Título: BELLUM
Autora: Clumsykitty
Fandom: MCU, AU (universo alterno)
Parejas: Thorki, Stony principalmente.
Derechos: Nah, Marvel como siempre se lleva todo.
Advertencias: algunos nombres han sido alterados por locuras de la autora, otros nombres son retomados de sus originales históricos sin relación alguna con éstos. Por si alguien se lo pregunta, esta historia se halla inspirada en esa hermosa como tormentosa saga llamada Juego de Tronos (los libros) del gordito más temido, George R.R. Martin. Ojo, basada no igual.
Bellum. Guerra (latín).
Gracias por leerme.
Nueve. Gotas Frías.
Anthony contenía su respiración, sujetándose fuertemente del lomo peludo de Loki, quien le llevaba de vuelta hasta su hogar, a la Fortaleza del Gran Lobo. Después de días recuperándose al lado de los Señores del Bosque, su inquietud por los suyos y su hermano le hizo suplicar al hechicero que le permitiera volver. Malle aún no se recuperaba de aquellas heridas de magia negra, pero lo haría, teniendo que dejarla al cuidado de Groot y Rack, quienes le prometieron al príncipe que la reina volvería con las mismas fuerzas que se le conocían. Ahora debía alertar a todos los Clanes del Norte, prepararse para una contingencia sino era que ya estaban armando una guerra. Cosas que ignoraba porque el ojiverde no le decía mucho. Todavía le preocupaba su silencio rabioso, menguado ya por su mejoría como la de la Reina Stark, más ese frío en su mirada permanecía velado, como una sombra que espera el momento de cobrar fuerza. El gran río se dividió en dos, siguiendo ellos el curso principal que los llevó hacia el lago de aguas tan quietas que reflejaba el cielo cual espejo. Ahí se detuvieron a tomar un descanso, para que el hechicero cambiara los vendajes del joven Stark.
-Estoy mejor, Loki.
-Eso lo decido yo.
-Sí, mi señor.
Una bandada de cuervos pasó, no eran muchos, lo que le dijo al príncipe que se trataban de cuervos mensajeros provenientes de la Fortaleza si mal no le parecía por la dirección en que venían. Loki levantó su vista, escuchando los graznidos de las aves. Alzó una mano, llamando a uno de ellos que desvió de golpe su vuelo para ir hacia su brazo donde se prendió dando más graznidos y batiendo sus alas, mirando por unos segundos al ojiverde antes de emprender el vuelo, buscando alcanzar al resto. Anthony le miró expectante, esperando por las palabras del Hijo del Hielo sobre lo que le había dicho ése mensajero emplumado.
-Aldair ordenó atacar la Provincia de Kuld. Lady Gamora Zen Whoberi va en marcha.
-¡¿Qué?!
-El Príncipe Heredero marcha hacia los Páramos de los Ancestros, hará una parada con Lord Quill, se dirige hacia La Garra.
-¡Loki, tengo que detenerlo!
-¿Por qué?
-¡Porque esto está mal! ¡Aldair no debe atacar así, maldita sea! ¿De dónde sacó la estúpida idea de hacerlo, para comenzar?
-El hecho de que las naves de Tarhan llegaron con Lobos de Hierro heridos pero sin la reina y el menor de los príncipes enardeció los ánimos de tu hermano mayor. Les creen muertos.
-¡Pues estamos bien vivos! –bufó el joven Stark mesándose sus mechones- Tengo que ir a donde el Clan Quill, Aldair está atacando confiado de sus fuerzas, no está pensando bien las cosas y no puede además mandar así, nuestra madre no está muerta. El Trono Negro no es suyo para disponer del Norte de esta manera.
-Hablas con razón.
-Loki, por favor, ayúdame. Sé que estás molesto por lo que nos sucedió, pero ir a la guerra tan precipitadamente, sin tomar en cuenta lo que mi madre tiene que decir al respecto y dividiendo a los Lobos de Hierro nos va costar muy caro.
-Me alegra ver que tienes mejores ánimos.
-Por favor.
-Te llevaré donde los Quill.
-Gracias, milord.
