Disclaimer: Todos los personajes de esta historia no me pertenecen, le pertenecen a Clamp, y la historia en sí pertenece a Sherryl Woods, yo sólo la adapté sin fines de lucro porque me pareció una muy buena historia para que los fanáticos de CCS la leyeran transaldada al mundo de Sakura.

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Tomoeda Trilogy

The Backup Plan

Capítulo 10

Mientras Eriol se dirigía a casa, formuló un plan para conseguir que Tomoyo pasara la velada con él. Le daba la sensación de que le iba a costar porque sabía que a ella le habían turbado mucho todas las preguntas que él le había hecho mientras cenaban. Seguramente no querría someterse a aquel interrogatorio una vez más, aunque hablar de lo ocurrido fuera precisamente lo que necesitaba para superarlo todo y volver a retomar las riendas de su vida.

Eso significaba que llamarla para invitarla a salir quedaba completamente fuera de lugar. Ella se limitaría a rechazarlo. Por lo tanto, la única opción que le quedaba era presentarse sin que ella le esperara y realizarle una invitación tan irresistible que simplemente tuviera que aceptarla. Aunque estaba bastante seguro de sus encantos, no lo estaba tanto de que Tomoyo lo encontrara a él irresistible. De hecho, esperaba que Sonomi estuviera presente para que le resultara más difícil rechazarlo.

Sacó el teléfono móvil y marcó el número de los Daidouji, que ya sabía de memoria gracias a las veces que tenía que llamar a Sonomi. Precisamente fue ella la que contestó.

—Hola, señora Daidouji —dijo, sabiendo que a ella le molestaba que no la llamara por su nombre de pila.

—Eriol —replicó, dejando muy clara su exasperación—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Está Tomoyo?

—Llegó a casa hace unos minutos. Creo que está arriba. Espera un momento.

—No. En realidad no quiero hablar con ella. Sólo quería asegurarme de que estaba en casa.

—Si no te importa que te lo diga, no te estás explicando muy bien.

—En ese caso, no hay nada nuevo. En realidad, estaba esperando convencer a Tomoyo para que viniera a bailar esta noche, pero tal vez necesite su ayuda para convencerla. ¿Qué le parece? ¿Sabe si tiene otros planes?

—Estoy segura de que no. Te aseguro que si puedes sacarla de casa, tendrás mi pleno reconocimiento. Cuando entró ahora mismo, tenía un aspecto más sombrío aún que cuando llegó anoche. Te ayudaré lo que pueda, especialmente si puedes averiguar lo que le pasa. Sospecho que anoche no tuviste mucha suerte.

—No —admitió él.

—Bueno, sé que lo intentaste porque estaba bastante enojada contigo.

—Ya me lo imagino.

—Muy bien. Concentrémonos en esta noche. ¿Qué quieres que haga?

—Sinceramente no lo sé. Estaba esperando que a usted se le ocurriera algo. Normalmente le pasa con todo lo demás.

—Gracias, creo —replicó ella, riendo—. Déjame que lo piense. Estoy segura de que se me ocurrirá algo. ¿A qué hora vas a venir?

—Sobre las siete. ¿Le parece bien?

—Perfecto. La animaré a vestirse para cenar para que no pueda decir que no tiene nada que ponerse o que no quiere entretenerte subiendo a cambiarse.

—¿Le he mencionado alguna vez que me encanta cómo funciona su mente? —bromeó él.

—No —respondió ella—. Normalmente estás demasiado ocupado diciéndome que soy una pesada. Gracias de nuevo.

—De nada. Hasta luego.

—¿Eriol?

—Sí.

—Gracias por salir con Tomoyo. Ella necesita amigos, tanto si lo sabe como si no. Algo me dice que tú vas a ser uno muy especial.

Eriol se sintió más emocionado por aquel comentario que lo que estaba dispuesto a admitir.

—Gracias.

—Sabes que no te lo pondrá fácil, ¿verdad?

—Lo sé, confíe en mí. Sin embargo, ya me conoce, señora Daidouji. Yo jamás me alejo de un desafío.

—Sí. Ése es uno de tus rasgos más atractivos, Eriol. Ni siquiera has permitido que yo te asuste.

—¿Usted? Usted es simplemente una mujer que sabe lo que quiere. Admiro a las mujeres así.

—Deja de desperdiciar en mí tus halagos. Los necesitarás todos con Tomoyo.

