Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.

Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekaz Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.

Disclaimer 2: Im Hyung Soo (Corea del Norte) pertenece a la artista coreana-estadounidense Lo-Wah. No es mi intención tergiversar su creación o destinarla a un uso lucrativo o poco moral: ¡Amo su concepto del personaje! Por eso lo usaré para este fanfic.


.:X:.

"Todo el Mundo Bajo un Mismo Cielo"[1]

Desde que Kiku se auto-proclamó benefactor sustituto del derrotado Yao, Yong Soo y Hyung supieron que su situación de "relativa independencia" no duraría mucho como tal. No con la aparición de nuevos "depredadores" –mucho más grandes y poderosos- en el escenario mundial que amenazaban con arrebatarle a Japón sus nuevas posesiones territoriales.

Los líderes nipones se verían en la obligación de iniciar pronto nuevas instancias de negociación y lucha contra los zares del Imperio Ruso, que al igual que otras potencias europeas y la asiática, buscaban también tomar una porción del anhelado tesoro en el Este del Viejo Mundo.

— Oh, fantástico— comentó ácidamente Yong Soo, un día en que, según lo que decían los informes del Imperio del Sol Naciente, Kiku se reuniría con un tal "Iván Braginsky" para discutir la posición de Corea, Manchuria y ciertos territorios de China en el asunto — Otro idiota que nos quiere como sus esclavos.

— Podría no ser tan malo, Yong Soo.

— ¿Fingiendo ser optimista de nuevo, Hyung?

— Mientras más ocupado esté Honda en sus asuntos de guerra, menos tiempo tendrá para vigilarnos— indicó el mayor de los mellizos — Me parece un buen momento para iniciar una revuelta en su contra.

— ¡Roguemos porque el tal Braginsky ponga a ese abusivo en su lugar-daze…!— luego de un segundo de meditación, el menor agregó: — Oh, bueno… y que en lo posible, ambos queden tan mal parados que no tengan más opción que desistir de conquistar Joseon… ¡Podría ser una vía alternativa hacia la libertad!


Corría 1904 cuando las ambiciones imperialistas de Rusia y Japón convergieron en un mismo territorio.

Rusia buscaba establecer un puerto cuyas aguas no se congelaran en invierno, y poder así mantener comercio activo durante todo el año. Una opción era Port Arthur, localizado en China. Pero para un mayor control sobre esta zona, Rusia debía deshacerse de la amenaza que, tras derrotar a China, rondaba su pequeño dominio.

Además, si triunfaba, podría también establecer su influencia en la Península de Corea, y con ello desplazar a Japón del escenario mundial, obligándolo a replegarse de vuelta en sus territorios insulares.

A la expectativa de que alguien pudiese arrebatarle lo que tanto trabajo le había costado a Japón conseguir, este se colocó –nuevamente- en pie de guerra…

esta vez, contra Rusia.


— Honda no tiene oportunidad— había dicho una vez, muy esperanzado, Hyung — Por lo que he sabido de boca de Aniki y por nuestra propia experiencia, Rusia es una nación de cuidado. Una potencia occidental, con un ejército fuerte y bien armado. El Imperio más grande del mundo.

— Si pudiese dejar lo bastante malherido a Honda y a sus hombres, Aniki lograría recuperar lo que le quitó, y nosotros solo tendríamos que preocuparnos de un sujeto fatigado por la lucha— le secundó Yong Soo — Pero… ¿Qué tal crees que sea ese Braginsky? A mí no me da tanta confianza-daze.

— Pues a mí me parece un buen hombre— contestó el joven de trenza, encogiendo los hombros con un dejo de conformismo.

— A ti todo aquél que le haga frente a Honda te parece un "buen hombre" — bromeó Yong Soo — Si me lo preguntas…. No parece tan malo, pero hay algo que me inquieta de él… ¡No sé, me da escalofríos-daze! ¿Y si le gana a Honda, pero es tan malo como él…? ¡O incluso, podría ser peor que Honda!

— Nadie puede ser peor que Honda— escupió desdeñosamente su hermano. Cuando la visión de Yao siendo brutalmente acabado por el samurái acudió a su memoria, Hyung hubo de sacudir la cabeza y forzarse a pensar en otra cosa — Esperemos. Es lo único que podemos hacer.

— Esperar. Y rogar porque esta pesadilla se acabe pronto.


