Disclaimer: Los nombres de Eithan y Alba son de mi propiedad, pero sus espíritus pertenecen a Stephenie Meyer, al igual que la mayoría de los personajes de la historia.
Chapter 9:
Beauty
E.
Inclusive bajo el suave bisbiseo del motor, escuché la aguda resonancia de las notas de un piano. Como si de una cuestión automática se tratase, mis manos picaron de necesidad y mi oído musical se afinó, mientras me concentré en identificar la intención temática de aquél ritmo melódico de agudas y graves. En el momento en que la orquesta de violines hizo su aparición, reconocí que esa canción fue diseñada para ser extremadamente triste.
Ya se estaba convirtiendo en un hábito ingresar a la casa desde la puerta de la cocina. Estaba abierta, como de costumbre, así que entré silenciosamente mientras que maquinaba la forma más inteligente de abordar a Alba.
El sonido era mucho más alto ahora, y provenía de la sala. En alguna oportunidad Alba me comentó que, a falta de un estudio de baile, solía despejar la sala para sus ensayos, apartando toda la mueblería contra las paredes y beneficiándose del espejo de pared para pulir sus movimientos. Era muy probable que estuviese a punto de interrumpir una de sus sesiones, pero no me importaba. No iba a permitir que se marchara odiándome o habiendo malinterpretado mis acciones, y me exasperaba que se empeñara en enfrentar este malentendido con esa condenada actitud de niña mimada, ignorándome y buscando estropear esta relación después de todo lo que...
Cuando llegué finalmente a la sala, Alba estaba bailando.
Su cabello danzaba con ella. Por un momento pensé que me había vuelto loco, pero así era. Se movía y proyectaba a la par de su gracia sobre la superficie de aquél improvisado espacio.
Conocía superficialmente los estereotipos comunes en torno al ballet clásico, como la flexibilidad, los tutús, las zapatillas y El Lago de los Cisnes. Jamás me había dedicado a pensar demasiado en lo indiferente que me resultaba esa sobrevalorada práctica. Pero supongo que me tocaba tragarme mis palabras, porque observar la esbelta figura de Alba deslizarse ágilmente en el liso suelo de cerámica al son de esta trágica melodía me dejó paralizado como una estatua.
Era lo más.
Hermoso.
Del mundo.
Sus ojos dieron con mi mirada impresionada y su pie trasbilló, más no se detuvo. Al contrario, mi inesperada presencia pareció motivarla a refinar su interpretación, y cuando logré emerger de mi estupor inútil empecé a detallar la elegancia de sus giros, el dulce movimiento de sus muñecas, la impactante curvatura de su espalda al inclinarse hacia atrás, cerrando los ojos en los momentos oportunos. En algún momento de la pieza su pierna alcanzó alturas impresionantes y luego dio uno, dos, tres giros más, hasta que la música se detuvo y los movimientos con ella.
Su coreografía se había extendido por varios minutos, pero a mí me pareció que sólo duró unos segundos. ¿Qué acababa de pasar? Mi intención al venir aquí para suplicarle que no desapareciera de mi vida y para aclarar todo este malentendido, y ahora… ahora…
Nos mantuvimos de pie frente al otro en completo silencio. Ella jadeaba, y yo todavía no me atrevía a moverme, luchando contra el asombro y la expectación. Cuándo su ritmo pareció volver a la normalidad, alzó la cabeza para mirarme con ojos duros, y las oscuras ojeras de su rostro reflejaron un profundo trasnocho. Últimamente había estado soñando constantemente con el fulano vampiro, pero me aseguró que se trataba de sueños alegres. Debi sospecharlo.
—¿Qué haces aquí, Eithan? Pensé haberte dicho que nos viéramos mañana.
—Yo…—me tomó un momento poner en orden mis pensamientos—. ¿Es cierto que te vas?
