REDEMPTIO

X


"Now I have neither happiness nor unhappiness.

Everything passes.

That is the one and only thing that I have thought resembled a truth in the society of human beings where I have dwelled up to now as in a burning hell.

Everything passes."

Osamu Dazai, No Longer Human


Querido X:

Espero todo vaya de maravilla para ti. Especialmente, que la cita que tuviste haya resultado perfecta.

Te lo diré con sinceridad, al igual que muchas de tus fans, me siento especialmente protectora contigo: quisiera que la vida jamás te resultase dolorosa, que jamás tuvieses problemas o, incluso, para que jamás recibieses golpes, los tomaría yo por ti, con el fin de que tú no tuvieses que pasar por ningún momento que te desgarre en muchos pedazos imposibles de juntar.

¿Estoy siendo ingenua o exagerada? Lo sé… puedo tender a serlo, lo que sucede es que cuando quiero a alguien, lo hago con el corazón: incondicional e irrevocablemente. A veces soy un todo o nada… y al igual que a ti, también quisiera poder proteger a todas las personas a las que quiero, aunque no sean muchas, aunque en realidad no pueda hacer mucho. Lo daría todo por ustedes, tomaría todo lo malo para que no les pasase a ustedes (ni a ti, ni a mi padre, ni a mi madre —por más loca que a veces se ponga—, incluso ni al señor Petrovsky ni a su hijo, al que no conozco, pero de quien sólo he escuchado cosas entretenidas). Sin embargo, papá me dijo, en un momento en el que sospechó de mis intenciones, que lo que quería hacer no sólo era imposible sino inservible: que era el sufrimiento lo que nos iguala a todos como seres humanos. Nos disminuye: las campanas doblan por todos. Es lo único que no podemos evitar en esta vida. Por eso resulta totalmente estúpido desearle a alguien cualquier tipo de dolor, no importa si es en forma de su merecido, o de lo que la gente malentiende como karma. Al desear dañar a alguien, sólo te dañas a ti. Por lo que pretender tomar el sufrimiento de alguien sería como pretender tomar su humanidad misma.

Así que no puedo hacer nada para evitar que termines decepcionado, sin embargo, estoy tranquila. No dudo de la persona con la que has decidido compartir tu vida, sino que puedo ver en sus ojos un amor sincero que es correspondido por el que tú le ofreces. Tu prosperidad me da paz. Mas en caso de que no funcione como tú lo quieres, no te agobies: habrás formado entonces una amistad… y si de eso puedo tener una experiencia, te diré que un amigo es lo más maravilloso que te puede pasar en el universo entero. Palabra de tu fangirl.

En fin, espero también encontrar, algún día, una prosperidad como la que tú vives ahora. Suena demasiado lejano. Mientras tanto, me animaré siguiendo tu carrera.

Au revoir,

._._._._. N.


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—Y recuerda bien siempre esto, hija de mi corazón: aquí en mi escritorio, en el segundo cajón del lado izquierdo, oculto bajo un montón de fotocopias, podrás encontrar este tesoro. La voz solemne de Nikiforov cobijó a una ._._._._. de cuatro años que sin dudarlo se acomodó mejor en su regazo para poder asomarse al mencionado escondite.

—Este es mi secreto. Y ahora lo comparto contigo: con nadie más que contigo. No lo olvides: porque cuando te traiga conmigo a San Petersburgo, el tesoro te estará esperando en el mismo lugar.

Sus ojitos de inmediato se iluminaron y asintió con total felicidad. Era una niña demasiado leal a su padre, todavía sin heridas en su alma que le impidiesen entregarse a un amor incondicional—. No tienes que preocuparte, papito, jamás le diré a nadie tu secreto.

—Nuestro secreto. —Corrigió el hombre mayor y su hija lo llenó de besos y mimos

—¡Sí! —La euforia de la menor era evidente.

—Vale, vale, vamos a probarlo, mi pequeña estrellita. —Ella asintió y, sin más, él desenvolvió un paquete de seda que reveló una simple tableta de chocolate de cien gramos. Era una barra Alenka. Le quitó el empaque de papel con aluminio y la partió en dos, dándole a la niña el pedazo más grande.

