Holas…

Quiero aprovechar para agradecer a quienes han seguido esta historia desde el día de su publicación.

Quiero agradecer a mis amigas, quienes me han ayudado en mis atascos y quienes me han permitido conseguir lo que quería con sus opiniones, apoyo y concejos. Las amo 3 Iseki Higuatari, Atadalove, onighiri-chan, Wolfmika, Aiko, Karen, Patricia… sin ustedes esto no hubiese sido posible :')

Además, aunque no lo dije antes, esta historia nació de una petición.

Gracias a mi querida A. K. Shim5 por pedirme «Un oneshot Marichat lemon», fue esa petición la que me llevó a partirme la cabeza pensando en algo increíble y finalmente ese oneshot se convirtió en 10 capítulos separados en 10 Reglas que bueno, estoy feliz por la recepción que ha tenido.

Muchas gracias de nuevo a todos los que leen y dejan sus comentarios y sus favoritos y fallows… son ustedes quienes me inspiran a continuar.

No olviden seguirme en mis redes :*

Facebook: Fanficmatica

Twitter: FanFicMatica

Instagran: fanficmatica

Disfruten del capítulo final~~~

o

O

o


10 REGLAS SOBRE LOS GATOS

Regla #10:

No permitas que un gato regrese a tu vida. Si se fue, que no vuelva.

Cambios, la vida está llena de ellos pero, los que habían ocurrido en la mía en tan solo dos meses, eran demasiado, incluso para mí. Hacía lo imposible por mantenerme en pie, pero era frustrante.

Tuve que tomar el lugar de mi padre en las diferentes empresas que manejaba, tuve que dar la cara ante inversionistas y socios que querían respuestas, que me obligaban a hacerles saber que su dinero estaba seguro a pesar del escándalo que caía sobre nosotros como la nieve sobre los árboles en inverno.

De no haber sido por el apoyo incondicional que Nathalie me brindó en todo momento, estoy seguro de que no hubiese podido luchar solo contra todo eso. Las clases que mi propio padre me había instruido sobre gerencia y administración, además de lo que en esos tres años había aprendido en la facultad de economía estaban siendo más que utilizados.

Aun así, era demasiado para mí solo.

Lo que más abrumaba mi existencia, fuera de continuar modelando, ser ahora quien estaba a cargo de todo y seguir en la universidad era lo que pasaría con mi padre. Aunque nunca hubiese sido demasiado atento conmigo y aunque hubiese hecho lo que había hecho, no dejaba de ser mi padre, mi sangre y el único familiar que tenía con vida. Porque no, me negaba a considerar familia a un montón de interesados que habían aparecido en mi vida el mismo día en que mi padre había sido arrestado.

Tras estudios psicológicos y preguntas que le fueron realizadas en mi presencia y en mi ausencia, logré llegar a un acuerdo con el estado de derecho, debo admitir que mucho también le debo al padre de Chloe por no dejarme solo.

Era una solución simple pero, más llevadera y aceptable por ambas partes.

Yo no quería ver a mi padre en una cárcel, es que me daba miedo de que pudieran lastimarlo, solo imaginarme que un hombre que había dedicado su vida a hacer vestidos cayera en la misma jaula que un grupo de asesinos, timadores, ladrones e incluso violadores me aterraba. Sonara cruel pero, no soy idiota y no quiero ver a mi padre convertido en la puta de ningún psicópata.

Después de todo, aunque los mejores recuerdos que tenía de ese hombre morían en mis años de infancia, seguía siendo mi padre, seguía siendo el hombre que me había dado la vida y quien había estado a mi lado al dar mis primeros pasos o decir mis primeras palabras y muy a su estricta manera me había hecho un hombre de bien y decidido gracias a él.

Había pasado quince días en esa lucha y aprobaron que fuese internado en un psiquiátrico en la ciudad de Londres durante un año. Si demostraba estar capacitado mentalmente para cumplir una condena -y ya que las personas no habían sido agredidas físicamente-, tendría que cumplir diez años de casa por cárcel. De lo contrario, debía permanecer en el psiquiátrico durante el tiempo que los doctores determinaran.

