Beta: Jocelynne Ulloa (FFAD)

www facebook com / groups / betasffaddiction


Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO ALTAMENTE SEXUAL+18.


Capítulo 9

— ¿Ya te lo follaste? —sus grandes ojos de color azul me indicaron lo sorprendida que se encontraba por la situación.

—Por supuesto—, recargué mi espalda en la silla de cuero.

— ¡Y en la escalera! —Gritó y luego se tapó la boca con su mano derecha.

— ¿Tanto te sorprende que me haya follado a Edward Cullen? —Quizás le resultaba imposible que se fijara en mí. Aunque eso era una vil estupidez, ella siempre decía lo genial que era.

—No pienses que te veo como alguien inferior, es que… ¡AY ISABELLA! No puedes meterte con todos aquellos que tienen novia—. Se mordió su uña pintada con manicure francesa.

—Eso sólo enseña que los hombres persiguen carne, nada más que eso, pueden decirte "te amo" cada dos segundos y al rato te clavan un puñal por la espalda—. Cada palabra que dije era verdad, la vida me había dado la razón en todo sentido.

—Que uno te haya dañado no significa que todos sean así. Además esas chicas no se merecen eso.

— ¡Para! — Iba muy rápido, no la entendía. — ¿Hace unos días querías que lo follara y ahora me dices que no le haga daño a su novia? Estás loca—, rodó los ojos.

—Está bien, entiendo que me eches eso en cara, pero hablé con ella y se nota que es una buena mujer que lo ama. — ¿Qué mierda?

— ¡Traición! —, grité parándome de golpe. —Esa mujer sólo quiere aparentar con ese rostro de buena chica, con su perfecto aura de santa ¡cuando se mete cuatro penes a la boca al mismo tiempo!

—Eso tú no lo sabes, Bella—. Frunció el ceño, —no debes tener envidia.

— ¡Ay por dios! ¿Envidia? Odio a las rubias que escupen una polla antes de atragantarse con ella.

—Jane jamás me ha hablado mal de ti, Bella. Me decepciona mucho que digas esas cosas si ni siquiera te ha hecho o dicho algo malo—. Tenía algo de razón, Jane nunca había hecho algo que me hiciera ir en su contra, pero ¡algo de ella no me gustaba! Estaba segura que su imagen era sólo una pantalla para ocultar su verdadero yo.

—Vete al demonio, Rosalie—. Me volví a sentar y abrí mi laptop para proseguir.

—De verdad, Bella, estás loca. No sé cómo te pones a tratar así a la gente sin justificación.

—Retírate—. No la miré, me había enojado, ¿qué se metía ella?

—Bella ¡por Dios! —. Golpeó el escritorio.

—Vete—, mi voz era serena.

— ¿Te enojas porque te digo la verdad?

—Corrección—, me metí a mi correo. —Que tú creas que es la verdad, no significa que sea realmente como dices. Y sumamos… te haces amiga de ella ¿qué peor traición que esa?

— ¿Sabes? Quédate con tu enojo, de seguro Jane tiene más cordura que tú—. Esta vez sí la miré.

— ¡Ahora acuéstate con ella! ¡Há! —, le grité con mis manos hechas puños. Luego dirigí mis ojos a la pantalla.

—Nos vemos, cuando se te pase este estado de demencia hablamos, adiós.

—Muérete—. Escuché sus tacones golpear el suelo y después la puerta cerrarse de un solo golpe. — ¡Así son las amigas!

¿Y desde cuando habían entablado una "amistad"? Estúpida Rosalie, hace poco la muy perra me había dicho cosas feas de ella ¿Y ahora se preocupaba de que fuese a sufrir por Edward? Me lleva el diablo.

Me propuse seguir trabajando, pero recordé que Elena no había llegaba, estaba bastante furiosa ¿cómo se atrevía a demorarse? Ya hace poco le había dicho que si volvía a llegar tarde la echaría a patadas de la empresa. Bueno, eso le había dicho sabiendo que ella no volvería a hacerlo, tampoco podía darme el lujo de despedir a una asistente tan leal, aunque torpe, algo rara y con poco carácter, pero muy leal.

Ya eran las diez de la mañana y nada, esto era más extraño que irritante, ni siquiera atisbos de ella, jamás había pasado. Revisé por undécima vez mi blackberry y nada. Fruncí el ceño.

Elena tenía problemas familiares complicados, muy complicados, sobre todo con su hijo pequeño de 6 años. Ella era bastante joven, sólo tenía 30 años. Velaba por su familia y los amaba, de eso estaba segura. Además de fiel ¡Nadie podría tener la asistente que tenía yo! La estimaba a pesar de todo.

El sonido similar al de un mosquito salió desde el bolsillo de mi chaqueta de cuero sintético (por los animales, claro), mi blackberry al fin sonaba. Lo miré y era ella.

—Elena, por dios ¿¡TE DAS CUENTA DE LA HORA QUE ES! – por poco y le grité hasta casi reventar el teléfono.

Srta. Swan, soy yo, David, el esposo de Elena, su asistente—. Fruncí el ceño duramente, ¿qué hacía él llamándome?

—Claro, te recuerdo—. Carraspeé. —Lo siento, Elena no llegaba y…

Ella no podrá ir a trabajar—, mi ceño se acentuó considerablemente.

— ¿Por qué? ¿Está enferma? Si no viene por un simple resfriado sabe muy bien que debe irse, el trabajo se hace sí o sí.

Sufrió un grave accidente—. "Grave accidente", Dios.

— ¿Ella está bien? —, agarré mi collar de piedras negras y rojas que colgaba en mi cuello con fuerza.

No. –Suspiró y comenzó a llorar, me tensé de inmediato. —Solo pude saber que está grave.

— ¿Quién la atropelló? –comencé a caminar de un lado a otro, estaba desesperada.

Los sollozos le impedían hablar, sorbía por la nariz y volvía a llorar, fue escalofriante.

Un puto camión pasó sin darse cuenta que Elena iba caminando, pero ¡Dios! Elena por irse apurada, por tratar de llegar temprano a su trabajo no se fijó en que aquella máquina amenazaba en chocar contra ella—. Sus palabras tocaron fondo en mí.

—Maldición, ¿en qué hospital está? Debo verla—. Miré hacia el techo y di un suspiro.

