Declaración: Rurouni Kenshin no me pertenece. Sus derechos corresponden a Nobuhiro Watsuki y otros cuantos, pero no a mi. Yo escribo esto por mera entretención, sin fines de lucro y sólo en fanfiction punto net
La Protegida
Acto diez
"Gente violenta"
por
Blankaoru
O-o-o-o-O-o-o-o-O-o-o-o-O
Kenshin acompañó a Kaoru hasta el interior de la casa y dándole escuetamente las buenas noches (o madrugadas), se retiró a su cuarto. Se sentía cansado y no tenía ganas de nada más que dormir pero en cuanto se metió al futón su cuerpo empezó a reclamar por la falta de compañera. ¿Cómo era posible que sus ganas de estar con ella en ese lugar fuera tan fuerte? Quería que compartieran el espacio, el calor y todo lo que viniera después. Mirarla y resistir sus ganas de acercarse y sonreírle lo tenía agotado.
Se sintió como un perro drogado por las feromonas de una hembra, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera satisfacer su deseo de estar con ella. A su mente vino la imagen de Matsusoo y su forma ansiosa y violenta de querer tenerla. Ciertamente Kaoru podía volver loco a un hombre y muy a su pesar él había caído en su embrujo, pero aunque las ideas sexuales no eran algo que lo obsesionaran, se sintió incómodo al compararse por un momento con el hombre mayor.
No quería seguir con esas ideas. Pesadamente se levantó y se sentó por ahi, sintiéndose mejor que en el futón.
Él no se parecía en nada a Matsusoo y esa idea lo tranquilizó notoriamente. Él nunca había forzado a una mujer y mucho menos había golpeado a una o le había causado algún tipo de maltrato por despecho. Cuando siendo joven, vivió con una, pudo darse cuenta de cómo lo mejor de él afloraba para brindárselo a ella. Había sido amable, preocupado y comprensivo y si bien las cosas se pusieron difíciles, sus sentimientos primaron, descartando cualquier idea de venganza. Y ahora que sabía, se estaba enamorando de nuevo, podía notar como había cosas que hacía motivado por el bienestar de Kaoru. Ella le gustaba mucho. Se deleitaba con su belleza cuando la tenía en su campo visual y cuando la tenía cerca o interactuando con él, podía disfrutar de su compañía y de esa química que parecía funcionar tan bien entre los dos. Con Kaoru las cosas fluían y sabía que ella se daba cuenta aunque no estaba seguro de qué tanto. Cuando el espacio entre ambos desaparecía, como cuando dormían apoyados uno en el otro, se sentía completo, como hacía un rato, sentados en el pasillo exterior.
Kaoru había pasado cosas muy fuertes en el último tiempo: El cambio de casa, la muerte de su padre y el acoso brutal del tío, así como su huida. Consideraba que ella era muy joven y por lo mismo, le sería fácil confundirse con el primer hombre que como él, le ofreciera escape. Por eso, aún a sabiendas de que ella le correspondía en cierta medida a juzgar por el modo en que ella buscaba estar con él, optó por no hacer nada que pudiera generar un acercamiento entre ellos, nada que pudiera influír en ella.
-Necesita libertad.- se decía.-Libertad para decidir si quiere esto conmigo. Al menos dice que Sanosuke no le interesa... Qué diablos... me puse celoso... no debería demostrarlo...
Mientras su consciencia poco a poco se apagaba, trataba de convencerse de que era bueno mantener la distancia con Kaoru aunque se le cruzó, fugaz, el pensamiento de que lo que le pasaba en verdad era que estaba asustado de lo que sentía por ella. Pronto el recuerdo de los besos que compartieron (y qué besos) se coló en sus sueños cuando su mente libre empezó a volar.
O-o-o-o-O-o-o-o-O-o-o-o-O
Kaoru se levantó temprano y entusiasta, se fue a la cocina. Tenía hambre pero a diferencia de otras veces, el fuego estaba apagado. Al parecer, Kenshin aún no se levantaba.
Miró en rededor, pensando y optó por hacer el fuego ella misma aunque no era muy hábil en eso. Removió las cenizas hasta encontrar una brasa pequeña y anaranjada y luego puso un leño a cada lado de ella. Le pareció que funcionaría mejor si ponía ramitas encima para encender y salió corriendo a buscarlas. Tan abstraída estaba en eso que cuando volvió, no notó que Kenshin entraba a la cocina.
Puso las ramitas entre los leños, sobre la brasa y decidió ayudarlas a prender soplando con fuerza. La ceniza suelta sobre la superficie salió volando en todas direcciones, en especial hacia el rostro de Kaoru. La pobre muchacha acabó echando su cuerpo hacia atrás, chocando con las piernas de Kenshin quien sin poder evitarlo, rompió en una carcajada.
Kaoru se puso de pie tan rápido como pudo y se limpió la cara con las mangas de la yukata mientras las risotadas resonaban en sus oídos.
-Jajajajaja, Kaoru-dono... si me prestaras atención... jajajaja... si me la prestaras me habrías esperado...
Molesta, la joven se cruzó de brazos.
-Deje de reirse, no es gracioso. Me pude haber atorado...
Kenshin no podía parar. Rememorar la escena de la ceniza flotando en torno a la joven luego de su soplido lo mataba de la risa porque era algo que a él sólo le pasó siendo muy niño. Intentó controlar sus carcajadas pero achicaba los ojos al sonreír exageradamente.
-Te dije ayer que teníamos que limpiar la ceniza antes de hacer fuego esta mañana. ¿Por qué no me esperaste?.
Ignorando que tenía un bigote de ceniza sobre el labio superior, Kaoru hizo una mueca propia de niña malcriada, volviendo la cabeza, estirando los labios y cerrando los ojos.
-Tenía hambre y quería un té. Y no me acuerdo de lo de limpiar la ceniza.
Kenshin la miró atentamente unos segundos, antes de volver a estallar.
-Eres tan graciosa...- dijo entre risa y risa. Kaoru lo miró con intención de decirle algo poco amable y de pronto reparó en algo.
Nunca antes había visto reir a Kenshin por algo y al notar su expresión relajada y divertida no pudo abstraerse de ello, quedando atrapada por el placer que le producía observarlo en esa instancia. De pronto sus propios labios se curvaron y rió con él, disfrutando a plenitud ese momento.
Descubrió que le gustaba verlo reír aún cuando fuera a costillas de ella. Su molestia se esfumó al regresar su buen ánimo, las risotadas de Kenshin se apagaron y al final ambos se quedaron con una brillante sonrisa.
