Capítulo 5 extra (pdv Carlisle)
Luego de la tormenta familiar de fines de abril tuvimos un mes y medio de tranquilidad para reponernos. Mis hijos mayores, arrepentidos, se comportaron perfectamente y trataron a Daniela con respeto y cariño. Pude ver, con alegría, que en la medida que iban pasando más tiempo con ella se iban encariñando. Yo también, todavía más.
Desgraciadamente, Daniela seguía sin querernos como familia y Alice seguía viendo a la policía en nuestro futuro. No importaba cuánto afecto le mostráramos, ella seguía sintiendo que era el rehén de unos secuestradores muy amables. Aunque evitaba pensar en su familia cuando Edward estaba en la casa, él la había captado, en ocasiones, recordando a sus padres y a su hermanita, pensando en qué haría cuando los volviera a ver, qué les diría, mentalizando cómo los abrazaría. Y, por desgracia, aunque había estado pendiente, no la había oído recordar una sola vez el incidente con el molde de pescado. Y lamentablemente, esa era la clave que no lográbamos descifrar.
El único momento en que la niña bajó la guardia fue cuando, durante uno de nuestros muchos partidos de Scrabble, aprovechando que Edward y Alice estaban en casa, puse la palabra "Salmón". Comenté, como que no quiere la cosa, que cuando era humano me encantaba el pescado. Daniela no comentó nada, pero Edward me dijo más tarde que Daniela se había obligado a sí misma a pensar en sangre y en cerdos cuando yo había hecho ese comentario. Es decir, la clave seguía siendo el pescado. Pero no estábamos más cerca de saber qué se proponía. Sólo nos quedaba esperar y estar atentos.
Intenté muchas veces forzarla a pensar en pescado, llevándola a alimentarse de los lobos acompañada por Edward y comentando que era una lástima el olor. Pero no tuve más éxito que con el Scrabble. Era frustrante y desconcertante.
No podía dejar de asombrarme ante la disciplina mental de la niña. A pesar de que ya tenía una idea bastante precisa de su inteligencia, (que resultó ser la de un humano muy inteligente, pero la de un vampiro más bien flojo) había mostrado un nivel de autocontrol mental asombroso para alguien no tan brillante. Eso me demostró que, cuando algo realmente le interesaba, era perfectamente capaz de esforzarse.
Lo único que nos daba algo de esperanza era que, a pesar de que la niña preguntaba sistemáticamente a Bella por su hermanita, la frecuencia con la que Daniela pensaba en ellos iba bajando. Edward la captaba cada vez menos seguido descuidándose y pensando en ellos. Sin embargo, esto simplemente podía significar que era cada vez más experta en dejar de pensar en ellos cuando Edward estaba en la casa.
Cuando llegó junio, mi amada decidió que celebraríamos el cumpleaños de la niña. Nosotros usualmente no celebrábamos los cumpleaños, ya que al no envejecer el ritual carecía de sentido. Y, dado que comprábamos lo que necesitábamos cuando lo necesitábamos, tampoco tenía mucho sentido hacernos regalos de cumleaños. Nosotros, contrariamente a los humanos, nos hacíamos regalos todo el tiempo.
Pero Esme afirmó que Daniela era tan joven que disfrutaría del ritual como cualquier niña de casi quince. Y tuve que admitir que a Daniela, que usualmente se comportaba como alguien bastante menor que eso, probablemente le gustaría. Así que mi esposa decidió que habría velita, globos y regalos conforme a la tradición humana.
Como de todas formas ya iba siendo tiempo que nuestros hijos mayores volvieran, decidí pedirles que regresaran a tiempo para el cumpleaños de la niña. Así, al menos, esperaba que fueran amables con ella. Supuse (ingenuamente lo admito) que no tendrían corazón para amargarle la vida en su día especial. Me equivoqué, por desgracia. Fue un desastre.
Esme decoró, poniendo globos de fiesta de quince en la casa para alegrarla. Pero a nuestra hija no le gustaron, ya que no era de corazones y detestaba el color rosado en todas sus variantes. Decía que era el color de las "taradas". Incluso mi primogénito la captó pensando que nos podíamos meter nuestros globos "por el culo" y, encontrándolo hilarante, tuvo el desatino de compartir el hallazgo con sus hermanos. Gracias a eso me enteré, y les rogué que no lo volvieran a comentar ya que no quería que mi amada oyera algo tan vulgar. Y, sobre todo, no quería que se enterara que nuestra hijita era capaz de pensar en términos tan groseros.
Me llevé a Daniela aparte, para explicarle que lo que había dicho en su mente era muy feo, y que no quería que pensara en esos términos. Pero ella se defendió alegando que quería conservar su libertad de pensamiento al menos, que estaba en los derechos humanos, y que no era su culpa si Edward era un copuchento. Me vi forzado a admitir que era verdad, tenía derecho a pensar lo que se le diera la gana, pero le recordé que la libertad de pensamiento hacía más referencia a la libertad de culto que a la libertad de decir groserías. Ella me dijo que le daba lo mismo la religión, pero que quería libertad de pensamiento de todas formas.
No estaba seguro de qué regalarle para su cumpleaños, ya que Daniela nunca pedía nada material. Un par de semanas antes de la fecha decidimos viajar juntos con mi esposa a la ciudad, a ver qué le compraríamos. Nos llevamos a Alice al bosque, para poder hablar con ella sin que Daniela nos oyera, y pedir su orientación.
-Sé lo que preguntarán –nos dijo sin rodeos, apenas estuvimos lo suficientemente lejos-, y la respuesta es "sálvense solos".
-¿Estás enojada con nosotros, hija? –Le preguntó Esme, preocupada.
-No mamá –afirmó de inmediato-. Pero Daniela odiará lo que le regalarán y no quiero haber tenido vela en ese entierro.
-¿Entierro? –Pregunté, inquieto.
-Es una expresión, Carlisle –respondió Alice, poniendo los ojos en blanco.
-Está bien, hija, no nos digas. Pero, como hermana mayor de ella, ¿nos puedes decir qué cosas podrían gustarle? –Le pregunté.
-Yo le compré unos jeans –aclaró contenta-. Y le encantarán.
-¿Sugieres que le compremos ropa? –Le pregunté, algo perdido.
-¡Yo no sugiero nada! –Se defendió-. Y quiero que conste que yo no intervine cuando Daniela deteste lo que le escojan.
-Está bien hija –le dijo Esme, tranquilizándola-. Papá y yo le escogeremos algo lindo y estoy segura de que verás en el futuro que a Daniela le gustará.
-Bueno, supongo que siempre hay esperanzas de que el futuro cambie –murmuró.
-¿Le han comprado algo tus hermanos? –Pregunté.
-Edward y Bella le compraron un cuadro para pintar, por internet –explicó-. Llegará a la casilla el jueves 12 de junio, con tiempo de sobra para que lo pases a buscar y puedan envolverlo. Es un paisaje con una casa de campo con nieve. Le querían regalar pinturas y un bastidor, pero pensaron que era mejor algo que no mostrara la personalidad de Daniela, por si la policía llegaba a encontrarlo.
-¿Le gustará? –Pregunté.
-Sí, pero no tanto como los pantalones que le tenemos Jasper y yo –respondió con orgullo.
-¿Le compramos más pantalones, mi amor? –Sugerí a Esme.
-¡No se atrevan a copiarme! –Exclamó Alice, indignada.
-Está bien, hija –le dije conciliador-. ¿Qué tal zapatos?
-No les diré nada. Dejaré que se hundan ustedes mismos –me respondió, la muy descarada.
-Bueno, amor –me dijo Esme, riendo entusiasta-. Tendremos que hacerlo como los padres humanos, y arriesgarnos a que no le guste.
-Está bien, querida, vamos –le dije, y dirigiéndome a Alice agregué-: Gracias por tu ayuda, de todas formas, hija.
-.-
Cuando estuvimos en el coche Esme soltó una carcajada.
-¿Qué sucede amor? –Le pregunté, alegre. La risa de mi esposa era uno de los mejores sonidos del mundo.
-Estoy contenta –me dijo simplemente-. Es primera vez que escogeré un regalo para una hija tan joven. A pesar de que les hemos comprado muchas cosas a nuestros hijos, nunca había tenido ocasión de comprar juguetes y esas cosas.
-¿Sugieres que le regalemos juguetes? –Pregunté, dudoso.
-No, no creo que quiera juguetes –respondió Esme.
