X. Paranoico
El martes por la tarde, tras tres horas de estudio intensivo de Historia de la Magia, Sirius declaró que ya no podía con más altercados entre duendes, magos, gigantes y demás puñeteros seres mágicos y que se iba a las cocinas a por unas cuantas cervezas de mantequilla antes de perder la poca cordura que le quedaba.
Antes de que alcanzara a salir del dormitorio, Remus se unió a él.
—Si te dejo ir solo, no te volvemos a ver el pelo hasta la noche.
—Tu desconfianza me hiere en lo más profundo de mi corazón, Lunático —aseguró su amigo, haciendo un gesto dramático y colocando una mano a la altura del corazón.
—Muévete, majadero.
Caminaron en un cómodo silencio hasta el cuadro y, una vez dentro de la cocina, los elfos domésticos se desvivieron por que les aceptaran una bandeja de dulces además de las cervezas de mantequilla.
—¿Sabes? —dijo el animago durante su caminata de regreso al dormitorio, Sirius cargando con las cervezas y Remus con la bandeja—. Llegué a ponerme verdaderamente paranoico cuando dejaste de hablarme.
—Canuto, tú estás paranoico todo el tiempo.
—Sí, bueno, quizás, pero me refiero a más paranoico de lo normal. ¿Te puedes creer que incluso llegue a pensar que yo te gustaba y por eso me esquivabas? —se río de su propia ocurrencia—. Al final te voy a tener que dar la razón en lo de que me lo tengo muy creído, ¿no? Pero... ¿Lunático? —preguntó, confuso, notando que en algún punto del camino se había quedado solo.
Giró y se encontró a su amigo parado un par de metros atrás.
—¿Pasa algo? —le preguntó, acercándose a él—. ¿Remus?
—N-no es nada, menudas tonterías se te ocurren. Volvamos a la torre —sugirió, empezando a caminar de nuevo.
Sirius lo siguió en silencio, pero no pudo dejar de notar que su amigo estaba sonrojado. Y eso solo podía significar una cosa.
Continuará...