Mas lo que la pequeña no sabía era que el secreto en sí conllevaba una analogía respecto a la vida del hombre. Su chocolate favorito, oculto tras una pila de pretensiones, en realidad no era sino demasiado común, demasiado barato, demasiado simple: mas no por eso menos maravilloso, menos rico a su propio modo, pero no ante los ojos de los demás. El aparentar algo que no era había llevado a Nikiforov no sólo a ser alguien que no hubiese querido ser, sino a ser alguien que había terminado lastimando a lo que más quería. Pero ._._._._., así como la bebé del empaque que en su tiempo la habían creído bastarda de Stalin, lo aceptaba a él como al chocolate de pobres, sin ambicionar más, sin exigir más: su devoción era pura.

Y en eso se diferenciaba ._._._._. de sus dos mujeres y de Viktor. Por eso la preferiría a ella siempre, y por eso también estaría dispuesto a contarle más secretos. Nadie más que ella lo podría entender ni aceptar del mismo modo.

Hasta su último respiro.

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A la mañana siguiente, Viktor tuvo que disolver tres aspirinas en un vaso de agua gigante. Su cabeza le taladraba, mas en ningún momento se le ocurrió pensar que quizá se trataba de su conciencia queriéndole decir algo. Mientras el ácido acetilsalicílico formaba una espuma en el mar transparente, el ruso lo bebió de golpe, no pudiendo esperar más y quedando con un desagradable sabor de boca.

Frente a él, su mejor amigo, Christophe, no paraba de hacer conversación de mesa con una excesiva energía mañanera que le pareció espeluznante y por demás extraña: ¡¿cómo rayos podía estar tan bien y verse tan bien si su café apenas se estaba filtrando?! Sin intentar responderle, se acomodó el flequillo y acarició sus sienes con movimientos circulares. Recostado sobre sus pies, Makkachin lo miraba entre desinteresado y resentido todavía por haber sido echado de su apartamento.

El ruso no pudo evitar preguntarse qué había hecho mal para merecer tanto infortunio. Lo cierto era que él había invitado a Chris a pasar unos días en San Petersburgo… pero eso había sido meses atrás, antes de que todo se fuese a la fregada. Para como estaban las cosas, el pobre no podría haber llegado en un peor momento.

—Y así fue como convencí a Masumi de quedarse a cuidar a nuestro bebé y a Josef de dejarme venir a tan sólo un mes de la Rostelecom: ¡insistiendo en que peregrinaría en búsqueda de tus míticos consejos!

Viktor deseó haberse tomado otra aspirina con la misma fuerza que deseó que Chris se hubiese quedado en Suiza con su gato, su novio y su entrenador. Inhaló tratando de encontrar esa maldita paz interior con la que Aleksánder tanto lo jodía cuando se ponía histérico y finalmente lo miró—. Pues en realidad no sé en qué podría ayudarte: mi tiempo como coach terminó y esta temporada estaré fuera. Lo siento, pero viniste a perder tu valioso tiempo.

—¡Oh, vamos, Viktor! Deja de actuar como si no me hubieses invitado. Lo primero lo puedo solucionar con una llamada. Lo segundo… bueno, sé que estás trabajando en algo grande: solo tú eres lo suficientemente insoportable slash maravilloso para que los únicos motivos que te mantuvieron fuera dos temporadas hayan sido: volverte entrenador de la nada y preparar con un jodido año extra el programa de la temporada del siguiente. Eres increíble y ya ni siquiera sé en qué tono decirlo. ¡Y tú que decías que esta temporada regresarías y ni como couch lo hiciste!

Viktor le dedicó una mirada agria a Chris. Había algo en sus palabras que no le había hecho ninguna diversión y el suizo pareció entenderlo.

—Al menos vayamos al rink. Que ya he venido hasta acá… además practicar nos vendría de maravilla a los dos. Por lo que veo nos urge. Todos querrán aprovecharse de que estés fuera un año más. Pero yo no. Yo tengo más que claro que esta vez es por algo en verdad fuerte, tus ojos me lo dicen. Ya me contarás. Estoy seguro de que me sorprenderás.

Viktor negó. Sorprender: esa era una de sus preocupaciones, saber que cada vez se volvía más imposible hizo que decidiese adelantarse unas temporadas con la redención, ese concepto que llevaba tantos y tantos otoños atormentándolo.

