Capítulo 7
Albert pensó que Candy se iba a desmayar. El color le abandonó el rostro. En cuestión de segundos la piel se le había puesto tan blanca como el camisón que tenía puesto. Candy hizo las cobijas a un lado, se levantó de la cama y luego se le doblaron las rodillas. Albert la atrapó justo cuando se estaba hundiendo de nuevo en la cama.
Candy estaba tan aturdida ante el atroz anuncio que se olvidó completamente de la falta de ropas. El edredón estaba sobre el piso. Sólo tenía puesto el delgado camisón.
La prenda tenía un cuello bajo cavado que no era abiertamente revelador y sin embargo aún resultaba muy provocador para Albert. Demonios, la mujer podía llevar un saco de trigo y la encontraría atractiva. Se sentía como un sinvergüenza por notarlo. Pero, maldita sea, era un hombre y Candy era una mujer hermosa. La suave inflamación de los senos distrajo su concentración y la única razón por la que se estiró para tomar la cadena que llevaba alrededor del cuello fue para intentar apartar la mente del cuerpo de Candy.
Levantó la cadena y miró con fijeza el anillo de oro y rubí durante un largo minuto. Había algo familiar en el diseño, pero Albert no pudo recordar si alguna vez lo había visto antes y cuándo. Sólo una cosa era segura en su mente. Era el anillo de un hombre y Candy lo llevaba puesto.
—Este es el anillo de un guerrero—dijo con un grave susurro.
—Qué.. —No podía concentrarse en lo que Albert le estaba diciendo. Estaba demasiado ocupada aturdida por la sugerencia de que se convirtiera en comadrona. El hombre era estúpido, pero con todo estaba decidida a intentar que comprendiera sus limitaciones.— Albert, es imposible que yo...
La interrumpió.
—Este es el anillo de un guerrero, Candy.
Finalmente se dio cuenta de que Albert estaba sosteniendo el anillo de su padre. Le arrancó la joya de las manos con rapidez y lo dejó caer otra vez entre los senos.
—Por amor de Dios, ¿a quién le interesa el anillo ahora? ¿Por favor, quieres escuchar lo que estoy tratando de decirte? No puedo ser la comadrona de Patricia. No tengo ninguna experiencia.
Estaba tan desesperada haciendo que la escuchara que le agarró el tartán y
comenzó a tirar de él.
—¿Quién te dio este anillo?
Dios querido, no iba a dejarlo correr. Deseaba sacudirlo para hacerlo entrar en razones. Luego se dio cuenta de que estaba haciendo exactamente eso y que Albert no se movía. Se dio por vencida. Soltó el tartán y dio un paso hacia atrás.
—Me dijiste que no estabas prometida a nadie en Inglaterra. ¿Me estabas diciendo la verdad?
Tomó el anillo otra vez y retorció la cadena entre los dedos. Los nudillos rozaron los costados de los senos de Candy una y otra vez, pero no parecía inclinado a detener esa intimidad, incluso cuando Candy trató de forzarlo a que apartara los dedos.
—contéstame —le ordenó.
El hombre estaba furioso. Candy quedó pasmada cuando se dio cuenta de eso.
—Mi tío Richard me dio ese anillo dijo— Pertenecía a mi padre.
Albert no se veía convencido. El entrecejo fruncido no disminuyó en absoluto.
Candy sacudió la cabeza.
—No pertenece a ningún joven que espera casarse conmigo. No te mentí, así que puedes dejar de mirarme con ira.
Candy no se sintió culpable. No le había dicho toda la verdad, pero Richard le había dado el anillo y en realidad Albert nunca necesitaría saber que estaba sosteniendo entre las manos la preciada posesión del terrateniente Maclean.
—Entonces puedes quedártelo.
Candy no podía creer su arrogancia.
—No necesito tu permiso.
—Si, lo necesitas.
Utilizó la cadena para acercarla a él. Se inclinó al mismo tiempo y la besó con dureza y minuciosidad. Cuando levantó la cabeza y la echó hacia atrás, Candy tenía una expresión absorta en el rostro. Albert quedó complacido ante esa reacción.
La súbita chispa de los ojos de Albert fue más confusa para Candy que las ridículas preguntas acerca del anillo.
—Te dije que no puedes besarme cada vez que quieras.
—Sí, sí puedo.
Para probarlo, la volvió a besar. Candy no se había recuperado de la sorpresa cuando de pronto la empujó detrás de la espalda.
—Anthony, Candy no está vestida como para tener compañía. Vete.