Está en el North General Hospital—. Abrí mis ojos de sopetón.

—Ese hospital es horrible, vamos, yo la llevo a uno mejor—, estaba dispuesta a pagar lo que sea por ella, por mi asistente.

No, Srta. No puedo aceptarlo.

—Que no te importe el dinero, yo pagaré todo para su cuidado, cueste lo que cueste. Nos vamos al Mount Sinaí Hospital.

— ¿Cómo está? –pregunté con el alma pendiendo de un hilo, era mi asistente la que estaba en peligro.

—Grave, muy grave—, se sentó cansado en la banca que ahí estaba. Apoyó su cabeza en la pared dura con múltiples carteles y fichas de "cuídese de la bacterias", "no fume", "use condón".

Me senté a su lado y con todas mis fuerzas levanté mi mano y la pasé con cuidado por su espalda pequeña. Esto era bastante humano para mí, claro que yo también soy humana. Mierda…

El esposo de mi asistente era un hombre delgaducho y pequeño, pelirrojo y de ojos azules potente, con un rostro cubierto de pequeñas pequitas. Estaba algo desastrado, a lo mejor por esta situación o quizás siempre andaba así.

—Oh, Dios… —respiré profundamente, llorar era para idiotas. — ¿El médico no ha dado un diagnóstico concreto?

—Ninguno—, tragó fuertemente. Posó sus ojos en los míos, cubiertos de lágrimas que no podía controlar. —Gracias por todo, Srta. Swan.

—No tienes nada de qué agradecerme, Elena ha hecho muchas cosas por mí y… nunca le di las gracias como correspondía—. Fruncí mi boca, esperaba que estuviese bien, sería un golpe bien duro no tenerla en el trabajo.

—Ella siempre la ha admirado ¿sabe? —. Levanté mis cejas en sorpresa, eso no lo sabía.

—Wow… no veo por qué tendría que admirarme—. Podía dar fe de lo mal que siempre la había tratado y… maldita sea ¿por qué siempre es tarde para notar las cosas?

—Elena siempre me decía lo hermosa que era usted, cuánto la quería, siempre trató de hacer lo que usted deseaba –sonrió–, la quiere mucho.

Mi boca se apretó en sí misma con el dolor flotando en mi corazón. Sus palabras eran sinceras, lo sabía.

—No sabes lo feliz y triste que me pone eso—. Sonreí con tristeza.

— ¿Por qué? –preguntó.

—Porque... a pesar de que me confirma lo leal que es Elena conmigo, me es angustiante no poder saber si lograré decirle "gracias por todo" —. Me paré de aquel asiento sin saber qué hacer o qué pensar.

—Gracias de nuevo, Srta. Swan –me giré para verlo–, estoy seguro que con su ayuda ella se salvará—. Sonreí abiertamente.

—Haré todo lo posible, su vida depende de mí—. Cerré mis ojos con fuerza.

— ¿Ustedes son familiares de Elena Stand? –escuché que dijo alguien, me di la vuelta. Era el médico.

—Yo soy su esposo, ¿qué tiene mi esposa, doctor? — Se acercó a él. Yo me hice a un lado, no tenía por qué escuchar eso.

En aquel momento, no pude evitar pensar en las palabras de aquel hombre de cabello rojo, en cada oración que pronunció, me sentí fatal, horrible. Elena Stand me quería y yo jamás me di cuenta de aquello, siempre la traté como a cualquier basura que te encuentres en una calle, como la mierda molida de un bebé. Me decepcioné de mi misma. Siempre tratando de ser una mujer fuerte, perfecta, una mujer a la que no se le puede pasar a llevar, fría, tajante y poderosa. Jamás me di cuenta en Elena, en esa mujer de gran cuerpo, con esos ojos azules grandes llenos de inocencia y bondad. Ahora venía a darme cuenta, cuando ella estaba grave y a punto de morir.

—No puede ser—, dijo el esposo seguido de un suspiro lleno de tristeza y zozobra. Me asusté.

— ¿Qué tiene, doctor? –no me importó no ser familiar de ella, necesitaba saber. El rostro de aquel médico no daba indicios de que la nueva noticia fuese muy alentadora.

—La paciente presenta múltiples fracturas en el cuerpo, sumado a un TEC cerrado que la tiene en coma—. Hice una mueca de desagrado.

—Ella no puede morir, no puede—, dije.

—Haremos todo lo posible para que eso no suceda, Señorita—. El doctor era tan frío como un témpano de hielo. "Tú también lo eras ¿no?", dijo alguien en mi interior.

—DEBE hacer todo lo que tenga en manos, doctor. Se supone que este es el mejor hospital de New York y yo les estoy pagando, denle el mejor médico especialista que tengan, tengo todo el dinero del mundo para ella, se lo merece… —dije lo último en un susurro.

—Le repito, haremos todo lo posible—, ese estúpido doctor estaba sereno, eso me causó una rabia inmensa.

— ¡Sus putas palabras no me sirven, joder! –Grité–. No sabe lo mal que me siento, no sabe—. Mi mentón tiritó causado por la rabia, la tristeza y la desesperación. Mala combinación.

—Por favor, Srta. No puede venir a gritar así como así a este hospital. Entiendo que…

—No, señor, no, usted no entiende nada—. Susurró el esposo de Elena.

—Haremos todo lo posible, debe confiar en nosotros—. El doctor le puso su mano en el hombro, como dando su apoyo.

—No sabe lo desesperado que me encuentro, su hijo está ahora en la escuela sin saber que su madre se está muriendo—. Comenzó a llorar despacio, con dolor.

—Confíe en nosotros, Sr. –miré al techo del lugar, estas escenas me dolían.

—Ella… ella se merece vivir—, hablé.

— ¿Cuándo despertará? –inquirió el pobre hombre con el corazón hecho trizas.

—Eso no se puede saber, pueden ser horas, días, semanas… hasta años.

—Preocúpese de salvarla, sólo eso—. Me senté nuevamente en esa dura banca fría.

¡NO QUIERO! ¡NO! –grité tan fuerte que mi garganta quedó seca y dolía.

¿Te pregunté acaso? — Su mano se fundió en mi muñeca, causando un horrible dolor. Mi mejilla ardía y mi boca expulsaba aquel líquido propio de nuestro cuerpo, rojo… caliente. La sangre escurría de mi labio adolorido, recientemente golpeado, latiendo al son de los segundos infernales que ahora estaba pasando.