No obstante, al llegar a la pista, fue algo más lo que descolocó a ambos hombres:

—Yuri se fue. —Anunció Mila solemnemente después de haberse lanzado a los brazos de Chris—. Entrenará con Lilia en Moscú. No volverá, lo veremos allá el próximo mes en la Rostelecom.

Ambos patinadores se miraron con suspicacia, era obvio que el pequeño tigre estaba tramando algo.

—¿¡Qué rayos!?

Y mientras Christophe preguntaba por Georgi y se quejaba por no ver al ruso menor, pudo detectar un rastro de resentimiento puro en contra de Viktor marcado en los preciosos ojos azules de la Babicheva. Reprimió una mueca incómoda, él bien sabía que Plisetsky no era el primer Yuri que huía de San Petersburgo.


Petrovsky se quedó contemplando la entrada de aquel viejo edificio que albergaba aquel apartamento que gran significado había tenido en décadas pasadas. No pudo evitar que un oleaje de remordimiento y de melancolía lo invadiese. Tanto había pasado y con tan poco se había quedado. Estaba solo: las otras dos almas luminosas al final se habían ido, terminando con algo con lo que debieron de haber terminado desde su inicio. Su mejor amigo y su mejor amiga: el padre de Viktor, los padres de ._._._._.. Sin embargo, la destrucción no era reversible y todo el daño que esas almas habían causado, excusándose bajo el inmenso y desquiciado amor que se tuvieron, tampoco podría ser reparado. Las segundas oportunidades no existían, su esposa muerta era una muestra de ello, sus amigos muertos eran la prueba más grande de ello. Y la niña que de bebé sostuvo en sus brazos, ahora mujer, ahora rota, ahora herida, era la consecuencia más trágica de la serie de monstruosidades que sus padres habían cometido en el efímero intento de salvarse a sí mismos. Queriendo dañar a otros, habían terminado dañando a lo más puro que ambos tenían, a su sangre, a sus entrañas. ¿Cómo entonces redimirse? Ni la crueldad de sus muertes fue suficiente para liberarlos. Probablemente el sufrimiento de sus hijos tampoco lo sería. Porque lo cierto era que no existía purgación suficiente para quienes dañan a quienes deben proteger, para quienes condenan a su linaje. Ni el desangramiento de ocho generaciones sería suficiente para reparar el daño.

Se preguntó si debería odiarlos. Pero supo que sería en vano. Odiarlos a ellos sería también odiar a ._._._._., y eso era algo que él jamás podría hacer. Más aún, odiar a aquel hombre con el que tanto compartió y a esa mujer a la que tanto llegó a querer era algo que simplemente no podía hacer, al menos no sin corromperse en el proceso.

La sonrisa tímida y la mirada penetrante de una niña feliz hicieron eco en su mente. De todos los involucrados en esa desdicha, ._._._._. era quien menos merecía el sufrimiento. Petrovsky supo que si era por ._._._._., entonces valía la pena odiar.

—¿A dónde te habrás ido, mi niña?

Y no se preguntaba por su paradero actual, sino por el que en los últimos años habría tenido. Ese era su mayor arrepentimiento, uno incluso más grande que el dolor de haber perdido a la madre de su hijo, el no haber encontrado a ._._._._. cuando más sola se había quedado, el no haber encontrado a ._._._._. cuando sus padres, a quienes tanto había querido, se habían largado de este mundo tan horroroso.


._._._._. contuvo un suspiro melancólico y esbozó una sonrisa demasiado triste. Parada frente a la vitrina del exterior de una tienda de comestibles, observó una centena chocolates Alenka apilados unos sobre otros. Ahora los había en nuevas presentaciones como bombones, caramelos, bizcochos, galletas, barquillos, tartas o cremas y con nuevos sabores como almendras, avellanas o frutos. Mas la presentación clásica siempre sería la barra de cien gramos de azúcar, cacao, leche y vainilla que encuentras en cualquier esquina, pero que escasea y que sube de precio mientras más te alejas de Moscú. Ahí, en San Petersburgo, seguía abundando, por lo que la joven no pudo sino pensar que al fin estaba en casa.

No obstante, no pudo atreverse a probar un poco de la dulzura vieja que traía en su manga ni de la nueva que se presentaba frente a ella. Su corazón estaba demasiado lastimado como para siquiera intentarlo.

