Cuando bajamos de la noria me encuentro un poco mareada. Peeta debe notarlo, y agarra mi cadera firmemente para que no me caiga.
-Y ahora…-dice Peeta
-¿Es que hay más?-pregunto yo, riendo y con tono asombrado.
-En realidad no, ahora…creo que es hora de explorar.-dice él con una sonrisa misteriosa.
Así lo hacemos. La noria es sólo una pequeña parte del lugar en el que nos encontramos. Según Peeta, se llama "feria". Los ciudadanos del Capitolio vienen aquí en sus días libres a pasar el rato y a montar en atracciones. Según veo, la "noria" es de las más suaves. Peeta se ofrece a montar conmigo, en algo terrorífico que se llama "montaña rusa", pero yo me niego. Ya he tenido demasiadas emociones fuertes por hoy. Elegimos emociones algo menos ligeras. Por ejemplo, jugamos a los "sinsajitos", un juego que consiste en disparar réplicas de sinsajo con una escopeta de juguete. Si ganas, te dan peluches. Gracias a mi puntería, consigo dos peluches, uno con forma de oveja y otro con forma de perro. Ya no me hará falta comprarle regalos a Prim del Capitolio, esto le encantará.
-Enhorabuena, señorita Everdeen.-dice Peeta, admirando los dos peluches.-Sin embargo… creo que yo puedo hacerlo mejor.
No puedo evitar soltar una carcajada.
-¡Oh, vamos! ¿Tú? ¿Armas? ¿Puntería?
-Verás.
Peeta compra otra partida, y sorprendentemente, consigue un perro de peluche. Cuando lo va a aceptar, cuando ya casi lo tiene en la mano, el hombre del vendedor repentinamente quita el peluche del alcance de la mano de Peeta.
-¿Sabéis qué?-nos pregunta.-Creo que no os merecéis un perro de peluche.-afirma, mientras sonríe enigmáticamente.-Esperad aquí, enseguida vuelvo.
Peeta me mira arqueando las cejas y yo encojo los hombros. Al rato, el señor del puesto viene con una caja de tamaño mediano con un lazo rosa atado. Parece bastante contento. Saca la cámara de fotos, y le da la caja a Peeta.
Peeta la agradece. Se ha formado un coro de curiosos a nuestro alrededor, y la expectación por parte de todo el mundo crece. Peeta abre la caja, y deja ver a todo el mundo un cachorrillo de apenas dos meses, de color marrón suave y blanco crema. Tiene los ojos azul oscuro, y menea la cola. Se ve que está muy contento. Peeta tiene una amplia sonrisa dibujada en la cara, y sé que es verdadera. No lo está haciendo por caer bien, está feliz, feliz de verdad. Muchas veces antes de los juegos, me contaba cómo le encantaban los animales y cómo sus padres nunca le habían dejado tener uno. El dueño del puesto de disparo nos dice que su perrilla acaba de dar a luz muchos cachorrillos, y que quería que nos quedáramos uno.
Mucha gente se emociona y ve el cachorro como un adelanto de un futuro bebé. Me quito la idea de la cabeza inmediatamente y sonrío, acariciando al cachorro. La verdad es que las mascotas no me entusiasman demasiado, véase Buttercup, que ya estaría hecho sopa si no fuera por Prim. Pero finjo amar mi nuevo cachorro y estar super emocionada. Nos prestan una correa, y ahora somos tres los que vamos explorando, Peeta, el cachorro y yo. Ahora mismo parece que Peeta le presta más atención al cachorro que a mí, pero no me molesta. Con los globos y los fuegos artificiales estoy más que servida.
A medida que avanzamos, jugamos a más juegos, y Peeta y yo compartimos algo delicioso que se llama "algodón de azúcar". Es de lo mejor que he probado desde que he llegado aquí. Cuando estoy a punto de sugerir volver al centro, se empieza a oír una melodía. Una melodía alegre y rítmica, pero no es tradicional. Tiene sonidos electrónicos, y muchos más instrumentos de los que mi oído puede reconocer. Peeta me hace un gesto con la cara, y yo asiento. Los dos estamos de acuerdo en ir a averiguar qué es este sonido.
Caminamos y llegamos al otro lado de la feria. Una chica del Capitolio, totalmente conjuntada de amarillo, está subida al escenario cantando esa canción. Después de esa van otras, y después otras, y la gente baila y baila. No se cansan. De verdad se están divirtiendo. Se ve que este es el concepto de música en el Capitolio, aunque la verdad es que no me desagrada. Peeta desaparece un momento y le sigo con la mirada. Va al puesto de bebidas y le pregunta a la camarera que lo dirige si se puede quedar con el perrito. Ella asiente y sonríe. A continuación, Peeta se da cuenta de que lo estoy mirando, así que mientras se acerca lentamente empieza a bailar sensualmente al ritmo de la música. Sus movimientos son tan ridículos que no puedo parar de reírme, y a veces, tengo que apartar la mirada, porque simplemente verlo me da vergüenza ajena. Hay que admitir que el chico no tiene grandes dotes de bailarín. El también se parte de risa. Cuando llega, hace una reverencia, y me pregunta si le concedo este baile.
-En absoluto.-contesto riendo yo.- ¡De ninguna manera!
