Capítulo 10

Mulciber y sus amigos no volvieron a molestarle, ni siquiera a pintarle en el baúl, como llevaban haciendo desde principios de curso. Actuaban como si no existiera, y eso era mejor para Severus. Entendía por qué lo hacían: Lucius se lo habría ordenado, para que Severus tuviera tiempo para pensar cuidadosamente en su potencial alianza con el Señor Oscuro.

Por otro lado, la relación con los Gryffindors se enfrió de nuevo mientras las dudas volvían a aflorar en la mente de Severus. Aquella mirada que Lucius le había dado en el Bosque Prohibido le perseguía en sus peores pesadillas, donde soñaba que Malfoy le llevaba a la fuerza a ver al Señor Tenebroso para marcarlo como al ganado o matarlo; nunca llegaba a ver el final de su sueño ni la cara del Innombrable.

—¿Cuál es el problema? —preguntó Potter sorpresivamente un día cualquiera en clase de Defensa, un mes después de que Lucius le hiciera aquella terrorífica visita. Severus no contestó, inseguro del tema de conversación: ¿a qué se refería? —Te alejas de mí, Snape. Cómo si no lo notara.

—Es imposible que me aleje de ti si nunca ha habido acercamiento.

—Lo estás volviendo a hacer. —enunció Potter. Rodó la varita entre los dedos, esperando a que el profesor terminara la explicación y comenzaran a practicar. —¿Tienes dudas de nuevo?

—Este no es el lugar ni el momento para hablar de ello. Ni tú la persona adecuada.

—Puedo no ser el adecuado, pero definitivamente soy el único que te está tendiendo la mano aquí. —le gruñó Potter de vuelta. Severus desvió la mirada, enfadado. Tenía razón y eso le ponía todavía más furioso.

En aquella sesión practicaron hechizos no verbales, como venía siendo habitual. A Severus solía dársele bien cuando se relajaba y dejaba todo de lado, pero no salían bien sus hechizos cuando estaba furioso, como en ese momento. Por supuesto, la clase fue un fiasco para él y pasó el rato tratando de aplicar la oclumancia que había estado practicando desde el verano. Tan solo recientemente había conseguido un progreso real, pero estaba bastante entusiasmado con la idea – aunque no fuera a admitirlo en voz alta.

Potter parecía querer retomar su conversación previamente suspendida. Severus no tenía ningún interés, así que en cuanto terminó la clase huyó lo más rápido que pudo, aunque suponía que no serviría de mucho. Dentro de un rato, tras la comida, tendrían el examen de aparición – Severus podía presentarse, ya que cumplía los años a principios de enero – y aunque no le parecía muy complicado, quería mantenerse calmado y tranquilo. Después de todo, le había costado mucho esfuerzo reunir los doce galeones de las clases de Aparición.

—Ah, ya me preguntaba cuándo ibas a parar. —se medio burló Potter a sus espaldas. Severus había ralentizado su paso por el pasillo del cuarto piso. Se giró, chasqueando la lengua cuando vio a Potter – por suerte, ni Black ni Lupin le habían seguido – solo en medio del pasillo. —Así que… ¿Tan mal fue tu conversación con Malfoy a la luz de la luna?

—¿Cómo sabes eso?

—Tengo mis secretos y ases en la manga. —dijo Potter en tono misterioso. Chasqueó la lengua de nuevo, continuando su paseo sin rumbo. —En serio, Snape. Nada de lo que te haya podido decir puede ser tan grave como para no querer hablarlo.

—No somos amigos. —estableció Severus sin mirarle.

—¿Mm? No, no lo somos. ¿Eso tiene alguna importancia?

—Es irrelevante. —se contradijo. —Pero, como no somos amigos, no te importa mi vida, así que fin de la conversación.

—No dramatices, que no seamos amigos no tiene porqué significar eso. —Potter trotó hasta ponerse a su lado. —Además, si no somos amigos no es porque yo no intente ser amable contigo. Eres un capullo cuando quieres y un bicho raro cuando no.