—No se preocupe. Tengo más que suficientes para ambas. Hasta luego.

Eriol colgó el teléfono con una sonrisa en los labios. Muchos hombres evitarían tener nada que ver con las Daidouji. Eran demasiado obstinadas y fuertes. Sin embargo, Eriol se imaginaba que la batalla de ingenio que tenía a diario con la madre le iba a venir muy bien para la hija. Además, ¿qué diversión podría suponer perseguir a una mujer si ésta lo ponía demasiado fácil?

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Después de su infructuoso viaje a Tokyo, Tomoyo estuvo tres horas viendo programas de confesiones. Cuando se aburría soberanamente, decidía cambiar de canal para buscar uno de noticias, pero, cada vez que empezaba a ver un reportaje sobre Irak, Israel o Afganistán, se le hacía un nudo en el estómago y tenía que volver a escuchar discusiones sobre obesidad, abusos o rebeldía adolescente.

—Tomoyo, querida, ¿estás ahí? —le preguntó su madre tras llamar a la puerta. Entonces, entró sin invitación alguna.

Tomoyo apagó la televisión, casi sintiéndose aliviada por la distracción.

—¿Querías algo, mamá?

—Sólo quería que supieras que esta noche nos vamos a vestir para cenar.

—¿Por qué? —preguntó Tomoyo, con una cierta sospecha. No habían respetado la vieja formalidad desde hacía años.

—Porque ya no lo hacemos con la suficiente frecuencia —comentó Sonomi, con una expresión de nostalgia en el rostro—. Cuando yo era joven, mis padres insistían en que debíamos vestirnos bien todas las noches. Te garantizo que nadie se presentaba a cenar vestido con vaqueros y camisetas. Tu padre y yo empezamos a seguir la tradición, pero poco a poco empezamos a perder la costumbre.

Tomoyo miró a su madre con sospechas cada vez más crecientes. No se creía ni por un momento que aquello fuera para recuperar el espíritu de antaño.

—¿Acaso vamos a tener compañía? Me prometiste que no habría más cenas.

—No. Sólo me pareció que sería agradable que todos acudiéramos a la mesa bien vestidos.

A Tomoyo empezó a darle la sensación de que su madre estaba tratando de decirle que había descuidado su apariencia.

—Creo que voy a cenar en mi dormitorio…

—¡Ni hablar! No voy a consentir que Makiko tenga que subir las escaleras con una bandeja a su edad cuando tú eres perfectamente capaz de bajar a cenar. Me avergüenza que puedas sugerir algo así.

—Bajaré y me subiré yo la bandeja.

—No se trata de eso. La cena es a las siete. Espero que estés presente —concluyó su madre. Con eso, se marchó y cerró la puerta con firmeza.

Tomoyo no comprendía aquella actitud de su madre. Tal vez no quería estar a solas con su padre. Si ésa era la razón, no podía negarse. Por lo tanto, se resignó a vestirse. Podría ser que se sintiera menos deprimida si hacía el esfuerzo de ponerse algo bonito y se maquillaba un poco.

Abrió el armario y encontró un vestido negro que sería perfecto para la ocasión. Cuando trabajaba, había sido el que se había puesto para todas las ocasiones especiales. No se arrugaba y le sentaba estupendamente. A Fye se le habían salido los ojos de las órbitas la primera vez que la vio con él.

Tomoyo recordó aquel momento. Tuvo que sentarse en la cama y dejar que los recuerdos de aquella noche se adueñaran de ella. Había sido su primera cita de verdad, después de llevar meses trabajando juntos. Él la había invitado a cenar. Había encontrado un restaurante romántico, en el que pudieron estar por fin solos.

Por primera vez, la conversación sobre el trabajo dio paso a detalles más personales. Fue la primera cita más cómoda que Tomoyo había tenido nunca por lo bien que se conocían ya. Sin embargo, a ella no le había quedado duda alguna de que aquella noche se convertirían en algo más.

Recordaba el primer beso de Fye como si hubiera ocurrido el día anterior. Había sido tan dulce que Tomoyo no había tardado en ver todas las posibilidades de lo que podía haber entre ellos.

En todos los meses que siguieron, siempre les faltó una cosa. Jamás hablaban del futuro porque en su trabajo la única garantía era el presente. En aquel momento, lo había comprendido perfectamente, pero seis meses después de perder a Fye le entristecía pensar que ninguno de los dos hubiera creído nunca que podrían tener un final feliz.

