Si le preguntan a Lydia tal vez diría que los rubios son perfectos. No es que tuviera algo en contra de los morenos, los pelirrojos o los castaños, que al fin todos son hombres y gracias a Dios que existen, pero sin duda los rubios son sus favoritos, sin importar que a veces el estereotipo de güero mamado y pendejo sea más acertado de lo que se suele creer. Pero ella es Lydia Martin, no es posible que se fije en alguien tonto, y mientras observa la barbilla cuadrada y fuerte de Jordan Parrish, la banshee no puede dejar de pensar que el oficial es más interesante de lo que aparenta.
Mientras ambos leen una de las cientos de páginas del bestiario de los Argent para tratar de averiguar qué clase de criatura sobrenatural era, de pronto Lydia sintió una quemante necesidad de tocarlo, de acercar su cuerpo lo más posible al del oficial y regodearse de un extraño calor que sentía emanar de su cuerpo.
Las voces en su cabeza estaban un poco más alborotadas de lo normal, pero eso no era extraño en esta situación, pues había descubierto que solía escuchar a la muerte con más claridad cuando estaba cerca de Parrish que en cualquier otro momento del día. Eso le había dado la idea de buscar en el bestiario todas las criaturas sobrenaturales que estuvieran relacionadas con la muerte y a cuál de todas pertenecía el agente. Pero la tarea estaba resultando más dura de lo que había imaginado en un primer momento, pues había cientos de criaturas sobrenaturales que se relacionaban de una u otra manera con el fin de la vida.
—Basta —dice de pronto, cerrando su computadora en el proceso, se levanta de la silla y arrastra a Parrish de un brazo para sacarlo de la comisaría—. Es obvio que no eres un basilisco, no cacareas y nadie ha muerto por mirarte a los ojos… literalmente.
Jordan se ríe y Lydia jura que ella es la única que ha llegado a escuchar ese sonido que hace cuando está de verdad contento. Un nuevo calor se extiende en su pecho, pero esta vez no tienen nada que ver con la aparente resistencia al fuego del hombre.
—Quizá lo estamos enfocando mal, a lo mejor soy un Fénix.
—Ya hemos hablado de eso, ¿recuerdas? los fénix no son invulnerables al fuego, ellos se consumen y renacen, lo que no pasó en tu caso —la pelirroja sube a su auto y lo enciende mientras espera que el otro entre—. Confía en mí, seas lo que seas, tú y yo tenemos a la muerte en común, no es bonito, pero es lo que hay.
Parrish asiente y deja que la chica lo lleve al café que hay unas cuantas cuadras lejos de la comisaría, en donde podrán relajarse un momento antes de decidir que era hora de volver al trabajo.
—Sería genial si fuera un fénix.
—Pero no lo eres, deja de vivir en la fantasía.
se sentaron juntos, uno al lado del otro y no frente a frente, como suele ocurrir, sino como si fueran confidentes en algún plan maestro que necesitara toda su atención. Cuando la camarera llegó, pidieron lo de siempre. Esspresso para Lydia y un Capuchino frío de chocolate con menta para Parrish, porque, ya que Scott lo había invitado a formar parte de los entrenamientos, lo mejor era disfrutar de la vida y comer como si quisieras engordar en sólo unos días. La vida era maravillosa en verdad. El teléfono de Lydia sonó con el característico sonido de un mensaje.
—Scott dice que el gimnasio de Derek está terminado, iremos esta tarde para conocerlo y comenzar a entrenar.
—Genial —dijo una voz clara a espaldas de ellos—, así podré reencontrarme con todos al mismo tiempo.
Ambos se giraron al mismo tiempo y lo siguiente que pasó fue el torbellino de cabello que hizo Lydia al levantarse a velocidad luz y estrellar su cuerpo contra el de otro rubio alto y delgado, con ojos muy azules y sonrisa seductora.
—Isaac —gritó con la emoción de ver a su amigo luego de más de un año de ausencia —, eres un desgraciado, todo este tiempo y ni una mísera llamada. Más te vale que tengas una excusa perfecta o te juro que te lo haré pagar.
