Capítulo 8 Problemas

Al día siguiente me encontraba en la cocina conversando con Rosa y tomando un té antes de que llegara la hora punta de las cenas, cuando Anthony entró por la puerta de atrás con cara de circunstancias. Ambas nos volvimos a mirarlo, sorprendidas.

—Problemas —expuso simplemente.

—Hijo, si vienes a esconderte en la despensa, déjame decirte que ya eres demasiado grande para caber ahí —contestó en tono maternal Rosa dirigiéndose al armarito en cuestión.

—¿Alguna exnovia que ha venido a pedirte cuentas?—pregunté yo sonriendo al verlo tan apurado.

—A mí no —dijo en tono brusco. Pero su brusquedad no estaba dirigida contra mí. Nunca lo había visto de ese modo. Su rostro por lo general de buen humor estaba crispado, sus ojos divertidos brillaban con una furia desconocida. Reprimí un escalofrío. Quienquiera que fuese no era bien recibida.

Rosa lo interrogó con la mirada.

—Mira —murmuró simplemente señalando con una mano el ojo de buey de la puerta de la cocina.

Rosa se asomó poniéndose de puntillas hasta alcanzar el borde de cristal.

—¡Mala pécora! ¿Cómo se atreve a venir? Después de lo que hizo, la muy... —teniendo en cuenta el educado lenguaje de Rosa, que se atreviera a decir de alguien que era una mala pécora, significaba para el resto de los mortales, que esa mujer era como poco la encarnación del maligno.

Mientras ellos discutían en voz baja, mezclando el inglés con el gaélico, con rapidez, gesticulando y dando por supuesto que yo no me estaba enterando de nada, me asomé a ver quién era la susodicha en cuestión.

Quedé sorprendida. Yo solo vi una mujer sentada en un banco de la barra, una mujer joven, más o menos de mi edad, peliroja, con un pelo liso que le enmarcaba la cara redondeada, vestida con un vestido de punto azul marino sujeto por un estrecho cinturón de piel marrón que se pegaba a la piel marcando cada curva de su delgado cuerpo. Lo único que me llamó la atención fue su evidente nerviosismo. Tenía las manos fuertemente cerradas sobre su bolso negro de piel, que reposaba sobre sus piernas, que cruzaba y descruzaba como si no encontrara la posición correcta o hubiera algo punzante en el asiento. No llevaba medias y calzaba unos zapatos marrones de tacón bajo.

Me volví hacia Rosa y Anthony, que se habían quedado ensimismados, decidiendo qué hacer.

—Yo no veo más que a una mujer nerviosa con un pésimo gusto para la moda. No creo que sea tan grave.

—Lo es, Candy —contestó Rosa—, no se cómo ha tenido el valor de presentarse aquí después de tantos años. Esa mujer no trae nada bueno, lo noto aquí —se dio golpes con un puño cerrado en el estómago.

—¿Quién es? —pregunté algo preocupada.

Ambos se miraron dudando si darme la información solicitada.

Me quedé esperando pacientemente.

—Veréis —expuse con gesto resignado—, alguien tiene que salir a atenderla, Annie también se ha evaporado.

—Si salgo yo, no sé qué le haría. Pero desde luego algo no muy bueno —afirmó finalmente Anthony que seguía teniendo esa expresión de furia contenida, mezclada con un aura de peligro ciertamente inquietante.

—¿Me queréis explicar qué demonios ha hecho para que ambos estéis así? —me estaba empezando a enfadar.

—Esa mujer —explicó finalmente Rosa con un suspiro—destrozó la vida de Albert.

—¡Shhhh! —la reprendió Anthony con firmeza—. Ella no tiene por qué saber nada de aquello y menos por nosotros. Todos juramos que no volveríamos a hablar del tema hace muchos años.

Miré de forma alternativa a uno y a otro. ¿Esa mujer había hecho daño a Albert? No necesitaba más información, al menos de momento.

—Yo me encargo —dije empujando la puerta para salir al pub.

—¿Estás segura, querida? —preguntó Rosa.

—Completamente —contesté con firmeza.

Anduve con paso firme y me metí detrás de la barra. Compuse mi mejor sonrisa falsa y le pregunté:

—Buenas tardes, ¿quiere tomar algo? —de cerca pude observar las marcas de la edad en su rostro. Si bien era cierto que no debía tener más de tres o cuatro años más que yo, no los llevaba muy bien. Además, se la notaba cansada, como si le faltaran las fuerzas y nerviosa. Me fijé en que se mordía las uñas, pintadas de un rojo fuerte y descascarilladas en los bordes. Sin embargo, era una mujer bella, con unos bonitos ojos cobrizos que sobresalían bajo una tonelada de khol negro.

Ella me miró como si no existiera, con un gesto de desprecio que descubrí con asombro que debía ser innato en ella. Me pareció del tipo de personas que siempre te miran por encima del hombro. Bueno conmigo lo iba a tener difícil, más que nada porque le sacaba más de una cabeza en altura.

—¿Quién eres? —preguntó con voz altanera.

—La camarera —contesté—. ¿Y usted?

—A ti no te importa —¡zas! La primera en toda la boca.

Fruncí el ceño y contuve mi lengua.

