Reina había pensado que ese tipo de cosas ya no la herirían, pero le había resultado sobrecogedor porque lo sintió como una acusación por parte de su esposa. Y solo había sido un desliz, lo cual Elsa aún no decidía si era bueno o no. Un desliz que indicaba la verdad, aunque no hubiera sido calculado para dañarla.
Sin embargo lo que Anna había desenterrado era cierto. Elsa no había hecho mucho últimamente. Solo que no se había esperado sentirse tan… avergonzada por ello. Su orgullo acababa de recibir una abolladura, pero sobreviviría, lo decidió Elsa. Se portaría como una adulta ante aquello.
"Te acompañaré a montar si te llevas a Roma." Le dijo Elsa, indicándole a la yegua castaña árabe. "Yo no la nombré así" añadió la Reina cuando Anna levantó la vista. "El criador italiano me dijo que respondía a ese nombre y yo–"
Elsa fue interrumpida cuando Anna le rodeó la cintura con los brazos y la envolvió en un abrazo.
"En verdad lamento mucho haber dicho eso." Le dijo la pelirroja contra el hombro de Elsa. "Yo… a veces me olvido de cerrar la boca y digo cosas estúpidas cuando eso pasa."
Si Elsa no la hubiera perdonado por eso desde antes, lo habría hecho en aquel momento. Cuidadosamente le devolvió el abrazo e inclinó la mejilla contra el cabello de su esposa. El olor de los caballos y Anna, se entrelazó por siempre en la mente de Elsa y cuando miró hacia abajo, su listón azul anudado entre el cobre –le brindó todo una paz inmensurable.
¿Cómo iba a permitirse dejarla ir? El simple pensamiento hizo que aferrara a su esposa con más fuerza. Mientras más tiempo pasaba con Anna, menos certeza sentía de haber tomado las decisiones correctas. Dudar era algo que podía desjarretar a cualquiera y Elsa se encontró a si misma deseando fervientemente conocer cuales habían sido las intenciones que su padre ocultara tras esos esponsales.
Había hecho un juramento para proteger el reino, pero también le había hecho un juramento a Anna. Todo lo que le enseñaron siempre fue por el bien del trono, pero matrimoniar a Anna había ido contra todo eso. Aun si un gobernante resultara completamente incompetente, su único y más importante deber era dejar un heredero que protegiera el reino y continuara con el legado familiar. Semejante al rol para el que Anna había sido criada. Resultaban ser más parecidas de lo que se pensaban. Elsa deseaba que su padre estuviera vivo para poder preguntarle por qué la estaba haciendo escoger entre Arendelle y Anna. Ya no se sentía preparada para ser capaz de tomar la decisión correcta.
"Tienes que elegir un caballo para mí." Le dijo Elsa apartándose un poco. "Preferiría uno que no quiera estar probando sus dientes constantemente en mí persona."
Anna le sonrió. "Está bien, encontraré un corcel dulce y plácido para ti."
Cuando Anna se retiró para conseguirle una montura con Elsa siguiéndola de cerca. La Reina se preguntó si sería posible que no tuviera que escoger del todo.