En gran parte, las batallas fueron navales. Japón contaba con varias bases logísticas desplegadas por el Mar Amarillo, y estaba dotado de unidades acorazadas, destructores y torpederos.

Por su parte, Rusia contaba con un arsenal mucho mayor (aunque desplegado en tres frentes, siendo el situado en el extremo oriental una unidad menos armada que las del Báltico o el Mar Negro) y tenía, además, una leve ventaja numérica por sobre Japón.

A primera vista, se pronosticaba que Rusia vencería a Japón, y frenaría su avance territorial por Asia (lo que era un gran alivio para los países amenazados por esta expansión).

Sin embargo, la actuación de Japón fue una gran sorpresa para el mundo entero.

¡Consiguió derrotar a Rusia!


Quedaba más que claro que Kiku protegería a toda costa los intereses de sus líderes. Quizás fuera esa inquebrantable lealtad hacia las autoridades imperiales la que despertaba en él esa faceta guerrera tan aterradora; sumado a la mala decisión de Rusia de subestimar a la nación asiática, y mofarse de la incómoda situación en la que se había envuelto por interceder en los intereses de un país, en apariencia, mucho más poderoso.

— ¡Oh, pero qué pequeñito eres! Me daría tanta pena quebrar ese escuálido cuerpo tuvo, pero no me has dejado otra alternativa, Kiku— se lamentó falsamente Iván en una infantil risita, cuando las flotas de ambos países se encontraron, por primera vez en el Mar Amarillo— Procura hacerlo divertido y dar lo mejor de ti ¿Da?

Sí que Braginsky se veía muy confiado.

Fue esa misma altanería lo que, seguramente, le costó su humillante derrota contra las fuerzas niponas.

Al mando de militares mediocres e indisciplinados, y con una armada –aunque poderosa- mal dirigida, estratégicamente desubicada y anticuada, no había mucho por hacer.

Un año más tarde, con la firma de los tratados que pusieron fin al conflicto, vinieron las lamentaciones.

— Es lo que pasa cuando tienes un gobierno ineficiente y corrupto— gruñó por lo bajo el ruso mientras se alejaba, cuando creyó que nadie podía oírlo — Cosas como esta me muestran que ya la dinastía de zares que gobiernan mi país no son tan eficientes como antes… ¡Sería tan tragicómico que un día de estos, de mera casualidad, estallara una revolución en su contra…!

Pese a que por dentro debía estar totalmente derrumbado, lo que menos hacía Iván en ese instante era mostrarse afectado por la humillación. Conservaba, para extrañeza de su rival y quienes lo habían observado todo, casi inmutable su eterna sonrisa de niño bueno.

— ¿Cómo es que este sujeto puede tomárselo con tan buen sentido del humor…? ¡Los japoneses acaban de dejarlo como un idiota…!— comentó abrumado Yong Soo a su mellizo. Habían estado espiando fuera de la oficina de Honda, un día en que habían tenido que ir a Japón a rendir las correspondientes cuentas de sus negocios.

— Tomará venganza ¡Ya lo verás! — las esperanzas de Hyung se habían derrumbado casi por completo, pero se negaba a aceptar que su candidato a ganador hubiese dado una muestra tan paupérrima de su capacidad militar — Seguro que Rusia volverá con aún más armas y barrerá con la tropa japonesa…

— Hyung… SUPÉRALO.

— ¡No…!

En eso, el ruido de los pasos de Kiku aproximándose hacia la puerta de su despacho lograron intranquilizar de tal modo a los mellizos, que ambos dieron traspiés y chocaron entre ellos y con la pared en un vano intento por disimular la inconveniente situación en que se encontraban. Kiku no le dio demasiada importancia cuando los vio sospechosamente cerca de su oficina. Por el contrario, pareció alegrarse de hacerlo.

— Qué oportuno. Justamente quería hablar con ustedes, jóvenes. Si son tan amables…— indicó con la mano el interior de su despacho.

Yong Soo y Hyung compartieron una mirada atónita, y titubeantes, se internaron en la oficina del nipón. Odiaban admitirlo. Pero el lugar, aunque austeramente decorado, era ciertamente elegante y acogedor, y revelaba que Honda tenía un muy buen gusto en lo que respectaba al arte. Y por supuesto, a recordar con varios trofeos de batalla sus recientes triunfos militares.

Su nueva adquisición era una medalla –seguramente, antes habría estado en la gabardina de Braginsky- que brillaba en el pecho de su impecable uniforme negro.