—¿Y va a tomar algo o quizá está esperando a alguien? —lo dije con voz suave, a la vez que sentía que una furia contenida subía por mis extremidades reprimiendo las ganas de abofetearla.

—Un té, no, mejor algo fresco, una cerveza, no, mejor una copa de vino blanco —pidió bruscamente.

Cuando me volví a buscar la botella, me di cuenta de que Annie se había escondido en el hueco entre el fregadero y la cámara frigorífica. Di un respingo. Estaba allí acurrucada, tecleando furiosa en el teléfono. Le hice un gesto que significaba a la vez: estás loca y qué demonios haces ahí debajo. Ella me respondió gruñendo y señalando a la mujer que seguía esperando su vino al otro lado de la barra.

—Mejor algo más fuerte, ponme un whisky, doble—exclamó de repente la mujer peliroja, sobresaltándome.

Me volví sonriendo.

—Está bien. Marchando un whisky doble. ¿Alguno en especial?

—Cualquiera estará bien.

Cogí uno de los que menos me gustaban y se lo serví. Se lo bebió en dos sorbos. Aquello al menos pareció tranquilizarla un poco.

—¿Quiere algo más?

—Un té, con unas gotas de limón.

—El por favor no estaría nada mal —respondí en castellano.

Mala mezcla, whisky con té, pero no repliqué nada.

—¿Qué has dicho? —preguntó ella con gesto adusto.

—Nada, señora —remarqué esta última palabra—, ahora mismo se lo preparo. Si quiere puede sentarse en una de las mesas. Yo se lo llevaré.

—Bien.

Me volví a prepararlo y oí que me llamaba de nuevo.

Reprimiendo un gesto de enfado me giré de nuevo.

—¿Sí?

—¿Está, está... aquí el señor Andrew? —su tono se había vuelto vacilante.

—No —contesté demasiado deprisa y sabiendo perfectamente a quién se refería—. Anthony ha tenido que salir, desconozco si va a volver hoy.

—Me refiero a Albert —repuso.

La forma en la que pronunció Albert, arrastrando la d hasta convertirla en una e, de forma sensual y con expresión soñadora, hizo que fuertes punzadas de celos se cebaran en mis costillas de forma repentina e inesperada.

—No, no está —dije. No ofrecí más explicaciones.

Pareció desilusionada, quizá demasiado.

—¿Sabes si va a volver?

—No estoy segura. Apenas lo conozco.

—Esperaré en aquella mesa, por si viene.

—¿Quiere que le dé algún mensaje si lo veo o hablo con él?—pregunté. Como por ejemplo ¿quién narices eres tú?

—No, prefiero hablar con él directamente —se levantó y fue hacia la mesa, sin ningún agradecimiento, obviamente.

Aparte del daño que podía haberle causado a Albert, a mí de primeras me resultaba antipática, me parecía una mujer estirada y maleducada.

Me puse a preparar el té, estaba exprimiendo el limón cuando un tirón de la pernera de mi pantalón hizo que me inclinara. Por un momento me había olvidado de Annie, agazapada bajo la barra. Me agaché haciendo que cogía algo del suelo y la miré fijamente.

—Pero ¿qué haces?

—Esa mujer es el demonio. No quiero ni verla. Date prisa en echarla, que me estoy haciendo pis, por los nervios—explico de forma apresurada.

Reprimí una carcajada.

—¿Con quién te escribes por el teléfono? —pregunté intrigada, viendo como la pantalla brillaba.

—Con Anthony, le estoy informando cómo va la operación: "echar a la guarra del pub" —expuso formalmente. Me carcajeé en silencio. ¡Cómo eran estos escoceses! La verdad es que yo me estaba divirtiendo bastante.

Cogí la taza de té, llena hasta el borde y mientras me dirigía a la mesa, pensé en cómo deshacerme de ella. Al fondo, en una de las mesas que daban a la cristalera, estaban las hermanas Giddings observándome con la misma atención que hubieran puesto en el cine viendo una película de acción.

No se me ocurrió otra cosa. Tampoco tuve mucho tiempo para pensar, así que cuando estaba casi encima de ella, fingí un pequeño tropezón y derramé sobre su vestido parte de la taza humeante de té. Ella se echó hacia atrás en la silla sintiendo la quemazón del líquido ambarino. Yo dejé la taza con el resto de la bebida sobre la mesa y me arrodillé a su lado.

—¡Oh, cuánto lo siento! ¡Discúlpeme! ¡Qué torpeza por mi parte! —me excusé con voz demasiado compungida para sonar real.

Cogí varias servilletas de papel. Eran de color granate, dobles, con el escudo de los Andrew grabado en negro. Empecé a frotar con fruición, quizá demasiada, la mancha que se agrandaba por su vestido. Conseguí lo que pretendía, que el tinte granate al mojarse las servilletas se trasladara al vestido, dejando pequeños restos de papel pegados a la tela.

—¡Pero qué haces! ¡Déjame! ¡Lo estás estropeando! —me apartó de un manotazo que me escoció en la mano y que me costó un dolor no devolver.

—De verdad, lo siento tanto, tanto... —expresé suavizando mi voz.

—Este vestido me ha costado veinte libras, ¡veinte libras! ¿Sabes lo que es eso?

—Sí, claro, son veinte libras —contesté yo entrecerrando los ojos. Veinte libras, ¡bah! ¿Dónde lo había comprado? ¿En un mercadillo?