—Albert, resulta que estás en su casa, no en la tuya —le recordó Candy.
—Sé dónde estoy —replicó, con obvia exasperación en la voz—. Anthony, sal de aquí.
Su hermano no se movió con suficiente rapidez como para complacer a Albert. También estaba sonriendo y eso no le agradó en absoluto a Albert. Dio un amenazador paso hacia adelante.
—¿Encuentras que mi orden es divertida?
Candy agarró la parte posterior del tartán de Albert para evitar que fuera tras su hermano. Fue un esfuerzo pequeño contra un hombre de su tamaño. También era un comportamiento ridículo de su parte. En cambio empezó a empujarlo.
Albert no se movió. Anthony sí. Colocó el brazo alrededor de su esposa y la guió hacia el otro lado de la habitación. Annie iba a decirle algo, pero Anthony sacudió la cabeza.
Suavizó la orden con un guiño de ojos y luego hizo un gesto con la cabeza en dirección de la pantalla, un mensaje silencioso para su esposa de que deseaba oír la discusión que se llevaba a cabo. Annie se llevó la mano a la boca para evitar reírse.
—Me gustaría que te marcharas- ordenó Candy— Ahora. —Albert se dio vuelta para mirarla. Candy levantó bruscamente el edredón y lo sostuvo frente a ella.— Esto no es apropiado.
—Candy, no es para nada apropiado que adoptes ese tono conmigo.
Candy deseaba gritar. En cambio, suspiró.
—Tampoco estoy feliz con tu tono —anunció.
Albert se veía sorprendido. Casi se rió, pero se contuvo a tiempo. La mujer realmente necesitaba entender su posición.
—Te espero afuera —anuncio con voz dura—. Vístete.
—¿Por qué?
—Patricia —le recordó—. ¿Recuerdas?
—Ay, Dios, Patricia —gritó—. Albert, no puedo...
—Está bien —la interrumpió—. Hay mucho tiempo.
Se alejó de ella antes de que Candy pudiera hacerlo entender. Candy musitó
un epíteto muy poco propio de una dama. Supuso que iba a tener que vestirse para poder salir y hacer que la escuchara. El hombre ignorante obviamente creía que una mujer era tan buena como otra cuando se trataba de ayudar con un parto. Iba a explicarle bien las cosas a Albert para que Patricia pudiera tener una ayuda experimentada.
Annie la ayudó a vestirse. Ni bien terminó esa tarea, quiso que Candy se sentara para poder cepillarle el cabello.
—Por amor de Dios, Annie, no voy a un festival. Deja mi cabello en paz.
—Ya oíste a Albert —replicó su amiga—. Tienes mucho tiempo. El primer bebé de una mujer toma muchas, muchas horas de dolor e Patricia recién acaba de empezar con el trabajo de parto.
—¿Cómo podrías saberlo?
—Sarah me lo contó.
Candy se echó el cabello por sobre el hombro y lo aseguró con un moño en la base de la nuca.
—Qué encantadora información para compartir con una madre embarazada—murmuro.
—El moño azul sería más bonito —le dijo Annie. Intentó sustituirlo por el rosado que Candy había utilizado. Candy se sintió como si estuviera viviendo una pesadilla y que incluso su querida amiga era parte de ella.
—Por amor de Dios, Annie, si no dejas de golpearme la cabeza, te juro que no vas a tener que preocuparte por dar a luz. Te voy a estrangular antes.
Annie no se sintió ofendida en absoluto ante la vacía amenaza. Soltó el cabello de Candy y sonrió.
—¿Debo esperarte despierta?
—Sí... no, ay, no lo sé —murmuró
Candy mientras se dirigía hacia la puerta. Anthony e Albert estaban de pie en el patio. Candy se acercó corriendo a la entrada. Se tropezó con una piedra, murmuró algo indistinto por lo bajo y luego volvió a correr hacia adentro. Encontró los zapatos bajo la cama, se los puso y luego corrió otra vez afuera.
—Parece algo aturdida —comentó Anthony
—Sí, es verdad —concordó Albert.
—Dile a Patricia que voy a rezar por ella —llamó Annie.
Albert esperó a que Candy lo alcanzara y luego volvió la atención hacia su hermano.
—Stear no quiere que nadie sepa de esto hasta que haya terminado.
Anthony asintió para demostrar su conformidad.
La burla ya había llegado demasiado lejos. Candy se quedó sonriendo hasta que Anthony cerró la puerta y Annie no la pudo ver. Entonces se volvió hacia Albert.