-Ve a lavarte la cara, Kaoru-dono, mientras limpio aquí. Pronto tendremos el fuego y podrás tomar tu té.
Fue cuando llegó junto a la palangana que Kaoru se dio cuenta de lo rápido que iba su corazón. Se lavó rápidamente y miró su reflejo en el agua, ordenándose el cabello con los dedos. Se pellizcó un poco las mejillas, para darles color y regresó emocionada a la cocina. Kenshin ya tenía todo listo y una llamita ardía, a la que él con cuidado acercó un leño y luego otro.
O-o-o-o-O-o-o-o-O-o-o-o-O
Misao también se levantó temprano y se puso a trajinar por la casa pero no pudo soportar el encierro. Salió a dar una vuelta y se quedó cerca del río.
Se había dormido muy tarde por la noche, pensando en el asunto de su padre y sus hermanos y al final no había llegado a ninguna conclusión. Al menos el fluir del agua le otorgaba cierta calma y se sentía más tranquila, lejos de todo aquello que la atormentaba. Tal vez sus hermanos tenían razón en no querer denunciar a su padre. Era algo difícil de hacer por el cariño y respeto que le habían tenido, ella misma no se imaginaba entregándolo a la policía. Sólo esperaba que el señor Aoshi tuviera algún resultado satisfactorio sobre las pesquisas que hacía respecto al contrabando y esperaba que en su viaje averiguara algo sobre Kaoru, para decidir bien qué hacer.
Regresó a su casa, encontrándola vacía. Al parecer sus hermanos se habían ido a trabajar. Seria fácil, tan fácil ir con ellos y dejar eso atrás. Se preguntó si sería capaz de enfrentar a su padre y al entrar a su cuarto a buscar un haori encontró a su padre husmeando entre su ropa... o más bien, la de Kaoru.
Misao había cambiado la ropa que dejó su prima a su armario pensando en que alguna visita quisiera ocupar el cuarto que Kaoru había dejado. Y Matususoo tenía un kimono entre sus manos, como si lo oliera.
-Papá... ¿Qué haces?
El hombre dobló la prenda pero no la devolvió a su lugar.
-Voy a llevarme esto. Tiene el olor de tu prima. Me ofrecieron rastrearla con perros y aunque no entiendo muy bien eso, me pidieron una prenda de ella para que el perro la huela y busque su olor.
-Pero no puedes llevarte eso.- dijo la joven en un impulso.
-¿Por qué no?
-Porque no, porque ya pasó, Kaoru se fue y no quiere que la encuentres.
-Pero debemos encontrarla.
-No, papá, no. Debes dejarla ir y olvidarte de ella.- razonó la muchacha.
Matsusoo esquivó la mirada de Misao. Los ojos verdes de su hija eran idénticos a los de su hermano Koshijiro y se sentía atormentado cuando lo miraban.
-No haré eso.
Sintiendo una repentina desesperación ante la situación, Misao no quiso atajar sus palabras.
-Pues deberías, papá. Ya es tiempo de hacerlo. Yo sé que Kaoru escapó de tí y de lo que querías hacer con ella. ¿Crees que no me di cuenta?
-¿Y qué crees saber tú, niña insolente?- bramó Matsusoo volviéndose hacia ella, apretando con fuerza la tela en una mano.
-Que tú quieres a Kaoru como mujer, esa es la verdad y por eso la buscas como un perro celoso pero eso no es posible, porque Kaoru no te quiere y por eso escapó de tí, ¡porque eres un monstruo!
La bofetada que siguió lanzó a Misao al piso. Su pequeña contextura se remeció completa con ese golpe y un hilillo de sangre manó de su labio roto. Pero la sorpresa y el dolor sólo lograron envalentonarla.
-¡Eso!, ¡Pégame, pero sabes que lo que digo es verdad! ¡Yo ayude a escapar a Kaoru y no permitiré que sigas buscándola y mis hermanos tampoco! ¡Despidieron a todos tus mugrosos ayudantes!
-¿Tus hermanos? ¿Qué tienen que ver en esto?
-Mis hermanos saben todo lo que yo sé... ¡que eres un pervertido!- rugió la joven con todas sus fuerzas.- Que nos avergüenza tener un padre como tú.
-¡Cállate, mierda! - gritó Matsusoo antes de asestar una patada en el abdomen de la joven. La levantó, tomándola del pelo y le propinó una nueva bofetada. Misao no podía defenderse, sólo intentaba cubrirse con las manos y se encogía cuando caía al piso.
-¡Estás enfermo! ¿Tratarás de matarme como lo hiciste con Shiro?- dijo antes de una nueva patada. Sintió que salía sangre de su nariz... estaba segura de que le había roto la nariz.
-¡Malagradecidos, son todos unos malagradecidos!- gritó Matsusoo tras arrojar a Misao a un rincón de la habitación.- ¡Pero ya van a ver, ya verán!- Salió vociferando. Misao, sintiendo un dolor agudo en cada parte de su cuerpo cuando respiraba, sollozaba y no podía dejar de temblar.
Nunca su padre le había levantado la mano y a ese monstruo que acababa de presenciar no lo reconocía como el hombre que la crío. Estaba shockeada y se obligó a pensar en algo más allá del dolor y de la sangre. ¡Sus hermanos! ¿Sería posible que estuvieran en peligro? Debía alertarlos antes de qus su padre... no, Matsusoo los encontrara.
Apoyó una mano primero y luego la otra en el piso, para comenzar a pararse. Se levantó de a poco y un dolor lacerante en las costillas estuvo a punto de tumbarla de nuevo. Escupió sangre, de la que desde su nariz se deslizaba hacia la garganta y tomándose el abdomen con la mano izquierda, salió dando pequeños pasos, uno delante del otro hasta salir de la casa.
No había ningún sirviente a la vista y se le ocurrió que se habrían ocultado al escuchar la pelea. O más bien, la agresión, pues ella no pudo defenderse. Luchando contra las ganas de llorar que le vinieron, tomó aire para darse valor de llegar hasta el portón, varios metros más allá, sin apoyo. Salió a la calle, preguntándose si su padre seguiría en la casa. Como fuere, ella no podía permanecer allí, debía avisar a sus hermanos de lo sucedido y buscar ayuda. Sentía que su nariz aún sangraba.
Hyotoko fue el primero en divisar a la menuda joven que con esfuerzo se sostenía en la pared mientras avanzaba y de dos saltos llegó a su lado.