Ni se molestó en dedicarme una mirada mientras se recogía el cabello en una coleta. En su distracción, aprecié el leotard negro ceñido y los shorts negros de licra, tan diminutos que sus piernas lucían interminables. Me entró una imperiosa necesidad de acariciarlas, así que deslicé las manos dentro de los bolsillos de mis pantalones, fingiendo que la ausencia de ropa no estaba ocasionando estragos en mi cuerpo.
—Sí. Mi vuelo sale mañana a las doce de la tarde. En fin, ya estás aquí, si quieres despedirte de una vez. ¿Quieres un café?
Su voz sonaba fría y monocorde al mismo tiempo. Era demasiado ridículo para procesarlo, demasiado irreal. ¿Acababa de decirme que me despidiera de ella? ¿Que se iba? ¿Irse?
Me sorprendió el encontrarme temblando de un miedo aterrador que me hizo empalidecer, miedo de verdad. Me costaba mucho guardar la compostura cuando mi interior estallaba todo un caos. ¡Ella no podía dejarme!
—Deja de ser tan informal.
—¿Entonces no quieres café?
—No se trata del maldito café, Alba. ¡Maldición! Sabes de qué estoy hablando. ¿Por qué me tratas así?
Su cuello se tensó del enfado y su voz aumentó de volumen.
—¿Y qué esperas que haga, Eithan? ¿Que sea cariñosa y tierna contigo? ¿Para qué? ¿Para qué vuelvas a rechazarme?
—¡No! ¡No quise hacerlo! ¡No sé que me pasó! Sólo... no pensé que estaríamos juntos después de esto, no esperaba tampoco que te sintieras así. Yo... Vine a hablar contigo porque esto no se puede terminar así.
Esbozó una sonrisa despectiva.
—¿Qué cosa no se puede terminar? ¿Cuál "esto"? Pensé que sólo nos estábamos divirtiendo. Tú mismo lo dijiste.
—Sí, sé lo que dije, pero sabes que no es cierto —me arriesgué a caminar lentamente hacia ella.
—¿Que no lo es? —acusó y, de pronto, relajó los hombros en señal de rendición y su mirada se posó tristemente en el suelo. Su voz ahora sonaba un poco más madura, y de hecho, algo cansada—. Mira, Eithan, entiendo perfectamente. ¿De acuerdo? Fui yo la que malinterpretó todo. No tienes que venir a consolarme solo porque te sientes culpable.
—No me siento culpable, y no estoy aquí para consolarte.
Estaba a punto de abrir la boca para protestar, pero algo en mis palabras la hizo fruncir sutilmente el ceño, confundida.
—¿A qué vienes, entonces?
No lo planifiqué, ni si quiera antes de esto. Tampoco me introduje en un deliberado consenso conmigo mismo. Expulsar las palabras vino acompañado de un cambio en el peso que aplastaba mis hombros, y fue algo así como volver a respirar. Porque no había nada, nada en este mundo que me transmitiera las sensaciones que me transmitían los ojos achocolatados de Alba, que me observaban con una mezcla de triste esperanza. Y esa esperanza fue deliciosa, porque representaba la enorme necesidad que ella sentía hacia mí, sin importar nada, ni consecuencias obligaciones. Era la misma necesidad que yo sentía hacia ella.
—Estoy enamorado de ti.
Soltó el aire de golpe.
Yo también lo hice.
Desde que empezamos a salir, me había concentrado demasiado en ignorar la inherente ruptura de nuestra informal relación para cuando estuviésemos en la obligación de separarnos, porque temía sufrir prematuramente las consecuencias de la realidad que testarudamente me había esforzado en ignorar.
Estaba perdidamente loco por ella. Todo en ella me fascinaba, desde su apariencia deslumbrante hasta su más insoportable carácter. Su alegre presencia esparcía estelas de luz a su paso, deleitando mi mundo, maravillándome.
Siempre me imaginé enamorándome a los treinta años, cuando el peso de la experiencia fuera suficientemente enriquecedor como para comprender el significado del amor y de todas sus implicaciones. Suponía que forjaría una relación madura y prudente y, si lo deseaba, construiría una familia y tendría una vida feliz, o al menos en su mayoría. Sí, creía en el amor, más no en esa concepción impulsiva e irracional que movía los hilos del mundo. Sólo era realista. Pero ahora no tenía idea de qué pensar, ni cómo actuar. Este sentimiento era completamente nuevo para mí.