—No puedo hacer esto —soltó apresuradamente—. No tengo ninguna experiencia. Tienes que entenderlo, Albert.
En su pánico por hacer que la escuchara, lo agarró del tartán y empezó a tirar de él.
—Candy ¿cómo planeabas ayudar a Annie si tu...
No iba a permitirle terminar con la pregunta.
—Maldición, iba a secarle la frente y palmearle la mano y susurrarle "Bueno, bueno" y...
No pudo continuar. Albert envolvió los brazos alrededor de ella y la abrazó con fuerza. No sabía qué decirle para ayudarla a superar esa preocupación.
—¿Albert?
—¿Sí?
—Estoy aterrada.
Sonrió.
—Lo sé.
—No quiero hacer esto.
—Va a salir todo bien.
La tomó de la mano y la guió hacia la cabaña de Patricia. Estaba tan oscuro que Candy apenas podía ver el sendero delante suyo.
—Supuse que las demás comadronas harían todo el trabajo —susurró mientras Albert la arrastraba tras su estela—. Y que iba a dar sugerencias. Ay, Dios, qué arrogante que soy.
Continuaron durante unos minutos más antes de que Candy volviera a hablar.
—No sé qué hacer.
—Patricia va a saber qué hacer cuando llegue el momento. Te quiere con ella.
—No entiendo por qué.
Albert sonrió.
—Lo comprendo. Eres una mujer muy dulce y también compasiva. Patricia
necesita ambas cosas en este momento. Sí, te va a ir muy bien.
—¿Y qué si se complica?
—Voy a estar justo del otro lado de la puerta.
Curioso, pero la promesa la reconfortó.
—¿Y vas a entrar si hay necesidad y te vas a encargar? ¿Vas a traer al mundo a este bebé?
—Diablos, no.
Parecía consternado ante la mera idea. Candy se habría reído si no hubiera estado tan atemorizada. Candy todavía no entendía por qué Patricia la había elegido.
—Si fueras a entrar en combate y sólo pudieras elegir un guerrero para ir contigo, ¿llevarías a tu escudero?
Albert supo el paralelo que iba a demostrar.
—Sí.
—Patricia es como un guerrero que va a entrar en combate y necesita... ¿dijiste sí? ¿En verdad elegirías un escudero sin experiencia? —preguntó, con voz incrédula.
Albert rió.
—Si, lo haría.— Candy sonrió.
—Me estás mintiendo para hacerme sentir mejor. Está bien. Funciona. Ahora dime otra mentira. Dime que todo va a estar muy bien una vez más. Esta vez podría creerte.
— Candy si llega a complicarse, voy a mandar a alguien a buscar a Sarah.
—Que Dios ayude a Patricia entonces —susurró Candy—. Albert ¿no te preguntaste por qué Patricia no mandó a Stear a buscar a la comadrona?
Albert asintió.
—Sí, me lo pregunté —admitió.
Candy le contó todo lo que había aprendido de la comadrona y su ayudante. Luego le dio su opinión. Para cuando terminó, la voz le temblaba de ira.
Deseaba saber qué opinaba Albert de la conducta de Sarah, pero ya habían llegado al angosto patio que llevaba a la cabaña de Patricia y no había tiempo para una conversación.
Stear abrió la puerta antes de que Albert hubiera siquiera levantado la mano para golpear. Una ola de calor, tan intensa que Candy sintió que le quemaba el rostro, salió por la puerta. La frente de Stear estaba cubierta de sudor y gruesas gotas de transpiración le corrían por las sienes.
Dentro de la cabaña estaba tan insoportablemente caluroso que Candy apenas si pudo recobrar el aliento. Cruzó el umbral, entró y se detuvo abruptamente. Vio a Patricia sentada en el costado de la cama. Estaba doblada por la mitad, acurrucada debajo de varias cobijas gruesas e, incluso del otro lado de la habitación, Candy pudo oír el suave llanto.
En ese momento, mientras estaba de pie con la mirada fija en Patricia, supo sin dudarlo que no podría alejarse de esto. Haría todo lo que fuera necesario para ayudar a la mujer.
El terror de Patricia rompió el corazón de Candy.
Albert colocó las manos sobre los hombros de Candy. En ese instante ésta se dio cuenta de que Albert estaba de pie exactamente detrás de ella.
—Stear, Candy no cree que...— Candy lo detuvo.
—No creo que el calor que hay aquí esté ayudando —anunció. Se dio vuelta y levantó la mirada hacia Albert—. No te preocupes así —susurró—. Va a salir todo bien.