Cuando notó que le caía una lágrima por la mejilla, se la secó con un gesto de impaciencia. Sabía muy bien que era imposible cambiar el pasado.

Decidió apresurarse. Se lavó la cara, se maquilló y bajó las escaleras justo cuando sonaba el timbre.

—Abro yo —gritó, preguntándose si, después de todo, tendrían invitados a cenar. Cuando abrió la puerta y se encontró con Eriol vestido de traje, se quedó boquiabierta—. ¡Tú!

Él sonrió. Evidentemente, no se sentía nada insultado por la reacción de Tomoyo.

—Te aseguro que era yo la última vez que me miré al espejo —confirmó alegremente.

—¿Te ha invitado mi madre a cenar?

—No.

—Entonces, ¿por qué estás aquí? —preguntó ella muy groseramente—. ¿Has venido a traerle unos papeles a mi madre o algo así?

—No.

—Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?

—He venido a buscarte. Por cierto, estás guapísima. Me encanta ese vestido.

—¿Cómo dices? Me siento confusa. ¿Acaso teníamos planes de los que me he olvidado? —preguntó, aunque sabía perfectamente que no era así.

—No. Sólo se me ocurrió ir a bailar y no se me ocurrió nadie con la que me apeteciera ir más que contigo.

—¿Y se te ocurre presentarte aquí sin ni siquiera llamar? ¡Qué grosero!

—Claro que llamé. Tengo modales, guapa.

—Sé con absoluta certeza que tú y yo no hemos hablado por teléfono, Eriol.

—En realidad, hablé con tu madre. Ella me dijo que no tenías planes para esta noche.

Tomoyo estaba empezando a entenderlo todo.

—Entonces, tú lo has acordado todo con mi madre —dijo Tomoyo—. Por eso ella insistió en que me vistiera para cenar —añadió, sin saber si debía estar más furiosa con su madre por engañarla o con Eriol por dar por sentado que ella iba a aceptar—. Bueno, dado que mi madre y tú parecéis llevaros tan bien, te sugiero que te la lleves a ella a bailar. No quiero salir contigo, Eriol.

—No creo que a tu padre le gustara que me llevara a su esposa, aunque sólo fuera por una tarde. Además, la que quiero que me acompañe eres tú.

—No me interesa.

—¿Bailar o yo?

—Ninguna de las dos cosas.

—¿De verdad? —le preguntó Eriol con descarado escepticismo.

Sin mediar más palabras, la agarró y, antes de que Tomoyo pudiera darse cuenta de sus intenciones, la tomó entre sus brazos, dio un par de pasos de baile y entonces la besó.

La boca de Eriol era una maestra, persuasiva y exigente a la vez. Tomoyo sintió cómo se fundía en el calor que la envolvía y en la ternura que sentía en él. Le agarró los hombros y luego le colocó las manos en las mejillas, que estaban ásperas a pesar de que estaba segura de que él se había afeitado antes de salir. Eriol era simplemente uno de esos hombres que siempre tienen un aspecto algo desaliñado, aunque de la manera más masculina posible. Seguramente había estrellas de cine que probablemente tenían que pasarse horas en maquillaje para conseguir aquel aspecto.

Tal vez Sakura tenía razón. Tal vez estaba loca por darle la espalda a Eriol.

—Te tengo —murmuro—. Ahora, hablemos de baile.

—No quiero hablar de baile. No quiero ir a bailar. De hecho, no quiero ir a ninguna parte contigo —repitió, aunque con menos convicción que antes. No podía negar que, en cinco segundos, Eriol había conseguido que volviera a sentirse viva, pero no estaba completamente segura de agradecérselo—. No me gusta que mi madre y tú hayáis estado conspirando a mis espaldas como si yo fuera una niña que no sabe lo que quiere.

—Supongo que podríamos ir a tu habitación y terminar lo que hemos empezado, dado que eso sí pareció interesarte. Sin embargo, creo que estaría sobrepasando los límites de la tolerancia de tu madre.

—Eres imposible, ¿lo sabes, verdad?

—Algo me dice que necesitas movimiento, Tomoyo —comentó él con una sonrisa—. Estás acostumbrada a correr riesgos. Acepta éste. Se trata sólo de ir a bailar y a cenar.