Me detuve frente a ella, dejando una vibrante y deliciosa distancia entre nosotros.
—No me mientas —su labio tembló ligeramente, matándome con su infantil ternura.
Casi con burla, le sonreí. Era tan ridículamente linda.
—Alba, no he dejado de pensar en ti desde que intentaste patearme el trasero allá en el prado —sabía que mi discurso estaba lejos de ser romántico, pero tenía que ser honesto si quería reflejar credibilidad—. Tienes un algo… algo que te juro que no sé explicar, que me hace querer estar contigo.
No fue suficiente. La vi negar con la cabeza y bajar la mirada.
—Eso no significa que me ames, no de la forma en la que yo te amo a ti. Desistirás pronto.
Suspiré con frustración, maldiciendo para mis adentros. Si no era nada sencillo para mí manifestar estas emociones, me resultaba el doble de difícil expresarlas con palabras. Nunca había sido un muchacho muy emocional en cuanto a expresiones verbales se trataba.
Con mucho esfuerzo, proseguí con la difícil tarea de revelar cuánto significaba para mí. Sostuve su rostro entre mis manos y la obligué a mirarme, para no tener que pasar por el fastidio de repetirlo.
—Te aseguro que mi cariño supera al tuyo. Es en serio, Alba. Ahora eres lo más importante para mí, lo más importante que he tenido jamás (1).
Me desconcertó la intensidad en mis propias palabras, pues no era eso lo que quería decir. No fue mi intención sonar tan obsesivo, era demasiado incluso para ella, seguramente, pero las palabras simplemente abandonaron mi boca de forma espontánea, como si alguien más las hubiese dicho por mí.
Lo que abarcaba la fuerza en ellas, sea lo que sea, funcionó. Lo encendió todo entre nosotros como una enorme explosión. Y cuando me miró con esos ojos llenos de una pasión jamás vista no pude contenerme, cerrando la distancia entre nosotros cuando la estreché contra mi pecho y la besé con violencia. Su cuerpo vibraba en sintonía con el mío.
Su respuesta no me sorprendió menos. Aferró mi cabello con sus manos y sus labios forcejearon con los míos con un sensual movimiento que me desquició por completo. Acaricié el contorno de su cuerpo con fuerza, satisfecho de poder apreciar con más atención esa curvatura en su cintura que me volvía loco y la dureza en sus caderas cuando enterré suavemente las manos en ella. Maldición, cuánto ansiaba por desnudarla, por tocarla.
La apoyé sobre la pared y le devolví el beso con el mismo desenfreno. Más tarde, tomé su mentón y la obligué a apuntar hacia arriba, dándome la libertad de besar en una zona más estratégica. La sentí estremecerse con el contacto y eso me hizo sonreír como un pervertido, pero fue aquél casi imperceptible gemido en su voz el que me hizo despertar de mi locura.
—No deberíamos hacer esto hoy —me obligué a apartarme con suavidad—. Es en serio, Alba, no quiero que pienses que me estoy aprovechando de ti.
—No te preocupes. Te creo —se puso nuevamente de puntillas para mordisquear mi cuello.
Mierda.
—Alba, no quiero que después pienses que te equivocaste y que te arrepientas por… haberte entregado así como así y…
No sé qué fue lo que dije, pero la hizo detenerse de abrupto. Se separó para observarme con una expresión que oscilaba entre la burla y la ternura.
—Eithan Grant, ¿me estás diciendo que no quieres acostarte conmigo ahora mismo para que yo no me sienta mal por haberte entregado mi virginidad?
—Bueno, sí.
Echó el cuello hacia atrás y descargó una carcajada, lo cual me hizo fruncir el ceño. ¿Qué carajos había dicho?
—Eithan, yo dejé de ser virgen a los dieciséis años. Creo que estoy bastante familiarizada con la cuestión.
—¿Qué?