-Yo tampoco –aclaré-. De hecho, creo que si llegáramos con una muñeca nos la lanzaría por la cabeza.
-¿Qué habrá visto Alice que le regalaríamos? –Se preguntó mi esposa en voz alta.
-Creo que nos está molestando –le dije-. Supongo que espera que nos esforcemos en encontrarle algo lindo, o que disfrutemos de la experiencia humana de buscar un regalo.
Nos quedamos pensando un rato, y tuve una idea.
-Le gustan los lápices de colores, ¿qué tal si le regalamos otra caja? –Sugerí.
-No sé… -Dudó Esme-. Resultaría demasiado evidente que no se nos ocurrió nada más original. Además, tal vez Edward y Bella reaccionen como Alice y crean que les copiamos la idea.
-Un cuadro para pintar no es lo mismo que lápices de colores –razoné.
-Creo que es mejor regalarle algo que no tenga –argumentó Esme.
-Sí, tienes razón en eso amor –reconocí. Mejor le buscábamos algo que la sorprendiera.
-¿Y si le hacemos varios regalos? –Sugirió Esme luego de unos minutos de silencio-. Así seguro que con alguno atinamos.
-No creo que esa sea la idea, amor –reflexioné.
-Ok. Un regalo solamente. Sólo tendremos que escoger bien –respondió mi esposa, entusiasta.
-.-
El centro comercial tenía tiendas de muchos tipos, y con Esme nos encontramos recorriendo y mirando escaparates, algo perdidos. Eran nuestras hijas las encargadas de ese tipo de compras. Yo pagaba las cuentas y mantenía el coche con gasolina. Esme iba al supermercado. Pero el "shopping" era un área en el que no éramos expertos. Yo le compraba regalos a mi esposa, y sabía perfectamente que le gustaban los libros, las revistas, las joyas y a veces también las flores. La ropa se la escogía ella misma, o se la regalaban sus hijas.
-¿Qué tal un collar? ¿O un anillo? –Sugerí, frente a una joyería.
-No sé… -Murmuró mi esposa-. Creo que no le gustaría, amor. Detesta la ropa femenina, y cuando Alice intentó maquillarla le gritó una palabrota y casi la muerde.
-Ok… Sigamos –murmuré.
Nos detuvimos frente a una zapatería donde había calzado juvenil.
-¿Zapatos? –Propuse.
-Le gustan las zapatillas de gimnasia –murmuró Esme-. Pero yo, francamente, las detesto. Las boté feliz cuando se le mojaron.
-Pero nuestros hijos tienen zapatillas, y nunca te has quejado amor –razoné-. De hecho las que usaba la niña habían sido de Alice.
-Pero prefiero que Daniela use ropa y zapatos lindos –explicó mi esposa.
-No es una muñeca amor… -Le recordé, aunque yo también lo prefería.
-Lo sé, pero me gusta que se vista con cosas bonitas –insistió-. Y las zapatillas no son bonitas.
-¿Pero eso le gustaría, no? –Insistí, un poco molesto con mi esposa. No era justo que le pusiéramos ropa que no le gustaba sólo porque teníamos el poder de hacerlo-. Le podríamos comprar unas parecidas a las que tenía, y así se las podría poner con los pantalones que le regalarán los niños.
-Por favor, amor… -Insistió mi amada, ladeando la cabeza.
-Ok, veamos qué más encontramos –me rendí.
Nos detuvimos frente a una tienda de artículos deportivos.
-Edward decía que Daniela odiaba gimnasia, y por lo que he notado no le interesan los deportes –recordé, por lo que seguimos de largo.
Nos detuvimos frente a una juguetería, y nos miramos.
-¿Un juego de mesa? –Sugirió mi esposa.
-No sabría cual comprarle –reconocí-. No le gusta ninguno de los que tenemos en casa, salvo el naipe. Y ese le gusta porque puede jugar solitario.
-¿Qué tal un rompecabezas? –Sugirió mi esposa-. Esos le gustan.
-¿Uno más pequeño que el que ya están armando? –Pregunté.
-No puede ser muy pequeño, o lo armaría demasiado rápido –razonó Esme.
-Pero otro grande sería incómodo, porque necesitaríamos otra mesa. En la que hay arriba ya están armando el del unicornio, y no quiero tener que prescindir de la del comedor -expliqué.
Nos dimos por vencidos, y continuamos. Pasamos frente a una perfumería, y nos alejamos rápido de sus pestilentes efluvios.
Nos quedamos parados frente a una tienda de ropa juvenil.
-Alice no quiere que le copiemos el regalo –murmuró mi esposa.
-Pero le podemos regalar algo para complementar los pantalones –razoné. Me quedé mirando la vitrina-. ¿Qué tal una chaqueta como esa? –Sugerí, indicando un maniquí.
-Es morada, amor… -Contestó mi esposa-. No le gusta el morado.
-Pueden tenerla en más colores –razoné.
-No creo que le guste –insistió mi esposa-. Tiene cosas brillantes, y a Daniela le gusta la ropa que no llama la atención.
-¿Y un bolsito como ese? –Propuse, indicando uno de los accesorios en exhibición.
-No creo que a Daniela le gusten las carteras –murmuró Esme-. Y no tendría ocasión de usarla, ya que no la podemos llevar a ninguna parte.
Suspiramos, y seguimos. La tienda de música me inspiró.
-¿Y un instrumento musical? –Sugerí, entusiasta. Tocar música la alegraría, y podría aprender sin sentir que traicionaba a sus padres.
-¿Un piano? –Se burló mi esposa.
-No, un instrumento pequeño –respondí, riendo-. Una flauta por ejemplo.
-Lo detestaría –explicó mi esposa-. Por lo que los niños averiguaron al principio en la escuela, no era buena en música.
-Pero ahora es un… Tú sabes… –Razoné-. Le resultaría mucho más fácil aprender.
-¿Y crees que la haga feliz la flauta? –Preguntó mi esposa, más animada.
De pronto recordé la profecía de mi pequeña clarividente, y vino a mi mente una imagen bastante perturbadora de Daniela diciéndonos a mi esposa y a mí por dónde nos podíamos meter la flauta.
-No. Es una mala idea –murmuré-. Tal vez, cuando volvamos al norte, le podamos enseñar a tocar el piano.
Seguimos, y un olor que sí me gustaba me inspiró.
-¿Un libro? –Propuse.
-Odia leer… -Murmuró mi esposa-. Seguro que lo que sea que le compremos aquí lo va a odiar.
-Justamente –le dije, entusiasta-. Alice parecía estar segura que le regalaríamos algo que odiaría. Y es evidente que odia los libros. Seguro nos vio entrando aquí.
-Eso es totalmente retorcido como razonamiento –se burló Esme, golpeándome el brazo-. Es casi cruel.
-¿Apostarías contra Alice? –La desafié.
-Tenemos el poder de escoger, amor –razonó mi esposa.
-Entremos –le dije, empujándole un poco la espalda con la mano-. De todas formas quiero comprar el libro que me quemaron tus hijos.
-¿Ahora son mis hijos? –Se burló mi esposa.
-Es broma querida –le dije, besándola en la boca-. Son nuestros, pero cuando hacen tonterías prefiero pensar que es culpa de la madre que los malcría -bromeé.
-Eres un descarado –se burló ella.
Tenían "Mi vida con el lama", aunque la versión disponible no mostraba un gato en la portada como el que mis hijos me habían quemado.
-No le compres eso –me rogó mi esposa-. Lo odiará.
-¿Qué le quieres regalar? –Pregunté.
Mi esposa miró alrededor, y se alejó. Volvió al cabo de unos segundos, con un texto de estudio. Era para aprender inglés, en un nivel básico. La miré, dudoso.
-Eso lo odiará todavía más… –supuse.
-Al menos le estaríamos diciendo que nos importa, y que queremos que forme parte de la familia –razonó mi esposa-. Si va a detestar lo que sea que le regalemos, al menos asegurémonos que el regalo tenga sentido.
-Supongo que tienes razón –concedí-. Y, de todos modos, cuando le regale este libro –dije, levantando el que tenía en mis manos-, quiero que tenga un gato en la portada.
-¿Para que siga siendo "el p**o libro del gato"? –Se burló mi esposa, sin pronunciar la palabrota que tanto le gustaba a nuestra hijita.
-Exacto –le dije, riendo.
-¿Le regalamos este entonces? –Confirmó mi esposa, mostrándome el libro que ella había escogido.