¡No te atrevas a tocarla! –su voz estaba algo alejada, pero sentía el dolor en cada sílaba que pronunció.

¿Crees que me importa lo que tú digas? –el golpe seco de su puño en el rostro de él me sacó otro grito, impidiéndome decir otra palabra más, ya no tenía voz.

Déjalo por favor—, susurré con las lágrimas en mis ojos.

Maldito bastardo, eres un puto y maldito bastardo –escupió él, mi chico de ensueño.

Chicos, ¿ven a este? Se atrevió a insultarme, pobre ser… —los demás reían sin parar.

¿Crees que te tengo miedo? ¡JAMÁS TE TENDRÍA MIEDO! Eres un marica, sólo te ensañas con una mujer indefensa, incapaz de… —ensartó aquel cuchillo filudo y pequeño, sólo un sonido apagado salió de él, de mi chico de ensueño.

¡NO! –traté de correr para poder acunar su cuerpo conmigo, para poder socorrerlo de este infierno.

Múltiples brazos fuertes me atraparon, imposibilitando mis movimientos. Estaba desesperada, desesperada y llena de miedo, un miedo terrible dentro de mí. No podían hacerle nada, no debían ¡esto era injusto!

¡ESO TE PASA CON METERTE CONMIGO! –Le pateó el estómago cientos de veces, cuanto quiso –Y esto… —de su abrigo sacó esa arma, aquella arma asquerosa —…esto es por MÍ novia.

No… —susurré con mi garganta muerta –no…

Di adiós niño bonito—. Lo apuntó y quitó el seguro, como pude traté de soltarme de estos malditos brazos fuertes, pero no podía. Me retorcí como un gusano, pero me era imposible… imposible…—nunca, nunca debiste haberte acercado a lo que es mío.

¡NO, BELLA! –Gritó mi chico de ensueño — ¡BELLA!

— ¡NO, NO LO HAGAS, NO! –grité.

Abrí mis ojos y me encontré con sus orbes penetrando los míos, tenía una mano en mi brazo, tratando de calmarme.

—Bella ¿qué te sucede? — Sonsacó con su ceño fruncido. —Estabas gritando en medio de un hospital—, rió.

— ¿Qué haces aquí, Edward? –sin darme cuenta me había quedado dormida en medio de la banca.

—No te presentaste a la junta, le pregunté a Tanya qué había sucedido y me contó todo, lo siento mucho—. Suspiré.

—Gracias—. Tenía un ligero dolor en mi cuello por la mala posición en la que me había dormido.

— ¿Qué soñaste, Bella?

Mi hombre de ensueño, su rostro… Como pude borré ese recuerdo, ese maldito sueño reciente que aumentó mi dolor. Cerré mis ojos.

—No recuerdo—, traté de sonar despreocupada, pero la tristeza me carcomía por dentro.

No tenía idea del por qué, pero su recuerdo volvía a mi mente nuevamente, luego de muchos años.

Había guardado todo de él en un baúl de memorias prohibidas, ese pequeño sueño era sólo una pequeña porción de todo el infierno que había pasado después.

—Bella, estás sudando—, pasó su mano fría por mi nuca.

—Qué atroz—, traté de reír.

— ¿No sucede nada malo? –enarqué una ceja ante lo que dijo.

—Solo que mi asistente tiene un fuerte golpe en la cabeza que la mantiene en cama indefinidamente—. Me expresé mordaz.

—Te afectó bastante esto—. Se mostraba receloso.

—Es mi asistente, Edward. Llevo años con ella.

—Eso está bien, aunque creí que eras más fría, siempre se ha dicho eso de ti.

—Lo soy, que esté velando por la salud de mi mano derecha es distinto.

—La quieres ¿no?

—No te incumbe.

—Ella siempre me dijo cuánto te estimaba, eres como su ídola.

—Ya van dos personas que me lo dicen ¿por qué nunca me lo dijo a mí? —Fruncí el ceño.

—Porque, seguramente, le daba miedo. Tu carácter la debe haber frenado a eso. Lo más probable es que pensara que tú la mandarías al demonio y te reirías de ella—. Algo extraño se formó en mi estómago, incomodándome.

No le dije nada, la verdad era que ese maldito sueño me tenía aterrada, me calaba entre los huesos el miedo, el horror que me hacía rememorar la sangre que corría, los golpes que iban y venían.

La oscuridad absorbía mis pensamientos.

Una nube oscura y grisácea completaba mi angustia.

Aquellos momentos tenebrosos y abrumadores que ahora me tenían cubierta.

La marea de recuerdos llenos de sangre, roja y caliente.

No debía llorar, no debía, no podía ¿por qué hacerlo ahora? Hace tanto había pasado, hace tanto que había derramado el mar de sentimientos, que, ahora, estaban sellados y prohibidos para cualquier otro ser que quisiera volver a abrirlos.

— ¿Sabes si volverá a despertar? —Preguntó Edward. Golpeaba constantemente sus muslos con sus dedos pulgares.

—No lo sé, me preocupa –suspiré–, no se merece que esto le haya pasado, tiene dos hijos pequeños, un buen esposo… La vida es injusta ¿no? —Mi mentón tiritaba producto de aquellos recuerdos y de Elena.

—Nadie dijo que fuese justa—. Con su mano tomó mi mentón. —Necesitas descansar—, me solté.

— ¿Qué hora es? — No tenía idea de cuánto había dormido.

—Son las siete de la tarde—. Mis ojos se abrieron de sopetón.

— ¡Dios! Qué irresponsable soy, debía estar en el trabajo.

—No importa, yo cumplí con tus obligaciones, ahora de lo que debes preocuparte es en contratar un asistente de reemplazo mientras Elena está en el hospital.

—Tienes razón—. Me paré de aquel asiento. Sentí ligeros dolores en la espalda y más en el cuello. — ¿Dónde está el marido de Elena?

—Antes de que te despertara me dijo que iría a ver algo de su esposa, no pensé que demorase tanto—. Movió su cabeza revisando si estaba por algún lado.

—No puedo irme sin antes hablar con él, Edward.

El teléfono de Edward sonó y él lo contestó rápidamente, era bastante obvio de quien se trataba.