-Bobadas.-dice él, y me coge bruscamente de la cadera y me arrastra hasta la pista de baile. Él empieza a bailar enfrente de mí, y cada movimiento es más ridículo y divertido que él anterior. Tanto es así, que acaba dándose palmaditas en su propio trasero. Yo no puedo reír más. Al final, me contagia y yo también acabo bailando. Somos el centro de atención, y la gente forma un círculo a nuestro alrededor. Todo es así, hasta que el repertorio cambia, y las canciones se transforman en lentas y melódicas. Peeta se calma, deja de bailar, y de nuevo hace una reverencia, coge mi mano, la besa, y me pregunta si le concedo este baile.
-¿Qué remedio?-pregunto yo con tono divertido.
Peeta pone los brazos sobre mi espalda y me acerca a él. Estamos solamente a unos centímetros de distancia. Siento su respiración, y la mía se funde con la suya, formando una sola. Yo siento que voy a besarle en cualquier momento, y la verdad, es que no quiero hacerlo cuando todo el mundo nos mira. Se supone que tiene que ser un momento privado, ¿no? Por tanto, aparto mis ojos de sus ojos de color azul profundo y apoyo mi cabeza en su hombro, mientras los dos giramos al compás de la canción. El acaricia mi pelo y me da besitos suaves en la cabeza.
Cuando acaba la canción, la cantante anuncia que la canción que cantará ahora será la última del concierto. La gente nos presta menos atención, y la chica empieza a cantar la última. Al igual que las primeras, es una melodía rítmica que te invita a bailar hasta el amanecer. La letra de la canción habla de la sensación de estar enamorado y de ser joven. De la emoción y alegría inmensa que se siente. En el último estribillo, no puedo darle un golpecito en el hombro a Peeta para que me preste atención. Todo el público se vuelve loco con el último estribillo, salta, baila, canta y grita. Yo me acerco a Peeta, le acaricio suavemente la nuca y me acerco lentamente a sus labios, hasta que se rozan. En el momento en el que se rozan, no puedo evitar sentir ese frenesí del que habla la canción, y empiezo a besar a Peeta como si jamás le pudiera volver a besar. Es un beso apasionado y reconfortante, y hace que absolutamente todo mi cuerpo se revolucione. Cuando nos separamos tan solo unos centímetros, Peeta me agarra de nuevo de la cadera y me devuelve el beso. Sé que él también está sintiendo lo que dice la canción, y tener a tantísima gente bailando y saltando, mientras nos besamos es indescriptible. Cuando acaba ese beso quiero más, quiero aferrarme a sus brazos, pero la canción acaba y el público estalla en aplausos. Los dos nos reímos tímidamente y evitamos mirarnos directamente a la cara. De todas las veces que he besado a Peeta Mellark, esta ha sido definitivamente, la más reconfortante y agradable. Aplaudimos a la cantante como todos los demás, y después nos hacemos una foto con ella.
Recogemos a nuestro cachorro y los dos decidimos que es hora de volver al centro de entrenamiento, han pasado ya algo más de un par de horas desde media noche. Peeta hace una llamada y un aerodeslizador nos viene a recoger. No tardamos más de cinco minutos en llegar al Centro. Durante el viaje, los dos estamos rendidos y no hablamos demasiado. Peeta acaricia al perro.
-¿Sabes a quién se lo podríamos regalar?
-¿A quién?-pregunto yo con voz cansada.
-Se lo podríamos regalar a Haymitch…tú ya estás harta de Buttercup, mi madre sigue sin querer animales en casa, y a Haymitch no le vendría nada mal algo de compañía, ¿no? Así tú y yo podríamos ver a este campeón todos los días.
-Me parece bien.-La verdad es que aún no sé qué quiero hacer con el perro, pero estoy demasiado cansada para discutirlo.
Cuando llegamos al centro, tal y como esperaba, todo el mundo se ha ido dormir.
-Bueno…-dice Peeta.-¿Qué…q-qué tal lo has pasado?-me pregunta sin mirarme directamente a la cara.
-Ha sido un día perfecto, Peeta. De verdad has hecho que…que me olvide de todo esto.-digo yo, señalando a nuestro alrededor.
-Ese era mi propósito.-dice, con una sombra de una sonrisa en la cara.-Me alegro de que lo hayas pasado bien.
Yo, a modo de respuesta, cojo su mano y acaricio sus dedos con mi pulgar. Él, por fin, sonríe, y yo le devuelvo la sonrisa.
-Buenas noches, Katniss.-dice él, soltando suavemente mi mano.
-Buenas noches.-contesto yo.
A continuación, él camina hacia el pasillo de la derecha, hacia su habitación.
-¡Peeta!-digo yo antes de que se aleje demasiado.-Gracias. Gracias de verdad.
-Gracias a ti, Katniss.-dice él, sonriendo ligeramente, mientras cierra la puerta de su habitación.
Yo tomo un vaso de leche fría y me dirijo a la mía también. Me tumbo en la cama, agotada, y me pierdo en el recuerdo de nuestro beso, de nuestro apasionado y perfecto beso, mientras una canción de fondo describía perfectamente lo que sentía en ese momento y lo que siento en estos instantes por el Chico del Pan.