El japonés tomó asiento del lado del escritorio donde solo había un asiento. A falta de más sillas, los mellizos se situaron de pie, en el otro flanco de la mesa, frente a Honda.

— Una tragedia lo de Braginsky-san ¿No creen?

— ¿Uh?

— Que sus jefes hayan enviado a morir a tanta gente a una batalla en un sitio desconocido e inhóspito como este… — explicó Kiku, mostrando, quizás por primera vez, cierto asomo de culpa — No sé si sabrán lo mala que se ha vuelto la situación en Rusia últimamente. Esa gente no necesita ir a la guerra. Suficiente tienen ya con el hambre, las injusticias y la pobreza…

Un gruñido fue lo único que recibió como respuesta. No supo distinguir de parte de cuál de los dos coreanos provino.

— Me recordó un poco al desesperado intento de Wang-san de hacernos frente hace tan solo unos años— algo malicioso brilló en los ojos del japonés — En su lugar, hubiese considerado pedir a sus jefes algo más de compasión por una población ya devastada por la guerra. Está bien que pretendan proteger ciertos intereses nacionales… pero eso ya era crueldad.

A Yong Soo le pareció que Kiku era un pésimo mentiroso. Se veía tan falso dando ese discurso de compasión acerca de Yao. Él –y seguramente, también su hermano- no había visto ni una pizca de clemencia de su parte. Es más. Se había esmerado en ser especialmente duro con el chino. Entonces ¿A qué venía esa descarada charla de falsa misericordia?

"Sabes que no piensa nada de eso ¿Cierto?", se respondió el menor, mentalmente. "Únicamente está diciendo lo que parece políticamente correcto. Más, en verdad, está tan lleno de escoria como yo lo estoy de indignación".

— No quiero sonar grosero, Honda — dijo Yong Soo — Pero ¿A qué quieres llegar con esto?

Kiku permaneció en silencio un buen rato, como si mentalmente, hubiese adelantado su discurso hasta llegar a la parte realmente importante de él. Luego, volvió a hablar.

— A lo que voy, joven Yong Soo, es que como representante de mi país estoy en la obligación de defender los intereses de mi jefe. No puedo seguir sosteniendo ilimitadamente más batallas como esta, y es tiempo de que tome las medidas necesarias.

¡Oh, de nuevo las "medidas" de las que tanto hablaba…!

— Agradecería que fueras menos ambiguo.

— Tengo que asegurar que mi país tiene absoluto control sobre sus posesiones en el resto del continente, para una mejor gestión y defensa en caso de que aparezcan nuevamente enemigos como Wang-san o Braginsky-san— explicó Kiku, tan tranquilo como siempre — Me veo en la obligación de aumentar la presencia de mis hombres en sus tierras, y de llevármelos a ustedes dos conmigo. A mi casa. En Japón.

— ¡Ni pensarlo…!— respondió el menor de los presentes, casi en automático — ¡No puedes hacernos eso! ¿Sabes que será la perdición de Joseon, cierto? ¡Sin nosotros allí, nuestros jefes no sabrán qué hacer con la población local! ¡Nuestra unidad va a fragmentarse! ¡E, irremediablemente, la dinastía caerá en el presa de su peor crisis a lo largo de su historia! ¡Será un absoluto fiasco…!

Al notar que su voz indignada era lo único que sonaba en la habitación, pronto su determinación flaqueó, y a cada palabra que emitía su tono iba haciéndose menos agresivo. Pronto, calló; sorprendido de que en ningún momento Hyung se hubiese pronunciado para prestarle apoyo. Yong Soo miró a su mellizo de reojo. Si bien era cierto que había sido apenas un segundo de claridad, antes de volver a enfocar nuevamente sus ojos en Kiku, le pareció ver que su hermano tenía una expresión confundida y aterrada, y que su boca entreabierta luchaba por lograr decir algo en medio del temblor de los labios.

Sin embargo, las palabras no salieron, y Yong Soo se vio sumido en un incómodo silencio hasta que Honda consideró prudente contestar a su refutación.

— Preparen sus cosas. Iré por ustedes durante esta semana.


De vuelta en su morada en la capital coreana, Hyung pareció recobrar el habla. Aún estaba muy pálido y sudaba en frío, pero se le veía más compuesto que en el despacho de Honda. Yong Soo no tardó en exigirle explicaciones.