—Aaron Marks, nuestro aniversario de un año, su cama —explicó pacientemente—. ¿Quieres los detalles?
—No, gracias —medio gruñí, inseguro de si debía sentirme enfadado o aliviado por la noticia, pero después de pensármelo unos segundos, llegué a la conclusión que bajo ningún concepto debería alegrarme que alguien más haya tocado a mi chica. Maldito sea Aaron Marks—. De todos modos, Alba, no quiero que te arrepientas. No es lo mismo, pero sé que es muy significativo. De verdad. Puedo esperar.
—Pues yo no —volvió a la tarea de depositar incitantes besos sobre mi barbilla, finalizando en mis labios—. No tienes que contenerte, he sostenido relaciones antes, varias veces. No soy tan delicada como crees. Puedes hacerme el amor sin ataduras, como tú quieras.
Jesucristo bendito.
Bueno, nadie es de piedra, y la carne era demasiado débil como para resistir a la tentación. Estampé mis labios con los suyos, rindiéndome completamente ante ella, y obedeciendo a sus anteriores palabras, mis curiosas manos volaron directo a sus pechos. La tela de licra les aportaba una suavidad maravillosa que me incitaba a ser mucho más perverso, pero me limité a acariciarlos con insistencia, sintiendo el duro tacto de sus pezones bajo las palmas. No conforme con eso, acaricié con mis manos su espalda, sus hombros, sus costados, sus pechos de nuevo, y luego desplacé mis manos por su cintura hasta su trasero y lo empujé hacia mí, sorprendiéndome por lo voluptuoso y divino que se sentía al apretarlo. Escucharla gemir en mi boca fue el propulsor que desencadenó parte del animal que llevaba dentro. La alcé del suelo tomándola por las piernas y comencé a caminar escaleras arriba, hacia su habitación.
—¿Podrías apresurarte? Me estoy secando aquí —acusó mientras subía, besando mi boca.
—Lo haría si alguien me dejara ver el maldito camino.
Desvió su rostro hacia mi cuello y se rió contra mi piel.
Cerré la puerta con el pie cuando llegamos, por pura costumbre. Luego, la aventé sobre la cama con un poco más de fuerza de la que había calculado y temí su reacción, pero ella pareció bastante complacida con mi torpeza.
Resultaba casi irreal tenerle allí, dispuesta, con el largo pelo alborotado esparcido sobre la almohada y mordiéndose el labio. Maniobrando con sus pies me obligó a flexionar las rodillas, haciéndome perder el equilibrio para quedar sobre ella en la cama. Abrazó mi cintura con sus piernas y jaló con fuerza del cabello de mi nuca, tirando suavemente de mi labio inferior.
Su gesto me arrancó un fuerte gruñido y me dediqué a comérmela a besos, sin poder tener suficiente de ella. Era como si quisiera explorar en todas partes a la vez, pero filtrando todo el deseo sobre su boca para no perder la cordura. Ambos jadeamos mientras nos besábamos hambrientamente, y cuando sentí que era suficiente, me apoyé con emoción sobre mis rodillas para comenzar a desnudarla. Sostuve el dobladillo de sus shorts y los arrastré hacia abajo, tomándome mi tiempo para acariciar su piel con los dedos, consciente de la mirada atenta de Alba puesta en mi rostro. Me estaba esforzando en parecer seguro, dispuesto a impresionarla, porque lo que menos deseaba es que Alba se llevara de mí un decepcionante recuerdo.
Casi me muero cuando me deshice de ellos; no cargaba ropa interior bajo el maravilloso leotard negro. El verla portando esa única prenda casi me hizo perder la paciencia, pero yo era mucho mejor que eso. Me detuve varios segundos a contemplar sus piernas largas y suaves, recorriéndola tentativamente con mis manos. Eran más tersas de lo que pensaba, y pude notar una que otra peca esparcida por ahí. Comencé con el recorrido de besos y mordiscos desde sus tobillos hasta la parte interna de sus muslos. Para este entonces Alba se encontraba respirando como loca, sin dejar de arrugar la sábana con los puños.