El cambio en Candy asombró a Albert. No había ni una sola indicación de pánico en la expresión o en la voz. Candy se veía serena... y al mando.
Caminó lentamente por la habitación hasta quedar de pie frente a Patricia.
—Buen Dios, Patricia, hace tanto calor como en el purgatorio aquí dentro—anunció con forzada alegría.
Patricia no levantó la mirada hacia ella. Candy se arrodilló en el piso frente a ella. Lentamente quitó la crisálida de cobijas de la cabeza y hombros de Patricia. Luego, le levantó la cabeza con suavidad para que pudiera mirarla.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Patricia. El cabello también estaba completamente empapado y le colgaba en fláccidos grupos por los hombros. Candy le echó el cabello hacia atrás por sobre el hombro y luego le secó las mejillas con el borde del edredón. Cuando terminó con esa. tareas maternales, tomó las manos de Patricia.
El temor de los ojos de Patricia le daban ganas de llorar a Candy. No lo hizo, por supuesto, porque su nueva amiga necesitaba su fuerza en esos momentos y Candy estaba decidida a ver que la obtuviera. Lloraría más tarde, después de que las dos hubieran terminado con esa experiencia aterradora.
Apretó las manos de Patricia.
—Quiero que escuches con cuidado lo que te voy a decir —le instruyó. Esperó el gesto de Patricia y luego continuó—. Nos vamos a arreglar muy bien.
—¿Te vas a quedar conmigo? ¿No te vas a ir?
—Me voy a quedar —contestó—. Lo prometo.
Patricia hizo un gesto con la cabeza.'
—¿Cuánto hace que tienes estos dolores? —preguntó Candy
—Desde la mañana temprano —contestó Patricia— Ni siquiera se lo quise decir a Stear.
—¿Por qué esperaste?
—Esperaba que los dolores se fueran —contestó con un susurro bajo— Y estaba preocupada porque Stear no quisiera escucharme y fuera a buscar a Agnes para que me ayudara. Me tomó mucho tiempo convencer a mi esposo de que le pidiera permiso a Iain para ir a buscarte.
Las lágrimas empezaron a correr otra vez por las mejillas de Patricia. Ahora se aferraba a las manos de Candy.
—Gracias por venir.
—Estoy feliz de estar aquí —contestó Candy, esperando que Dios entendiera y la perdonara por no desear en absoluto ir allí. Todavía tenía tanto temor en su interior, le dolía el estómago y el calor de la habitación le estaba quitando fuerzas.
—Patricia, está bien que tengas un poco de miedo, pero también deberías de estar muy entusiasmada y alegre. Estás a punto de traer una nueva vida a este mundo.
—Preferiría que lo hiciera Stear.
Candy se quedó tan sorprendida ante ese comentario que empezó a reír. Patricia sonrió.
—Va a ser mejor que nos organicemos —dijo entonces Candy— ¿El calor que hay aquí te reconforta en algo?
Patricia sacudió la cabeza. Candy se puso de pie y se volvió a los dos hombres que estaban de pie en la puerta. Sonrió cuando vio la expresión del rostro de Albert. El pobre hombre estaba muy incómodo. Estaba tratando de irse de la cabaña. Stear no iba a permitírselo. El esposo de Patricia estaba bloqueando la puerta mientras le fruncía el entrecejo a Candy.
Candy le sonrío.
—Stear , por favor, quita las pieles de las ventanas. Ahora necesitamos aire fresco.
A continuación se volvió a Albert Estaba alcanzando el pestillo de la puerta. Candy lo detuvo con su pregunta.
—¿Esa viga de madera allí arriba es suficientemente fuerte como para sostener tu peso?
—Debería es suficientemente robusta —contestó Albert.
Otra vez intentó marcharse.
—Espera —lo llamó Candy. Miró apresuradamente entre las pilas de lino amontonadas al pie de la cama, pero no pudo encontrar nada suficientemente largo como para que se adecuara a sus propósitos. Luego recordó el tartán. El material era bastante largo, angosto y perfecto para sus necesidades. Llevó el tartán hacia Albert— Por favor, ¿podrías colgar eso de la viga
—¿Stear? También prueba tu peso contra la viga. No quisiera que la madera cayera y aplastara a Patricia.
—¿Piensas atarla? —preguntó abruptamente Stear. Sacudió la cabeza.
—Quiero darle a Patricia algo de qué agarrarse mientras esté de pie—explicó—. Esto es para su comodidad, Stear.