Yo acepté todo sin negarme a ninguna de las diferentes fianzas y colaboraciones que debía aportar para ayudar a pagar por los daños que el Papillon había llegado a ocasionar, después de todo prefería mil veces que lo tacharan de loco y no de criminal.

La cantidad de trabajo que aparecía cada día en el escritorio que alguna vez había sido de mi padre era inimaginable. Hasta ese momento no había comprendido a cabalidad todas las cosas que él hacía, incluso entendía un poco por qué siempre estaba ausente y por qué necesitaba tener una asistente.

Nathalie se convirtió en mi mano derecha, al igual que alguna vez lo había sido de mi padre, no hacía nada sin su previa revisión y en algunas ocasiones incluso esperaba su aprobación y consentimiento, ella sabía más de aquello que yo, así que decidí confiar ciegamente en su apoyo y sus concejos. Sinceramente no sé qué hubiese hecho sin ella. Yo solo no hubiese podido hacer nada.

―Adrien, ha llamado Nino, viene en camino con Alya ―dijo dejando unos archivos sobre el escritorio.

―Llámalos, hoy no quiero recibir a nadie. Estuve un mes y medio en Londres, se me ha atrasado demasiado, no quiero dejar esto tirado, tengo que… ―su rostro era un regaño claro y conciso, de esos que me daba de chico cuando cuidaba de mí, en los que necesitaba decir una sola palabra―. Está bien… puedo dejar esto un rato.

―Ve al comedor, el almuerzo está servido desde hace unos quince minutos y no has bajado, come y recíbeles en la sala. Yo me encargo de organizar esto para que luego solo tengas que leerlos.

―Gracias, Nath ―besé su frente y corrí escaleras abajo.

Había olvidado cuando fue que pasé sobre los hombros de Nathalie, ella era para mí, como una segunda madre. Mi padre tenía razón, me había estirado demasiado en los últimos años. Comer algo con calma, en el comedor de la casa era uno de esos placeres que ya no recordaba. Aunque no había pasado tanto tiempo desde el asunto de Papillon, esos dos meses se me habían hecho eternos.

La verdad, lo que más me molestaba de aquella situación era que, durante ya mes y medio no había vuelto a ver a Marinette y aquel día, el último día que la había visto, solo había sido para despedirme de ella. Claro, lo que le dije sobre volver a buscarla había sido en serio pero, pensándolo detenidamente, ¿querría ella recibirme de nuevo en su vida?

No es que se hubiese mostrado enojada ni nada cuando le dije que debía esperar un poco más pero, ya no estaba seguro de nada.

―Ya han llegado ―dijo Nathalie asomándose al comedor.

―Gracias ―respondí levantándome, hacía ya un buen rato que había terminado pero, solo me había quedado estático sobre la silla, pensando.

―Hola, bro ―saludó Nino sonriendo cuando entré al recibidor.

―Nino, gracias por venir ―le respondí apretando con fuerza su mano, recibiendo el abrazo que me entregó seguidamente.

―Oye, eres mi hermano, y no contestabas mensajes o llamadas, debiste imaginar que llegaría hasta acá en algún momento.

―Sí, lo sé.

Realmente me alegraba verle nuevamente, me había desterrado a mí mismo del mundo tras aquel incidente y ni siquiera con él había vuelto a hablar, ni siquiera de las tonterías que hubiésemos hablado casualmente con anterioridad.

―¡Hola, Adrien! ―Exclamó Alya arrojándose a mi espalda, haciéndome doblar hacía atrás para besar mi mejilla.

―Alya, no hagas eso, duele ―me quejé recibiendo un golpe en el hombro de su parte.

―Vamos, no seas llorón, modelito ―ya me había adaptado a sus constantes burlas dirigidas hacia mí. Bueno, no por nada dicen que la novia de tu mejor amigo para ti es como un hombre también… Alya llevaba eso a un plano muy literal.