-Está bien. Si ha de odiar nuestro regalo, al menos que lo deteste con ganas –me burlé.
-.-
-Lo detestará… -Canturreó Alice bajito, en cuanto pasamos cerca de ella, en la terraza, al volver a casa.
-Tal vez en su próximo cumpleaños nos quieras ayudar a escogerle algo –le sugerí.
-Si es que hay otro cumpleaños… -Murmuró mi hija, en tono sombrío.
-Lo habrá –le aseguró mi esposa-. Sólo tenemos que tener cuidado.
-Supongo que tienes razón, Esme –murmuró, aunque no parecía entusiasta.
-.-
El día del cumpleaños de Daniela, casi muero en varias oportunidades. Mis hijos acabarían conmigo, no tenían ninguna consideración con su pobre padre.
Todo partió mal, cuando a Rosalie y a Emmett se les ocurrió no seguir mis instrucciones, y llegaron conduciendo un auto. Lo habían comprado a pesar de que yo les había solicitado expresamente que no lo hicieran. Y Alice no los había visto decidir nada, ya que hacía tiempo que concentraba sus esfuerzos principalmente en Daniela.
Salimos a esperarlos, y todos nos pusimos tensos al distinguir que era un jeep. Alice y Edward me miraron discretamente, asustados. Era el auto de la visión.
Observé a Daniela, y noté que miraba el vehículo con interés y la boca ligeramente abierta. ¿Sabría ella qué haría para que la visión de Alice se concretara? Volví a mirar a Edward, que negó con la cabeza discretamente.
Ok. No había nada decidido todavía. Pero algo era seguro: debíamos deshacernos de ese coche cuanto antes.
Cuando mi esposa corrió a darles la bienvenida, Daniela intentó escapar. Cuando no… La agarré, resignado, arrepentido de haberle sacado el bloque.
Cuando Rosalie se acercó a nosotros me dirigió una mirada muy dura y miró a la niña, con desprecio.
-¿Casi quince, dijeron? –Se burló, en inglés-. Dudo que alcance siquiera las malditas tetas con las que la alimentaba su puta madre.
-Rosalie. En español y con respeto por favor –le ordené, advirtiéndole con la mirada que no toleraría más faltas de respeto.
No me contestó, pero por su mirada de odio asumí que tendría que conversar con ella. Había sido un necio suponiendo que por ser el cumpleaños de la niña se comportarían. Dirigió luego su mirada a Daniela nuevamente, y le mostró una sonrisa amenazante. La pobrecita se pegó contra mí, asustada.
-¡Hola Daniela! –La saludó, burlona. Vi como Emmett me miraba incómodo, y le metía un dedo en la espalda a su esposa para que la cortara. Pero ella, como siempre, no hizo caso.
-Hola Rosalie. Gusto en conocerte –la saludó Daniela, asustada a pesar de que se notaba que estaba intentando ocultarlo. Me sorprendió con su humor al agregar-: Te daría la mano, pero experimento dificultades técnicas.
-Así que tú eres el nuevo bebé de Esme –intervino Emmett, más amablemente que su esposa por suerte.
-Supongo que es una forma de llamarlo –respondió Daniela, resignada-. Un gusto que hayas llegado a tiempo para mi fiesta de quince.
Rosalie nos miró con desprecio al escuchar esto, y entró a la casa. Tendría que hablar con ellos sin demora. No podía dejarla desafiarnos de esa manera ni aterrorizar a la niña.
Me llevé a Rosalie al escritorio, y se quejó bastante. Emmett obedeció y nos siguió por su propia voluntad. Esme, predeciblemente, se nos unió casi de inmediato.
-¿Qué te pasa, hija? –Le dije, agarrándole una oreja y tirándosela.
-¡Suéltame Carlisle! –me dijo entre dientes.
-No te soltaré, hija, hasta que te arrepientas y pidas perdón por la forma grosera en que nos has tratado a todos –le advertí, tirándosela más fuerte para que viera que hablaba en serio. Emmett me miró, incómodo, pero tuvo el tino de no intervenir.
-Perdónanos papá, por favor –dijo él, de inmediato.
-¡Está bien! –Dijo Rosalie, adolorida-. Perdóname papá. Perdón mamá…
La solté, y aunque nos acababa de pedir perdón no parecía estar arrepentida.
-¡Son unos desgraciados! –Nos gritó-. ¡Unos irresponsables! ¿Cómo se les ocurre adoptar un maldito bebé? ¿Qué mierda tienen en la cabeza? ¿Están locos? ¿Acaso quieren que nos maten los italianos?
-Hija… -Murmuró Esme.
-¡No me llames hija, Esme, que me avergüenzo! –Le gritó, volviéndose hacia ella-. ¡Si tuvieras aunque fuera una miserable neurona en tu cerebro de pájaro te habrías dado cuenta de que es imposible que una cría tan chica pueda ser un vampiro! ¡Eres una loca, demente, completamente irresponsable! ¡Y tú, Carlisle –agregó, volviéndose nuevamente hacia mí-, te crees muy inteligente, muy humanitario, muy padre de familia y ejemplo de moralidad, pero apenas tu esposa te pide una estupidez vas y tiras todo por la borda para complacerle hasta sus más ridículos caprichos! ¡Estás completamente obcecado! Esta te mueve las caderas y olvidas todo discernimiento.
-Amor… -La interrumpió Emmett, incómodo, rascándole la nuca-, pero ella se lo quitó de la cabeza de un manotazo.
-Son unos insensatos –continuó gritando mi hija, mirándonos a mi amada y a mí por turno. Decidí dejarla, para que lo sacara de su sistema de una vez. Sólo cuando se le acabara el vapor podría razonar con ella-. ¡Desconsiderados! ¡Egoístas! ¡Sólo piensan en ustedes! A mí me decías que era imposible que tuviera hijos, Carlisle –me recordó, con odio-. Pero va esta –dijo apuntando a mi esposa, que lloraba-, te mueve las pestañas y ahí vas tú, completamente baboso, y la dejas quedarse con la bebita. ¿Ni siquiera se han detenido a pensar cómo puede estar sufriendo esa desgraciada? Y los tarados de tus hijos van y te hacen caso. Que el irresponsable de Jasper la haya mordido, lo puedo entender, ya que nunca tuvo el más mínimo control. Pero va la majadera de su mujer y ¿qué hace? En vez de matar a la pobre niña corre a los brazos de su madre y de su padre a rogarles que les resuelvan el problema. Y Jasper, en vez de actuar como un hombre con los huevos puestos, va y corre a pedirle a papá que tome las decisiones por él. Y el pelmazo de Edward y la pánfila de su mujer los siguen como monigotes, sin ver el sinsentido en el que se están metiendo. ¡Son un montón de dementes, y me dan pena! ¡Los odio!
Rosalie se detuvo, para tomar aire, y Emmett volvió a rascarle la nuca.
-Ya entendieron mi amor… -Le murmuró con ternura al oído. Me miró a mí, y luego a Esme, con gesto incómodo-. Lo ha estado juntando por semanas, confesó, intentando disculpar a su mujer. ¿Hay algo en lo que podamos ayudar? –Preguntó.
Tomé la silla frente a mi escritorio, y la puse junto a Rosalie. Le agarré nuevamente una oreja y la obligué a sentarse. Por suerte, ahora que ya había gritado, estaba más tranquila.
-Ahora me vas a escuchar tú, hija –le dije con calma-. ¿Estás consciente de que esa no es forma de expresarte? ¿Y menos todavía para dirigirte a nosotros, que somos tu familia y te amamos?
-No nos aman –murmuró con voz sombría-. Sólo nos han ido creando para satisfacer sus caprichos y llenar sus vidas vacías en un vano intento de darles sentido.
Bueno, ya había pasado de la etapa "furia" a la etapa "depre". El bajón luego del subidón. Estábamos avanzando. Cuando volviera a su centro recién podríamos comenzar a razonar con ella.
-Te amamos –insistí-. Yo te amo como si fuera tu papá. Esme te ama como si fuera tu mamá. Emmett te ama, como el esposo que Dios puso en tu camino para complementarte. Edward te ama como si fueras su hermana de toda la vida. Alice te ama y te admira como la hermana mayor que eres para ella. Jasper y Bella te aman y te respetan a pesar de no llevarse tan bien contigo. Llevas casi un siglo rodeado de personas que te aman y que darían la vida por ti si fuera necesario. Y lo único que ha cambiado es que ahora hay otra hermana, que sólo se ve pequeña porque tuvo un problema de desarrollo en su vida humana. Pero, la verdad, es sólo un poco más joven que los menores de tus hermanos. Y, cuando la dejes conocerte, estoy seguro que también te va a querer y se llevarán muy bien.