Una vez más, el joven Stark montó sobre el lomo de un enorme lobo de ojos verdes, con una carrera frenética por el denso bosque en dirección sur, dejando atrás aquel gigantesco lago de aguas quietas hasta encontrar el término de la cordillera de montañas nubladas que señalaba los inicios de las tierras del Clan Quill. Anthony no necesitó que el hechicero le dijera sobre su hermano, escuchaba el tremor claro del terreno por las pisadas de los frisones en cabalgata. Se aferró a Loki, preocupado de que su hermano hubiera ordenado más ataques que solamente iban a enfurecer al Sur a tal grado que no medirían las consecuencias de sus actos con tal de arrasar con el Norte, y ahí solamente iban a terminar afectados los más inocentes de todo aquel conflicto. No olvidaba las explosiones en la mezquita y los castillos que cobraron la vida no solo de los suyos sino también de los caballeros Sureños. Algo le decía que tales ataques no provenían de éstos últimos, no podrían haber sacrificado de tal forma a su gente por matarlos a ellos.
Con tales pensamientos, sus ojos vieron los terrenos dispares de los Quill, esas verdes colinas con campos de flores amarillas y rojas, páramos con árboles de troncos blancos y hojas cobrizas. La carrera del Hijo del Hielo fue lo suficientemente veloz para superar a los jinetes que comandaba Aldair, aquella mancha formada por Lobos de Hierro fue avistada al tomar una pendiente, atravesando rápidamente el arco que abastecía de agua a la villa principal donde se encontraban otros guerreros preparándose para unir fuerzas con el Príncipe Heredero. Loki se detuvo al bajar hacia los campos despejados, permitiendo que Anthony descendiera sin convertirse de vuelta a su forma humana, debía regresar al Bosque Sagrado a cuidar de Malle. El castaño entendió su mirada, abrazando su hocico con fuerza antes de besar su cabeza y despeinarle en juego, alejándose de inmediato para estar en el medio del camino. El hechicero le observó unos segundos, transformándose en una parvada de cuervos que desapareció del paisaje.
La tierra se estremeció cual temblor bajo los pies del Príncipe Stark, mirando hacia el norte donde la mancha de jinetes apareció, descendiendo por una colina unos minutos y emergiendo por la cuesta contraria a toda velocidad. Banderines grises y negros con el emblema del Norte ondeaban furiosamente por la cabalgata, una imagen impresionante junto con los Lobos de Hierro en sus armaduras de colores oscuros con los respectivos blasones de sus Clanes en su pecho y las Claymore a sus espaldas. Aldair se levantó de su montura sin detener a su frisón al ver una figura en el medio del camino, solitaria y sin caballo que le acompañara. Conforme se acercó su corazón latió aprisa tanto por la sorpresa como por el júbilo, azuzando más a su frisón que relinchó, acelerando para alcanzar a su hermano menor esperándole como si hubiera ido de paseo a esos campos y no a una emboscada cobarde del Sur en tierras extrañas como peligrosas.
-¡ANTHONY! ¡HERMANO!
Éste tomó aire, porque vio el brazo de su hermano mayor extenderse para tomarle y subirle a su montura, haciendo una U al girar a su caballo, comenzando a detener su galope que el grueso de los Lobos de Hierro también imitaron, confundidos y aliviados. Aldair abrazó con fuerza a su hermano menor sintiendo lágrimas en los ojos, besó sus cabellos una y otra vez igual que su frente y mejillas, escuchando los inconfundibles gruñidos de queja cuando llenaba de mimos al más pequeño de los hijos de la reina, cuya silueta vino a su mente, separándose lo suficiente para ver a Anthony a los ojos, preguntando por ella.
-¿Madre?
-Está viva, pero debe permanecer al cuidado de los Señores del Bosque.
-¿Qué…?
-Aldair, debes detenerte, esto…
-¿Cómo fue que llegaron aquí? Lady Atasha dijo que les perdieron en un incendio espantoso.
Anthony pasó saliva. –Nos salvó el Hijo del Hielo. Él me curó –señaló los pocos vendajes que aún tenía.
Su hermano mayor tomó su brazo, donde estaba el más grueso de aquellas mágicas telas. Frunció su ceño con los ojos clavados en el otro. Parecía no creerle. Uno de los guerreros se adelantó, quitándose su casco. Era nada menos que Lord Brjánn Bann, el padre de Brux.