-Ayuda...- dijo la chica débilmente y tomándola en brazos, el orondo hombre la llevó hasta la casa Shinomori donde Okina no tardó en hacer llamar al doctor. -Mis hermanos... díganles lo que pasó... díganles que tenían razón... por favor, no se demoren.- dijo ella como una letanía.- Él les puede hacer daño.
Bastó una mirada de Okina a Hyotoko y Shikijo para que estos salieran discretamente de la sala, sabiendo qué hacer.
O-o-o-o-O-o-o-o-O-o-o-o-O
-Qué fachas son esas para presentarse a trabajar, Sanosuke.- dijo Megumi al joven que se asomó por la puerta de la clínica.
-Las de siempre.
-Nadie tomaría en serio a un doctor que parece peleador callejero. Podrías al menos quitarte esa cinta y peinarte debidamente.
Lejos de tomar en cuenta la recomendación de la médica que examinaba una ficha, Sanosuke se irguió sobre su metro ochenta.
-No me interesa que me aprecien por mi aspecto, si no por mis capacidades y sabes que jamás dejaré esta cinta roja, que me la regaló el capitán Sagara...
-Si, si... el hombre que salvó tu vida.- completó Megumi encontrando el dato que buscaba. -Me vas a acompañar a donde el señor Kikuni asi que si no te vas a quitar esa cosa, al menos péinate.
Suspirando, Sanosuke acompañó a la doctora como ella le pidió, buscando un momento para decirle lo que sentía por ella. Consideraba que había perdido mucho tiempo y que el paciente misterioso se la ganaba dia con día, aún cuando no decía nada y sólo se quedaba mirando el jardín por la ventana desde que lo habían cambiando de cama el día anterior. Además, tras declararse varias veces a Kaoru, se sentía seguro para hacerlo.
Así era. Ahora sólo necesitaba un momento a solas y tranquilo. Tal vez, regresando a la clínica. Sonrió cuando se terminó la visita a Kikuni.
Caminaba junto a Megumi por la avenida cuando unos gritos los alertaron. Al volverse, vieron que un carruaje cuyos dos caballos estaban desbocados, se acercaba rápida y peligrosamente hacia ellos. Sanosuke, tomando a Megumi de los brazos, logró quitarla del peligro y reparó en un vecino que corría junto a los equinos, buscando tomar las riendas de uno al menos. No dudó en prestar ayuda y en una desesperada carrera alcanzó a los caballos del lado contrario al de su vecino, logrando detenerlos entre ambos. La gente comenzó a agolparse en torno a ellos para mirar y Megumi también.
Pensaron que no traía cochero, pero si venía, tirado a los pies de su asiento en la parte de adelante del carro. Sanosuke le tomó el pulso y comprobó que estaba muerto por un herida en el pecho. Abrió la puerta de la parte principal del coche y le cayó encima un anciano herido en un hombro. Parecía algo hecho quizá con un puñal, pero no era grave. Lo dejó en el piso para que Megumi lo revisara y regresó al carro.
Una muchacha, hermosa como un ángel de cabellos castaños yacía recostada en el asiento. Manaba sangre de su preciosa boca y Sanosuke asumió que había sido golpeada. Algo dentro de él pensó que una joven como ella jamás debería pasar por ese tipo de situaciones y con una delicadeza impropia de él la tomó por la cintura para sentarla primero y bajarla después.
La joven, abriendo los ojos ante el contacto, lo miró asustada.
-Estás bien, ya pasó todo.- dijo Sanosuke con suavidad.- Ahora te ayudaremos, estás en buenas manos.
-¿Mi abuelo?
-Está bien, no te preocupes. Se recuperará.
-¿Y mi hermana?
El joven médico no dijo nada. Sólo encontró al cochero muerto y el anciano herido... y a esa belleza.
-Mi hermana venía con nosotros... mi hermana... ¡ellos se la llevaron!- Dijo con cierta debilidad, pero muy preocupada.
-Oye, no sé de qué hablas pero por ahora te debo ayudar. Le daremos parte de esto a las autoridades para que la busquen. Confía en mí.
La joven asintió y permitió que Sanosuke la sacara. Mientras los trasladaban a la clínica llegó la policía a tomar sus declaraciones.
O-o-o-o-O-o-o-o-O-o-o-o-O
Kuro terminó de cuadrar unas cifras y fue a la caja fuerte a dejar una cantidad de dinero, retirando a su vez un fajo de billetes con el que haría un pago a uno de los proveedores a los que debía, tras repactar su deuda. De ese modo calculaba que en un mes más podría enterar el total y recuperando su confianza, volver a comprarle. Lo que había guardado era para otro pago que se realizaría por la tarde y con todo en orden guardó el dinero entre su ropa y repasó su imagen en el espejo: Una de las muchachas que trabajaba en el lugar al que iría le gustaba mucho y quería agradarle.
Apenas abrió la puerta para salir entró Matsusoo, tomándolo por los bordes de su ropa aún con el brazo lisiado.
-¡¿Cómo es eso de que despediste a la gente que buscaba a Kaoru?! ¡¿Cómo?!
Su padre estaba fuera de sí y Kuro no entendía como podía ser eso posible.
-Papá, cálmate... no entiendo de qué hablas.
-¡Misao me dijo todo!
¿Todo? Kuro se asustó ante la implicancia de esa palabra. ¿Le habría dicho que pensaban escapar y retirar sus fondos del negocio? No lo sabía, pero debía irse con cuidado sobre ese asunto. Manteniendo la calma que le daba ser un poco más alto y más grueso que su padre, tomó sus manos y las apartó de sí, concentrándose en lo que Matsusoo dijo al encararlo.
-Te dije que el negocio no soporta más salidas de dinero, por eso los despedí, para recuperar la confianza de los proveedores al ser capaces de pagarles. Papá, entiendo que quieras encontrar a Kaoru pero si quebramos, aunque la encuentres no podrás mantenerla.
Ante la mención de Kaoru, la expresión de Matsusoo se suavizó.
-Debiste decirme que lo harías.
-Te lo dije anoche y no me escuchaste. Aún no he despedido a todos pero se les está notificando el cese en sus funciones. Papá, tú me pusiste en este lugar para velar por tus finanzas y es lo que hago.
Matsusoo miró a su hijo por espacio de varios segundos, conteniendo sus ganas de golpearlo como lo hiciera con Misao. Debía tranquilizarse y no armar un altercado, pues aún debía procurar el cargamento que le debía al señor Sadojima. Dominó su carácter.
-Está bien, hijo. Tienes razón.