—Mi amor, estoy ocupado en un asunto ¿podrías llamar más tarde? —La sangre se acumuló en mis manos cuando las hice puño. Esa tipa me tenía los cojones hinchados, y la verdad, no encontraba razón alguna para semejante rabia hacia ella.

Los pasos débiles de enfermos sonaban en el piso, gente hablar, llorar y justo él, el esposo de Elena con su cabeza cabizbaja, con la mirada perdida, pálido y a punto de desmoronarse. Pensé lo peor.

—Jane, estoy ocupado, ya te lo dije. Adiós—. ¿Es que esa maldita no se cansaba? Por lo menos podría tener algo más de vida ¿Cómo era posible que estuviese cada dos horas llamándolo al celular? Esto era mucho.

— ¿Ha pasado algo? — La garganta la tenía seca, necesitaba algo para beber.

—No, nada, es sólo que… mi hijo mayor está en la escuela y no he podido retirarlo, mi hijo menor es cuidado por una vecina nuestra y estoy atareado viendo papeles de Elena.

— ¿Necesitas que los pasemos a buscar? –preguntó Edward algo amable.

—Sería de gran ayuda, Sr. Cullen.

—Dime dónde y yo voy con Bella en busca de tus hijos y los traigo acá contigo. — ¡Maldición! ¿Niños?

Con la punta de mi tacón golpeé el piso del auto, llevaba alrededor de veinte minutos esperando a Edward a que buscase al niño más grande y luego al más pequeño que era casi un bebé. Esto era mi perdición, de seguro.

Tocaron mi vidrio, era un niño pequeño, rubio y de grandes ojos azules como su madre, mejillas redondas y elevadas, adornadas con adorables pequitas. Atrás estaba Edward mirándolo con devoción ¿es que adoraba a los niños? Al parecer sí.

Bajé la ventanilla del auto para responder a su pequeño toquecito.

— ¿Usted es la Srta. Isabella? –dijo con una gran sonrisa en el rostro, fue adorable, debo decirlo.

—Claro, ¿tú eres…? —, traté de sonar lo más dulce posible, pero los niños no se me daban.

—George Stand, mucho gusto señorita—. Alargó su pequeño brazo.

—El gusto es mío—, sonreí ante su gesto, bastante maduro para su edad. Estreché mi mano con la suya.

— ¿Dónde me siento, Sr. Edward? –el niño se giró hacia él y subió su cabeza para poder mirarlo.

—Pásame tu mochila y siéntate atrás—. Le acarició el cabello.

— ¿Iremos por mi hermanita ahora? —. Su vocecita piqueteaba mis oídos. Extrañamente tenía más paciencia que de costumbre.

Edward venía con un pequeño bulto en sus brazos, mi corazón disparó. Se veía… se veía increíble. Una manito apretó su corbata y Edward rió bastante feliz, me enternecí.

Ya estaba pasando el límite de las enternecidas. Yo no era así.

Me hizo un gesto para que saliera del auto, fruncí el ceño pero acepté su petición.

—Te presento a Lianna—. En aquel bulto se encontraba la copia exacta de Elena, era hermosa, realmente hermosa.

—Qué linda bebé –sonreí–, aunque… los odio –reí.

—Me gustan los bebés y los niños, son especiales—, me miró con sus ojos verdes, estos brillaban.

—De seguro serás un buen padre –dije– y Jane una gran madre.

—Necesito que te sientes atrás con la pequeña para que la lleves, yo tengo que conducir—. No había tomado en cuenta mi comentario.

—Oh, Edward, debes notar que soy algo tosca con los niños—, hice una mueca.

—En toda mujer se esconde una gran madre, de seguro tú lo tienes, bien escondido, pero lo tienes—. Sonrió abiertamente.

—Se ve muy frágil—, me mordí el labio inferior.

—Como tú.

— ¿Cómo yo?

—Te ves frágil, tan frágil como hermosa—. Sus ojos se intensificaron contra los míos. Sentí la sangre juntarse en mis mejillas, provocando un sonrojo.

—Me veo, pero no lo soy –junté mi coraza de hierro–. Vamos al auto, la pequeña está muy expuesta al frío.

— ¿Alguna exigencia en específico? —, cruzó su pierna femeninamente. Movía su lápiz contra su muslo y lo golpeaba.

—Por supuesto—. Rodó los ojos.

—Todo a tu pinta, jefa—. Sonrió petulante.

—Ponte serio, James. –Lo reprendí.

—Ok, lo siento ¿qué decías? —, se sentó bien en la silla y puso atención a mis palabras.

—Mis exigencias no son muchas, al fin y al cabo no estará mucho tiempo acá—. La verdad era que sí, Elena todavía no mostraba mejoras.

—Soy todo oídos, Srta. Isabella—, sonrió.

—James, necesito que sea responsable, disciplinado, que tenga tiempo siempre para mí. Me explico, que no ponga límites de horario.

— ¿Algo más?

—Sí. Necesito que maneje muy bien el español o el italiano, cualquiera sea, sabes muy bien que necesito manejarme en Latinoamérica y en Italia por sobre todo. Elena sabía bastante… —hice una mueca de desagrado, el destino me estaba quitando a alguien valioso, ahora no sabía si volvería a tener a alguien como ella.

— ¿Especificas género? —, mordió la punta de su lápiz, por mientras esperaba mi respuesta.

—No, me da igual—. Realmente ahora todo me daba igual respecto a mi futuro asistente de reemplazo.

—Perfecto, te traeré noticias muy pronto, sabes que esa agencia de empleos es excelente y no demorará nada en traerte al honorario adecuado—. Dijo mientras se paraba.

—Lo sé, espero sea de mi agrado, sabes muy bien que yo no acepto ineptos.

—De eso estoy seguro. Nos vemos pronto, Bella—. Cuando salió de mi oficina me lancé al sillón de la esquina. Negro, rectangular, blando y perfecto para echarme un buen polvo con él.

Agarré mi cabello y lo apreté entre mis manos, las hebras castañas con largas ondas circulares salían por las hendiduras de entre mis dedos. Siempre hacía esto, desde niña, para cada problema ésta era mi terapia.

—Dios, si estás ahí, por favor escúchame—. Cerré mis ojos para instalarme en esta situación divina. —Sé que no me he acercado mucho a ti este último tiempo, pero ahora lo hago, no por mí, sino por Elena—, suspiré, no me creía que estuviese haciendo esto. —Sabes muy bien que ella es madre y esposa, no puede morir así como así—, me mordí el labio inferior. —Ella se merece hasta mi vida, por lo menos ella tiene gente que la ama y daría todo por ella.