El guerrero no pareció convencido hasta que su esposa asintió. Luego ayudó a Albert a realizar el trabajo. Cuando terminaron, las delgadas tiras de tartán colgaban con igual largo a ambos lados de la viga.
Stear deseaba añadir otro leño al fuego. Candy no quiso permitírselo. Excusó a los dos hombres de la cabaña. Stear vaciló.
— Voy a estar de pie exactamente del otro lado de la puerta, esposa. Si quieres que vaya a buscar a Sarah, sólo grita. Te voy a oír.
—No voy a pedir por ella —replicó Patricia, la voz transformada en un lloroso temblor.
Stear dejó escapar un cansado suspiro. La preocupación por su esposa era
evidente. También su frustración. Se pasó los dedos por el cabello, dio un paso hacia Patricia y luego se detuvo. Candy pensó que deseaba un momento de privacidad. Se dio vuelta con rapidez y fingió estar ocupada atizando el fuego con el atizador.
Oyó que susurraban detrás suyo. Un minuto más tarde, el sonido de la Puerta que se cerraba llegó a sus oídos. Regresó a Patricia para realizar el trabajo de prepararla para el parto. Intentó apartar las cobijas, pero Patricia las Sostenía con fuerza. También intentaba ocultarse bajo las cobijas.
—Patricia, ¿tienes dolor en este momento?
—No.
—Entonces, ¿qué es?
Le tomó a Patricia mucho tiempo juntar valor para decirle a Candy qué andaba mal. —susurró la confesión de que había roto la bolsa y que había arruinado la ropa de cama. Parecía avergonzada y humillada. Y después de que terminó de explicar, se echó a llorar.
—Por favor, mírame —le pidió Candy con voz suave. Esperó a que Patricia por fin levantara la mirada hacia ella y luego se obligó a adoptar un tono de voz práctico— El dar a luz es un milagro, Patricia, pero también es desordenado. Vas a tener que hacer a un lado tu vergüenza y ser práctica acerca de ello. Mañana puedes sonrojarte todo el día si así lo deseas, ¿está bien?
Patricia asintió.
—¿'Tú no estás avergonzada? —quiso saber.
—No —contestó Candy.
Patricia parecía estar aliviada. Todavía tenía el rostro rojo y brillante y Candy no sabia si era por el rubor o por el horrible calor de la cabaña.
La hora siguiente se pasó con los preparativos necesarios. Candy parloteó constantemente mientras deshacía la cama bañaba a Patricia de pies a cabeza, le lavaba y secaba el cabello y la ayudaba a ponerse un camisón limpio. Todas esas tareas se llevaron a cabo entre las crecientes contracciones.
Mary Jane le había dicho a Candy que a través de los años había aprendido a darle a las madres la mayor cantidad posible de indicaciones. Incluso inventaba algunas para mantenerlas ocupadas. Explicó que, si la mujer tenía muchas cosas que hacer, se sentía más al mando de la situación y del dolor. Candy siguió el consejo en ese momento y realmente pareció ayudar a Patricia. Las contracciones eran fuertes y venían cada vez más seguidas. Patricia descubrió que prefería estar de pie durante los dolores. Se enrolló las puntas del tartán que colgaba de la viga alrededor de la cintura y se aferró con fuerza. Había cambiado de lloriqueos a graves gruñidos que retorcían las entrañas. Candy se sintió completamente impotente durante los dolores. Intentó aliviarla con palabras de aliento y, cuando Patricia se lo pedía, le frotaba la parte inferior de la espalda para aliviar el dolor.
La última hora fue la más agotadora. Patricia se volvió extremadamente exigente. Deseaba que le trenzaran el cabello y lo deseaba trenzado ahora. Candy ni siquiera pensó en discutir con ella. La mujer de carácter dulce se volvió una fiera rugiente y, cuando no impartía órdenes, culpaba a Stear por causarle ese dolor inaguantable.
La tormenta irrazonable no duró mucho. Las plegarias de Candy también fueron atendidas. El parto no fue complicado. Patricia decidió utilizar la silla de parto. Dejó escapar un grito que congelaba la sangre, después otro y otro, mientras daba a luz. Candy se arrodilló frente a ella y cuando Patricia no se aferraba a las manijas de cuero construidas a ambos lados de la silla, se aferraba al cuello de Candy. Podría haberla estrangulado sin darse cuenta y por Dios que era una mujer fuerte. Candy tuvo que apelar a toda su fuerza para apartarle los dedos y así poder tomar aire.
