Luka Macken.

Alois Trancy pasó tanto tiempo buscando algo que tranquilizara a su alma, que le diese reposo a su conciencia, y los pecaminosos deseos de venganza que crecieron en su corazón con el tiempo desaparecieran, ¿para qué?

Las respuestas llegaron a él por si solas. Solo debía esperar.

Hannah poseía dentro de sí a su querido hermano, eso significaba que podría reencontrarse con Luka, de alguna forma.

Iba a dejarse devorar por Annafellows.

—o—

La lluvia torrencial que caía sobre Londres deshacía la blanca nieve que descansaba sobre las copas de los árboles, en los tejados de las casas, encima de las carrozas, sobre los jardines… derretía las bolas de nieve que formaban muñecos y ángeles. Se respiraba en el aire el olor a tierra mojada y pinos. Las risas cándidas de los niños y adultos se escuchaban en las calles. Era el último día del año, y todos estaban felices de haber vivido 12 meses más. Hasta a los más serios y amargados se les dibujaba una sonrisa en el rostro, no podían escapar del espíritu de felicidad.

El traqueteo de las botas de Alois resonaba por toda la mansión, iba trotando por los pasillos, recorriendo el lugar, intentando despedirse de todo. Reconocer cosas que nunca vio, a las que no les presto la suficiente atención por estar siempre triste, melancólico, con la mirada afligida y una sonrisa fingida.

El chico amaneció feliz. En su interior solo existía la esperanza de volver a estar en paz. Ahora, era puro.

-¡Feliz último día del año!- grito el rubio desde las escaleras, saludando así a sus sirvientes, que iniciaban sus labores matinales.

Los cuatro varones lo miraron con duda, la noche anterior parecía que el joven no recuperaría fácil su buen humor. Cuando hubo vuelto del jardín con Hannah, estaba destrozado, con los ojos y boca hinchados, hipando y con algunas lágrimas todavía fluyendo de sus ojos, que se veían diminutos.

No pudieron hacer otra cosa que saludarlo con un "Feliz día, amo", de cualquier forma no se extrañaron tanto, aquel pequeño rubio sufría cambios de espontaneidad demasiado bruscos.

Trancy era impredecible, fuerte y débil, feliz y triste, piadoso y cruel, fiel y traicionero, risueño y serio, tierno y sádico, promiscuo y cándido. No se sabía que esperar de él.

Bajó las escaleras de dos en dos, siempre cuidando el no caerse. Al llegar al final de los escalones, salto abrazándose de la persona que se encontraba frente a ellas, Canterbury.

-Hoy todos estarán libres de sus trabajos, y festejaremos juntos en la noche- dijo cuándo se hubo deshecho del aprensivo abrazo que brindo al demonio. –Hannah- hablo, girándose a ver a la morena.- ¿me harías el favor de ir a comprar algo para la cena? –la mujer solo sonrió de lado e indico a los trillizos que la acompañaran, se inclinaron los cuatro, y salieron. Una dulce sonrisa se enmarco en el rostro del pequeño.

Entonces Claude se dio cuenta: su sonrisa era real. Aquello lo descoloco, y un sentimiento raro apodero su ser. Sintió algo como una pérdida. Se acercó lentamente al chico, examinándole. Y lo miro hasta que sus orbes chocaron con las iris celestes de su amo, ¿Qué fue lo que sintió en su estómago?

-Claude- lo llamo Trancy, con una voz tan cálida, que el hombre no pudo ignorarlo. -¿Me puedes acompañar a caminar? –no pensó siquiera escapar a su pedido.

Caminaban bajo la lluvia, recorriendo los alrededores de la hermosa mansión, patrimonio de la familia. Habían avanzado un trecho largo, en el que no se dijo palabra alguna. Las gotas cayendo del cielo chocaban con la tierra, y provocaban un sonido muy propio. Se formaban charcos, y en algunas caídas, el ruido parecía el de una cascada, pero en pequeño. Entraron en el bosque, el agua ya no les caía en forma directa, no importaba, igual ya estaban empapados. Claude comenzaba a desesperarse, por lo general su amo nunca paraba de charlar, aun si no encontraba conversación, siempre decía alguna cosa divertida, o sarcástica. Criticaba a alguien, o adulaba un baile. Esa vez no.

-Joven…- cuando planeaba decir algo, la voz del menor lo corto.

-¿Qué es lo que más quieres?-una pregunta directa, sin explicaciones. Detuvo sus pasos, se encontraban bajo un árbol enorme ubicado en el bosque. Entre los dos, que se observaban sin pestañear, había un único Jacinto azul, que soportaba las inclemencias del clima.