―Oye, no soy llorón, solo.

―¿Dónde quedó Marinette? ―Preguntó Nino y dejé de hablar.

―¿Marinette vino con ustedes? ―Intenté mantenerme calmado pero sentía mi corazón a punto de escaparse para ir a buscarla.

―Sí, se supone que la acompañaré al médico pero, le dije que primero teníamos que hacer una parada muy importante ―aseguró Alya sonriendo―. Pero, se quedó hablando con Nathalie de no sé qué cosa en el pasillo.

―Lo siento… ―se disculpó atravesando la puerta.

―Hablando de la reina de Roma…

―Lo siento, Alya, es que estábamos hablando de algo importante y… ―finalmente se dignó a mirarme y sonrió, de esa manera que solo ella sabía sonreír―. Hola, Adrien… yo… lamento mucho lo de tu papá.

―Sí, bueno… no sé podía evitar.

―Aun así…

―¡¿Es en serio?! ―El grito de Alya cortó la conversación―. Mari, lo siento, no podré acompañarte, amiga ―dijo enojada tras colgar el móvil―. Mi hermano se metió en problemas y tengo que ir en lugar de mamá porque ella no puede dejar la cocina hoy.

―Está bien, Alya, iré sola ―respondió calmada―. Me avisas cualquier cosa, ¿sí?

―Seguro ―besó mis mejillas y tomó del brazo a Nino, arrastrándolo por el pasillo―. ¡Volveré mañana, maniquí!

―¡No me llames así! ―Le devolví el grito sonriendo mientras veía a Nino ser arrastrado fuera de la casa.

―Bueno… será mejor que me vaya ―dijo Marinette, apretando el pequeño bolso y las carpetas que llevaba en sus manos―. Tendré que tomar el micro y no quiero llegar tarde.

―Puedo llevarte, ¿en cuánto tiempo tienes que estar allá? ―ofrecí extendiendo mi mano hacia ella―. Si quieres, claro.

―En una hora, pero no… es decir, no quiero ocuparte… gracias.

―Está bien, ocúpame, yo encantado ―tomé su bolso y sus papeles, arrebatándoselos prácticamente―. Vamos, dijiste que no querías llegar tarde.

―Pero…

―¡Nath! ―Llamé y la mujer apareció frente a mí―. Voy a llevar a Marinette, sigo luego con aquello, ¿está bien?

―Sí, no hay problema ―se acercó a Marinette y tomó su mano, estrechándola con amabilidad―. Espero pronto tu respuesta.

―Sí, se la haré llegar en unos días. Tengo que pensarlo antes ―preferí ignorar aquello momentáneamente, ya me encargaría de preguntarle luego en detalle a Nathalie sobre aquella conversación.

―Sube ―pedí abriendo la puerta―. ¿Pasa algo? ―Pregunté al verle observar el estacionamiento, fijando su mirada en los demás vehículos.

―Nada… ―respondió subiendo y cerré la puerta―. Adrien, de verdad, no es necesario que me lleves.

―Insisto, quiero hacerlo ―le entregué sus cosas, cerré la puerta y me abroché el cinturón―. Por cierto, no te he preguntado, ¿a dónde vas?

―Bueno… al edificio Dimitri ―respondió detallando con sus ojos el interior del auto. Supongo que aunque fuera un poco torpe para ese tipo de cosas, se le hacía familiar el interior del Bentley.

―¿No es el que convirtieron en un centro de consultorios médicos? ―Asintió sonriendo y yo deseando besar esa sonrisa.

―Sí, ese mismo ―frené en seco ante el semáforo en rojo y nos sacudimos, suerte que ambos traíamos el cinturón puesto―. Marinette… ¿estás enferma?

Me asusté, no recuerdo cuando fue la última vez que sentí tanto miedo pero, a mi mente vinieron los principales consultorios de ese edificio, Oncología, Endocrinología, Intensivistas, realmente era aterrador pensar en que en simplemente dos meses que me había visto obligado a dejarla sola algo malo le hubiese ocurrido.