— ¿Se puede saber qué fue eso, Hyung?

— ¿… Qué?

— ¡No dijiste absolutamente nada! — reprendió el menor, de repente, con tono enfadado. Encaró a su mellizo con el entrecejo fruncido y los ojos ardiendo en una suerte de cólera que a ratos mostraba atisbos de decepción, como si su hermano lo hubiese traicionado de la peor manera posible — ¡Hubiese esperado un poco más de tu apoyo cuando trataba de convencer a Honda que su idea de llevarnos a Japón era pésima! ¡Pero no! ¡Te quedaste callado, y me lo dejaste todo a mí! ¡Traté de defender nuestro derecho y la libertad de nuestro reino, pero quedé en ridículo solo gracias a que tú temblabas como un perro asustado y no me apoyaste…! ¿Qué te sucedió?

Repentinamente, la voz de su hermano volvía a ser apacible. Ahora sonaba triste.

— Te juro que iba a decir algo— respondió Hyung, ofendido. Era como si la mirada de su hermano le quemara. Tenía los ojos fijos en el suelo, y caminaba en círculos en torno a la mesita del comedor, como si tratara de huir de Yong Soo.

— ¿Por qué no lo hiciste?

— No lo sé.

— ¿Cómo no lo sabes…? ¿Y qué era esa cara de espanto, si puedo saberlo?

— No lo sé.

— ¡¿Cómo no lo sabes…?!— Yong Soo comenzó a exasperarse. Se adelantó un par de pasos hasta quedar nuevamente frente a Hyung, que todavía sin mirarlo, trató en vano de evitarlo cambiando de dirección. El menor le afirmó ambas muñecas con las manos, impidiéndole moverse — ¡Es el colmo! ¡Nunca te había visto así antes!

— ¡Suéltame…!— pidió el mayor con la voz quebrada por lo que a Yong Soo le pareció –si sus oídos no le engañaban- era un llanto forzosamente ahogado.

— ¡Solías ser honesto y directo cuando se trataba de Honda! ¡Siempre cuidadoso de no hacerlo enfadar, pero sin duda mucho más valiente que hoy! ¡No te detenías a pensar si discutir con él o no! ¡¿Cuándo cambió eso, si puedo saberlo?!

— ¡… Suéltame! — gruñó de nuevo, forcejeando por zafarse de las manos de su mellizo.

— ¡Maldita sea, Hyung! ¡Estoy tratando de hablar contigo! ¡Pon un poco de tu parte! — rugió Yong Soo, casi fuera de sus casillas — ¡Quiero saber qué te sucedió en el despacho de Honda; por qué me dejaste hablando solo…!

— ¡BASTA!

Hyung reunió todas sus fuerzas, y en un nuevo forcejeo, logró torcer dolorosamente las muñecas de su hermano para que en menos de un segundo, este le soltara maldiciendo entre dientes. Aprovechó el acto reflejo de su hermano de tocarse las articulaciones afectadas para huir de un nuevo intento por detenerlo, y alejarse rápidamente hacia una habitación para cerrarla por dentro y dar por finalizada la conversación por ese día.

— ¡… Hyung! ¡Hyung, abre la puerta…!— pidió desde el otro lado el menor, una vez que se hubo recuperado. Tocó un par de veces la madera, a la espera de una respuesta. Desde adentro, la voz ahogada de su hermano le pidió que le dejara en paz — Hyung… ¡Hey, lo siento! No… no debí gritarte— se disculpó de pronto, tratando de sonar amable, aunque dentro suyo aún ardía el enojo — ¿Podemos hablar…?

— ¡Te dije que te alejaras! ¡Quiero estar solo un momento!

Esta vez, definitivamente no era un engaño de sus oídos. Hyung estaba llorando.


Más tarde, ese mismo día, Yong Soo se acercó al cuarto para avisar a su hermano que ya la cena estaba servida. Se sorprendió, cuando iba a tocar la puerta, de encontrar que el acceso al cuarto estaba entreabierto, y que Hyung no estaba allí.

Le llamó un par de veces, asomándose a las habitaciones contiguas. Se preguntó si acaso estaría en el baño, o en un lugar recóndito desahogándose en alguna lectura, y que estuviese haciéndose el sordo solo para no cruzar palabras con él.