—Muchas gracias, Potter. Si no tienes nada más que decirme, lárgate. —gruñó Severus.

—Pero necesitas hablar con alguien.

—No contigo.

—Intento ayudar.

—No estás ayudando.

—¡Claro que sí! ¿O prefieres que espere a que Mulciber y sus compinches vuelvan a intentar matarte en los baños para ayudarte?

—¿Sabes qué? —Severus paró en seco, enfrentando a Potter. —¡No quiero tu ayuda!

Potter se quedó clavado en el suelo. Por un momento, pensó que saltaría hacia él con un rugido de rabia incoherente y se enzarzarían a puñetazos, pero guardó la compostura, sin decir nada. Severus se alejó, sin mirarle.

—No la quieres, pero la necesitas. Y la tendrás.

Potter le agarró por el cuello de la túnica, abrió un aula vacía y le tiró dentro sin ningún tipo de delicadeza. Antes de que Severus pudiera frenarlo, Potter cerró la puerta con magia y le desarmó con bastante acierto. Severus bufó, lívido de rabia, y perdió el norte por un momento. Se lanzó a por su enemigo con las manos desnudas, quitándose la mochila apresuradamente. Potter cayó hacia atrás, soltando ambas varitas. Severus le golpeó la nariz con el puño cerrado, soltando un quejido cuando la mano empezó a arderle. Potter gritó, bastante sonoramente, y estrelló su frente contra la boca de Severus.

Sentir la sangre caliente en su boca fue lo que sacó a Severus de su fría ira. Miró a Potter con la nariz torcida e hinchada y su frente manchada con su propia sangre, y comprendió lo que había hecho. Eso no lo situaba en un nivel superior a su padre: al final, acababa recurriendo a sus puños en un ataque de ira. Se dejó caer a un lado, sintiéndose sucio y amargo por dentro, pero no comentó nada. Cogió las varitas y le tiró la suya a Potter, sin mirarle a la cara.

—Eres duro, Snape. —gruñó Potter, medio incorporándose. —Ni siquiera te has quejado cuando te he pegado.

Severus le miró sin verle y Potter le frunció el ceño, entre confuso y preocupado. Con un pañuelo, se limpió la sangre de la cara y presionó contra la nariz, que empezaba a sangrarle. Severus le imitó, saliendo de su autocompasión y miseria al sentir la mirada avellana de Potter fija en él. Recogió su bolsa del suelo, desencantó la puerta y salió, de camino a la enfermería, sin mediar palabra.

—¿Silencio? —cuestionó Potter, escéptico. —De acuerdo, como quieras, pero no voy a dejarme engañar. Tenemos una conversación pendiente, tú y yo. —se quedó callado un rato, y cuando casi habían llegado a la enfermería, dijo —Ya verás cómo después de contarme tus problemas te sientes mejor.

—¿Por qué haces esto?

—Bueno, eres un imbécil, pero no me caes tan mal como pensaba. Aunque a ratos, sí. —respondió honestamente. —Mira, he visto a Sirius pelear por años con su hermano, intentando convencerlo de que Voldemort no era la solución a sus problemas. Y es descorazonador. Y no me gusta la idea de que todos los slytherins tengan que ser mortífagos. Si hay alguien que duda, que necesita ayuda para salir de esa secta, yo estoy dispuesto a echarle una mano, escucharle y tratar de ayudar lo más que pueda.

—No eres tan malo como pensaba. —murmuró Severus con voz pastosa. Aunque aquello, pensó, era algo muy típico del héroe Potter.

—Cuando quiero puedo ser maduro y responsable. —añadió con retintín y algo de orgullo. Llegaron a la enfermería y Madame Pomfrey salió a recibirlos, quizás esperando a otra persona.

—¿Pero qué demonios ha sucedido aquí? —les cuestionó en voz baja. Movió su mano, haciéndoles pasar a dos camas. Se sentaron uno frente al otro y Potter trató de excusarlos.

—Hemos tenido ciertas desavenencias, pero ya está todo bien. ¿Verdad que sí, Snape? —Severus apartó la mirada, enfadado a partes iguales con Potter y consigo mismo.