—Supongo que yo también te extrañé.
—¿Cuándo volviste? ¿a dónde fuiste a parar durante todo este tiempo? ¿Por qué no regresaste cuando Chris lo hizo?
—Buenas tardes Oficial —dijo Isaac de prisa, captando la mirada ligeramente molesta del otro chico.
—Oh, Jordan lo siento —dice la pelirroja mirando al otro de nuevo—, no creo que tenga que presentarte a Isaac ¿o sí?
—Recuerdo vagamente haberlo visto junto con ustedes, ¿también eres un hombre lobo?
—Wow, un chico directo, vaya puntazo te has conseguido Lydia.
Ambos ríen mientras toman asiento de nuevo, ignorando la mirada inquisitiva del oficial, que no sabe por qué, pero de repente se siente un poco fuera de lugar en medio de esos dos amigos y su reencuentro.
—Sí, Isaac es un hombre lobo, pero se fue a Francia hace un tiempo, junto con Chris.
Ninguno de los presentes tiene que preguntar hace cuánto fue que el rubio decidió marcharse, pues lo saben bien. El peso de la muerte de Allison sigue flotando entre ellos, afectándolos en los momentos en que nadie se lo espera.
—Imagino que Stiles estará en la reunión ¿cierto? Aunque no entrene, es el mejor amigo de Scott —dice Isaac con un tono de voz que esconde más de lo que ha preguntado.
Lydia lo mira de esa forma penetrante que usa a veces cuando logra captar una pista en un misterio particularmente difícil de resolver. Ladea la cabeza y entreabre los labios al tiempo que deja asomar un poco su lengua sin despegar los ojos de Isaac.
—No culparás a Stiles por lo de Allison ¿cierto?
Isaac no contesta de inmediato, sino que se queda viendo el grabado de la mesa, consistente en flores entrelazadas unas con otras, antes de levantar la mirada y enfrentar la mirada interrogante de Lydia.
—No —contesta con firmeza—, pero lo hice. Cuando me fui a Francia lo único en que podía pensar era en que Allison estaba muerta porque Scott se empeñó en salvar a su amigo. Quería destrozarlo ¿sabes? quise buscar a Stiles y hacerle pagar por todo el daño que había hecho. Pero no pude porque en el fondo yo sabía que lo único que quería era venganza y que él no tenía en realidad la culpa de lo que había pasado.
Hizo una pausa enorme, volvió a bajar la mirada y no la levantó cuando palabras volvieron a salir de su boca.
—Me siento tan mal de haber pensado que Stiles pudo hacer algo así. Sabía que había sido el nogitsune, pero no pude sacarme de la cabeza la imagen de Stiles mandando a los Oni tras de nosotros, ni la sonrisa torcida que nos dirigió cuando el cuerpo de Allison cayó al piso. Pasé meses intentando separar a ese monstruo del hiperactivo amigo de Scott —levantó entonces la mirada de nuevo, los otros dos tenían la vista clavada en él, Parrish con intensidad, Lydia con tristeza—. Lo logré ¿sabes? pero lo que en realidad me preocupa es que Stiles no me haya perdonado por culparlo.
—¿Él sabe que lo hiciste?
Isaac no respondió de inmediato, por un momento estuvo tentado a decirle lo que había pasado, cómo él había ido a la casa de Stiles una madrugada, en un ataque de ansiedad, y le había gritado que todo era su culpa; cómo le había echado en cara la desgracia de la manada, la muerte de Allison y el corazón roto, suyo y de Scott; cómo no paró hasta que Stiles, con la voz destrozada por el llanto, le había dicho que lo sentía y que no había momento del día en que no se culpara por lo mismo que el rubio le había echado en cara. En ese momento Isaac se dio la vuelta y se marchó de la habitación del chico, para no volver a verlo.
Isaac negó con la cabeza, sin despegar los ojos de la banshee, agradeciendo que ella no tuviera un súper oído.