Un magnífico bebé nació unos minutos más tarde. De pronto Candy necesitó cinco pares de manos extra. Deseaba llamar a Stear para que entrara a ayudar. Patricia no quiso ni oírlo. Entre risas y lágrimas, explicó que no iba a permitir que su esposo la viera en una posición tan poco digna
Candy no discutió con ella. Patricia estaba débil, pelo radiante. Sostenía a su hijo entre los brazos mientras Candy se ocupaba de los demás asuntos necesarios.
El bebé parecía ser sano. Por cierto, los gritos eran suficientemente, vigorosos. Candy estaba maravillada ante el pequeño. Era tan diminuto, tan perfecto en todo sentido. Contó para asegurarse de que tenía todos los dedos de las manos y de los pies. Si, los tenía y a Candy casi la vence la emoción ante ese milagro.
Sin embargo, no se le dio tiempo para reaccionar por completo ante el maravilloso evento porque todavía había trabajo que hacer. Le llevó a Candy otra hora limpiar a Patricia y ubicaría en la cama. Tanto ella como su hijo habían sido bañados. El niño estaba envuelto en una suave frazada blanca y luego se lo cubrió con el tartán de su padre. Para cuando terminaron de ocuparse de él estaba profúndamente dormido. Candy lo colocó en la curva del brazo de Patricia.
—Antes de que busque a Stear, tengo una instrucción más para darte —dijo Candy— Quiero que me prometas que no vas a permitir que nadie... te haga nada mañana. Si Sarah o Dorothy te quieren poner algo dentro, no debes permitírselo.
Patricia no entendía, Candy decidió que iba a tener que ser más directa.
— Algunas de las comadronas con las que hablé en Inglaterra eran partidarias de llenar el canal de parto con cenizas y hierbas. Algunas incluso utilizaban tierra para formar una pasta. Mary Jane estaba convencida de que el rellenado hace más daño que bien, pero el ritual es dictado por la Iglesia y lo que te estoy pidiendo tal vez te meta en problemas...
— No voy a permitir que nadie me toque —susurró Patricia— Si alguien pregunta, tal vez sería mejor fingir que ya te ocupaste de ese tema.
Candy dejó escapar un suspiro de alivio.
—Sí— dijo—Vamos a fingir que ya me ocupé de esa tarea —agregó mientras
ajustaba las cobijas en la parte inferior de la cama.
Miró con rapidez por la habitación para asegurarse de que todo estaba limpio, asintió con satisfacción y luego fue a buscar a Stear.
Stear estaba esperando detrás de la puerta. El pobre hombre se veía terriblemente enfermo.
—¿Patricia está bien?
—Sí —contestó Candy—. Está lista para verte.
Stear no se movió.
—¿Por qué estás llorando? ¿Pasa algo malo?
Candy no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que Stear le hizo esa pregunta.
—Todo está bien, Stear. Entra ahora.
Candy se apartó de su camino justo a tiempo: De pronto, Stear estuvo vencido por la ansiedad de ir hacia a su familia. La reunión inicial entre padre e hilo debía ser un asunto privado y Candy no se iba a demorar. Cerró la puerta y se recostó contra ella.
De pronto se sintió vencida por el agotamiento. La dura prueba emocional por la que había pasado le había quitado las fuerzas y la compostura. Estaba temblando como una hoja en una tormenta de viento.
—¿Terminaste aquí?
Albert hizo esa pregunta. Estaba de pie al final del angosto sendero, recostado contra una saliente de piedra. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho en una posición de reposo. A Candy le parecía descansado.
Pensó que probablemente se veía como el infierno.
—Terminé aquí por el momento —contestó. Comenzó a caminar hacia Albert.
La brisa nocturna se sentía maravillosa contra el rostro, pero hacía que aumentara el temblor. Las piernas le temblaban tanto que apenas si la podían sostener.
Candy se sentía como si se estuviera partiendo en pedazos por dentro y aspiró profundamente en un esfuerzo por recobrar el control. La única gracia salvadora era que Albert nunca sabría cuán cerca estaba de quebrarse. Tal debilidad, incluso en una mujer, seguramente le desagradaría. También seria humillante para ella llorar frente a Albert. Después de todo, sí tenía orgullo. Nunca había necesitado apoyarse en nadie y no estaba dispuesta a apoyarse en nadie ahora.