—Es probable que donde lo ha comprado queden más de su talla, la talla dieciséis no se agota fácilmente —aduje con maldad exagerando su talla.

—¿Dieciséis? —exclamó ella horrorizada—. Utilizo una talla ocho —aclaró. Lo que en España equivaldría a una talla treinta y seis.

¡Ja! ¡Mira guapa eso no se lo cree ni tu madre!, ella sí que estaba exagerando. Milagrosamente, solo lo pensé y no lo dije en voz alta.

La agarré de un brazo y la levanté. Ella al principio opuso resistencia, pero yo era bastante más fuerte, o quizá el enfado me daba más fuerza.

—Será mejor que se vaya y lo lleve a la tinteroria, antes de que se le estropee del todo —dije arrastrándola literalmente hasta la puerta.

Ella intentó protestar, pero estaba tan sorprendida por mi reacción que no dijo nada. Abría la boca y la cerraba boqueando como un pez fuera del agua, buscando algún insulto apropiado. No le di el tiempo suficiente para encontrarlo.

Abrí la puerta y con un pequeño empujón la eché a la calle.

—Qué pase un buen día, señora —apostillé componiendo otra vez una sonrisa completamente falsa.

Ella se quedó un momento observándome tras los cristales. Hubo un cruce de miradas, la suya despreciativa, la mía de furia mezclada con odio. Al fin y al cabo era española, mi carácter me delataba. Mutuo reconocimiento, nos hicimos enemigas en ese mismo instante, en mi rostro pudo leer todo la repulsa que sentí por ella en un solo gesto.

Finalmente, no pudo sostenerme más la mirada, se giró y se perdió calle abajo.

Me volví y suspiré con fuerza. Las hermanas Giddings comenzaron a aplaudir como dos chiquillas. Sonriéndoles les hice una pequeña reverencia.

—¿Les ha gustado la función? —pregunté.

—Mucho, querida —su entusiasmo era patente. Además, les había proporcionado un jugoso cotilleo que antes de que anocheciera del todo iba a estar en boca de toda la comarca.

Me dirigí a la barra, de donde vi salir disparada hacia el baño a Annie. A la vez salió Anthony de la cocina y entró conmigo en la barra.

Comencé a recoger alguna consumición y él se acercó a ayudarme.

—Gracias —dijo simplemente.

—No hay de qué.

—Te debo una muy grande.

—No importa. Pero si vuelve con la factura de la tintoreria, corre de tu cuenta —respondí sonriendo.

—De acuerdo —afirmó sonriendo a su vez. Había vuelto a ser el mismo. La diversión brillaba en sus ojos, con una pizca de preocupación. Por el momento aquella mujer se había ido y le había quedado claro que no era bienvenida, pero ¿volvería?

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó mirándome a los ojos.

—Alguien me dijo cuando empecé a trabajar aquí que el Andrew's era una familia. Y nadie hace daño a mi familia si yo puedo evitarlo —contesté simplemente.

—Eres sorprendente.

—¿Y eso es bueno o es malo?

—Todavía no lo sé —dijo agitando la cabeza, haciendo que su melena oscilara tapándole la frente.

—¿Y ahora me vas a contar qué hizo esa mujer para que todos la odiéis con tanta intensidad? —inquirí.

—No puedo. Me gustaría, pero creo que es Albert quién debe decírtelo si él quiere. Yo le hice una promesa a mo brathair y la voy a cumplir —contestó serio.

Empezaba a entender alguna palabra en gaélico.

—¿Tu hermano?, ¿no es tu primo?

—Albert ha sido siempre mi hermano y siempre lo será —su mirada era intensa.

—Lo entiendo —murmuré, estaba pensando en Patricia, ella y yo no compartíamos lazos de sangre, pero algo mucho más profundo nos unía.

—Estaré en el almacén un buen rato, ¿puedes hacerte cargo?

—Sí, claro, también está Annie.

Seguí recogiendo unos minutos, rumiando qué era aquello que había sucedido hacía varios años entre esa mujer y Albert y por qué tanto secreto. Recordé un retazo de conversación con Rosa, que había mencionado algo de un problema con una mujer, ¿sería aquella? Buscaba desesperadamente algo de información cuando la información estaba literalmente delante de mis narices. Dirigí mi mirada hacia las hermanas Giddings , que seguían sentadas en la misma mesa, cuchicheando. Si alguien lo sabía, tenían que ser ellas. Recurrí a la mejor fuente de información de todas las Highlands, el Archivo Histórico viviente.

Serví dos copitas de jerez y me dirigí a su mesa sonriendo.

—¿Les apetece? —levanté las copas.

—Claro que sí, querida, después de este espectáculo, mejor algo fuerte, para calmar los ánimos —agradeció Paulina.

—¿Les importa si me siento un momento con ustedes?

—Siéntate, siéntate —asintió la mayor golpeando con una mano ajada por la edad una silla a su derecha.

—¡Qué mujer más desagradable! —comencé. No tenía mucho tiempo antes de que saliera Anthony del almacén, así que tenía que ir al grano.

—¡Uy, sí, querida! ¡De lo más desagradable! —convino Mary Jane.

—¿Sabes que te has ganado una formidable enemiga?—intervino Paulina,

—Bueno, parece inofensiva —comenté yo al descuido.