Estaba estirando un poco la verdad, lo sabía, ya que Daniela en realidad era casi tres años más joven que Edward, que era el menor. Y su comportamiento, generalmente, era más cercano al de una pre-adolescente.
-Nos van a matar a todos –murmuró Rosalie, comenzando a llorar.
-Nadie va a morir –le aseguré-. Cuando sea necesario daré las explicaciones que haya que dar, y la razón está de nuestro lado por lo que no hay nada que temer.
Rosalie se quedó callada unos segundos, y finalmente levantó la vista.
-Lo siento, no debí decir todo eso –murmuró.
-No, no debiste hija –le dije, con calma. Le giré la cabeza hacia Esme y al soltársela le ordené-: pídele perdón a tu madre por todas las cosas espantosas que le dijiste.
-Lo siento Esme –murmuró-. Perdóname por favor. Estaba fuera de mí. No creo que seas todo eso que dije, aunque sigo creyendo que no deberías haber permitido que terminara de transformarse.
-Está bien, hija –le dijo mi esposa, más tranquila-. Entiendo tu punto de vista aunque no lo comparta.
Emmett le agarró la cabeza con delicadeza y tras besarle la coronilla le murmuró al oído "ahora pídele perdón a Carlisle, amor".
-Perdóname papá –murmuró-. Sigo creyendo que no debiste… Pero no era forma de decírtelo y por eso estoy arrepentida.
-Está bien hija –le dije-. Y, ahora que estás más tranquila, quiero que me expliquen por qué me desobedecieron y compraron ese jeep.
-Yo me lavo las manos –murmuró Emmett-. Rose quería un auto, y es ella quien maneja la tarjeta de crédito.
-Todo el transporte público apestaba a humanos –se quejó Rosalie-. Estaba siendo una tortura. Y, como la pampa es un puro peladero ni siquiera podíamos viajar corriendo porque nos verían. Estaba siendo un infierno papá.
-¿Y por qué no arrendaron uno? –Le pregunté, enojado.
-Porque esos cacharros arrendados funcionan pésimo y tienen tecnología de rastreo –reclamó-. ¡No se puede correr en ellos porque todo queda registrado!
-No se supone que corran en auto, hija –le dije serio-. ¿Cuántas veces te lo he dicho?
-Córtala Carlisle… -murmuró con desánimo-. Estoy cansada…
-Estoy decepcionado, hijos –les dije-. Les quitaría los coches si estuviéramos en casa, pero aquí no se puede. Sin embargo, debemos deshacernos del jeep tan pronto como podamos.
-¡No! –Se quejó Rosalie.
-Es imprescindible –insistí-. Alice tuvo una visión de la policía persiguiéndolo. No quiero problemas. El coche debe irse. Además, ya saben que mientras estemos aquí es mejor que sólo tengamos un vehículo.
-Eso es ridículo Carlisle –intervino Emmett-. Somos ocho… Bueno, nueve con la nueva. ¿Por qué no podemos tener un vehículo de repuesto? ¡En casa no te molestaba que todos tuviéramos coche!
-En casa todos teníamos licencia –le recordé-. Aquí sólo pueden conducir los mayores de 18 años, y los de 17 sólo pueden hacerlo acompañados de un adulto.
-Pero Alice, Bella y Edward ya van a cumplir 17 según sus cédulas falsas –insistió Emmett.
-Aquí la gente no tiene tantos autos, hijos –expliqué-. Llamaríamos mucho la atención. Además, no sabemos en qué momento nos tendremos que ir, y prefiero mantener nuestra vida simple para que si tenemos que escapar todo resulte lo más sencillo posible.
-Pero… -Insistió Rosalie.
-Dije que no –la interrumpí, enojado-. Punto final. Lo venderemos.
Ambos gruñeron.
-Ahora… Sobre las consecuencias del espectáculo que dieron al llegar, y de la forma aberrante como nos trataron, les propongo un trato: hago la vista gorda siempre y cuando se comporten de ahora en adelante. ¿Me prometen que no habrá más exabruptos? –Pregunté.
-Si papá –respondió Emmett de inmediato.
-¿Hija? –Insistí.
-No estoy de acuerdo con que la niña siga viva –murmuró.
-No estamos hablando de ella, sino de ti, hija. ¿Te comportarás de forma amable con los demás?
-Ok… –Murmuró resignada.
-¿Lo prometes, hija? –Insistí, levantándole un poco la cara para que me mirara a los ojos.
-Sí papá -prometió.
-Ok –dije, dando el tema por zanjado-. Están empapados, vayan a ponerse ropa seca y bajen. Tenemos un cumpleaños que celebrar.
-No puedo creer que estén celebrándole el cumpleaños –murmuró Rosalie en tono sombrío-. Ella no crece Carlisle. ¿No se lo han explicado?
-Lo sabe perfectamente, hija –intervino Esme-. Pero queríamos celebrárselo como una forma de que se pusiera contenta.
-¿O sea que reconocen que está triste? –Preguntó Rosalie, en tono frío.
-Sí, lo está –admití-. Pero la dejaremos vivir, y de a poco irá recuperando el gusto por la vida.
-Nunca lo hará –aseguró mi hija, mirándome fijo-. Lo sabes, ¿verdad Carlisle?
Lo decía por experiencia propia, obviamente. Nunca me había perdonado por transformarla. No le respondí, ya que no quería volver a tener esa discusión.
-Hay que darle una oportunidad, amor… –murmuró Emmett-. Vamos a cambiarnos.
-.-
Con mis hijos y mi esposa ya secos entramos a la sala, donde todos estaban bastante tranquilos. Daniela incluso estaba sentada sola, y no miraba las ventanas para decidir por cuál saltaría. Era una buena señal.
Mi esposa corrió a la cocina y volvió con una vela muy bonita, encendida en una palmatoria. Vi a Rosalie poner los ojos en blanco pero todos le cantamos "feliz cumpleaños" a Daniela, y ella sopló entusiasta la vela. Aplaudimos. Aunque no tuviera sentido, ver a mi esposa y a la niña contentas me hizo feliz.
Esme, Alice y Bella desaparecieron escalera arriba y volvieron del cuarto de Bella con los tres regalos que le teníamos. Los habían guardado ahí ya que la niña nunca entraba a ese dormitorio. Todos nos sentamos, a contemplar el novedoso espectáculo.
Daniela recibió los paquetes con entusiasmo. Miró el mío y el de Esme, y lo movió un poco. Hizo una mueca de desagrado y lo dejó a un lado. Supuse que había adivinado que era un libro. Tomó el grandote de Bella y Edward y, al moverlo y descubrir que sonaban cosas dentro, se entusiasmó. Me dio pena, tal vez sí quería juguetes. Me arrepentí de no haberle comprado un rompecabezas, ya que eso hubiera sonado bien cuando lo agitara.
Al abrir el kit de pintura, pareció extrañada pero contenta. Lo dejó de lado y tomó el regalo de sus otros hermanos. Lo apretó, y adivinando que era ropa frunció ligeramente el ceño. Desconfianza. Lo abrió, y se le iluminó la cara al ver que eran pantalones. Lo dejó al lado, contenta, y por fin se resignó a abrir el nuestro. Esme me dirigió una sonrisa medio triste, ya que había captado también la falta de entusiasmo de nuestra hijita.
Predeciblemente, se quedó mirando el libro con gesto amargo. Nos miró a todos, y se detuvo en Alice. Le sonrió.
-Gracias Alice -le dijo con entusiasmo, adivinando que había sido idea suya-. Por fin podré volver a usar pantalones.
Alice nos miró a todos con cara de suficiencia, y lamenté que no hubiera accedido a ayudarnos a escogerle algo.
-Y gracias Bella, Edward, por el cuadro –continuó, mirándolos a ellos-. Tengo ganas de comenzar a pintarlo.
Edward y Bella le sonrieron, y murmuraron "de nada". Luego Daniela apretó la mandíbula y nos encaró a mi esposa y a mí con expresión dura.
-Y Carlisle y Esme… -dijo, un poco atragantada, levantando el libro que le habíamos regalado-. No tengo palabras para expresar lo que siento al contemplar su regalo.