Aspiró profundamente para liberarse. No resultó. Los escalofríos aumentaron. Se dijo a sí misma que todo iba a ir bien; no se humillaría. Sí, había pasado por una penosa y aterradora prueba, pero ya la había pasado y, por cierto, regresaría a su propia cama antes de perder por completo la dignidad y comenzar a llorar y tener náuseas y sólo Dios sabía qué más.
Para Candy era un plan lógico, pero la mente le decía una cosa y el corazón insistía con otra. Ahora necesitaba privacidad y, con todo, al mismo tiempo deseaba desesperadamente el consuelo de Albert y su fuerza. Ya había utilizado toda la propia esa noche. Que el cielo la ayudara. lo necesitaba a él.
Fue una idea que la consternó. Vaciló durante una milésima de segundo. Y luego Albert le abrió los brazos. Perdió la batalla en ese mismo instante. Comenzó a correr. Hacia él. Se arrojó contra su pecho, envolvió los brazos en la cintura de Albert y comenzó a llorar con incontrolables sollozos.
Albert no le dijo ni una palabra; no era necesario. Sus caricias era todo lo que Candy necesitaba en ese momento. Albert aún estaba recostado contra la saliente. Candy permaneció de pie entre las piernas de Albert con la cabeza inclinada debajo de su mentón y lloró sin parar hasta que le empapó el tartán. Murmuraba frases incoherentes entre sollozos, pero Albert no pudo comprender nada de lo que le estaba diciendo.
Pensó que la tormenta casi había amainado cuando Candy empezó a hipar.
—Respira profundamente, Candy —ordenó.
—Por favor, déjame sola.
Era una orden ridícula, considerando que se aferraba con fuerza a la camisa de Albert. Albert apoyó el mentón sobre la cabeza de Candy y la abrazó con mayor fuerza.
—No —susurró— Nunca te voy a dejar sola.
Curioso, pero esa negativa la hizo sentir un poco mejor. Se secó el rostro con el tartán de Albert y luego se desplomó otra vez contra él.
—¿Todo salió bien, verdad? —Albert ya sabía la respuesta a esa pregunta. La radiante sonrisa en el rostro de Candy cuando le abrió la puerta a Stear le dijo que todo había ido bien, pero pensó que si Candy se acordaba del feliz final, tal vez podría calmarse lo suficiente como para sobreponerse a esa ilógica reacción.
Candy no deseaba ser razonable todavía.
—Y como que Dios es mi testigo, Albert nunca voy a volver a pasar por eso. ¿Me oyes?
—Shh —replicó— Vas a despertar a Inglaterra.
Candy no apreció la broma. Sin embargo, bajó la voz cuando le hizo la próxima promesa.
—Nunca voy a tener un bebé. Nunca.
—Nunca es mucho tiempo —razonó Albert— Tu esposo podría querer un hijo.
Candy se apartó de él con un empujón.
—No va a haber ningún esposo —anunció—. Tampoco me voy a casar Por Dios, ella no puede obligarme.
Albert la empujó de nuevo a sus brazos y puso la cabeza de Candy sobre su hombro. Estaba decidido a consolarla aunque ella no lo quisiera.
—¿A quién te refieres cuando dices que no puede obligarte?
—A mi madre.
—¿Y qué hay con tu padre? ¿No va a tener algo que decir con respecto a tu boda?
—No —contestó— Está muerto.
—Pero la tumba estaba vacía, ¿recuerdas?
—¿Cómo podrías saber lo de la tumba?
Albert dejó escapar un suspiro.
—Tú me lo dijiste.
Entonces lo recordó. Había arrancado la lápida sepulcral y no había tenido
suficiente sentido común como para no alardear de ello ante los escoceses.
—En mi corazón, es como si estuviera muerto.
—¿Entonces no necesito preocuparme por esa complicación?
Candy no le respondió porque no tenía ni la más mínima idea de lo que le estaba hablando. También estaba demasiado agotada como para pensar con claridad.
—¿Candy?
—¿Si?
—Dime de qué se trata en realidad todo esto.
La voz era suave y estimulante. Comenzó a llorar de nuevo.
—Podría haber matado a Patricia. Si hubiera habido algún problema, no habría sabido qué hacer. Tenía unos dolores tan terribles. Ninguna mujer debería pasar por ello. Y la sangre, Albert —agregó; ahora las palabras se amontonaban una sobre otra—. Había tanta sangre. Dios querido, estaba aterrada.