10 de Mayo, 2011

—Tu asistente está listo, ya lo encontraron –sonrió James– fue fácil para la agencia después de todo.

Enarqué una ceja, puse mis manos bajo mi mentón, entrelazando mis dedos.

—Espero que ese "fácil" no influya, no aceptaré a un inepto, ya lo sabes perfectamente –tomé del vaso que contenía mi Caramel Macchiato comprado en "Starbucks Coffe". Era mi favorito, adicionado con 3 shots.

—En este tiempo que llevo de amigo tuyo creo que lo sé, –comenzó a buscar un papel en sus carpetas. –Aquí están sus datos y todo eso, vendrá mañana en la mañana, como es urgente esto –tomó de mi café. Le di un puñetazo en el hombro por sacar mis cosas.

—Perfecto, si no me gusta él o la asistente, te haré acostarte con una mujer –bromeé.

—Putame—, mostró su dedo corazón.

—Gay.

—Lo sé, querida—. Me lanzó un beso sonoro y luego salió de la puerta.

—Veamos quién será mi nuevo asistente—. Tarareé una canción mientras veía. —Cameron Lester Signoret—. Al parecer era una mujer, ojalá no fuese una mierda –treinta años, estudios en blablablá –puse los ojos en blanco–más encima una chiquilla tres años mayor que yo. Barbaridad—. Sorbí de la paja de mi vaso, hice un gesto de dolor, el café estaba caliente.

11 de Mayo, 2011

Unos golpes en mi puerta alertaban de la presencia de mi nueva asistente. Di un grito para que pasara a mi oficina.

—Buenas tardes, Srta. Swan –dijo un hombre. Su voz era varonil, gruesa, sofisticada y algo tímida.

—Buenas tardes, ¿quién eres? –Expresé sin entender–. Lo siento, estaba esperando a mi nueva asistente…

—Ese soy yo.

—Oh… —lo miré y… ¡DIOS SANTO! Qué guapo.

Cabello negro azabache, ojos verdes como el césped de campo, alto y un cuerpo muy bien trabajado.

—Esperaba a una mujer –reí bobamente.

—Mi nombre –rió– muchos creen que soy mujer por llamarme Cameron—. Poseía un ceño algo caído, que le daba un aspecto sombrío, misterioso y cautivador. Sus ojos viajaron por mi cuerpo.

—Cometí el error—. Me mordí el labio inferior. Me acerqué a él con un paso lento, como siempre lo hacía con cada hombre. —Bienvenido a Textiles Swan & Cullen Association—, sonreí con maldad.

—Es un placer, Srta. Swan—. Estrechó su mano con la mía, sentí aquel toque masculino, rudo y perverso de él.

—El placer es todo mío. –alejé mi mano con delicadeza. Me quedó mirando un buen rato.

— ¿Es usted italiana? –interrogó, sus labios se movían coquetos.

—Tengo descendencia, ¿por qué? –mi madre es de familia italiana, por eso mi nombre.

—Porque yo igual lo soy—. Sonrió hacia un lado, divertido.

—Qué coincidencia –volví a mi asiento, junté mis manos y lo quedé mirando.

—Soy de allá, usted pidió a alguien que se manejara en español e italiano y ese soy yo.

El hombre era lindo, muy lindo, tenía un aire tímido o más bien, inocente. Eso era atrayente.

—Es bueno que seas nativo de ese lugar, Italia es muy lindo –di una risa–. Ahora –arreglé mi tono de voz, era tiempo de que supiese quién era yo, la perra Bella–, debes saber que mi trabajo es algo serio, bastante formal, si llegas a fallarme como empleado tú te largas en un dos por tres de acá. No tengo pena ni nada con nadie, solo pienso en mí y nada más –su cara se puso pálido, eso era bueno–. Recuerda que estás reemplazando a una muy buena empleada, si llegas a hacer una cosa mal, sea muy mínima o no, te vas de aquí ¿oíste? –Una sonrisa fingida adornaba mis labios pintados de labial naranja.

—Me ha quedado todo claro, Srta. Isabella, tragó.

—Pero si haces muy bien esto puedes ganarte muchas cosas—, le guiñé el ojo. ¿Qué pensaría Edward de mi nuevo asistente? ¡Bingo!– Me gustaría que conozcas a Edward Cullen, el vicepresidente de la empresa.

—Debo cumplir mi trabajo para él también ¿no?

—Sólo hasta que su asistente venga a los Estados Unidos—, me paré de mi asiento nuevamente. —Acompáñame.

Debía medir lo mismo que Edward, pero tenía el cuerpo más grande, más fornido, más musculoso. Me sentí realmente pequeña al lado de él.

Toqué su puerta fuertemente, él debía estar ahí. No me abría, eso me molestó y más si estaba Cameron detrás de mí, era humillante.

—Él no debe estar en su oficina—. Profirió mi nuevo asistente tímidamente.

—No lo creas, el "Sr. Edward Cullen" no sale de ahí sin que yo lo sepa—, dije esto tocando otra vez, él estaba ahí.

Acerqué mi oído a la puerta, escuché el leve sonido de una silla moverse ¡bingo! Abrí la puerta de un zarpazo ¿qué se atrevía él a dejarme así?

Mi boca formó una "o" y mi ceja se enarcó al ver semejante escena.

—Vaya qué hermoso querida prima ¿qué se siente estar en las piernas de tu jefe? –endurecí mi boca, puse mi mano en mi cintura y comencé a dar taconazos en el suelo.

La cara de Edward era indescriptible y la de Tanya ¡já! Era impagable. Sus cejas estaban arqueadas hacia arriba, era su típica mirada de víctima, siempre hacía lo mismo.

—Creo que debo irme, Srta. Swan. Con permi…

— ¡Tú no te vas! –Lo interrumpí. —Debes conocer al tipo de gente que ha tenido mi padre trabajando en su empresa –sonreí con asco– ella, la que está en las piernas del tipo es mi hermosa, querida y totalmente educada, señorita y decente Tanya Denali Swan –agachó la cabeza ofendida. — ¡Joder! ¿Qué no te vas a quitar de ahí? –en un segundo salió encima.