"Nunca se había comportado tan inmaduro", pensó Yong Soo. Había revisado toda la planta baja del hogar sin tener rastros de su hermano, por lo que, a menos que hubiese salido de casa –lo que dudaba, sino, habría oído la entrada principal abrirse y cerrarse-, la planta superior de su morada era el único sitio que restaba.

Subió a paso tranquilo los escalones, y repitió el mismo proceso que en el primer piso. Asomó a cada cuarto, inspeccionándolo minuciosamente con la mirada, repitiendo el nombre de su mellizo. Le halló finalmente en su habitación. Seguramente, mientras no tomaba atención, Hyung se habría desplazado en silencio hasta allí.

Lo bueno es que esta vez no había ninguna puerta que los separaba.

— Ya está la cena-daze — avisó. Hyung no atendió. Estaba de espaldas a él, metiendo un montón de cosas que tenía sobre la cama en un morral de viaje — ¿Qué haces?

— Preparo mi equipaje con lo más importante— contestó, resignado. Aún no volteaba.

— Oh. Ya veo— decepcionado, Yong Soo entró a la habitación y echó un vistazo. Habían desaparecido de las estanterías algunos tomos de los muchos libros que tenía su hermano, y los muebles donde almacenaba ropa estaban también casi vacíos — ¿Te hace muchas ilusiones ir a vivir con Honda, acaso?

— No…

— ¿Por qué empacas entonces?

— Porque no nos queda de otra— suspiró cansado. Se volvió al fin hacia su mellizo — Deberías hacer lo mismo.

— ¡Bah!

— Hablo en serio.

— Yo también lo hago cuando digo que no lo haré.

— Como quieras.

No estaba realmente con ánimos de discutir, a pesar de que las palabras estaban allí, quemándole el pecho y la garganta. Yong Soo reiteró otra vez que le esperaba para comer, y sin esperar la respuesta de su hermano, bajó al comedor.

Esa vez, cenó en solitario.


En 1910, Joseon se vio en la obligación de firmar el Tratado de Anexión con Japón, por el cual pasaba de ser un simple protectorado a formar parte del Imperio.

Con más del 80% de sus tierras expropiadas en manos de agricultores japoneses, y una presencia cada vez mayor de las autoridades del gobierno nipón, Joseon perdió toda independencia respecto a la nación asiática, y con ello, la dinastía de más larga duración –y la más gloriosa- en la historia de Corea se convertiría pronto en tan solo un fantasma del pasado de los mellizos que la representaban.

Su nueva vida como vasallos de Japón estuvo cargada de amarguras, producto del abuso generalizado de las tropas imperiales y la posición indolente de los jefes nipones ante el descontento y la miseria de la población peninsular.


Dos días después de su última reunión con Kiku, la viva representación del Imperio de Japón llegó en compañía de algunos escoltas y trabajadores para buscar a los mellizos. Informados de este evento, muchos pobladores concurrieron a la puerta de la morada de los mellizos, en espera de que todo fuera un malentendido. Si bien era cierto de que Joseon no estaba preparada para repeler a los nipones tal y como habían hecho las generaciones de casi dos siglos atrás, parecía tan injusto e irreal que siglos de gloriosa historia y tradición, y una patria entera, fueran a desmoronarse tan fácilmente.

Los primeros intercambios verbales no tardaron en tornarse acaloradas discusiones, y los desórdenes amenazaban con desatar prontamente un conflicto de mayores magnitudes si los hermanos no aparecían pronto.

Cuando ya algunas decenas de pobladores y soldados habían llegado a las manos, y los presentes acudían a separarlos, Yong Soo apareció en la puerta principal de la casa, con su morral colgando de un hombro, mirando a los presentes con un aire ausente. Hyung asomó detrás de él, luciendo confundido.

— Buenos días— saludó Kiku — No tenemos demasiado tiempo. Si tuviesen ustedes la bondad de…

— ¿Yong Soo…?— el semblante del mayor pronto se tornó preocupado, como si vislumbrara a su hermano en una actitud extraña y desafiante — ¿Qué vas…! ¡YONG SOO…!

Antes de hacer siquiera el amago de detenerle, el menor de los mellizos saltó de su lugar, levantando en una de sus manos un cuchillo que traía oculto a sus espaldas. Apuntaba con él al pecho de Kiku.

— ¡A ÉL…!