-Papá, vienes muy ofuscado. ¿Pasa algo más?- inquirió Shiro disimulando su estupor acomodándose la ropa. Intuía algo muy malo en su padre. Este se sentó.
-Misao, tu hermana.
-¿Qué pasó con ella?
Matsusoo se sentó, luciendo completamente abatido.
-Descubrí que ella y Aoshi tienen una relación secreta. Que está con él desde antes de que Kaoru escapara, ¿puedes entenderlo? ¡Misao deseando al hombre de su prima y ese infeliz le corresponde!- inventó.
Kuro siempre supo que su hermana estaba enamorada de Shinomori y también supo lo mucho que sufrió cuando Matsusoo arregló el compromiso con Kaoru. Había algo raro en todo eso que decía Matsusoo.
-¿Cómo lo supiste?
-Encontré unas cartas en el cuarto de tu hermana. La encaré y me dijo que era cierto todo lo que decían allí. ¡Son amantes! ¿Entiendes la vergüenza que nos está haciendo pasar? No pude contener mi ira y la castigué.
-Que a Misao... ¿qué? ¿La golpeaste?
Kuro no esperó a que le explicaran más. Salió apresurado del despacho y corrió a su casa pero en el camino fue interceptado por uno de los guardias de Aoshi, Shikijo que venía junto a Shiro. Al llegar a casa Shinomori y ver a Misao herida, los hermanos estallaron en cólera. Misao en cambio se sintió muy aliviada de verlos en buen estado. Okina y los guardias los dejaron a solas en la habitación en que descansaba la joven para darles privacidad.
-Pensé que les haría daño.- dijo ella.
-No podemos esperar más tiempo, Misao. Debemos marcharnos esta misma noche.- dijo Shiro con decisión.- Es imperdonable lo que te ha hecho.
-Trató de justificarse diciendo que habia descubierto que tú y Aoshi eran amantes.- repuso Kuro.
-No, no, es imposible, no es cierto. ¡Ustedes saben que no es cierto!- intentó explicar la joven, alarmada, pero sus hermanos la tranquilizaron.
-Confiamos en tí, Misao, y aunque eso fuera cierto, yo sería el primero en felicitar a Shinomori.- confió Kuro.- Ahora sólo debes levantarte y nos iremos de una vez por todas.
Misao intentó sentarse pero no pudo disimular el intenso dolor que sentía. Al notarlo, Shiro de inmediato le dijo que no se esforzara y reposara y que pensarían en algo. Intercambiando una mirada preocupada con Kuro, la dejaron un rato para ir a consultar a Okina sobre el estado de la joven, pues cuando llegaron ella ya estaba limpia y vendada.
-Tu padre fue brutal con ella y el médico que la atendió dijo que debía guardar reposo varios días por un asunto con las costillas. No están rotas, pero dice que pudo haber afectado a órganos internos asi que además debe llevar una dieta blanda. No sé qué quieran hacer con ella, pero la niña debe permanecer aquí, a salvo de ese tirano. Mis guardias la protegerán y no permitirán que nadie, excepto ustedes, pase de esa puerta.
Tras la explicación, los hermanos resolvieron seguir adelante con sus planes de fuga y por el momento, aparentar normalidad retomando sus trabajos. Fué así que Kuro se apresuró en realizar el pago que debía, pero con la imagen de Misao siempre en mente. Tanto así que no se dio cuenta al llegar a su destino, que la hermosa Sakura no le quitaba los ojos de encima con una sonrisa coqueta.
O-o-o-o-O-o-o-o-O-o-o-o-O
El arroz que con la guía de Kenshin, Kaoru había preparado, quedó muy bueno a pesar de su aspecto feucho. Contenta por ese pequeño triunfo culinario, luego de comer Kaoru preguntó si podía dar una vuelta. Necesitaba ejercicio.
-¿Y a dónde quieres ir?
-Al estanque. Es el lugar más lejano al que puedo ir sin perderme, además es muy bonito.
Kenshin meditó en la idea.
-Creo que podría pescar algo en el río, asi que te acompañaré. Tengo un par de cañas en la bodega.
Siguiendo a Kenshin, la joven entró al cuarto y mientras él buscaba sus cañas, ella reparó en un elemento que estaba apoyado en la pared.
-¡No lo puedo creer! ¡Un boken! ¿Es suyo? ¿Me lo puede prestar?
Notando un entusiasmo genuino en ella, Kenshin sonrió.
-Llévatelo. Si lo quieres es tuyo.
Kaoru salió del lugar con la espada de madera y Kenshin reunió todo lo que necesitaba para pescar. Cuál sería su sorpresa cuando al salir vio a Kaoru en el patio haciendo movimientos de alto nivel con el elemento.
-Hace como un año que no practicaba, pero ahora puedo retomarlo. Kenshin, ¡no sabe cómo le agradezco que me deje usar esta espada!
¿En serio no practicaba hacía un año? Mirándola bien, no lo parecía. Sus movimientos eran elegantes y fluidos, a su juicio.
-Pero si querías practicar con una, podrías haberme pedido la mía.
-No, es que su espada no me sirve. Aún cuando tiene el filo por el revés puede matar a alguien, en cambio esta sólo es capaz de dar un buen golpe.- dijo sonriendo, dando golpes de arriba a abajo y haciendo un sonido en el aire. Kenshin no quiso decirle que si se lo proponía, con el boken él podía matar. Otra cosa es que no quisiera hacerlo, pero le interesó el punto que le estaba dando Kaoru.
-¿Eres una pacifista, entonces?
-No.- dijo ella mirando la espada para comprobar que estuviera derecha.- Mi padre era maestro de kendo. Impartía el estilo Kamiya Kasshim Ryu. Tenemos un dojo en Tokio, usted eso lo sabe.
-Si. Que quieres recuperar tu casa y tu dojo.
-Así es. Él me enseñó todo lo que sé y me ascendió a ayudante de maestro para la época en que fue llamado a la guerra. El estilo Kamiya Kashim se ocupa de preparar el cuerpo y la mente para la defensa y para el ataque, buscando proteger la vida de quien blande la espada, de la persona a la que defendemos y de la persona que nos ataca. No buscamos matar, sólo proteger.
De pronto Kaoru soltó una risita nerviosa tras hacer un nuevo movimiento y se tomó un brazo.
-¡Ay!, me dió un tirón. Dejaré esto por ahora, debo prepararme para retomarlo, hacer mis ejercicios de calentamiento y todo eso.
Cargando una canasta caminaron hacia el estanque. Kenshin había quedado intrigado con eso de que el estilo de Kaoru buscaba proteger y se lo hizo saber.