-Yo simplemente quiero devorarlo hasta quedar satisfecho, amo. – le dijo, colocando sus manos en las mejillas rojas del pequeño, y acercando su cara de forma peligrosa.

-Entonces, muéstrame esos ojos. –no se movieron, sentían la respiración cálida del otro chocar con la propia.- No los ojos de los aldeanos que miraban como si hubiesen visto a un montón de vomito. No los codiciosos ojos del anciano, ojos inflamados. –su mirada ya no era tranquila, ahora se llenó de nuevo de la melancolía de siempre. – Muéstrame los ojos que solo le dedicas a Ciel. Esos ojos que deseaba solo para mí, Claude.- finalizo, mirándole con suplica.

El mayor no supo que decir, se quedó quieto. No encontraba en su amplio vocabulario palabra cualquiera, parecía que todo se borró, y su mente quedo en blanco. Por largo tiempo quedo así, mirando con duda al chico, y los labios entre abiertos.

Los cabellos dorados del chico cubrieron la mitad de su rostro, ocultando sus orbes, parecía triste, su boca ondulaba a bajo. Más, sin embargo, no cayeron lágrimas. El chico respiro hondo, cuando exhalo, empujo de manera sutil al hombre, haciendo que este entrara en sí. El conde se alejó un paso, y levanto la cara, con la frente en alto.

-Sé que no puedes, y no esperaba que lo hicieras. – sus labios esbozaron una pequeña sonrisa, también real.- No te culpo. Es imposible sentir lo que se te impone. –Faustus planeaba decir algo, no obstante, Alois no lo permitió. – Si, sentir. Porque, sacándote de tu ignorancia, los demonios sienten. –se abrieron los ojos como platos de azabache, luego, hablo.

-Disculpe por contradecirlo, amo. Pero es imposible que nosotros los demonios tengamos sentimientos humanos. Lo más parecido a ellos es la lujuria. –exclamo, con cierto sarcasmo.

-Yo lo comprobé.-bufó con algo de molestia ante la terquedad del mayor- Con los celos de Sebastián, y los tuyos, ambos luchan por Ciel. –se agacho a la altura de la flor que yacía en el suelo, tambaleándose de un lado a otro – Y, por sobre todo. Lo comprobé al saber de la lealtad de Hannah, de su amor por mí- miro desde el suelo a su mayordomo- y por Luka.

Estaba perdido. Faustus cayó en la cuenta. Por eso su felicidad, su inesperado cambio de actitud, el chico sabia la verdad.

-Sé que me engañaste, pero no estoy enojado. – tomo una de las manos del demonio, estaba cubierta por un guante blanco. Lo retiro con sumo cuidado. – Sabes que jamás podría enojarme contigo, por el simple hecho de que me enamore de ti. Tú me salvaste, implantaste en mí un sentimiento, la venganza. Y aquello me hizo querer vivir. De otra manera, ahora estaría muerto. –beso con delicadeza la mano del hombre, para luego ponerse en pie. – Yo no esperaba que te enamoraras de mí, y estaba satisfecho con que quisieras devorarme. Pero ese ya no es tu deseo… – se puso de puntas y beso los labios del más alto. Solo choco sus labios con los de su mayordomo, dejándolos por algunos instantes de esa forma. Esta vez, no fue uno lujurioso como el que se dieron en la bañera, sino uno tierno, dulce, y cargado de sentimientos. – ni el mío. – volvió a sonreír. Lo que decía era cierto, todo.

Todos los pensamientos se enredaron en su mente cual tela de araña. No entendía en que punto su pecho comenzó a doler de la forma en la que lo hacía, Claude Faustus estaba confundido.

—o—

-3, 2, 1… ¡feliz año nuevo! –grito emocionado Alois. Se encontraba en el comedor, cenando junto a sus sirvientes. Choco su burbujeante bebida con la de los demonios, sin embargo, solo él y Annafellows parecían contentos. Los trillizos permanecían como siempre serios, y el de orbes doradas estaba sumido en sus pensamientos. No se dijo en aquella mesa algo fuera de lo cotidiano. La plática fue impuesta por el rubio, y termino cuando este no tuvo más que decir.

Poco después del brindis, todos se retiraron, dejando como estaba el comedor, pues el conde no permitió que lo limpiasen. Dijo que podían mantener la mansión como quisieran, ya no le importaba. Esas palabras, solo las entendió el chico y la mujer, que sonrieron de manera cómplice.

Esa noche, la luna se pudo ver perfectamente, parecía que estaba despidiéndose del pequeño que la observaba de manera fija.

