James llegó a Cabeza De Puerco para encontrarse con Elizabeth tal y como habían quedado, pero cuando entró al lugar y echó un vistazo vio que no estaba.
Pensando que no había llegado, pidió un chocolate caliente, pues en Octubre el frío empezaba a llegar a Hogsmeade y alrededores y se sentó en una mesa cerca de la puerta para que cuando ella entrase le viese.
Estuvo esperando cerca de una hora y cuando vio que no aparecía pensó que tal vez se le había olvidado que habían quedado allí, por lo que decidió marcharse.
Salió a la calle poniéndose el abrigo y se ató los botones hasta arriba. "Definitivamente el invierno está llegando" pensó mientras metía las manos en los bolsillos. Miró hacia los lados de la calle y vio que aún había parejas paseando, gente entrando a tiendas como Honeyduks y Zonko por lo que decidió que era pronto para volver a Hogwarts y resolvió que un paseo por el pueblo antes de volver no le vendría mal.
Casi nunca tenía tiempo para estar un rato a solas y poner en orden sus pensamientos y tal y como estaban las cosas en ese momento lo necesitaba más que nunca. Estaba muy confundido respecto a lo que sentía. Sabía que Elizabeth le gustaba, si no no estaría saliendo con ella pero no podía evitar la atracción que sentía por Lily.
Entre pensamiento y pensamiento se fue alejando del pueblo y al darse cuenta decidió seguir hacia adelante y llegar a La Casa De Los Gritos. Gracias a las leyendas que se contaban, poca gente se acercaba y era el lugar perfecto para estar solo y para pensar. Tanto él como el resto de Los Meodeadores iban allí todos los meses cuando había luna llena para hacer compañía a Remus cuando se transformaba en lobo. Ellos eran los únicos que la usaban.
Según se iba acercando a la casa comenzó a escuchar gritos de auxilio, por lo que echó a correr y cuando llegó hasta allí se quedó estupefacto ante lo que vio. Lily sentada en el suelo agarrando el tobillo en el que se había hecho daño al caer.
-¡Lily! Qué haces aquí? - Preguntó James mientras se arrodillaba a su lado.
-James ¡Gracias a Dios! Ayúdame por favor. Me duele mucho el tobillo, no puedo ponerme de pie.
James se levantó del suelo y le tendió la mano para ayudarla a levantarse pero cuando la pelirroja se puso en pie se tambaleó, se hubiera caído si James no la hubiera estado sujetando, y se quejó del dolor.
-Es inútil es James, no puedo apoyar el pie porque me duele mucho – Se quejó Lily.
James cogió a Lily en brazos y ésta se sorprendió
-James ¿Qué haces?
-En primer lugar, pelirroja no puedes andar. En segundo estás muerta de frío y yo estoy parecido y en tercer lugar, quiero que me cuentes qué ha pasado antes de que nos vayamos a ninguna parte.
Tras éstas palabras, el chico echó a andar hacia la casa llevando a la pelirroja en brazos y no la soltó hasta que una vez dentro de la casa la sentó en un sofá viejo y raído y se sentó a su lado.
-Ahora que ya hemos resulto un poco la cuestión del frío quiero que me cuentes lo que ha pasado – Dijo James mirándola fijamente.
-Quería dar una vuelta después de comprar los libros y escuché a unos chicos que iban delante de mí hablar sobre La Casa De Los Gritos. Me pareció interesante y decidí venir a verla. Solo me quedaba éste lugar por conocer – Mintió Lily. No quería contarle lo que recordaba que había pasado un rato antes de que él la encontrase tirada en la calle.
-No sé porque me parece que no estás siendo sincera, Lily – Opinó James con el ceño fruncido.
-¿Por qué tendría que mentirte?
-Eso me pregunto yo. Lily, te conozco desde hace más de un mes y puede que no sea el tiempo suficiente para conocer a alguien del todo bien, pero creo que yo te conozco suficiente y algo me dice que no estás siendo sincera.
Puesto que Lily se quedó callada sin ninguna intención de responder James continúo haciéndole preguntas.
-¿Qué hacías en el suelo?
-Pisé mal y me torcí el tobillo. Me caí – Dijo Lily pensando que por lo menos aquello era verdad.
-Todos estábamos inquietos al ver que tardabas en ir a Las Tres Escobas y al final pensamos que te habías ido al castillo. Si querías ver La Casa De Los gritos podrías haber ido donde estábamos y haber avisado.