―No… ―respondió riendo―. Gracias a Dios, no. Solo es una consulta, el primo de Alya me va a atender. Ella me lo recomendó y confío ciegamente en ella. Sé que él es el mejor doctor que podré encontrar en París para llevar el control.

―¿Control, qué control? ―Insistí. Cada vez me sentía más confundido.

―Bueno, verás ―comenzó a jugar con sus manos y yo solo la veía de reojo―. Aparte de mis padres, solo Nino y Alya lo saben pero, en algún momento se enterará todo el mundo así que, ¿qué más da?

―¿Se enterarán de qué? ―Suerte que otro semáforo me había detenido o probablemente hubiese chocado.

―Estoy embarazada ―dijo como si nada y les juro que sentí nauseas.

―¿Estás bromeando? ―movió su cara negando suavemente como respuesta.

―No… de hecho me enteré hace un par de días, así que ni siquiera sé con certeza cuanto tiempo tengo pero, calculo que poco más de dos meses ―yo mantenía mi mente en el camino tanto como podía, pero no podía evitar desviar mis ojos a verla, usando sus dedos para contar mentalmente algo que yo no entendía―. Cómo sea, por eso tengo que ver el médico cuanto antes.

―Ya veo… ―apreté el volante con fuerza y aclaré mi garganta―. Y… ¿se lo has dicho ya a…? ―Ni siquiera me permitió terminar la pregunta.

―No. Es mejor así ―su mirada era distante pero, seguía sonriendo―. No creo que él pueda hacer mucho ahora mismo, es decir, hasta donde sé, o mejor dicho, lo último que me dijo fue que… ahora mismo no hay espacio en su vida para mí.

―Ese hombre… es un imbécil.

―Sí… pero está bien ―detuve el auto en el estacionamiento del edificio y ella soltó su cinturón―. Muchas gracias por traerme. Espero que se resuelvan los asuntos sobre tu padre. Alya me estuvo platicando al respecto y realmente lamento todo lo que pasó.

―¿Puedo acompañarte? ―Pregunté directamente.

―¿A dónde?

―A ver al doctor.

―Pero… ―lo dudó, más acabó asintiendo con suavidad mientras abría la puerta para bajar―. Está bien, igual no me gusta mucho estar sola en este tipo de lugares.

―Genial…

Tenía miedo, miedo de decirle que yo era el patán que la había dejado sola cuando ella más necesitaba de mi compañía, aunque yo tampoco lo sabía pero, escuchar de sus labios, el mensaje que mis palabras le habían enviado un mes y medio atrás me había lastimado profundamente. No era que yo no tuviese espacio para ella en mi vida, al contrario, era cuando más necesitaba reconfortarme en sus brazos, era solo que, no quería que se viera envuelta en todo ese asunto en el que estaba siendo abrumado.

Pero, me sentía agradecido porque, aunque no era el orden correcto, podría acompañarla a la primera consulta médica que tendría, lo más probable era que le hicieran alguna ecografía y ¿pueden creerlo? Aunque fuese de esa manera, iba a poder ver a mi hijo.

Mi hijo. Un hijo que tendría con la mujer más encantadora, dulce y cariñosa de este mundo, con la que se convirtió en la mujer de mi vida, de mis sueños, de todo, no sabía si debía decirlo pero, estaba realmente emocionado de pensar en eso. Solo quería abrazarla y decirle que era yo y lo feliz que estaba pero… seguramente estaría enojada.

―Dupain, Marinette ―llamó la asistente del doctor y me levanté en el acto de la silla en la sala de espera.

―Vamos, Mari ―le pedí sonriendo y ella con el rostro deformado se levantó de su lugar.

―Realmente odio los doctores…

―Pero es por tu bien y por el bien del bebé ―apretó mi brazo mientras cruzábamos la puerta hacia el consultorio―. Buenas tardes.

―Buenas tardes ―saludó el doctor con amabilidad, realmente el parecido con Alya era increíble―. Tú debes de ser la amiga de Alya.