—No estás aquí, papá… pero yo seguiré protegiendo tus secretos, seguiré protegiéndote, seguiré protegiéndonos.

Su mirada se aguo y deseó con todo su ser poder haber cumplido su sueño de vivir con el hombre al que tanto amó en la ciudad que tanto añoró. Era imposible. Estaba ahí: parada, sola y pobre.

Hasta su último respiro.


Después de darse una merecida ducha relajante en los vestidores y de atragantarse con dos botellones de agua helada, Viktor y Christophe caminaron por las calles del centro de San Petersburgo. Sus músculos ardían, pero se trataba de esa pesadez que sólo se aliviaba con más esfuerzo. El entrenamiento había sido satisfactorio: Giacometti había podido espiar algo de lo que los rusos hacían y Nikiforov había podido liberar, al menos un poco, la increíble tensión que lo había estado torturando el último mes debido a tan insano caos en el que se había transformado su vida. Ambos tenían una chispa de interés clavada y hubiesen querido quedarse en el rink trabajando en sus rutinas e indagando más. No lo decían, pero les escocía por dentro el preguntarse qué rayos había ido a hacer Plisetsky a Moscú: esa misma noche pondrían manos a la obra, stalkearían en las redes sociales e interrogarían a otros patinadores que, como ellos, estarían también preparándose para la venida del Grand Prix.

Todo se trataba de ganar, pensó Viktor, sin embargo, él más que nadie sabía que era más que eso, que siempre había sido más que eso. El aplauso, la fama. No era el tener una medalla dorada en las manos. Ellos sudaban, sangraban, y morían por ello. No das tu vida a cambio de tener un metal frío en las manos. Siempre se trataba de algo más, de mucho más. De un abuelo enfermo, de superar una ansiedad crónica, de ser un héroe, de demostrar algo, de trascender en algo. Su sufrimiento siempre era recompensado de algún modo. Su llanto terminaba siendo suficiente. Y el pentacampeón no pudo sino reír amargamente. Tan le significaba algo más que no le había importado retirarse otro año con tal de preparar algo que verdaderamente lo desgarrase.

Redención. En su caso siempre se trato de redención. La mayor parte de su vida. Constantemente. Encontrarla. Aferrarse a ella. Y salvarse: salvarse en un baño dorado de expiación.

—¿Qué te parece si vamos a comer? —Le dijo a su amigo y planeo dirigirse a un restaurante cinco estrellas que exaltase su paladar al nivel de su espíritu, que le diera inspiración suficiente para poder pasar el resto de la tarde y parte de la noche planeando su programa.

El otro asintió. Mas no pudieron continuar su cometido porque en el mismo momento en el que doblaron por una esquina, una figura etérea y fantasmal se cruzó frente a ellos.

Mierda, mierda, mierda…

Chris no la veía, claro que no, para él no sería más que una desconocida. Pero Viktor sí que la podía ver: a sólo unos pasos estaba ._._._._., con sus ojos prendados en la vitrina de un local que exhibía quién sabe qué. La dirección en la que iban los estamparía directo contra ella, y girarse resultaría tan obvio que el suizo no lo dejaría vivir hasta averiguar qué rayos estaba pasando—. Mierda, mierda, mierda. —De no ser porque le tenía ya demasiado rencor, la hubiese odiado más. Vaya manera de seguir arruinándole la semana. Quiso girar, mas no podría hacerlo. Quiso fingir demencia, mas estaban demasiado cerca. Quiso, finalmente, ignorarla olímpicamente, poner incluso una expresión socarrona que le demostrase que ella no era nadie para él, mas decidió no hacerlo. Por dos razones importantes: la primera, en ese momento lo único que deseaba más que huir de esa situación incómoda era concentrarse en su rutina… la segunda, si se seguía derecho por esa dirección se podía encontrar la ruta a la Mashenka por lo que las posibilidades de que Aleks apareciese rutinariamente limpiando las hojas de la acera con una pala o caminando casualmente hacia ellos eran demasiadas… y si Aleks lo pillaba lastimando a ._._._._., entonces él no podría mentirse a sí mismo y decirse que el suceso no pasó, que él sí que estaba concentrado en empaparse en el líquido dorado de la redención (eso y que se ganaría una paliza por parte del barista). Incluso así, no supo qué hacer. Quería brillar, pero más que eso quería borrar todo vinculo que tuviese con aquella chica, su presencia le infectaba una herida abierta cuyo dolor lo deformaba en un monstruo. Mas no tuvo que decidir más porque en ese momento ._._._._. se giró levemente y sus pupilas se dilataron al encontrarse con las suyas. El viento acarició sus cabellos y quedaron frente a frente.

