Disclaimer: Hunger Games pertenecen a Suzanne Collins, no a mí.
NA: Subo el último capítulo. La historia lleva conclusa bastaaante tiempo en Potterfics, pero por culpa de mi maldito ordenador no he podido subirlo hasta ahora. Siento el retraso.
Si alguien lee alguno de mis otros fics, sólo decir que no he abandonado. El maldito trasto sigue sin funcionar y seguirá sin hacerlo al menos dos o tres semanas más. Volveré a escribir más o menos regularmente (lo que permita el instituto) cuando lo solucione.
¡Saludos y gracias por leer! ¡Hasta la próxima!
X. Esperanza
A veces, cuando Peeta despierta en medio de la noche, cree estar de nuevo en alguno de sus dos juegos, o en su celda del Capitolio, o en un mundo recién salido de una extensa dictadura y completamente devastado por una guerra que en realidad terminó hace más de veinte años.
A veces, cree que los mutos lo persiguen, que acaba de matar a un hombre o que la pierna que le amputaron cuando todavía era un adolescente sigue ahí y casi parece dolerle como el día que la alimaña se la desgarró.
A veces Peeta siente que le falta el aire y que los espíritus de todos aquellos que murieron mientras él estaba presente e incluso gracias a su propia mano, le miran y tratan de tocarle con sus pútridas manos para recordarle que el culpable de que ya no estén vivos es él. En esos momentos Peeta casi -casi- es capaz de ver a Finnick, a Bogs, a la Comadreja, a Mags, a los niños sin nombre del Capitolio e incluso a Prim, a quien, a pesar de todo, no vio morir.
Entonces Peeta llora con lágrimas que duelen no se han hecho más débiles ni menos dolorosas en veinte años. Sabe que todas esas visiones no son reales, por mucho que a él todas esas personas, en estos momentos, se le antojen más vivos que nunca. Y casi le duele que sus fantasías no sean reales y que ellos no estén ahí, acompañándolo, aunque los pensamientos que carguen no sean más que rencor y sed de venganza.
En situaciones como esta, que se repiten más de lo que le gustaría a Peeta, el hombre, que ya no es tan joven, extiende, entre lágrimas, la mano de su cama entre las sábanas. Se aferra al cuerpo dormido de Katniss, que sigue llorando también algunas noches por culpa de las pesadillas, y trata de aferrarse al contacto.
Las ilusiones, con el paso de los minutos, siempre acaban haciéndose menos reales, y Peeta entonces sabe que aunque todos sus fantasmas siempre estarán ahí, es lo suficientemente fuerte como para lidiar con ellos y que no interfieran en su vida lo suficiente como para no poder pensar a ratos que es total y completamente feliz.