―S-sí… ―respondió aún nerviosa, sin soltar mi brazo.

―Un placer, mi nombre es Noah Charbonneau, soy sobrino de la madre de Alya.

―¿Noah Charbonneau? ―Preguntó Marinette con los ojos explayados y tuve que morder mi lengua para no soltar en carcajadas―. Un placer…

―El placer es mío, ahora, por favor, ve al baño, te dejas solo la ropa interior y te colocas una de las batas clínicas que están en el gabinete.

―E-está bien.

―Y tú, supongo que eres el padre ―dijo sonriendo una vez que Marinette se perdió en el pasillo que daba hacia el baño.

―Bueno… pero, por favor no haga comentarios delante de ella ―pedí sonriendo―. Es que, estamos algo así como peleados y eso y… se molesta cada que le recuerdan que yo soy el padre de su hijo, así que por favor…

―Está bien, entiendo, además, no es bueno que se altere demasiado ―suerte que el doctor me había creído―. ¿Lista, Marinette?

―S-sí… ―respondió asomándose por el pasillo unos minutos después.

―A ver, recuéstate aquí ―pidió señalando la camilla junto a la pantalla del ecógrafo.

Me mantuve en silencio en todo momento mientras el doctor le hacía mil y una preguntas sobre cosas que aunque ella no tenía la menor idea, ya yo sabía, como la regularidad de su menstruación, las fechas en que debía aparecer, los medicamentos preventivos que tomaba y todo eso. Me era divertido verla dudar algunas respuestas y yo sin poder responder por ella.

El momento más emocionante para mí fue cuando el doctor le levantó la bata para hacer la ecografía. Incluso me pidió salir del lugar, pero me negué y al final no le quedó más que con su rostro avergonzado aguantarse mi presencia. No pensaba irme, no cuando llegaba lo que yo más esperaba.

Realmente la ponía nerviosa la asistencia médica pues, en cuanto el doctor aplicó el gel en su vientre ella apretó mi mano con fuerza.

Esa pantalla en blanco y negro, se convirtió en mi aparato reproductor favorito en ese momento, porque, mientras el doctor movía el sensor, las imágenes se movían, hasta que finalmente el silencio se instaló en ambos.

―Aquí está su bebé ―dijo señalando un punto en la pantalla―. Por el tamaño y lo que me ha dicho, calculo con facilidad que está culminando la semana número doce, es decir, el tercer mes.

―¿Tres meses…? ―Preguntó sonriendo, solo entonces despegué mis ojos del aparato para verla a ella. Estaba llorando.

―Sí, pero todo parece estar en completo orden ―aseguró el doctor mostrando los pequeños movimientos, casi imperceptibles que el pequeño realizaba―. Veamos el corazón.

Eso me paralizó. No pude evitar ser yo quien apretaba su mano cuando por un altavoz el sonido del palpitar un poco acelerado del pequeño se comenzó a reproducir. Quería mantenerme calmo pero sentía que en cualquier momento yo también iba a comenzar a llorar.

Tal vez, no lo entiendan si no han pasado por ello, pero, escuchar una vida, que está creciendo dentro de ti o de la persona que amas, que además es tuya también, es uno de los placeres más grandes que puede brindarte la vida.

―¿Doctor, puede venir un momento por favor? ―Preguntó la secretaría asomándose y él se levantó.

―Ya vuelvo ―salió en silencio.

―Esto es increíble… ―susurré besando su mano―. Nunca… nunca me había sentido tan feliz como ahora.

―Bueno… ―ella seguía llorando―. No por nada dicen que es maravilloso presenciar algo así.

―Marinette… ―la veía cubrir su rostro con ambas manos sin parar de llorar―. Mari, mírame ―pedí sintiendo mis propias lágrimas abrirse paso sobre mis mejillas―. Mari, lo siento tanto… yo no debí alejarme así… ―me había levantado, con la única intención de abrazarla y para mi sorpresa ella me había devuelto el gesto. Podía sentirla apretarme con fuerza mientras su cuerpo seguía saltando por el llanto.