Salté directamente hacia su cuello y clavícula, sin dejar de acariciar sus piernas. Mientras me entretenía con el juego de la seducción, Alba se dedicó a soltar cada uno de los botones de mi camisa con manos torpes, haciéndome reír cuando gruñó por durar demasiado tiempo batallando con uno de ellos. Me alejé un poco para terminar el trabajo y tirar la camisa a un lado, temblando de éxtasis cuando se sentó sobre la cama y sus manos rozando con caricias sensuales mi abdomen, pecho y brazos, sin dejar de besar y morder mi cuello de una forma que me hacía querer empujarla sobre la cama y tirármela toda la noche.
Bajé lentamente ambas tiras del conjunto por sus hombros para dejar expuestos sus senos. Eran pequeños, pero no demasiado, lo suficiente para poder envolverlos placenteramente con mis manos, y sus pezones eran más rosados de lo que había imaginado en mis más atrevidas ensoñaciones. Por lo que no me contuve de separar mis labios de sus hombros para llevar un pezón a la boca, acariciando el otro con mi mano. Los gemidos que siguieron a continuación fueron como música para mis oídos.
—Sí, justo ahí —rogó entre jadeos, mordiéndose el labio.
Me tragué un gemido, y fue ahí cuando finalmente comprendí las indirectas. Alba me estaba invitando a descubrir su lado más perverso, a comprender que no estaba lidiando con una chica sensible e inexperta que exigía que la tratasen con cuidado, sino con una muchacha que ansiaba ser tomada con fuerza, como el buen sexo lo demandaba. Ya no era virgen, no había necesidad de ser dulce ni blando con ella. Podía besarla y tocarla cuanto quisiera y como quisiera, sin detenerme a reparar en si la lastimaba. Podía ser rudo con ella.
Bendito sea Aaron Marks.
Le arranqué con violencia la pequeña pieza, dejándola tan sorprendida que no tuvo tiempo de decir una palabra cuando ataqué su húmeda intimidad con mis dedos. En menos de diez segundos la tuve gimiendo y agitando las caderas bajo mi mano, con esa expresión de placer que me estaba matando pero que disfrutaba lo suficiente como para continuar pacientemente la labor sosteniendo la misma sonrisa depravada que seguramente había cargado toda la sesión.
Sentir el leve adormecimiento de su cuerpo, después de aquél suave quejido, fue el indicativo de que hice bien mi trabajo. Me hubiese gustado que se viniera conmigo dentro de ella, pero estaba demasiado desesperado para aguantar por mucho tiempo si resultaba ser una chica difícil, así que me fui por los seguro, sólo por si acaso.
Me arrodillé sobre la cama para liberarme del cinturón y los pantalones, bajando la mirada para observar su cuerpo completamente desnudo. No pude evitar compararla con Laura, mi única amante. Me había acostumbrado con los años a ella, a su morena y rellena figura curvilíneamente pronunciada y a sus voluptuosos senos. Pero me sorprendió descubrir cuánto prefería por mucho el cuerpo esbelto de Alba, el de pequeña cintura y caderas más anchas, el de piernas más largas y muslos pálidos. Era mucho más delgada, por supuesto, debía pesar apenas unos cincuenta kilos.
Alba lo tenía todo. Inteligente, intuitiva, pícara. Y no había nada, nada que yo haya visto en la vida que fuese más hermoso que la libre expresión de su figura al danzar con aquella carga inmensa y profunda de emoción que petrificó mi cuerpo. ¿Cómo era capaz de si quiera pensar en abandonar una cosa tan bella como esa? ¿Y mucho más ahora, que al fin había conseguido tenerla toda para mí, para disfrutarla todo lo que quiera?
Era tan hermosa que no podía creer que estuviese a punto de hacer esto.
—Oh, mierda, Alba… —suspiré contra su boca, antes de besarla con una inexplicable necesidad.