—No te preocupes por Stiles. Él está bien aunque, en este caso, creo que él sí se sigue culpando a sí mismo por lo que pasó. Yo creo que es un imbécil por hacerlo.
Lydia sonrió. Y luego Isaac lo hizo también. Y entonces comenzaron a reír.
Stiles se sentía de maravilla, como si hubiera logrado dormir ocho horas corridas en una sola noche. Ahora que tenía su Katana, bien resguardada de ojos de mirones, sentía que el zorro estaba completo y por lo tanto también él. Antes no podía dejar de percibir que se encontraba como vacío, que le hacía falta una parte muy importante, pero desde la madrugada de hace cuatro días que se despierta de buen humor, que siente un mejor control sobre sí mismo y que la torpeza que siempre lo acompañó ya no existía.
Un par de veces se vió a solas con Kira para practicar juntos, y a pesar de que respetaba a la chica por ser un Kitsune más viejo que ella, aunque sólo fuera por unos meses, sentía que se contenía demasiado cuando practicaban como si ella estuviera peleando lo mejor que podía y aún así él sabía que podría derrotarla con facilidad, por lo que muchas veces tuvo que fingir una derrota para que la chica no se diera cuenta de su falta de maestría.
Y eso era algo que Stiles sabía que provenía del Zorro, pues él jamás hubiera pensado que tendría una mayor maestría en algo (lo que sea) que cualquiera, no porque no confiara en sus habilidades, sino por simple humildad.
La tarde de videojuegos con Scott sin duda había ayudado a mejorar su ánimo, aunque aún se sentía un poco culpable por ocultarle la verdad a su amigo. Muy dentro de él, sabía que en realidad Scott no lo culpaba por lo de Allison, e incluso él mismo se sentía mucho mejor a ese respecto, y estaba seguro que su mejor amigo no le daría la espalda cuando se enterara de su nueva condición, pero aún sentía miedo, aún había una parte de él que quería seguir manteniendo el secreto el mayor tiempo posible.
Con esos pensamientos Stiles terminó de aparcar el Jeep en la zona reservada para el edificio de Derek. Llegaba temprano para el entrenamiento, pero estaba bien porque quería hablar un momento a solas con el lobo amargado. Además era la primera vez que asistía a un entrenamiento desde el incidente que lo mandó al hospital y quería asegurarse de haberse rociado bien con la loción que Deaton le dió y evitar explicaciones que en ese momento no le apetecía dar.
Subió el ascensor como tantas veces antes, pero esta vez con el corazón en un puño. Desde el anterior entrenamiento, en el que Derek creyó que aún seguía enamorado de Malía, que no se hablaban. Incluso aunque el lobo había asistido al ritual de su katana, Kafuu, una vez terminado el mismo, había desaparecido e ignorado todas las veces que el chico quiso ponerse en contacto para volver a los entrenamientos, dejándole una sensación de abandono que no lograba comprender pero que le impelía a buscarlo, verlo, estar cerca de él.
Al entrar en el Loft lo primero en lo que se fijó era en que se veía más arreglado que la última vez que estuvo ahí, que había unos cuantos sillones nuevos que apuntaban hacia una televisión enorme y que había una mesa pulida con varias sillas, cerca de la cocina, por lo que eso sólo podía ser el comedor, también había un par de libreros que estaban llenos de libros acomodados de manera que no quedaba ningún espacio libre. La impresión por los nuevos muebles de Derek se le pasó cuando se percató de la figura que le daba la espalda, mirando hacia el gran ventanal que había sido limpiado recientemente.
—La reunión es hasta dentro de media hora —dijo Derek, sin voltearse a verlo.
—Demonios, sabía que no me había echado suficiente loción.
Un sonoro suspiro llenó la habitación luego del silencio del chico. Stiles vio a Derek masajeándose la nariz antes de girar el cuerpo y encarar al adolescente.
—No, te reconocí porque escuché el ruido que hiciste al entrar, pero no pude oler nada. ¿No deberías estar haciendo algo diferente en este momento? ¿no recibiste el mensaje sobre la hora en la que van a venir los demás?