-Así es. Tal como lo expliqué. Es lo que creía mi padre y es lo que creo yo, que no es necesario matar a una persona. Uno no sabe qué motivaciones puede tener alguien que nos ataque. En una guerra, tal vez es sólo otro ser humano que defiende un ideal. Si nos quiere robar, tal vez se trate de alguien que esté pasando por una desesperación muy grande o una necesidad y no ha sabido canalizar eso. Matar no es bueno. No somos quienes para quitarle la oportunidad de vivir y de enmendar a otra persona. Desgraciadamente mi padre fue reclutado y en la guerra no sé si podrá haber mantenido en la práctica ese ideal. Yo quiero creer que sí.
-Cuando fui niño, aprendí de otra manera.- repuso Kenshin con naturalidad, acariciando de modo inconsciente la empuñadura de su espada, gesto que Kaoru captó.- Es necesario matar para sobrevivir. Yo mismo fui rescatado por otra persona, a costa de las vidas de quienes venían por mí. Mi técnica de espadas es todo lo contrario a la tuya. Tú propones proteger y básicamente, dar otra oportunidad aún teniendo la vida de tu enemigo en tus manos. Yo en cambio aprendí cómo ser más veloz, cómo eliminar más personas por golpe con el fin de preservar mi vida y de la de quien quiera proteger, únicamente.
-¿Y en qué momento cambió algo en usted?
Kenshin se detuvo por un momento. Kaoru se quedó mirándolo, interesada en su conversación. Bajo las ramas de un enorme cerezo que empezaba a florecer el viento los acarició con suavidad.
-Porque usted cambió. Es decir, por algo su espada lleva el filo por el revés. Yo lo he visto en acción y sé que es distinto de lo que me dice que aprendió.- Sintió la necesidad de aclarar. Sonriendo apenas de medio lado, Kenshin prosiguió su andar.
- Es cierto. Tuve un cambio... de alma.- dijo con la vista fija en el sendero.
-¿Cómo así?
-Yo aprendí todo aquello que te mencioné y esa se convirtió en mi realidad. Prepararme para el combate. Hubo cosas que de niño no conocí como jugar con otros de mi edad. Entrar a la guerra se me hizo natural, para ello me había preparado, para tener un poder que pocos conocían. Mi maestro me advirtió sobre mantenerme neutro, pero no quise escucharlo y me enrolé con los Ishishinshi. Por esos años conocí a una persona que me mostró otra forma de vivir la vida. De tener una casa en medio del campo y comer de lo que cultivaba. Dormir tranquilo y apacentarme.
-¿Así terminó viviendo aquí?
-No. Esa es otra historia. Lo que importa es que... es que cambié, como dices. Antes pensaba que mi única opción era matar. Ahora sólo quiero ser digno de la vida que llevo, entre otras cosas.
-Usted debe ser un hombre muy valioso si pudo llevar a cabo ese cambio de alma.- dijo Kaoru desde su corazón. -Me siento muy agradecida de conocer a alguien como usted. Sé que me aportará mucho en estos meses.
Siguieron andando en silencio hasta que llegaron al estanque. Kenshin reacomodó algunas piedras y Kaoru arrancó algunas hierbas que crecían demasiado cerca. Entonces Kenshin armó sus cañas, se fue al río y afirmando una entre las rocas, se sentó por ahí con la otra.
Kaoru ya había tenido diez minutos de caminata, pero aún sentía que tenía energía por gastar. La culpa era de Kenshin que la había tenido caminando tantos días y ahora se había acostumbrado a eso. Le dio unas vueltas al estanque.
-No te muevas cerca de la orilla.- dijo Kenshin calmo.- Me puedes espantar a los peces.
Soltando aire un poco aburrida, Kaoru se alejó del río y de pronto reparó en las cristalinas aguas del estanque. El día estaba cálido, pero no estaba segura de meterse. Tanteó el agua con un pie y notó que estaba tibio. Si se metía, podría hacer eso que le enseñó Kenshin de flotar y si movía las piernas y brazos, sería como nadar, ¿no?
Mirando atentamente a Kenshin, que le daba la espalda, se quitó el obi y luego el kimono. Le pareció bien quedar en una ligera yukata y considerando que se trasluciera al mojarse, dejó su ropa cerca del agua, para tomarla de inmediato al salir. Con sigilo empezó a sumergirse y se aguantó las ganas de decir algo sobre el frío, confiando en que pronto no lo notaría. Se echó hacia atrás pero sintió temor de hundirse y quedando de pie, buscó con la mirada algo que le diera una idea. Así se le ocurrió apoyar la cabeza en uno de los bordes del estanque y permitir que el resto de su cuerpo se elevara. Al ver que resultaba, fue agarrando valor y en vez de apoyar la cabeza, se sujetó con una mano.
Descubrió que su cuerpo subia y bajaba según su respiración y entusiasmada con eso, se soltó de a poco. Flotó sola y extendió sus brazos hacia los costados, moviendo los pies. Empezó a moverse hasta que un topecito en la cabeza le indicó que había llegado a uno de los bordes. Riendo y sintiéndose un poco tonta dio la vuelta y confiada, se echó hacia atrás y siguió nadando.
Era fantástico mirar el cielo azul sobre ella y a la vez sentir el cuerpo ligero. Tuvo una sensación inigualable de libertad, de limpieza, de frío también, de sentirse especial porque ahora podía hacer algo que la mayoría que conocía, al menos, no se atrevía. Se sintió, por decirlo de alguna manera, feliz y se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no se sentía tan viva. Se quedó detenida, suspendida en el agua, consciente de la naturaleza y sintiéndose parte de ella. Estaba inspirada.
-Deberías salir ya, tienes los labios morados, Kaoru-dono.- escuchó decir a Kenshin. Al buscarlo con la mirada, lo encontró de pie en una orilla.
-Ya voy.- respondió pacífica, hasta que recordó lo de su yukata y ahogando un gemido, buscó tapar sus pechos con las manos. Desde luego, al hacer esto se desconcentró, hundiéndose y tragando una bocanada de agua antes de emerger. Al hacerlo, Kenshin ya estaba a su lado. La joven escupió agua y tosió un poco, sin dejar de abrazarse a sí misma.
-¿Estás bien?.- preguntó Kenshin tratando de tocarla, pero Kaoru, sintiéndose avergonzada, se fue a la orilla en la que había dejado su ropa.
-¿Lleva mucho rato allí?