Podría ser muy anticuado o respetuoso para algunas cosas, pero definitivamente no era estúpido. Extraje un condón de mi cartera antes de quitarme los pantalones, y lo aventé a un lado de la cama. Alba no tardó demasiado en exigir cercanía y comenzó a frotarse contra mí, encendiéndome de tal forma que no tuve más opción que morderle los labios para contener el deseo de poseerla de una vez, pues no podía permitirme ser gobernado por la imprudencia. Y cuando sentí que ya no podía soportarlo ni un segundo más, me bajé los bóxers y me deslicé el condón, frente la mirada sorprendida de Alba. Luego le separé las piernas con suavidad y encajé mis caderas en las suyas.
—Lo de dejar la delicadeza a un lado sigue en pie, ¿verdad? —mi voz tembló de una tensa y palpitante expectativa, con mi corazón bombeando a un ritmo casi histérico. Le imploraba al universo que no se echara para atrás después de cuánto me había ilusionado con sus intrépidas demandas.
Asintió con la cabeza y cerró los ojos. No me lo pensé mucho. Le alcé de la cama tomándola del trasero y la penetré con fuerza.
Era casi un milagro sentirme de la forma en la que me sentía, mientras no dejaba de empujar una y otra vez dentro de ella, con mi mirada perdida sobre el suave rebote de sus senos y las sensuales contorsiones de su cuerpo. Era tanto por mirar y tan sólo dos ojos. Se pasó el cabello por encima de la almohada y eso desencadenó en mí la más clásica de las fantasías: deseaba ponerla de rodillas y hacérselo desde atrás, tirando con fuerza de su largo cabello. Pero eso podía dejarlo para después. La posición tradicional, en mi opinión, era la predilecta para cualquier primer encuentro.
Siempre había mantenido las distancias en el sexo, puesto que me he considerado un muchacho muy visual, pero algo cambió, emergiendo con una intensidad brutal que casi me dejó sin aliento. La irresistible urgencia de abarcarla con mi cuerpo me superó, añorando de una forma casi desgarradora una cercanía que no me había sido proporcionada nunca, como si toda mi vacía existencia la hubiese afrontado completamente solo.
Como si ella fuese mi hogar.
Me sentí como un completo extraño mientras lo pensaba.
Enterré mi cara en su cuello y la apreté con fuerza contra mí mientras comenzaba la cuenta regresiva, aumentando la velocidad de las estocadas. Sus piernas envolviéndome, sus uñas aferradas a mi espalda, los suaves gemidos en mi oído. La sensación de placer era tan alucinante que no encontraba palabras para describirla, convirtiendo mi espíritu en añicos. No lo pude resistir más. Le mordí el cuello con fuerza, alcanzando uno de los mejores orgasmos de toda mi vida.
Destruido, permití gran parte de mi peso caer sobre ella, cuidando no lastimarla, y permanecimos en esta posición durante varios segundos, mientras apaciguábamos nuestras aceleradas respiraciones. Cuando finalmente me recompuse, me acosté de espalda sobre la cama, arrastrándola a ella en el proceso e invitándola a recostar su cabeza sobre mi hombro. La naturalidad del movimiento me impresionó: normalmente evitaba este tipo de cercanía después del sexo, era molesto. Pero me sentía solo sin tenerla sujeta de este modo.
No pude soportar la distancia. Rodé a un lado de la cama y la estreché entre mis brazos con fuerza, sintiendo su calidez, oliendo el delicioso perfume que desprendía su cuello. ¿Era vainilla? ¿Caramelo? No estaba seguro. Cerré los ojos, suspirando con orgullo de sentirme el hombre más feliz y afortunado del mundo. No había lugar en la Tierra que me ofreciera la dicha que sentía al tener a Alba amparada deliciosamente entre mis brazos.
Alzó tímidamente la cabeza del escondite de mi pecho para mirarme entre sus pestañas, con esos ojos, esos ojos tan... juro que me quise morir. Y cuando me sonrió de la forma en la que lo hizo, supe que este sentimiento no tenía marcha atrás, porque estaba seguro de que nadie me haría tan feliz como ella.
Fui el primero en romper el silencio.