Sin embargo, antes de que el filo cayera sobre su objetivo, varios soldados que acompañaban a Kiku se abalanzaron sobre Yong Soo, deteniéndolo en el aire, sujetándole los brazos y las piernas. Si ya de por sí había resultado muy extraño verlo actuar abiertamente agresivo, su reacción posterior fue aún más impactante. El menor se retorcía y gruñía maldiciones entre dientes, tratando con todas sus fuerzas de zafarse de los soldados que lo apresaban ante la mirada impávida del japonés.

Pronto, el coreano se vio despojado de su arma y vergonzosamente reducido en el suelo ante su enemigo, que movió la cabeza en un ademán decepcionado.

— ¿Por qué tiene que hacerlo más complicado, joven Yong Soo?

— ¡Dile a tus hombres que me suelten! — rugió furioso — ¡Es a ti a quien quiero! ¡Vamos, Honda! ¡Pelea como hombre…!

— No me obligue a tomar medidas innecesariamente drásticas en su contra— advirtió con lo que pareció un dejo de arrogancia en la voz.

— ¡Al diablo tú y tus medidas, cobarde! ¡Traidor! — se movió con más fuerza, sin todavía conseguir un poco de libertad — ¡Abusivo, asqueroso… perro… SUÉLTENME…!

— Llévenlo al barco— ordenó secamente el japonés — Hagan lo que sea necesario para inmovilizarlo. Lo dejo a su libertad, caballeros.

Horrorizado, Hyung vio que los soldados que sujetaban a Yong Soo, ayudados por los demás que hasta el momento solo se habían limitado a observar, empezaron a golpearlo. Sobre él llovieron puñetazos, patadas, golpes con las empuñaduras de sus armas, con piedras del suelo ¡Contra el suelo mismo! ¡Tenía que hacer algo!

En medio de un nuevo arranque de furia de su hermano, de la confusión de indignados pobladores y la frialdad con que Honda lo observaba todo, Hyung se encontró a sí mismo abriéndose paso por entre la multitud con el solo objetivo de alcanzar a Kiku y completar lo que su hermano no consiguió.

Sin embargo, estaban esos ojos fríos, ese gesto inmutable, esa voz tranquila y esos modales incorregibles ¡Era casi imposible de creer que con solo quererlo, podía llegar a un ser que sin grandes esfuerzos se imponía aterrador!; alguien cuyos ojos fríos de pronto podían mostrarse tan inclementes y sádicos que una sola mirada bastaría para cortarle el aliento, o cuya voz tranquila y modales incorregibles podían ser desplazados para dar paso a una crueldad que casi resultaba impensable en alguien tan serio y pacifista como en algún momento se había mostrado Kiku Honda.

¿Qué podía hacer cuando el recuerdo de Yao y su ejército siendo masacrados por la ambición de un país encarnado en un hombre tan poderoso estaba al rojo vivo en su mente? ¿Qué podía hacer cuando sus sentidos se veían perturbados por un repentino golpe de dolor, de desesperación, de terror, y no podía reaccionar cuerdamente…? ¿Qué podía hacer él, Im Hyung Soo, cuando su hermano estaba en la puerta de su morada siendo apaleado ante los ojos de tantos espectadores demasiado temerosos de involucrarse y salir heridos; qué podía hacer cuando la indolencia de Kiku era capaz de destruir todo lo que siglos de trabajo conjunto de millones de pobladores con tan solo ordenar que se abriera fuego?

¿Qué podía hacer cuando sabía que en circunstancias como esa, Kiku podía mostrar tener una sangre tan fría como el hielo, y no tentarse por débiles conmociones? ¿Qué podía hacer cuando la posibilidad de que todo se destruyera estaba a tan solo un ataque de distancia, cuando solo tenía una oportunidad de salvar todo por lo cual había luchado de las manos de un enemigo mortal que seguramente no tendría reparos en hacerlo probar el filo de su espada… como había hecho con Yao?

Cuando el grito adolorido de su Aniki taladró hasta el fondo de sus oídos, Hyung estaba a menos de medio metro de Kiku, y las piernas le flaquearon. Se precipitó hacia la tierra, impactando con las rodillas, y el impulso del resto de su cuerpo lo condujo hacia adelante con rapidez. Tuvo que ayudarse de las manos para no impactar la cara con el suelo.