-Tenía que cuidar que no te pasara nada.- respondió Kenshin mirando hacia el lado.- Pero eres muy inteligente. Temí que te turbaras cuando topaste con la cabeza...-
Atormentada, Kaoru se abrazó a sí misma con más fuerza. ¡La había mirado todo ese rato!
-Pensé que estaría viendo lo de sus peces.
-Picaron apenas te diste la vuelta y los metí en el canasto. No necesitamos más.
Sin importarle mojar su ropa, Kaoru se puso su kimono sin salir del agua. Le costó acomodarlo porque tendía a flotar.
-Debió advertirme que estaba allí.
-¿Y estropearte el momento?
Kenshin no podía decirle a Kaoru que se había quedado anonadado al descubrirla y que no había atinado a hacer otra cosa que seguirla con la mirada. La chica se iba a dar la vuelta para ir hacia la salida, donde unas rocas la ayudarían a elevarse, pero no se sintió capaz de enfrentarlo cuando lo advirtió detrás suyo, quedándose quieta.
Comprendiendo su turbación, Kenshin dio un paso hacia atrás y luego otro.
-Tranquila, Kaoru, no pasa nada. Ahora nos vamos a casa. Está bien.
Con lentitud ella se giró. Aún vestida se cubría el pecho.
-Tú no me estás haciendo las cosas fáciles.- dijo Kenshin con las manos en la cintura, mirándola fijo. Kaoru pudo notar que su voz se oía un poco más ronca de lo usual. Luego él miró hacia el agua.- No debería pero sólo quiero... nada. Olvídalo.
Kenshin cerró los ojos con fuerza y si esperaba con eso borrar la imagen de Kaoru delante de él, sólo consiguió, con lujo de detalles, evocar a la joven que sobre el agua, se le había figurado como la más hermosa y atractiva mariposa que recordaba haber visto. Sacudió la cabeza ante la idea pero sus senos tersos bajo la yukata lo habían llamado a meterse al agua para acariciarla y ya había hecho uso de su fuerza de voluntad para no hacerlo. Quizá por eso ahora se sentía un poco debilitado.
La fría mano de Kaoru alcanzó con delicadeza el mentón masculino y ante el contacto, él levantó la mirada. No debería pensar en eso, se lo había dicho a sí mismo en esos días pero ella cerró el espacio entre ambos y de un plumazo olvidó lo que tenía que recordarse.
-No tengo que ponerle nada fácil. Yo nunca dije que estuviera de acuerdo con eso.
Con su cabello negro flotando en torno a sus hombros, Kaoru se apoyó en el cuerpo de Kenshin con la misma sensación de ligereza que había tenido al flotar y puso sus fríos y temblorosos labios sobre los de él. Pensó que la rechazaría, sin embargo nada de eso pasó. Él estaba cálido, sus labios tibios y suaves la recibieron y sus brazos la aprisionaron. Kenshin la besó de manera firme, sosteniendo su cabeza para evitar que se alejara y a Kaoru no le importaron esas precauciones, porque no se pensaba escapar. La caricia a su boca fue profundizada y poco a poco Kenshin buscó su lengua. Imitándolo, decidida, Kaoru permitió que la encontrara y escuchó como él gemía.
Olvidando el frío y que estaban en el agua, Kaoru acabó de rendirse pasando sus brazos tras el cuello de él y moviéndose, él la apoyó contra el borde, acariciando su espalda. Cuando Kaoru sintió una mano de él pasando sobre un seno y luego presionando ligeramente se sintió descolocada por un momento y antes de pensar en eso, el otro seno también fue cubierto.
No podía decir que le disgutara la forma en que él la frotaba, todo lo contrario. Se preguntaba si podría seguir haciendo eso cuando él presionó su cadera contra la de ella, haciéndola notar algo pero antes de ir más allá, Kenshin dejó lo que hacía y la soltó lentamente, dejando un beso sobre su frente antes de separarse del todo.
-Vamos a casa.-
Con su ritmo cardíaco normalizándose de a poco, Kaoru salió del estanque, siguiéndolo. En el camino estaba la cesta con el pescado que él recogió, tomando con la mano libre una de las de ella.
Llegando a casa se cambiaron de ropa. Asarían el pescado más tarde, pero mientras Kaoru se tomaba un té en el pasillo para temperar su cuerpo, Kenshin puso una banca para sentarse delante de ella y la miró unos momentos antes de hablar.
-Yo digo que no debemos tener una relación y tú insistes con eso.
-Así es.- respondió tranquila, dando un sorbo.
-Entonces supongo que estarás dispuesta a ser mi mujer.
Dicho de esa forma, tan de sopetón, Kaoru no supo qué pensar. Evocó sus risas de la mañana y la paz que podía lograr con sus conversaciones. Si ser su mujer implicaba ser acariciada y besada más lo anterior, le parecía bien. Asintió, aunque un poco insegura por los temas de alcoba que ella desconocía.
-Bien.- dijo el pelirrojo.- Debes estar consciente que si funciona, no dejaré que regreses a tu casa.
Kaoru asintió nuevamente.
-Debes saber que si luego de tener una relación descubro que no me interesas, deberás marcharte, pienses lo que pienses al respecto. De igual modo te cuidaré hasta el tiempo que habíamos acordado.
-Sí.
-Debes saber que si decides marcharte y yo no pienso lo mismo, tendrás que quedarte.
Kaoru comenzó a entender que tener una relación era, al parecer, más complicado de lo que ella pensó.
-Si.
-Debes saber que es muy triste vivir con alguien que no corresponde tus sentimientos y si esto no funciona, esa parte no te gustará.
La joven dejó su taza en el pulido piso de madera y tomó la mano que Kenshin tenía reposando sobre el muslo. Lo miró, con una sonrisa.
-Funcionará. Estoy segura.
Kenshin cubrió la mano femenina con las dos suyas y llevándola a sus labios, puso un beso en ella.
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Molesto, Goro Fujita abandonó los calabozos a la par que encendía un cigarro. Anji se negaba a hablar, a pesar de haber sido privado de alimentos. Si no le hubiera hecho esa estúpida promesa a su mujer sobre no dañar a ningún miembro del orfanato, podría torturarlo para sacarle la información sobre Kenshin Himura. Se estaba aburriendo de ser amable e instruyó a los guardias que a partir de esa noche privarían del sueño al monje. Le gustó la idea y se le ocurrió que también podrían poner en su cabeza una esfera en la que meterían ratones. Eso tampoco debería dejarle un moretón.