-Carlisle quería comprarte el del gato –le respondió mi esposa, cobardemente, trasladando la culpa hacia mí. Le fruncí el ceño. ¡Ella había escogido el regalo!
-Te odio Carlisle… -Murmuró Daniela, en tono de broma. Afortunadamente, se lo había tomado con humor.
-Lo sé, tesoro. Yo también te quiero –me burlé.
-¡Pero si te acabo de decir que te odio! –Me gritó, enojada, aunque todavía se reía.
-Lo sé tesoro –le respondí con calma-. No estoy sordo.
Me dio un poco de rabia que la agarrara conmigo, y vi que mi esposa y mis hijos parecían incómodos. Me paré, la agarré, y la senté con mi esposa y conmigo para hacerle cariño y que nos odiara menos. Desafortunadamente, mi hija Rosalie, que llevaba aparentemente demasiado tiempo tranquila, volvió a cargar la escopeta. Comenzó a hacer muecas de desagrado al vernos a mi esposa y a mí regaloneando a la niña. Me pregunté si no estaría un poco celosa.
-Y a mí me dicen la reina del drama… -Se burló Daniela, al ver los aspavientos de Rosalie. Lamenté que lo hiciera. Yo sabía por experiencia que cuando mi hija mayor quería pelea era mejor no darle réplica.
-No tengo nada en tu contra –le respondió con frialdad-. Sólo creo que no te están haciendo ningún favor al dejarte con vida.
Gruñí internamente. ¿No podía tener un poco más de tino? Le dirigí una mirada de advertencia, que ignoró. Miré a Emmett, pero este me miró con impotencia.
-Y aquí vamos de nuevo… -murmuró Alice, molesta.
Daniela estaba tensa, la podía sentir, y se irguió.
-Para que tú sepas, Carlisle me prometió matarme en 10 años más –le espetó.
Deseé haberle podido tapar la boca. No podía escoger una peor respuesta que darle. Ella me había rogado mucho tiempo que la matara, y siempre me negué. Predeciblemente, Rosalie me dirigió una mirada envenenada.
-Qué suerte la tuya –le respondió, dirigiéndose a mí, con sarcasmo.
-¿No puedes darle una bienvenida decente a alguien alguna vez en tu puta vida? –Le gritó Bella.
Decidí intervenir ya que, aunque apreciaba que defendiera a Daniela, esa no era forma de dirigirse a su hermana. Además, todos se habían vuelto a mirarme.
-Bella. Sin palabrotas –le recordé. Luego me giré hacia mi otra hija y, dirigiéndole otra mirada de advertencia, le dije-: Rose. Ya es suficiente.
-Dile la verdad al bebé, Carlisle –Respondió ella, con frialdad-. O, mejor todavía, no esperes 10 años –agregó con burla.
Ok. Rosalie no entendía cuando suficiente era suficiente. Y acababa de llegar, no quería seguirle llamando la atención delante de todos.
-Rose… Si quieres ve a dar una vuelta –le propuse.
-Estaba agrio el puma, parece –dijo Jasper, riendo algo tenso.
Rosalie no soportó la broma de su hermano, y se puso de pie con violencia.
-¡Son todos unos patéticos y me dan pena! –Gritó.
Emmett intentó calmarla, sin éxito, y Alice hizo una mueca.
-Rose, no… -le rogó. Vi que miraba a mi esposa y me giré hacia ella, preocupado. Había comenzado a llorar, por lo que le apreté la mano.
Y, como si ya no estuviera suficientemente estresado, mi primogénito escogió ese momento para explotar también.
-¿Sabes Carlisle? –me dijo-. Creo que debiste haber seguido tu instinto cuando esta te lo pidió.
"¡Cállate Edward!" le ordené en mi mente, demasiado tarde. El tener acceso a mis pensamientos no le daba ningún derecho a revelárselos al resto. Yo había tenido un momento de duda, cuando Rosalie me había pedido que acabara con su vida, pero sólo había sido eso: una duda. Un instante en el que me había detenido a considerar la posibilidad de que mi hija pudiera tener razón. ¿Cómo se le podía ocurrir contárselo a todos?
-¡Edward! –Lo reté, en voz alta.
-¿De qué estás hablando? –Se inquietó Rosalie.
Alice, previendo una tragedia, intentó taparle la boca a su hermano el tiempo suficiente para que reflexionara. Hubiera podido funcionar, si no fuera porque mi Rose era peleadora y no le gustaba dar su brazo a torcer.
-No, no, no, no, no –insistió, enojada-. Ya lanzaste la granada, ahora recoge los escombros –le ordenó, desafiante.
-No quise decir nada, Rose -mintió Edward, bajando la vista, arrepentido.
Intenté salvar la situación enviándolo a cazar, pero no funcionó. Al final, terminaron la mitad de mis hijos peleando, gruñéndose, y hasta mordiéndose. Edward terminó contándoles que yo había considerado la posibilidad de matar a Rosalie. Me quise morir. Edward también. Se puso a llorar en forma descontrolada, arrepentido.
Mi pobre esposa terminó enviándolos a todos de paseo, y nos quedamos los dos solos con Rosalie.
-¿Es verdad que consideraste la posibilidad de matarme? –Me preguntó mi hija, volviéndose hacia mí, cuando oímos alejarse el vehículo.
-Hija –murmuré, triste-. Fue sólo un instante de duda, en serio.
-¿Por qué no lo hiciste? –Me preguntó.
-Porque te amo –le expliqué, acercándome. No retrocedió, y continué-: Siempre supe que la pena se te terminaría pasando, y que podrías ser muy feliz con nosotros.
-¡No soy muy feliz! –Me grito, enojada-. ¿Y cómo es eso que matarás al bebé dentro de diez años?
-Tuve que decirle eso para que se calmara, en una crisis –le expliqué-. Necesitaba ganar tiempo. No lo haré.
-¿Le mentiste? –Me preguntó con frialdad.
-Sí hija. Tuve que hacerlo –admití.
-¿Me has mentido a mí también? –Preguntó.
-Les he mentido a todos, en más de una ocasión –confesé-. Aunque sea un vampiro, y aunque sea el líder, también soy humano. O lo fui.
Asintió.
-Todos mentimos, hija –intervino Esme, acercándose y haciéndole cariño en el pelo. Rosalie no sólo no la rechazó, sino que cerró los ojos e inclinó la cabeza.
-A veces es necesario, hija –insistí.
-Eres un egoísta, Carlisle –murmuró con los ojos cerrados, luego de unos segundos-. No te importa que algunos de nosotros no queramos esta vida. Te niegas a matarnos sólo porque tú quieres tener hijos.
-Sé que en realidad lo que desean no es morir –le expliqué-. A veces la vida no es cómo ustedes desearían que fuera, y eso los frustra, pero no por eso voy a ceder a un capricho del momento y matarlos.
-No es un capricho del momento –dijo ella, abriendo los ojos y mirándome enojada-. Te lo he pedido por años.
-Ahora tienes a Emmett hija –le recordé-. Es tu esposo, y se aman. ¿Entiendes cuanto sufriría él, y todos nosotros, si murieras?
Se quedó callada, por lo que insistí.
-Eres feliz la mayor parte del tiempo, hija. Yo te he observado por años. A veces te enojas, pero luego se te pasa y se te olvida que horas antes querías morirte.
-Cuando te sientas triste sólo tienes que acercarte a tu familia –le explicó mi esposa, dejando de pasarle la mano por el pelo y abrazándola-. Puedes hablar con nosotros, siempre que quieras, y luego te sentirás mejor y la pena terminará pasando. La vida de un vampiro no es ideal, pero tiene ventajas, como una familia que siempre estará ahí.
Rosalie seguía muda, pero noté que se había puesto a tiritar en los brazos de Esme. Me acerqué, y le di un beso en la cabeza.
-Yo nunca te mataré, hija –le aseguré-. Ni a ti ni a tus hermanos. Sé que resulta chocante conocer a Daniela, y estoy consciente de que a primera vista parece una niña. Pero debes confiar en nosotros: hoy habría cumplido quince años. Aunque se vea como se ve, y a veces se comporte en forma algo ingenua, no es una niña inmortal fuera de control. No representa un peligro para nosotros, y no tiene por qué morir.
-Pero, aunque no lo sea –replicó mi hija, soltándose con delicadeza del abrazo de su madre-, tú mismo admitiste que está triste. ¿No sería mejor darle el golpe de gracia y dejarla descansar?