-¿Esta listo, alteza? – pregunto Hannah, colocando una mano en el frágil hombro de su pequeño amo.

-Eso creo, pero, sigo sintiendo algo en el pecho, como una carga que no he cumplido. – Suspiró- no sé qué pueda ser… -luego de fijar un segundo su mirada en los ojos de la mujer, rodo la vista al firmamento.

-Tal vez… ¿algo respecto a Claude?- la voz maternal de la albina hizo que el corazón del chico se acelerara.

-No te-tengo idea… -tartamudeo, y sus mejillas se ruborizaron. Ahora que en su corazón no habitaban deseos de venganza, parecía mucho más susceptible a los sentimientos que lo embargaban, y no intentaba ocultarlos.

-Estoy segura, que con una mejor despedida su corazón quedaría tranquilo.- busco la mirada del pequeño, encontrándola con éxito.

-¿Una mejor… despedida?- formulo la pregunta no entendiendo a lo que se refería la demonio.

-Sé que usted siempre deseo el amor de Faustus–ahora, el rubio se tornó rojo, y sus nervios se apoderaron de él. Lo descubrieron. –creo, que al ser la última madrugada que pasa aquí no perderá nada al charlar con él. Hasta podría descubrir algo.- le giño el ojo, y acto seguido, salió de la habitación.

-Ah…-fue lo único que logro articular, las palabras se hicieron un nudo en su garganta, y no pudo detener a la sirvienta.

Inhalo y exhalo incontables veces hasta calmarse, eran muchas emociones encontradas. No deseaba volver a verlo, sin embargo, muy en el fondo, sabía que sin querer, sin poder, sin deber, anhelaba mirarle a sus ojos, aunque fríos, siempre le encantaron.

Pasaron los minutos, y el conde observaba las flores de su jardín mecerse. Ya no las vería más. Y mentiría si dijese que no estaba preocupado, porque si lo estaba. No poseía idea de que pasaría al "irse" ¿no recordaría nada más? Confiaba, con que por lo menos unirían su alma con la de su hermano.

La tranquilidad que reinaba en el ambiente se deshizo al sonar en la puerta de caoba tallada. Sumido en sus pensamientos, el chico dio permiso a que pasaran.

-Con permiso, joven amo. –ya conocía esa voz, era Claude, no obstante, ahora no sonaba tan apático.

El chico se volteó a verle desde el balcón. Y con la mirada, le indico que se acercara.

-Quería decirle…- de nueva cuenta, lo interrumpieron.

-Me voy, Claude.-exclamo, mirando sus jacintos, con una sonrisa melancólica pero real. –Eres libre. –cuando menciono eso, miro a su mayordomo y saco su lengua, enseñándole un contrato distinto al de ellos. El demonio comprendió al instante. -Iré a un eterno nirvana, con Hannah y Luka. –las lágrimas se acumularon en sus ojos, eran de felicidad.- por fin tendré lo que siempre he querido, estoy tan emocionado.

-No estoy de acuerdo.- afirmo, mirando con dureza al más bajo.

-¿Cla-claude?- los ojos encendidos del mayor lo intimidaron, y un miedo inexplicable se apoderó de sí, haciéndole cambiar su rostro de felicidad melancólica, a uno de desconcierto.

-Hizo un contrato primero conmigo, mi deber es cumplir con lo indicado. Asesinar a quien robo la vida de su hermano. –se despojó de sus lentes, mostrando sus orbes color carmesí.- Y eso implica matar a Hannah.

-¡No te lo permitiré!- grito con euforia- ¡A ti ni siquiera te interesa devorarme! Solo porque ahora apareció un rival deseas cumplir mis deseos. Cuando siempre supiste quién era la culpable. –golpeo más por desahogo que por hacer daño, el bien formado pecho de su mayordomo. – Permíteme ser feliz, Faustus. –sus ojos suplicantes se posaron en los arrogantes del mayor.

- Del día a la noche, de la azúcar a la sal, de la vida a la muerte, del azul profundo al oro… así es como trabaja el mayordomo de los Trancy.- pronuncio, aquel lema tan propio de él, pero que no se le escuchaba hace mucho. Sus manos enguantadas tomaron las de su amo, con delicadeza extrema, pues temía que se fuesen a romper. Se inclinó como quien pide matrimonio, y con la mirada clavada en los orbes celestes, hablo. - ¿Qué es lo que desea? Pídame algo, por última vez.

-Baila conmigo, es una orden.

-Yes, your Highness.