Se fue a su despacho a investigar los papeles que le dejó Shinomori. Para haber comenzado hacia una semanas, tenía bastante información que él, que llevaba varios meses intentando convencer a sus superiores que se estaba gestando algo grande. Pudo notar como el nombre de Hoji Sadojima aparecía ligado al asunto de las armas escondidas en esa bodega de Kyoto y recopilando datos le fue fácil comprender que él tenía colaboraciones en algunos negocios pero siempre en esa área. La pareció evidente que su centro de operaciones tenía que estar por ahí, pero aún faltaba determinar el punto exacto para investigar. Por lo mismo, debido a otros asuntillos que Aoshi le reveló sobre Matsusoo Kamiya, Goro le recomendó no acusarlo aún de nada ante la policía.
-Si está en la cárcel cuando llegue el cargamento no podrá coordinarlo y desperdiciaremos una gran oportunidad. Dile a los hijos que no hagan nada que lo meta en un problema y tú guarda la evidencia para secarlo en la cárcel cuando esto termine.
No era un método muy ortodoxo para seguir una investigación, pero era el más rápido para Goro y Aoshi concedió que no era bueno perder tiempo.
Le pareció una buena oportunidad usar las armas que sabía, llegarían a la bodega en los próximos días, como lo que los llevaría al escondite de Hoji. Lo importante era mantener vigiladas las bodegas Kamiya y luego seguir el cargamento cuando fuera movido. Llamó a uno de sus hombres de confianza para que se hiciera cargo de ese operativo y cuando el sol se había escondido regresó a su casa. Tokyo y sus niños lo esperaban.
Debía reconocer que le agradaban los mocosos. La chiquilla, por ejemplo, era muy cortés con él y colaboraba mucho a Tokyo en las labores de limpieza, aligerándole el trabajo. El enano era muy chico aún, pero era gracioso. Se echaba a la boca todo lo que encontraba y daba gusto verlo en la cena comer con verdadero apetito.
Pese al agrado que sentía de llegar a su casa, la cara de Tokyo al saludarlo no le gustó.
-Tenemos que hablar.
-Si es sobre el asunto de Yukuizan, debo reiterarte que no debes meterte en mis asuntos de trabajo.
-Los niños del orfanato vinieron hoy a pedirme que lo liberaras. Él es un hombre recto que no le ha hecho nada a nadie y es imposible que haya cometido algún acto contrario a la ley.
-Ese hombre del que hablas esta encubriendo a un hombre buscado por asesinato y no diré más porque no te incumbe.
-Anji es el hombre que cuidó de nuestros pequeños. Los niños del orfanato lo necesitan, es urgente que regrese. La joven mayor tiene dieciséis años, está a cargo de los demás y la casa está retirada. Al menos el señor Anji imponía respeto por allá. Si no vas a soltarlo, al menos envía a uno de tus hombres para resguardar a los pequeños.
Tokyo tenía razón en su argumento y Goro no vio un motivo para negar lo que le pedía. Ya se encargaría al día siguiente de ese asunto.
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Mientras Goro Fujita disfrutaba de una sopa caliente y de verduras cocidas, Anji Yukuizan mantenía los ojos cerrados, meditando. Su cuerpo estaba debilitado por la falta de alimentos aunque al menos el agua lo mantenía vivo y eso era algo por lo que debía agradecer. Ya saldría de allí. Ya pronto. Por alguna razón no lo estaban torturando y eso que Goro Fujita era implacable, cosa que también tomaba como una señal de ser bendecido.
Empezó a mover sus labios para rezar y un ruido proveniente de alguna parte lo alertó. Sintió el golpe seco de un par de cuerpos al caer y no sólo él, los demás presos que también se pusieron nerviosos con lo que estaba pasando. Escucharon voces y gritos ahogados hasta que escucharon con claridad la reja de acceso al pasillo abrirse, con un chirrido que lejos de alegrarlos, les heló el alma.
Algo estaba pasando. Algo muy malo y se acercaba a ellos.
Pronto pudieron notar a un hombre que se acercaba. Alto y delgado, traía una lámpara un poco más arriba de su cabeza. Usaba un sombrero tan ancho que la sombra que proyectaba sobre su cara no les permitía adivinar sus rasgos y este ser tan particular se detuvo delante de la celda de Anji.
Este no tardó en notar la sangre que goteaba de sus espada. Se repuso como pudo y lo encaró con humildad.
-Dígame, señor.
El hombre se las arregló para sostener la espada y la lámpara con la misma mano, abriendo la celda con una llave y enseñándole sus ojos. Sacó a Anji del lugar y tras una larga caminata, lo escoltó hasta el orfanato. Los niños, felices al escuchar su voz a esas horas de la noche, se levantaron y despertaron unos a otros para saludarlo, pero el invitado que traía no les gustó.
-Sé que ustedes saben de Battousai y quiero que me digan dónde está.- dijo Jinnei cuando los tuvo a todos a la vista. - Si no lo hacen, su amigo la pasará muy mal.
Tsubaki miró espantada la espada que Jinnei desenvainó, con rastros de sangre. Buscó en su mente una manera de sacar a los niños del peligro pero no se le ocurrió nada y al mirar el estado en el que venía Anji, supo que tampoco podía hacer nada. Parecía que apenas podía sostenerse en pie y lucía un poco raro.
-No sabemos de quién habla.- dijo la muchacha, abrazando a uno de los niños. Ls demás se agolparon en torno a sus piernas, salvo Yahiko y Tsubame.
-¿No lo sabes? Supe por ahí que Battousai o Kenshin Himura, como quieras llamarle estuvo por aquí. Mira, chiquilla, me gusta matar, es una de las cosas en las que encuentro placer y esta noche cuatro hombres murieron bajo mi espada. Si no me dicen lo que quiero saber, el que sean niños o mujeres me dará igual y morirán.
-Anji, ¿por qué trajiste a este hombre a casa?
Anji miró a Tsubaki, notando el tono de acusación en su voz, pero no pudo decir nada aunque algunos sonidos salieron de su garganta.
-Además de matar, me entretengo jugando con algunas personas. Debo reconocer que este monje me dio la pelea y me costó hipnotizarlo, pero lo logré. ¿Quieren ver algo divertido? - Miró a Anji a los ojos nuevamente y este de pronto se llevó las manos a la garganta.- Esta es mi técnica favorita. Anji se está ahogando y si quieren salvarlo, díganme lo que saben de Battousai y romperé el hechizo.
Ante la mirada asombrada de todos, Anji comenzó a boquear y a respirar con dificultad, abriendo mucho los ojos y cayendo al piso. Los niños comenzaron a llorar y Yahiko apretó los puños. Anji comenzó a sudar.