-Tienes razón, lo siento – Dijo Lily mirándole a los ojos.
-¿Crees que se arregla con un "lo siento"? - Explotó James – Lily, casi nadie viene nunca por aquí debido a las historias que se cuentan. Si no llego a venir yo no sé qué hubiera pasado. ¡Tú no podrías haberte movido de aquí porque no puedes andar!
Lily al principio bajó la cabeza sintiéndose culpable pero después decidió que ella era Lily Evans, una chica que no se dejaba amedrentar ni pisar por nadie por lo que levantó la cabeza y retándole a James con la mirada le contestó
-Sé perfectamente que no puedo andar, James. Soy muy consciente de ello y respecto a lo otro que me recriminas, no era mi intención preocupar a nadie pero yo soy dueña de mi vida y puedo hacer lo que me de la gana.
James se quedó atónita ante la respuesta de Lily pero ya no quería discutir más con ella por lo que le preguntó si quería volver ya al colegio y ella le dijo que sí.
Volvió a cogerla en brazos y no la soltó hasta que subieron al carruaje que les llevó de vuelta a Hogwarts.
El trayecto fue tenso, estaban solos en el carruaje y ninguno de los dos decía una palabra, ninguno de los dos abría la boca.
Cuando llegaron a Hogwarts James la llevó a la enfermería, la dejó sobre una camilla mientras Madame Pomffrey se levantaba del sillón en el que estaba sentada leyendo el periódico.
-Señorita Evans ¿Qué ha pasado? - Pregunto Madame Pomffrey cuanto llegó a su lado.
-Me he caído y me he torcido el tobillo.
-No es grave ¿verdad? -Preguntó James.
-No se preocupe señor Potter. Lo más probable es que se haya hecho un esguince. No lo tome a mal pero le pido por favor que se retire, me gustaría atender a la señorita estando solas ella y yo.
-Está bien – Dijo James mirando a la señora Pomffrey. Después dirigió su mirada hacia Lily – ¿Quieres que avise a tus amigas de que estás aquí?
-Sí, por favor. Deben estar preocupadas desde que llegaron y supieron que no había llegado al castillo aún.
James asintió y salio de la enfermería dejando solas a ambas mujeres.
Después de examinar el tobillo de Lily, Pomffrey le diagnosticó una rotura leve del tobillo y le dio un vaso lleno de un líquido que restauraba los huesos en un tiempo máximo de tres horas.
Alice y Mary bajaron a la enfermería inmediatamente después de que James les contó lo sucedido y llegaron justo a tiempo para ayudar a la señora Pomffrey a subir a Lily a su habitación tumbada en una camilla.
Cuando llegaron a la habitación ayudaron a Lily a pasarse de la camilla a su cama y Madame Pomffrey les dio las buenas noches para después salir de la habitación y devolver la camilla a la enfermería.
-¡Menos mal que estás bien amiga! Estábamos preocupadísimas por ti – dijo Mary mientras abrazaba a Lily.
-Te hemos buscado por todo el castillo, no nos quedaba ni un rincón más por el que mirar – Dijo Alice mientras se sentaba en la cama de su amiga, así como había hecho Mary pocos minutos antes.
-¿Que pasó? - Preguntó Mary.
Lily les contó que al salir de la biblioteca no recordaba el nombre de la taberna en la que dijeron que iba a estar por lo que entró a una y no las encontró. Les dijo que después de eso no recordaba cómo había llegado a La Casa De Los Gritos y que al irse de allí se calló al suelo, se torció el pie y se dio cuenta de que sola no podría salir de allí.
-¿Quieres decir que has sufrido ausencias? Que no recuerdas cómo llegaste hasta La Casa De Los Gritos? - Preguntó Alice.
Lily asintió con la cabeza.
-¿Pero hay algo que no nos estás contando verdad? Tal vez no recuerdas cómo llegaste pero algo me dice que sí recuerdas lo que pasó dentro.
-Así es – Dijo Lily – No se lo he contado a James por temor a que no me creyese pero cuando estaba en La Casa De Los Gritos sentí que alguien me empujaba, caí al suelo y luego una voz que no se de dónde venía me advirtió que me alejase de James. No recuerdo que hubiera alguien más allí.
-Sé que hay leyendas sobre esa casa pero francamente no creo que fuera un fantasma... algo raro ha sucedido. Tal vez alguien te haya hechizado – Dijo Mary.
-Yo creo que deberías contárselo a James – opinó Alice.
-Yo también lo creo – Dijo Mary.