Tal vez aquello era precisamente lo que necesitaba. Ciertamente era mejor que quedarse en su dormitorio viendo cualquier reality en la televisión. Incluso salir a bailar con Eriol tenía que ser mejor que eso.

Antes de que pudiera decir lo que había decidido, su madre apareció en escena, con un aspecto tan inocente como el de un corderito.

—¡Vaya, Eriol! —exclamó, como si estuviera muy sorprendida—. No sabía que estabas aquí.

Tomoyo hizo un gesto de desaprobación con los ojos.

—¡Venga ya, mamá! Deja de actuar, aunque tengo que admitir que, si hubieras decidido subirte a un escenario, estoy segura de que habrías sido una de las mejores actrices. El secreto ha quedado al descubierto. Sé que los dos planeasteis todo esto.

—¿El qué? —preguntó su madre, aún fingiendo.

—Hacer que me pusiera un vestido para que estuviera preparada cuando Eriol viniera.

—Estás preciosa —dijo su madre, con una radiante sonrisa—. Ese vestido te sienta muy bien. ¿Adónde vais a ir?

—Estábamos a punto de decidirlo —dijo Eriol—. ¿Bailes de salón, a una discoteca o bailes country ¿Qué prefieres, Tomoyo?

—Veamos —respondió ella—. ¿Cuál de los tres me dará más oportunidades de pisarte?

—Me subestimas, cielo— replicó él con una descarada sonrisa—. Llevo mucho tiempo esquivando los pisotones de las chicas.

—Me imagino que sí. Tal vez si no insistieras tanto, no te ocurriría con tanta frecuencia— afirmó Tomoyo. En aquel momento, ella escuchó una risa ahogada. Cuando se dio la vuelta, vio que su madre trataba, sin conseguirlo, de esconder una sonrisa—, ¿Qué pasa?

—Es que resulta tan maravilloso volver a ver que tienes chispa en los ojos —respondió Sonomi—. Creo que Eriol es bueno para ti.

—No te hagas ilusiones, mamá. Lo único que Eriol es capaz de hacer es enojarme.

—¿De verdad? —preguntó él—. Creía que acababa de demostrar lo contrario.

Tomoyo trató de no mirar a su madre, que los observaba a ambos con mucho interés.

—Si nos vamos a ir, vayámonos antes de que me arrepienta.

—Lo que tú digas, cielo —susurró él, guiñándole un ojo a Sonomi.

—Si regreso a casa conduciendo su coche y completamente sola, es porque he arrojado su cadáver en una zanja. Llama a un abogado en mi nombre.

—Lo haré encantada —afirmó su madre—, pero algo me dice que no llegaremos a eso.

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Mientras se dirigían a la discoteca que Tomoyo había elegido, Eriol decidió que todo había salido muy bien. Estaba seguro de que las amenazas de Tomoyo no eran tales, especialmente después de que ella hubiera respondido al beso con tanta pasión. No obstante, la pasión convertía a las mujeres en criaturas imprevisibles. Para estar seguro, no le daría la espalda ni un minuto, aunque no quería hacerlo. Estaba guapísima con aquel vestido, que dejaba al descubierto la mayor parte de sus largas piernas. Pensar en aquellas piernas lo había tenido despierto más noches de las que podía contar.

—De verdad te crees que eres alguien especial, ¿no?

—¿En qué sentido?

—Porque me has convencido para que salga contigo.

—Me considero un tipo con suerte. Eso es todo.

—No te hagas ilusiones.

—¿Qué clase de ilusiones?

—Como que esto sea una cita. O que ese beso significara algo. O que me voy a acostar contigo.

—Lo tendré en cuenta —dijo él, tragándose una carcajada.

—Bien.

—¿Se me permite tener unas cuantas fantasías?

—Está bien. Puedes tener todas las fantasías que quieras mientras no pienses ni por un momento en ponerlas en práctica.

—¿Y si tú te vuelves loca e intentas seducirme? ¿Tengo que resistirme?

—Eso no va a ocurrir nunca.

—¿Lo de que tú me vayas a seducir o que yo me vaya a resistir?

—Lo de seducirte. Tu capacidad de resistencia jamás se verá puesta a prueba.

—Qué pena… Tengo una excelente fuerza de voluntad.

De repente, el rostro de Tomoyo tomó una apariencia muy seria.

—¿Por qué estás haciendo esto, Eriol?