—Eso espero. Debería reportarles a vuestros Jefes de Casa, pero si han solucionado este problema… —Madame Pomfrey los miró. Potter asintió con una enorme pero adolorida sonrisa; Severus le evitaba la mirada a toda costa. La enfermera supuso que eso era lo más cercano a una reconciliación que podían tener los dos chicos problemáticos que tenía delante, y no continuó con su amenaza. —Muy bien, Potter, tú primero. —se escuchó un crujido y Potter gruñó. —Ahora usted, señor Snape. —Severus le miró con reticencia. El labio le escoció cuando la enfermera le curó a golpe de varita. —Ya están los dos. La próxima vez no se marcharán sin castigo.

Severus salió como una snitch de la enfermería, tratando de perder a Potter de vista. No tenía esperanzas en conseguirlo, pero de todas formas no iba a perder el entusiasmo todavía. Potter le siguió a cada paso que dio, silencioso como una tumba, y finalmente, llegaron al Gran Comedor, uno delante del otro. Viendo que ya no había oportunidad de hablar a solas, Potter pasó a su lado casualmente, diciéndole:

—Buena suerte esta tarde.

—Igualmente. —murmuró Severus. Su voz apenas se escuchó entre el griterío, pero eso estaba bien.

Mulciber le analizó con ojo crítico cuando se sentó cerca de su grupo, apartado, pero no dijo nada. Su mente estaba más atenta a lo que había pasado con Potter hacía un momento que en el examen de aparición que tenía después, por más que intentara recordar las tres D's que decía el profesor de aparición. Lo iba a hacer bien, trató de animarse, sabiendo que podía hacerlo.

Aprobó el examen de forma impecable. Esa tarde, los alumnos de sexto que podían realizar el examen de aparición se desplazaron por todo Hogsmeade. Severus, que terminó su examen pronto, pensó que parecían una panda de majaderos yendo de un lugar a otro sin ton ni son. Ahora, solo tenía que rellenar el infernal papeleo y podría aparecerse legalmente de un lado a otro, se animó.

Se marchó de Hogsmeade por el camino largo – podría haber subido en los carruajes encantados que utilizaban también a principio de curso – pensando en tener un momento de paz y tranquilidad en relativa calma. La mayoría de los que se presentaban al examen seguían en Hogsmeade, esforzándose para obtener su licencia de aparición, y los que habían terminado no dudaban en quedarse un rato más holgazaneando en el pueblo mágico.

—Snape. —canturreó una voz muy conocida y odiada detrás de Severus. Se escucharon pasos apresurados y Potter se puso delante de él, con una sonrisa enorme en la boca que denotaba su grado de satisfacción con el resultado del examen.

—Potter. —murmuró Severus, rodeándole. Hacía un tiempo que se había dado cuenta de que Potter se aburría antes de él si no se enfadaba con sus muestras de infantilismo. Miró hacia atrás, esperando ver a Black y Lupin caminando tranquilamente detrás de su atolondrado amigo; sí, ahí estaban. Potter le cogió del hombro, obligándole a mirar al frente.

—¿Qué tal el examen? Nosotros hemos pasado. —le informó Potter en tono jovial. Se giró hacia atrás. —¡¿A que sí?!

—¡Sí! —le coreó Black, riéndose. Lupin, más comedido, trató de hacer que su amigo bajara el tono de voz.

—Qué bien. —murmuró de nuevo Severus.

—¿Debería tomar esa falta de entusiasmo como que has suspendido, o no?

—He aprobado, si tanto te preocupa.

—¿En serio? —preguntó Potter, incrédulo. Ante la mirada mortífera de Severus, añadió. —Bueno, tienes la misma actitud que tendría yo en un funeral.

—Eso dice mucho de la calidad de esta conversación. —ironizó Severus. Potter chasqueó la lengua, arreglándose la corbata del uniforme y la túnica con su usual buen humor.

—Así que, Malfoy. ¿Te asusta? —cambió abruptamente de tema.