-Gaia vive en ti, Príncipe Anthony.
-Gaia está con usted, Lord Bann –respondió éste.
-Bendito sea el Gran Lobo Gris que te ha protegido. Mi hijo quedó angustiado al no verte más.
-¿Brux está bien?
-Como los demás que arribaron al puerto –respondió el Lord- Esto sin duda es una señal de Gaia. Altezas, será bueno terminar esta jornada en la fortaleza de los Quill. Aunque la vista es agradable, siempre es mejor tocar los temas delicados bajo un techo cálido.
-Que suenen los cuernos –ordenó Aldair sujetando a su hermano.
Todos cabalgaron aunque a menor velocidad en dirección hacia la fortaleza con los cuernos cantando al viento su arribo que fue escuchado y correspondido por otros más roncos, asentados en lo alto de los muros de la fortaleza de piedra maciza que pertenecía a los Quill. Un grupo de jinetes fue a su encuentro, liderados por un sonriente Lord Pete Quill, cuyos ojos se abrieron de par en par al ver con Aldair a nada menos que su ausente hermano, sano y salvo. Después de intercambiar los saludos, fueron hacia su hogar, dejando que los Lobos de Hierro hicieran campamentos alrededor y sus cabezas entraran por el patio de piedra dura hacia las puertas principales donde al fin desmontaron, todos con la vista fija en Anthony pues les carcomían las preguntas sobre lo sucedido. Sin embargo, el Príncipe Heredero tuvo otras ideas, jalando consigo a su hermano menor hacia los aposentos de Lord Quill, mismo que les escoltó.
-Bien, Anthony, ahora quiero que me digas que rayos sucedió –ordenó Aldair, haciendo sentar a su hermano en una silla frente a un fuego tibio- Desde esa cena antes del ataque hasta hoy.
El más joven de los Stark no se hizo del rogar, contándole todo lo que había ocurrido sin omitir detalles, siendo lo más justo posible. Cuando llegó a la parte en que Loki apareció como un lobo de ojos verdes y más adelante se transformó en un dragón que les llevó al Bosque Sagrado, la incredulidad de Aldair afloró, avivada por la rabia de haber escuchado cómo habían lastimado casi de muerte a su madre.
-¿Cómo podemos estar seguros de que la reina sigue viva?
-Por Gaia, Aldair, no puedes decir eso…
-Gaia sabe que no hay mayor deseo en mi corazón que nuestra madre no haya muerto, quiero verla una vez más cabalgar en su caballo con su armadura y la corona en su cabeza. Pero nadie la ha visto más que tú y tu Hijo del Hielo, no puedo plantarme frente a los Clanes del Norte y decirles que su reina está viva sin pruebas.
-Es tu palabra de honor, ¿qué acaso no cuenta? –preguntó airado Anthony.
-Cuenta, pero en una guerra se necesita más que buena fe. Deberías saberlo.
-Aún no estamos en guerra.
-Lo estamos, con el ataque que haga Lady Gamora queda claro.
-Puede ser otra escaramuza más, Aldair… aún no declares la guerra. Permite que madre regrese.
Aldair se talló el rostro, paseándose alrededor de la habitación, volviendo con su hermano, de cuclillas frente a él.
-Por el Gran Lobo Gris y Gaia bendita, sabes cuánto te amo, Anthony, sabes que siempre he tolerado tus desvaríos y que pelearía contra el mundo entero por protegerte. No me pidas que me quede de brazos cruzados cuando Lobos de Hierro tan honorables como feroces perdieron la vida en esa maldita isla por culpa del Sur, que otros regresaron heridos y que mi propia familia casi muere a manos del Impostor Roggers. Debiste cortar su cabeza y no el brazo del Comandante.
-Gracias por insinuar que no hice todo lo que podía.
-Anthony, por todos los cuervos del Norte –gruñó su hermano mayor, sujetándole por los codos- Mírate, tienes aún heridas, y si nuestra madre está en peores condiciones, mi lengua no puede soltar flores en estos momentos. Tengo que hacer lo que debe hacerse con los medios que tengo disponibles, y si eso implica declarar la guerra, lo haré.