-Está triste ahora, porque se tiene que adaptar a una familia nueva –le expliqué, con paciencia-. Pero terminará acostumbrándose a todos nosotros y de a poco se le va a ir pasando la pena.
-Sigo creyendo que sería más humanitario matarla –insistió Rosalie, testaruda. Sonreí, y me frunció el ceño.
-Daniela me recuerda mucho a ti –le dije, pasándole un dedo por la mejilla-. Ambas son muy porfiadas por ejemplo.
-¡No nos parecemos en nada! –Se defendió Rosalie, ofendida, quitando mi mano de su cara de un manotazo-. ¡Ella es horrenda!
-No me refería a su apariencia, hija –le expliqué, enojado-. Sé que eres la más linda de la familia. Pero en carácter se parecen. Cuando hayas pasado tiempo con ella estoy segura de que ambas llegarán a quererse –le aseguré.
-No pienso encariñarme –respondió Rosalie, negando con la cabeza-. Da lo mismo lo que digas, es una niña y los Vulturis terminarán enterándose y matándola. ¿Qué crees que dirían esos tres si entraran en este momento por esa puerta y la vieran? –Me desafió.
-Dirían "Qué casa más fea, Carlisle, cuán bajo has caído" –le dije imitando la voz arrastrada de Aro- y preguntarían desde cuando nos gustan los globos con forma de corazón –me burlé.
-¡No me tomes el pelo, Carlisle! –Espetó mi hija, enojada-. ¡Sabes que me refiero a qué dirían de Daniela!
Suspiré.
-Al verla por primera vez creerían que es una niña inmortal –reconocí, a regañadientes, ya que era obvio-. Pero les diría la verdad, que tiene edad para controlarse, y que su apariencia de niñita es sólo un aspecto de ella.
Rosalie me miró con una ceja levantada, y continué.
-Aro me tocaría, y vería en mi mente que estoy siendo honesto con él –la tranquilicé.
-¿Y estás seguro de que es tan controlada? –Preguntó Rosalie, metiendo el dedo en la llaga-. Si la pusieras frente a un humano, ¿podría esperar a que le dijeras "puedes beber" sin atacarlo?
Esme y yo nos miramos, algo avergonzados.
-No lo sabemos –reconocí-. Pero se irá acostumbrando de a poco, como todos ustedes, al olor de los humanos. Aprenderá a controlarse –prometí.
-¿Y cómo planeas acostumbrarla? –Me preguntó burlona-. ¿No se supone que es buscada por la policía? ¿A qué humanos piensas arriesgar para acostumbrarla?
-Esperaremos estar lejos de aquí –le expliqué-. Cuando ya nadie la busque, y no haya nadie cerca que la pueda reconocer, la iremos exponiendo a olores hasta que se vaya acostumbrando.
-¿Y si los Vulturis vinieran mañana? –Me desafió.
-No tienen por qué venir –le expliqué.
-Tú dijiste que Alice había visto a la policía en una visión, persiguiendo mi jeep –insistió-. Si la policía se ve involucrada en asuntos nuestros los Vulturis van a intervenir.
-No era una visión clara –expliqué, sin entrar en detalles.
-¿Qué es lo que no me quieres decir, Carlisle? –Preguntó enojada.
-Sabemos que Daniela planea algo –admití-. Y sabemos que, hasta ahora, eso podría provocar que la policía persiga el jeep.
-¿Y, aun sabiendo que planea traicionarnos, vas a dejarla vivir? –Preguntó Rosalie, con frialdad.
-Vamos a cambiar ese futuro –le prometí.
-¿Vendiendo mi jeep? –Se burló.
-Sí –reconocí-, y mostrándole a Daniela cuánto la queremos para que desista de traicionarnos, y vigilándola bien para no darle oportunidad de hacerlo mientras tanto.
Rosalie asintió.
-Ok. En todo caso, si todo sale mal, al menos los Vulturis me matarán –dijo con sarcasmo-. Así que les seguiré la corriente, y cuando nos tengan en fila para arrancarnos la cabeza mis últimas palabras serán "Te lo dije Carlisle".
-Tienes que ser más optimista, hija –la reprendió Esme con suavidad.
-Estoy siendo optimista, mamá –le contestó, burlona.
-Todo estará bien –le aseguré-. Por favor confía en nosotros.
-No confío, pero les seguiré la corriente –me dijo con diplomacia-. Pero te pido algo a cambio: déjame quedarme el coche.
-No hija –le dije, con determinación-. El jeep se tiene que ir.
-Entonces déjame comprar otro –insistió.
-No. Mientras estemos en esta localidad quiero que permanezcamos juntos, sin llamar la atención de la población. Ya sabes que aquí los escolares no conducen.
-¡Emmett y yo ya salimos de cuarto medio en diciembre! –Se defendió-. ¡Cumplimos con nuestra parte de la farsa! ¡No me puedes tener aquí encerrada todo el tiempo sin siquiera poder ir a pasear!
-Puedes salir a caminar –le expliqué.
-¿Y si quiero ir a comprar algo? ¿Quieres que llegue corriendo al pueblo? ¿Qué crees que dirán nuestros vecinos si me ven llegar trotando?
Gruñí. ¿Me estaba amenazando?
-¡No harás nada que llame la atención de los humanos! –Le ordené.
-¡Entonces déjame conservar mi auto! ¡Ya tengo licencia! –Me gritó.
-¡Alice vio que la policía perseguiría ese coche! –Insistí.
-¡Tú prometiste que cambiarías ese futuro! –Me recordó.
Me quedé callado. Supuse que, si comprábamos otro auto, la visión de Alice simplemente mostraría a la policía persiguiendo ese otro auto. Sería lo mismo.
-Ok –concedí, a regañadientes-. Puedes conservar el jeep. Pero quiero que de verdad cambies tu actitud y dejes de pelear con todo el mundo. ¿Está bien? Si te vuelves a portar como hoy no sólo te lo voy a quitar, sino que lo destruiré.
-¡No te atrevas a ponerle un dedo encima a mi auto! –Me gritó.
Le tomé una oreja, y aunque no se la tiré conseguí que cambiara de actitud.
-Lo siento papá –dijo de inmediato-. Mantendré mi boca cerrada, lo prometo.
-Eso espero –le dije, soltándola-. Educada y obediente. Y puedes partir limpiando el barro del piso, porque entraste sin quitarte los zapatos y tu madre no tiene por qué ir limpiando detrás de ti.
-Lo siento Esme –se disculpó-. No lo hice a propósito, ni siquiera me acordé cuando llegamos.
-Eso imaginé, hija –le respondió Esme, con toda calma.
-.-
Rosalie limpió minuciosamente todo el piso, y lo dejó como a su madre le gustaba. Listo para la foto.
Mientras tanto, Esme ordenó la sala y llevó los regalos de Daniela a su cuarto. La seguí.
-No le gustó nuestro regalo –murmuró triste, mientras dejaba todo en su armario, casi vacío.
-Me tiraste a los leones -me burlé, recordando la apertura de regalos-. Todo resultó ser culpa del malvado de papá.
-Lo siento –reconoció mi esposa.
-Sólo te perdonaré con una condición –le dije, atrapándola por la cintura y dejándola adivinar. Sonrió.
-¡Estaré revisando el auto! –Nos gritó nuestra hija, y salió de la casa a la lluvia.
-Es muy amable de su parte dejarnos solos –murmuró mi esposa, contenta.
-Quiere hacernos la pata –me burlé.
La tomé en brazos y me la llevé a nuestro cuarto, deseoso de olvidarme por un rato del drama del día.
-.-
Llevábamos un buen tiempo en un grato silencio, relajándonos luego de la pasión, cuando oímos la puerta de entrada. Como no habíamos sentido regresar el todoterreno, sólo podía ser Rosalie. La escuchamos entrar sin zapatos a la casa, y pasó delante de nuestra puerta en dirección a su cuarto. La oímos guardar cosas arriba, bajar a la logia (presumiblemente a dejar ropa sucia), subir nuevamente a su cuarto, y entrar a los cuartos de sus hermanos.
Miré a mi esposa, intrigado.
-Les tiene que haber traído algo del viaje –explicó-. Y se los debe haber dejado en sus cuartos.
-No la oí entrar al cuarto de Daniela… -Me quejé.
-Dale tiempo, amor –me dijo mi esposa, con calma-. La terminará aceptando igual que los demás.