Dance macabre era la pieza que comenzó a sonar en el bello salón de la mansión Trancy. El sonido parecía en vivo, no obstante, nadie lo tocaba. Alois no se preocupó por eso, su mayordomo era un demonio, podía hacer eso y más.

El ambiente era tétrico, la lluvia cayendo afuera, y la casona en completa penumbra. Iluminada apenas por la poca luz de la luna. No se distinguía más que siluetas.

Y ahí se encontraban las de amo y mayordomo, danzando de manera frenética. Los pasos de ambos eran pulcros, sin ningún error y, a pesar de que jamás bailaron juntos esa melodía ni ninguna otra, iban acorde. Ni un pasó de más.

No pensaron en que ese sería su primer y último baile. No pensaban nada. Se encontraban sumidos en los pasos, en no perderse ni un segundo de la danza, que por sí sola ya era demasiado corta.

¿Cómo llego a la boca de Claude aquella rosa roja? Era todo un misterio.

Se avecinaba el final, ambos lo sabían, las últimas notas resonaban. El hombre le dio una vuelta al menor, este giro y soltó su mano, para luego chocar ambas manos y decir un: "Olé" justo en el momento que finalizo la música.

Simultáneamente, cuando el demonio dejo de sujetar la delicada mano del rubio, se movió unos cuantos pasos a la derecha, acomodando sus piernas en un ángulo de 90 grados. Su mano derecha se acomodó cerca de su mejilla, y la izquierda tomo la flor que yacía en sus labios, y lanzo a la izquierda, a los pies de su pareja de baile. La música ceso.

Esos dos minutos y treinta segundos pasaron volando. Los corazones agitados eran ahora, junto con las respiraciones, el único sonido en ese salón dorado.

No querían verse a los ojos. Por eso se quedaron en sus posiciones algunos instantes. La mente de ambos volvió a sus cuerpos recordándoles la verdad. Alois se iba.

Trancy era un joven que recientemente dejo de ser un "niño" pare convertiste en un adolescente. Paso muchas cosas, que a nadie deberían ocurrirle, y menos en su tierna infancia. Aprendió lo que eran las relaciones sexuales a muy temprana edad y de la peor forma. También supo lo que era no poseer familia, ni nadie que lo protegiese. Supo cómo era la gente, que lo golpeaba por vivir en un granero, y tener que robarles a las personas para subsistir.

Su mayordomo era su primer amor, naturalmente se le hacía difícil tener que desprenderse de él. Si, además de ser su "imposible" fue quien le salvo la vida, el que le entrego razones y coraje para vivir.

A pesar de que Faustus era un demonio viejo, que había visto de todo, convivido con personas de toda clase, y hecho todo lo que se podía hacer; nunca supo lo que era desear proteger a alguien. Y, cuando más hundido se encontraba, apareció un chico, que llamaba insistentemente a un hada, para que lo salvase del infierno en que vivía. Hicieron un contrato. Desde el inicio al hombre le llama la atención el alma tan apasionada del muchacho. En todos sus siglos de vida, nunca había visto algo así.

Poco a poco, Alois penetraba más en su ser, aun si no lo demostraba, ese pequeño le importaba. Ese lindo rubio siempre buscaba la manera de llamar su atención, con toda absurdez existente. Y, aunque no lo supiera, siempre lo lograba.

Como cualquiera –hasta los demonios- cometió un error, y se fijó en el alma de Ciel Phantomhive. Dejando atrás lo que siempre quiso, por sus deseos del momento. Estaba arrepentido, había perdido a su amo.

-¿Qué pasa si digo que no quiero que se vaya? – rompió por fin el silencio Claude, mirando al joven.

-¿No lo estás diciendo ya?- respondió, y una risa escapo de sus labios. ¿Qué mejor que salir de un ambiente tenso riendo? Alois no podía ver bien al mayordomo, pues era un simple humano.

-¿Y qué piensa hacer al respecto?- ignoro lo anterior dicho, y se acercó al chico, permitiendo que este pudiese ver su rostro, pues estaban cerca de un gran ventanal, que daba entrada a la luz de la luna.

-Lo mismo que hago en este momento, escucharte.- y de nuevo rio, sin embargo, esta vez era una risa nerviosa.

-¿Sólo eso?- la pregunta fue formulada con un tono de voz tan sensual, que produjo que todos y cada uno de los cabellos del conde se erizaran, y sus mejillas se tornaran carmesí.

-De-definitivamente…- tartamudeo. Volteando la mirada al suelo.

-Entonces, ¿debería decirle adiós? – Alois levanto la mirada, encontrándose con la roja de su mayordomo, pero no pudo contestar, sus ojos se cerraron y comenzó a soñar.