—Srta. Swan, creo que no es una buena situación que debo presenciar… —volvía a hablar el estúpido de Cameron.

— ¡Calla! –Grité–, él es el vicepresidente, el intachable, inteligente y profesional Edward Cullen –clavé mis ojos en los de él. No surtió el mismo efecto que en Tanya. Lejos de sentirse ofendido se paró enojado–, pronto se casará con Jane Vulturi, debes conocerla por la tele –noté la camisa de Edward con tres botones desabrochados –se aman tanto–articulé mordaz. —Él muy decente, se revuelca con la jefa de personal. Hermosa historia ¿no? –me giré hacia Cameron, estaba incómodo. Me sentí un poco mal por él.

— ¡Ya basta, Swan! –exclamó acercándose peligrosamente a mí. Cameron se acercó para que no me hiciese nada… creo.

—Tenga cuidado con la Srta. —Puso su gigante brazo frente a mí. Sonreí encantada.

Edward lo ignoró e igualmente me tomó de un brazo, hice un gesto de dolor al sentir sus dedos clavarse en mi piel.

— ¡Deja de ser tan hipócrita! –gritó nuevamente. Tanya y Cameron fruncieron el ceño.

— ¡Cierra el pico! –Grité también, —no me metas a mí en tu puta mierda—. Sonrió malvadamente. Si abría la boca estaba muerta.

—No diré nada por el momento. Quédate tranquila—. Me soltó fuertemente. Siseé.

— ¡Auch! –mascullé.

— ¿Todos en paz? –dijo Tanya suavemente.

—Que te quede claro, Tanya, no permitiré esto en horas de trabajo, luego te puedes revolcar con quien tú quieras—. Mordí mi mejilla interna de rabia, no podía insultar a Tanya, por ahora.

Le hice una seña con mis ojos a Cameron para que saliéramos del lugar, ya era bastante. La mano delicada de Tanya agarró mi brazo, volteé mis ojos para verla.

—Prima… no es justo todo esto—, sus ojos estaban llorosos.

— ¡Ay, por dios, Tanya! — Puse los ojos en blanco.

—Necesito que hablemos en privado—. Quedó mirando a los hombres presentes.

—Cameron, ¿puedes salir un momento de aquí? —, no pasaron ni dos segundos y él ya estaba afuera. –y tú– deslicé lentamente mis ojos hacia el hombre de ojos verde esmeralda. Odiaba cuando él me miraba enojado, me hacía sentir incómoda sinceramente.

— ¿Yo qué? –cruzó sus brazos.

—No te hagas el imbécil, sabes muy bien que debo hablar con Tanya—. Hizo una morisqueta desagradable con la boca. —Vete.

—Como si me interesara escuchar esas cosas—, cerró la puerta con fuerza.

—Ya estamos solas ¿no? —Me crucé de brazos dispuesta a escuchar el próximo discurso de Tanya Denali Swan.

"Son tan conmovedores", ironizó esa voz maliciosa dentro de mi cabeza. De lo que estaba segura era de cómo comenzaría su discurso "Oh, Bella, fue algo que se me salió de las manos, lo siento tanto", Tanya no era capaz de cambiar las palabras porque siempre la cagaba y esa era su forma de pedir perdón falso. Victimizándose.

—Oh, Bella, fue algo que se me salió de las manos, lo siento tanto—, repitió aquella frase. Me picaron los labios por evitar lanzar una risotada.

Todavía estaba fresca esa vez que la encontré follándose al profesor de matemáticas a los dieciséis años, me pidió disculpas con las mismas palabras y casi me suplicó de rodillas que no le dijese nada a Carmen, su madre.

—Ya estás grande, Tanya, creo que ya no debes pedir esos perdones a tu edad—. Era la cosa más hermosa del mundo verla así, pidiendo falsas disculpas.

—Me siento mal, volví al vómito –comenzó a llorar–, no quiero volver a hacer estas cosas con Edward—. Fruncí el ceño.

—Que yo recuerde nunca tuviste sexo con Edward, Tanya—. Ellos fueron novios muy jóvenes, era imposible que a esa edad se hubiesen acostado.

—Claro, tienes razón—. Su tono de voz no era creíble, pero de todos modos tampoco era creíble que unos niños tuvieses relaciones.

Luego de que Tanya fuese novia de Edward, se hizo novia de mi hermano Emmett, eso era otro plus a mi notorio odio hacia la rubia prima.

—Quiero que sepas que ya eres grande, no pienso gritar a los cuatro vientos que te revuelcas con Edward—. Mordí mi labio inferior, no estaba dispuesta a meterme el pene que ella también se mete quizás hasta por dónde más.

—Si no hubieses entrado a la fuerza acá a la oficina hubiese tenido sexo con él, pero no alcancé.

— ¿Piensas hacerlo de todos modos? — Entrecerré los ojos. Ya sabía su respuesta.

— ¿Por qué no? –puta.

— ¿No te importa que esté a punto de casarse con Jane? —Debía quitarle esa idea de la cabeza, Edward era mi puto, no lo compartiría.

—Oh, cierto, ella es tan buena persona—, rodé los ojos.

—Si te cae tan bien entonces no lo hagas, piensa mejor las cosas—, "como si tú lo hubieras pensado antes", otra vez esa voz dentro de mi cabeza cobraba fuerzas.

—Tienes razón, prima, como siempre—, "esas subidas de ego no son normales", decía.

—Siento mucho lo ocurrido hace un rato, Cameron –le dije sinceramente.

Al salir de la oficina vi a Edward en una de sus muchas actuaciones.

—Te pido mis disculpas—, le tendió la mano Edward, mi asistente la tomó tímidamente. —Mucho gusto, Edward Cullen.

—El gusto es mío, Cameron Signoret—. Si Edward ganase un premio mundial, sería como la mejor sonrisa fingida de la historia.

No sabía si mi elección de vestido era buena o no, Rose me hubiese ayudado. Sinceramente ya la extrañaba mucho, y sólo llevábamos una semana peleadas.

No había recibido ni siquiera noticias de Alice, aunque poco me interesaba. Edward y Jane demostraban su "amor" ante la prensa y en la empresa, me daban asco.

— ¡Pero quién viene ahí! — Gritó su voz tan oscura y divertida a la vez.