Uno de los pequeños corrió a Jinnei para pegarle. Inmisericorde, de una feroz patada éste lo alejó de sí.
-¡Ya, déjalo!- gritó Yahiko.- ¡Te diré lo que sé!
Jinnei ordenó a Anji que lo mirara a los ojos y cumplió su promesa al liberarlo de su hechizo de asfixia. Anji tomó una bocanada de aire y Tsubaki y los niños fueron a ayudarlo a incorporarse o trayéndole agua. Yahiko, muy nervioso, corrió a su habitación a buscar el papel que le había dado Kenshin y no tardó en pasárselo a Jinnei.
El nefasto sujeto les dio las buenas noches con ironía y se retiró.
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A Goro no le gustó lo que vió esa medianoche. Lo habían ido a buscar para que presenciara el desastre. Cuatro efectivos policiales muertos y un prisionero fugado. Por lo que pudo entender cuando los demás detenidos dieron las señas del misterioso visitante, se trataba de un ex compañero de armas muy especial.
Jinnei Udo, un hombre que nunca entró al batallón por un ideal, si no para tener la oportunidad de matar personas. Cuando no tenía "enemigos" que aniquilar, se entretenía matando a sus propios compañeros por lo que fue expulsado del Shinsengumi. Nunca se habían topado, al estar en batallones diferentes, pero sí que había sabido de él. Seguía vivo y no se le ocurría para qué querría llevarse a un preso tan patoso como Anji. Corrió junto a sus hombres al orfanato, esperando ver una masacre pero en realidad estaban todos vivos, aunque los niños con claros rastros de haber llorado.
-Quería saber sobre Battousai.- dijo Anji cansado cuando por protocolo le cazaron las manos en medio de dos tablas, con el fin de llevárselo de vuelta la cárcel.
-¿Entiendes que tu amigo ahora está en verdadero peligro?- dijo Goro con unan voz sedosa.- Habrás notado que ese loco no se anda con chiquitas. Si me dices dónde está Battousai y llegamos antes que él, le salvaremos la vida.
Yahiko se acercó a Goro y le explicó que Kenshin le había dejado un papel con las indicaciones para llegar a su casa, pero que él, que no sabía leer no sabía lo que decía y que ese se lo pasó a Jinnei. Entonces Goro resolvió que Jinnei solía hacerse notar allá a donde iba, de modo que bufando, hizo soltar a Anji. Enviaría una alerta a la policía de la región y de la región aledaña para que le informaran si daban con él.
-Donde se detenga más tiempo es donde está Battousai.- resolvió, aburrido del dichoso orfanato.
Con todo eso en regla se retiró, dejando libre a Anji y luego de la conmoción, todos se fueron a dormir, menos uno.
Yahiko.
El chico no podía dejar de pensar en el loco de Jinnei y en las palabras de Goro. Sentía que había traicionado a Kenshin y debía resolverlo de alguna manera. Fue Tsubame quién lo encontró afuera, al salir a cerrar la puerta cuando los demás dormían.
Renuente, cuando ella le preguntó qué hacía alli, Yahiko le explicó lo que pasaba por su mente.
-Pero no sé cómo puedo avisarle a Kenshin de que ese hombre va para allá. No sé qué decía la nota, Tsubame, de verdad no sé.
La joven, de la misma edad de Yahiko, se sentó a su lado.
-Hace unos días, ordenando, encontré ese papel. Y sé lo que decía.
Tsubame, con su adorable voz repitió el nombre de la región y el pueblo al que debían ir. Una vez allá debían ubicar al doctor Takani.
Yahiko no perdió el tiempo. Corrió a su habitación y cogió una prenda que lo abrigara del frío.
-¿Te quieres ir ahora?
-Es necesario. Ese hombre ya me lleva dos o tres horas de ventaja. ¡Tengo que prevenir a Kenshin!-
Tsubame miró a Yahiko. ¿Desde cuando eran amigos? No lo recordaba, pero por lo mismo, no podía dejarlo solo en eso. Corrió por una capa y sacó algo de la cocina y aunque él reclamó, al final se fueron juntos tras decirle a Gintaro, un pequeño de siete años, que se lo informara a Tsubaki por la mañana, a cambio de lo cual le traerían golosinas y así se marcharon.
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Tras resolver que serían algo así como una pareja, Kenshin no perdió el tiempo y se mudó al cuarto de Kaoru. Era de partida, más espacioso que el suyo y moviendo sus prendas de vestir al armario, quedó instalado. La joven lo veía hacer y a pesar de su seguridad inicial, conforme se acercaba la noche sentía nervios.
Él había hablado de que ella sería su mujer. ¿Tendría que entregarle su cuerpo? No es que no quisiera, pero le parecía muy apresurado y después de todo, nunca hablaron de matrimonio o algo así. Ella más bien entendió que todo eso se trataba de probar.
Cenaron pescado y luego de asearse, Kaoru encontró a Kenshin esperándola en la puerta del dormitorio vistiendo una yukata azul muy cómoda. Ella miró el lecho y empezó a temblar, preguntándose si sería capaz de hacerlo. Un poco tensa se metió en el futón y de inmediato Kenshin hizo lo mismo, acostándose junto a ella. Se incorporó un poco para apagar la luz y al abrazarla notó que no cesaba su temblor.
-Lo... lo siento...- trató de excusarse ella.
-Está bien. No pasará nada que no quieras que pase aún.- dijo él, gentil.- Sólo quiero que sepas que me acostumbré a dormir contigo, que me es grato hacerlo, por eso no esperé a mudarme aquí. Sólo quiero que durmamos, por ahora, como cuando estábamos en el bosque. Como cuando lo hemos hecho... para compartir el calor.
Kaoru pudo entenderlo y se calmó notoriamente. Entonces, confiada, se acomodó contra él, quedando un poco más arriba y apoyando su mentón en la cabeza de cabellos rojizos.
Cobrando vida propia, sus manos comenzaron a acariciar el largo pelo masculino, mientras sus labios dejaban una corona de besos sobre su frente, tan suave a veces que él no estaba seguro de haberlo imaginado o si estaba sucediendo. Con un suspiro Kenshin la abrazó por la cintura, aspirando profundamente el aroma de su cuello y de su pecho y mágicamente aunque muy a su pesar, se quedó dormido.
Con ella, definitivamente el mundo era un lugar más bonito.
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Fin acto diez
"Gente violenta"
Julio 11, 2016.
Notas de autor.
Hum... nada que decir. ¡Que tengan un excelente inicio de semana! Y que en el próximo capi llega Aoshi