—._._._._..

—Viktor.

El ambiente se tornó árido, frágil, asfixiante.

Christophe entendió que algo se había roto en el mundo de esas dos personas, de su mejor amigo y de esa desconocida que había sido nombrada ._._._._., quienes pese a lucir tan diferentes parecían compartir el mismo pesar. Uno que nadie sino ellos conocía. Sintió que sobraba entre ambos. Pero algo dentro de él le dijo que irse no era una opción, que dejarlos solos sería lo peor que podría hacerles. Así que hizo lo que mejor consideró: tratar de aminorar esa situación comprometedora, al menos intentarlo, con su encantadora personalidad.

—¡Oh! Vaya, vaya… ¿Quién es esta adorable mujercita? ¿No vas a presentar, Viktor?… muy típico de ti.

Ambos salieron de ese transe al que nadie sino ellos podía entrar. Viktor lo miró como si se hubiese vuelto loco y ._._._._. abrió los ojos enormemente poniendo una expresión extremadamente afligida con cierto reconocimiento que no supo interpretar. Como se quedaron callados, el suizo tuvo que darle un codazo para nada disimulado al ruso.

—¡Auch! Ella es… ._._._._.. —El nombre sonó desconocido en sus labios y no dijo nada más, como si no mereciese nada más, como si no fuese nada más.

Christophe sintió pena, así que hizo algo por lo que Viktor lo odiaría más adelante, pero que no pudo dejar pasar— Así que ._._._._... Dime, guapa, ¿acaso estabas buscando un lugar para almorzar? Porque Viktor y yo justo íbamos a ello ¡estamos de suerte! —ignoró cortantemente todas las señas que Viktor le hacía para detenerse— deberías acompañarnos y así Viktor y tú me cuentan de dónde se conocen… mi intuición me dice que tienen una historia bastante interesante y mi intuición pocas veces me falla. Venga, guapa, he viajado desde lejos, sería demasiado grosero de tu parte que me prives de la compañía de una mujer tan hermosa.

._._._._. palideció y Viktor maldijo entre dientes, ¿qué carajo le pasaba a Christophe? Su plan de invitarla a salir no sólo era patéticamente malo, sino que además, el modo en que lo había ejecutado había terminado asustándola… asustándolos a ambos, de hecho. Como si fuera poco, podía ver las ganas de tener un chisme caliente marcadas con fuerza en el rostro del suizo. Primero muerto antes que dejar que cualquier persona averiguase la mierda que pasaba entre ambos. Que Aleksánder lo supiese era suficiente, aunque ambos se habían criado juntos, así que podría entender al menos un poco… sin embargo, Giacometti nunca lo podría entender, nadie nunca lo podría entender… Había mostrado una faceta de sí al mundo con su patinaje, mas resultaba insuficiente, siempre insuficiente. Hasta que presentase su rutina que tanto añoraba, mostraría un pedazo de su ser más sincero, mientras tanto, no serían sino ínfimos fragmentos azules y plateados que jamás podrían definir el oro que crecía dentro de él. Barajó rápidamente sus opciones y supo que de nuevo no tenía alternativa. Si le negaba a Christophe la oportunidad de tratar a ._._._._., él husmearía como sabueso hasta averiguar qué diantres ocurría… después de todo, Viktor llevaba el último año evitando a sus amigos, y todos estaban más que curiosos respecto a demasiados aspectos de su vida y de la de… eso ahora no importaba.

Frente a él, ._._._._. seguía cadavérica ante las palabras de Christophe. Y en ese momento, Viktor reparó en algo más en el semblante de la chica, algo que sólo él podría ver. Sus mejillas tenían una descoloración anémica, sus ojos estaban más hundidos y su semblante se mostraba peligrosamente perdido. No lucía como cuando la había conocido, había algo más… un empeoramiento.

—¿Has comido hoy? —Sabía que la pregunta le parecería más que rara a Christophe, pero qué más daba.