— ¡Hey!

Emmett corrió a mis brazos y me apretó fuertemente, pellizqué sus bíceps. Odiaba sus abrazos de oso.

—Emmett, suéltame ya—, reí.

—No—. Comenzó con múltiples besos en mi mejilla y en mi cabeza.

— ¡QUÉ ASCO! Baba—, lo empujé para que saliera.

Mamá nos había invitado a una comida a todos, para celebrar que Charlie ahora estaba mucho mejor. Podía levantarse tres horas al día sin hacer tanto esfuerzo.

Estaban invitados los Cullen, Jane y los Denali. Sería tormentoso en un cien por ciento.

—Te ves muy bien, Bella—. Dijo Mark, el hermano hombre de Tanya. Era lindo, pero muy pequeño, bordeaba los diecisiete años.

Me encontraba con un vestido corto y sencillo de color morado. Llegaba hasta las rodillas. Estaba adornado de unos stilettos negros y una coleta desordenada.

—Gracias, Mark—. Le sonreí agradecida de sus palabras, ya que no estaba segura de mi elección.

Divisé a Renée entablando una conversación con Carmen y Esme en la cocina. Fui hacia ellas.

— ¡Hija! –gritó mi madre emocionada de verme.

—Hola, mamá—. Respondí con mi tono frío normal contra ella. No iba a recibir caricias de hija, no luego de tanto. –Hola, tía Esme, hola Carmen–. Para mí Esme era tía, Carmen jamás. No era alguien muy agradable.

— ¿Quieres ver a tu padre? –preguntó Esme con una hermosa sonrisa feliz en sus labios, ella amaba estas cosas donde la familia y amigos se reunían.

—Sí, ¿dónde está?

—Se está alistando con Sue, luego vendrá.

— ¿Y tío, Carlisle? — Me emocionaba saber de él, hace mucho tiempo no lo veía.

— ¿Alguien dijo mi nombre? — Me giré sin poder creerlo. Estaba él recargado en el umbral de la puerta con la mano en sus bolsillos.

— ¡Aún no puedo creer que estés aquí! — Grité emocionada dándole un pequeño abrazo.

—Vine a ver a mis amigos—, acarició mi barbilla.

—Era hora—, dijo Carmen riendo.

—Lo siento, el trabajo me consumió durante mucho tiempo.

—Salió al tío –profirió Edward acercándose–, es igual a ti en ese aspecto.

—De eso no hay duda—, le apoyó Renée.

—Basta de hablar de mí. Mamá ¿está listo todo para irse a la mesa? —, pregunté.

—Eso iba a decir ahora, hija—. Se paró del asiento en el que estaba junto a sus amigas. —Vamos a sentarnos, le hablaré a Sue para que traiga a Charlie.

Caminé por los pasillos para ir al comedor, sentí a alguien seguirme.

— ¿Qué tal, Isabella? — ¿Edward estaba entablando una conversación conmigo?

—Sí, bien gracias. ¿Viniste solo?

—Jane está por ahí junto a Tanya—, hice un sonido de desagrado.

—Ahora están las dos juntas –reí–, ¿es agradable tenerlas a las dos en el mismo lugar, juntas y hablando feliz de la vida quién sabe qué cosa? –estábamos ahora parados en medio de un pasillo adornado con múltiples cuadros pintados por mi madre y reconocidos artistas. Reliquias de papá.

—No te contaste tú—, dio justo en el clavo, maldito bastardo.

—Sí, no me incluyo en la basura.

— ¿Te crees mejor que Jane o Tanya? —Enarcó su ceja derecha.

—Por supuesto, tengo mucho más que ellas.

—Oh, claro –dijo irónico– deja de ser tan arrogante, tan ególatra, tan… malditamente mala—. Dio un paso hacia mí irritado.

—Y tú deja de ser tan asquerosamente inmaduro. Y, un consejo, si quieres acostarte con el vómito Tanya deberías pensarlo un poco más antes de…

— ¡Cállate! Si me acuesto con ella es cosa mía ¿por qué te metes en eso? A ti no te preocupa Jane—, comenzó a caminar hacia mí y yo inconscientemente me fui hacia atrás, chochando con la pared.

—Si te acuestas con ella no vuelvas a tocarme un pelo, me da asco—. Subí mi rostro para mirarlo. Apegó su cuerpo al mío peligrosamente.

—Claro, de seguro te preocupa mucho –sonrió–, ¿crees que te aguantarías un día sin mí ahora que probaste? —Mi vestido tenía un pequeño escote por el cual Edward pasó su dedo índice.

—No me hagas reír por favor.

— ¿Me ves de payaso o qué? Lo que digo es completamente cierto, querida Isabella—. Sus labios rozaron los míos.

—Si Tanya ve esto o Jane, nos matarán—, puse mis manos en su pecho para alejarlo, mi respiración ya estaba elevada.

—Como si te importase—. Ignoré su comentario y prácticamente corrí hacia el comedor para evitar su mierda seductora.

Ya casi todos estaban sentados en algún lugar, saludé a Tanya y a Jane, ésta última tenía una silla al lado de ella para Edward. Al frente se encontraba uno vacío para mí, maldición.

Vi a papá ahí sentado en un silla de ruedas, fue algo doloroso verlo ahí, toda mi vida lo había visto tan duro y fuerte que era casi imposible que estuviese ahora en ese estado.

—Hola papá—, me agaché para poder depositar un beso en su frente.

—Qué hermosa te ves hoy, hija mía—. Acarició mi cabello lentamente.

—Gracias papá—. Acaricié su mejilla recién afeitada. — ¿Cómo te has sentido?

—Mucho mejor, aunque esas medicinas son asquerosas, apenas y me las trago—. Reímos.

—Debes hacer todo lo que sea para arreglar tu salud—, le sonreí.

La comida estaba buenísima y los temas de conversación eran bastantes cómodos para mí, la empresa era algo que me hacía sociabilizar muchísimo. Amaba mi trabajo.

— ¿Y cómo han estado trabajando ustedes dos juntos? –justo en ese momento estaba tomando una copa de vino, me atraganté y casi lo vomité.

—Nosotros… Hum… —"tuvimos sexo en la escalera hace una semana, sí, trabajamos perfectamente", pensé.

—Bella es algo difícil, pero puedo con ella—. Edward me miró a los ojos provocando una serie de nervios en mí como nunca antes.