—El veneno viene siempre en frasco pequeño, no lo olvides—afirmó ella.

Las estaba perdiendo. Así que volví al tema principal.

—Es que después de lo que dicen que hizo... —lo dejé en suspenso esperando que ellas acabaran la frase.

—De lo que hicieron. Que su padre tuvo mucho que ver, también —habló la más mayor.

—Pobre, Ruadh, ¡cómo lo tuvo que pasar en la cárcel!—exclamó Paulina.

—¿En la cárcel? —se me atragantaron las palabras.

—No exageres, Ponny, solo fueron dos días y estuvo retenido en el cuartel de la policía —repuso su hermana.

—¿Y no es lo mismo? —inquirió Paulina.

—No, porque intervino su madre, que vino desde ¿dónde se había ido?, ah, sí, ya recuerdo, estaba en Italia, con ese, ese... bueno, no recuerdo como se llama, y su tío, el padre de Anthony, que sí que tenía bastante influencia y al final ella retiró los cargos —terminó Mary Jane,

Me había perdido del todo. ¿Cárcel? ¿Italia? ¿De qué hablaban?

—Elizabeth siempre fue una golfilla —censuró Mary Jane.

Bueno, por lo menos había conseguido el nombre de la susodicha.

—Es cierto, lo persiguió y persiguió hasta que consiguió lo que quería —afirmó su hermana.

—Es que Ruadh, cuando vino aquel verano de la universidad, ¿cuándo fue?, 1996, no 1997, estaba muy guapo. Ya no era el joven altiricón y delgado de cuando se fue a St. Andrews, sino que vino convertido en un hombre, un hombre muy guapo y fuerte, debo añadir. Con ese pelo tan corto y esa cazadora de cuero, siempre con un cigarro en la boca... —Mary Jane estaba lanzada. No quise interrumpir, una imagen fugaz de un joven pelirrojo fumando apareció en mi mente y desapareció con la misma velocidad, como si quisiera recordar algo olvidado hacía mucho tiempo.

—Mi hijo, el pequeño, estudiaba en el mismo curso que Eliza, ¿recuerdas lo buen estudiante que era?, total para que luego se metiera a carpintero, es que yo a los jóvenes no los entiendo. El caso es que me dijo que durante todos los años de secundaria ella había estado total y desesperadamente enamorada de Ruadh, que era una pesadísima, bueno, él utilizó una palabra muy fea para referirse a ella, dijo que era... —Mary Jane miró hacia los lados por si alguien nos escuchaba, no hacía falta, estábamos solas en el pub, solo estaba Annie en la barra y desde allí no se oía nada.

—Una calientabraguetas —terminó su hermana por ella.

Yo me eché hacia atrás en la silla, pero no dije nada. Estaba subyugada por la historia, aunque me costaba un poco seguirle el ritmo.

—Sí, eso. Pero que se puso especialmente inaguantable el año que Ruadh se fue a la universidad, que andaba como alma en pena por los pasillos del instituto y eso que era una de las chicas más populares, podía haber elegido a cualquiera, pero desde siempre fue él, no existió otro. Finalmente, cuando el joven Ruadh llegó a pasar el verano con sus abuelos, ¡pobres!, aquello casi los mató del disgusto, se hicieron novios, ya sabes, del todo... —exclamó Mary Jane mirándome.

—¿Y? —pregunté yo susurrando.

—Pues que completaron su amor.

—No entiendo —dije desconcertada.

—Que ella se quedó embarazada —terminó su hermana por ella.

Abrí los ojos desmesuradamente ¿Albert tenía un hijo? ¿Con esa? Eso me sorprendió más que lo de la cárcel.

—Estaban enamorados —reprendió Mary Jane a Paulina. Al final Ruadh se enamoró, fíjate que nunca creí que fuera su tipo de mujer, porque Eliza siempre será una niña consentida, pero era tan frágil y tan dulce de jovencita. Siempre andaban perdidos por los valles.

"Ya", pensé yo, "y no precisamente cogiendo setas". Ramalazos de celos estrujaban mis entrañas.

—Creo que él quería protegerla, siempre ha sido así, con todos, yo creo que es por haberse quedado solo tan pequeño. Además, el padre de Eliza era de armas tomar, recto y severo como una vara de medir y demasiado estricto para algunas cosas —su gesto se había vuelto soñador, como si lo estuviera reviviendo de nuevo.

—Cuando él supo que la había dejado embarazada hizo lo que todo buen hombre hace —prosiguió Paulina.

"¿Huir?", pensé yo, aunque no creí que fuera el estilo de Albert.

—Se presentó en casa de los padres de Eliza con un anillo y les pidió la mano de su hija, les dijo que iba a dejar de estudiar y que buscaría un trabajo para poder hacerse cargo de ella y del bebé que estaba en camino. No se cómo tuvo el valor, encararse con ese hombre, pero los Leagan son así, duros como piedras y leales hasta la muerte, es la herencia del clan —siguió contando Paulina.

—¿Y qué ocurrió para que todo saliera tan mal? —pregunté deseando más información.

—Los padres se negaron, hubo lloros y discusiones. Eliza estuvo encerrada más de una semana en casa —contestó Mary Jane. Mi mirada paseaba de la una a la otra como en un partido de tenis.