Por un momento, tuvo la decencia de intentar nuevamente ponerse de pie. Pero estaban esos ojos fríos. Fríos y arrogantes, mirándolo con una especie de lástima que poco combinaba con la soberbia de su expresión. Hyung, a medio camino se encontrarse nuevamente en pie, experimentó un nuevo sentimiento de debilidad nunca antes conocido. Él mismo no entendía cómo un sujeto al que antes no temía tanto enfrentarse ahora podía infundirle tanto temor. Tanto como trastabillar, como para callar, arrastrarse los pocos centímetros que le faltaban y agarrar con las manos adoloridas por el golpe contra la tierra la pernera de los pantalones…

Y llorar.

Llorar como nunca había hecho antes en público.

Llorar con amargura. Con lágrimas. Tartamudeando a causa de los sollozos.

Llorar con fuerza. Con rabia. Con odio.

Con miedo…

— ¡Por favor…! — suplicó, inhalando entrecortadamente por la boca — ¡Piedad…! ¡Ten un poco de compasión con nosotros! ¡Haremos lo que sea, pero por favor…! No… no nos hagas daño…

En un torpe intento por ocultar la cara, se inclinó de manera que parecía que iba a besar los pulcros zapatos de Kiku. Los surcos húmedos abiertos por las lágrimas se empolvaron de tierra levantada por el desorden a su alrededor, y las partículas que le entraron a los ojos no hicieron más que empeorar la irritación y el goteo. El llanto se calmó un poco, ahora que no apreciaba el rostro de Kiku directamente enfocado por su vista. Pero la voz que cayó sobre sus oídos aún afectados por el recuerdo del grito de Yao y los gruñidos de su hermano acentuando su desesperación hizo que volviera a prorrumpir en un acceso de lloriqueos que ni siquiera de niño había manifestado.

— Al barco los dos. Ahora.

A diferencia de su hermano, Hyung no luchó contra esta orden. Yong Soo seguía tratando de zafarse, y fueron necesarios varios soldados para conseguir meterlo a la fuerza en el navío. Él, en cambio, como un perro humillado, caminó cabizbajo tras Kiku y no abrió la boca hasta que hubieron llegado a Japón.


Una vez en la residencia de Honda, situada en la capital imperial –Tokyo-, Kiku asignó a una enfermera para que tratara las heridas de Yong Soo, y a otros tantos más para que alistaran una de las habitaciones para que ambos la compartieran. Los cocineros preparaban la cena de ese día con alegre diligencia, y el ambiente en general resultaba bastante grato.

De no ser por un par de excepciones.

— "Por favor. Piedad. Ten un poco de compasión con nosotros" — musitó incrédulo Yong Soo. Su voz no sonaba como siempre. Era tan ronca a causa de la irritación que los gritos habían producido en su garganta, que Hyung sintió algo de temor cuando por fin el incómodo silencio entre ambos se rompió — ¿Es en serio…?

— No… no quise decir eso…

— Lo hiciste— estaba realmente molesto — ¿Era ese tu mejor plan? ¿Humillarte ante Honda?

A Hyung se le hizo un nudo en la garganta.

— Era lo más prudente que podía hacer— se excusó con frialdad. Estaban ambos, solos en el cuarto ya casi listo para ser ocupado. Solo faltaban que los nuevos habitantes ordenaran allí sus pertenencias.

— Quizás a ti te pareció prudente. Yo creo, más bien, que lucías patético.

— ¿Qué hubieras hecho tú si hubiese sido yo el que estaba en tu lugar? — preguntó el mayor.

— ¡Pero no lo estabas! ¡Maldita sea, Hyung! ¡No diré que lo arruinaste todo, porque obviamente no fue así! — estalló Yong Soo, más dolido que furioso — ¡Pero no me niegues que podrías haberte mostrado algo más digno que como lo hiciste llorando a los pies de ese abusivo! ¿Qué dirá nuestra gente de ti ahora? Pasaste de ser un héroe para ellos a ser un miedoso que se rinde cuando las cosas no se ponen bien ¡Muy sensato, sí! ¡Pero fue tan vergonzoso ver cómo te derrumbabas, que por un instante, hubiese querido estar inconsciente…!

— Yong Soo— gimió incrédulo el mayor encogiéndose en un rincón del cuarto. Ya durante el viaje en barco se había sentido triste, y su hermano no lo hacía sentirse mejor.