―No sé de qué hablas ―susurró sobre mi pecho y me alejé de ella, solo lo suficiente.

―Hablo de esto ―tomé la cadena que colgaba de su cuello y dentro de su camisa. De hecho había notado que aún la traía desde que estábamos en el auto―. Hablo de que la A que te di ese día, era la de Agreste que por años llevó mi madre con ella ―confesé tomando el dije que aun colgaba de su cuello.

―Eres un… eres un idiota, Chat ―se volvió a enterrar en mi pecho y siguió llorando, yo me dediqué a acaricias su cabello―. Tenía tanto miedo… pensé que no… pensé que no te volvería a ver.

―Lo siento, Mari, lo siento mucho… por favor, perdóname…

―Te odio, Chat… Adrien, o quién seas, te odio tanto… ―chilló entre el llanto sin soltarme, sin despegarse ni un centímetro de mi lado―. Pero… desgraciadamente te amo más que eso.

―Te amo, Marinette… ―susurré a su oído y ella finalmente se dignó a mirarme a la cara.

―No esperes que te diga eso después de desaparecerte así ―bramó con el ceño fruncido.

―Cuando tú quieras, princess ―sujeté su rostro, la besé, finalmente podía hacerlo, finalmente tenía sus labios unidos a los míos―. Estoy tan feliz. Jamás pensé que saber que tendría un hijo me llenaría tanto.

―Sí, bueno… ha sido todo un trauma para mí…

―Gracias.

Ese día, me olvidé del trabajo, me olvidé de Nathalie, me olvidé de todas y cada una de mis obligaciones. No quería ir a encerrarme en esa oficina el resto del día. De hecho, del obstetra fuimos directo a casa de Marinette. Quería dar la cara a sus padres, ya habíamos pensado la excusa por lo de la peluca y el invento de Noah, quería que ellos supieran que el padre de su primer nieto no era ningún loco o un irresponsable.

De hecho, quería hacer algo que no había podido hacer antes, quería pedirles formalmente la mano de Marinette. Porque sí, el plan, para mí, seguía en pie.

Al final, ese día me quedé en su casa, dormimos juntos en aquella cama que había sido testigo de tantas cosas, solo que, esta vez sus padres sabían que yo estaba en casa. Pero claro, ya que les iba a importar que compartiéramos habitación.

Por cierto, esa noche finalmente me confesó que ella era Ladybug.

Marinette no solo se convirtió en la mujer de mi vida, sino en mi esposa, en la madre de mis hijos y por petición de Nathalie, en base a algo que mi padre le había pedido al enterarse de mi relación con ella, mucho antes de que la verdad sobre él se descubriera, en su sustituta como diseñadora de la marca que llevaba mi apellido.

Cómo sea, si algo aprendí a mis veintiuno fue que todas las reglas inventadas en este mundo pueden romperse, y ¿saben algo? Rómpanlas todas, porque tal vez, son esas reglas o restricciones las que les impiden ser feliz, las que les impiden conseguir aquello que sin saberlo anhelan.

Así que, si a mis veintiuno alguien me hubiese preguntado; «¿Qué sabes sobre los gatos?». La respuesta se hubiese dibujado clara sobre mis labios.

Somos tramposos, manipuladores y peligrosos.

Pero sobre todo… siempre conseguimos lo que queremos. Siempre.

Y sinceramente, Marinette puedes darles su fiel y sincero veredicto de que no hay regla impuesta sobre nosotros que nos detenga y no hay regla impuesta sobre ustedes que no logremos hacer que rompan.

Por eso, mi reflexión final sería;

Que perderás el tiempo si intentas aplicar estás 10 Reglas Sobre Los Gatos.

o

O

o

~Fin~


Muchas gracias por acompañarme en este viaje a través de estas reglas.

Fue un honor escribir para ustedes.

Nos leemos en el final alternativo =D

Besos~~ FanFicMatica :*