-Me permito interrumpir su querella –habló el joven Quill, sentando en una esquina, recargado en un brazo de su silla con una pierna cruzada en alto- Escuchando lo que Anthony ha dicho, creo que tiene razón, Aldair. Has picado el anzuelo luego de la carta de la Reina Madre.
-¿Carta? –Anthony parpadeó- ¿Qué carta?
-Tu hermano recibió una carta de Sens Roggers en donde le pedía de la manera "más humilde" que considerara otorgarle un permiso para viajar al Norte y pedir disculpas a la Familia Stark de forma personal frente al Trono Negro, y con ello unir a los dos reinos en paz –respondió Pete en lugar de Aldair quien rodó los ojos- Imaginarás que tu hermano le respondió un rotundo NO junto con otras palabras duras para una viuda Sureña.
-¿Le dijiste sobre nosotros? –quiso saber el joven Stark, mirando a su hermano.
-Sí, que estaban desaparecidos y por ello el Sur pagaría.
-Aldair… -Anthony se golpeó la frente- Acabas de decirle al Sur que no tenemos reina.
-De cierta manera es cierto.
-¡Aldair! Ya te he dicho que…
-¡Y yo voy a repetirte lo mismo, Anthony! No estoy pidiendo la muerte de madre, ni usurpando su trono, estoy tomando las riendas de nuestro hogar hasta que ella retorne. ¿O esperas que dejemos sin respuestas, sin venganza ni guía a los Clanes del Norte que nos han jurado lealtad?
-Es que…
-Anthony –el Príncipe Heredero se puso de pie, sujetándole por la nuca, pegando sus frentes- Tus palabras me dan consuelo pero solamente a mí, no sirven promesas así para guerreros que han perdido demasiado a causa del Sur y que ahora ven un Trono Negro vacío. Puedo aplazar mi nombramiento como el nuevo Rey del Norte, lo haré por ti y solo por ti, pero sé consciente de algo, querido hermanito. Steven Roggers va a atacar, lo voy a enfrentar. Pide a Gaia que yo no pierda la vida porque entonces tú serás el último Stark.
Aldair salió de ahí, evidentemente contrariado, azotando la puerta. Lord Quill suspiró, poniéndose de pie para ir hacia un cabizbajo Anthony cuyo hombro apretó, masajeándole después.
-Entiéndelo, Anthony. Quedarse en la fortaleza con la amenaza de la guerra sobre sus hombros, escuchar que no regresaron todos del Archipiélago Este, que nadie sabía nada de ti ni de la Reina Malle y luego llega esa carta insulsa… su mente está agobiada.
-Tan solo pido que no declare la guerra todavía… hay que pensar bien todo esto, porque hay cosas ocultas que no me agradan.
-Y te apoyo con ello, pero Aldair no lo hará. Gaia sabe que tiene tres pilares en su corazón que sostienen su amor por el Norte: Dwen, tú y su madre. Han herido dos de ellos, no lo perdonará.
-Ayúdame, Pete.
Éste le sonrió, asintiendo. –Por supuesto, déjame hablar a solas con tu hermano.
-Gracias, te debo ya varios favores.
-Jamás dejaré sola a la Familia Stark. Ahora, habla con la verdad, Anthony. ¿Es cierto todo eso de los Señores del Bosque?
-Por mi espíritu eterno y mi vida mortal, juro que sí.
-Entonces no hay nada qué temer, convenceré al testarudo de Aldair de no declarar la guerra y devolver a los Lobos de Hierro hacia la Fortaleza. Tengo un plan que puede funcionar, tú en lo mientras, querido príncipe, debes descansar y recuperar fuerzas. Luces pálido.
-No sé qué haría el Norte sin tu fe, Lord Quill.
-Seguramente despellejarse –bromeó Pete- Te ofrezco mis aposentos, voy tras tu hermano.
-De acuerdo y una vez más, gracias.