—Seguro que recibió más que gritos —sentenció Paulina aludiendo a un posible maltrato. Por un momento, pero solo un momento, sentí lástima por ella.

—¿Recuerdas aquel domingo? —preguntó Mary Jane dirigiéndose a su hermana.

—Sí, lo recuerdo perfectamente. Yo había venido a visitaros y la que se formó en el pueblo es difícil de olvidar —repuso Paulina.

Ambas callaron recordando. Yo supliqué en silencio. "¡Ahora no, por Dios! que sigan con la historia".

—No se cómo lo haría, lo de llevársela, digo —intervino Mary Jane.

—Probablemente, Anthony tuviera mucho que ver, seguro. Conociendo a ambos, planearían juntos hasta el último e insignificante detalle —contestó su hermana.

—Sí, pero fracasaron —respondió Mary Jane.

—¿Qué fracasó? —pregunté yo deseosa de obtener algo más.

Ambas me miraron como si se dieran cuenta por primera vez de que estaba sentada a su lado.

—Creo que estamos hablando demasiado —dijo Paulina.

—Sí —convino su hermana.

—No, en absoluto —repuse yo con firmeza—, no pensarán dejarme ahora con la intriga, ¿no? Al fin y al cabo, ya estoy metida en el asunto como una más.

Las dos hermanas intercambiaron una mirada de complicidad.

—Tienes razón, muchacha —apostilló la mayor.

—Eliza y Ruadh huyeron aprovechando que sus padres habían ido a misa un domingo a finales de agosto, se celebraba la fiesta de la cosecha y el pueblo estaba lleno de turistas, los últimos coletazos del verano impulsaron la llegada de gente a disfrutar del buen tiempo. Según explicaron después, su intención era llegar a Londres y allí pasar desapercibidos y casarse. Una vez que el bebé naciera ya retomarían el contacto con sus familias. Pero no salió bien. Eliza se arrepintió durante el viaje y cuando Ruadh paró a repostar, aprovechó para llamar a su padre y decirle dónde estaban. Los cogieron poco antes de cruzar la frontera. A él lo trajeron esposado en un coche de policía. Nunca olvidaré su rostro descompuesto y herido cuando vio a sus abuelos y a su madre esperándolo aquí —terminó Mary Jane.

—Pero ¿por qué lo detuvieron? —pregunté intrigada. En realidad no había hecho nada malo, incluso a mi parecer había actuado bastante mejor que cualquier joven de su edad.

—Ella presentó cargos por secuestro y violación. Seguramente siguiendo las instrucciones de su padre—aclaró Paulina.

—¡Qué! —exclamé casi gritando—. Pero será..., la muy...

—Todo el pueblo se volvió en su contra. Cada uno de nosotros había sido testigo de cómo ella lo incitó y persiguió sin descanso y de cómo no había habido nada de violencia en esa relación. Aun así, lo detuvieron y Albert tuvo que cargar con el peso de la acusación. Su madre decidió enviarlo fuera del país ¿Dónde fue Donny? ¿A Francia?—preguntó Mary Jane.

—A España —respondí yo en su lugar. Recordé nuestra conversación a la orilla del Loch Ness, ahora todo parecía cobrar sentido.

—Ah, sí, es cierto. Estuvo un año en España. Volvió completamente cambiado. Como si se viera obligado a llevar una pesada carga sobre sus espaldas. Ahora casi parece el mismo joven que un día fue, pero siempre queda algo. No le gusta venir mucho por aquí, siempre encuentra a alguien que le recuerda lo sucedido, que sospecha que pudo existir violación. Las historias se difuminan con el tiempo y no siempre queda la verdad de ellas, la naturaleza del ser humano nos inclina a recordar lo morboso y escabroso de la situación —terminó Paulina.

—¿Qué pasó con el bebé? —pregunté yo de repente, sacándolas de su súbita ensoñación.

—Ellos dicen que lo perdió, pero quién sabe, lo más seguro es que la hicieran abortar. Se llevaron a Eliza a Aberdeen a vivir con una tía suya, allí se casó y no había vuelto por aquí desde entonces. El que haya venido ahora no es buena señal, no, no lo es —contestó Mary Jane.

Ahí tenía razón. ¿Qué demonios buscaba esa mujer de Albert? Por lo que yo había observado ya no llevaba anillo de casada. ¿Buscaba el perdón o quizá retomar la relación perdida?

Estaba perdida en mis cavilaciones cuando una sombra se acercó por detrás y oí la voz suave y profunda de Anthony.

—¿Divirtiéndote, preciosa?

Me giré hacia él. No quise hacer ningún comentario sarcástico. No era el momento.

—Vamos, hay trabajo —me cogió por el brazo y me levantó.

De camino a la barra, me susurró.

—Te las has apañado para enterarte, ¿verdad? —su voz sonaba a la defensiva.

—Sí —le dije.

—¿Y qué piensas? —inquirió él.

—Que debí arrojarle todo el contenido de la taza de té y romperle el plato en la cabeza. Pero ya es demasiado tarde—exclamé pesarosa.

Él rio.

—Quizá no lo sea. Eliza volverá, estoy seguro. Busca algo de Albert y tiene la misma mirada de desesperación que cuando lo perseguía con diecisiete años. No le digas que ha venido. Tenemos que ganar algo de tiempo y averiguar qué es lo que quiere —me advirtió pasándose la mano por el pelo con gesto de cansancio.