-Supongo –reconocí.
Rosalie volvió a bajar, y se detuvo frente a nuestra puerta. Nos miramos con mi esposa, y nos vestimos en dos segundos.
-¿Ya puedo entrar? –Preguntó Rosalie, cuando nos oyó acabar.
-Sí hija, pasa –le respondió mi esposa.
Rosalie entró, y traía un par de libros. Se había cambiado nuevamente de ropa, y llevaba unos pantalones y una chaqueta que apestaban a cuero. Al parecer, había estado de compras durante su viaje.
-Les compré libros, aunque sé que si tenemos que escapar de Chile no los podremos llevar con nosotros –murmuró.
Me había traído un libro con historias coloniales de la conquista, y supuse que pasaría un buen rato leyéndolo.
-Ya te lo has leído todo –continuó, levantando ligeramente los hombros en señal de disculpa-. Al menos este nunca te lo he visto, y sé que te gusta la historia.
-Muchas gracias hija, lo leeré con gusto –le dije, contento, dándole un beso en la frente -. Y tenemos una casilla en nuestro país -le recordé-. Si quieres me lo puedo enviar a mí mismo por correo, cuando lo termine, para guardarlo con los demás cuando volvamos al norte –propuse, y ella asintió contenta.
A Esme le había traído uno de diseño de interiores, que mi esposa agradeció con entusiasmo, diciendo que cuando lo hubiera terminado también lo enviaría junto con el mío.
Rosalie se veía algo decaída, así que la atrapé y la dejé en nuestra cama. Esme se entusiasmó de inmediato, y nos tendimos con ella para regalonearla. Rara vez podíamos hacer eso con nuestra hija mayor, y se notaba que lo necesitaba ya que no intentó escapar.
-.-
Los niños llegaron por la mañana, suficientemente atrasados como para que no pudieran ir a la escuela. Muy de Alice.
Llamé a mi trabajo y me excusé, aludiendo problemas familiares. Al ver en qué estado seguía Edward luego de haberle contado a Rosalie mi secreto, tuve que admitir que no era una excusa. Necesitaba hacerlo reaccionar. Estaba completamente destrozado y replegado en sí mismo.
Como de todos modos necesitaba poner combustible en el coche y rellenar los contenedores de emergencia, aproveché de llevarme a Edward Y Rosalie conmigo para que hicieran las paces. Ambos se encaminaron al asiento del copiloto, y se detuvieron a medio camino al darse cuenta de que ambos querían viajar ahí.
-Se van los dos atrás –les ordené, antes de que se pudieran poner a pelear. Aunque, por la cara de Edward, dudaba que lo hubiera hecho.
-No, Rosalie puede ir contigo papá –murmuró él-. Lo siento Rose.
-Bien dicho, hermanito –murmuró ella, haciéndolo a un lado y reclamando el puesto de copiloto.
Cerré los ojos, y conté hasta diez. Cuando los abrí, ambos me miraban, inquietos, aunque Edward seguía amargado, tiritando un segundo sí un segundo no. Me saqué las llaves del bolsillo y se las fui a pasar a mi hija.
-Conduce tú, hija –le ordené-. Edward se sentará contigo adelante, y yo me relajaré atrás mirando el paisaje.
Edward dejó de tiritar, y me miró extrañado. Rosalie lo sacó de su estupor agarrándolo del cuello del sweater y empujándolo dentro del auto.
-Ya oíste a papá –le ordenó, con voz mandona-. ¡Adentro!
-¡Suéltame! –Se defendió Edward, pero entró y se sentó.
Esperaba que se relajaran y decidieran hacer las paces, pero Edward se dedicó a mirar para afuera por su ventana y su hermana también lo estaba ignorando. Me sentí muy cansado.
-.-
Cuando llegamos a la estación de servicio ambos se quedaron dentro del auto, esperando. Rosalie claramente quería seguir conduciendo ella, y Edward se hallaba con la moral demasiado baja como para tomar la iniciativa de moverse sin que se lo ordenaran.
Cuando acabé el trámite, les ordené a los dos que se sentaran atrás. Rosalie me dirigió una mirada envenenada, pero obedeció.
Cuando puse el motor en marcha, prendí la radio y busqué la emisora que estuviera pasando la música más desagradable posible. No había mucho donde escoger, y chicharreaban, pero encontré una espantosa y subí el volumen al máximo.
-¡Apaga eso papá! –Me gritó Edward, tapándose los oídos.
Rosalie se estiró para apagarla ella misma, pero alejé su mano de un manotazo.
-La apagaré cuando me convenzan de cuánto se quieren –Los desafié.
Los vi fruncir el ceño, por el retrovisor, y sonreí. El ruido era espantoso, pero valdría la pena soportarlo si conseguía que se pusieran en la buena.
-¡Perdóname Rosalie! –Le gritó Edward.
-¡Ok! –Le gritó ella.
Me miraron.
-¡No me han convencido! –Me burlé.
Los vi ponerme los ojos en blanco, por el retrovisor, pero sólo les dirigí una sonrisa.
-Te quiero mucho, hermana –confesó Edward. Parecía sincero.
-Yo también te quiero –reconoció Rosalie, a regañadientes, y le dio un beso en la coronilla aprovechando que era más alta que él.
Me volvieron a mirar por el retrovisor, pero negué con la cabeza.
-¡Pueden hacerlo mejor que eso! -Insistí riendo.
-¿Me quieres obligar a abrazarlo? –Se quejó Rosalie, disgustada.
Me encogí de hombros. A ellos de improvisar y convencerme. Y esperaba que lo hicieran rápido, ya que el ruido era infernal y detestaba comunicarme a gritos.
Se abrazaron, reticentes al principio, pero pude ver que luego de unos segundos Edward se puso a llorar y Rosalie le pasó la mano por la espalda. Le murmuró al oído, tan bajito que a pesar de mi oído de vampiro no pude oír por culpa del ruido.
Luego de varios minutos Edward dejó de tiritar y se separó de su hermana. Le sonrió, y ella le sonrió de vuelta. No me miraron, pero ella le pasó una mano por el hombro, lo acercó a ella y lo volvió a besar en la cabeza.
Esperé un par de segundos, y apagué la radio. Ambos sonrieron, burlones.
-Lo convencimos, hermanito –se burló Rosalie-. Tendrás que lavarme el auto.
-Lo haré con gusto –respondió Edward, riendo.
-¿Me engañaron? –Pregunté, fingiendo enojo y alargando la mano para prender la radio nuevamente. Era un farol, ya que se notaba que ya se habían perdonado en forma sincera.
-No papá –Me dijo Rosalie-. Era broma.
-Lo sé… -La tranquilicé. Les sonreí a ambos por el retrovisor y agregué-: Tengo una idea, pero necesito que sepan guardar un secreto.
-Con Alice no existen los secretos –me recordó Edward.
Me dieron ganas de responderle "contigo tampoco", pero me mordí la lengua. De todas formas él alcanzó a captar mi pensamiento y me miró con cara de disculpa.
-Lo siento Carlisle –murmuró.
-Está bien, hijo –le dije.
-Y me encanta tu idea –agregó contento, ya que ya había visto lo que tenía en mente.
-¿Me van a decir o voy a tener que adivinar? –Preguntó mi hija, molesta.
-Más al norte, en la décima región, hay una reserva nacional en la que entiendo que hay tropillas de jabalíes –expliqué-. Y, a pesar de que en teoría no podemos cazar en las reservas, sé que es legal cazar los jabalíes todo el año ya que es una especie introducida involuntariamente y se considera dañina.
-Ok… -Accedió Rosalie-. Supongo que ahora que volví tendré que resignarme a los lobos marinos, las ovejas y los cerdos. Aprovecharé de hartarme con los jabalíes, que son bastante mejores.
-Nos tardaremos varias horas en ir y volver –reconocí-, y espero que no le cuenten a los demás adonde fuimos ya que todos querrían venir y queda demasiado lejos como para estar viniendo todo el tiempo.
-A Alice no le va a gustar que no la hayamos invitado –alegó Edward.
-Ella entenderá –les aseguré.
-.-
Fue un viaje agradable, y yo mismo disfruté enormemente la variación en la dieta. Si no fuera porque donde vivíamos estaba nublado más seguido, hubiera preferido emigrar más al norte donde había una fauna mayor un poco más abundante.