—Alba… eso que bailaste hace rato, ¿cómo no me lo enseñaste antes?
—Hum, me da un poco de vergüenza que las personas me vean bailar, a menos que se trate de una presentación. Es algo muy personal para mí, suelo hacerlo para contener mis emociones.
—Es lo más bonito que he visto en mi vida. No sabía que fueras tan buena.
—No soy nada buena —replicó, arrugando la nariz—. Si supieras de técnica, entenderías que soy muy torpe, de hecho.
—Bueno, pero, ¿la idea del baile no es que el espectador lo encuentre hermoso, o le sea transmitido algo? Porque tú lo hiciste. Así que para mí eres excelente.
Se rió bajito, apenas unas cuantas sacudidas. Luego, acarició mi rostro con dulzura.
—De verdad te quiero, Eithan. En serio lo hago. Entiendo si es muy ridículo de mi parte sentirme como me siento bajo estas circunstancias.
Su semblante era neutro, pero el brillo de sus ojos delataba su tristeza. Aparté el brazo en el que recostó su cabeza y me incliné sobre ella, apoyándome en la cama sobre uno de mis codos, y me puse a palpar la enorme porción de cabello que cubría uno de sus senos y que le llegaba hasta la cintura, mientras meditaba una respuesta.
—No es ridículo. Yo también siento lo mismo por ti —con un dedo, acaricié con cariño las suaves líneas de su rostro. La carga emocional del gesto fue demasiado íntima y profunda para mi edad, lo cual me extrañó.
Ella cerró los ojos y suspiró con satisfacción.
—De cualquier modo, sé que estas cosas pasan, y pasarán. Comprendo si no continuamos con esto. No soy tan inmadura, sé que con el tiempo el dolor irá pasando y podré seguir con mi vida con normalidad.
Algo se removió en mi interior. Pensar en el que ella me olvidara, así tan fácil, era una idea simplemente insoportable.
—No tiene que ser así. Podemos intentarlo. No comunicaremos todos los días, con alguna video-llamada o algo así. Nos escribiremos, trabajaré, conseguiré la forma de poder visitarte de vez en cuando.
El plan sonaba absurdamente engorroso e imposible, incluso para mí. No era tonto. Era crédulo y estúpido de mi parte adelantarme a los hechos pensando tonterías, como que Alba y yo nos querríamos lo suficiente como para que nuestra relación durara para siempre, incluso a pesar de la distancia. Pero por hora, nada de eso me importaba. Lo único que sabía es que no estaba dispuesto a abandonar lo que teníamos sin luchar primero, sin seguir experimentando esa afinidad que no había sentido con nadie en toda mi vida. Conocía a varios amigos y cercanos que sostenían relaciones a distancia, y hasta ahora les había funcionado y, ¿quién dice que ese no podría ser nuestro caso? Estábamos en el maldito 2.024, la modernidad nos proporcionaba un montón de instrumento que nos permitía mantener el contacto. O al menos, a través de una pantalla.
—Bien, entiendo que nos queremos y nos llevamos extremadamente bien. Pero tú no eres de piedra, y creo que yo tampoco lo soy. ¿Qué pasará cuando quieras, digamos… ser físico, y yo no esté ahí para complacerte?
Debo admitir que su comentario me cayó muy pesado, pero tenía razón. La abstinencia sexual era una cosa muy seria, sobre todo con un montón de chicas universitarias disponibles merodeando a mi alrededor.
Me esperaban unas noches de larga e interminable soledad.
—Aunque no lo creas, soy un poco anticuado en ese aspecto. A pesar de mi anterior noviazgo, nunca he necesitado tener novia, puedo ser perfectamente feliz soltero. Obviamente soy un hombre, pero… jamás te engañaría. Eres la chica más especial que he conocido. Esto que siento por ti... algo en mi interior me dice que debo apreciarlo, que no sea un estúpido. Quiero estar contigo, Alba, de verdad. Si me gusta alguien más o la tentación es demasiado grande… prometo decírtelo antes. Juro que jamás te engañaré.