—Edward es bueno en su trabajo, creo que es el mejor trabajador que he tenido—, me mordí el labio inferior levemente, dio una sonrisa curvada.

—Podría decir lo mismo—. Se metió un pedazo de pescado a la boca.

—Se llevan bastante bien ustedes dos—, dijo Tanya como quien no quiere la cosa. Enarqué una ceja ante eso.

—Creo que sólo en algunos aspectos—, exclamé pasando mi dedo por el escote.

—Toda la razón—. Me apoyó Edward todavía con una sonrisa en el rostro.

—Eso es bastante bueno—. Sonrió Charlie.

La comida siguió con otras conversaciones que no me gustaban para nada como el compromiso de Edward y Jane o cosas sin sentido como la farándula.

El mantel comenzó a moverse sugestivamente, Tanya, Emmet, Mark, Carmen, Elezar, mis padres y tíos Cullen estaban absortos hablando de no sé qué, yo solo hacía que escuchaba cuando mi atención verdaderamente estaba puesta en como Jane manoseaba a Edward.

—Esto es asqueroso—, susurré.

No podía entender la desfachatez de Jane, se atrevía a hacer eso en la casa de mis padres. Y Edward, disfrutando como un cerdo en la basura.

—Con permiso, necesito ir al baño—, me disculpé. Necesitaba salir de ahí, el paisaje que tenía delante de mis ojos no era agradable, para nada.

Subí al segundo piso de la casa, ahí se encontraba mi habitación, bueno, antigua habitación.

—Tantos recuerdos en este lugar—, dije acompañado de un suspiro.

Me senté en la cama, tenía un edredón azul cielo, como las paredes del lugar. Todavía estaban pegados los posters de David Bowie y Pearl Jam.

Me metí al baño para mojarme un poco la cara, tenía rabia y frustración, Edward no podía ser tan descarado, no señor. ¿Qué se creía? ¿Un playboy? No era entretenido haber tenido sexo con alguien tan cara dura como él.

—No debes darle chance para que te siga haciendo esto, Bella—. Me dije a mí misma.

Me agarré del lavado y me miré en el espejo, estaba pálida.

Agaché mi cabeza nuevamente envuelta en un mareo de sensaciones de mierda que solo Edward podía hacerme sentir.

Casi se me sale el corazón al sentir aquellas manos en mi cintura apretarme fuertemente, algo duro estaba contra mi culo. No evité un pequeño grito.

Su mano se metió en mis bragas, la cual frotó como un loco. Las hizo a un lado y de un movimiento metió su dedo índice y medio dentro de mí.

— ¡Ah! –gemí.

Los movió dentro y fuera de mis varias veces, mis brazos tiritaban tratando de sostenerse contra el lavado. Mis piernas flaqueaban. Estaba inmersa en un mar de sensaciones riquísimas que sólo él podía darme.

Aunque… sentí mucha rabia, hace poco él estaba siendo manoseado por Jane, ¡hace poco yo estaba en un mar de mierda por culpa de él!

—Edward, basta—, dije con mi respiración entre cortada.

—No. Tú no quieres, yo tampoco—. Subió un poco más mi vestido, acarició mis nalgas.

Volvió a meter sus dedos y ahí yo ya no quise evitarlo, volvería a dejarlo sin su orgasmo, como la otra vez, sólo tenía que quitarlo de dentro de mí cuando estuviese cerca y…

—Mmm… —lancé un sonido de satisfacción cuando introdujo otro dedo más.

Con su mano libre giró mi cabeza para poder besarme. Lamió mis labios y luego los mordió, maldita sea, él estaba teniendo control sobre mí.

Tomé su quijada y lo acerqué más a mí, mientras él envestía mi interior. Introduje mi lengua en su boca y me adentré al universo de sensaciones que sólo los labios gruesos de Edward podían provocar.

—Bella—, susurró sobre mi cuello, lo mordió mientras sacaba sus dedos. Tomé su mano y los saboreé. Probé de mi sabor.

Al parecer eso lo volvió loco, ya que sentí el sonido del cierre de su pantalón bajarse. Su pene entró en mí haciendo que un grito saliera de mis labios. Comenzó con un salvaje movimiento mientras sus manos masajeaban mis pechos sobre la tela del vestido.

Me encontraba tan caliente que ya casi podía sentir mi orgasmo, apreté más mis paredes vaginales para que él también estuviese cerca.

—Te crees la mejor ¿no, Isabella? —gruñó en mi oído.

—Lo soy—. Afirmé junto con un gemido.

—Repulsivamente arrogante—. Mordió mi cuello junto con una embestida profunda.

Sus movimientos se hicieron más rápidos, apreté el lavado a falta de otra cosa. Edward me tenía agarrada ahora de la cintura y de una nalga.

No aguanté y me corrí acompañado de fuertes gemidos que de verdad no pude evitar. Y… maldición sentí su leche caer por mis piernas.

Me quedé recargada en el lavado tratando de regular mi respiración, Edward jadeaba con rabia.

—Bienvenida al club de las conejitas playboy—, dijo en mí oído nuevamente con un tono de voz burlón y luego se largó del baño.

Me sentí decepcionada de mi misma, ¿cómo había perdido tanto control con él? Demonios, no había usado condón, y… me había dicho "conejita playboy" ¿acaso había querido decir que era su puta? ¿La puta del playboy como yo lo llamé? Golpeé la pared con mi tacón. No podía ser… no podía… ésta me la pagaría.

Me sentí realmente humillada, pero pronto lo haría yo con él.


Cameron Signoret: (quita los espacios) img545. / img545/7493/

Hola Hola :D Espero que nuevamente les haya gustado este capítulo que está más largo que los anteriores (: Me demoré muchísimo en subir y me siento terrible por eso u.u pero me comprometo a actualizar constantemente desde ahora, ya que la comic con ya pasó (eso me tenía bastante ocupada sin poder escribir) y los estudios ya casi acaban, por esta razón me dedicaré en un 100% a DCCF, aunque... será un 50% de este fanfic ya que preparo un One Shot que de seguro les gustará. No sé cuando lo suba pero eso será pronto.

Las adoro pequeñas hermosas y espero sus RR (: Ahora que tengo más tiempo los contestaré como Dios manda.

Con cariño...

Baisers Ardents.