— Hay maneras mucho más decorosas de resignarse que el melodrama que montaste en Seúl— prosiguió — Pensé que eras valiente. Pero me equivoqué. No podía esperar mucho más de ti, después de tu repentino bloqueo mental en el despacho de Honda, así que no creas que me siento muy decepcionado de ti ahora, Hyung… ¡Gracias por nada! ¡Por dejarme peleando SOLO por NUESTRO hogar!

En algún lugar, Hyung había leído que cuando las personas están furiosas son más propensas a decir cosas hirientes sin antes meditar sus consecuencias. Yong Soo, que nunca antes se había dirigido de esa forma a él, tenía razones de sobra para estar furioso; no obstante si fuera un poco más comprensivo, pensó, se disculparía por más de la mitad de las cosas que le había dicho en los últimos minutos

— ¿Qué hubieras hecho tú…?— reiteró, antes que su voz se ahogara en un angustioso suspiro — Olvídalo… no vale la pena… ¡Piensa lo que quieras de mí!

— ¡No, no voy a olvidarlo! ¡Podrías hacer que cambie de parecer ahora mismo si te dignaras a hablar conmigo de una vez sobre lo que te ocurrió durante estos años! — protestó el menor — Dime, Hyung… ¡Dime! ¡¿Qué te hizo volverte tan débil?! ¡¿Cuándo perdiste las ganas de luchar contra quienes querían arrebatarte todo por lo cual habías trabajado?!

En un imprevisto arranque de furia y tristeza, su hermano contestó:

— ¡Si te tomaras algo más de tiempo en entenderme no habrías llegado al punto de tener que exigirme que te lo dijera, Yong Soo! ¡¿Sabes lo que me pasa?! ¡¿Sabes por qué tuve que humillarme?! ¡PORQUE NUNCA HABÍA SENTIDO TANTO MIEDO EN MI VIDA! ¡Viste lo que Honda le hizo a Aniki por luchar hasta el final! ¡¿Y si decidía hacernos lo mismo a nosotros…?!— hizo una pausa para calmarse y recobrar el aliento — Nunca me perdonaría que pudiendo evitarlo, alguien te lastimara… ¡Tenía tanto miedo por ambos! Sabía que si luchaba, aún con todas mis fuerzas, no impediría que los hombres de Honda hicieran un desastre en nuestra casa. Sabía que no importaba cuánto luchara ¡No éramos rivales para él…! No importaba cuánto lo intentara… aún peor… sabía que Honda no dudaría un segundo en hacernos lo mismo que a Aniki. Temía por mí. Temía por ti.

— Hyung…— era el turno de Yong Soo para sentirse mal por lo que había hecho.

— Me siento… pésimo por como actué. Tú intentaste hasta el final, y luchaste con todas tus fuerzas… y yo solo me rendí… No necesito que me hagas sentir peor por haber sido tan débil, y no haberte dicho nada sobre mis temores. Si aún crees que conservo algo de mi honra, concédeme un favor. Solo uno:… no seas tan duro conmigo.

Antes de poder replicar, Hyung salió del habitáculo, con el rostro mojado por el sudor y las lágrimas que, durante su respuesta, habían fluido sin que él fuera consciente de lo que cada una de ellas lastimó a su hermano.

— Perdóname…


Notas:

[1]"Hakkô Ichiuu": También traducido como "Ocho Cuerdas, Un Cielo", era el lema del Imperio de Japón.


Notas de la Autora:

¡A que no se lo esperaban! Ataque de imaginación salvaje ha aparecido ¡Usó "inspiración" conmigo, y fue super efectivo!
(Sí, soy una pésima persona: hay veces que actualizo rápidamente, otras que abandono por más de un mes mis proyectos :'( )

Debo ser honesta: la idea de cómo reaccionaron los mellizos cuando Kiku vino a por ellos no es mía al 100%. Agradezco a KAYAKO666 y a su inspirador fic "Los días de Moscú" por brindarme una perspectiva distinta a como originalmente había concebido la Ocupación Japonesa de Corea, llevándome a este resultado (que debo admitir, me conmovió mientras lo escribía).

Gracias a Dazaru Kimchibun por brindarme su apoyo comentando el capítulo anterior, y a Pineapple1520 y LaOlvidada902 por agregar este fic a sus "favoritos".

Como saben, cualquier muestra de apoyo a mi trabajo es siempre bien recibida: follow, favoritos y reviews (sean críticas, sugerencias, correcciones u opiniones de todo tipo), así que ¡Adelante! Estoy abierta al público :)

¡Nos estamos leyendo pronto!