—No diré nada. No te preocupes, puedes contar conmigo—afirmé.

—Lo sé —me sonrió.

Ambos volvimos al trabajo, ya empezaban a llegar grupos de turistas hambrientos y sedientos.

En el trayecto a casa ambos permanecimos silenciosos, perdidos cada uno en nuestros propios pensamientos. Su gesto era de preocupación, estaba en tensión, lo notaba por la brusquedad de su forma de conducir. Yo en cambio tenía una amalgama de sentimientos contradictorios bullendo en mi interior como el caldero de una bruja. Por un lado se mezclaba el instintivo rechazo que había sentido por Eliza nada más conocerla, sin saber siquiera qué había hecho para no ser bien recibida, por otro, la pena por Albert, tan joven, lo imaginaba solo y desamparado en un país extraño, obligado a separarse de todo lo que conocía, alejado de la mujer que estaba segura seguía amando y de su hijo nonato, y para colmo aquellos malditos celos que me estrangulaban la garganta de una forma desconocida para mí hasta ese momento. En cierta forma sentía que allí, en Escocia, era más libre, que mi cuerpo y mi alma se estaban despertando de un largo letargo y que, después de muchos años de oscuridad, empezaba a ver una pequeña luz al final del túnel. Y eso me asustaba, y mucho. Mi pequeño mundo de costumbres sencillas y tranquilas, en el que todo estaba marcado por un horario de internado suizo, se estaba deshaciendo y me sentía algo perdida, como si yo no fuese esa mujer, sino otra actuando en mi lugar.

Al día siguiente Annie, Rosa y yo seguíamos alertas esperando que Eliza se presentara de nuevo. A esas horas ya lo sabrían todas las Highlands, dada la velocidad con la que corrían las noticias suculentas en esa parte del mundo.

Anthony nos tranquilizó, diciendo que Eliza no iba a volver por el momento, que había estado haciendo averiguaciones, no especificó cuáles, y durante unas semanas podíamos estar tranquilas. Nos habíamos convertido en un equipo, un equipo de protección hacia un inocente y ausente Albert.

Aquello nos unió un poco más, teníamos un objetivo común, en el que me incluyeron sin mediar pruebas de valor o confianza.

Aquel día conocí a Jimmy. Lo estaba atendiendo Anthony cuando yo salí de la cocina de tomar un tentempié a media tarde. Me estaba aficionando demasiado a los pastelitos de Rosa, eran deliciosos y una fuente de calorías que si la hubiera traspasado a un papel parecería la tabla de multiplicar. Mi trasero se estaba redondeando por momentos, casi podía notar tras la ingesta de uno de los maravillosos pasteles de arándanos dónde se iba aposentando la masa.

Ella sabía lo que me gustaban y siempre me dejaba alguno escondido en la cocina. Yo intentaba rechazarlos con educación, pero siempre picaba.

—Engordan demasiado —decía con la boca llena del manjar dulce y esponjoso.

—No, querida, no engordan ellos, engordas tú —y se reía como una chiquilla.

Yo hacía una mueca en contestación y ella replicaba que había llegado en los huesos y que se había propuesto que al final del verano tendría carne sobre ellos. Lo que no había aclarado era cuánta y ya me veía regresando con la misma imagen que el muñeco de la Michelín.

—Ayuda —masculló simplemente Anthony cuando entré detrás de la barra.

—Pero si es solo un chiquillo, Anthony, ¡habrase visto! ¡Tú, todo un montañés! —repuse sonriendo.

Él farfulló algo en gaélico y se marchó a la cocina.

—¿Qué vas a tomar? —pregunté en mi idioma cuando nos quedamos solos.

—¿Cómo sabes que soy español? —fue su respuesta.

Reí. Aunque no lo había oído hablar, todo en él me recordaba a España, llevaba uno de esos pantalones cargo, que a mí me parecían más adecuados para los bebés que utilizaban pañales que para adolescentes, el pelo corto y rubio oscuro, dos anillas en la oreja izquierda y otra más en la comisura del labio, incluso creí verle un piercing en la lengua cuando habló.

—Mira, llevas una camiseta que pone literalmente: nena, yo soy lo mejor que te puede pasar esta noche, en castellano. Permíteme que te diga que eso en España no creo que te sirva de mucho, pero lo que es aquí en Escocia, nada de nada —respondí.

Él enrojeció un poco y se tapó con la cazadora vaquera.

—No se te escapa una, nena —me contestó recuperando la apostura.

—Señora, para ti, o Candy si lo prefieres, nena dejé de ser hace mucho más tiempo del que me gusta recordar—respondí sonriendo.

—Oh, vale... Candy —dijo enrojeciendo de nuevo.

—Bueno, ¿y qué quieres tomar? —pregunté otra vez.

—Una birra —contestó firmemente.

—No.

—¿Por qué? ¿No eres la camarera?

—Sí, lo soy, pero no puedo servir alcohol a menores de edad.

—Tengo veintiún años —dijo irguiéndose en el banco.

—Y yo soy la reina de Inglaterra y ya ves, aquí estoy sirviendo copas —contesté sonriendo.

—De verdad, tengo veintiuno.