Rosalie y Edward ya se habían perdonado, y fue en un ambiente de sana camaradería que cazamos y paseamos.
Cuando volvimos a casa, Alice me dirigió una mirada enojada. Pero no comentó nada.
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Pasada esa crisis, por suerte, toda la familia se calmó. Hasta Daniela cambió luego de su cumpleaños, y se mostraba mucho más seria y diplomática. Al principio, cuando noté su cambio, me preocupé. Consulté con Edward, pero me dijo que no la había encontrado pensando nada raro, y que incluso la había dejado de pillar recordando a su familia.
Esme también me reportó que en las horas que pasaba con ella se estaba portando mucho mejor, que nunca decía palabrotas, y que cuando jugaban, pintaban o veían televisión era cordial y educada. Incluso Emmett y Rosalie se estaban llevando bien con ella.
Me relajé, y pasó el tiempo.
A mediados de noviembre, un fin de semana, Alice me había comunicado, preocupada, que la visión se había hecho más nítida pero que todavía no había nada concreto. Supusimos que faltaban más decisiones por tomar, pero ignorábamos completamente qué estaba ocurriendo y qué es lo que había cambiado. Decidimos comenzar a observar a Daniela con todavía más ahínco, sin resultados. Seguía comportándose como siempre, seguía pensando las mismas cosas de siempre. Me frustré, pero no había nada que pudiera hacer aparte de permanecer vigilante.
Un par de semanas después, el fatídico martes 25 de noviembre, la temida visión de Alice se concretó en forma trágica.
Mis hijos llegaron a mi trabajo corriendo, poco después de que yo mismo los dejara en la escuela, y tuve que excusarme aludiendo a una emergencia familiar. Nunca volvería.
Ya en el auto, me explicaron que Daniela había conseguido llamar la atención de su hermana, que la niña había comprendido que nuestra familia estaba tras la desaparición, y que había alertado a la policía. Ya no había nada que hacer: dos vehículos policiales estaban camino a nuestra casa, por lo que no podríamos llegar antes que ellos sin adelantarlos. Sólo quedaba conducir a la costa para reunirnos ahí con el resto de la familia y escapar. Y, como tampoco podíamos usar nuestro desvío a los lobos sin adelantar a la policía, deberíamos improvisar. Alice me ordenó dejar conducir a Jasper, y le hice caso, asustado.
Jasper comenzó a conducir siguiendo las indicaciones de su esposa, y yo tomé el celular para llamar a Esme. Debía explicarle sin tardar la situación y pedirle que fuera a pie a los lobos, para no cumplir la visión de Alice, pero ésta me detuvo.
-¡Sería peor que fueran a pie, papá! –Me explicó, desesperada-. Debemos destrozar y hundir ese coche. ¡No pueden identificarlo! Si la policía lo encuentra en la casa llegarán a los datos falsos que Rosalie dio en Argentina, a la tarjeta de crédito que usó, y comenzarán a investigar.
Accedí, resignado. Llamé a Esme y le pedí, como me había indicado mi hija, que tomara el coche y se fueran a reunir con nosotros a los lobos.
Salimos del pueblo por otro camino. Cuando éste acabó, terminamos haciéndole el quite a unos árboles hasta que llegamos a una zona de la costa que no se veía desde la caleta del pueblo.
-No podríamos llegar más allá –dijo Alice-. Debemos hundir el auto aquí y correr a los lobos.
Alice aprovechó de llamar ella misma a su hermana y a Emmett y les dijo que corrieran al punto de encuentro. Mientras lo hacía, Jasper me mostró su mochila antes de hacerla pedazos para hundirla con el coche. Me quise morir al ver el pescado. Daniela había planeado todo ese tiempo dibujar algo que su hermanita asociara con ella en la mochila de uno de sus hermanos. Esperó por meses hasta que pudo hacerlo, y lo hizo. Dentro de lo angustiado que me encontraba, tuve que admirar su tenacidad y su paciencia.
Una vez el vehículo hundido, corrimos con lo puesto a los lobos. Rosalie y Emmett se nos unieron a los pocos minutos. Pudimos oír, a lo lejos, las sirenas y el jeep. Me inquieté. Supuse que sería inevitable que la policía terminara persiguiéndolas, y decidí que prefería que encontraran el jeep vacío a que lo acorralaran con mi esposa y mi hija adentro. Llamé a Esme para decírselo. El grito de Alice no llegó a tiempo. Para cuando vio lo que ocurriría mi esposa ya había contestado mi llamada y había volcado el coche en un bache. Me maldije, por haber provocado el accidente. Si le hubiera hecho caso a mi hija clarividente habría evitado esa tragedia.
A pesar de los gritos de mis hijos corrí hacia el accidente, pero no alcancé a llegar. Vi a mi esposa y a Daniela corriendo hacia la costa, juntas, y sentí un gran alivio. ¡Mi hijita venía corriendo voluntariamente junto a Esme! Dejaban el coche atrás, pero eso no importaba tanto. Que la policía averiguara lo que quisiera, ya resolveríamos eso más tarde. Lo importante era que todos conseguiríamos huir juntos y estaríamos bien.
La explosión del jeep me sacó de mi momento de alivio. Vi, horrorizado, que se habían detenido y que Daniela corría de vuelta al vehículo en llamas. Comprendí lo que pensaba hacer, y fui tras ellas.
Vi a mi esposa detenerse, y me extrañó. Distinguí a la policía y comprendí. No quería llamar la atención de la policía sobre ellas. Llamaba a Daniela, rogándole que regresara, y lo pude oír a pesar del viento en mi espalda. Seguí corriendo hacia ella, gritándole también a Daniela que regresara. No nos hizo caso, pero cuando llegó junto a las llamas la vi dudar. Nos estaba mirando, y nos gritó que la perdonáramos. Creí que moriría, y le rogué a Dios que no la dejara meterse al auto. Vi, como en una pesadilla, que lo hizo. Daniela se había metido a un auto en llamas. No podía creerlo. ¿No tenía instinto?
Cuando alcancé a mi esposa estaba muda, y miraba la escena con horror. Me sumé. No había nada que hacer, nuestra hijita se estaba quemando. No podía creerlo. No quería creerlo. Eso no podía estar pasando.
Vi cómo los policías sacaban el extintor de su patrulla e intentaban en vano apagar el incendio. Desee ayudarlos, pero sabía que no serviría de nada. No había forma de Salvar a Daniela.
Sentí los pasos de mis hijos acercarse, y no conseguí moverme. Sabía que debía, pero no fui capaz. Cuando Emmett me agarró y me llevó no me debatí. Sentí como llevaban a mi amada también, pero ella no quería que la llevaran. Tiritaba en silencio y se debatía.
Intenté ayudarla, pero Emmett no me dejó. Me arrastró rumbo a las rocas con decisión, y lo pude entender.
Nadamos. Al cabo de unas horas me resigné a hacerlo por mí mismo, y Emmett me soltó. Fui a tomar a mi esposa, quien continuaba siendo arrastrada por Rosalie y Bella.
Nos detuvimos, bajo el agua, y la abracé. Tiritamos juntos mucho tiempo, y nuestros hijos se nos fueron uniendo, rodeándonos en su abrazo y tiritando en silencio con nosotros.
-.-
Ahora que han pasado varios años, puedo dar fe que la muerte de un hijo no se supera con el tiempo. Nunca había llegado a comprenderlo realmente cuando Esme me había expresado lo que había sentido, siendo humana, con la muerte de su bebé. Ahora lo entendía. Uno aprende a seguir actuando normalmente, aunque por dentro siga llorando.
El hecho de que Daniela hubiera escogido su final no me aportaba gran consuelo. No sabía si estaría en el cielo, en el infierno, o en el purgatorio. Ni siquiera estaba seguro de que esos lugares existieran.
La culpa me invadía, como un péndulo, periódicamente. Lamentaba muchas de las decisiones que había tomado. Volvía una y otra vez sobre todo lo que había ocurrido ese año, y no podía evitar pensar en todo lo que hubiera podido hacer de forma diferente. ¿Por qué no vendí el coche? ¿Por qué había tenido que llamar a mi esposa? ¿Por qué, simplemente, no había escuchado a Alice y había sacado a mi familia de ese país mientras aún podía?
Mis hijos volvieron también a la rutina. Seguimos nuestras vidas, mi esposa y yo, por ellos, porque a pesar de la pena los seguíamos amando.
-.-.-
FINAL N°1 (pdv Carlisle)