Ella lo miró como si se hubiese vuelto loco, con ese dejo de terror y de añoranza que ponía cada que estaba frente a él. El silencio largo que le dio fue suficiente respuesta. Se miraba avergonzada. Fue cuando reparó que ella había estado todo este tiempo parada como idiota frente a una tienda de caramelos. Mierda, esta loca era capaz de no haber comido desde aquel almuerzo asqueroso que Aleksánder le había dado. Si su perro, Makkachin, tuviese una mascota, y ésta tuviese otra mascota, él jamás dejaría que se alimentase tan jodidamente mal.

Un sentimiento amargo se formó en su pecho: no supo describirlo. Lo único que supo fue que no podía correrla, no sólo porque Chris no se lo permitiría, o porque si Aleksánder se llegase a enterar lo juzgaría: sino porque su redención estaría en juego.

Sabía que se arrepentiría, mas su boca habló antes— ¿Cuándo fue la última vez que te comiste un buen filete? —Y como sabía que seguiría con su cobardía de ratona como cada que le dirigía la palabra, decidió presionarla—. Responde. —Después de todo, sabía que ._._._._. era sumisa con él.

—No lo recuerdo —dijo totalmente humillada.

—Pues hoy te comerás uno.

La situación llegó a su punto máximo de rareza con la expresión consternada de Christophe y la aterrada de ._._._._.. Así que haciéndole señas a su amigo y jalando a la chica sin mucha delicadeza de un brazo, Viktor alzó la mano hasta meterlos al primer taxi que les hizo parada. No obstante, mientras ordenaba que los llevasen a su restaurante favorito, algo se deslizó de la manga de la que tenía sujeta a la joven mujer y su respiración se congeló al ver una familiar golosina.

—¡Oh! No sabía que te gustaban las Alenka, ._._._._., yo siempre me llevo unas cuantas en mi maleta cada que vengo de viaje a Rusia.

Mas lo que consternó a Nikiforov no era la familiar marca de chocolates… sino que los que ._._._._. traía venían en un empaque viejo, desgastado, con la imagen casi borrándose y de una época tan mala que no pudo sino soltarla con fuerza y clavarle sus ojos azules en una pregunta silenciosa —¿DE DÓNDE MIERDA HAS ROBADO ESO?

Pero los ojos cansados de la chica lo miraron por primera vez con una firmeza tan antigua como los chocolates caducos: —Eso es algo que a ti no te importa. Y no los he robado. M-me los dieron…

El odio lo escoció y se detestó a sí mismo por eso. Esa era una mierda que él no debería de envidiar, así que trató de desechar el sentimiento de inmediato.


Yuri caminó por los pasillos del aeropuerto. Sintió una brisa fría recorrer su espalda y aferró su chaqueta de animal print a su cuerpo. Con un anhelo helado que tenía en lo más profundo de su pecho miró a su alrededor, parándose de puntillas hasta alcanzar aquello que más quería.

—¡Yuuri! ¡Otabek! —Gritó sus nombres como nunca había gritado nada más y corrió y corrió hasta alcanzarlos.

En cuanto estuvieron juntos, las palabras sobraron.

—Qué bueno que al fin estemos aquí. —Fue Otabek el que habló y los tres lo agradecieron.

—Es muy bueno. —Respondió Yuri con sinceridad.

—Es demasiado bueno. —Les dijo Yuuri con una sonrisa nostálgica. Después de unos meses demasiado borrascosos, era la primera vez que volvía a pisar Rusia.

No dijeron más y caminaron hacia la salida. Altin jaló la maleta de ruedas y Plisetsky los tomó a ambos de las manos, lo que más querían en ese momento era pasar tiempo de calidad con Katsuki. Se dirigieron hacia su hotel para después ir a la pista.

Con la Rostelecom cerca, el camino hacía el Grand Prix estaba sobre ellos. Los tres hombres darían su existencia en ello: después de todo, ganar siempre tenía un significado más profundo que el oro.


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—¿¡Estuviste comiendo chocolates!?

El rostro de la mujer se desfiguró en una de sus características muecas que de pequeña le habían parecido tan feas. "Qué mal te ves cuando estás furiosa" le había querido decir en más de una ocasión, pero bien sabía que eso no le hubiese convenido… al menos no mientras su padre no estuviese en casa, porque cuando él estaba, él más que nadie sabía protegerla de su madre.