—Sabes bien que sí lo recibí porque te contesté a ese mensaje. Quiero hablar contigo.
Cuando Derek por fin se volteó Stiles notó que tenía los hombros tensos, casi como en los inicios, cuando no confiaba en ellos y se veía obligado a ayudarlos porque Scott y él no eran más que un par de adolescentes idiotas, con ínfulas de héroes que creían que podían hacerlo todo mejor que los demás. No tenía los brazos cruzados, sin embargo, ni las manos dentro de las bolsas de su chaqueta o del pantalón, sino a los lados, y aunque estaba lejos de ser una postura relajada, por lo menos era una ganancia con respecto al Derek que habitaba en la memoria de Stiles. Pero cuando vio sus ojos por alguna razón volvió a sentirse un poco idiota y también algo dolido, pues la expresión del lobo era blanca, su rostro estaba impasible, sin dejar que sus gestos delataran nada de lo que pasaba por su mente.
—¿Y bien? —le dijo, con un toque muy sutil de impaciencia en la voz, un arte que debió haber perfeccionado con los años.
—Dejaste de acompañarme a entrenar.
—Ya tienes a Kira, no me necesitas.
—Ya… pero no es lo mismo —Stiles bajó los ojos, sintiendo de pronto que no podía seguir mirándolo —. Ella es buena, pero siento que me contengo demasiado. Eso no me pasaba contigo y como me dijiste que me ayudarías con eso yo… pero ya no me contestas los mensajes y las llamadas y yo…
—Tengo una vida, Stiles.
El tono de voz con el que dijo esas palabras le sentó como un golpe en el estómago al zorro, hasta sintió que el aire se le iba. Miró hacia todos lados de la habitación, buscando un punto de apoyo, pero no lo había. Un pesado hueco en se instaló en su pecho y comenzó a sentir en el fondo de su cuerpo que su respiración iba a comenzar a volverse errática.
—¡Claro! —trató de que sus palabras sonaran lo más normales posibles, como si lo que Derek le dijo no le hubiese afectado—. Lamento… siento haber pensado que tu… Lo siento.
Se giró sobre su propio eje y comenzó a dar pasos lentos hacia la salida. Dentro de sí, sintió al zorro clamando porque se quedara, casi exigiéndole que no dejara la conversación así, pero el dolor en su pecho se incrementó y las enormes ganas de llorar que le asaltaron fueron motivo suficiente para tratar de buscar refugio en algún otro lugar.
—Volveré en un rato más, cuando los demás estén aquí, si no te molesta —dijo antes de casi correr a la salida.
—¡Stiles! —el zorro escuchó que Derek gritaba su nombre pero no se detuvo, siguió su recorrido con la sensación apabullante de que era un imbécil redomado.
Derek se quedó plantado en el centro de su loft, con la mente en blanco y los músculos agarrotados. No fue muy consciente de nada durante los primeros minutos, sólo del aire que apenas y circulaba por el lugar y de la enorme sensación de vacío que sentía rodearle con un peso más y más aplastante conforme los segundos pasaban. Hasta que dejó de escuchar los latidos de Stiles, informándole que el chico se encontraba ya muy lejos de ahí, fue que el lobo se giró un poco desconcertado. Caminó con pasos vacilantes y se dejó caer sobre el recién estrenado sofá.
—Soy un tarado —dijo a la nada que era su vida, mientras se llevaba las manos a la cara y se las restregaba.
La cara de Stiles había sido un poema desde su declaración tan poco afortunada, su voz se había quebrado en tantos lugares que Derek simplemente no los recordaba y los latidos de su corazón eran tan rápidos que parecían las alas de un colibrí. El rostro desfigurado por el dolor contenido, los ojos vidriosos…
La primera lágrima no tardó en aparecer en el rostro de Derek y eso le sorprendió aún más. Podía sentir el dolor de Stiles y no entendía por qué, pero le hacía sentir una mierda por haber sido el culpable de eso.