—¿El qué? ¿Bromear contigo? Porque resulta fácil y divertido.

—No. Me refiero a por qué, de repente, me has convertido en una especie de proyecto. Ni siquiera te gusto.

Eriol apagó el motor y se volvió para mirarla muy sorprendido.

—¿Por qué dices eso?

—Por el modo en el que te has estado comportando desde que aparecí en tu casa. No hiciste esfuerzo alguno por ocultar tu desdén ni el hecho de que piensas que soy mala para Clow.

—Estás muy equivocada. En cuando a lo de que no me gustas para mi hermano, no quiere decir que tú tengas algo malo. De hecho, tienes muchas cosas buenas.

—¿Cuáles?

—¿De verdad no lo sabes?

—No.

—Eso sí que es una pena —respondió él—. Muy bien. Te las diré y te aseguro que soy sincero. No se trata sólo de halagos para poder meterte en mi cama. Eres hermosa, inteligente y valiente. Tienes unas piernas que podrían volver loco a un hombre, yo incluido, por si te lo estás preguntando —añadió. Ella esbozó una ligera sonrisa—. ¿Qué más? Eres muy segura de ti misma, o al menos solías serlo. Me da la sensación de que volverás a serlo cuando consigas dejar atrás lo que ocurrió en Afganistán. Siempre sabías lo que querías e ibas tras ello sin dejar que nadie se interpusiera en tu camino. ¿Quién iba a creer que una muchacha con una vida tan protegida se iba a convertir en una corresponsal de guerra famosa internacionalmente? Con tu aspecto y tu inteligencia, podrías haber trabajado en un estudio, pero elegiste hacer algo que muchos hombres no tienen agallas para hacer. Admiro esa característica.

—¿De verdad?

—Por supuesto que sí. No puedo decir que no me preocupara cuando encendía la televisión y te veía a pocos metros del lugar donde había sido detonado un coche bomba, pero me sentía orgulloso de conocerte, como imagino que lo estaban tus padres.

—Y ahora que estoy en casa, ¿te sientes desilusionado?

—¿Te sientes desilusionada tú?

—Sí —admitió.

—¿Por qué?

—No sé si soy lo suficientemente valiente como para regresar.

—¿Es eso algo que tengas que decidir hoy o mañana?

—No.

—En ese caso, no te preocupes al respecto hasta que tengas que hacerlo. Concéntrate en curarte.

—No tengo heridas —replicó ella, mirándolo con asombro.

—Claro que las tienes. En una guerra, se puede estar herido de muchas maneras, Tomoyo. Los puntos, desgraciadamente, no cierran todas las heridas y, por si aún tienes dudas, tampoco lo hace casarse con el hombre equivocado.

Eriol sabía que la conversación se había hecho demasiado profunda, aunque Tomoyo necesitara escuchar lo que él le había dicho. Le guiñó un ojo.

—Ahora, dado que tienes unos pies en perfectas condiciones, vamos dentro a bailar y a olvidarnos de todo esto, aunque sólo sea por esta noche. Seamos un par de… conocidos —añadió, mirándola fijamente a los ojos—. Seamos un par de conocidos que se divierten mucho.

Ella asintió. Parecía aliviada.

—¿Crees que podrás seguirme, Eriol?

—Voy a intentarlo, cielo. Decididamente voy a intentarlo.

Aunque era demasiado pronto para decirlo, estaba tratando de predecir los trucos que Tomoyo podría utilizar en la pista de baile. Quería que ella empezara a pensar en los dos como una posibilidad.

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Acá está el capítulo diez!

Como discute esta pareja, las chispas que saltan entre ellos son indiscutibles! ¿Que les pareció este capítulo? No tuvo mucho drama, ni revelaciones, pero en mi opinión fue bastante divertido. Me encanta la relación de Eriol y Sonomi, y las situaciones en las que ponen a Tomoyo.

¿Que les parece que pasará en la cita/no cita? A Eriol le esta costando cada vez más mantener las manos lejos de Tomoyo, aunque parece ser que a ella no le molesta tanto como querría, ¿Podrá aguantar una noche entera bailando con ella?

Bueno, espero que les haya gustado el cap y que me dejen un Review con sus opiniones ;)

Voy a estar subiendo el próximo capítulo a principios de semana, probablemente el martes...

Nos leemos a principios de semana!

XOXO

Mel