—Mamá… sí… —Ahora tenía 11 años, pero seguía sin comprender a la mujer.

—¿Es que no entiendes? ¿De dónde rayos los sacaste?

Negó suavemente. Al igual que la mayoría de las veces, no entendía la magnitud del problema.

—¡Es que ningún hombre te va a querer si te pones gorda!

La niña esbozó una sonrisa calmada—. Yo no quiero que ningún hombre me quiera.

La madre tuvo que hacer un gran esfuerzo. Su hija era fea y tenía una actitud desagradable, ¿¡cómo así podía tomarse su cuidado personal tan a la ligera!?— Lo único que conseguirás con esa actitud idiota es que…

—No necesito que ningún hombre me quiera. A mí lo único que me importa es que mi papá lo haga.

Y el rostro de la mujer finalmente se suavizó. Su hija tenía razón, si Nikiforov las quería, entonces nada más importaba— ¿Por qué mejor no te lavas las manos y te sientas a escribirle a tu papá? Si te apurás, puedo ir hoy mismo a la oficina postal.

La niña asintió y la mujer la miró complacida. Al parecer, sí podían ponerse de acuerdo en al menos en una cosa: el inmenso amor que sentían por el mismo hombre. Con más esfuerzo, también podría hacer que la obedeciese en lo demás y su vida al fin sería perfecta. Con una sonrisa perversa, la mujer se retiró a arreglarse el cabello. Si preparaba bien a su hija, quizá algún día podría tener al único otro hombre que estaría a la altura de alguien que lleva su sangre: el hijo de Nikiforov.


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—Y a ti, papá, ¿a quién te igualó tu sufrimiento?

El hombre mayor la mira con cariño y sonríe: ella no tiene ni idea.

Y agradece que no la tenga.


12/Noviembre/2018

¡Ahora sí han pasado 84 años! :(

No tienen idea de lo avergonzada y triste que estoy por haber tardado tanto con este update. La verdad es que éste no ha sido mi mejor año, ando súper angustiada con mi tesis, mi antiguo trabajo y con mi vida en general. Por lo que tomarme un rato para sentarme a escribir era muy difícil. Sin embargo, le tengo DEMASIADO cariño a este fic, por lo que no duden en que nunca lo dejaré abandonado, por más que a veces tarde, ni en que me esforzaré por ya no volver a tardar tanto en actualizar.

Pero bueno, ¿ustedes cómo se encuentran? ¡Los extrañaba mucho! Espero todo marche de maravilla en sus vidas y que les haya gustado el capítulo 10. Si el pasado era el primero de una nueva etapa en el fic, éste es uno de transición hacia cosas ya más concretas. Vemos que inicia la temporada del Grand Prix en el que Viktor no estará, y sabemos (¡por fin!) de otros patinadores. Así que se viene una parte en el fic con más acción. ¿Les puedo adelantar algo? ¡Se viene también X! 2 capítulos más y dejará de ser un secreto. Spoiler: No es ninguno de los patinadores que en éste aparecieron :0 Hahaha. Puedo decir también que la historia sigue la línea del anime, por lo que efectivamente ocurrió algo entre Viktor y Yuuri Katsuki que abordaremos posteriormente, sin que deje de ser un Viktor x Lectora.

Por otro lado, como disculpa por mi retraso quiero compartirles dos cosas que hice para ustedes.

La primera es un playlist de canciones que asocio con el fic, la pueden encontrar como Redemptio en Spotify dejo el link open. spotify user/ga3aaslngt8wyytwc2ku7tfu6/playlist/45gUDW6YiKoTm2C9ZnI7Be?si=LqfL7D_StKdkJYN-jEAhw esperando que FFNET no lo borre (sólo junten los espacios como se acostumbra hacer hahaha).

La segunda es unos tableros de imágenes inspirados en la estética de los personajes (Viktor, Reader-chan, Aleks, y los padres hahah), están en mis colecciones de mi perfil de WEHEART IT, USER: SMLASH.

Espero que les gusten. Pueden colaborar todo lo que quieran con sugerencias para ambos.

En fin, como siempre gracias y amor a mis soles Nat y Meli por su apoyo.

Les mando un abrazo fuerte, todo mi cariño y una disculpa enorme por la tardanza en actualizar.

¡Los quiero mucho, nos leemos!

Apailana*