No le mentía porque sabía lo que la infidelidad significaba. Lo había presenciado, y sería incapaz de repetirlo.
Alzó su mano para acariciar mi rostro. Su mirada era pura adoración y nostalgia, y casi podía jurar que estaba aguantándose las ganas de llorar. Alba era tan emocional como una niña.
—De acuerdo —depositó un tierno beso en mis labios—. Seguiremos con esto. Me gusta mucho tu barba —hizo una pausa—. ¿Por qué me quieres?
Santo Dios, estaba loca como una cabra. Tendría que comenzar a acostumbrarme a sus repentinos cambios de conversación.
—¿Debo tener una razón?
—Bueno, yo sé por qué te quiero. Me gustaría saber por qué me quieres tú a mí.
Sin maquillaje, así de cerca, podía apreciar cada detalle de su rostro, cada poro, cada peca, cada línea de expresión, y todo me gustaba. Pero lo que más me llamaba la atención eran sus ojos grandes, brillantes, con pestañas largas y finas. Y sin embargo, no era eso lo que me maravillaba: era esa mirada tan cálida, dulce y transparente la que derrumbaba absolutamente todas mis defensas. Creo que sería capaz de arrodillarme y besarle los pies con todo el gusto del mundo si me lo pedía con esa mirada.
—Bueno... Te puedo dar una larga lista de razones por las cuales me gustas, pero no sé por qué motivos te quiero. Lo único que sé es que me es imposible no hacerlo —aseguré, digiriendo la innegable honestidad de mis palabras—. Siento que te pertenezco, y quiero que tu me pertenezcas, porque a veces te miro, y siento que te conozco de antes. Sé que suena loco, pero así es. Eres diferente. Eres la única persona con quien he llegado a conectar de este modo tan intenso y… real. Creo que eres la única persona con quien he conectado verdaderamente en mi vida. Eres… sólo eres tú. Por eso te quiero.
Ella sonrió de oreja a oreja, la sonrisa más contenta que había visto en su cara, y comenzó a atacarme el rostro a punta de besos.
—A propósito… no viajo mañana.
Me congelé, antes de apartarme con desconfianza.
—¿Disculpa?
—Te mentí para que me dejaras en paz —confesó, con el acusador sonrojo de la vergüenza—. De todos modos no pretendía salir de la casa hasta que te fueras del pueblo.
—¿Es decir que aun no te vas?
—Afirmativo —me volvió a sonreír de oreja a oreja—. Todavía nos quedan unos pocos días.
—Nada podría complacerme más.
Le sonreí, profundizando el beso y, sin poder evitarlo, le apreté una nalga. En quince minutos estaría listo para la segunda ronda.
Re-editado. 25/01/17.
(1) Frase de Edward en "Crepúsculo", del capítulo "Confesiones".
Así que... ¿Qué tal?
Esta vez vengo con una aclaratoria, en vista de varios comentarios preguntándome más o menos lo mismo:
*Esta es una historia de EDWARD y BELLA; O mejor dicho, de sus almas. Que tengan otros nombres o luzcan diferente sólo es un detalle. El tema central de la historia sigue siendo la reencarnación, y eventualmente ambos recordarán todo. Estos capítulos solo son de transición, así que no os desesperéis, damiselas*
También estaba pensando, para un futuro, escribir este capítulo desde el POV de Alba y subirlo como un outtake, en caso de que uds. deseen saber qué pasaba por su cabeza. Pero me gustaría consultarlo con ustedes, a ver si les gustaría :)
Por otra parte... en el siguiente capítulo aparecerá otro personaje de Meyer, muajaja. hora sí, ya la cosa empezó a ponerse buena.
Quiero darles las gracias a TODAS por sus comentarios y quiero decirles que los leí, sólo que no tuve tiempo de responderlos todos, sólo algunos, pero lo haré en transcurso de la semana. También quiero darle la bienvenida a las nuevas lectoras del fic :)
Espero sus reviews comentándome que piensan. ¡Hasta el próximo sábado!
Vicky.