Poco o nada pudo descansar el Príncipe Anthony con miles ideas dándole vueltas a su cabeza, tenía un enorme presentimiento de que la horrible pelea no había sido iniciada por ninguno de los dos reinos sino un tercero que deseaba verlos matarse entre sí. Aquel barco con toneles de aceite que Petya descubrió era una pista. Abrió sus ojos al recordar al joven ladronzuelo, levantándose de la cama donde reposaba para bajar hacia el patio de armas donde seguramente estaba su hermano y Pete, si bien los conocía. Ya en los pasillos se hablaba de la victoria de Lady Gamora Whoberi, que volvía para reunirse con Aldair. Estaba cruzando el puente que unía el ala principal de la fortaleza con el patio cuando un pequeño niño llegó corriendo a él, tirando de su capa con insistencia para que le mirara y al lograrlo, le tendió al acto un pequeño papel enrollado, alejándose de inmediato en cuanto Anthony lo tomó entre sus manos, sin darle oportunidad a preguntarle de parte de quién o qué era aquella misiva. Frunció su ceño pero desdobló el papel.
Abrió sus ojos con un jadeo, mirando a todos lados como si le hubieran entregado algo prohibido y de cierta manera así era. Buscó regresar a los aposentos de Lord Quill, acercándose a la chimenea para volver a leer el mensaje, cuya letra manuscrita tenía una forma elegante como perfecta, igual que su dueño, nada menos que el Rey del Sur. Pedía que se vieran en La Garra, donde el arco de piedra que miraba hacia el Oeste al día siguiente, aparentemente para resolver el asunto de la guerra, cosa que no convenció del todo al joven Stark sino el mencionar que también sospechaba de un tercer participante en el conflicto, que lo convertía entonces en enemigo de ambos reinos. Invocaba el baile de aquella noche de lunas llenas como intermediario de buena fe. Estaría desarmado y sin compañía alguna, Anthony podía ir con toda la compañía y armas que deseara si ello le daba la seguridad para asistir. El príncipe arrojó el mensaje a las llamas de la chimenea, sobándose su mentón con expresión pensativa, mientras el papel era consumido.
Cualquier Lobo de Hierro que viera al Rey Steven desarmado no iba a perder la oportunidad de cortarle la cabeza por la afrenta del Archipiélago Este. Si le decía a su hermano, lo que Pete Quill pudiera haber conseguido se iba a esfumar, y sus amigos estaban muy lejos para llamarles. Cosa que tampoco sucedería luego de sus heridas, igual que él, debían reposar lo más que pudieran. El joven Stark resopló, mesándose sus cabellos, dejando una mano en su nuca que sobó insistentemente con sus pies dando círculos alrededor de la recámara. Bien podía llamar a Loki, más era una apuesta de muerte porque el hechicero estaba demasiado resentido como para mantenerse ecuánime. La situación debía manejarse con la mayor precaución posible, cualquier amenaza y la guerra estallaría cobrando la vida de miles por ambas partes. Recordaba perfectamente las palabras de su padre al respecto, diciéndole que una guerra se ganaba cuando se evitaba. Eso era lo que estaba tratando de conseguir al aplacar a los Clanes del Norte, tiempo para ver todas las posibilidades.
-Gaia, protégeme una vez más.
Salió de la habitación, evadiendo cualquier encuentro con rostros conocidos al levantar la capucha de orilla peluda de su capa, casi corriendo a donde los establos para robarse el frisón de Lord Quill que le conocía de sobra. La suerte estaba de su lado porque un grupo de cazadores volvía en esos momentos, aprovechando la algarabía para colarse entre ellos y pasar por las puertas sin mayores preguntas, alejándose a toda prisa hacia el bosque no lejos de la fortaleza con el fin de despistar cualquier rastreo, torciendo hacia donde los Páramos de los Ancestros a todo galope. Le tomaría un día llegar a La Garra, si todo salía bien. Solamente se detuvo para descansar unas horas, dejar que el caballo bebiera agua o recolectar algo de frutas y raíces para comer. El amanecer fue nublado, la primavera estaba terminando con los primeros monzones que dejaban caer lluvias ligeras en aquella parte del Norte. Anthony miró al cielo mientras seguía su acelerada carrera hacia el punto de reunión, con su mano viajando hacia su espalda para tomar el mango de su Extremis que no había soltado en todo el viaje, compañera fiel de sus aventuras.