—Enséñame el DNI y así no habrá más problema, ni para ti ni para mí.

—No lo llevo encima —vaciló él.

—Si tuvieras veintiuno lo llevarías —contesté yo con mi mejor tono de madre autoritaria.

—¡Esto es una mierda! ¿No puedes darme una? Solo una, por favor...

—No, no puedo. Aquí las leyes son bastante más estrictas. No quiero perder mi trabajo. ¿Te sirvo un refresco entonces?

Hizo un mohín. La verdad es que me caía simpático y tenía valor, ya que había intentado enredar a Anthony, que era un hueso duro de roer.

—Ponme una coca, que eres peor que el Geyperman ese rubio —respondió finalmente.

Yo me eché a reír. ¿Geyperman? Vaya, le iba que ni pintado.

—¿Tenéis algo de comer que sea normal? —preguntó mientras yo le servía la coca cola.

—¿Tan normal como un pincho de tortilla?

—¡Sí! ¿Tenéis?

—Tenemos.

—Bien, pues los próximos tres meses añadid un cliente asiduo —exclamó contento.

—Me lo apuntaré —contesté con una franca sonrisa.

Le hice un gesto a Anthony que salía en ese momento de la cocina para que me acercara un pincho de tortilla. Él puso los ojos en blanco y musitó: "¡Españoles!".

—¿Estás estudiando... umm?

—Jimmy, pero llámame Jim. Y sí, estoy estudiando, voy por las mañanas a una academia y por las tardes tengo tiempo libre, demasiado, la casa donde me han mandado mis padres es un aburrimiento. Tienen cuatro niños pequeños y un mastín, ¿te lo puedes creer? —preguntó abriendo desmesuradamente los ojos, pareciendo más joven todavía.

—Lo creo, además, el perro en cuestión está intentando comerse una de nuestras sombrillas —le señalé el exterior.

Ambos miramos fuera, donde había un mastín color canela casi más grande que yo empeñado en arrastrar una sombrilla fijada al suelo con un bloque de cemento para hincarle el diente a tan suculento bocado.

—Sí, es que me agobio en esa casa y suelo ser yo quién lo saca a pasear. Este verano va a ser el peor de mi vida, todos mis colegas disfrutando de vacaciones y de playa, y yo aquí encerrado. Tú eres de las más jóvenes que he visto por los alrededores —enterró su cabeza en el refresco pesaroso.

En ese momento entraron las hermanas Giddings seguidas por una joven, que supuse que sería la nieta de Mary Jane.

—No todo está perdido —murmuré dirigiéndome a Jimmy—Mira —le señalé la jovencita.

Sus miradas se cruzaron y ambos retiraron la cara a la vez.

Reprimí una sonrisa.

—¿Quieres que te la presente? Quizá ella conozca más gente de tu edad —pregunté.

—¿Lo harías? —su voz sonaba anhelante. Yo reconocía perfectamente ese sentimiento de soledad, así que encomendé mi alma a San Antonio, patrón de los novios y contesté:

—Claro.

—Por cierto, las clases no han terminado todavía en España. ¿Qué haces tan pronto aquí? —pregunté con curiosidad.

—Oh, quiero estudiar arquitectura, la nota no me llega y voy a repetir curso para mejorarla, por lo menos la de inglés. Así que tengo que aprovechar estos tres meses y si puedo practicar con una nativa, mucho mejor, ¿no crees? —me guiñó un ojo.

—Claro, claro. Aunque depende de lo que practiques —por un momento pensé que quizá me estaba metiendo en un lío. La nieta de Mary Jane había sido exiliada por conducta no muy decente en su instituto.

Nos interrumpió Anthony, que se dirigió a Jimmy,

—¿Puedes decirme qué significa capullo? —lo dijo en un inglés claro intentando pronunciar de forma lenta para que el joven lo entendiera. Jimmy por el gesto que hizo lo comprendió a la primera.

Me mordí el labio inferior. ¡Mierda!, pensé que ya se le habría olvidado.

Jimmy nos miró a Anthony y a mí de forma alternativa. Yo no tenía mucho margen de maniobra, pero medio escondida detrás de la enorme espalda de mi jefe intentaba hacerle gestos de que no se lo explicara.

—No sé cómo explicarlo en ingles —me dijo a mí en castellano.

—Necesito que le digas que significa que tiene el pene muy grande, ¿lo entiendes? Díselo aunque sea con gestos, por favor —hablé deprisa, sin darle tiempo a Anthony a que pillara ninguna palabra.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Anthony entrecerrando los ojos hacia mí.

—Nada, nada, solo que dice que no sabe cómo se dice en inglés, así que le he sugerido que te lo explique con gestos.

Él pareció dudarlo pero se volvió a Jimmy.

Este haciendo gala del desparpajo que solo poseen los adolescentes, le especificó gráficamente lo que significaba tener el pene grande, de hecho demasiado gráficamente, ya que atrajo la atención de la joven nieta de Mary Jane que dejó de lado su inseparable teléfono móvil para centrase en los movimientos de mi joven amigo español.

Cuando terminó la explicación, Anthony parecía bastante convencido.

—Ok, os creo —nos dijo a ambos. Yo solté el aire que había estado reteniendo como una bola en los pulmones.

Cuando Anthony se alejó para atender a otro cliente, oí la voz de Jimmy.