Lo peor es que ni siquiera tenía una excusa para haberse comportado como el imbécil que era, no una válida al menos. La verdad es que tenía miedo.
La imagen de Stiles desnudo en medio del bosque, desplegando un poder que lo había impresionado por lo elegante, fluido y firme que se había mantenido, había terminado de despertar en Derek un deseo que hasta ese momento había estado tan metido dentro de él que ni siquiera lo había sentido hasta que se imaginó a Stiles y a su prima Malía desnudos, teniendo relaciones sexuales, tocándose sin pudor.
La imagen lo había perseguido y atormentado por las ganas que tuvo de destrozar la garganta de la chica, pero lo de la noche del ritual había sido peor, porque la imagen ahora tenía la diferencia de que ya sabía cómo lucía el cuerpo desnudo de Stiles, ahora su infierno era mucho más real.
Durante los siguientes días Derek había tratado de mantenerse sereno con esa situación, diciéndose que sólo era un capricho pasajero y decidió mantener al mínimo el contacto con el ya no tan adolescente mejor amigo de su Alpha, pero no había funcionado, porque cada día que no lo veía, que no se aseguraba de saber todo acerca de él, el deseo de tenerlo, de verlo y poseerlo se hacía más acuciante, al punto que su pecho dolía y su entrepierna también.
Ver que a Stiles le habían dolido tanto las malditas palabras que se obligó a pronunciar fue la gota que derramó el vaso. Ahora la necesidad de poseerlo se había convertido en una profunda desesperación por enmendar su error, por hacerle ver lo importante que era y por protegerlo para siempre.
Cuando Derek se levantó del sofá dispuesto a buscar al zorro por todo el pueblo y el bosque se era necesario, tuvo que detenerse al ver a ese mismo chico entrar de nuevo en su loft, seguido de Scott, Ethan, Kira y Danny.
Los otros tres alabaron y se burlaron a partes iguales de la nueva decoración del lugar pero Derek los ignoró pues tenía su vista clavada en el chico con lunares que evitaba a toda costa mirarle a la cara y que tenía los latidos de su corazón tan controlado que ni siquiera parecían los de él.
Malía y Liam no tardaron en aparecer, el chico muy pegado a la coyote mientras esta trataba de apartarse un poco, y las conversaciones sobre la escuela, el futuro y lo que iban a comer no se hicieron esperar. Stiles no parecía muy decidido a devolverle la mirada, aún y cuando la de Derek no se había apartado de él y cuando estuvo a punto de mandar todo a volar y salvar la distancia que los separaba para obligarlo a mirarle, se detuvo ante la llegada de Lydia y Jordan, que no habían llegado solos.
—Isaac.
El mundo pareció detenerse en ese momento, al sonido del nombre del rubio de ojos azules que miraba hacia todos con alegría y al mismo tiempo un deje de tristeza que parecía tatuado en su mirada. Scott se acercó, casi corriendo, al otro y dejó que sus cuerpos chocaran con fuerza en un abrazo tan apretado que le hubiese roto la espalda a alguien menos resistente.
Derek notó que todos se acercaban a saludar a su amigo, excepto Stiles que se había quedado de piedra, mirando a Isaac con una expresión de miedo. El zorro al final tuvo que haberse dado cuenta de su propio rostro porque volvió a mostrar esa mueca de indiferencia con la que había entrado al loft la segunda vez. Derek queso matarle cuando de nuevo esquivó su mirada, pero hizo gala de todo su entrenamiento en mantenerse serio aunque por dentro se estuviera muriendo y se acercó a Isaac para darle un corto abrazo y un escueto "bienvenido" que ambos sabían era lo mejor que iba a salir de sus labios.
La última persona que esperaba ver en ese momento era a Chris Argent, entrando en su loft como si tal cosa, poniendo una mano en el hombro de Isaac y mirando hacia Scott con una expresión que a las claras denotaba que había un problema muy gordo que debían resolver.
—Scott —dijo Chris, confirmando las sospechas de Derek—. debemos hablar de algo muy importante.