Para cuando llegó a La Garra, el cielo estaba nublado completamente. El Príncipe Stark aminoró la marcha, trotando solamente por los terrenos pantanosos con los sentidos completamente alerta conforme se adentraba, buscando aquel sitio que vio después de unos minutos. Divisó por entre la densa niebla que ocultaba buena parte del terreno a un caballo blanco, pastando tranquilamente con un pesado escudo colgando en un costado y una espada en el otro. Anthony apretó su mandíbula, acercándose unos metros más con el frisón que relinchó, percibiendo con su olfato una presencia extraña a los Lobos de Hierro. Le tranquilizó acariciando sus crines, desmontando al fin con la mirada buscando alrededor, parecía que el Rey del Sur estaba cumpliendo su parte del trato, más seguía alerta después de haber experimentado aquel intento de secuestro que aún debía saber si había sido treta del Sur o de aquella mano intrusa en su guerra. Al alcanzar el arco de piedra con lianas entrelazadas en los huecos de su estructura, se detuvo al ver erguirse una figura de cabellos rubios y ojos azules que le sonrió levantando sus brazos para mostrar que no traía arma consigo.
-Gracias por venir, Príncipe Anthony.
-Debiera cortarle la cabeza ahora mismo.
-Debiera, Alteza –concedió Steven sin dejar de mirarle- Pero no estamos aquí para cobrar venganzas sino para salvar inocentes.
-Esas palabras viniendo de sus labios suenan hipócritas, Su Majestad.
-Yo no ordené quemar y explotarlo todo, si acaso es lo que el príncipe piensa de mí.
-¿Entonces?
Steven ladeó apenas su rostro. –Tu mirada me dice que lo sospechas, Anthony. Alguien más está interesado en que nos cortemos mutuamente las cabezas.
-¿Quién?
-No lo sé, Alteza. Pero la amenaza es tan real como los barcos de la Orden de la Moneda viajando ahora mismo hacia nosotros.
-¿Van a atacarnos?
-La mitad de la Isla de los Silencios terminó hecha cenizas. Y dado que ni Aldair ni tampoco yo hemos aceptado la responsabilidad de ello, ahora tenemos un enemigo común con rostro conocido.
Anthony hubiera querido decir que el Norte era inocente pero lo cierto era que cierto dragón había tenido culpa en ello. Si había alguien que no estaba involucrado, ése era el Sur.
-¿Qué pretendes, Rey Steven?
-Evitar la guerra –replicó de inmediato éste- El Norte es poderoso, lo admito más en el Sur sabemos de la voluntad inquebrantable para hacerles frente. Sin embargo, lejos de llevar a cabo un encuentro entre nuestras fuerzas, hay algo que no puedo hacer y es pelear en dos lados al mismo tiempo. Mucho menos cuando presiento que detrás de la Orden de la Moneda se esconde el verdadero enemigo, y que es común a ambos.
-Tiene lengua de encantador, Su Majestad.
-Solo digo la verdad porque de ella me alimento –sonrió el rubio- Anthony, te he llamado porque me consta que tienes un temple diferente a Aldair, si me hubiera reunido con tu hermano, ahora estaría muerto y el Sur atacaría sin medir las consecuencias hasta que no hubiera territorio ni vasallos que gobernar.
-La Reina Stark está viva, no pienses en mi hermano como el nuevo rey.
-No trato de ofenderte –el Sureño levantó sus manos en son de paz, acercándose un par de pasos hacia el príncipe- Quiero llegar a un acuerdo que podamos lograr por el bien de nuestros reinos.
-El Rey del Sur sigue pensando en nosotros como salvajes pagados de creencias blasfemas.
-Anthony, ¿no fuiste tú quien me dijo que mi corazón era libre?
Éste frunció su ceño, mirándole de arriba abajo. -¿Qué con eso?
-Quiero entenderles, como también me gustaría que supieran de nosotros. No todo es malo, Anthony, tenemos cosas buenas.
-Hablas demasiado bien luego de que mi Claymore cortó el brazo de tu mejor amigo.
-Yo herí a tu feroz madre y estás aquí, conmigo.
-La envenenaste.
-¿Qué…?