—Esta me la debes.

—¿Y qué quieres? —lo miré desconfiando.

—Una birra no estaría mal —contestó de forma descuidada.

Busqué una cerveza embotellada de la cámara frigorífica y se la pasé por el reservado de camareros.

—Maldito chantajista —susurré al entregársela.

—Y ahora, ¿me presentas a esa nena escocesa? —sonrió con suficiencia, sacando la lengua y mostrando el piercing metálico que la atravesaba.

Lo llevé a la mesa de las hermanas Giddings he hice lo que me pidió, comentándoles primero a su abuela y a su tía que estaba solo allí y que no conocía a nadie de su edad y, sobre todo, si les parecía bien que se lo presentara. Se mostraron encantadas. Jimmy saludó a las ancianas con dos besos, lo que hizo que las mayores enrojecieran y que la joven se pasara la lengua por el labio. Vaya, por lo menos ya tenían algo en común, otro piercing adornaba su lengua. Por algo se empieza, pensé.

Un poco más tarde me encontraba en la cocina preparando las cenas cuando entró Anthony.

—¿Haciendo de casamentera? —su tono era de diversión.

—Sí, pero espero no acabar como La Celestina —contesté, obviando que no iba a entenderlo.

—Espero que no —afirmó.

—¿Has leído a Fernando de Rojas? —pregunté yo estupefacta.

—Sí. ¿Te extraña? —me miró confundido.

—Bastante, pero El Quijote no, ¿verdad?

—También, aunque me costó bastante, traducido pierde su gracia caballeresca —repuso sonriendo

—Esto... ¿el Ulises de Joyce? —aventuré.

—Claro, sobre él centré mi tesis de la universidad —sonrió él al verme totalmente desconcertada.

—¿Qué has estudiado, Anthony? —pregunté de pronto.

—Soy profesor de lengua y literatura inglesa, ¿por qué?

Si me hubiera dicho que era Jack el Destripador no me habría quedado tan sorprendida.

—¿De verdad? —inquirí.

—Sí.

—Eres toda una caja de sorpresas.

—Tú también.

—No, yo soy muy normalita —contesté.

—Eso te crees tú —respondió con una luz divertida bailoteándolo en los ojos.

—Y yo que pensé que el nuevo apodo que te han puesto hoy te iba a las mil maravillas...

—¿Cuál es? —inquirió frunciendo los labios.

—Geyperman —contesté yo.

—Es bastante más acertado que el Ken de Barbie, guapa—sus ojos estaban fijos en mí.

—¿Eres soldado? —pregunté estúpidamente.

—Capitán del 79 Regimiento de Infantería escocés, en reserva, a su servicio, señora —asintió inclinando la cabeza.

—No me lo puedo creer —murmuré más para mí que para él.

—Créelo. Con una sola mano podría matarte —flexionó su mano una y otra vez cerca, muy cerca de mi rostro.

—Espero que no tengas esas intenciones —dije, más divertida que asustada.

—De momento no, pero hay veces que quisiera... —lo dejó en suspenso. Su mirada se había vuelto oscura e intensa.

Ambos escuchamos que Annie nos llamaba desde fuera. Salvados por la campana.

Cuando me dejó en casa esa noche yo todavía lo miraba con gesto sorprendido. Empezaba a creer que esa fachada de chulito de playa era eso, solo una fachada, y que si rascabas un poco podías descubrir a un hombre muy diferente.

Normalmente hasta que abría la boca.

—Estás engordando —su tono era casual y seguía mirando al frente.

Quise darle alguna excusa del tipo: "es que retengo líquidos", "se me ha encogido el pantalón al lavarlo", algo así, pero decidí ser sincera, tampoco me importaba engordar unos cuantos kilos.

—¡Qué observador! —le contesté de forma sarcástica.

—Te has desabrochado el primer botón del pantalón al sentarte en el coche. Es obvio —contestó él.

—¡Pues gracias por el piropo!

—De nada, si a mí me gusta, cuando llegaste se te marcaban hasta los huesos de las costillas, ahora ya tienes todo un poco más... redondeado —percibí un todo de risa en su voz.

Me recliné en el asiento enfurruñada.

—Hoy he visto el tiempo y parece que tendremos unos días de sol. ¿Te apetece cogerte mañana el día libre? Puedes aprovechar y hacer alguna de las rutas que te propuse —el súbito cambio de tema me dejó un poco descolocada.

—Oh, bien, si no me necesitáis —expresé no muy segura.

—Nos apañaremos, este fin de semana va a ser complicado. Empieza la Eurocopa y emitiremos todos los partidos, así que tendremos lleno hasta la bandera el pub y te necesitaremos a pleno rendimiento. No te preocupes, que cobrarás lo mismo que si trabajaras ese día —explicó.

—Gracias. Pues entonces nos vemos el viernes —dije viendo que acababa de aparcar el coche frente a la casa de mis caseros.

—Hasta el viernes. Pásalo bien —me deseó con un guiño.

—Sí, adiós —me bajé del coche y entré en la casa a oscuras. La verdad es que me vendría bien descansar un poco y tener un poco de tiempo libre para mí. No estaba acostumbrada a trabajar tanto tiempo de pie y mis músculos empezaban a resentirse. Contenta, subí a mi habitación y caí rendida en la cama.

Continuara...