El tiempo y las estaciones fueron pasando y poco a poco la tristeza abandonó los ojos de Kyoko.
Él se muerde las ganas por decirle Kyoko, sin más, dejando el –chan, porque realmente nunca fue su hermanita pequeña. Pero no lo hará… No le dirá nada porque sabe cómo es ella y su sentido de la cortesía. Ah, pero una pequeña victoria: en virtud de su ascenso al nivel de 'amigo' (pero bastante lejos del estatus de Kotonami-san), ella ¡por fin! le tutea. Por su apellido, eso sí.
Yukihito, hombre soltero, le toma afición a la comida del Taisho y con cierta frecuencia puede vérsele cenando en el Darumaya. Él se sienta en una de las mesas del fondo, bastante alejado del trasiego de la zona principal, y trabaja con las ofertas y contratos de sus dos representadas, la oficial y la oficiosa… A veces cena solo, pero otras, si no hay mucha gente, Kyoko se sienta a su mesa y cenan juntos.
Okami-san sonríe con ternura mientras los mira desde el otro lado del restaurante. Al Taisho se le hincha el pecho porque alguien por fin trata a su niña como se merece, con respeto y formalidad, y la hace reír y no llorar. Su mano apretó con fuerza el cuchillo mientras se lamentaba de no haber sabido antes lo de aquel cantante… ¡Jamás le hubiera ofrecido su pescado!
Ella sigue viviendo en su cuartito encima del restaurante. Ya gana lo suficiente para compartir apartamento, pero realmente no quiere irse de allí. Es su refugio, su lugar seguro, donde vive el matrimonio que le brindó un hogar cuando se quedó sola y rota. Y lo único, la única cosa en el mundo que podría tentarla para que lo abandonara sería que su M.A. Moko-san se decidiera a irse a vivir fuera de su casa. Pero ah, su familia es grande (escandalosamente grande) y casi todo lo que gana va para ellos (aunque reniegue y blasfeme). Así que allí sigue… Con su futón, su mesita, su aparador y sus cosas… En el único sitio que puede llamar propio…
Yukihito asiste embelesado a la evolución de Kyoko. La ve transformarse en una joven mujer, más segura de sí misma, y crecer como actriz, con cierto imán para los papeles complejos (aunque quizás —no, sin duda— es ella la que los transforma y les aporta esos matices y sutilezas que encandilan a los espectadores), así que solo es cuestión de tiempo que pase lo que tenía que pasar…
Kyoko-chan se librará de su maldición rosa.
Takarada Lory, tras una serie de conversaciones privadas con la joven, consideró que había llegado el momento para su debut formal. Y una de las ventajas de tan grandioso evento es la asignación de un mánager.
Así que se le acabaron los pretextos a Yashiro Yukihito.
Él no pudo quedarse calladito y pidió una reunión con el presidente de LME. No hizo caso de la selva esmeralda que había brotado en la oficina, ni de los gritos de monos ni de los cantos de aves exóticas. Se abrió paso por entre la frondosa jungla (¿Eso que oyó fue un jaguar?) hasta llegar a Lory, vestido cual explorador, con salacot incluido y calcetines blancos hasta la rodilla.
—Takarada-san, ¿por qué le ha asignado una mánager novata a Mogami-san? —le interpeló Yukihito, ignorando a Natsuko enroscada en su torso. Lory alza una ceja—. Quiero decir, la muchacha es buena, desde luego, pero aún le falta rodaje, y Kyoko-chan necesita más que nunca alguien que la ayude a consolidar su carrera en estos momentos.
—Precisamente por eso, Yashiro-kun… —le responde él, atusándose el bigote con la mano que la boa enamorada le deja libre.
—¿Disculpe? —preguntó Yukihito, frunciendo el ceño por lo críptico de sus palabras.
—Para que aprenda de ti… —aclaró Lory.
—¿De mí? —repitió Yukihito, llevándose la mano abierta al pecho.
—Pues claro… ¿O te crees que no sé lo que haces en tu tiempo libre? —Yashiro se congeló y un escalofrío le recorrió la espalda—. Tengo ojos en todas partes —añadió Lory con tono enigmático—. Así la mánager de Mogami-kun podrá aprender del mejor.
Yukihito por fin reacciona. Ladea la cabeza y se le queda mirando un tanto desconfiado hasta que al final, el asombro se refleja en su rostro.
—Usted nunca da puntadas sin hilo, ¿verdad, señor? —y no es que esperara respuesta. No, porque Takarada Lory siempre tiene un plan…
—Dirijo una empresa, muchacho… —declaró, agitando despreocupadamente la mano en el aire. El jaguar rugió de nuevo—. Aunque a veces parezca que no lo hago…
Y a Yashiro Yukihito no le quedó otra que reconocer que eso que crecía en su pecho era admiración y un renovado respeto hacia Takarada Lory.
Un paseo por el parque, una salida a un cine o a un matsuri…
No son citas. Casi, pero no lo son. A veces quisiera engañarse, pero Yukihito es un hombre que se rige por datos, números, fechas… Sí, tiene un corazón de fanboy enamorado y le gusta un buen romance, eso es innegable, pero…
Pero no puede evitar soñar cuando escucha su risa de plata porque ha conseguido sacar al pececito del estanque o ve el brillo en sus ojos ante el puesto de dulces. Dango, taiyaki, daifuku… Y más allá, en aquel otro puesto, ¡takoyaki!
Caminan juntos, comiendo y admirando la decoración de la feria, todo luces y color. Kyoko luce el yukata tradicional para las fiestas de verano, con el pelo recogido y adornado con flores y mariposas. Yukihito tiene que hacer un esfuerzo consciente para centrarse en no tropezar con la gente y dejar de mirarla.
—Yashiro-san… —dijo ella, mirando la última bola, la verde, de su dango.
—Dime, Kyoko-chan…
—Hum… Sé que es una pregunta muy personal, pero… —y calló, ligeramente ruborizada por su atrevimiento.
—Sabes que puedes preguntarme lo que quieras, Kyoko-chan…
Ella suspiró y lo miró. Siguieron caminando. Y a pesar de las voces, de los gritos infantiles, del bullicio festivo, él la escuchó perfectamente.
—Me preguntaba por qué no se te conocen novias —dijo de carrerilla, tiñéndose aún más sus mejillas.
A él le vuelan mariposas en el pecho antes de robarle una mirada. No hay ninguna clase de interés oculto en su voz ni en sus ojos. Tan solo curiosidad. Así que las mariposas mueren apenas habiendo alzado el vuelo…
—¿Bromeas? —él trata que su tono sea ligero, divertido. Que no se note el agujero de la decepción donde antes volaron las mariposas—. ¿Estando junto a Ren? —negó con la cabeza —. Día tras día, año tras año... Las mujeres nunca me vieron... —soltó una carcajada—. Ya conoces el dicho: las comparaciones son odiosas. Aunque a mí ni siquiera me comparaban… Junto a Ren, yo, simplemente, no existía…
—¿Y ahora que él no está? —pregunta ella, con la cabeza ladeada y las cejas fruncidas con curiosidad.
—Ahora solo hay una mujer que quiero que me vea... —respondió él.
Ella se ruborizó. De nuevo.