-No juegues al inocente conmigo –siseó el joven Stark, plantándose frente a Steven, entrecerrando sus ojos- Tus espadas estaban envenenadas, trampa similar a la que usaste cuando enviaste a mi padre a la muerte segura de la forma más horrible.
-Alteza, podré tener secretos, podré guardarme planes o pensamientos, más nunca haría semejante bajeza como envenenar mis armas para ganarle a mi rival. Eso, además de ser indecoroso, va en contra de mis principios. Y en cuanto al Rey Haruld, debes creerme, yo no ordené su muerte ni la de los suyos.
-Mentiroso.
Steven le miró unos momentos, antes de tomar la mano del castaño con fuerza, haciendo que sacara su daga de su cinto, apretando el filo de la hoja entre los dedos de una mano que levantó a la altura de sus sorprendidos ojos.
-Juramento de sangre. Yo no envenené las armas que lastimaron a tu madre, ni tampoco ordené que alguien más lo hiciera. Yo no ordené la muerte de tu padre, ni tampoco hice que alguien más lo ordenara por mí. El Sur no haría eso.
Le soltó, dejando ver las ligeras cortaduras en su palma que dejaron caer pequeñas gotas de sangre sobre la tierra húmeda. El cielo tronó, liberando un rocío frío sobre ellos. Anthony miró fijamente al Rey del Sur, entre incrédulo y rabioso por tales osadías al haber hecho un juramento de sangre, tan sagrado para el Norte como la vida misma.
-Has cambiado.
-Probablemente. El cambio es bueno, renueva y hace girar la rueda de la vida.
-Si aceptara la tregua, ¿qué sucedería?
-Detendríamos sin pelea a los barcos de la Orden de la Moneda, tengo buenas relaciones con la mayoría de sus generales. Sé que me escucharían y ayudarían a resolver los misterios que nos envuelven. Luego hablaríamos de nosotros.
-¿Nosotros? –Anthony arqueó una ceja- ¿El Norte y el Sur?
-No, de ti y de mí.
El Príncipe Stark parpadeó un par de veces con la mente en blanco ante sus palabras que le parecieron imposibles. Steven sonrió ampliamente, aprovechando su momento de confusión, acercándose con un brazo pasando por su cintura y aquella mano cortada sujetando su nuca por encima de la capucha para atraerle hacia sí, uniendo sus labios en un beso firme, posesivo que no dejó espacio para forcejeos al envolverle por completo entre sus brazos, ahogando la queja inicial con un gruñido suyo. El castaño abrió sus ojos, levantando sus manos a los hombros del rey para tratar de empujarle sin mucho éxito, estando completamente estampado contra él, con una lluvia cayendo sobre sus cabezas y espaldas. Jadeó al sentir que le faltaba aire para respirar, lo que dio la oportunidad a una lengua de invadir su boca. La forma de besar de aquel Sureño era agresiva y al mismo tiempo suave, haciendo que ladeara más su rostro para dejarle besar mejor. Anthony sintió que sus mejillas ardían, no supo si de indignación o de algo más.
Con todas las fuerzas que pudo, empujó una vez más los hombros del rey, jalando aire cuando sus labios fueron liberados. Se soltó con un forcejeo descontrolado, casi a punto de caer al suelo al echarse hacia atrás en tropezones, mirando atónito a un templado Steven cuyos ojos no soltaron los suyos, con sus cabellos comenzando a pegarse a su cabeza por la lluvia de gotas frías. El joven Stark se llevó una mano a sus labios que sintió punzarles, respirando agitado con una expresión de completa confusión que solamente se agravó por una sonrisa inquietante que trajo un escalofrío a su espalda, comenzando a negar con su cabeza.
-Anthony…
-No –el castaño se alejó con un respingo- No…
-Te quiero a mi lado.
-Esto no… es mentira… eso… es… mentira…
-¡Anthony!
Steven estiró un brazo para alcanzarle pero el príncipe ya corría hacia el caballo, resbalando un par de veces al no fijarse bien por donde pisaba, subiendo a toda prisa sobre el frisón. Sus ojos castaños se posaron en el Rey del Sur, aún con esa mezcla de indignación y temor antes de agitar las riendas, saliendo a todo galope de vuelta a su hogar con la lluvia separándoles.