—¿No vas a dejarme en paz hasta que hablemos de Malfoy y de lo que pasó?

—Ajá.

Se quedaron en silencio. Black gritó de euforia salvaje detrás de ellos, a unas yardas de distancia, y Lupin le gritó de vuelta, amonestándole por su actitud desinhibida.

—Sí. —dijo Severus finalmente.

—¿Eh?

—Malfoy. Daba miedo. —le resumió Severus.

—Ah. ¿Qué pasó? Pareces bastante trastocado por lo que sea que pasara, aún cuando ha pasado mucho tiempo.

—Malfoy cree que es una buena idea unirme a los mortífagos. Aceptó que tuviera dudas, pero… —Severus se quedó callado.

—¿Pero?

—Debo escoger bien mi próximo movimiento. —Severus giró la cara para mirar directamente a Potter y poder transmitirle la gravedad del asunto. —Estoy en la cuerda floja. Si Mulciber considera que mi conducta es la de un traidor, será mi fin. Y si tardo demasiado en aceptar la invitación al grupo, se mosqueará de nuevo. Y si vuelve a llamar a Malfoy… También será mi fin.

—¿Es para todos así? En Slytherin, me refiero.

—No lo sé. La mayoría son como el hermano de Black, sangrepuras orgullosos de serlo, firmes creyentes de que los muggles son una cucaracha molesta que debería ser erradicada de una vez por todas, sometida al verdadero poder de los magos. —Potter hizo una mueca de asco. —Les crían para pensar así. No todos tienen el valor de Black o la habilidad para ver que les están lavando el cerebro con esa basura de supremacía. Y si en algún momento se lo plantean… Ya estoy yo para servir de ejemplo. —añadió lo último con un deje de amargura.

—Entiendo. Deberíais tener a otro Jefe de Casa. —comentó Potter. Severus bufó; diciendo lo obvio. Se quedaron en silencio de nuevo y Potter volvió al tema original. —Así que Malfoy te dio miedo.

—No sabes la cara que puso.

—¿Te amenazó?

—Sorprendentemente, no podría llamarlo amenaza al uso. Un aviso más bien. —rectificó Severus. —Tú también te habrías asustado, Potter.

—Eso tendríamos que verlo. —se hizo el gallito. —¿Por qué tienes tanto miedo de desvincularte de los mortífagos?

—Has estado presente – no sé cómo – cuando Mucliber trataba de adoctrinarme. Ésa es su forma de tratarte… Bien.

—O sea, tienes miedo de que te hagan daño.

—No solo fuera de Hogwarts, también dentro. —clarificó Severus. —Mulciber, y otros slytherins también, tienen a sus padres en el Consejo Escolar y a Slughorn en el bolsillo. Prácticamente podría matarme y nadie movería un dedo para castigarle. Y aunque consiguiera sobrevivir a Hogwarts, Malfoy me atraparía en cuanto pusiera un pie fuera.

—¿Por qué crees que te harían daño? ¿Eres importante para ellos? —preguntó Potter, sin saber muy bien la razón del asunto.

—Malfoy se toma estas cosas de forma muy personal. Él me eligió para entrar a los mortífagos. No puede aceptar que un fallo continúe con vida mucho tiempo. No le gusta ver sus errores. Y a Mulciber nunca le he caído bien, y ahora nos llevamos todavía peor.

—Crees que Mulciber podría intentar matarte porque no os lleváis bien. —aclaró Potter, incrédulo.

—Black trató de matarme porque no nos llevábamos bien. —ironizó Severus mirándole fijamente. Potter chasqueó la lengua, molesto por la referencia, y la pasó por alto. —Mulciber me consideraría un traidor. Y Mulciber no soporta a los traidores.

—Nosotros podríamos protegerte. —sugirió Potter.

—Claro. —dijo Severus, escéptico.

—¿No confías en mi palabra?

Severus bufó, sin responder, y continuó andando al lado de Potter. ¿Confiaba en los Gryffindors? ¿Confiaba en Potter acaso?


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