Albert no sabía qué decirle. Todos le habían exigido una increíble cantidad de cosas. También era tan inocente. Demonios, ni siquiera estaba casada y sin embargo le habían exigido que trajera al mundo a un bebé. Ni siquiera sabía con seguridad si Candy conocía cómo Patricia había concebido ese bebé. Sin embargo, Candy se había elevado a la altura del desafío que le habían impuesto. Había demostrado compasión, vigor y también inteligencia. El hecho de que estuviera tan asustada hacía que su victoria fuera aún más sorprendente en la mente de Albert.
La desdicha de Candy lo molestaba y sentía que era su deber ayudaría a vencer esa turbación.
Decidió intentar primero con elogios.
—Debes estar muy orgullosa de lo que lograste esta noche.
Candy le dice un bufido poco elegante.
A continuación intentó la lógica.
—Por supuesto que estabas atemorizada. Imagino que sería una reacción normal para alguien con tu poca experiencia. Ya lo vas a superar.
—No, no lo haré.
Intentó la intimidación como último recurso.
—Maldición, Candy, vas a superar esto y vas a tener hijos.
Otra vez se apartó de él
—Cuán típico de un hombre no mencionar hijas.
Antes de que pudiera responder a ese comentario, Candy le golpeó el pecho
—Las hijas no son importantes ¿verdad?
—También haría lugar para las hijas.
—¿Querrías a una hija tanto como a un hijo? —preguntó Candy
—Por supuesto.
Ya que le había contestado con tanta rapidez, sin perder tiempo en absoluto para pensarlo, supo que lo decía en serio.
La bravata desapareció de su ira.
—Me complace oír eso —dijo Candy— La mayoría de los padres no piensan de la misma manera.
—¿Y el tuyo?
Candy se dio vuelta y comenzó a caminar de regreso a la cabaña de Annie
—En lo que a mí respecta, mi padre está muerto.
Albert la alcanzó, la tomó de la mano y luego tomó la delantera. Candy levantó la mirada hacia él y vio el entrecejo fruncido.
—¿Por qué estás enfadado? —le preguntó.
—No estoy enfadado.
—Estás frunciendo el entrecejo.
—Maldita sea, Candy, quiero que admitas que te vas a casar.
—¿Por qué? —preguntó— Mi futuro no es ningún asunto tuyo. Además, mi decisión ya está tomada, Albert Andrew.
Albert se detuvo abruptamente y se volvió hacia ella. La tomó del mentón y se inclinó hacia ella.
—Mi decisión también ya está tomada —susurró.
La boca de Albert cubrió la de Candy. Candy se aferró a él para no caerse. Abrió la boca para él. Albert gruñó roncamente y profundizó el beso. La lengua se abrió paso dentro de la boca de Candy para acoplarse a la de ella. Deseaba devorar la suavidad de Candy.
Tampoco deseaba detenerse con un solo beso. Cuando se dio cuenta de ello, se apartó de inmediato. Candy era demasiado inocente como para darse cuenta de su propio peligro. Albert no quería aprovecharse de la confianza que Candy tenía en él. Sin embargo, esa verdad no evitó que lo pensara.
Sacudió la cabeza para librarse de las fantasías eróticas que le corrían por la mente, luego tomó de nuevo la mano de Candy y la arrastró detrás de él.
Candy tuvo que correr para alcanzar el ritmo del paso de las piernas largas de Albert. Albert no volvió a pronunciar otra palabra hasta que llegaron a la casa de su hermano. Candy tenía la mano sobre la llave, pero Albert la bloqueó con los brazos. Candy decidió en ese momento que Albert no había terminado de confundirla.
—No importa cuán horrible fue este parto, con el tiempo lo vas a superar.—Candy levantó la mirada hacia él con una expresión muy asombrada en el rostro. Albert asintió para hacerle saber que lo que acababa de decir era en serio.— Es una orden, Candy y la vas a obedecer.
Asintió otra vez mientras le abría la puerta. Candy no se movió. Siguió mirándolo confundida.
—¿Horrible? Nunca dije que fuera horrible.
Fue el turno de Albert de quedar confundido.
—Entonces, ¿qué diablos fue?
—Ay, Albert, fue hermoso.
Tenía el rostro radiante de dicha. Albert sacudió la cabeza, confundido. Creía que nunca iba a entenderla.
Se tomó su tiempo para caminar hacia su casa. Sus pensamientos se centraban en Candy. ¿Qué iba a hacer con respecto a ella?
Había llegado a las puertas del torreón cuando la imagen del anillo del guerrero que Candy llevaba puesto irrumpió de pronto en su mente.
¿Dónde diablos lo había visto antes?
Continuara...
